Capítulo 9. Liberté, égalité et fraternité. Y el mundo gira

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Afuera llovía y las gotas inclementes caían igual que si aporrearan con vehemencia los cristales, como si pretendieran entrar. Ambos se encontraban fríos entre sí y como dos desconocidos, tensando la cuerda, intrigantes e intentando razonar, en el despacho de Tier. En ese momento eran igual que un par de estatuas, petrificadas y duras como el granito.

Alain se mostraba de espaldas, con las manos en los bolsillos y pensativo, con la mirada fija en la lluvia incesante, la cabeza dando mil vueltas en torno a un único asunto, y con un nudo en la garganta. Llegaría un momento en que todo su cuerpo se iría llenando de ellos, y se acostumbraría al ahogo, pero ahora todavía le costaba respirar según con qué pensamientos, y aún más tragar saliva.

Había una mesa de madera pulimentada de haya, y un par de sillas a ambos lados de la misma, frente a frente. Tier se sentaba en una de ellas, se reclinaba en el respaldo y se mecía acompañado de las cuatro ruedas que tenía por base. Mostraba un ceño pensativo mientras acariciaba el mentón, como siempre que se debatía entre dilemas y sopesaba diversas líneas de acción, como cada vez que había de asumir una decisión concluyente.

Ambos hombres tenían un rictus amargo imperando sus rostros y se mostraban a expensas de la réplica el uno del otro. Tier resolvió el silencio, tajante:

-No puedo ayudarte. Es un caso de negocios, claramente, lo mires por donde lo mires. No se trata de algo personal, Alain. Me pones entre las cuerdas. Esta colaboración que me estás proponiendo es mi oficio, yo me gano la vida con ello. He arriesgado mucho para poder llegar hasta aquí, ha sido un camino delicado y repleto de trabas. No puedo hacer la vista gorda y pasarme por alto todas las directrices, además de que comportaría una grave infracción de las normas. Ya sabes lo claras que son, no eres nuevo en estos lares. Tendrás que pagarme si requieres mis servicios, como un cliente más. Puedo pasar por alto la parafernalia burocrática y prescindir de ir con el cuento a Stellan o a Boyko, pero no estás en pos de pedirme nada más. Nada de favores. Lo que me pides tiene un precio, y es inamovible. Ya conoces las tarifas.

Tier se mordía el labio inferior con los dientes, y su tono era categórico. Seguía acariciándose la mandíbula con la mano, que le había quedado permanentemente, aunque levemente, deformada. Luego volvió a relajarse sobre el asiento y cruzó las piernas, a esperas de la contestación de Alain. El joven se giró sobre sí mismo alejándose de la ventana, comedido y con templanza, sin que se notara la desazón que le reconcomía por dentro y la imperiosa necesidad de llegar a un acuerdo. Intentó sacar a relucir todas sus armas de sugestión, con argumentos que intentaron resultar convincentes, usando un tono tranquilo y seguro:

-¿Cuándo me enseñabas a pegar tiros no eran negocios? ¿Acaso eso no tenía una finalidad concreta? ¿Qué tenía eso de personal?

-Mira, chaval, cuando hacíamos eso a mí me daba igual que pegaras tiros a codornices, a ciervos, a perros, a curas, a mujeres o a los chicos que salían a jugar a fútbol. Había un objetivo a cumplir, y la víctima no entraba en el baremo, podría haber sido escogida al azar. Me era indiferente, cumplía órdenes. Era mi cometido, era un proceso de aprendizaje y entraba dentro de tu plan educacional práctico. No existía una contraprestación, éstas son nuestras tierras, aquí no hay peligro, aquí dentro somos casi inmunes. No salíamos del perímetro de nuestra propiedad, en parte realizábamos algo lícito y no tan expuesto, se podría decir que nuestra cobertura era infranqueable. Pero esto….esto es otra cosa. Esto no deja de ser un encargo, a cierta distancia y a plena luz del día. -Tier suspiró. Por primera vez se podía denotar algo de humanidad en sus ojos, aunque no estaba dispuesto a ceder en lo más mínimo. Entonces prosiguió, adoptando un tono más comprensivo:

Alain, me comprometes a mí. Soy yo el que habría de conducir alejado del territorio, son mis manos, mi cuerpo, mi cara, mis ojos, mis cicatrices, mi voz, mi persona, mis pasos y mi proceder los que se ponen en la picota. Soy reconocible, y aunque no lo fuera, hay que ultimar todas y cada una de las prevenciones. Me propones salir al mundo al descubierto y listo para el fusilamiento, cuando tengo mil ojos, ya hace años, siguiendo mis pasos, intentando desentrañarme, apuntándome con el dedo y deseando volarme los sesos. Pretendes que asuma todo ese peligro sin garantías, seguros o indemnizaciones. Con este tipo de proposiciones hay que estar preparados para cualquier contingencia, nada es gratuito. Es más, tiene un precio cerrado y establecido. Lo siento, chico. Mi negativa es rotunda.

Tier comenzaba a levantarse lentamente dando por zanjada la conversación, apoyando las manos sobre el escritorio con la intención de darse más redundancia e imponer su criterio, para despedirse y corroborar el fin de la situación con un apretón de manos. Pero Alain, obstinado como era, replicó:

-Dame una opción para pagarte. Ahora no tengo dinero, ya lo sabes, dime qué garantías puedo darte. No puedes exigirme algo que no tengo. Dame una alternativa.

Tier maldijo interiormente esa testarudez, que a la vez tanto le fascinaba, y el carácter resolutivo con respuesta ágil del zagal. Como no tuvo más remedio que exponer todas las cartas de la baraja y alojar todas las posibilidades disponibles, lo hizo maquillando sus palabras de color negro para así ahuyentar las ideas de Alain. Aunque en el fondo sabía que tal argucia de poco serviría.

-Dentro de poco te contemplarán en nómina y te encargarán tu primer trabajo a sueldo. Lo único que puedo ofrecerte es financiar lo que ahora me propones y luego cobrarme íntegro todo lo que te paguen en el futuro. No estará proporcionado, lo más seguro es que Stellan te abone más de lo que yo cobraría, pero entendería ese sobrante como intereses a percibir. Por lo tanto, no verías un céntimo tras realizar tu estreno. Tampoco podrás salir a celebrarlo, ya que tus arcas estarán vacías, soy de los que cobran de manera puntual. Y nunca se sabe cuándo existirá un segundo. Pero, en fin, eso es lo único que se me ocurre.

Alain, que ya esperaba una respuesta similar, y sino la hubiera propuesto él mismo, no se lo pensó dos veces. Cerraron ese contrato verbal con un fuerte apretón de manos y luego se sentaron, frente a frente, para planificar todos los pasos minuciosa y cuidadosamente, anteponiéndose a cualquier sorpresa y ataque, corroborando que no habían oídos ni ojos silentes y ocultos en los rincones de las paredes, hablando con voz pausada, controlando todas y cada una de las posibles aristas, sin que se les escapara un mísero detalle, ponderando los riesgos de la carga a transportar e instrumentos a utilizar, contabilizando los tiempos y provistos de un callejero para establecer todas las rutas posibles: desde la más eficaz y audaz hasta la más previsible y rápida.

Nada se escapaba a esas mentes glaciales y carentes de empatía, con ciertos valores morales sepultados bajo tierra.

*********** **************

Era un domingo, tocaban las nueve de la mañana.

Jean-Baptiste había dormido bien esa noche, por primera vez hacía muchos años. Era como si, de repente, un gran peso se le hubiera quitado de encima. Se sentía completamente lúcido, libre de todo remordimiento, como si todas las expectativas y todos sus miedos, finalmente presentes, lo hubieran purificado.

Como cada mañana, se bebió una copa de vodka a modo de zumo de naranja y disolvió la heroína comprada el día anterior en la cucharilla, con ayuda flamígera. Luego se anudó el antebrazo con una banda elástica alrededor, a fin de ejercer presión, y palpó sus venas. Se dio cuenta de que padecía una fuerte flebitis, y una infección que se iba acrecentando por días, y cuya impresión de ramificaciones violáceas era nefasta. No le auguraba muy buen porvenir. Entonces, decidió que para grandes males, grandes remedios: se quitó los calzoncillos, abrió las piernas y presionó los muslos. Siempre tuvo buenas venas recorriendo sus ingles. Rodeó con el brazalete su delgado muslo tembloroso, e introdujo la aguja cargada de caballo. El placer le invadió y el dolor de la abstinencia cesó en pocos minutos. Cayó rendido y con una sonrisa vacía, esclavo de una somnolencia extraordinaria y utópica, camino de la felicidad eterna, mientras dejaba al fin libre su extremidad de cualquier compresión y la jeringuilla rodaba suelo abajo.

De repente, ella, que dormía a su lado y tenía un sexto sentido agudo cada vez que se trataba de consumir drogas, era como si las oliera, se despertó y le abrazó, besando su hombro. Jean-Baptiste no necesitó palabras, ni insinuaciones, ni peticiones; le leyó la mente y la mirada, después tan sólo le preparó el primer chute de la mañana. Con suma delicadeza extendió su blanco y enjuto brazo, lo anudó, lo palpó y lo inyectó. Ella le miraba con ojos suplicantes y luego complacientes, puede que incluso enamorados. No se sabía a ciencia cierta si sentía amor por lo que recorría su torrente sanguíneo en esos instantes o por la persona que se lo había proporcionado. La acompañaba un gesto parecido al del éxtasis, tras haber alcanzado el punto álgido del clímax, y con los ojos cerrados se pasaba la lengua por los labios resecos aún del sueño. Toda una mata de pelo rubio caía como una cascada salvaje para acabar en su cintura. A Jean-Baptiste le pareció la mujer más hermosa y sensual de la tierra. Criatura celestial, la llamaba antes, cuando ambos se dedicaban al romanticismo, antes de que la rutina de los adictos les hiciera mella y empezaran a traficar con su cuerpo y con su alma. Si últimamente no tuviera problemas de impotencia sexual a causa del abuso del jaco, le haría el amor allí mismo, y todas las veces posible. No sabían a ciencia cierta quién contrajo el virus antes, ya que compartieron jeringa desde que se conocieron. Nunca quisieron saberlo. Ojalá murieran juntos y abrazados, como en un búnker y aislados del mundo, en medio del caos y en plena guerra. Que se maten ahí fuera mientras yo te acuno entre mis brazos, solía fanteasear Jean-Baptiste. Acompañados por esos pensamientos yacían sobre el colchón, extasiados y aturdidos pero encantados, prendados a su manera. Felices de poder saludar a un nuevo día vivos en esta tierra, y poderlo celebrar con un nuevo pico.

Si hubiera sido un día común, se hubiera quedado tumbado hasta que la necesidad fisiológica imperante le hubiera obligado a tambalearse sobre las dos piernas de alambre. Pero hoy había quedado con su hermano y quería ser puntual, intentar mejorar la impresión de la otra noche. Llevaba todo un día preparando el acontecimiento. Le asombró reencontrarse con Alain y le hinchó de orgullo, pero no le gustó lo que vio.

El caso es que pudo ver el tormento en sus ojos y la invasión inexorable de la psicopatía, esa misma enfermedad que desarrolló su madre, lamentablemente genética. Él se había librado, o eso le parecía, aunque siempre estuvo pendiente de cualquier indicio acerca de ello. A su pesar, estaba casi seguro de que Alain la llevaba a cuestas. Observó cómo escrutaba su alrededor, las calles y sus gentes, también apreció sus muecas de desprecio y el brillo fulminante de sus pupilas, el odio creciente y las ideas justicieras, fusilantes e intolerantes. Le vio impávido y sin sentimientos, con la frialdad imperando su ser. Y le dio miedo. Tenía la esperanza de poder otorgarle el empujón necesario para hacerle volver al mundo de los humanos, con errores y aciertos; al fin y al cabo, era su hermano. Jean-Baptiste había conocido su verdadera esencia, y las cosas no mueren mientras sean recordadas. Por eso se vistió rápido, con lo primero que vio en el tenderete, aunque aún estaba un poco húmedo, asió una mochila vieja y entró en el bar que tenían justo al lado.

Cuando estiraba la puerta y habían clientes, siempre era lo mismo. Ya se había acostumbrado al menosprecio urbano. Salían ahuyentados y observando reprobatorios por encima de sus espaldas con ojos asustadizos, le recriminaban sus decisiones y su estilo de vida con la mirada acusadora, casi insultante, punzantes como jueces callejeros, un constante jurado sometiendo sus actos a votación. Protegían bajo su regazo a sus hijos y mujeres, tras advertir su presencia, cómo si el simple hecho de permanecer a su lado les contagiara. No querían compartir metros de distancia con él. Huían de las mesas de su alrededor y se colocaban en la más lejana a su presencia.

Féroud, el camarero y propietario, lo conocía desde que era un chaval desvalido, y sabía de su buena fe y su bondad interior. Sabía que era incapaz de hacer daño a nadie. Sabía que era respetuoso y que jamás se atrevería a cometer un hurto o un asalto entre esos muros. Jean-Baptiste le comentó que su hermano había vuelto del inframundo por sorpresa y que habían quedado para poner varias remembranzas sobre la mesa. Le pidió papel y boli, y Jean-Baptiste fue apuntando todas las anécdotas que podía recordar de su niñez, todas las aventuras vividas y conversaciones tenidas durante la noche, todo con la intención de reavivar unas brasas que el viento furioso del destino había deteriorado. Al acabar el sentimental listado, lo leyó y lo releyó, y se sintió melancólico y enardecido. Ésa se convertiría en su mejor arma para el acercamiento.

Lo cierto es que se pasó el sábado aprovechando sus momentos de lucidez para rescatar una vieja y polvorienta mochila desterrada al fondo del armario, donde le quedaban unos pocos recuerdos de infancia, rescatados tras el naufragio del abandono. Dibujos, escritos varios, las primeras letras de cuando empezaron a intentar escribir y los primeros trazos, dos fotos de ambos de cuando eran niños, una boina francesa infantil, una cajita de música artesanal de las que ya no se fabrican. Todo para Alain, su triste herencia. Lo había estado esperando tantos años que aún no se lo creía. Ardía en deseos de que llegara el instante en que pudiera volver a abrazarlo.

*************** ********************

Era un domingo. Tocaban las nueve de la mañana.

Alain realizó su rutina diaria: venció a la pereza, se lavó la cara y las manos, perforó su cuerpo ante el espejo y volvió a odiarse. No puede recordar cuándo empezó a tener esa horrible sensación, pero no le quedaba más remedio que aprender a vivir con ella porque ya jamás desaparecería. Ese día lo hizo más detenidamente que nunca. Después entrenó hasta agotarse, corriendo a un ritmo trepidante, dando vueltas y exigiéndose un esfuerzo valiente, y luego procedió a ducharse con agua helada.

En éstas estaba cuando Tier le sorprendió bajo el chorro a presión antes de la hora señalada, entrando sin pedir permiso y obviando su desnudez, le apremió y dejó en un saledizo del aseo común un conjunto de ropa más apropiado para la realización de sus planes. Era más oscura que la vestimenta con estampado de camuflaje que solía utilizar, más ceñida a su piel que cualquier otra prenda, cuello vuelto y también un sombrero de fieltro que difícilmente le haría reconocible. A los pocos minutos le esperaba en la entrada, con un Buick metalizado de cristales tintados en marcha y con una matrícula falsa que le identificaba. Así pusieron rumbo al distrito veinticuatro, más concretamente hacia el bar Étroit Doucé, que se encontraba justo al lado de la residencia de Jean-Baptiste.

Jean-Baptiste se impresionó al ver el imponente coche que se encontraba parado tras su hermano. Alain, todo vestido de negro y con un extraño sombrero, le esperaba exhibiendo una amplia sonrisa que entonces parecía sincera y con un pie descansando en el guardabarros, recostado levemente en el automóvil, con los brazos cruzados y mirada cercana. Jean-Baptiste lanzó el cigarro, que estaba a medio consumir, al suelo y lo pisoteó, de los nervios casi se le cayeron los papeles y la mochila con los recuerdos bien atesorados entre las manos. Sólo atinó a decirle:

-No sabía que llegarías tan puntual.

-Te veo fenomenal, Jean, realmente bien. He pensado que podríamos ir a desayunar a una de las cafeterías que frecuento, para así presentarte a mi mujer y al crío. Está un poco lejos y sólo disponía de un casco para la moto, así que mi cuñado se ofreció para llevarnos en su coche. Nos ha hecho un buen favor.

Jean-Baptiste, con un halo de inocencia en la mirada que se iba desvaneciendo poco a poco, y con un dolor insufrible en el pecho, fruto de la ansiedad, el deseo y la angustia que actuaban en comunión, le regaló un gesto agradecido. Por primera vez se sentía integrado de la mano de su hermano, aceptado y considerado, de alguna manera bien recibido. Saboreaba el efecto de la redención, y por fin la hiel con la que había convivido tantos años se le iba deshaciendo con la saliva. Alain abrió la puerta del copiloto y lo invitó a entrar, mientras él pretendía ocupar el asiento trasero.

-Siéntate en el asiento del copiloto, yo iré detrás. No te invito a ponerte a mi lado porque están fijas las sillas de los niños, casi no hay espacio.

Fue en ese preciso instante cuando el sagaz Jean-Baptiste lo comprendió. No sería de aquí a cuatro o cinco años. A él le tocaba morir en los próximos minutos, y ése era su día. La muerte, más benevolente y dulce que nunca, le había concedido un regalo. Éste era dotarle de la suspicacia necesaria para saber con antelación que su hermano acabaría con su vida y vengaría todos estos años plenos de vicisitudes, a su manera. Lo aceptó, sin más.

Lo único que le apenó fue pensar que le hubiera gustado despedirse de ella, pero ahora ya era tarde. No tenía a nadie más a quien decir adiós. Ahora ya no le quedaba duda alguna de quién de los dos hermanos había heredado esa fatídica enfermedad, resultaba ya más que evidente.

Se atavió con sus arrestos, que eran muchos, y asumió su papel de incrédulo, como si ignorara el futuro próximo con confianza ciega en su hermano, a quien le debía una traición y que ahora pensaba cobrársela a sangre fría. Sin un mísero temblor subió al coche. Su última mirada al mundo exterior se la dedicó a Alain, quien a su lado abría la otra puerta, y que puso la reconfortante mano sobre su hombro mientras le besaba en la mejilla.

Una vez dentro, a su derecha halló un hombre alto y fornido, también con sombrero y gafas de sol, con guantes de cuero y una espeluznante cicatriz mal curada que le traspasaba la cara por entero. Por más que lo intentó, no pudo descifrar un rasgo más específico en su rostro. El hombre se giró hacia él para saludarle, y Jean-Baptiste vislumbró una sonrisa amenazante que no se atrevía a salir, un mal gesto que pretendía ser cálido pero lo único que hacía era intimidar, asustar y dar lugar a cierta compasión.

Luego todo pasó muy deprisa, y los minutos se aceleraron.

Tier puso el intermitente para indicar que se incorporaba a la circulación, el de la izquierda para ser más concretos. A partir de ese día el sonido de los intermitentes rasgarían los nervios de Alain, hasta tal punto que conducir le resultaría repulsivo, aunque tuviese que hacerlo por obligación. Luego, el gigante austríaco se giró para intentar encontrar el cinturón, pero en vez de asestar la correa elástica se hizo con una barra de hierro, de forma imperceptible. Entonces, en un movimiento de cuerpo sorprendentemente ágil dada su corpulencia, le asestó las manos con una fuerza tremenda, inmovilizándolo, y dejo caer dolorosamente el pesado hierro sobre sus tobillos y pies. Se podría decir que Jean-Baptiste, con un aullido recién salido de sus vísceras, quedó atado de pies y manos, sin poder realizar siquiera un leve movimiento en su defensa.

La postura y el peso que infringía Tier sobre su pecho le obligaba a mantener la espalda erguida, y se mantenía en un ángulo recto, paralelo al reposa cabezas del asiento. No intentó zafarse de las manos de Alain ni de la cuerda que de repente, venida desde atrás, apresaba su cuello.

La colocó sin movimientos demasiado bruscos pero sí enérgicos alrededor del cuello, la soga mordía la piel cada vez más, y Jean-Baptiste apenas podía respirar. Demandaba bocanadas de aire por inercia. Su rostro se tornó violáceo y todo su cuerpo fue perdiendo la fuerza paulatinamente. La cuerda que sostenía Alain, con furia de resquemor y culpa y deseo de venganza, se iba perdiendo más y más en el cerco alrededor de la garganta de su hermano. Acabó perdiendo el control de sus esfínteres y el asiento quedó empapado; los temblores que no tuvo antes los tenía ahora. Eran los temblores previos a la muerte, al silencio perpetuo. Ahora, la víctima quedó a merced del hermano justiciero, quien lanzó un gruñido y ahogó un grito desesperado cuando ya estaba a punto de llegar al final. Apretaba la cuerda con tanta fuerza que ésta dejó de ser visible en la garganta de Jean-Baptiste. En realidad ya estaba muerto, pero él seguía oprimiendo y estrangulando, sin concederse descanso. Los ojos de Jean parecían salirse de sus órbitas: ése fue su último gesto. Esa fue la imagen que reveló sin descanso, diariamente y desde todas las perspectivas existentes, la memoria fotográfica y privilegiada de Alain.

Alain se metió la cuerda en el bolsillo. Conductor y pasajero cómplices salieron del coche con semblante serio, y afanosos vigilaron la presencia de cualquier posible testigo. Se aseguraron de que no había nadie, y entonces acarrearon con el cuerpo hasta la esquina más próxima, donde permanecían los enormes contenedores de basura de reciclaje. Habían tres: uno para los cristales, el otro para los envases de plástico y el otro para los restos orgánicos. Alain le dio, lo que se podría llamar, una estocada final. Desencadenó su ira con dos patadas de desprecio, asegurándose que quedaba bien muerto, quiso buscar respuestas lanzando preguntas al aire pero finalmente todo pasó en un silencio atronador. Luego le cacheó, se quedó con su documentación y se agenció esa mochila vieja, con olor a humedad, que llevaba transportando en el regazo como un valioso tesoro.

“Me abandonaste tras un contenedor de basura como una alimaña. Mueres tras un contenedor de basura como la rata que fuiste. Ahora ya quedamos en paz”, pensó Alain. Y luego, raudo pero sin correr, sin levantar sospechas, se sentó en el asiento trasero del coche. Seguía el ruido martilleante de los intermitentes, que Tier no había parado en ningún momento. Bajaron los cristales por el hedor a orines que se había calado en el interior del automóvil.

Alain se arrellanó en el asiento y echó un vistazo a todos los enseres que guardaba su hermano en ese amago de talega. Cuando se dio cuenta de qué eran todos esos objetos, el pecho se le partió en dos y la garganta se le cerró. Los palpó pero no se atrevió a sacarlos. Lo haría poco a poco, con el pasar de los años, y llegaría a tal punto la nostalgia que sólo podría conciliar el sueño con la música emitida por esa cajita artesanal, último obsequio fraternal.

Alain no se arrepintió, tampoco se enorgulleció. Jamás se vanaglorió de ello. Simplemente, según su mentalidad, hizo lo que debía hacer. Crónica de una muerte anunciada. Él siempre diría: acabamos siendo dueños de nuestros actos y esclavos de nuestras palabras.

Nunca hizo mención a lo sucedido, exceptuando esa sucinta conversación en el coche con Tier.

-Yo una vez tuve un hermano.

-Qué curioso, chaval. Juraría que eras hijo único, hijo de un austríaco y nieto de un serbio.

Ambos se correspondieron con la misma sonrisa y los mismos ojos glaciales, el acero contra el adamantio, aunque no se podían ver, puesto que Tier conducía y Alain cargaba con las manos y el bolsillo manchados de sangre.

Al coche se lo tragarían las llamas cerca del acantilado, y nadie jamás sabría las causas de la muerte de ese pobre chico, que no llegaba siquiera a los veinte años. Imaginaron que andaba rebuscando comida, o quizá dinero para pagarse sus vicios, y murió de una sobredosis en la esquina. Otro drogadicto al que se le había escapado la vida demasiado pronto.

                    *********** ***********

Era un lunes, tocaban las once y media de la mañana.

Al día siguiente, Tier volvía a realizar uno de sus trabajos de tortura en pleno campo, bajo los despiadados rayos del sol, clavándose crueles y quemando su torso.

Alain volvía a ser testigo directo e impasible de esos crímenes inhumanos, se mostraba sin embargo turbado enfrascado en sus propios pensamientos, de espaldas a los gritos demandando clemencia y los llantos escandalosos y atormentados. Mi hermano no lloró ni pronunció una sola palabra, fue todo un valiente, pensó Alain. Con la mirada ida, la mente sobria y la manipulación ilimitada que le corroía las entrañas, se quedó quieto y recostado en el respaldo de la silla, con las piernas cruzadas y acariciando su faca. Mientras tanto, se repitió de forma incesante:

En este momento hay alguien que está empezando un oficio nuevo y le consumen los nervios, alguien a quien han abandonado, alguien a quien han despedido. Hay alguien agonizando y alguien dando a luz. Alguien a quien están comunicando unos resultados médicos fatídicos, alguien a quien han salvado la vida. Alguien a quien han ascendido, alguien reencontrándose con la familia tras un largo tiempo, alguien iniciando una relación sentimental y alguien descubriendo una infidelidad, una traición estallándole en la cara. Hay alguien a quien están a punto de disparar, hay miles de personas a punto de morir.

El mundo se mueve ágil y a un ritmo frenético, y todo se escapa de nuestras manos. No somos nadie ,simples marionetas. El azar, o el destino, lo dirigen todo. La vida te expone las cartas y, aunque parezca que no, las decisiones ya están tomadas de antemano. ¿Y qué podemos hacer al respecto? Vivir. Mañana, cuando despunte el alba y comience un nuevo día, volveremos a nuestra rutina, como si no hubiera pasado nada, ajenos a los cambios y a esa sutil reestructuración de plantilla, realizada por algún poder supremo en la noche de ayer. Y el mundo gira y continúa igual, Gira, gira, sigue girando. Altas y bajas constantes. La Tierra se sigue moviendo igual”.

 

Comentarios

  1. csquerea

    2 mayo, 2017

    Tendría que releer toda la historia pero creo que esta vez es la que me ha gustado más. Llena de momentos que e tocan : Jen-Baptiste chutandose y haciendo por última vez el amor, el momento que descubre y acepta su muerte…. y pra acabar ese final donde se oye la música e las esferas, fatalista, profético…Queda claro que me ha gustado y que seguiré tu historia.¡Que los dioses me protejan!¡Que no pare la fiesta! Abrazos sinceros.

  2. Mabel

    2 mayo, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Estefanía y mi voto desde Andalucía

  3. GermánLage

    2 mayo, 2017

    Después de haber leído otros capítulos tan estremecedores, éste ya apenas sobrecoge; pero sí me llama la atención la preparación que de él hiciste, haciéndole preceder de un capítulo casi tiernamente humano, aunque, visto ahora a posteriori, más bien resulte lleno de falsedad y afán de venganza. Eso contribuye a resaltar aún más la fuerza de este formidable capítulo.
    Y, para concluir, los consabidos abrazos y el consabido voto.

  4. Patry

    2 mayo, 2017

    Era un lunes, tocaban las 9 de la mañana… ¡Ole, Esteff! ¡Felicidades! Otro capítulo magnífico, rozando la locura y la perfección. Debo decir que me ha dolido esta faceta de Alain. Imaginaba cualquier cosa de él, menos matar a su propio hermano. En el fondo, pensaba que se perdonarían. Lo he sabido desde que he empezado a leer el capítulo, pero, aun así, me ha sobrecogido muchísimo.

    Ahora, ya no hay nada que Alain no pueda hacer…

    Te sigo leyendo. Mi voto y mi abrazo.

  5. Esruza

    3 mayo, 2017

    ¡Oye Steff! No se ni qué decir. Me he quedado tan impresionada con este capítulo.
    Un hermano matando a su hermano fría y calculadamente. Yo también pensaba que
    Alain era, digamos, más o menos bueno, pero ¡Oh! sorpresa, a qué grado puede
    llegar el rencor y el resentimiento.

    ¡Felicidades! y como dice el Sr. Germán ¡Aportada!

    Saludos y mi voto, señora escritora.

    Esruza

  6. LARRY

    4 mayo, 2017

    Maravilloso. Felicidades. Mi voto. Un saludo.

  7. Ada

    18 mayo, 2017

    Esteff, me tienes enganchada a tu historia, joder cuanto dolor, pero cuanta atracción por ese dolor. Eres como una poetisa punk, dura e hipnótica. Sigue con tu historia, por favor. I need a dope.

  8. DeepFunk

    23 mayo, 2017

    Ya veo que eres imparable como un tren, mantienes la velocidad y la calidad. Un saludo y mi voto.

  9. Celeste

    17 junio, 2017

    Me votaste el otro día y por fin te he encontrado. Veo que el texto es largo, iré echando un ojo. No se me olvidan las personas que apuestan por lo que escribo. Tienes mi voto. Un abrazo.
    Ah, mi otro nombre es @requeca.

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