Y toda esta belleza está desapareciendo, todas las imágenes alrededor están volviéndose turbias. La lluvia está descoloriendo el cielo, la tierra y la carne de los hombres. Todos los ruidos se están apagando: los cantos de las aves, los murmullos, el chocar de las olas, las risas, las brasas del fuego, los ecos del sexo, los truenos, el suspiro del viento, el rechinar del mundo. Todo, absolutamente todo, está huyendo, se encuentra escondiendo. ¿De qué? Del calor, del movimiento. De la lluvia indescifrable que cae arrasando y llevándose todo hacia un pozo oscuro, solitario y angosto. Las nubes se están cayendo y las flores, llorando, se evaporan al cielo, al vacío, a la nada. Se apagan las constelaciones, se detiene el transcurso del sol y la luna. Se queda estático octubre, el otoño, la tarde. La poesía se ha ido a dormir y no piensa ya despertar; quedará sumergida en un estado de letargo, profundo y eterno. Las piedras quedarán tristes y suplicando a la tierra porque no se las trague. Los desiertos arderán en llamas y los océanos vaciarán sus lágrimas. Los niños se esconderán en sus casas mientras afuera recorren las calles lobos en manadas que aúllan y danzan. Hierve la sangre derramada de los recuerdos y la nostalgia. Reina el silencio. Solamente el silencio que hace del tiempo una imagen inmóvil que cada vez va tornándose más triste y oscura. Este momento se encuentra muriendo, está dando su último suspiro para dejárselo todo al pasado, quizás al futuro, pero no al instante, ya no; este se ha ido veloz como un rayo para no volver más. Se ha ido. El ahora se ha terminado y no queda nada. Nada de nada.
<VDL>





Mabel
¡Excelente! Un abrazo Víctor y mi voto desde Andalucía
Víctor Daniel López
Gracias Mabel. Saludos y un abrazo desde México.