La batalla de la Laguna de la Janda (711)

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«Fuese el rey dormir la siesta, por la Cava había enviado;

cumplió el rey su voluntad más por fuerza que por grado,

por lo cual se perdió España por aquel tan gran pecado.

La malvada de la Cava a su padre lo ha contado.

Don Julián, que es traidor, con los moros se ha concertado

que destruyen España por le haber así injuriado».

(Romance del rey don Rodrigo. Anónimo del siglo XIII)

 

En la noche del 27 de abril del año 711, el caudillo musulmán Tariq ibn Ziyad (Tarik), gobernador de Tánger, desembarcaba en la playa del peñón que años después llevaría su nombre: Gebel al-Tariq (la roca de Tariq/Gibraltar), al mando de unos siete mil hombres. Había llegado a la Península para socorrer a los nobles visigodos opuestos al rey Roderico (Rodrigo), al que estos acusaban de usurpar el trono de Hispania. Casi tres meses después, el domingo 28 del mes de Rayad, coincidiendo con el Ramadán del año 92 de la Hiyra (Hégira, 19 de julio del 711), las tropas expedicionarias, que ya suman unos doce mil efectivos, se enfrentan a la numerosa caballería que ha reunido el monarca para cortarles el paso.

El encuentro tuvo lugar a orillas del río Guadalete, muy cerca de la pequeña localidad de Lakko (Caserío de Casablanca/Medina Sidonia), en donde la vieja calzada romana que iba de Gades a Híspalis (Cádiz-Sevilla) utilizaba un puente de piedra para cruzarlo. Comenzaba así la batalla de la Laguna de la Janda,[1] también llamada de Wadilakka (batalla del lago) por las fuentes musulmanas, de ocho días de duración y en la que, según el Romancero, el último rey visigodo encontraría la muerte.

Fue al domingo siguiente, quinta jornada del mes de Sawwal (26 de julio), cuando por fin aquellos guerreros pudieron proclamar su victoria. Con la ayuda de Alá, los musulmanes que habían combatido por primera vez en suelo peninsular, bajo los estandartes de Mahoma —de seda y teñidos en color verde, con sus dibujos y advocaciones pintados en negro—, se sienten muy satisfechos. No es para menos. Sus fuertes y afiladas shark al-Islam (espadas del Islam/alfanjes), junto con sus rápidos jinetes y adiestrados arqueros, todos ellos muy bien disciplinados, han resultado determinantes para la derrota del ejército real, mucho más numeroso; pero venido a menos al no poder disponer de su infantería, y sufrir las deserciones de los leales a los hijos del anterior monarca Witiza (702-710), enemigos de don Rodrigo.

Las tropas expedicionarias —entre las que abundan muchos arrianos bereberes—, se han mostrado además muy superiores en táctica y armamento a las hostes (huestes) visigodas, formadas por cientos de nobles y miles de valerosos caballeros, que provistos de pesadas armaduras y grandes espadas, resultaron lentos e ineficaces en la lucha cuerpo a cuerpo. Una desventaja que tampoco pudieron suplir las mesnadas de peones y siervos que inicialmente los acompañaban —casi la mitad de sus fuerzas—, y que se quedaron rezagados y desorganizados en las afueras de Corduba Patricia (Córdoba), al llegar exhaustos a las márgenes del río Betis debido a las marchas forzadas que el rey impuso a todo su ejército. Convencido de la superioridad de su caballería frente a las tropas invasoras, formadas en su mayoría por guerreros de a pie, al soberano no le importó dejar atrás su infantería y acometer al enemigo solo con sus jinetes, un grave error que pagará con su vida.

El ejército musulmán, dotado de una gran proporción de arqueros, adoptó una estrategia defensiva y supo aguantar todas las cargas de la caballería visigoda, a la que diezmaba antes y después de cada acometida con su lluvia de flechas, sin que aquellos pudieran responder de igual modo al haber prescindido de la ayuda de sus propios arqueros. Cuando, tras varias jornadas de lucha esperando en vano a su infantería, la caballería real quedó agotada, se produjo el avance de los «sarracenos» nombre que los peninsulares dieron a las tribus islámicas que invadieron Hispania─ que acabaron con lo que quedaba de ella. De ahí los miles de cristianos muertos o heridos que, al término de la gran batalla, reposan sobre montañas de cadáveres o a cubierto en improvisadas tiendas de campaña, bajo un calor sofocante que, sin duda, también ha contribuido a precipitar su derrota.

Con tanto derroche militar, el botín para los vencedores será grande y, además de recibir en pago a sus servicios parte del tesoro real, los mahometanos disputan entre sí el reparto de las abundantes cabalgaduras, armas, enseres, prendas de calidad y joyas, que portaban los nobles caballeros fallecidos. Sin contar con la captura de los ricos aristócratas que aún siguen vivos y pueden pagar su elevado rescate. Estos se reconocen por el anillo de oro que lucen en el dedo anular de su mano izquierda, mientras que sus subordinados lo portan de plata y sus siervos de cobre.

Tarik celebra esta gran victoria en su condición de lugarteniente y enviado del gobernador de Ifriqiya (Túnez y norte de Libia): Mussa ibn Nuseyr (Muza), un general de origen yemení que actúa al servicio de la dinastía Omeya de Damasco. Él fue quien pactó su ayuda militar con los witizianos, a cambio de obtener una parte del suculento tesoro real del Reino. Aunque el musulmán ya había enviado a las costas peninsulares una pequeña avanzadilla el año anterior, formada por un centenar de jinetes y cuatrocientos hombres bajo las órdenes de Abu Zara Tarif ─quien daría nombre a la pequeña isla (Tarifa) en la que se entrevistó con los cristianos─, su mejor «alfil» ha sido el sidi (señor) Yulyan (don Julián, Iulianus en los textos latinos), gobernador de la plaza de Seuta o Ceupta (Ceuta) y probable aliado de los witizianos.

Este episodio se relata en la crónica de Arib ibn Ziyad, autor andalusí de finales del siglo X, quien escribe: «el infiel Yulyan, gobernador de al-Jadra (Tánger o Tetuán), entró en relación con Mussa ibn Nuseyr (…) Entonces Mussa envió al beréber Abu Zara Tarif, a la cabeza de cien jinetes y cuatrocientos peones que atravesó en cuatro naves el brazo de mar que le separaba de al-Ándalus, y desembarcó frente por frente de al-Jadra, en el lugar llamado a causa de ello, la isla de Tarifa, y mandó expediciones hasta al-Yazira (Algeciras), consiguiendo cautivos y un considerable botín y volvió sano y salvo».

En la actualidad, los historiadores argumentan que los restos del ejército y la flota del Imperio bizantino, acantonados en la plaza de Ceuta, resistirían por algunos años el empuje musulmán después de la caída de Cartago (698). Finalmente, luchando en el norte de Tingitania bajo las órdenes del exarca Ulban (don Julián), contaron con la ayuda de algunas tribus bereberes, cristianas en aquella época, y lo más probable, según se desprende de la importante historiografía mozárabe hoy descubierta y sacada a la luz ─a partir de su tradición indirecta tanto latina como arábiga─, es que este famoso personaje fuera un antiguo exarca o general de origen bizantino. Nada que ver, por tanto, con el comes (conde) visigodo y traidor a su estirpe que como tal aparece en los romances y crónicas castellanas. Pero de lo que no cabe duda, es de su existencia real y de su destacado protagonismo en el curso de todos estos acontecimientos, aunque los investigadores ponen de manifiesto que su rastro no puede seguirse en las fuentes cristianas, porque significativamente, ignoraron lo acaecido con la excepción de la Crónica Mozárabe (754). Seguramente, a los cronistas de los reinos peninsulares les resultó muy difícil lidiar con la desunión habida entre los visigodos, y asumir la colaboración de muchas gentes hispanorromanas e hispanojudías con los invasores.

Lo más lógico es pensar que, ante la fuerte presión musulmana, aquel gobernador bizantino se vio completamente aislado y, sin esperanza alguna de poder recibir socorros de Oriente, optó por ponerse al servicio de la monarquía visigoda de la otra orilla del Estrecho, estimando que podría obtener su ayuda gracias a su fe compartida y proximidad geográfica. Esta suposición explica que tal y como sabemos, don Julián gozara de la confianza del rey Witiza (o Gaitixa), a cuyos hijos acogió nada más fallecer aquel, dándoles refugio en sus dominios de Tingitania y poniéndose a su servicio, colaborando así con los islámicos en la pretendida recuperación del trono para sus protegidos.

La prematura muerte del joven rey Witiza, hacia febrero del 710, apunta que posiblemente fuese derrocado o asesinado, y cabe la posibilidad de que Rodrigo se apoderara del trono por la fuerza de las armas. El desaparecido monarca, que podría haber sucedido a su padre el rey Égica (687-702), tuvo un reinado azaroso que, aun así, los historiadores consideran fecundo. Durante sus ocho años de gobierno, celebró el XVIII Concilio de Toledo y promulgó las últimas leyes efectivas que llegaron a adscribirse al famoso Liber Iudiciorum, restaurando incluso el viejo Oficio Palatino. Sin embargo, al reprimir con dureza las sublevaciones de la nobleza, el soberano fue acusado de despotismo, concubinato y trato preferencial a los judíos, de los que recibía los préstamos con los que acostumbraba a comprar voluntades.

El registro de la Chronica regum Visigothorum

A este respecto, la primera Chronica regum Visigothorum (siglo VIII) establece que Witiza fue ungido monarca el 15 de noviembre del año 700, de lo que deducimos que ya tenía la edad necesaria para no estar sometido a una tutela. Es decir, en torno a los 14 años. Pero de ser así, resultaría demasiado joven para que sus hijos hubieran participado en la batalla del Guadalete o de La Janda. Por ello los historiadores estiman que ya tendría esa edad al inicio de la corregencia con Égica (hacia el 694), cuando un adolescente Witiza comenzó a gobernar la Galicia sueva. Dos años más tarde, ya asistía a su padre en las tareas del Reino, afrontando por ejemplo las calamidades producidas por la peste bubónica que asoló la Galia Narbonense; o el ataque de los bizantinos contra el Levante peninsular; sin contar con las frecuentes rebeliones internas, que hicieron de la corregencia una época difícil e incierta.

Con este caldo de cultivo, la despechada nobleza pudo reorganizarse en torno a don Rodrigo, señor o dux (duque) de la Bética, y bastó que Witiza quisiera volver a saltarse —tal y como hiciera Égica— la costumbre visigoda de la designación de su sucesor por acuerdo mayoritario entre los nobles, para que prendiera la rebeldía entre sus súbditos. La mecha del estallido del conflicto fue la prematura designación de su primogénito Ágila (Akhila/Wagila en árabe) como heredero de su corona, pese a que entonces su hijo sería poco más que un niño. Y muerto o asesinado su progenitor, el jovencísimo príncipe, que al parecer ya gobernaba por delegación de Witiza las tierras de la Tarraconense y la Narbonense, reclamó para sí la corona.

Como consecuencia de todo ello, la levantisca aristocracia del reino, temiendo la instauración de una dinastía tan contraria a sus tradiciones, impidió su unción en Toletum (Toledo) tal y como resultaba preceptiva. Seguidamente, los nobles se reunieron en una asamblea de notables que, en virtud del Canon X aprobado durante el VII Concilio de Toledo (646), optaron por volver al viejo sistema electivo, designando como sucesor del trono al mencionado don Rodrigo.

El elegido, del que recordemos cabe la posibilidad que asaltara el poder por la fuerza, u ordenara el asesinato de su predecesor, era el miembro más destacado de la facción procedente de la antigua familia nobiliaria del monarca Chindasvinto (642-653), enemiga tradicional de los coaligados en torno a otro de los reyes más notables: Wamba (672-680), del que descendían los witizianos (Égica era su sobrino). Sin querer resignarse a la pérdida de su herencia, el príncipe Ágila, en compañía de sus hermanos Olmundo, Obba y Ardón (o Ardabasto), y contando con la protección de sus dos influyentes tíos paternos: el poderoso arzobispo de Híspalis don Oppas, y el conde Sisberto (o Sisiberto), se negó a reconocer la designación de su rival, orquestando la revuelta que desembocaría en una verdadera guerra civil.

Hoy sabemos que en realidad, la desaparición de Witiza dio lugar a un largo interregno, durante el cual hubo hasta tres monarcas concurrentes: el breve Sunifredo (710), el dux de la Bética don Rodrigo (710-711) —que gobernaría solo el centro y sur peninsular— y el propio Ágila (710-716), asentado en su corte de Tarragona y aceptado como rey en todo el nordeste y la Septimania visigoda. Por último, lo sucedería su hermano Ardón I en el crepúsculo de la época visigoda, cuando todos ellos ya habían desaparecido y aquel tuvo que contentarse con reinar solo durante cuatro años en el área que abarcaba desde Narbona hasta Cataluña, sin poder siquiera acuñar moneda propia. No obstante, haciendo caso a los textos de las crónicas Mozárabe y Albeldense (883), junto con el conocido poema medieval —de fecha muy posterior— don Rodrigo fue el último rey visigodo y el único monarca al que, posteriormente, se consideró como legítimo.

Otra cuestión diferente es que fuera traicionado por su presunto vasallo don Julián, quien gobernando la plaza de Ceuta, casi sin duda fue el que facilitó a los moros las naves necesarias para cruzar el Estrecho. El romancero le atribuye la excusa de la supuesta violación de su bella hija o esposa La Cava ─nombre que significa cortesana o prostituta en árabe─, a manos del caprichoso y fogoso rey don Rodrigo, lo que justificaría su innoble acción. Pero bien pudiera ser que el comportamiento de este, lejos de caer en la deslealtad al monarca, estuviera motivado por ser el protector de la viuda e hijos del desaparecido Witiza, el único soberano con el que aquel exarca se sentía obligado.

Un relato medieval que suscita muchas dudas

Como para los historiadores el relato medieval ofrece muchas lagunas, ha ido ganando peso esta hipótesis que atribuye al conde don Julián un origen bizantino, o quizá, cristiano bereber. Una premisa que defienden especialistas de la talla del historiador Luis A. García Moreno, pero también pudiera ser que el noble ceutí fuera en realidad un aristócrata descendiente de antiguos linajes vándalos, y por tanto enemigo acérrimo de los visigodos. De ahí que conociendo las querellas internas en las que estos andaban inmersos, y sabiendo además que carecían de naves de guerra para vigilar las aguas del Estrecho, el conde pudo ver la oportunidad de librarse de su vasallaje y hacerse valer entre los musulmanes, gracias al préstamo o cesión de la única flota disponible y capaz de embarcar a las tropas expedicionarias del general yemení: la que se encontraba bajo su mando.

Esta tesis parece reforzada por el pacto de sometimiento del que se hace eco la conocida crónica bereber del Ajbar Machmúa, que menciona a un tal Ulyan (Urbano), señor de la Septem (Ceuta) bizantina, que en el 709 se hizo vasallo del gobernador Musa ibn Nusair, y a partir del cual se produjo la anexión de esta plaza fuerte al imperio de los Omeyas. Ceuta había permanecido en poder de los bizantinos casi de forma testimonial, desde que el monarca visigodo Suintila (621-631) pusiera fin a la presencia de Bizancio en Hispania. Un año más tarde, el nuevo vasallo de Musa le prestaría las cuatro naves necesarias para aquella primera incursión en la costa peninsular del Estrecho, que llevó a cabo el comandante Tarif y quizás él mismo, a modo de ensayo general. Una tentativa exigida tal vez por el prudente general yemení, como prueba de que la colaboración y lealtad del señor ceutí ya no tenía vuelta atrás.

Lo malo fue que, si encargas a otros que te saquen las castañas del fuego corres el riesgo de quedarte sin ellas. Una vez despertada la codicia y ambición de conquista en el caudillo Tarik, el musulmán no se contentó con el cuantioso pago estipulado en varios miles de tremises, y decidió proseguir la lucha en nombre de sus aliados. Así, tras su victoria en Guadalete y con la ayuda de los witizianos, que apoyaron su avance creyendo que sus aliados les iban a entregar el trono toledano, el lugarteniente de Muza obtuvo, con escasas pérdidas de hombres, la vieja ciudad de Astigi (Écija) y, aunque Corduba Patricia se le resistió, gracias al refuerzo de las tropas visigodas, logró someter a la poblada Ilibiris (Granada) y la estratégica Gaien (Jaén), dos ciudades que se habían mantenido fieles a la causa de los derrotados.

Tras conquistar una buena parte del valle del Betis y el suroeste peninsular, el caudillo se atrevió a cruzar los desprotegidos desfiladeros de la Bética (Despeñaperros), encaminándose con sus fuerzas hacia Toletum, la magnífica Urbis regia visigorum, en donde se presentó frente a sus murallas el 11 de noviembre. Simulando ser un enviado de los hijos de Witiza o su fiel comandante victorioso, ladinamente, ordenó a sus hombres que ocuparan toda la población sin tener siquiera que emplear la fuerza. Y una vez dueño de la situación, dándose cuenta de la riqueza de aquella Corte, a la vez que de su extrema debilidad política y militar, en secreto, envió recado a su mentor para que, pese a sus 70 años de edad, se animara a compartir su aventura.

Esta era, al menos, la explicación más común sobre la llegada de Muza a la Península, pero en la actualidad algunos historiadores sostienen otras hipótesis más atrevidas, y no dan demasiado valor a la invitación de su lugarteniente. Por el contrario, los especialistas piensan que en la decisión de Muza, pesó mucho más la seguridad que le proporcionó el acuerdo firmado previamente con otro poderoso personaje: el conde Teodomiro, señor de la Cartaginense. Dicho noble, tras su propia derrota en la batalla del río Sangonera (entre Murcia y Lorca), se apresuró a negociar con el yemení y su hijo y lugarteniente Abd al-Aziz ibn Mussa (Abdelaziz), un pacto de autonomía o semi-independencia, suscrito bajo la condición de facilitarles su penetración en el Reino a través de sus tierras. Hoy se conserva parte del texto de aquel pacto, en el que puede leerse que Teodomiro: «se somete a capitular, aceptando el patronato y clientela de Alá… con la condición de que no se impondrá dominio sobre él ni sobre ninguno de los suyos».

Pero bien se debiera a unos u otros planes, lo cierto es que Muza se decidió a invadir el reino visigodo al año siguiente, prefiriendo desembarcar con su cuerpo expedicionario (unos 18.000 hombres) en la bahía situada frente al Peñón, en lugar de hacerlo en Cartagena. Corría el caluroso mes de Sha´abán del 93 de la Hiyra (agosto del 712), cuando el viejo general y Abdelaziz pisaron la Península por primera vez, ocupando el pequeño enclave marítimo de Iulia Traducta de origen romano. Allí mismo fundaron la primera ciudad islámica del continente: al-Yazira al-Jadra (la isla Verde/Algeciras), para poder establecer un puerto de enlace con sus fuerzas del norte de Ifriqiya (África).

De ahí en adelante, y extendiéndose como una mancha de azeit (aceite) durante los próximos dos años, su grito de fe y de guerra: Allah Akbar (Alá es grande), resonará con fuerza por todo el solar del viejo reino visigodo.

Nota.

[1] La pérdida de la antigua laguna de la Janda, desecada en los años cuarenta del siglo XX, además de un atentado contra el medio ambiente, nos privó de la mayor laguna sin escorrentía existente en la Península, con un tamaño de unos 14 kms. de distancia entre sus orillas. Esa laguna, que en la Antigüedad fue incluso mayor, es la que hoy los investigadores consideran que pudo ser el lago que todas las fuentes grecolatinas ubican junto a la legendaria Tartessos.

Comentarios

  1. XoseFD

    8 junio, 2017

    Y si hicieras una pequeña historia de esto?? Creo que llegarías al corazón de alguien. Te lo digo como historiador. Las hechos fríos de la historia escuecen el alma. Pero el toque literario les da más humanidad. Una idea.

  2. David Casado

    9 junio, 2017

    Muchas gracias, XoseFD. En realidad la historia ya la escribí. Este artículo es un resumen de esta batalla, que forma parte de uno de los capítulos de mi libro «Resistencias numantinas», en donde abordo el mito de Covadonga y la historia de Don Pelayo. Si tienes curiosidad, el libro lo puedes adquirir a través de Amazon. Te quedo muy agradecido por tus comentarios e interés.

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