La Boda
Nirek se sintió poseído por enorme alegría, alzó su mirada con gran felicidad, e hizo votos por los dioses y por su amada.La vida le sonreía a Nirek y sintió por un momento que podía alcanzar el cielo y bailar entre las estrellas. Había escogido bien a su futura esposa pues según las tradiciones un emperador debía desposar a una mujer cuyo nombre sea respetable, que tenga modales delicados como los de un cisne, cuyos cabellos sean finos y suaves, y cuyo rostro fuese envidiado por las flores.
De esa manera, la admirable Samali, con gestos agradables y un celestial rostro, se sintió lista y digna para ser reconocida como la reina de Panyab, y con enorme respeto, aceptó que se iniciaran las celebraciones. Se decidió consultar a Darino, el clarividente, pues él sintetizaba en su espíritu los secretos de la naturaleza, y era una virtuosa conciencia profética que conocía el misterio de las plantas, lo que significaba el canto del gallo, el silbido de la culebra y el rugido de las tempestades. Con sus múltiples dones despejaría las dudas y los sueños, las dichas y las penas de su raza. Luego de consultarlo, el anuncio que nada impedía que Nirek desposase a Samali, y que hacerlo era su derecho.
Se realizaron entonces las ceremonias previas al matrimonio, y la noche anterior a la boda ocurrió el Sangit, que es la celebración donde las amigas y los familiares de la novia cantan y bailan durante toda la noche. Esta fiesta estuvo repleta de agradables melodías, y las canciones contenían agradables versos acerca de la familia. Las mujeres casadas de la familia de Samali les aplicaron a los novios sus conocidas fórmulas a base de turmérico y otras especias, cubrieron así sus pies, rodillas, codos, hombros y frente de los prometidos. La futura reina mostraba sus cabellos de un misterioso negro, destellaba su traje tradicional como el brillo matinal, relampagueaba el destello espléndido de su fina manta de oro.
Llegado el momento de la ceremonia, Nirek se acercó hacia el bello altar de oro y se le alcanzó una bebida de celebración, y después, entró la bella Samali vestida con admirable seda, y tomada de la mano de su padre, así fueron subidos al pedestal y ambos intercambiaron guirnaldas y flores. Después, Antori ascendió con ellos para verter sobre sus cabezas el agua cristalina que había sido recogida en los ríos sagrados.
Ojayit ocupó la derecha de Nirek y Saike estuvo a la izquierda de Samali. Amio sostuvo una gran sombrilla real de seda con mango de marfil, y Nayakan sostuvo vistosas ofrendas. Se realizó así la ceremonia, y Antori proclamó a Nirek y a Samali como marido y mujer en medio de la algarabía de los invitados. El pueblo llevaba en la mente la idea de que sólo cosas buenas ocurrirían en Yaipur a partir de ese momento, pues la presencia de la hermosa Samali actuaría como una bendición que desterraría toda la corrupción y los males. Luego en la recepción,la alegre música se desplazaba por los salones instalándose placenteramente en los oídos. Se podía ver la felicidad retratada en el bello rostro de Samali, y todos pensaban que los problemas en el imperio habían al fin terminado. A lo lejos resonaban las aclamaciones lanzadas por todo el pueblo que había acudido a las inmediaciones del palacio, y unía el rumor de su alegría a toda aquella gloria.Sabían todos que el ideal del gran pueblo de Panyab descansaba ahora en los hombros de Nirek, y en el logro de los ideales ante cuyos altar se arrodilla todo el pueblo con respeto soberano.
Unos días después, muy temprano, todos se encontraban en un bosquecillo cercano, realizando sus rituales matutinos. Refrescaron sus labios con algunas de las frutas que por ahí crecían y los pobladores los rodearon, había hombres vestidos con pieles, las mujeres vestían unas túnicas de seda de diversos matices.Al iluminarse las primeras nubes, se dirigieron hacia el valle de los sacerdotes. Pocos lugares en el mundo desplegaban tanta belleza, pues la fresca primavera empezaba a despertar de su sueño. En los numerosos regimientos de montes, se mezclaban los árboles de flores exóticas con otros verdosos vegetales. Veíanse algunos salvajes ramajes que se elevaban retorcidos, como desmayados bajo el peso de las pintorescas flores que los coronaban; los telones que tejían las tupidas enredaderas dejaban deslizar los rayos del Sol, formando espacios intercalados y sombríos, donde la luz se resquebraja antes de caer al suelo. Los pobladores se acercaron luego a ellos y le preguntaron a Samir, mientras la admiración les dibujaba una sonrisa, como había adquirido sus habilidades.
–La guerra es una forma de vida, ¿Saben ustedes la fama que tuve en mis días de gloria? ¿Cuántas reyes malvados temblaron bajo la pisada de mi blanco elefante?
–Si Samir, tus logros son celebres, nuestros dioses nos ayudarán a mantener a la India en orden –dijo Nirek orgulloso.
–Es lo correcto –dijo Samir–. Nuestros dioses oirán nuestro pedido y tendremos una paz duradera.No debemos olvidar que ellos conocen los pensamientos más íntimos. La victoria estriba en renunciar a la maldad y tratar de beber de la fuente de verdad.
Nirek solía reposar en sus amplios jardines, tal era la quietud del lugar, que nada podía oírse sino solamente el melodioso himno de los canarios creando la paz. El magnífico paisaje quedaba posado en sus retinas, el Sol desplegaba su brillo sobre los montes, insinuándose entre la hojarasca y discurriendo para dibujar luminosos tapices en el suelo, y bajo los altos árboles cuyas copas ostentaban todos los matices imaginables. Entre los gustos de Nirek, estaba el organizar grandes regimientos de bailarinas lujosa y elegantemente uniformadas, que bailaban combinando el movimiento con los gestos, mientras briosos músicos tejían melodías utilizando diversos instrumentos. Rajpur regresó a Yaipur incómodo, pues la envidia de ver a Nirek tan prospero ya estaba convertida en odio. El envidioso era nacido del vientre de una princesa, pero parecía engendrado por un monstruo. Finalmente, esa ira se cristalizó de manera que lo hacía reaccionar violentamente.
Al día siguiente, el príncipe Rajpur se cruzó con un mendigo en la plaza ante el palacio imperial, el mendigo le imploró una limosna, pero Rajpur, burlándose de su petición, siguió altivamente adelante diciendo que no tenía tiempo para atender a sucios mendigos, el mendigo insistió y Rajpur lo tiró al suelo con una veloz patada y lo insultó, y noqueado a causa del golpe, yació el mendigo sin sentido durante varias horas.
Por las tardes se apreciaba como los jazmines desataban sus pintorescos pétalos, comenzando a liberar la primavera, matizando el color del sereno bosque, y se sentía elejarse ya el soplo de un frio viento, a traves de las verdosas praderas ya despojadas de su velo de brumas. Nirek sabía que los ojos de los adivinos anunciaban una guerra, pero ellos no le indicaban exactamente contra quienes pelearían.Tenía claro que un enfrentamiento en campo abierto podía significar la aniquilación de todas sus tropas o, por lo menos, una triste derrota. Tendría que utilizar su habilidad estratégica para planificar todo. Estaba concentrado en organizar al ejército de una manera correcta. También sus hermanos sabían que la paz es efímera, y algún día deberían enfrentar enemigos. Los soldados de Panyab estaban listos para cualquier conflicto. Sin embargo una amenaza se avecinaba y pondría a prueba su poder. Los admirables salones del palacio estaban todos rodeados de armas relucientes y brillantes armaduras sembradas de pedrerías. Las interrogantes sobre lo que ocurriría con el reino revoloteaban en la mente de Nirek como el polvo durante una batalla en el desierto. Pero los hombres enfrentan las dificultades con valor, y avanzan a través de las eras como un viajero que recorre el desierto sin una dirección fija; varía de dirección y algunas veces siente temor por no llegar al término del largo viaje.





Mabel
Muy buena historia. Un abrazo Percy y mi voto desde Andalucía