El diccionario de la Real Academia nos da la siguiente definición de estereotipo: “imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable”. A primera vista, la palabra que asusta es “inmutable”; si algo nunca se modifica, especialmente una idea, corremos el riesgo de no poder afrontar los cambios vertiginosos que surgen casi minuto a minuto, a todo nivel, en todo el planeta. Y ese no poder afrontar se traduce en odio e intolerancia, que es en definitiva lo que le conviene al sistema para reproducirse.
Se practican y se esperan comportamientos estereotipados, en determinados grupos estereotipados de pertenencia, que a su vez integran clases sociales más estereotipadas aún. Se suelen emplear frases como “gente de bien”, “gente decente”, y “gente como la gente”, con más frecuencia de la deseada, refiriéndonos quizás a personas parecidas a nosotros. Nosotros. Los hablantes. Los que portamos la voz, como modesta forma de detentar poder. Y también es frecuente pensar que los que no tienen voz no merecen tenerla, ya que no se esforzaron lo suficiente.
La ciencias sociales se han encargado de estudiar estos temas exhaustivamente, por lo tanto, no se pretende desde aquí realizar una nueva investigación en este campo, sino más bien recordar que los aportes de esas ciencias pueden ser usados para relacionarse de una mejor forma con el otro. O “el otro”.
No es posible desconocer el rol estabilizador que han jugado los estereotipos en la construcción cultural de las sociedades. Han servido para protegerse, para predecir conductas, para determinar el actuar adecuado frente a ciertas personas y en específicos contextos. Una parte de esa función continúa siendo útil. Sin embargo, con el correr de los años y de la globalización, se han ido transformando en prejuicios de clase, de género, de raza, e incluso, sin temor a exagerar, en el germen de genocidios y masacres.
Un ejemplo muy simple: el estereotipo de la “mujer como madre sumisa, protectora y ama de casa”, instalado prácticamente en el subconsciente de casi todo el género humano, ha ido sufriendo progresivas mutaciones; a pesar de los movimientos sociales revolucionarios, la mujer se convirtió en un eslabón que cumple funciones domésticas y sexuales en el universo del hogar, donde el hombre que provee, necesita tener sus necesidades básicas satisfechas. Es decir, capitalismo en pequeña escala, donde toda unidad económica debe ser eficiente. Más aún; cuando la mujer salió a trabajar también fuera del hogar, su rol principal no cambió. Permaneció ajustado al estereotipo, por más que ya no dependiera de un proveedor. Si bien han surgido honrosas individualidades como excepciones, esto sucedió en la gran mayoría de las sociedades desarrolladas.
Con frecuencia se cree (o se elige creer, los más afortunados) que los estereotipos son mucho más inocentes, y que no es necesario caer en un desproporcionado dramatismo. Tal vez sea cierto. Pero también es cierto que algunos están despertando. Y que a lo largo de la historia siempre hubo despertares, primero individuales y luego colectivos. En esta posmodernidad líquida (recordando a Bauman), se debería poder plantear, como mínimo, el respeto por quienes no son parecidos a “nosotros”. Pero…¿quiénes somos “nosotros”? ¿Los decentes, los heterosexuales, los católicos, los trabajadores formales, las madres abnegadas, los que pagan a tiempo sus deudas, los que siempre cumplen con la ley? El paciente lector podría sentirse tentado a retrucar, desde lo más hondo de su ser, que sí, que el hecho de ser una buena persona le da derecho a exigir que los demás también lo sean. O, por lo menos, que lo tengan en consideración para no dañarlo. Sin embargo, esto se parece a un círculo vicioso. Intentemos primeramente precisar quién es una buena persona. ¿El estereotipo de Robin Hood, que roba a los ricos para darle a los pobres? O el de un buen padre de familia (principio rector de varios ordenamientos jurídicos vigentes, todavía), que llega a su casa después de una ardua jornada laboral, besa cariñosamente a su esposa, juega con sus hijos, y se escapa tarde para ver a su amante?…Quizás, el modelo con mayor popularidad en el campeonato de la “ética” sería el de la persona de clase media, que siempre trabajó, que tuvo casa, comida y contención familiar desde la infancia, que nunca se metió en “cosas raras” (entiéndanse como pequeñas estafas, evasiones impositivas y otros delitos menores), que no padece adicciones, e incluso, tiene ideas progresistas…
Para Jean Paul Sartre, la angustia de un alma consciente de encontrarse condenada a ser libre, significaba tener en cada instante de la vida, la absoluta responsabilidad de su accionar. Siguiendo tal razonamiento, el cambio no sólo es lo esperable en los hechos del mundo físico, sino también en las ideas acerca del prójimo. Uno puede mutar a lo largo de la vida, puede adaptarse a infinitas nuevas circunstancias, sin que eso lo haga menos moral. Por el contrario, la directriz de todos los cambios debería ser aprender a ver al otro (a todos los otros), como si estuviéramos en sus zapatos. Frase trillada si las hay, pero más necesaria que nunca.
Es difícil imaginar la vida sin los estereotipos, porque en ciertos momentos son las herramientas casi indispensables para “resumir” la complejidad e inmensidad del mundo. El problema comienza cuando dejan de ser meros instrumentos y se transforman en barreras que impiden el conocimiento profundo de todo lo que nos es ajeno, extraño y diferente. Cuando empiezan a mostrar lo nuevo como algo amenazador. Cuando hacen creer que el objeto de ridiculización siempre está afuera.
Sí, señores, el mundo se transforma con prisa y sin pausa… De hecho, es probable que la definición que encabeza este texto ya no sea la misma.




Laure
Excelente y veraz reflexión. Bien escrita y en la diana. Mi voto y un saludo.
María Florencia Sassella
Muchas gracias. Un saludo.
GermánLage
Excelente texto, María Florencia. Me pareció todo él muy acertado, pero me quedo con el último párrafo de solo dos líneas. Todo se está transformando “con prisa y sin pausa”, incluidos los estereotipos.
Un cordial saludo y mi voto.
María Florencia Sassella
Siempre tan amable y alentador, Germán. Mil gracias.
Mabel
Muy buen texto. Un abrazo María Florencia y mi voto desde Andalucía
María Florencia Sassella
Gracias, Mabel. Un honor.
LARRY
Excelente texto. Mi voto. Un saludo.
Andrés1974
Muy bueno el ensayo. Aunque creo, que los estereotipos son cataratas con las que otros ojos te juzgan. Hay estereotipos inocentes, que no lo son tanto. Al fin y al cabo los sacerdotes fueron pederastas impunes, amparados en sus virtudes morales. Creo que los estereotipos, sostienen la violencia estructural y simbólica. Cuando hablas de la mujeres, el caso es más sangrante: el valor del trabajo productivo frente a la desvirtualización del reproductivo. Las mujeres salieron al mercado laboral en los ochenta, en principio como liberación, pero nosotros no nos encargamos en la misma proporción del trabajo reproductivo. Hemos cargado a las mujeres con dobles jornadas. Siempre traicionándolas. Por otro lado, todo el tejido del trabajo productivo, la sociedad capitalista en sí misma se mantienegracias altodo el tejido del trabajo productivo, la sociedad capitalista en sí misma se mantienegracias al trabajo no remunerado de las mujeres.ilustra sino el bienestar? Un saludo y mi voto.
María Florencia Sassella
Estoy de acuerdo con tu análisis. Muchas gracias, y un gran saludo.
Tiento
¡Bárbaro! Me sorprendiste. Saludos y un gusto conocer tu producción.