Cuando tenía ganas de sexo, Laura vomitaba un gorrión. Sentía un cosquilleo en la garganta, el plumón le raspaba en la campanilla y el gorrión salía por su boca, acabado y perfecto, piando y sacudiendo las plumas. Todos eran machos, con sus manchas negras y blancas en la cabeza. Le ocurría en cualquier sitio. Si iba en el autobús, guardaba lo más discretamente que podía el gorrión en el bolso y al bajarse en la siguiente parada lo liberaba. Si le ocurría yendo por la calle, simplemente abría la boca y dejaba que saliera volando. Si el vómito le acometía dentro de casa, tenía mucho cuidado de proteger al gorrioncillo de las garras de su gato, que ya lo presentía y a menudo esperaba agazapado junto al sofá el momento preciso en que su humana regurgitara un pajarillo para lanzarse a por él. Laura lo refugiaba en el hueco de sus manos y corriendo abría la ventana y lo dejaba partir. Le solía ocurrir una vez al mes, cuando su necesidad de sexo era elevada.
Pero un día se enamoró y sus necesidades aumentaron. Ya no era una vez al mes, sino que cada dos o tres días le sobrevenía el vómito pajaril, incluso cuando dormía, y entonces se despertaba angustiada, el gorrión piando y aleteando dentro de la boca, y en cuanto la abría, su gato atrapaba al gorrión y le asfixiaba limpiamente para luego ir a esconderse bajo la cama y devorarlo con tranquilidad. Harta de despertares angustiosos y plumas esparcidas por toda la casa, Laura empezó a dormir con la puerta cerrada y el gato maullando desesperado en el pasillo.
Laura no era correspondida por el objeto de su amor y sus ganas de sexo fueron aumentando hasta que los vómitos se sucedían cada hora. Apenas salía de casa, porque le daba apuro andar expulsando pájaros en cualquier parte: comprando el periódico en el quiosco de la esquina, mientras hablaba por teléfono en el trabajo, en la frutería al ir a pagar a la cajera… Desesperada, optó por encerrarse en casa y vomitar tranquilamente sus gorriones. Cuando el acoso del gato fue inaguantable, decidió dejarle que se comiera todos los pájaros regurgitados, hasta que llegó el día en que el gato se hartó y ya no hacía caso de los pajaritos que volaban por toda la casa y salían a la calle en cuanto veían una ventana abierta.
Un frío día de invierno, Laura dejó de vomitar gorriones. En la casa sólo quedaban tres pájaros revoloteando por el salón. Laura abrió la ventana y dos salieron volando a la calle. Sólo quedó uno posado en la lámpara de hierro forjado, piando y mirando a Laura. Ella le tendió la mano y el gorrión se posó en su palma. Laura le acarició el plumón del pecho con suavidad, sonrió y le miró con ojos golosos.





Ninfasu
Me encanta! muy original, me ha sorprendido sobremanera. Un saludo Alice
alice
Muchas gracias, @susana444, me alegro
Un abrazo 
Albatros Negro
Raro. Una pregunta, ¿el gorrión es un símbolo de algo? para intentar descifrarlo.
alice
@albatrosnegro, siempre digo que una vez escrito, el relato pertenece al lector y él debe sacar sus propias conclusiones.
Si no lo has hecho, lee “Carta a una señorita en París”, de Cortázar.
https://es.wikipedia.org/wiki/Carta_a_una_se%C3%B1orita_en_Par%C3%ADs
Albatros Negro
Gracias
alice
Ah, y muchas gracias por los votos
gines
Curiosa historia, yo diría relato atrapador… Como el gato…
Mabel
Muy buena historia. Un abrazo Alicia y mi voto desde Andalucía
Desafinado
Me ha encantado tu fantasía. Y he reído. Muy bien escrito.
José Méndez
Excelente narrativa
GermánLage
Bellísimo relato, Alice. ¿O debería decir excelente metáfora de la creación artística?
Mi cordial saludo y mi voto.
ContarEnBreve
Me ha gustado mucho y ciertamente me ha recordado a Cortázar y al Realismo Mágico. Mi voto.
alice
Muchas gracias a todos por vuestros votos y comentarios
Un abrazo
VIMON
Un relato excelente,Alice, de una imaginación desbordada.