La casona de la calle Zabala siempre le había parecido demasiado grande. De estilo Tudor podría haber llamado más la atención en una zona donde se destacaba el estilo francés, sin embargo era difícil divisarla desde la calle, estaba escondida tras una vegetación sexagenaria que dividía como un muro dos universos, la solitaria quietud del jardín de la agitada actividad de los comercios de la zona.
La casa había estado en poder de su familia durante décadas, pero el mantenimiento de ésta se le estaba haciendo difícil luego de que sus hermanos se habían ido marchando; Pablo ya casado había elegido un departamento moderno con amenities, y Gastón se había radicado en la Patagonia en busca de fósiles que probaran que su master en paleontología había valido la pena.
Muchas veces habían discutido sobre la conveniencia de venderla, pero ella los había persuadido con recuerdos de navidades y cumpleaños pasados junto a sus padres y esto había suavizado la determinación; sus hermanos sabían de su apego a la casona, aunque ella dudaba de que la calma se prolongara demasiado.
Juliana podía afrontar los gastos gracias a las rentas de unas propiedades que le habían legado sus padres al morir, pero no era suficiente como para enfrentar los arreglos de una casa tan antigua, había tenido que cerrar una de las alas por causa de la humedad y en algún momento tendría que cambiar la instalación eléctrica que frecuentemente fallaba.
Había pensado en convertir la casona en un bed and breakfast, sería un negocio rentable y apaciguaría la ambición de sus hermanos con una buena renta a fin de mes. El problema consistía en la instalación de los baños necesarios y otros arreglos de plomería. Definitivamente no tenía la cantidad necesaria de dinero para poder invertir en una obra.
El espacio era perfecto, los cuartos eran inmensos y en la planta baja pondría la recepción, el comedor y un living con biblioteca y wifi. Hasta podría dejar libre su propio cuarto y mudarse al invernadero, como llamaban a la habitación que tenían en la terraza.
El invernadero siempre había sido su refugio. De chica se aislaba de los ruidos y risas que provocaban sus hermanos con sus amigos del colegio. Lo había acondicionarlo a su gusto. Allí estaban todos sus tesoros: sus discos, su biblioteca, y todos los dibujos y pinturas que había hecho durante su carrera en bellas artes. Era tanto el tiempo que pasaba en la terraza que su padre había hecho instalar un baño. ¡Cuántas veces Pablo y Gastón se habían burlado diciéndole que ahí encerrada no encontraría novio! “Ni falta que hace” les respondía ella fastidiada.
En esa época acostumbraba a tenderse en un sillón Chesterfield desvencijado donde podía ver las estrellas y escuchar el viento hasta que su madre la llamaba para cenar.
Juliana sacudió la cabeza desprendiéndose de esos recuerdos y aseguró las ventanas y las puertas para irse a acostar.
Sus hermanos la tachaban de rara porque no temía dormir sola en aquella casa con sus crujidos arcaicos y sus corrientes de aire. Ella no podía imaginarse viviendo en otro lugar, había nacido allí y nunca lo había dejado. Recordaba la época de vacaciones, cuando sus padres la obligaban a viajar junto a ellos a Mar del Plata. No disfrutaba ni de la playa ni del mar, lo único que añoraba era volver a su casa.
Se acurrucó en la cama y mientras se quedaba dormida siguió imaginando reformas para el hotel.
Algo la despertó de madrugada. Se incorporó en la cama, sólo escuchó el habitual sonido del viento, sus notas comenzaban graves e iban subiendo octavas hasta transformarse en un sonido agudo y urgente. Se dio vuelta en la cama para seguir durmiendo, pero en el fondo de ese sonido conocido le pareció distinguir también un murmullo apagado.
Se levantó y de puntillas atravesó a oscuras el corredor hasta llegar a la escalera que balconeaba a la recepción. Bajó un par de escalones y el tercero crujió. Quedó estática al ver que abajo, una pareja miraba directamente en su dirección. Agradeció al satén negro de su camisón y a la penumbra.
— Escuché un ruido —dijo la mujer.
—Es una casa antigua —contestó el hombre sacándose el abrigo y dejándolo en la silla del recibidor— Las casas antiguas siempre crujen, hacen ruidos, y más esta con toda esa boiserie.
—Me quedo más tranquila si subes a mirar —dijo ella y se colgó de su cuello— ¡Por favor conejito! —agregó cuando vio que él no tenía intenciones de hacerlo.
—Está bien, bombón —suspiró él y dándole una palmada en la cola se dirigió a la escalera.
Juliana retrocedió el par de escalones y corrió. Llegó a la escalerita que daba a la terraza y subió a toda velocidad. Dio un portazo y cerró la puerta con la traba que su padre había colocado hacía ya tantos años. Se metió en el invernadero y cerró aquella puerta también.
Le castañeaban los dientes, se envolvió en una manta mejicana y se acurrucó debajo del escritorio. Sollozó un rato. ¿Quiénes eran esas personas? ¿Cómo podían haberse metido en la casa?
Sopesó las posibilidades, o bajaba y los encaraba o se quedaba allí quieta, confiando en que no hubieran escuchado ni los ruidos ni el portazo. Al fin el sueño la venció.
Despertó acalambrada y confundida. Miró la hora, era casi mediodía. Agarró un martillo y entró en la casa.
Con cuidado se quedó escuchando, pero no había indicios de que la pareja anduviera por allí.
Revisó todo pero la casa estaba vacía. Fue hasta la puerta, constató que estuviera cerrada con llave y puso la traba. Después se fue a bañar. Necesitaba sacarse de encima toda la tensión nerviosa de la noche anterior.
Mientras el agua le golpeaba la espalda volvió a darle vueltas al asunto. ¿Podría ser que alguno de sus hermanos hubiera alquilado la casa?, no eso era imposible… ¿Que la hubiese prestado entonces? Pero ¿cómo podrían hacer algo así sin avisarle? Era inconcebible, no, esa gente había entrado por algún otro motivo. Pero ya no lo harían más. Había trancado la puerta.
Dedicó el resto del día a hacer actividades reconfortantes que le hicieran olvidar el mal momento de la noche anterior. Tocó el piano, puso un dvd , practicó yoga y leyó un rato.
Después salió al jardín y estuvo trabajando un rato con las plantas.
En el jardín el follaje de los árboles formaba un techo que dejaba entrar a intervalos el sol, era un jardín sin flores. Nunca había logrado que creciera ni un jazmín, ni siquiera una margarita. Arrodillada sacó los yuyos que habían nacido entre los ficus. De pronto escuchó el sonido de la verja de entrada. Con sigilo se acercó. La misma pareja de la noche anterior subía en ese momento la escalera de la puerta de entrada. El hombre puso la llave en la cerradura.
— Me parece que está trabada —resopló forcejeando.
Ante el estupor de Juliana la puerta cedió y entraron en la casa.
Juliana se quedó allí parada sin saber qué hacer. Tiró los guantes de jardinería y corrió a la verja pero al tomar el picaporte algo la detuvo. Esa sensación tan conocida de que si transpusiese el dintel ya no podría volver.
Dudó un instante y luego volvió a la casa, dio la vuelta y entró por la parte del servicio.
Desde la cocina los escuchó. Estaban en el living tirados en el sillón riendo y a los arrumacos.
Inaudito, esta gente se había hecho de una llave pensando que la casa estaba vacía y la usaban para sus “asuntos”
Pensó en Don Esteban, el jardinero que había despedido la semana anterior. Era posible que él les hubiera vendido la llave, después de todo lo había despedido luego de una discusión acerca del sueldo.
Subió a la terraza cerró con llave y arrastró una maceta para que les fuese imposible entrar.
Dedicó toda la tarde a descargar su rabia poniendo en orden el invernadero. Como una especie de catarsis ventiló las alfombras y hasta cambio de lugar los muebles con una cólera que rayaba en regocijo.
Ya se había hecho tarde y estaba oscureciendo. Escuchó voces airadas que venían de la calle y se asomó por la terraza. Vio a la pareja discutiendo. La mujer gesticulaba y señalaba la casa. Juliana se llenó de satisfacción, así que los tortolitos tenían problemas.
El hombre tomó a la mujer de los brazos de los brazos y trató de abrazarla. Retazos de su conversación transportados en el viento llegaron a los oídos de Juliana.
“Pablo me lo pidió…. hasta que sepamos qué va a pasar” La mujer le contestaba pero estaba de espaldas y no podía escuchar lo que decía. “No le pude decir que no en un momento así… Finalmente la mujer se dejó tranquilizar y juntos volvieron a la casa.
Juliana se tiró en el sillón y se quedó pensando mientras giraba un mechón de pelo entre sus dedos. Ese tal Pablo del que hablaban ¿sería su hermano? Pero si Pablo los hubiera mandado por alguna cuestión hubieran tocado el timbre, se hubieran presentado.
Puso una tela en el caballete y comenzó a pintar, eso la relajaba y la ayudaba a pensar, pero esta vez no resultó. Terminó tachando lo que había hecho y en un ataque de rabia tiró la tela que salió volando por la puerta abierta y quedó colgada de la rama un limonero.
Esto no puede quedar así, pensó, y con decisión fue a la puerta decidida por fin a enfrentarlos.
Estaban de nuevo en el living, sentados en el sillón. Ella lloraba.
—Pero yo no puedo creer que te pongas así Angélica—protestaba él— ¡Ya no sos una nena!
—Tengo miedo, ¿vos no entendés lo que es tener miedo? —repitió la palabra exagerando el sonido.
— ¡Todo tiene una explicación, mi amor! —dijo él cambiando de táctica y poniendo su brazo sobre los hombros de la chica. Hace un mes que estamos aquí, ¿recién ahora se te viene a ocurrir que pasan cosas “raras”? —dijo él haciendo el gesto de comillas con los dedos.
Ella se desprendió de su brazo con rabia y lo enfrentó — ¡Sos vos el que no entiende que los ruidos en la terraza se empezaron a escuchar cuando ella entró en coma!
Juliana volvió sobre sus pasos. Tal vez éste no era el mejor momento para intervenir. Alguien que ellos conocían estaba grave… en coma.
En puntas de pie desanduvo los pasos y volvió a la terraza.
Con infinita tristeza se preguntó qué pasaría con aquellas almas. ¿Vagarían sobre sueños inconclusos?, ¿Estarían anudados a cosas que dejaron de hacer, a planes inacabados esperando despertar? ¿Deambularían como espíritus en soledad?; ¿como esa casa sin risa?, ¿como ese jardín sin flores? ¿Como ella?





GermánLage
Un cuento excelente, Carmen, cuyo final abierto me dejó un tanto intrigado. Me lo leí sin respirar.
Mi cordial saludo y mi voto.
Mabel
¡Qué hermoso! Un abrazo Carmen y mi voto desde Andalucía
Carmen de María
Muchas gracias a los dos!
enriccarles
Hola, me ha agradao el cuento, puedo asegurarte que la principio, en los primeros párrafos vino a mi mente aquella “Casa tomada” del gran Julio. No dudo que hay mucho en común, pero tu estilo logra desprenderse de ese recuerdo, y allí está lo bueno. Tampoco dudo que la base da para ser mucho más largo, la situación es muy versatil, incluso tengo un cuento que lleva un paralelo y me ocurre como con el tuyo, pueden dar más. Te felicito y te dejo un abrazo.
Ninfasu
Me gusta, me dejas con ganas de leer más. Saludos.