Contracorriente (30. Leslie, parte 1)

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Hay un milagro en la vida que encuentro inexplicable. Y es eso mismo, el hecho de vivir, el arte de estar vivos, aunque no queramos estarlo. Y es que uno no se muere cuando quiere; si no cuando su papel en el mundo ha terminado. Y el mío no debía haberlo hecho. Así lo comprobé ese día, cuando abrí los ojos en una vieja camilla, en una sala que hacía las veces de enfermería.

Lo primero que vi al despertar fue un rostro desconocido, pertenecía a una señora baja y gordita, la cual me miraba con atención. En cuanto se dio cuenta de que me encontraba estable, se dirigió al teléfono fijo que había en la mesa de aquella estancia y se apresuró a marcar un número. Desde mi cama, escuché la información que daba sobre mí, a quién sabe qué persona.

—Es la chica. Ha despertado.

En menos de cinco minutos, se oyó un golpe en la puerta. Sin esperar respuesta, la abrió y entró, haciendo un sonoro ruido bajo sus pasos, gracias a sus zapatos de tacón. Todavía confusa y un tanto mareada, reconocí la cara de Jennifer en esa figura femenina. Ella se acercó a la enfermera y le preguntó:

—¿Cómo está?

—Ha perdido mucha sangre. Creí que no lo contaría, pero esta chica es fuerte. Está bien, dentro de lo que cabe.

Hablaba de mí como si yo no estuviese presente. Después de una breve pausa, añadió:

—Nunca terminaré de acostumbrarme a estos casos. Son solo unas niñas…

De reojo, pude observar cómo su rostro se torcía en un gesto de fastidio. Estaba en contra de aquellos actos tan crueles, conmovida por lo que habían hecho conmigo. Me pregunté si sería una persona digna de confianza. Puede que, más adelante, necesitara a alguien en quien poder creer. Jennifer disipó mis dudas, dirigiéndose a la señora con tono tajante y despectivo.

—¡No empieces con tus tonterías, Marisol! Me aburres ya con tanto dramatismo. Recuerda por qué estás aquí… si alguna vez tienes intenciones de traicionarnos, movida por una pena inútil.

La pobre señora rechoncha agachó la cabeza, sumisa.

—Sí, señorita. Lleva razón. Ustedes me ayudaron cuando nadie más podía hacerlo. Y se lo debo todo.

—Así me gusta. Eso está mejor.

Giré la cabeza hacia el otro lado de la habitación, fingiendo no haber sido partícipe de esa conversación ajena, justo antes de que Jennifer se acercara a mí. Me escondí en mi interior, me mantuve paralizada con la vista clavada en un punto imaginario. No tenía ganas de dar explicaciones sobre mi estado, ni escuchar ánimos falsos. Jennifer no hizo nada de eso. Se paró, de pie a un lado de la cama, y me dijo:

—Buenos días, Yurani. Por fin nos conocemos.

Giré entonces la cabeza y traspasé sus ojos con los míos. Su tono de voz, burlón e irónico, no me había pasado inadvertido. Esa chica, en realidad, era incluso más fría de lo que había imaginado.

—Es un placer —le respondí, con el mismo sarcasmo que ella había empleado.

Ella esbozó una sonrisa.

—¿Sabes quién soy?

—Sí. Te llamas Jennifer. Me han hablado bien de ti —le conté entonces, tratando de dibujar una sonrisa, lo cual quedó solo en un simple amago. Me encontraba demasiado débil hasta para sonreír.

—Llámame Jenni. Ya sabes, Jenni para los amigos…

Me pregunté si esa clase de persona tendría amigos, pero me guardé ese pensamiento. Me limité a volver a caer en el silencio, deseando que su visita no se extendiera demasiado. No me agradaba su compañía.

—Esto te ha pasado por egocéntrica. Por lo que me han contado, tienes demasiado orgullo, principios estúpidos que, aquí, no te van a servir de nada.

Ignoré su acusación directa. Hice como si no la hubiera escuchado. Cerré los ojos y, tras unos largos segundos, su voz llegó de nuevo a mis oídos.

—Hay alguien que quiere verte. Le diré que pase —me informó, sin dignarse siquiera a pedir mi opinión al respecto.

Abrí los ojos como platos, con un repentino nerviosismo que se apoderó de mi mente. ¡Kimberly! No podía permitir que ella me viera en aquella situación tan… lamentable. Me incorporé como pude en la cama, haciendo caso omiso al dolor que sentía en cada parte de mi cuerpo, y me quedé sentada con la espalda apoyada en el cabecero. Arreglé mi pelo apresuradamente con las puntas de mis dedos, tratando de desenredarlo, y confié en que mi rostro no se viera tan desastroso como lo estaba mi alma.

Jennifer salió con paso altivo y, antes de salir, hizo un gesto con su mano, invitando a quien fuera que estuviera ahí a pasar. La enfermera también abandonó la sala. La preocupación dejó lugar a la sorpresa cuando mis ojos observaron a aquella persona. Con pasos lentos, se aproximó a mí y se quedó mirándome, de pie en el mismo punto que acababa de ocupar Jennifer. Pero con una mirada totalmente distinta. La suya expresaba compasión, un tanto de miedo también.

—Leslie…

No fui capaz de decir nada más. Ella era de las últimas personas que hubiera esperado ver allí dentro.

—¿Cómo estás?

Mi cara se torció en un gesto doloroso, que intentó ser una sonrisa.

—No en mi mejor momento…

Ella sonrió, con un deje de tristeza.

—No es justo.

Me encogí de hombros.

—Nada en esta vida lo es.

Leslie agachó la cabeza.

—En realidad, no sé qué decir.

—No digas nada. Solo dime una cosa, ¿cuánto tiempo llevo aquí?

—Más de 24 horas. Lo que te sucedió… —trató de no entrar en detalles—, fue ayer por la noche. Ahora… el sol ya se está poniendo de nuevo.

Un sentimiento de desasosiego recorrió mi cuerpo. Leslie se apresuró a tranquilizarme, antes de que pudiera exponerle mi miedo.

—No te preocupes por Kimberly. Está bien cuidada. Anya y yo nos hemos ido turnando para cuidarla y hemos intentado que notara lo menos posible tu ausencia. Le hemos dicho que has tenido que salir fuera, a desempeñar un trabajo. Pero que volverías pronto.

Suspiré hondo, aliviada. El corazón se me llenó de gratitud hacia esa chica, siempre huraña pero con una gran bondad dentro, la cual se empeñaba en tapar. Y no supe cómo expresar ese agradecimiento.

—¿Por qué estás aquí?

Había soltado esa pregunta sin pretenderlo, las palabras habían salido solas de mí y pillaron a Leslie desprevenida. Aturdida, guardó silencio unos segundos y, de nuevo, agachó la mirada en dirección al suelo. Después, la levantó de nuevo, movida por un repentino sentimiento, y clavó sus ojos oscuros en los míos.

—¿Por qué lo estás tú?

Había respondido a mi curiosidad formulando la misma pregunta que yo le había lanzado. Y no pude menos que sonreír para mis adentros.

—Tengo una razón de peso, para haber venido hasta esta casa y para aguantar en ella. Mi hermana…

No hizo falta explicar más. A Leslie le bastó para comprender lo que Kimberly significaba en mi vida, para darse cuenta de que, por ella, estaba dispuesta a todo.

—Te toca…

Leslie, sin dejar de mirarme, se llevó una mano a la frente, con gesto pensativo. Imaginé que debía andar debatiéndose entre guardar sus sentimientos, o dejarlo salir, ante mí. Se decantó por lo segundo.

—Tienes suerte. A mí también me hubiera gustado tener una hermana. Una como tú, para ser más exactos.

—Lo primero, no es la primera vez que me lo dicen. Lo segundo, realmente creo que no merezco ese sentimiento.

—En realidad, yo también tengo un hermano. O tenía.

Su confesión me dejó atónita. Entonces… ¿Leslie también había tenido alguien por quien luchar, una persona a la que querer, por encima de todo lo demás? Y en ese caso, ¿qué había sucedido para que se alejaran? Una repentina curiosidad me invadió por completo, quería saber más sobre ella, conocer un poco más de su historia. Sin embargo, guardé silencio, expectante y paciente a la vez, permitiendo que ella encontrara el momento adecuado para abrir su corazón.

Entonces, sucedió. Leslie tomó asiento en el borde de la cama, lo suficiente cerca de mí pero sin llegar a hacerme daño, y respiró hondo. Se estaba preparando para enfrentar sus propios fantasmas, los demonios que la atormentaban a diario. A continuación, fijó la vista en un punto fijo de la pared blanca y comenzó a hablar, más para sí misma que para mí.

—Sebas era mayor que yo, me sacaba un par de años. Cuando éramos pequeños, esa diferencia de edad no se notaba demasiado. Tampoco la diferencia de sexo. Siempre estábamos juntos; jugábamos, tanto a las muñecas, como a las guerras que él se montaba, pero siempre juntos. Después, fuimos creciendo, y nuestros deseos fueron cambiando. Entonces, sucedió. Mi padre emigró. Nos abandonó a nuestra suerte, con la promesa de volver con una vida mejor para ofrecernos. Se marchó del país y… ya no volvimos a verlo. La furgoneta en la que viajaban volcó, dicen que a causa de la velocidad que llevaba. Mi padre falleció en aquel accidente.

Hizo una pausa, demasiado emocionada a causa de sus propios recuerdos, que la trasladaban a un pasado bastante lejano, pero imborrable, para su alma. De pronto, comprendí tantas cosas. Recordé esa imagen, minutos antes de subir al automóvil que nos llevaría a nuestro destino; rememoré el rostro aturdido y aterrado de Leslie, su recelo a la hora de decidir subir a esa furgoneta y la mirada que me dedicó, llena de temores. Probablemente, su pánico venía infundido debido a ese suceso, la pérdida de su padre, al que seguro quería, en unas circunstancias similares. Me compadecí de ella y me lamenté por no haber podido adivinarlo, me hubiera gustado echar el tiempo atrás para ser capaz de ofrecerle mi apoyo. Como eso no era posible, me consolé con seguir allí, sentada en esa cama, dispuesta a seguir escuchándola.

—Por aquel entonces, yo solo tenía 10 años. Sebastián, 12. Éramos críos, unos chiquillos todavía demasiado vulnerables ante las adversidades de la vida, pero nos tocó crecer a pasos agigantados. De golpe, de un día para otro, mi madre se echó a perder. Cayó en el peligroso vicio del alcohol y comenzó a gastar el poco dinero que nos quedaba en esas sustancias, tratando así de ahogar sus penas, de la única manera que sabía. A mi hermano le tocó entonces ocupar un papel doble en nuestra familia. Hizo de padre y también de madre, luchando con la perseverancia que lo caracterizaba. Salió a la calle, encontró un trabajo, medianamente honrado, y gracias a su sacrifico, las cosas empezaron a ir mejor para nosotros. Nunca lo olvidaré lo que hizo por nosotras, ¿sabes? Si no fuera por las horas que dedicó a los campos, por el sudor y el cansancio con el que siempre volvía a casa, al llegar la noche; nunca hubiéramos salido de eso. Comí y vestí, gracias a él. También aprendí muchas cosas que, hasta el momento, no sabía. Como, por ejemplo, que hasta las personas más buenas pueden volverse oscuras, que incluso el alma más pura es capaz de cambiar su color, en un momento inesperado.

De nuevo, guardó silencio. Por el gesto que se dibujó en su cara, comprobé que le costaba horrores seguir hablando. Estaba luchando con gran determinación con el nudo que se había formado en su garganta, decidida a no dejarse vencer por la emoción.

Comentarios

  1. Luis

    10 mayo, 2017

    Encantador relato muy bien estructurado, Patry, me alegra leerlo- en un pequeño aparte te diré que espero que no se cumpla nunca la sentencia con la que casi lo cierras-. Un saludo y mi voto!

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      11 mayo, 2017

      Gracias, Luis. Me alegro de que te haya gustado. Un saludo.

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    Mabel

    10 mayo, 2017

    ¡Excelente historia! Un abrazo Patry y mi voto desde Andalucía

  3. Imagen de perfil de XaviAlta

    XaviAlta

    11 mayo, 2017

    Este capítulo me ha parecido corto. Tal vez incompleto, aunque creo que sigues jugando a obligarnos a hacer volar la imaginación, también dejándonos en ascuas para aumentar nuestra curiosidad y que continuemos leyendo… Bien hecho!

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      11 mayo, 2017

      En realidad, el capítulo era mucho más largo, pero lo he dividido en dos partes para que no resultase muy pesado.

      Gracias por tus palabras, Xavi y un abrazo.

  4. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    11 mayo, 2017

    Como de costumbre, Patry, excelente. A ver qué más cosas esconde Leslie.
    Mi cordial saludo y mi voto.

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      11 mayo, 2017

      Muchas gracias, amigo Germán. Espero que te guste lo que viene a continuación. Un abrazo.

  5. Imagen de perfil de enriccarles

    enriccarles

    11 mayo, 2017

    Hola Patry, es la primera vez que te leo, me ha resultado interesante, bien estructurados los párrafos, austeras las alegorías y un beun trato ortográfico. La fluidez del relato es la correcta y amablemente va a trapando al lector para cubrir los huecos de la intriga que hace al interés posterior. El personaje y narrador parece estar bien definido, he hallado un poco de sobreactuación de el de Jennifer y tal vez algo de apresuramiento en la confesión de Leslie, me pareció un tanto antinatural, pero es solo una pareciación personal basada en el desconocimiento del resto de la trama. Tambien supuse que el personaje que ha sufrido una pérdida de sangre importante no respondería con tanta claridad en esos momentos, por lo general el aturdimiento durá horas y la coordinación de ideas se un tanto más lenta; esto solo para apuntar que puedes darle un poco de tiempo para que reaccione, si es que recién recobra el conocimiento.
    Te pido disculpas por mi crítica despiadada, soy de los que piensan que en la crítica se mejora y aprende y no es que escriba mejor que tú, solo que soy criticón por naturaleza, espero no molestarte. Te dejo un abrazo y mi gsuto por haber leido esta parte, continuaré con otras para empaparme de la trama, y si me equivoco en lo dicho, pido perdón por adelantado.

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      11 mayo, 2017

      Hola. Primero de nada, decirte que agradezco mucho el tiempo que has empleado en leerme y tu sincera y extensa opinión.

      Llevas razón en que la protagonista, al estar recién despertada, debería tardar más en hallarse bien consciente de todo. Es algo que, con las prisas, no tuve mucho en cuenta.

      Respecto al comportamiento de Jennifer y Leslie, todo se debe a lo anterior a la novela, y lo siguiente.

      Me gusta encontrarme con gente así, la verdad. Que me de su opinión desde su punto de vista y me sugiera cosas que mejorar.

      ¡Un saludo!

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