Halig Jibo, soldado del trigésimo segundo cuerpo de infantería del reino libre de Collsa, exhaló lo más lento que pudo, el vapor de su aliento podría delatar su ubicación, necesitaba permanecer oculto el mayor tiempo que pudiera. Ya habían pasado tres días desde que había tomado posición. Desde el principio sabía que sería un trabajo duro, permanecer inmóvil a la espera de una única oportunidad.
Una vez por semana el mismísimo general Roy Azaron de Chairr llegaba hasta la bunker principal de comunicaciones, en la retaguardia de la frontera de ambos reinos. Metódico y megalómano no confiaba en nadie.
El estómago de Halig Jibo ya no rugía de hambre, no sentía el frio de sus negros pies, no volvería a caminar. El único musculo que necesitaría y que había movido en los últimos tres días era su dedo índice. Necesitaba apretar el gatillo.
Finalmente, a través de una ventana de apenas veinte centímetros de ancho, vio cruzar al general Roy Azaron de Chairr junto a su guardia personal.
Inteligencia sabía que el general siempre viajaba con cuatro guardias, dos por delante y dos cuidando su espalda. Tarda dos minutos en la sala de comunicaciones, recoge los informes del frente de batalla y regresaba a su bunker secreto.
El corazón de Halig Jibo se aceleró al verlo. Respiro profundamente y se concentró. El viento helado desviaría la bala veinte metros a la izquierda y cuatro en descenso, si lograba disparar en el momento correcto. Un disparo a ciegas enfrentando el traicionero viento.
Cruzo el primer guardia, luego el segundo. Su cuerpo se inmovilizo. Puso su mente en blanco y suavemente apretó el gatillo.
“Un disparo, una muerte”
Es el lema de los francotiradores y Halig Jibo lo respetaba y cumplía. Un perfecto disparo directo en la corona de la tercera persona en cruzar el pequeño ventanal.
Tras cinco días de arrastrarse, atravesó los diez kilómetros que lo separaban de la trinchera más cercana del frente aliado.
Había fallado, había asesinado a la persona equivocada. El general seguía con vida, pero había enloquecido al ver su primogénito morir frente a él.
El general Roy Azaron de Chairr, quien ostentaba la fama de ser la mente militar más brillante de la historia, frio y calculador, encegueció de furia y sed de venganza y buscando acallar su dolor y terminar con esta larga guerra por la que tanto habían perdido. Ordeno a todos los ejércitos, fieles y disciplinados, avanzar contra las defensas enemigas, hacia un suicidio seguro.





GermánLage
Me ha gustado la forma en que está narrado este relato, Umi Kum. Me gusta tuestilo.
Un cordial saludo y mi voto.
Mabel
Muy buena historia. Un abrazo Lucas y mi voto desde Andalucía
Desafinado
Una historia bien trazado desde el principio hasta el final. Un estilo muy directo y claro. Me ha gustado mucho.