Contracorriente (31. Más que mil palabras)

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Dicen que no todo tiene solución en este mundo, salvo la muerte. Y que, por fortuna o por desgracia, la mala hierba nunca muere. Todos esos, refranes antiguos y conocidos, habían llegado a mí de boca de mis padres. Ahora, la veracidad de esas palabras se confirmaba. La prueba estaba en que me encontraba de pie, caminando por los pasillos de esa casa. La enfermera acababa de darme el alta, tras unas cuantas negativas por mi parte ante las recomendaciones que me hizo sobre esperar un par de días más. Con un último consejo sobre guardar reposo, me levanté de aquella cama y me dispuse a seguir con mi vida, por muy dura que fuera.

La conversación que había mantenido con Leslie, la noche anterior, me había servido para darme cuenta de que yo no era la única persona en el mundo que estaba mal. Existía más gente sufriendo, quizás incluso más que yo, y no por eso se rendían y se dejaban caer al abismo. Había que luchar, o quedarse en el camino… Y yo decidí luchar. Tenía muchas ganas de volver a verla, charlar con ella y reanudar la charla que habíamos dejado a medias; de contarle mi historia, como nunca había hecho con nadie. Pero muchas más ganas tenía de ver a mi hermana, a la cual había extrañado terriblemente en el tiempo que llevábamos separadas.

Cuando, por fin, llegué al dormitorio, unos ruiditos desconocidos me hicieron dudar un momento. Me quedé parada, inmóvil enfrente de la puerta, la cual se encontraba entreabierta; dudando de si empujar y dejarme ver, o espiar de dónde provenían esos sonidos. Me decanté por lo segundo. A través del resquicio que quedaba abierto, asomé mi cabeza despacio, con cuidado de no ser descubierta. Lo que vieron mis ojos allí dentro me dejó sin habla. Había imaginado el reencuentro con mi hermana de muchas formas, en la mayoría dramáticas, pues esperaba encontrarla sumida en un mar de lágrimas o, a lo mínimo, bastante asustada por mi ausencia.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Kimberly se encontraba allí, en nuestro dormitorio, sí. Pero, uno, no estaba sola. Y dos, no estaba llorando ni daba la impresión de estar preocupada. Se hallaba sentada en el suelo, casi en la misma posición que yo la había dejado, un par de días antes. Seguía atenta con la mirada los pasos que daban unos muñecos, a los cuales ella misma hacía andar. ¡Un momento! En sus manos no solo sujetaba a Lara, nuestra fiel y única muñeca de trapo, sino también otro muñeco, un muñeco con aspecto de bebé, en mejores condiciones que la suya. Me detuve unos largos minutos para observarla con atención; desde la posición en la que estaba, solo atisbaba a ver el perfil izquierdo de su rostro, pero me bastó para descubrir la alegría que la embargaba. Su mirada rebosaba de felicidad, su sonrisa no dejaba lugar a dudas de lo ilusionada que estaba. Hablaba, y sonreía mientras lo hacía, a una compañera de juegos. Esta estaba, sentada al igual que ella, a su lado. Se trataba de una niña, y mi sorpresa se hizo enorme al percatarme de su presencia en aquella habitación. Desde nuestra llegada, tan solo había divisado a chicas, en su mayoría bastante jóvenes, pero no tanto como Kimberly. Ni por un momento había imaginado que podría haber otra chiquilla cerca de nosotras. En cambio, allí estaba. Jugaba y reía, realmente contenta con la compañía de mi hermana.

Desde el punto donde me encontraba, no pude distinguir bien sus facciones. La analicé rápidamente. Tenía el pelo claro, de color castaño tirando a rubio; este le caía, liso como una tabla, sobre los hombros y me impedía ver bien su cara; su tono de piel era blanquecino. Realmente, parecía una princesa, sacada de un cuento de hadas.

Dejé correr un poco más el tiempo, limitándome a mirarlas, completamente embelesada con su mundo imaginario. No hay nada más bonito que ver a un niño feliz, un niño alegre, pero alegre de verdad. Con la única preocupación de inventar un juego nuevo y una historia que vivir. Eso… eso no tiene precio. Y me permití disfrutarlo al máximo. Mi hermana, mi pobre hermana, se merecía tanto esos momentos, era tan injusto para ella privarle de la felicidad que le correspondía, que agradecí enormemente al cielo, o a quien hubiera sido, que hubiera puesto a esa niña en su camino.

Tras un prolongado espacio de tiempo, me decidí a entrar, un poco fastidiada por tener que romper ese mágico momento, pero realmente emocionada con la idea de acercarme hacia ellas. La niña rubia fue la primera en percibir mi presencia. Señaló hacia el lado donde me encontraba, haciendo señas a Kimberly, y entonces ella se giró, hacia la dirección que su amiga le indicaba. La sorpresa se posó en sus ojos al verme. Después, esa sorpresa dio paso a la alegría. Entusiasmada, se levantó deprisa y se lanzó a mi cuerpo. Yo, no pude sino recibirla con los brazos abiertos, y el alma más abierta todavía. Nos fundimos en un largo abrazo, de esos abrazos que parecen interminables, de esos abrazos con los que no hace falta decir nada. Las palabras, a veces, sobran. Y, cuando dos personas están realmente unidas, sobra con un simple gesto, o una leve mirada, para comprender todo. Lo que no se puede decir, lo que se lleva dentro, sale a la luz de una forma veloz, a raudales. Y… nosotras lo estábamos. Más que unidas… estábamos compenetradas. Éramos una sola, formábamos parte de un mismo cuerpo, de un mismo corazón.

Después de un rato, Kimberly aflojó un poco ese abrazo y se distanció levemente de mi cuerpo, elevó su cabecita y buscó mi mirada. En la suya, vi todo lo bueno que puede existir en el mundo. Bondad, dicha, la inocencia personificada.

—Te he echado mucho de menos —confesó, con su vocecita dulce que tanto me gustaba.

—Yo también a ti, pequeña.

No preguntó dónde había estado, no quiso saber las razones por las que me había alejado de su lado, dejándola a cargo de unas personas desconocidas para nosotras. Estaba demasiado entusiasmada con el hecho de haber encontrado una nueva amiga, y quiso hacerme partícipe de ello.

—Mira, ven. Te voy a presentar. Esta es Celia. —Señaló a la niña, la cual, todavía sentada, me observaba con sus ojos bien abiertos, curiosos—. Es muy maja. Anya la ha traído para que juegue conmigo. Me dijo que, así, ninguna de las dos estaremos más tristes. Tengo que decirte algo…

Tiró de mi blusa, (Jennifer me había mandado ropa nueva a la sala de enfermería), con insistencia, instándome a agacharme. Se acercó a mi oído y susurró, con el tono típico que usábamos para nuestras confidencias.

—¡Me encanta!

Sonreí, realmente divertida, ante su confesión. Me alegraba que a Kim le gustara tanto esa niña. Y, solo con distinguir su aprobación hacia ella, decidí que, a mí, Celia también me encantaba. Fue entonces cuando la niña, aburrida de quedarse al margen, se levantó y se acercó a nosotras. Tosió para dejar constancia de su presencia. Me miró y yo le devolví la mirada. En su expresión, noté cierto enfado, cierto resentimiento hacia mi persona. Seguramente, se trataba de una envidia repentina, al sentirse desplazada de la atención de Kimberly por culpa de mi llegada. Después, y sin un motivo exacto, su gesto cambio y relajó su rostro, dibujando una sonrisa angelical. Carraspeó, como quien va a decir algo muy importante, y entonces habló:

—Eres guapa.

Le dediqué una sonrisa, no tan bonita como la suya, pero igual de sincera.

—Gracias. Tú eres mucho más bonita.

Era cierto. Lo era. El color de su pelo, de su piel, esa sonrisa hipnotizadora y sus ojos verdes… ¡Un momento! Verdes. De un verde precioso que llegaba al alma. Había visto esos ojos antes, estaba segura. Y esa voz… ese acento personificado. Junté cabos deprisa, buscando en mi cerebro las piezas que me faltaban. No me costó trabajo encajarlas y, aunque así hubiera sido, hubiera solucionado mis dudas rápidamente; pues escuché unos pasos tras de mí y, cuando me giré para comprobar quién era, lo comprendí todo. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Esa niña, Celia, era el vivo retrato de Anya. La misma mirada; la misma cara, un tanto más delgada, pero con idénticas facciones; la misma claridad en su tono de piel, la misma voz…

Me quedé parada, inmóvil como una estatua, bloqueada a causa de la sorpresa. Anya me miró con gesto confuso, sin comprender mi reacción al verla.

—¿Qué pasa? ¿Has visto un fantasma? —preguntó irónicamente, verdaderamente contenta de volver a verme.

—Eso tendrás que explicármelo tú.

Para dar más énfasis a mis palabras, di unos pasos hacia el lado derecho y dejé ver a las dos niñas que se encontraban detrás de mí. Ellas ya habían vuelto a sumergirse en su mundo imaginario, ingenuas a lo que estaba sucediendo a su alrededor. Anya me miró, yo la miré… y nuestra mirada dijo más que mil palabras.

 

 

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de LARRY

    LARRY

    26 mayo, 2017

    Por fin un capitulo positivo, dentro de esta terrible historia. Mi voto. Saludos.

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      27 mayo, 2017

      Sí, Larry. No todo tiene que ser malo. Un abrazo y gracias por pasar.

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    26 mayo, 2017

    Los refranes siempre son certeros, en ellos está escrito un mensaje que nos muestra siempre un camino real. Un abrazo Patry y mi voto desde Andalucía.

  3. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    27 mayo, 2017

    Excelente capítulo, Patry, que abre nuevas perspectivas, aunque suena a prepación de algo fuerte por venir. ¿Me equivoco? En cualquier caso es muy bueno.
    Mi cordial saludo y mi voto.

    • Imagen de perfil de Patry

      Patry

      27 mayo, 2017

      Hola Germán. ¡Qué alegría hablar de nuevo contigo!
      He estado muy liada y no he podido publicar y me alegro de verte de nuevo por aquí.
      No te equivocas, algo grave va a pasar…. aunque aún falta para eso. Un abrazo y gracias.

  4. Imagen de perfil de eleachege

    eleachege

    19 junio, 2017

    Encantado @patryzairamishel de encontrarme con tu nuevo proyecto de novela. Aún recuerdo tus primeros pasos con “Enseñame a querer” y mi comentario: Ok tengo ubicado a un primer amor de Patty que es Raúl. Sus amigas Yoana con su novio Roberto y Berta con Amed. Tengo pendiente las casadas con Paco y con Fabian. Un saludo, mi voto y mi consecuente lectura.

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