Prólogo
Con el sonido de un jarrón quebrándose Alvhen despertó sobresaltado. Lentamente se sentó en el borde de la estrecha cama en la que había caído rendido hace algunas horas y sintió como todavía podía percibir el movimiento de la tierra. “Otro temblor” pensó, molesto de haberse despertado. Si bien eran usuales los sismos en Eplye, cinco en menos de dos semanas era algo extraño y, sin duda, molesto. Se levantó y se dirigió a la ventana. Todavía no amanecía, pero estaba pronto a hacerlo. Era hora de irse.
Lentamente metió sus piernas en unos pantalones de tela café que se amarró con un cinturón negro. Se puso una holgada camisa blanca que dejaba al descubierto parte de su pecho y se amarró una capa con una cara naranja y otra de un gris opaco. En esta ocasión dejó el lado llamativo hacia adentro y se ajustó la capucha, ocultando sus orejas semi-puntiagudas. Finalmente, se enfundó sus pies en dos gastadas botas de cuero café.
Una vez vestido, caminó unos pasos hacia la silla que había cerca de la cama, que había utilizado como un improvisado velador, y tomó sus tres dagas, ajustando dos al cinto y una en un espacio especial de su bota derecha. Recogió su morral y sin molestarse en revisarlo, se lo cruzó por sobre la cabeza, colgándolo en su hombro izquierdo. Para terminar, tomó un estuche de cuero mediano que había apoyado cuidadosamente junto a su cama la noche anterior y se lo colgó en la espalda.
Bajó lentamente las escaleras de la posada donde se encontraba y entró a la sala principal. Era una pieza rectangular con unas cuantas mesas sobre las cuales todavía quedaban restos de la noche anterior. El salón olía fuertemente a alcohol y guiso de cerdo con ensalada de papas, comida de los últimos cinco días. Detrás de la barra se encontraba Traib, un hombre corpulento de cabellos canos que vestía una holgada y sucia camisa que alguna vez fue blanca y unos pantalones de tela verdes.
- ¿Se marcha tan temprano, maestro Alvhen? -preguntó, al ver al joven. – Ni siquiera ha salido el sol, ¿por qué no se queda al desayuno?
- Me encantaría, pero debo partir – contestó Alvhen. – Me queda un largo tramo por recorrer. Agradezco mucho su hospitalidad durante estos días.
- Nada has de agradecer. Gracias a ti este lugar ha recobrado su color, hace años que no cobraba vida como las últimas tres noches.
- No exageréis, solo les entregué algo de música con la que yo también me puedo divertir y ustedes me agasajaron como si fuera un noble e insistieron en que no pagara. El placer ha sido totalmente mío don Traib – replicó Alvhen, con voz tranquila mientras se acercaba al mesón. Una vez ahí, abrazó al viejo y dejó una moneda. – Espero que esto cubra las molestias que he ocasionado. No aceptaré un no por respuesta, si no lo toma, quedará ahí.
Se giró y caminó raudamente hacia la puerta mientras el viejo Raib abría los ojos como plato al ver un rak de oro. Con esa moneda prácticamente podría haber comprado la posada.
Alvhen salió del establecimiento y la fría brisa de la mañana acarició su cara. Pudo ver como algunos pueblerinos salían temprano para trabajar en sus maltrechos hogares. Debían arreglar los daños del temblor antes de ir a trabajar, el verano estaba llegando a su fin y los adivinos decían que vendría un crudo invierno en la zona del Frok.
La posada estaba ubicada en la calle principal del pueblo de Villa Verde, un pueblo en el interior del reino de Garuga, a unos kilómetros del río Frok. Era un grupo de casas maltrechas donde no vivían más de cien personas que se dedicaban a cultivar trigo, como casi todos los pueblos del reino. El nombre del pueblo tenía cientos de años, cuando se encontraba al linde del bosque de Lomak, el cual había sido completamente talado y hoy no era más que un gran peladero lleno de tocones de árboles que se adentraban hasta las montañas.
Alvhen observó como el sol iba calentando e iluminando lentamente las sucias caras de los aldeanos y el seco camino de tierra que cruzaba el pueblo y comenzó a silbar una melodía que se le vino a la mente mientras caminaba hacia el límite del pueblo. Los lugareños apenas se percataron de su paso, sufriendo los efectos de la resaca combinada con los primeros martillazos para arreglar las tablas que se habían soltado con el temblor.
Después de unas horas de caminata, Alvhen salió unos metros del camino y se sentó apoyando su espalda en un viejo roble que se alzaba solitario en la campiña. Abrió los broches del estuche de cuero y sacó un laúd de un pálido color café con un detallado dibujo de ramas y hojas tallado en el mástil. Comenzó a tocar cada cuerda por si sola y movió las clavijas para dejarlo afinado. Cerró los ojos y comenzó a tocar una melodía del pasado.
Capítulo 1
Lania se despertó sobresaltada al escuchar un agudo llanto de bebé. Sin siquiera ponerse algo en los pies, corrió a la puerta y salió de su pequeña casa. No le importaron las piedras que se clavaban cruelmente en las plantas de sus pies y rasgaban su delicada piel mientras caminaba, dejando un hilillo de sangre a su paso. Corrió, sin percatarse del dolor y sin saber muy bien por qué, en dirección al llanto.
La noche era casi completa, solo unas cuantas estrellas entregaban un tenue resplandor intermitente mientras la luna se ocultaba tras negras nubes, probablemente llovería al día siguiente. La mujer corrió apartando las ramas de los matorrales y se internó en la plantación de choclos donde trabajaba todos los días. Tropezó con una piedra y cayó apoyándose con las manos. Sintió un agudo dolor en su rodilla izquierda cuando se golpeó con una piedra con cantos filosos. El llanto seguía.
Se levantó y, a pesar del dolor de su rodilla y sus malheridos pies, siguió corriendo hacia el bebé que lloraba. No volvió a caer. Al cabo de unos minutos pudo ver entre las altas plantas de choclos un bebé que no debía tener más que algunos meses. Estaba desnudo, cubierto de sangre y a su lado yacía una mujer. Lania se acercó lentamente y pudo ver que la mujer tenía tres flechas incrustadas en su pecho y ya no respiraba.
Era una joven de cabellos castaños y contextura delgada, no medía más de un metro cincuenta y tenía orejas puntiagudas que asomaban de su pelo liso. Vestía un sencillo vestido verde, ahora teñido por la sangre, e iba descalza. En su cuello tenía un pequeño colgante con una piedra verde en forma de gota de lluvia, engarzada en un soporte de plata, que brillaba con un tenue resplandor.
Lania había oído historias sobre razas humanoides diferentes a los seres humanos. Se decía que en las profundidades del bosque habitaban los elfos, seres que practicaban artes oscuras para prolongar su vida indeterminadamente y que se apareaban con animales. Había visto ilustraciones en libros de niños, parecían humanos levemente más bajos, con orejas puntiagudas y piel verdosa. Normalmente tenían una sonrisa pícara, mostrando el engaño en el que se envolvían. Algunos incluso tenían miembros de animales: pezuñas, colas o cuernos.
La joven que estaba a sus pies solo compartía dos características con los relatos: sus orejas puntiagudas y su estatura. Difícilmente tendría una vida eterna, su piel, si bien era pálida, no era de color verde y su expresión estaba lejos de ser una sonrisa engañosa. Pese a esto, su cara denotaba tranquilidad, paz interior, algo totalmente fuera de lugar considerando las flechas en su pecho.
Lania se inclinó y tomó al bebé que, sin parar de llorar, la miró con un ojo café claro y otro cuyo iris se encontraba demarcado por una fina línea negra, pero era completamente blanco. Se sobresaltó al ver estos dispares ojos y casi suelta al bebé, pero logró sobreponerse a la sorpresa y lo abrazó, sin importarle su apariencia, sus orejas puntiagudas ni la sangre fresca en su cuerpo, que sería muy difícil de limpiar de su blusa para dormir.
-Tranquilo… tranquilo, ya estoy aquí -susurró al bebé – no tienes nada que temer. Para su sorpresa, el niño dejó de llorar y se acurrucó en su pecho con un profundo suspiro.
Lania se levantó lentamente. Observó a la mujer con lástima y se giró para volver a su casa. No podía hacer nada por ella.
- Yo lo cuidaré por ti, no te preocupes.
El bebé respiraba plácidamente apoyado en su pecho y le dio la impresión que, con su respiración, silbaba una triste melodía. Tenía que ser su imaginación, el dolor de sus pies o el impacto de la mujer muerta y el niño abandonado, pero no podía evitar escuchar aquellas notas, melancólicas y fúnebres que se despedían de su madre.
Iba a empezar a alejarse, pero sentía que le faltaba algo. Volvió a observar el cuerpo de la mujer y vio como el resplandor del colgante titilaba y se movía. El bebé también lo percibió y fijó su mirada en él.
- Me siento mal quitándole algo a un muerto. Ya es suficiente no poder hacer nada por ella – susurró Lania en el oído del bebé, que no apartaba la vista del colgante. – Aunque quizás es bueno que conserves algo de ella.
Se agachó con cuidado, dejó un instante al niño en el suelo y desabrochó cuidadosamente el colgante del cuello de la mujer. Lania no se percató que cuando tocó la piedra, esta dejó de brillar y, en su interior, sintió una gran tranquilidad.
- Lo siento mucho – murmuró – cuidaré de tu hijo como si fuera mío, es un regalo del cielo después de la fiesta de primavera – terminó, cerrando cuidadosamente los ojos de la mujer y guardando el pendiente en un bolsillo. Tomó nuevamente al niño, se levantó y se preparó para regresar a su hogar.
Ni siquiera se cuestionó de dónde habían salido la mujer y el niño, tampoco pensó cómo explicaría a su esposo su nuevo bebé ni qué le dirían a la gente del pueblo sobre la muerta de las plantaciones, la sangre de su blusa o el niño. Simplemente caminó a su casa y sintió su espíritu ligero, alegre y tranquilo. La melodía había cambiado a notas de esperanza.
“Te llamarás Eridán, como mi padre”, pensó mientras acariciaba la cabeza del bebé y caminaba de vuelta. El dolor de su rodilla y de sus pies no desapareció, pero había dejado de importar.
Alvhen y Lania vivían en una pequeña choza en el pueblo de Chamizo, al borde del río Frok por la rivera oeste. Era una morada humilde, con una habitación para el matrimonio, que Alvhen también utilizaba como taller, y una sala con una mesa, tres sillas destartaladas y una negra chimenea para cocinar.
Con una frazada de lana improvisaron una pequeña cama en el suelo para el bebé y lo pusieron cerca de la chimenea para que se tranquilizara con el crepitar del fuego y el sonido de los troncos deshaciéndose. Esa noche Eridán escuchó cómo las llamas ardían y devoraban lentamente los troncos. Soñó con el sonido del fuego lamiendo la madera, del negro que se apoderaba lentamente del café, del calor que emanaba de una chimenea, eliminando el dolor de sus primeras semanas de vida.
Aquella noche el crepitar del fuego estuvo acompañado de una melodía melancólica, pero llena de esperanza.
***
Eridán salió corriendo de la casa para recibir a su padre Alvhen, que llegaba después de algunos meses en la ciudad vendiendo sus instrumentos musicales. Venía a paso tranquilo sobre su yegua gris Almeara y, cuando vio al pequeño Eridán correr a su encuentro, se le iluminó el rostro con una sonrisa.
El pequeño tenía el cabello castaño y liso amarrado en una pequeña coleta con una tira de cuero café. Tenía la piel pálida y un ojo con el iris totalmente blanco, solo delineado por una delgada línea negra. Al principio habían pensado en ponerle un parche para ocultarlo, pero el niño podía ver normalmente y hubiera significado privarlo de su vista. El otro rasgo que resaltaba eran sus orejas semi-puntiagudas.
- ¡Papá! ¡Papá! – Gritaba el pequeño mientras corría a su encuentro - ¿me contarás historias sobre la gran ciudad esta noche? ¿Viste al rey mientras estuviste en la ciudad? ¿Había grandes castillos como los de los cuentos? – bombardeó con preguntas, hablando con dificultad, denotando que solo hacía poco era capaz de hilar frases coherentes.
Eridán había aprendido a hablar de forma tardía, siendo capaz de articular sus primeras palabras recién después de los tres años. Pese a este retraso, había mostrado desde pequeño una especial habilidad para imitar distintos sonidos y, algo que había sorprendido a muchos en la aldea donde dominaba el analfabetismo, aprendió a leer incluso antes que a hablar.
- Hijo mío, no te apresures, ya será de noche y te contaré todo sobre la gran ciudad. – Contestó Alvhen, con voz calma.
-Papá, ¡no quiero esperar! Vamos ahora y me cuentas – replicó Eridán, con la impaciencia propia de un niño de cinco años. Unas horas eran un tiempo considerable en su corta vida.
- Debes aprender a esperar – respondió Alvhen tranquilo. – En la noche, con la cena, te contaré lo que quieras. Además, te tengo una sorpresa con la que podrás entretenerte hasta entonces.
Dicho esto, detuvo la yegua y se apeó del caballo ante los ojos ansiosos de Eridán. Se agachó, hurgó dentro de su bolsa y sacó una flauta. Era un instrumento que dejaba que los dibujos naturales de la madera lo adornaran. Tenía siete orificios delanteros, uno trasero y una boquilla hecha para soplar y extraer el sonido.
Era un instrumento rústico pero elegante, con curvas bien trabajadas y con la madera pulida de tal forma que no se viera descuidada pero no perdiera su vínculo con la naturaleza. En el costado de la parte inferior tenía tallada una pequeña “a”, la firma de Alvhen.
- Es una flauta de madera de palo de rosa que tallé especialmente para ti. Nadie la ha tocado, por lo que deberás usarla cuidadosamente. Si caes frente a la ansiedad y tocas todas sus notas sin cuidado, su sonido jamás se asentará. Si la trabajas con paciencia y le das tiempo, aumentando su rango poco a poco, tendrás una compañera que nunca te decepcionará. Espero que la trates bien, Eridán, su sonido depende de ti – dijo solemnemente Alvhen, mientras le entregaba la flauta al niño que miraba con sus ojos como platos. Por un instante, el hombre creyó ver color en el ojo albino del niño, pero fue algo tan fugaz que lo atribuyó a su imaginación.
Con los ojos brillantes, el niño tomó la flauta entre sus manos y, sin siquiera mirar a su padre, corrió por el camino hasta un solitario roble que se alzaba a un lado del camino a las afueras del pueblo. Acomodó su espalda en el árbol y comenzó a tocar la primera nota de su flauta cubriendo todos los orificios con sus pequeños dedos. Eridán no habló con nadie durante una semana, saliendo de madrugada al roble y volviendo en las noches a cenar y dormir.
Al octavo día volvió a su casa temprano gritando:
- ¡Papá! ¡Mamá! Ya encontré el do. Mañana comenzaré con el re.
Alvhen sonrió a Lania que miraba preocupada a su hijo que no había emitido palabra en siete días.
Durante un año los habitantes del pueblo y todo quien entraba a él vieron a un pequeño con una flauta bajo el roble. Nunca tocó una melodía, solo notas sostenidas.
Alvhen se encontraba tallando un Laúd cuando, abriendo la puerta de un golpe, entró Eridán corriendo.
- ¡Lo logré, papá! Encontré la última nota – gritó el niño, emocionado.
- Muéstrame lo que hiciste con ella – respondió Alvhen. Sonriendo dejó el laúd sobre la mesa del taller, puso los codos en sus rodillas y apoyó su cabeza en la parte trasera de sus manos entrelazadas para poder escuchar con atención.
Eridán tomó la flauta, acomodó sus dedos en ella y comenzó a tocar. Alvhen no escuchó las notas, solo pudo ver un roble al costado de un camino, vio a los mercaderes entrar al pueblo y observar el árbol con reverencia, olió el aroma de las hojas mojadas en invierno y el barro que se movía bajo las ruedas de los carros, sintió el calor del sol que secaba el agua del camino en primavera y las hojas quebradas por los pasos en otoño. Finalmente, sintió el calor veraniego sobre su piel, el sudor de los caballos de carga y el quejido de la madera seca de las ruedas. Durante unos minutos Alvhen no estaba en su taller, estaba sentado, con su espalda apoyada en el roble de la aldea, observando el paso del tiempo a la entrada del pueblo.
Cuando terminó, una lágrima corría por la mejilla de Alvhen mientras miraba perplejo a Eridán. Se levantó lentamente de su silla y se agachó para abrazar al niño.
- ¿Te gustó papá? – preguntó el niño, entre sus brazos.
- Tienes un sonido mágico – fue lo único que pudo responder Alvhen, sin poder explicar lo que había vivido hace unos instantes.
Un día, mientras Eridán tocaba una tranquila melodía bajo el roble, se acercó una niña de cabello rojizo y unos profundos ojos verdes. No debía tener más de nueve años, uno menos que el flautista, tenía un cuerpo delgado, todavía de niña, y vestía un veraniego vestido lila que terminaba con unos delicados vuelos.
-Suena como un gato que descansa tranquilamente en el tejado mientras toma sol – dijo, con voz tranquila y segura.
-No está descansando, camina mientras busca dónde descansar – replicó Eridán, dejando de tocar.
-Quizás te equivocaste en una nota, a mí me parecía que descansaba – contestó la niña.
-No me equivoqué. Estaba caminando. Quizás te confundiste por lo lento que lo hacía, pero todavía no encontraba dónde descansar – replicó Eridán con paciencia.
-Mmmm… quizás tienes razón – concedió la niña, denotando frustración por no tener razón - ¿cómo te llamas? – preguntó, cambiando rápidamente el tema.
-Soy Eridán y tú, ¿quién eres? Nunca te había visto por aquí.
-Soy Lyle, me acabo de mudar con mis padres al pueblo, mucho gusto – contestó la niña mientras se acercaba a Eridán, con la intención de sentarse junto a él en el roble. El niño se dio cuenta y se acomodó para dejarle un espacio junto a él bajo la sombra del árbol.
-Hace calor, puedes sentarte aquí si quieres – le dijo, apuntando el lugar que acababa de liberar.
-Muchas gracias – contestó Lyle, sentándose. – Es muy linda tu flauta, ¿puedo verla? – dijo, extendiendo su mano hacia el instrumento.
Eridán la miró dudoso y meditó unos instantes mientras Lyle permaneció con su mano extendida. Finalmente, se la entregó diciendo:
- Me la hizo mi padre, se llama Milyel.
Lyle la tomó cuidadosamente y la examinó mientras preguntaba - ¿Milyel? ¿Qué significa?
- No lo sé. Ella me dijo que ese era su nombre – contestó Eridán, con naturalidad.
- ¿La flauta te habló? – Preguntó Lyle, desconcertada mientras la examinaba, quizás buscando algún indicio de magia o algún mecanismo con el que pudiera hablar.
- No exactamente, pero es el nombre que me transmitió su sonido. Cada cosa tiene su nombre, solo debes saber escuchar – contestó Eridán.
-Mmmm… no importa. Aquí tienes, es muy bonita – replicó Lyle, devolviéndole la flauta y descartando una conversación que comenzaba a complicarse para una niña de nueve años. - ¿Quieres ir a jugar? – siguió mientras se levantaba y le ofrecía la mano.
Eridan miró su flauta, dubitativo, pero luego aceptó la mano, se levantó y la siguió corriendo.
- Por cierto, tienes un ojo muy extraño – dijo Lyle observando el ojo blanco de Eridán. - ¿Acaso eres tuerto? Siempre he querido conocer a alguien que solo pueda ver por un ojo, el mundo debe ser distinto para ellos.
- Es solo el color, puedo ver perfectamente.
- Oh, tendré que seguir buscando entonces. Es extraño, pero me gusta. ¿Y tus orejas?
- ¿Qué tienen?
- No sé… son como puntiagudas – dijo Lyle, acercándose para examinarlas.
- Sí, un poco – respondió Eridán, dejando que Lyle las examinara y las tocara.
- Son tiernas… dijo Lyle mientras tocaba las orejas de Eridán con los dedos. – Me gustan. Eres diferente a cualquier niño que haya conocido. ¿Quieres ser mi amigo? – Le dijo, poniéndose delante de él mientras sonreía.





Mabel
¡Qué hermoso! Un abrazo José y mi voto desde Andalucía
José Guridi
Muchas gracias! De a poco iré subiendo lo que viene. Tengo escrito hasta el capítulo 5.