Eran las 4am y apoyada en un barandal oxidado, Mariana contempla con odio las luces que un año atrás le dieron la bienvenida a la ciudad de Madrid. Ahora serían estas mismas luces las que la despedirían.
CAPITULO 1
2013, un año antes.
Mariana había aceptado irse a Madrid como estudiante de intercambio. No tenía familia ni ninguna clase de amistad en la ciudad, pero eso era justo lo que deseaba; la oportunidad perfecta para comenzar de cero.
El avión aterrizó a las 11pm, y después de haber bajado de éste se dirigió a la sala de espera. Allí una joven de ojos oscuros y con un ondulado cabello castaño que le caía hasta los hombros, sostenía un cartel con su nombre; así que de inmediato Mariana se le acercó.
-Hola, soy Mariana.-Dijo mientras estrechaba su mano.
-Sara, mucho gusto.-Respondió la chica vivamente. -¿quieres conocer tu nueva casa?-Preguntó enfatizando en esta última palabra.
-Claro.- Dijo mariana.
Salieron del aeropuerto, y tomaron en enseguida un taxi hacia el centro de la ciudad. Durante todo el viaje, Mariana estuvo mirando por la ventana, sin siquiera intercambiar palabra con Sara; olvidarse del mundo entero, convencerse de que desde ahora sería una nueva persona, eran los únicos pensamientos que tenían cabida en su mente.
El auto se detuvo al frente de una casa de ventanas inmensas, las cuales estaban cerradas por el frio que hacía en aquella noche.
-Es aquí. ¿Qué tal te parece?-Preguntó la chica mientras cerraba la puerta del taxi.
-Es preciosa.- Contestó Mariana con una leve sonrisa en su rostro.
La casa tenía unos techos altos, y apenas entrar se podía apreciar una elegante chimenea, que permanecía encendida durante todas las noches de invierno. Después de haber dado un vistazo por las dos plantas, Mariana se dirigió al cuarto que se le había sido asignado. Tomó una larga ducha, y luego se tiró a la acolchada cama, para dejarse adormecer con la lluvia que empezaba a repiquetear en su ventana.
El despertador de su reloj sonó justo a las 6:00am. Hoy era un día algo ajetreado por todas las diligencias que tenía que hacer en su nueva universidad. Bajó a el comedor aun con su negro cabello mojado; ya se le hacía tarde así que no había tenido tiempo de secarlo por completo. En la mesa estaba Sara desayunado, y al frente de ella un chico de cabello corto, bastante pálido que llevaba un elegante traje negro; como si estuviera a punto de partir a un importante evento o algo por el estilo.
-¡oh!, lamento no haberlos presentado ayer. Es que como llegamos tan tarde no quise despertarte.-Dijo Sara mirándolo con una cálida sonrisa.
-Mucho gusto, Alex.-Dijo el chico tendiéndole una mano por encima de la mesa, después de que se hubiera sentado.
-Mariana, igualmente.-Dijo repasándolo con su mirada.
Durante el desayuno, Sara no hizo más que preguntarle a Mariana sobre su vida personal, de una forma bastante despreocupada, a lo que Mariana se limitaba a responder con monosílabas. Nunca se había caracterizado por abrirse mucho a los demás, y mucho menos sin conocerlos. De vez en cuando su mirada se cruzaba con la de Alex, y una descarga eléctrica recorría su cuerpo en el instante. Alex no era un joven corriente; en su mirada había cierta chispa. Una chispa de seguridad, una chispa de alegría, una chispa de amor, o una chispa de odio. Fuese lo que fuese, le atraía a Mariana.
-¿Oigan, que les parece si salimos en la noche a algún sitio? Tenemos que darte la bienvenida Mariana.-Dijo Sara bastante animada.
-Por mi está bien. Aunque lo que importa es tu opinión.-Dijo Alex mientras le miraba fijamente.
-La verdad no sé… Nunca me ha gustado tomar.-Dijo apartando la mirada.
-¿Quién habló de tomar? Vamos Mariana, no pongas palabras en mi boca.-Dijo la chica con tono parlanchín.-La pasaremos bien.-Continuó.-¿A las siete entonces?
-Está bien.-Respondió un poco indecisa.
Eran ya las 6:30 de la tarde, y cada quien estaba en su cuarto organizándose para salir. La noche se avecinaba, y ella sería una testigo más de lo que habría de acontecer.
Hacía un frio terrible, y las calles estaban bastante desoladas. Tan solo se divisaban a lo lejos algunos transeúntes, que con paso acelerado cruzaban las calles sin mirar para ninguna parte.
-¿Entonces para dónde vamos?-Preguntó Mariana.
-Es una sorpresa. No es ningún bar ni nada por el estilo.-Respondió Sara, mirando a Alex con cierta complicidad.
-Eso espero.-Dijo Mariana.
Justo antes de voltear en la esquina, vieron aparecer las luces de un auto que se avecinaba a gran velocidad. Éste se detuvo junto a ellos produciendo un estridente sonido, y cargando el aire de un fuerte olor a caucho quemado.
Era una gran camioneta negra, de la cual descendieron dos tipos con pasamontañas y ametralladoras.
-¡¿Qué está sucediendo?!-Preguntó mariana aterrorizada.
-¡Entra de una buena vez!-Dijo uno de los tipos apuntando hacia mariana.
-Esto tiene que ser una equivocación. ¡Me están confundiendo, soy nueva en la ciudad!-Dijo Mariana con lágrimas en los ojos.
-Nosotros solo recibimos órdenes.-Respondió el mismo tipo mientras su compañero tomaba el brazo de Mariana.
-¡Suéltala cabròn!-Grito Alex.
-No te metas en esto.-Respondió el hombre para después dispararle en uno de los pies.
Alex cayó de inmediato al suelo, dando un grito desgarrador.
Toda esta escena era observada por Sara, quien impávida parecía estar en frente de un espectáculo.
Entre gritos y pataleos, Mariana fue introducida en la camioneta. Los gritos de Alex se fueron perdiendo paulatinamente, y después de unos cuantos segundos solo se podía escuchar el monótono motor. Por más que gritara nadie la podía escuchar; el acero de la camioneta era demasiado grueso, y el sonido de su voz se debilitaba cada vez más.
Pasaron varias horas para que el auto se detuviera al fin. La puerta se abrió y Mariana supo estaba en un lugar alejado de la ciudad, ya que solo se oía el sonido de los pájaros e insectos.
-Baja cariño. –Dijo uno de los tipos con una voz suave, pero burlona.
Al ver que ella no respondía a su orden, éste entro al portaequipaje y la sacó con mucha brusquedad.
Empezaron a transitar por un camino bastante abrupto, Mariana tan solo podía ver el sendero que era alumbrado por la linterna
de sus captores, y cada vez que miraba para los lados encontraba completa oscuridad. A los 10 minutos de camino llegaron a una zona bastante plana. La luz de la luna que empezó a surgir de entre las nubes iluminò pálidamente el agua de un lago bastante grande escondido entre las numerosas ramas de los árboles. Cuando llegaron al lago; la silueta de una pequeña cabaña se dibujó en la orilla izquierda éste.
-¿Por qué me trajeron a este lugar?-Pregunto temerosa.
-Pronto lo sabrás.- Respondió uno de ellos mientras se quitaba su pasamontañas.
La plateada luz iluminó parte de su rostro, y eso fue más que suficiente para aterrorizarla por completo. Una sínica sonrisa presagiaba los horrores de su destino.
CAPITULO 2
La inspectora Eliza Gallego tan solo llevaba dos años en la institución, aún le faltaba experiencia, y al parecer no era muy popular entre sus compañeros. Desde que fue ascendida de rango, gran parte del cuerpo policial le miraba con bastante recelo, aunque claro, habían quienes creían en ella, y en su modo tan peculiar de actuar. Su familia nunca estuvo de acuerdo con que se dedicara a este trabajo, hubieran preferido una periodista, o una profesora de escuela; querían algo más “normal” .
Dos golpes secos en la madera de su puerta pusieron fin a la modorra que la envolvía en aquel instante.
-¿Quién es?
-Inspectora, soy yo, Martínez.-Respondió un poco apurado.
-Pase por favor.
Martínez abrió la puerta suavemente, caminó con paso firme hasta el escritorio de Eliza, y después de estar sentado, le dijo.
-Tenemos un nuevo caso.-Dijo mientras movía un bolígrafo en sus dedos.
-¿De qué se trata, Martínez? –Pregunto ella bastante interesada.
-La denuncia ya fue efectuada; y yo estuve presente. Según la testigo, una compañera suya fue secuestrada mientras caminaban cerca de su casa la noche de ayer.
-¿Y qué más dijo la chica?
-Mencionó algo sobre el color del auto de los secuestradores. Creo que dijo que era una camioneta blanca.
-Entiendo. ¿Quisiera saber si hay más testigos?-Dijo esto último tan bajo, que pareció que estuviera hablando sola.
-No señora, no hay más testigos.-Respondió con bastante seguridad.
-Entonces es lo único que tenemos, ¿o me equivoco?
-No, no se equivoca, es lo único. Aunque si le parece, podríamos visitarla.
-Tiene toda la razón inspector, a veces se guardan la información por temor a convertirse en sospechosos.-Respondió mientras se ponía de pie, y dirigía la mirada hacia el gran ventanal, que daba a la avenida.
-Es mejor que vayamos enseguida,-Continuó.-tengo un mal presentimiento. Y yo me fio mucho de los sentimientos.-Dijo volviendo la mirada hacia Martínez, quien ya se había puesto de pie.
Las calles olían a esa característica aroma que emana justo después de que llueve. Había poco tráfico, y una refrescante brisa se inmiscuía por la ventanillas del auto.
-Inspectora, ¿puedo hacerle una pregunta?-Dijo Martínez sin apartar la vista de la carretera.
-Claro, ¿de qué se trata?-Respondió bastante calmada.
-¿Cree que este caso será como el del año pasado?-Pregunto esta vez, mirándola de soslayo.
-Espero que no, Martínez.-Respondió cerrando sus ojos, y dejándose tragar por el sillón.
Lo que había sucedido el año anterior no podía, y tampoco debía repetirse. La puerta ya había sido cerrada, pero a decir verdad, ésta era bastante endeble, así que cualquier paso en falso sería suficiente para acabar con esta aparente tranquilidad.
Apenas hubieron bajado del auto, se dieron cuenta de que todas las ventanas estaban cerradas; daba la sensación de que no habitaba nadie allí. Aun así, la inspectora Gallego quiso cerciorarse de ello tocando la puerta. Después de dos minutos ésta todavía no se abría, así que con un gesto de disgusto, la inspectora le indico a Martínez que debían regresar.
Justo cuando iban caminando hacia el auto, Martínez recibió una llamada. De inmediato contesto.
-¿Si?, ¿con quién hablo?
-Inspector, soy yo, el agente Hernández. Tengo información sobre el caso de la chica secuestrada.
-¿De qué se trata?-Preguntó Martínez bastante interesado.
-Hay un herido de bala en el hospital de Navarra. Ingresó ayer a eso de las ocho de la noche. Le podría seguir dando más información, pero creo que es mejor que venga usted y hable con él.
-Está bien, voy en camino.
Después de haber colgado, Martínez miró a la inspectora, quien parecía entender poco, así que antes de que hiciera alguna pregunta le dijo.
-Tenemos un testigo del caso en el hospital de Navarra.
Eliza algo desorientada, se limitaba a meditar aquella información minuciosamente, ya que esta noticia le daba un gran giro a la investigación.
-Al parecer alguien no dijo la verdad.-Dijo el inspector mirándole fijamente.
-Bueno, mejor vayamos de una vez, no hay tiempo que perder.
Durante todo el camino no habo ni una sola palabra; estaban muy ensimismados en sus pensamientos como para hacerlo. Había cierta sensación de inseguridad flotando en el aire, como un gas tóxico que les impedía respirar con tranquilidad.
El hospital estaba bastante cerca así que solo tardaron 20 minutos para llegar.
Entraron con paso acelerado, y después de haber mostrado sus placas a la enfermera encargada, ingresaron a la unidad de recuperación. En el pasillo los estaba esperando el agente Hernández con un café en su mano.
-Agente Hernández, ¿verdad?-Preguntó la inspectora, mientras estrechaba su mano.
-Si señora, un gusto en conocerla, me han hablo muy bien de usted.
-Ojala todos dijeran lo mismo.-Dijo antes de dar un corto suspiro.
-¿Les parece bien si entramos?-Dijo Martínez.
-Claro.-Respondió Eliza con bastante seriedad.
Lo que encontraron tras la puerta robo por completo el aliento de los allí presentes; en el suelo habían bastantes salpicaduras de sangre, que conducían a la cama; el lugar donde estaba lo verdaderamente impactante. Las sábanas blancas, ya casi no lo eran; la sangre se había extendido por la mayoría de su superficie. Este cuadro macabro se terminaba con el cuerpo sin vida de un joven, que con sus ojos aun abiertos, impactaba por el pánico que delataba su expresión.
Pasó más de media hora para que al fin llegaran los médicos forenses, y pudieran empezar con la investigación pertinente.
Mientras aquello ocurría en el cuarto, Gallego permanecía sentada en una de las sillas de la sala de espera, acompañada de Martínez. No lo quería reconocer, pero dentro de su ser persistía la idea de que este caso tenía un trasfondo más oscuro del que ella había imaginado; sabía que ahora que se había involucrado no podría retirarse. Ya que según ella, resolver el caso sería la forma de redimir lo acontecido.




Luis
Buen relato, Sebastián, un saludo, te dejo mi voto humilde!
Sebastian Hoyos Zapata
Gracias amigo por tu comentario, y tu voto.
Mabel
¡Excelente! Un abrazo Sebastián y mi voto desde Andalucía
Sebastian Hoyos Zapata
Hola Mabel. Ya había subido parte de la novela antes, pero quise volver a subirla ahora que està un poco mas adelantada. Gracias por tu voto y tu comentario, un saludo desde Colombia.
Fiz Portugal
Me gusta el elato, atrapa. Saludos cordiales.