El número trece

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El número 13

 

El arquitecto Armando Torres era un hombre callado y retraído, no tenía amigos en su trabajo, pero era muy buen compañero y un gran profesional, y eso atraía la envidia de muchos de los que trabajaban con él; especialmente de Facundo Sabio, un patán que siempre se hacia el sabelotodo.

El problema con Armando era que su carácter tímido lo hacía blanco de bromas pesadas. Por ejemplo últimamente Facundo había hecho correr el rumor de que Armando traía mala suerte. Armando sabía que no era así, que eran puras casualidades: era casualidad que el ascensor se hubiera descompuesto justo cuando él se había subido, porque era un ascensor nuevo y en las obras siempre pasaban esas cosas, pero… a la gente le causaba risa y trataba de buscar el pelo en la sopa, es decir, buscaban cualquier detalle ínfimo para corroborar esa versión cómica para todos, menos para él.

“Hay que ser mal intencionado para decir algo así”—pensaba Armando tristemente, ¿cómo defenderse de algo así? Siempre encontraban alguna estupidez y todos en la oficina se reían, si no andaba la fotocopiadora decían que la última fotocopia la había hecho él; si llovía torrencialmente decían que era porque a él le tocaba ir a la obra ese día y todos sabían que si llueve en las obras no se puede trabajar.

Pero gracias a Dios los jefes no escuchaban esas cosas, los empleados se cuidaban bien de demostrar que trabajaban cuando ellos bajaban de sus despachos y un silencio sepulcral envolvía la oficina.

Así que grande fue la sorpresa de Armando cuando sus jefes lo llamaron al a sus oficinas para hablar con él y le ofrecieron sin atisbo de duda la dirección de obra de un nuevo edificio de 15 pisos.

Armando no podía dar crédito a su buena suerte, ¡de todos sus compañeros él había sido el elegido! Lo más gracioso es que a Facundo la rabia parecía salírsele por las orejas, ya no podría decir que Armando traía mala suerte.

Sus jefes habían visto sus planos y estaban de acuerdo con todo lo que había planificado, con todo menos en algo…el edificio no debía tener numero 13; aunque a Armando le parecía algo absurdo tachó el número 13 del plano y lo reemplazo por el 14.

Pero esa noche algo de lo más extraordinario ocurrió. Era muy tarde y una de las tantas noches en que Armando se quedaba trabajando hasta muy tarde. La oficina estaba silenciosa y casi en penumbras, salvo la potente luz que iluminaba de lleno su escritorio.

Escuchó un ruido y levantó la cabeza de su trabajo sobresaltado, miró a su alrededor…nada, solo penumbra; sin embargo cuando iba a volver a sus planos una sombra se proyecto en una pared, y cada vez se hacía más y más grande. Algo se acercaba…

- ¿Quien anda ahí? -preguntó.

Vio una sombra que se proyectaba en la pared frente a su escritorio, cada vez más grande adquirió el tamaño de una persona, la sombra de golpe se dividió en dos, una tenía la forma de un uno y la otra de un tres…¡era el número trece en persona!, si es que se puede decir así.

Armando se quedo quieto sin pronunciar palabra, de pronto un sollozo se escuchó y el 13 proyectado en la pared comenzó a temblar, lo que parecían los hombros se sacudían, mientras tristísimos gimoteos se escuchaban en el lugar.

- Que es lo que pasa?, ¿esto es acaso alguna otra bromita pesada de mis graciosos compañeros? -preguntó enojado Armando observando a su alrededor.

- ¿Broma?, ¿a usted le parece broma ser despreciado por que si, sin ninguna razón?, -dijo el numero 13.

- ¿Pero es esto realidad, o me quedé dormido trabajando?.

- ¡Es verdad, es verdad! Lo que pasa es que estoy harto de que se me desprecie, ¡todos los demás números significan cosas bonitas o normales!: “Más vale pájaro en mano que 100 volando”, “no hay dos sin tres”, “¡el que roba a un ladrón tiene 100 años de perdón!” y yo, y yo … ¡ya casi no voy a existir! Me sacan de los edificios porque dicen que traigo mala suerte! , ¡Mala suerte! ¡Yo que soy más bueno que el pan! —chilló el numero 13 mientras sollozaba.

_ Ehh…

_ ¡Tú me deberías entender más que nadie! -gritó acusador- escuché cuando Facundo esparció el rumor de que traías mala suerte!, ¿cómo te sentías en ese momento? ¡Imagina entonces como me siento yo!

Armando estaba perplejo, no podía creer que lo que le estaba ocurriendo fuera real, y sin embargo… ¡lo que decía el numero 13 era verdad!, la gente ve lo que quiere ver y si no encuentra un motivo, da vueltas y vueltas para encontrarlo…como le había pasado a él.

_ Tenés razón -le dijo- y acto seguido borró en el plano el 14 y volvió a escribir el numero 13.

_ ¡Gracias, muchísimas gracias!. –susurró y luego se escuchó un sonido como el de un globo desinflándose y el 13 en la pared se esfumó.

Al día siguiente, después de un reparador sueño, Armando se dirigió a la oficina. Caminó con paso seguro por la calle, tenía la confianza del que actúa fiel a sus propias convicciones.

_ Armando, lo estaba esperando -lo atajó el jefe cuando estaba entrando a la oficina- estuve viendo sus dibujos, ha adelantado mucho anoche, lo felicito, pero ¿no habíamos quedado en que el edificio no tendría numero 13?, como ya sabe el mercado se reduce un poco, hay mucha gente supersticiosa que no querrán ni oír hablar de vivir en un edificio que tenga numero 13 y ¡mucho menos vivir en ese departamento!

_ Permítame disentir, señor -dijo Armando con una seguridad que nadie nunca había escuchado en su voz- el no poner número 13 en el edificio es una necedad, ya que en definitiva si contáramos los pisos siempre va a haber uno que esté en el lugar del 13 aunque queramos engañarnos poniéndole otro nombre; a mi modo de ver sería estúpido de parte nuestra acoplarnos a la superstición de la gente que lo único que hace es confirmar su ignorancia- terminó en voz bien alta para que todos sus compañeros incluido Facundo lo escucharan; éstos agacharon la cabeza un poco en señal de arrepentimiento, un poco con vergüenza y a la expectativa de lo que le diría el jefe a Armando.

_ ¿Sabe algo Armando?… ¡tiene toda la razón! -exclamó el jefe paseándose por la oficina mientras los compañeros de Armando soltaban un suspiro de alivio-no sé cómo me deje convencer por mis socios, siga con su trabajo, ¡siga que lo hace muy bien!

Así fue que Armando se ganó el respeto de sus compañeros que nunca más hicieron correr la voz sobre la mala suerte.

Los departamentos se vendieron estupendamente, y el piso 13 lo compró una atractiva señorita que terminó casándose con Armando, tuvieron dos hijos, y… ¿adivinen como les pusieron? Sixto y Segundo, uno se recibió de calculista y el otro se dedicó a la numerología.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    2 mayo, 2017

    Me ha encantado tu cuento, Poppymalory. Muy original y muy bien escrito.
    Mi cordial saludo de bienvenida y mi voto.

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    2 mayo, 2017

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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