Relatos inesperados

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REVELACIONES                                                              

Fatum Fatis ego perea

-Sacha Passy

El miedo surge ineludible, el horror; preludio de la locura, se apodera incluso de la respiración, los brios y las ganas de vivir. Muchos son los relatos que vienen del rio, tantos como los colores que se proyectan en la lejanía al atardecer, son tan distintos y tan íntimamente unidos, que solidariamente cuentan en secreto; lo que fue, lo que es y lo que vendrá, -¿Cuántos adjetivos podría utilizar para acomodarme al tono de la tarde: al símil de la calma y el misterio?- Obviamente la noche es el resultado de la tarde, así como la desilusión es consecuencia del amor, el equilibrio natural de las emociones, es en verdad un eco invertido de la inteligencia.

 

Si me preguntan prefiero evadir el asunto, astuto -¿no?- el solo hecho de contar este relato me agita las sístoles y mis manos se humedecen como un vaso de vino frio, más arguyendo a mi estado de pasajera conciencia; es preciso que narre levemente los eventos sucedidos, en beneficio de las revelaciones que no tienen explicación científica, antes de recibir el lúgubre beso de la muerte o  que la supurante locura suplante mi poca coherencia, tratare de luchar ahora, en contra de mis alucinaciones, para no entrar en galimatías.

 

Escudriñando en mi memoria, soy sincero al decir que siempre he disfrutado de los atardeceres por las riveras, desde muy niño, mi madre solía caminar conmigo en la orilla del río a la llegada de la tarde, fue una tradición casi ritual hasta mi adolescencia y posteriormente en mi adultez, en estos recorridos crepusculares mis lapsos de soledad se ensancharon después de la partida de mi madre, siempre existen apegos emocionales que dejan profundas heridas, sentimientos tan fuertes, que difícilmente cicatrizan en el devenir de nuestra existencia, -¿Es discutible?- ¡claro que sí!, pero no entraremos en nimiedades, no busco la manera de persuadir al lector, ni quiero generar controversias. Una monomanía sin embargo toma dimensiones exorbitantes en mi memoria; su voz, que en dulce murmullo me arrullaba, sus labios con la ternura habitual, el beso sincero, sus ojos llenos de humanidad y misericordia, un recuerdo que no descansa en mi razón, impreciso, confuso, magnético, y que como anzuelo me imposibilita librarme de él, mientras aun siga latiendo mi corazón.

 

Conocí a Claudia en un día soleado, ella pedaleaba una de esas bicicletas con canastilla, siempre la reconocí como un destello de belleza e inocencia mordaz, que iluminaba al más lóbrego de los días, la perfecta delgadez de su cuerpo denotaba con facilidad la fragilidad de su persona, fragilidad que nunca se vio reflejada en su carácter, aquel encuentro fue fugaz, repentino, considero indudablemente que las palabras en ese primer encuentro sobraron, de tal modo que solo decidimos mirarnos, y entonces; un cálido escalofrío recorrió mis vertebras, de sacras a cervicales, situación que es común en los hombres enamorados, inexplicablemente la arrogancia siempre ha ocupado el lugar de mi sensibilidad, y con regularidad apelo a mi conciencia, acallando mi corazón, cuando los albores del romance cobran bríos, no puedo sino tan solo declarar, que siempre me he caracterizado por un excesivo aplanamiento de mis emociones.

 

No obstante, ella despertaba en mí unas emociones tan sensibles y novedosas gracias a las maneras de su polifacética belleza, a esto me refiero que ella amoldaba su esencia a mi fría y obscura personalidad para darle un brillo fulgurante y cálido, esto me condujo en rápida prisa al abismo florecido del amor, cada palabra como una armonía en tonos menores, cada beso como miel en mis labios, su imagen perpetua en mis pensamientos acompañaba mis días y en las noches decoraba mis sueños con la más impoluta belleza, pasaron los días, pasaron los meses, y todo el dinamismo de nuestra relación no envejecía, por el contrario parecíamos encontrar nuevas formas de conocer y enlazar nuestras almas,  como dice la gente “El tiempo vuela cuando te diviertes” ahora lamento amargamente nuestro penoso desenlace.

 

Sosegado y reflexivo  concluí que tenerla a ella conmigo iba a determinar la felicidad en lo sucesivo de mi existencia, ya se fue adelgazando mi soledad y la pálida tarde se pintaba de colores,  ella y yo por la rivera, contemplábamos en sagrado ritual la caída del sol. Puedo llamarla Claudia en un susurro sempiterno que el viento envidiaría, de oruga a mariposa, puedo decirle amor a esos días en que la luz atravesó mi alma y limpió esa negra tristeza de mi corazón, Sublime Mirthayú[i], su rostro viaja cristalino en mi memoria. ¡Mi alma esta impar sin ella! ¡Mi voz no se cansa de nombrarla! ¡Oh! bella Fura[ii], orquídea de los Muzos, oasis de mi perpetua soledad… esta historia no debería ser contada. En un espeluznante crepúsculo algo o alguien la arranco de mi vida, mientras me atravezó la ensordecedora noche como inmenso alud, una criatura irrumpió en su corazón de la manera más terrible e implacable, de la forma más absurda y convencional,  la arrastro salvajemente a  las vorágines del Solimoes[iii] donde yo no podría seguirle de ningún modo posible.

 

Un recuerdo, solo un recuerdo no descansa en mi razón; su voz, que como suave brisa acariciaba cada uno de mis poros, sus labios dulces como almíbar, exquisita ambrosia, sus ojos, -¡claro!- llenos de piedad e inocencia, un recuerdo que no descansa en mi razón, que se adhiere a mi como una sombra, no puedo escapar de ella. Aunque la noche sea oscura, más oscura la tiniebla centellea.

 

Los días venideros volvieron a su tonalidad gris, el silencio se apodero de mi cordura, se entenderá por esto que mi comportamiento era un homónimo perfecto de Zarathustra en la montaña; renuncie a la fe, a los dogmas y a toda esperanza, me abandone a la soledad del espíritu, acaparando la miel de la sabiduría sin compartirla con ningún mortal, ni el viento merecía mis palabras  y por ello hice un alianza con el silencio. Aunque escuché muchas historias fantásticas sobre la desaparición de Claudia, mi naturaleza inquieta quiso darle un sentido coherente a lo que al parecer fue obra de un Yakuruna[iv]. Durante mis indagaciones y en extrañas evocaciones me estremecí al recodar el trágico momento y regrese al muelle donde todo sucedió, contemplaba con nostalgia abrazado a la trsiteza, la caída del sol que ella no volvería a ver conmigo, me cubrio la noche y sentí el aroma particular de Claudia viajar por la escasa brisa, no era aquel aroma producto de un proceso artificial, era su humor balsámico y puro.

 

¿Será autosugestión?, ¿podría considerar que realmente no estoy solo desde aquella noche?, ¿que existe una presencia que me asfixia en las madrugadas? En largas noches me privaba de todo distractor y tumbado en la cama percibía la misma fragancia, pasan los días, pasan los meses y cada vez su perfume se hace más denso, penetrante, asfixiante… entonces, una noche creyéndome solo, agudizando mis pupilas logre advertir entre la espesa negrura frente a mí, a mi amada Claudia.

 

No esperaba tener visitas de imprevisto esa noche, en la soledad de mi habitación era usual un insondable silencio, pero algo altero la atmosfera, no existe palabra en el castellano, que pueda contener un significado apropiado para la sensación que me atravesó en ese momento, ella no dijo palabra alguna, como si reconociera mi voto de silencio, yo, en una increíble estupefacción, no mencione una silaba y un terrible escalofrío recorrió mis vertebras de lumbares a dorsales, sobrecogido permanecí sin pensar en el tiempo, tratando de descifrar el aspecto que la cubría, persistí con la mirada casi incisiva, ¡Era ella!,¡Mi amada Claudia!… pero todo en su persona había cambiado.

 

Aún utilizaba el mismo traje que llevaba puesto el día D, aunque este se veía sucio, desgajado y putrefacto, goteaba agua de sus manos y su cabello de aspecto húmedo, le cubría el rostro en una macabra fantasía, sus movimientos eran excesivamente lentos y desencajados, con tres débiles pasos se acercó a mí, yo permanecí inmóvil, contemplándola, descifrándola, entendiendo que su presencia en mi habitación no era resultado de una alucinación, cuando estábamos a tan solo centímetros de distancia, Claudia, violenta y azarosa revelo su rostro acompañado de un chillido repulsivo, su voz  hueca y seca, parecía desgarrarme las entrañas, sus labios estaban deformados en una tétrica sonrisa, sus ojos; sin pupila, vidriosos y ensangrentados se clavaron rencorosamente en los míos. De repente llamaron a mi puerta y prontamente la nefasta aparición se evaporo entre humo negro, supe casi al instante que aquel siniestro espectro desaparecería de mi habitación, pero jamás desaparecería de mi vida.

 

Ahora, firme y persistente hay un recuerdo que no puedo ocultar de mi memoria; su voz, hueca y seca, aquel tremendo alarido es lo único que puedo escuchar, sus labios deformados y purulentos, esa tétrica sonrisa, se posa a diario frente a mis ojos. Su mirada, llena de rencor, manando lágrimas de hiel, es lo único que puede sentir mi angustiado corazón, un recuerdo que no descansa en mi razón, impreciso, confuso, magnético, que se adhiere a mi como una sombra, no puedo escapar de ella. Aunque la noche sea oscura, más oscura la tiniebla centellea.

 

Agonizando a diario, mi alma cae a la locura como una hoja seca que se aventura al viento sobre las vorágines del rio, no puedo dejar de escucharla, ella siempre está ahí murmurándome al oído, fue la consecuencia de amarla, fue la forma en que la he perdido,  es el destino en el que yo perezco, un recuerdo que no descansa en mi razón, un amor que termina cercenado, una historia que concluye con un final adverso, porque… yo la lance al rio.

 

 

[i] Deidad Tairona que representa la belleza y el amor.

[ii] Patrona de la Esmeralda Colombiana.

[iii] Rio Amazonas

[iv] Mito Amazonense También llamado Bufeo o Bugeo Colorado

Comentarios

  1. Mabel

    1 abril, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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