Mientras anochece

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La última luz del día otoñal entra por la ventana y lo cubre todo con sombras. Fuera, una brisa esparce hojas ocres por el césped del jardín, de un verde desvaído por la cercanía del invierno, arremolinándose junto a la vieja cruz de granito gris carcomida por el peso de las décadas. Un par de herramientas de jardinería, abandonadas junto al nogal que domina el paisaje, contribuyen a aumentar la sensación de desasosiego, de pérdida. Al lado, los restos de lo que fue un pulcro montón de hojas secas del que sólo queda un leve vestigio porque en un breve instante dejó de tener sentido.

De pronto todo cambió.

Porque hoy ocurrieron cosas importantes.

Hoy fue el día en que el mundo entero se vino abajo.

Poca importancia tiene ahora lo sucedido en las horas precedentes, sólo quedan las consecuencias que me han hundido, que me han devuelto a la infelicidad de la que nunca debí emerger.

Estoy en su habitación y sólo siento tristeza y una leve sensación de agobio, pero no tengo ni idea cuál es la causa que la motiva, me imagino que es porque ella todavía  está aquí y no se ha marchado, como hubiera deseado que sucediera.

A través de la ventana, el día declina y pronto se hará de noche, llevándose con ella este día aciago que parece no tener fin, como si el mundo hubiera dejado de girar de repente sin motivo. Las sombras se alargan y pronto se difuminarán por completo hundiéndose en la oscuridad y ocultando la verdad que la luz del día muestra; de noche, el jardín es un poco espeluznante, con sus cruces y sus estatuas de mármol frío, sin el menor asomo de vida. A ella le gustan esas estatuas.

En la habitación todo es silencio, igual que en el resto de la casa, aunque de vez en cuando se escucha un breve crujido de madera o el golpeteo de algún palito desprendido y arrastrado por el viento que choca contra los cristales. En estos momentos, se me antoja la mansión más grande del mundo, tan vacía y falta de vida.

Continúo sentado en el mismo sillón porque, ¿dónde voy a ir? No necesito hacer nada mientras ella esté dormida, me basta con contemplar cómo descansa, tan preciosa como el primer día que la conocí.

Pronto el impenetrable manto de la noche lo cubrirá todo y las horas eternas que he vivido pasarán a formar parte del pasado inmediato, un pasado que nunca debió discurrir así, pero así fue como sucedió. Sumido en la penumbra de la habitación ya apenas distingo su rostro, que se va difuminando, perdiendo sus rasgos a medida que la luz se va extinguiendo en medio de unos últimos rayos anaranjados.

La cómoda de oscura madera es una sombra en un rincón, con sus bordes angulosos que tratan de devolver un brillo a la escasa luz que se filtra por la ventana sin cortinas. En el espejo de la pared de enfrente se refleja la cama, su rostro y el mío, cansado, pálido como un fantasma condenado, que se va desdibujando por momentos. Miro en dirección al armario y compruebo que una de sus puertas está entreabierta; pero la ropa limpia y cuidadosamente doblada apenas se puede vislumbrar; se puede adivinar el jersey blanco de lana que tanto le gusta y que, para ser sincero, a mí también. Esa prenda me trae muy buenos recuerdos que se guardan en lo más profundo de mi corazón, ahora envuelto en las tinieblas.

La contemplo y veo su pelo claro que es una cascada de rizos sin fin; observo sus profundos ojos azules ahora cerrados durante el descanso; la pequeña nariz que apenas destaca sobre el resto de la cara de tez pálida; sus generosos labios entreabiertos para dejar escapar el cálido aliento. Una mano se escapa de la prisión que son las sábanas verdes, una mano que lleva un anillo de plata y oro: nuestro anillo. Recuerdo el día que se lo regalé como si fuera ayer, con tanta claridad que resulta doloroso por lo rápido que ha transcurrido el tiempo desde entonces, tan brillante es el recuerdo de ese día como confuso el que tengo de las horas precedentes.

Cambio de postura en el sillón, cada vez más incómodo a medida que pasan los minutos. Apoyo los pies descalzos y siento el suelo de parqué bajo ellos; el contacto con la superficie es tan fresco y agradable que me reconforta. Los cuadros entretejen una amplia trama de diferentes tonos como la de un tablero de ajedrez, mostrando un indescifrable dibujo. Incluso si me esfuerzo un poco todavía puedo notar un retazo de olor a barniz y madera, a nuevo. Inspiro con fuerza intentando atrapar los pequeños matices de la atmósfera que me envuelve, porque cada segundo que pasa es único y sé que no volverá a repetirse.

Me acerco hasta la ventana y observo a través de los cristales. Entran los últimos rayos mortecinos de sol, el cual está a punto de ocultarse tras las montañas: apenas queda una media naranja en el cielo, que desaparecerá en unos momentos hasta que vuelva la mañana. El firmamento está despejado, sin nubes que lo enturbien, y las primeras estrellas comienzan a distinguirse con titilar dubitativo, como si les costara un gran esfuerzo mantenerse suspendidas allá arriba.

Empieza a hacer frío en la habitación y esto no ayuda a que me sienta mejor, quizás porque no deseo que mi estado de ánimo mejore, no me lo merezco. Un escalofrío me sacude de los pies a la cabeza. ¿Cómo es el dicho? ¿Un pato ha pasado sobre mi tumba? No lo recuerdo con exactitud, pero ya casi no tiene importancia.

Porque todas mis dudas se van disipando a medida que se muere el día.

Todas ellas.

Porque ella emprendió su último viaje y me dejó aquí solo.

Comentarios

  1. GermánLage

    2 mayo, 2017

    Un bellísimo relato transido de dolor es lo que me pareció éste, Icorre. Lo leí sin respirar y con el alma de puntillas. Me parece que es lo mejor que he leído tuyo hasta el momento. Enhorabuena.
    Mi cordial saludo y mi voto.

    • icorre

      4 mayo, 2017

      Gracias, Germán. He hecho un poco de trampa: este relato lo escribí hace mucho tiempo. Pero me pareció que era el momento de darlo a conocer. Personalmente, es de los que más me gustan, aunque no sea la alegría de la huerta. Un abrazo,

  2. Mabel

    2 mayo, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Ignacio y mi voto desde Andalucía

    • icorre

      4 mayo, 2017

      Gracias por tu tiempo e interés, Mabel. Eres un apoyo continuo. Un fuerte abrazo,

  3. Lourdes

    17 mayo, 2017

    Adoro los retratos hechos palabras,en los que se puede distinguir hasta el más pequeño de los detalles, tu relato no solo es un fotografía física de un momento, es también una fotografía anímica. Precioso relato, Ignacio, lleno de tristeza y melancolía.
    Te envío un abrazo enorme con mi gratitud por compartir esta preciosidad.

    • icorre

      20 mayo, 2017

      Gracias Lourdes. Lo único que siento es que haya pasado un poco desapercibido (se publicó junto con otro montón de artículos el 2 de mayo), pero bueno. Supongo que con el tiempo…

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