El mensaje de Héctor

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EL MENSAJE DE HÉCTOR

Si lo que te voy a contar me lo hubiesen contado a mí, no me habría creído ni una sola palabra. Y sé que tú no me lo vas a creer, mas no por eso me voy a molestar; al fin y al cabo, si fueses tú quien me lo contase, yo tampoco te creería. Pero no es algo que me hayan contado, sino que me ocurrió a mí; y eso es lo que trae mi cabeza descompuesta.

Todo empezó con la muerte de mi mejor amigo; más que amigo, un padre para mí. El mío se había muerto cuando yo tenía ocho años y mi hermano alrededor de los diez. Había llegado a Venezuela siendo yo muy pequeño, y, trabajando, primero a sueldo, luego, en sociedad con otro, había logrado ir abriéndose camino; como tantos emigrantes que un día llegaron a este país debiendo hasta el pasaje pero que, a base de esfuerzo y privaciones, lograron sacar adelante sus familias.

Mi madre ayudaba también cosiendo en casa para fuera o saliendo a limpiar las quintas de los ricos cuando no tenía ningún encargo. Pero mi padre se murió, y a mi madre no le quedó otra opción que seguir cosiendo y limpiando quintas; hasta que un día se cansó y regresó a España, y, poco después, se casó allí con uno del pueblo. Como el pensamiento es libre, nunca creí que se tratase de un amor repentino, sino que más bien venía de atrás, de otros tiempos. En cualquier caso, el hecho es que ella regresó a la aldea, y sus dos hijos, que éramos mi hermano y yo, nos quedamos en Caracas condenados a sobrevivir como Dios nos diese a entender. Yo tenía catorce años; mi hermano, dieciséis.

En estas circunstancias, ese amigo a quien me referí antes nos recogió en su casa y, llevándonos cada día con él a trabajar, nos enseñó a los dos el oficio de carpintero, del que yo vivo aún hoy. Era el socio con quien había trabajado mi padre, y siempre le tuve un gran respeto; tan grande como el cariño que él me demostró a mí.

Cuando le pesaron los años y también los achaques, me cedió a mí la iniciativa en el negocio, aunque yo nunca acepté prescindir de él, sino que, hasta el último momento, le seguí llevando conmigo a todos los trabajos, no tanto por lo que pudiera ayudarme, sino por la seguridad que me inspiraba saber que estaba allí, con sus miradas elocuentes, su incorregible buen humor y sus vainas.

Los últimos años sufrió mucho; yo lo sabía, pero él nunca me lo dio a entender. Murió de cáncer de estómago, después de pasar por el quirófano dos veces. Decir que en el entierro de mi padre no lloré tanto como en el suyo parece una tontería, porque entonces yo tenía ocho años y apenas me enteraba de lo que estaba ocurriendo, mientras que en el de Héctor tenía treinta y cuatro, pero es la pura verdad.

Y ahí comenzó la historia; pocos días después de su muerte.

Los primeros días me costó horrores hacerme a la idea de que ya nunca tendría a mi lado sus bromas y sus consejos. Y, cuando aún no había acabado de acostumbrarme, una noche se me apareció. Sí, sí; como lo oyes; se me apareció. No sé si yo estaba dormido o despierto, pero se me apareció, con su sonrisa bonachona y un tanto pícara, su afabilidad de siempre y su afecto a flor de piel. Vi su cara y todo su cuerpo con una nitidez tan absoluta como te estoy viendo ahora a ti. Pero lo más importante no fue el hecho de que se me apareciese, sino lo que me dijo.

Hizo una larga pausa como para acentuar la expectación, y continuó.

Se me quedó mirando y, de sopetón, me lo soltó: “Juanjo, tienes que ocuparte de mi hijo. Nunca te lo había dicho, pero tengo un hijo secreto; solo su madre sabe de él”.

¡Qué quieres que te diga! Decir que me quedé sorprendido no es nada; me quedé espantado, porque siempre le había visto como un hombre de su casa y de su familia, sin la menor sospecha de una ligereza suya en esa materia. Piensa que yo viví con ellos durante unos cuantos años y, hasta que se murió, todo el tiempo trabajamos juntos. Era, pues, muy difícil que, de haber existido algo así, yo no hubiera llegado siquiera a sospecharlo. Pero siguió hablando y me dio todos los datos de la madre y del niño: nombres, edad, lugar exacto donde vivían. Y aún hubo más; a los pocos días de nacer, había abierto una cuenta a nombre del niño, y me dijo el nombre del banco, la sucursal, el número de la cuenta y hasta el saldo que había a la fecha.

¡Arrecho! ¿No? ¿Comprendes ahora por qué te decía antes que si a mí me lo hubieran contado no me lo hubiera creído? Pero eso no es todo, sino que, al día siguiente, yo me acordaba exactamente de cuanto él me había dicho; de todo: el nombre de la madre (Aleida); el nombre del niño (Héctor, como él), la calle y el edificio donde vivían; todo. Lo único que me falló fueron dos cifras que me quedaron bailando en el número de la cuenta, pero eso fue por no haberlo apuntado enseguida.

Y, después de decirme todo esto y pedirme que me ocupase del niño, su cara se puso seria, con un tono de severidad que yo en pocas ocasiones le había visto. Me miró fijamente y, meneando la cabeza en plan de reprobación, añadió: “Juanjo, deja a esa mujer con la que vives. No te conviene. No es como tú piensas. Te va a hacer mucho daño, Juanjo. Déjala”,

Él fue quien me dejó a mí helado; porque yo nunca había vivido tan a gusto con una persona como estoy viviendo ahora con esta mujer, a la que él me ordenó dejar.

Al principio, no le hice el menor caso. Como el día anterior había estado trabajando al sol durante más de diez horas seguidas, di por descontado que me había cogido una insolación o algo parecido, y decidí olvidarlo todo. Pero, claro, por mucho que lo intentase, no podía dejar de reconocer que lo que había oído no era una sucesión de palabras huecas, imprecisas, como las de los adivinos, sino una serie de datos muy concretos: dos nombres, el de la madre y el del niño; una dirección y, por si fuera poco, el número y el saldo de una cuenta bancaria. Datos, por cierto, nada baladíes, y que se podían comprobar. Y, ni corto ni perezoso, el domingo por la mañana me subí al carro y me fui hasta el barrio que Héctor me había dicho.

Era un barrio lejano, en una zona que yo no conocía y donde no había estado nunca. Tampoco conocía la calle ni el edificio. Estacioné a menos de una cuadra y, en una arepera que había cerca, pregunté si, por casualidad, en aquel edificio vivía una mujer de unos treinta y cinco años, de nombre Aleida, y que tenía un niño de nueve, llamado Héctor.

Sí, me dijo aquel hombre, ¿qué le quiere usted?” Toda la sangre de mi cuerpo se me congeló en las venas y no supe qué contestar. “¿Es familiar suya?”, continuó el hombre.

He de reconocer que en sus palabras no había recelo, tal vez por los datos tan precisos que yo había proporcionado. Tardé bastante en reaccionar y, balbuciendo como un niño, dije:

Mía, no; de un amigo que murió hace algunos días y creo que ella aún no lo sabe”.

Nada más hablar me arrepentí de lo dicho. ¿Y si aquel hombre me condujese sin más a su presencia, qué iba a decirle, cuando había llegado hasta allí totalmente convencido de que aquella mujer no existía, que su nombre y su dirección eran tan falsos como la visión en que Héctor me había hablado de ella? Para mi fortuna, aquel hombre, en vez de conducirme hasta la mujer, dijo:

Si usted quiere, puede esperarla; no creo que tarde mucho; la vi salir hace como una media hora; creo que iba al mercado”.

Una frase bastante larga que me dio tiempo a pensar cómo salir del atolladero.

¿En qué piso me dijo que vivía?”, pregunté.

No se lo he dicho aún porque no me lo ha preguntado; pero creo que vive en el 3° B”.

Exactamente en el que Héctor me había dicho. Y, al oírlo, la sangre se me volvió a congelar.

Volveré después, dije; voy a hacer una gestión, y más tarde vuelvo”.

¿Quién le digo que preguntó por ella?”, insistió el hombre. Vacilé, pero, como ya todo me daba igual, respondí:

Dígale que un amigo de Héctor”.

Y, sin más, me fui directo a mi carro. Lo puse en marcha y comencé a rodar sin haber pensado antes hacia dónde. La cabeza me pesaba como si sobre ella llevase entera la montaña del Ávila. Me frotaba los ojos para hacerme ver que aquello no era verdad; que el hombre de la arepera no había sido real sino una visión como la de Héctor; me pellizcaba las mejillas para comprobar que no estaba soñando. Si aquella mujer y aquel niño eran reales, también deberían serlo los demás datos de la revelación, incluidas la cuenta bancaria y la admonición acerca de la mujer con la que vivo. ¿Vas comprendiendo?

Llevaba ya circulando más de una hora cuando me detuve en un semáforo, cerca de mi casa y, tratando de poner orden en mi cabeza, me dije: “veamos. Ese hombre me dijo que en aquel edificio, en el 3° B, vive una mujer de unos treinta y cinco años, que se llama Aleida, y tiene un niño de unos nueve años que se llama Héctor. Bueno, ¿y qué? ¿Cuántas mujeres habrá en este país que se llamen Aleida y que tengan un hijo? ¿Por qué una de ellas no ha de vivir precisamente en este edificio? ¿Basta con eso para dar por cierta la visión de Héctor?”

Eran las dudas planteadas por una voz interior convencida de que las visiones no existen, ni las revelaciones del más allá, ni los fantasmas; pero, al mismo tiempo, otra voz, con igual intensidad, replicaba: “sí; pero ¿cómo explicar entonces que tú hayas ido directamente a la dirección correcta donde vive esa mujer que se llama Aleida y tiene un hijo que se llama precisamente Héctor, y con la edad exacta que la revelación te indicó? Si la visión de Héctor no fue real, ¿cómo tuviste tú conocimiento de esa dirección y de esos datos precisos? ¿Por qué no fuiste a buscarlos a cualquier otra dirección?”

Y, entonces, caí en la cuenta de que me debatía solo sobre palabras. Ni siquiera había visto a la mujer ni al niño, y aún faltaban otros muchos datos por comprobar. Bastaba con que uno de ellos fuese falso para que ninguno resultase creíble. Lo sensato era, pues, seguir investigando; conocer realmente a la mujer y al niño; comprobar que éste era efectivamente hijo de Héctor, y verificar el número y el saldo de la cuenta bancaria. Mas, dado que Héctor tenía dos hijas, y ellas eran las verdaderamente interesadas en aquellos hechos, entendí que el camino que faltaba no debía recorrerlo solo.

Y, sin pensarlo dos veces, llamé Gloria, la mayor, con la que siempre había tenido más confianza, y le dije:

Necesito hablar contigo cuanto antes; y cuanto antes es ya. Por lo tanto, o vienes tú a mi casa o voy yo a la tuya. No; no puedo anticiparte por teléfono de qué se trata, pero te advierto que es muy importante. Es más, pienso que debemos vernos en mi casa, porque, al menos a la primera entrevista, creo que ni siquiera tu marido debe asistir”.

Llegó como en unos veinte minutos, y yo ya había preparado café y tila, por si acaso. Y no me anduve con rodeos. “Mira, le dije, te voy a contar las cosas como son; lo único que te pido es que me acompañes a comprobar si los datos que voy a darte son ciertos o no”.

No sabría decir si después de haberme escuchado me tomó por loco o por algo más descabellado aún; especialmente al oír que acababa de regresar de la dirección que su padre me había indicado en el sueño y que, efectivamente, allí vivían una mujer llamada Aleida con un niño de nueve años llamado Héctor.

El hombre de la arepera me reconoció sin dificultad y, para borrar cualquier indicio de suspicacia, le presenté a Gloria.

Ésta es la hija de Héctor, el señor que murió hace algunos días y que era pariente de la señora que vive en el 3° B”.

Nos dijo que la señora ya había regresado; que le había transmitido mi mensaje, y que, al oír el nombre de Héctor no había dicho nada.

¿Podemos subir?, pregunté”.

Yo creo que sí”.

Miré a Gloria como diciéndole que había llegado el momento de la verdad, y entramos en el edificio. En el portal se le notaban los años; muchos. El ascensor era angosto y subía renqueante.

La mujer nos recibió con recelo, aunque no excesivo. Le dijimos que necesitábamos hacerle algunas preguntas un tanto comprometidas, pero que de sus respuestas podría seguirse un gran beneficio para ella. Naturalmente, no hicimos la menor referencia a la visión.

Comencé por preguntarle si conocía Héctor y, cuando ella, con un movimiento de cabeza, afirmó que sí, comprendí que, en realidad, ya no hacían falta más preguntas. Aquel simple movimiento bastaba para confirmar que mi visión había sido real y, por tanto, en él estaban ya implícitas las respuestas a las demás. No obstante, entendí que debía seguir adelante, y le pregunté quién era el padre del niño. La respuesta se demoró bastante tiempo, no obstante, con toda claridad, pronunció su nombre:

Héctor”.

Debo reconocer que oír aquella palabra ya no produjo en mí sensación alguna.

¿Estaba usted informada de que él había abierto una cuenta bancaria a nombre del niño y que en ella hay, a día de hoy, un saldo considerable?”

No, dijo tajante, para, de inmediato, añadir: acepté que, al tener al niño, él no quisiera deshacer su familia, pero nunca sospeché que le hubiera abierto una cuenta bancaria. Algunas veces nos ayudó con dinero y con otras cosas, pero nunca me dijo nada de una cuenta”.

Restaba solo comprobar la existencia de la misma y, al día siguiente, los tres acudimos al banco. Naturalmente, tampoco allí dije que la información la había recibido a través de una visión, sino que el mismo Héctor me la había confiado en secreto pocos días antes de morir.

La cuenta resultó ser real y el saldo por él revelado, exacto. En ella constaba el niño como único titular, no obstante, un mes antes de la muerte de Héctor, la madre había sido autorizada para disponer de los fondos. Acojonante, ¿verdad?

Visiblemente conmocionado hizo una larga pausa, y continuó;

Gloria me miraba a mí y yo la miraba a ella sin salir ninguno de los dos de nuestro asombro. Y en aquel momento vi de nuevo la cara seria de Héctor y su gesto admonitorio dirigiéndose a mí. “Juanjo, tienes que dejar a esa mujer. No es como tú piensas”.

Y, de nuevo, un largo y dramático silencio se interpuso entre nosotros.

Debido al respeto que yo siempre le había tenido, continuó, mi primer impulso fue de acatar su mandato; mas, un instante después, el otro yo salió al encuentro de aquella decisión diciendo que no. “Aunque la primera parte de la revelación haya sido puntualmente confirmada, me decía, si le obedeces y la dejas ahora, nunca podrás saber si la aparición de Héctor fue real o no. Para estar seguro, has de seguir hasta el final, aunque para ello tengas que desobedecer su mandato y exponerte a sufrir”.

¿Comprendes ahora mi situación? ¿Te haces una idea del dilema en que me encuentro? He comprobado que lo del niño es verdad; y lo de la madre, y la cuenta. Es cierto. Pero, aún así, ¿basta eso para admitir, sin más, que la persona que tan feliz está haciendo mi vida no es lo que parece ser? ¿Tan ciego estoy yo?

A esta mujer la conozco desde que ambos éramos niños. En mi primera juventud fue el objeto de mis sueños e incluso llegamos a ser novios por un tiempo. Y si entonces aquella relación no llegó más lejos no fue por culpa de ella, sino porque, a veces, las veleidades de la fortuna se complacen en jugar con nosotros y aplazan para más tarde lo que en realidad nos tiene reservado. Los acontecimientos imprevistos, ¿sabes? Y los dos seguimos caminos diferentes, pero, pasado el tiempo, el mismo destino que antes nos había separado nos volvió a juntar.

Yo dejaba atrás un matrimonio desastroso y ella también había acumulado sus propios sinsabores; el sufrimiento y los descalabros de aquellos años no habían sido patrimonio exclusivo mío. Tenía un niño de pocos meses, creo que seis, pero estaba sola; y aquel niño fue el que, al fin, me conquistó. Era el hijo de Julia, y con eso bastaba. Y nuestras relaciones, primero furtivas, luego a plena luz, se fueron consolidando y haciendo estables hasta que, un buen día, los instalé a los dos a vivir en mi casa. Es cierto que, al principio, no fue fácil; mas, a fuerza de raciocinio, hemos sabido limar las aristas que los sinsabores habían dejado en ambos, y hoy nuestra convivencia está libre de fricciones. Los dos habíamos sufrido nuestros propios desengaños, pero lo que hemos salvado de nuestros respectivos desastres es complementario, y dos mitades cercenadas por la vida están haciendo un todo armonioso. ¿Y, después de tanto esfuerzo, ahora me sale Héctor con que tengo que dejar a esa mujer, porque no es lo que creo que es? ¿Qué podría alegar yo para dejarla?; ¿que estoy obedeciendo la orden de un aparecido? ¡Anda ya! ¿Comprendes ahora por qué, aún habiendo comprobado que todos los demás puntos de la revelación son ciertos, no puedo sino pensar que esto no es más que una patraña?

Yo no sabía qué decir, salvo esperar a ver si Juanjo continuaba, pero en su rostro solo había sufrimiento e incertidumbre. En relidad me había proporcionado ya el cuento completo; solo restaba pasar las notas a limpio y darlo a la imprenta. No obstante, buscando solo romper aquel duro silencio, pregunté:

¿Y de la otra vida no te contó nada? ¿Cómo es aquello?; ¿cómo le va por allá? Añadiría morbo, ¿comprendes?”

Juanjo sonrió irónico, y respondió:

¿Te parece poco lo que me dijo? Además, lo que pudiera contarme de por allá, yo no podría comprobarlo; en cambio, lo que me dijo de acá lo comprobé casi todo, y resultó ser cierto”.

Y lo que resta?”

Tardó en responder, pero, al fin, con expresión reconcentrada, dijo:

Creo que también lo voy a comprobar. Y espero no ser yo el que está equivocado”.

       Caracas, 10 de Septiembre de 2007

 

Comentarios

  1. Desafinado

    15 mayo, 2017

    Como siempre, has estado a la altura de mis expectativas. Me sorprende mucho que un filósofo de Portugal maneje también el léxico venezolano. Te felicito.

    • GermánLage

      16 mayo, 2017

      Gracias, Desafinado, por leerme y por tu comentario.
      Respecto al léxico venezolano, aclarar que viví en Venezuela durante 18 años; y, cuando hubo que echar a correr y huir de la tiranía castrochavista, en el camino hacia España, nos tropezamos con Portugal; y nos gustó tanto que mi esposa y yo nos quedamos a vivir aquí.
      Un cordial saludo.

  2. Charlotte

    15 mayo, 2017

    Me he quedado muy impresionada por esta magnífica historia. No solo la trama tan original, que atrapa tanto que no se puede parar de leer deseando saber qué ocurrirá después. Es admirable lo bien que está escrita. Dan ganas de leerlo en voz alta. Una maravilla. Un abrazo muy fuerte y enhorabuena

    • GermánLage

      16 mayo, 2017

      Gracias, Charlotte, por leerme una vez más y por ese comentario tuyo tan generos y halagador.
      Un fuerte abrazo, a la espera de la tercera parte de tu «tierra húmeda».

  3. Sol

    15 mayo, 2017

    Germán, eres muy malvado, dejarnos así en la inopia. Estoy por exigirte una secuela que nos relate que pasa con Julia.
    Bromas aparte, excelente relato.
    Un cordial saludo y un merecido voto.

    • GermánLage

      16 mayo, 2017

      Pues, te diré, Sol, que la primera versión del cuento, publicada en Venezuela en el 2008, se contaba lo que pasó a Julia, pero, al revisarlo me pareció que era mejor ser generoso y dejar que el lector completase la historia a su gusto. Aquello producía el mismo efecto que ver a una mujer desnuda por la calle, que ha perdido el misterio y el poder de seducción.
      Gracias por leerme, Sol, y por tu amable comentario.

  4. Manger

    16 mayo, 2017

    Excelente cuento, tocayo, muy bien llevado del comienzo al final, con cambio de plano de cámara incluido en esos cuatro últimos párrafos, del «yo» al «él». En cuanto a Julia, me temo que el fantasma del amigo no le va a dejar tranquilo hasta lograr su propósito; aunque sería bueno saber de quién es el hijo de Julia, porque ese fantasma del amigo muerto parece «saber mucho» de ella. En fin, que me gustó mucho. Un fuerte abrazo y hasta el próximo.

    • GermánLage

      16 mayo, 2017

      ¡Qué mal pensado eres, tocayo; qué mal pensado! ¡Si los fantasmas son buena gente! En cualquier caso, a mí me gusta que el lector ponga también algo de su parte dejando volar su imaginación.
      Mi cordial saludo y gracias por tu comentario.

  5. GermánLage

    16 mayo, 2017

    ¡Qué mal pensado eres, tocayo; qué mal pensado! ¡Si los fantasmas son buena gente! En cualquier caso, a mí me gusta que el lector ponga también algo de su parte dejando volar su imaginación.
    Mi cordial saludo y gracias por tu comentario.

  6. Mabel

    16 mayo, 2017

    Es un texto tan fluido que da pena de que se termine, porque es tan intenso y tan hermoso que uno se recrea en él. Un abrazo Germán y mi voto desde Andalucía

    • GermánLage

      16 mayo, 2017

      Gracias, Maribel, por haber leído este artículo y por tu comentario tan elogioso.
      Un fuerte abrazo.

  7. YCAN

    16 mayo, 2017

    Germán… Has despertado mi perversidad humana… Me descubrí esperando con cierto morbo, qué es lo que escondía esa mujer; pero, sí… quiero saberlo y a la vez no. Excelente manejo del suspenso. Un saludo y un me gusta para ti, Germán.

    • GermánLage

      18 mayo, 2017

      Gracias, Ycan, por leerme. Me encanta eso de «quiero saber qué escondía esa mujer y a la vez no». Ese fue realmente mi propósito: dejar en la boca el caramelo de la curiosidad, e incluso despertar la imaginación, pero sabiendo que el cuento debía acabar ahí, porque lo demás pertenece a un futuro que está por llegar.
      Un cordial saludo.

  8. gonzalez

    17 mayo, 2017

    Como siempre que escribís, te felicito, Germán. Se lo dije también a Charlotte, sé que a veces el tiempo no ayuda, pero escribí más seguido, lo hacés muy bien. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

    • GermánLage

      18 mayo, 2017

      Hola, amigo González; gracias por leerme una vez más y por tu generoso comentario.
      Respecto a la fecuencia de mis publicaciones, dado que, por lo común, son bastante largas, intento no cansar al lector. De todos modos, consideraré tu propuesta.
      Un fuerte abrazo.

  9. Elsa Eithne

    17 mayo, 2017

    Magnífica historia, contada con maestría. Enhorabuena y un saludo.

    • GermánLage

      18 mayo, 2017

      Hola, Elsa; gracias por haber leído mi cuento y por tan amable comentario.
      Un cordial saludo.

  10. Ninfasu

    17 mayo, 2017

    Me ha gustado mucho, y si te digo la verdad, me gustaría saber que pasó con Julia…pero a la imaginación echaré mano 🙂 Un saludo Germán.

    • GermánLage

      18 mayo, 2017

      Hola, Ninfasu; gracias por haber leido mi texto y, respecto a Julia, dado que Juanjo decidió desobedecer a su amigo y no abandonarla, habrá que esperar a saber cómo le sigue yendo con ella.
      Mi cordial saludo.

  11. Lourdes

    17 mayo, 2017

    Querido German, en realidad no me creo nada!!, los fantasmas no existen!, pero en la ficción una puede creer cualquier cosa. Al igual que mis compañeros me gustaría saber algo más de Julia, porque aunque a mi me gustan los finales abiertos, como has podido comprobar en más de una ocasión, creo que le faltan datos a la historia y al personaje (sólo con lo que respecta a Julia). Se queda como descolgado, es como un aparte que se ha quedado metido en la historia a presión!.
    Un saludo y mi voto. Ya sabes que a pesar de mis pequeñas criticas adoro tu forma de escribir
    Un beso

    • GermánLage

      18 mayo, 2017

      Hola, Lourdes; no te imaginas cuanto me alegra saber que sigues por aquí. ¿Para cuándo podremos disfrutar tu próximo escrito?
      Respecto a Julia, más que metida a presión, tal vez sea que está sacada con poca habilidad; porque, como ya dije a Sol, en la versión original del relato se contaba su historia hasta el final. Pero, como era muy largo, decidí darle otro enfoque, mas veo que, en la nueva versión, algo se resiente. Habrá que revisarlo.
      Gracias por tus onservaciones y un fuerte abrazo.

  12. Ébou.Riffé

    17 mayo, 2017

    Que bien, Germán!
    Textazo y el común denominador, por lo que leo en los comentarios, es saber más sobre lo que ocultaba su esposa porque nos queda claro que algo oculta. ¿Por qué no decirle, en vida, lo que sabía de Julia?, Porque lo sabía en vida, tal como toda la demás información. Quizás para no hacerlo sufrir, pero ¿por qué hacerlo sufrir ahora que ya no estaba en este mundo para apoyarlo?.
    Que caldo de cabeza me estoy tomando por tu culpa Germán!!!

    Saludos y un placer como siempre.

    • GermánLage

      18 mayo, 2017

      Hola, Ébou. ¿Y si, respecto a Julia, la idea fuese precisamente lograr que el lector si hiciese su buen caldo mental con sus suposiciones? Ahí queda eso.
      Gracias por leerme y por tu comentario, Ébou.

  13. LARRY

    18 mayo, 2017

    Estoy enganchado a esta historia, ¿Podría seguir?. Magnifico como siempre. Tus relatos enganchan, eres un profesional de esto. Mi voto. Saludos.

  14. GermánLage

    18 mayo, 2017

    Gracias, Larry, por tu lectura y por tu generoso comentario.
    Respecto a una continuación, debo recordarte que el autor sabe lo que Juanjo le contó hasta el momento en que toma su decisión de no abandonar a su mujer, como le exigía el fantasma, y seguir viviendo con ella. Habrá que esperar, pues, a ver cómo les va para saber si es interesante contarlo o no. Yo, por supuesto, deseo que Juanjo haya acertado y les vaya tan bien como ambos se merecen, demostrando así que la aparición de su amigo no fue más que el efecto de una insolación, y, en consecuencia, que los fantasmas no existen.

    • GermánLage

      21 mayo, 2017

      Gracias, María, por haber leído mi cuento y por tu amable comentario.
      Un fuerte abrazo.

    • GermánLage

      24 mayo, 2017

      Gracias, Iván, por tu lectura y tu comentario. Por cierto, hace tiempo que no nos concedes el placer de leer alguna nueva publicación tuya.
      Un fuerte abrazo.

  15. Fiz Portugal

    27 mayo, 2017

    Muchos de tus relatos son una referencia. Me resulta muy próxima tu aventura vital. Un saludo cordial.

    • GermánLage

      27 mayo, 2017

      Gracias, Fiz, por leer un nuevo relato mío y por tus palabras tan halagueñas.
      Un cordial saludo.

  16. LU

    31 mayo, 2017

    ¡Qué intriga! Me encantaría saber qué ocurrió con Julia, pero el final abierto me parece muy acertado, nos dejas a todos dándole vueltas. Enhorabuena.

    • GermánLage

      31 mayo, 2017

      Gracias, LU, por leerme y por tu amable comentario. Respecto a Julia, para saber qué le pasó, habrá que esperar a que pase el tiempo, dado que Juanjo decidió desobedecer al fantasma y seguir con ella, je je.
      Un cordial saludo.

  17. eleachege

    19 junio, 2017

    Muy acertado ese «Mensaje de Héctor». Un collage de realidad, lucidez e imaginarios. Mi voto a tu publicación GermánLage.

    • GermánLage

      19 junio, 2017

      Gracias, Eleache, por leer mi artículo y por tu amable comentario.
      Un cordial saludo.

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