Una tarde del año pasado, estaba recién llegado a mi casa, cuando el teléfono sonó acuciante.
-¡Dígame!- contesté al cuarto o quinto timbrazo.
Una voz conocida me respondió. Tardé en identificarla unos segundos, pues nunca había visto a Pedro Vilalta tan excitado. Era un modelo de ecuanimidad y sangre fría. Sin embargo ahora sonaba como presa de una fuerte impresión.
-Carlos, por favor, tienes que ayudarme- me soltó sin esperar a intercambiar los saludos y preguntas habituales de cortesía.- Es que yo no sé que hacer, no sé a quien dirigirme para que me tomen en serio y no le hagan daño, ni se crean que es un truco o que me he vuelto loco.
-Pedro, por favor, tranquilízate y empieza por el principio. ¿Qué te pasa?
-Es que no sé si tú me vas a creer tampoco. Pero cómo eres médico, por lo menos sabrás que no me falta ningún tornillo y a lo mejor se te ocurre alguna manera de ponerlo en conocimiento de las autoridades. Yo no sé, tal vez el CSIC, porque desde luego no es cosa para la policía.
-Mira Pedro, yo no me estoy enterando de nada. ¿No te habrás metido en ningún lío? ¿Por qué no vienes a casa y me lo cuentas despacio?
-No, mejor ven tú para acá. Es que tengo algo que enseñarte. Ahora estoy en la cafetería de enfrente de mi oficina, esa donde tomamos café el otro día, porque he venido a pensar un poco a ver como podía afrontar este tema. Si quieres te espero aquí. ¿Cuánto tardarás?
No me apetecía nada volver a salir de casa. Sin embargo no voy a negar que ya me picaba la curiosidad. Nunca había visto así a Pedro. Siempre había sido una persona seria, responsable, tranquila y dueña de sus actos en todo momento. Nunca habíamos sido lo que se dice íntimos, pero nuestra relación venía desde que éramos unos chiquillos. Sus padres vinieron a vivir en el portal de al lado del mío cuando ambos teníamos doce o trece años, y matricularon a Pedro en mi mismo colegio. Desde entonces nunca habíamos perdido el contacto del todo, aunque unas temporadas nos veíamos con mayor frecuencia que otras. Hacía una o dos semanas que nos habíamos citado a media mañana para tomar un café, aprovechando que yo asistía a un congreso en un hotel muy cercano al edificio de oficinas donde estaba radicada su empresa. En esa ocasión no noté nada raro en su conducta. Nos pusimos al corriente de las últimas andanzas en nuestros respectivos trabajos, me dio noticias de su familia, se solidarizó convenientemente con mis quejas respecto a mi ex, y nos separamos con la promesa de no dejar pasar mucho tiempo sin volver a vernos.
Pero esta llamada no encajaba ni en el concepto que yo tenía de Pedro, ni en su forma habitual de comportarse. Por eso accedí a encontrarme con él en la cafetería.
-Está bien, voy ahora mismo para allá. Si no encuentro mucho tráfico en un cuarto de hora estaré ahí. Pero, dime ¿de qué va todo esto?.
-Es mejor que te lo cuente en persona. Es algo que puede cambiar la forma de pensar de toda la Humanidad. No te creas que me he vuelto loco. He encontrado un ser pensante que no es humano.
-¡Anda ya! ¡No me tomes el pelo! –fue mi primera reacción.
-¿Lo ves? Nadie va a hacerme caso. Pero tengo pruebas. Por eso quiero que vengas aquí.
Nada en su tono de voz indicaba que estuviese de guasa, más bien parecía exultante y temeroso a un tiempo.
-Perdona, chico, pero comprenderás que no es fácil tragarse esto. ¿Dónde lo has encontrado? ¿Quién es, cómo es? ¡Cuéntamelo, por favor!
-No voy ahora a entrar en detalles. Yo mismo no sé muchas cosas que estoy deseando preguntarle. Apareció en mi despacho esta mañana a primera hora, y no ha querido, o no ha podido decirme de donde viene.
-Pero ¿cómo es?
-No sé decirte, es mejor que lo veas. Sólo te diré que no debe ser verdad la teoría de que para que exista inteligencia hace falta una masa considerable de cerebro. Este ser es diminuto, no pesará más de una decena de gramos.
-Y ¿por qué tú?
-No tengo ni idea, chico. Por lo que he podido deducir ha sido un accidente el que se ponga en contacto conmigo. Parece inseguro y aterrorizado. Pienso que teme que le hagamos daño.
-Pero, ¿no sabes que quiere?
-Ni idea. Venga, vente para acá y seguimos hablando.
Cuando me quise dar cuenta, Pedro había colgado. Bajé como un sonámbulo hacia el coche, y una vez en camino conduje sin saber como hasta donde me esperaba mi amigo. No sabía que pensar. Siempre he sido muy racional, y lo que me contaba Pedro no tenía ni pies ni cabeza. Sin embargo, no dejaba de darle vueltas al asunto. ¿Se habría trastornado Pedro? Pero en el fondo su voz sonaba convincente. Al menos él se creía lo que me estaba contando y en el fondo de mi mente una vocecita fastidiosa me decía que en caso de haber una pizca de verdad en este asunto, estaba viviendo un momento único y trascendente. Tenía que ser cerebral. No me dejaría engatusar más que por las pruebas más irrefutables. No estaba dispuesto a hacer el ridículo.
Cuando conseguí aparcar y llegué a la cafetería, ya de lejos vi a mi amigo sentado impaciente. Él que siempre era tan cuidadoso con su aspecto iba un poco desaliñado, con el cuello de la camisa abierto y la corbata floja. En una silla a su lado había un portafolios abierto, y encima de la mesa unas hojas estaban llenas con su letra ilegible.
-Mira-me dijo en cuanto me vio- estoy preparando unas preguntas, para no dejarme nada en el tintero.
-¿Preguntas?¿A quién?
-Pues a él, claro. Creo que es muy importante saber de donde viene, sus intenciones, si existen muchos como él y donde están, y también podrías ayudarme a preparar algún test de inteligencia. Otra cosa que podemos preguntar es por su concepto de dios, si creen en algún tipo de trascendencia…
-Oye, corta –le interrumpí- Antes de preguntarle a él, te voy a preguntar yo. ¿Cómo ha empezado todo esto?
-Mira mejor que vayamos yendo a mi despacho y te lo presento.
Mientras se acercó a la barra a pagar, eché una ojeada a sus notas y vi que realmente eran una batería de preguntas sobre una gran diversidad de temas. En un instante se acercó y me las arrancó de la mano, metiendo a toda prisa las hojas en su cartera.
-¿Cómo le has conocido?¿Cómo es?.
-Ya llevaba unos días que de cuando en cuando notaba que alguien o algo se intentaba poner en contacto conmigo de una manera telepática. No quería hacer caso, e incluso llegué a pensar que me estaba volviendo majareta, pero esta mañana, cuando acababa de llegar al despacho, estaba ahí. Yo notaba su mente inquiriendo en la mía, extrayéndome los recuerdos y los conocimientos, mientras una sensación de calma me invadía.
-¿Pero cómo te habla?
-No habla, ya te digo que es una especie de telepatía.
Me fijé en sus ojos y percibí por primera vez lo enrojecidos que los tenía, como si llevase tiempo sin dormir. También me di cuenta de lo profundas que eran sus ojeras. No me dejó tiempo para mucha observación, pues casi iba corriendo por los pasillos, que a aquellas horas estaban casi desiertos.
Cuando llegamos a su departamento, salía hecha una furia la señora Patro. Iba empujando un carrito lleno de productos y utensilios de limpieza y refunfuñaba incoherencias. Al ver a Pedro, se paró en seco y un poco turbada le abordó.
-Ay, Sr. Vilaltella, no se preocupe que no quedará mancha. No he tenido más remedio. Es que ni con el Baygon se moría la muy…, perdonen que ya no sé ni lo que me digo. Es que me han dado siempre grima, además es que era enorme. Y es la primera vez que me encuentro una en estas oficinas y no será por falta de limpieza, que ya lo sabe usted, señor Vilaplana, que siempre lo tengo todo como los chorros del oro. Ahora mismo voy por un cogedor y un producto muy bueno que me traje yo de casa, que me lo recomendó mi hija y lo traen de América, o Suiza o un sitio de esos y es milagroso. Ya verá como la moqueta le queda como nueva, ni rastro se va a ver en cuanto se seque – y ya alejándose por el pasillo- …malditas cucarachas, con el asco que me dan…
Pedro ya estaba entrando en su despacho. En un rincón del fondo, sobre el beige de la cara moqueta de lana, se veía un chafarrinón de color indefinido, húmedo y con restos inidentificables, pero indudablemente orgánicos. Pedro, con la cara demudada, murmuraba muy bajito como si hablase con la repugnante mancha:
-No puede ser, perdona, yo no quería…no puede ser, no, no…
No sé como conseguí arrancarle de allí, cuando volvió Patro con su líquido milagroso. La miraba con ojos asesinos, y preferí irme con él a un bar de copas donde cogió una borrachera de las que hacen época.
Nunca volvió a hablarme del tema. Lo que si es verdad es que a la señora Patro no se la volvió a ver por el despacho. Según ciertos rumores se ha ido a su pueblo natal a disfrutar de la jugosa cantidad de la indemnización que obtuvo por despido improcedente.
Pedro se ha convertido a una religión oriental de esas que prohíben eliminar cualquier vida, incluso la de las sabandijas más asquerosas, y la última vez que fui a su casa tuve que despedirme en seguida, pues no soporto que las cucarachas paseen sobre mis pies.





Esruza
Muy buen relato, emocionante. Te felicito y mi voto.
Esruza
Sol
Gracias por leerlo. Un saludo
enriccarles
Hola, pobre Kafka, pudo con él la chacha de la limpieza, ¡con tanto por contarnos! Es indudable que los simples e iletrados serán los que se queden con este mundo. La lieratura a perdido nuevamente a Franz en su enésima reencarnación…!!! jejejeje. Muy buen relato, te felicito, solo una pega, hay una o dos frases que les vendría bien una coma, solo eso y lo demás bien llevado. Un abrao
Sol
Gracias por leerlo y comentar. Me gusta que me digan lo que se puede mejorar. Saludos
GermánLage
Yo también hubiera despedido a Patro de modo fulminante, Sol. ¡La muy bruta! ¡Seguro que lo hizo por envidia de que la cucaracha era más inteligente que ella! ¡Seguro!
Te habrás dado cuenta, Sol, de que tu cuento me ha encantado. Si Kafka levantara la cabeza te lo pediría.
Mi cordial saludo y mi voto.
Sol
Gracias, Germán, por tus amables palabras.
Queda a la imaginación del lector si Pedro se ha vuelto tarumba, si el ser era otro Samsa, o una simple cucaracha que tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino de la señora Patro. ;D
Mabel
¡Me ha encantado! Un abrazo Marisol y mi voto desde Andalucía
Sol
Escribir es un placer en sí mismo, pero este se ve acrecentado cuando el producto de nuestra imaginación, también gusta a otros. Un saludo, Mabel
VIMON
Muy bueno, Sol. Saludos con mi voto.
Sol
Gracias, Vimon, por leer y comentar. Un saludo