Caminos

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El camino me conducía a un lugar inhóspito. Caminaba por una pradera donde crecían pequeños detalles, mientras merodeaba la hipocresía tratando de invadirlos.

Mientras algunos plantaban flores para embellecer el paisaje, otros malgastaban su tiempo en pisotearlas.

Algunos ya se mostraban con la esperanza de capa caída, otros burlándose escondidos tras una máscara digna de ganar cualquier premio a la poca humanidad.

Observaba una minoría que nunca anteponía lo que le gustaba a lo que amaba, y otra mayoría que no sabía ni siquiera amar, ni siquiera a sí mismos, pues se engañaban mostrándose como no eran, ni siquiera un ápice.

No siempre lo que se veía era lo que realmente era, sino que se lo dijesen a aquél anciano moribundo, al cual tachaban por ser un mal humorado, un cascarrabias, pero sin embargo no veían que de noche agarraba sus bártulos y recogía comida de los invernaderos para que al día siguiente toda su familia comiese al alba. Sacrificaba su sueño por cumplir los sueños de los demás.

O aquél príncipe que fardaba de defender su reino, pero se escondía en su castillo, dejando al pueblo solo en batalla.

¿Cómo se medía el valor de las personas? Con hechos y no siendo actores y actrices.

Más adelante, en el país de los abrazos, existían los que se abrazaban mientras por detrás clavaban una herida eterna. Y los que no se abrazaban por timidez o miedo, pero cuyo abrazo era realmente verdadero. Curiosa paradoja ese mundo.

Luego está el rincón del Sentir. Allí había dos tipos de personas: Las que a pesar de estar juntas, de tocarse, de abrazarse, de besarse y mil cosas más… no sentían nada.

Y estaban las que sin tenerse, ni compartir ninguna de las cosas descritas en la línea de arriba, tan solo con mirarse, lo sentían absolutamente todo.

En la laguna de la soledad había algún que otro naufrago que prefería estar solo para encontrarse a sí mismo, y jamás renunciar a quien verdaderamente quería ser. Pero tenía que haber de todo, por tanto había una gran manada que para no estar solos, hacían lo que hiciese falta, aunque no les gustase, para que no les faltase “cualquier compañía”.

También creo recordar que en la lejanía había una gran vereda donde olía a libertad, donde las críticas y los complejos se pisoteaban, donde se pasaba de todo, como los trenes pasaban de largo ante todo aquello que no fuese su meta.

Se oteaba en la profundidad del horizonte un mar, donde se bañaban la luna y el sol, escondidos, porque siempre el mundo real los había tachado de que no podían estar juntos, que uno se escondía al caer la noche y la otra se marchaba al alba… ¿Qué sabrían ellos?

Al final había un jardín flotante, apodado “Jardín de los sueños”, pero curiosamente la gente que allí habitaba, no imaginaba los sueños, sino que se los ganaba, porque los sueños no eran más que deseos que se podían cumplir si uno los perseguía tardase lo que tardase.

Qué bonito mundo salido de los laberintos de puros y humildes corazones, donde galopaban las ganas tremendas de vivir, pero vivir bien vivido, olvidando que estábamos en peligro de extinción, sin caer en que nuestra llama se apagaba, mientras realmente estaba encendida.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    8 mayo, 2017

    Muy buen texto. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. Esruza

    9 mayo, 2017

    Buena manera de describir los sentimientos, buenos y malos.

    Mi voto desde Atenco México.

    Esruza,

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