Negocio redondo

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Circulaban por la autopista a ciento cuarenta kilómetros por hora y no se notaba ni la menor vibración; apenas un ligero empuje lateral en las curvas un tanto pronunciadas. Su amigo le había invitado a conocer su carro nuevo en el primer paseo inaugural, recién sacado de la agencia.

¿Cómo lo ves? Más estable que el sofá de tu casa, ¿verdad?”

Nelson manejaba con el deleite de quien, al fin, se ve en posesión de algo largamente deseado. Era el último modelo de la casa GT, que desde el primer momento le había fascinado; su línea aerodinámica, elegante, señorial; el confort interior con sus asientos graduables; la suavidad de la dirección, la potencia. Y, por encima de todo, el concepto de status asociado a aquel modelo por sus prestaciones y precio. Lo había comprado a crédito, pero nadie, a quien él no lo dijese, lo sabría; conducir un carro de aquel modelo era lo que contaba.

¿Te gusta?”

Me encanta. Si yo pudiera, ya me estaba comprando otro igual”.

Nelson volteó apenas la cabeza con afectada satisfacción, y dijo:

Siempre te lo dije, colega. Hay que saber administrarse”.

Era un día soleado con poco tráfico que invitaba a disfrutar manejando por el simple placer de manejar. Fueron cuarenta minutos de pura exhibición y deleite y, cuando estimó que ya era suficiente, se desvió por la avenida Boyacá; bajó por la Castellana, y se detuvo frente a la cafetería Santa Inés para brindar a su amigo un café en recompensa por su tributo de admiración. Subió los vidrios con el mando a distancia, activó la alarma con acto teatral mientras le invitaba a admirar la belleza de su línea, el brillo de su color y la originalidad de sus luces y elementos ornamentales.

Desde allí Wilmer se fue caminando y, de cuando en cuando, volvía la cabeza para retener en su retina la elegancia de aquel auto. Llegó a casa; entró en el garaje; se plantó ante su carro, del que tan orgulloso se había sentido en otro tiempo y, sintió que una fastidiosa corriente de malestar recorría todo su cuerpo. Cuanto más lo miraba mayor era su fastidio. Frente a la suavidad de aquel, la dureza del suyo; frente al confort, las incomodidades; ni interior climatizado, ni reproductor de CD, ni GPS; un simple cassette, y gracias. Cuanto más se alargaba en la contemplación de su auto, más disminuido se veía ante la exhibición de status que acababa de presenciar.

Y en su mente se prendió la calculadora. “En la cuenta bancaria tengo 100.000 bolos; por mi carro, con un poco de suerte, podría sacar unos 300.000; a poco que ahorre, en un año, otros 50.000 creo que los conseguiré; serían 450.000; justo lo que Nelson tuvo que dar de inicial”. Una ligera sonrisa de satisfacción asomó entonces a sus labios. Las matemáticas habían realizado el prodigio. No obstante, también las matemáticas de inmediato pusieron fin a su alegría: las mensualidades que tendría que pagar en el supuesto planteado equivaldrían casi al ochenta por ciento de su sueldo. E igual que en el cuento de la lechera, sus ilusiones de nuevo se fueron al suelo.

Mas, como no era hombre de rendirse fácilmente sino, más bien, propenso a ver su ingenio estimulado por las dificultades, optó por reanimarse. Recordó entonces que, en los seis meses transcurridos del año en curso, la moneda ya había sufrido dos devaluaciones, con una depreciación acumulada superior al quince por ciento, y, sin embargo, en su empresa los sueldos no habían sido modificados. “Son unos coñomadre”, pensó de sus jefes. “Todo lo quieren para ellos”. Y, en aquel mismo instante se propuso como objetivo irrenunciable conseguir un aumento de sueldo, sin el cual nunca llegaría a ahorrar la cantidad necesaria para comprar un carro igual al de su amigo. Ahora bien, como estaba convencido de que tal generosidad nunca iba a surgir espontáneamente de sus jefes, tomó la firme decisión de forzarla. ¿De qué modo? Sembrando entre sus compañeros la suficiente cizaña hasta arranacarlos de su inmovilismo y de sus miedos para reclamarar lo que era justo.

Comenzó por la secretaria, una madre joven necesitada de dinero para alimentar a sus dos hijos después de que su marido la hubiera abandonado. Sabía que el miedo a perder por un despido inclsuso lo poco que ganaba la inclinaría a seguir resignándose, mas, dado que su necesidad era real, apostó a que no le resultaría difícil excitar su ánimo y, una vez logrado, convertirla en su más eficaz instrumento para excitar la disensión en los demás compañeros. Y así resultó. Después de la segunda conversación mantenida con la joven madre abandonada, con unas cervecitas de por medio, nadie que se cruzara con ella podía librarse de su discurso acerca del hambre que pasaban sus hijos por culpa de unos desalmados jefes que, después de dos devaluaciones consecutivas de la moneda, aún no les habían subido el sueldo. “No hay derecho, enfatizaba la joven madre; están matando de hambre a mis hijos”.

Aún no había transcurrido un mes cuando dos compañeros, los más ideologizados, acudieron al jefe para solicitar un aumento de sueldo. Era el comienzo del conflicto. Pocos días después, ante la negativa, extendieron la protesta hasta una especie de huelga de brazos caídos, exteriorizada por un brazalete negro en los hombres y un lazo negro en las mujeres, cuyo efecto sería visible otro mes después. Como premio a la persistencia, hubo para todos un aumento del diez por ciento, pero al precio de que uno de los compañeros, el que más se había significado en la promoción de la protesta, fuese despedido.

Entre el diez por ciento de aumento conseguido y el quince por ciento acumulado por la inflación real mediaba un cinco por ciento que quedaría ya para siempre como pérdida real de poder adquisitivo, es decir, como empobrecimiento irrecuperable, mas, como le pareció que el aumento logrado le permitiría cuadrar los números para comprar el carro de sus sueños e igualar a su amigo en status, renunció a seguir estimulando la inconformidad de la secretaria, y de nuevo reinó en la empresa la paz laboral.

Al cabo del año comprobó de nuevo a cuánto habían ascendido sus ahorros: casi cien mil bolos; la fortuna, además, le había sonreído y había encontrado a alguien más pobre que él que aceptaba comprar su viejo carro en cuatrocientos cincuenta mil, que, sumado a los ahorros iniciales en su cuenta, totalizaban ¡seiscientos cincuenta mil! Toda una fortuna que ponía el carro de sus sueños al alcance de su mano.

Corrió a la agencia con la sonrisa en su alma, pero se encontró con la desagradable sorpresa de que la inicial mínima del treinta por ciento para poder reservar el carro soñado había ascendido a 950.000. ¡Novecientos cincuenta mil! ¡Más del doble de lo que había costado a su amigo hacía tan solo un año! ¡Después de tantos esfuerzos y sacrificios, después de tantas intrigas para conseguir el justo aumento de sueldo que costaría el despido a su compañero, aún le faltaban 300 mil bolos para conseguir el carro soñado!

Salió de la agencia con el ánimo abatido tras haber constatado que ya nunca podría equipararse a su amigo, pues nunca podría comprarse un carro igual al suyo. Su mente hervía como una caldera a vapor buscando el modo de conseguir el dinero que le faltaba para evitar su rendición en la batalla por igualarle. Por su cabeza pasaron las ideas más disparatadas, sin excluir la del robo, para lo cual su fantasía no tardó en urdir los planes más arriesgados.

Conduciendo con desgana su viejo carro por calles desconocidas y sin un rumbo fijo, inesperadamente se encontró ante la quinta de Nelson, contemplando, abatido, a través de las rejas, el carro que ya nunca podría conseguir. Mas, como si desde el principio de los tiempos aquel encuentro casual estuviera preparado por el destino, en aquel preciso instante vio salir a su amigo. Se saludaron. Wilmer justificó como pudo su presencia en el lugar, y ambos entraron en la quinta para echarse unos palitos. Al tercer whisky, y después de hablar infinitas banalidades, Wilmer confesó su desilusión:

Recuerdas de qué modo me fascinó tu carro en cuanto me subí a él el día que lo estrenaste, ¿verdad? Hice lo que me dijiste: ahorré todo el año para comprarlo; creía que había reunido ya el dinero suficiente, pero ahora cuesta más del doble; vengo de la agencia y, después de todo un año de ahorro, ahora me falta aún más plata que entonces”.

Te vendo el mío”, dijo entonces Nelson.

Wilmer pensó que no había oído aquellas palabras; que no habían entrado en su mente por los oídos sino que habían surgido directamente en ella confundiendo el deseo de oírlas con la realidad de haberlas oído. No obstante, en medio de su abatimiento, su ojos se abrieron de manera exorbitada, y su rostro se volvió hacia Nelson para exclamar:

¿De veras?”

Sí”, respondió Nelson; y, sin demora, continuó: “ya me he cansado de él; he visto otro más pequeño que me gusta más. Este es demasiado grande y no me deja sitio en el garaje para el perro. De veras; te lo vendo”.

¿Cuánto pides?”

¿Cuánto ofreces?”

Lo que tengo”.

Unos días después cerraban el trato, ambos convencidos de haber hecho un excelente negocio; Nelson había pagado por él 450.000 bolos y lo estaba vendiendo en 650.000; 200.000 bolos de ganancia después de haberlo disfrutado todo un año. Wilmer se había ahorrado 300.000 con relación a lo que hubiera tenido que pagar de haberlo comprado en la agencia; cierto que ya no era nuevo mas, para el caso, podía alegrarse tanto como si lo fuese, pues conocía bien su procedencia; sabía que su amigo había rodado poco con él y no le había maltratado; además, casi podía decir que él le había estrenado, pues había acompañado a su primer dueño en el paseo inaugural. Ni Diógenes con su linterna hubiera encontrado en toda la ciudad a un hombre más feliz en aquel momento. Había logrado un sueño imposible y a precio de gallina flaca.

Nuevamente aquel año hubo de recurrir a sus habilidades para arrancar a los jefes un nuevo aumento de sueldo que le permitiera compensar la inflación desbocada. No pensaba, claro está, en cambiar otra vez de carro, sino en vivir a un nivel de status acorde con el que ahora tenía, lo cual llevaba emparejados sus buenos gastos adicionales. Cada mañana acudía al trabajo en el carro de sus sueños; se excitaba acariciando con su mano los asientos de cuero para saborear la esquisitez de su tacto; exultaba como un niño al pulsar el botón para bajar los vidrios cada vez que entraba en un estacionamiento; cuidaba su pose para que desde el exterior pudieran envidiarle, a pesar de tener los vidrios ahumados. Todo aquello eran placeres que le hacían olvidar los sinsabores de la vida, pero limitarse a ellos equivaldría a prescindir del más genuino de los disfrutes inherentes a la posesión de aquel carro: frecuentar los lugares habituales para las personas que poseían un carro de categoría similar; un gasto que no había considerado en el momento de la compra. Y, como aquel año la inflación se había aproximado al cien por cien, la lucha para lograr el necesario aumento hubo de ser más enconada, exigiéndole mayor implicación personal, y a punto estuvo de costarle un serio revés. Al final supo resignarse a tiempo con un incremento de sesenta por ciento, inducido más por el miedo a perderlo todo que por la conformidad con la oferta.

Pero, un buen día, inesperadamente recibió en su celular una llamada de Nelson invitándole a tomar unas cervezas en la tasca que por entonces estaba de moda. Desde la compra del carro, sus encuentros se habían distanciado, como si a consecuencia de ella se hubieran intercambiado también sus respectivos status. Celebraron efusivamente el reencuentro con la narración de las correlativas novedades; conversaron largo y tendido sobre las banalidades más comunes hasta que, de forma inesperada, Nelson impuso con el gesto de su cara un largo silencio que él mismo rompió con una propuesta absolutamente sorprendente:

¿Por qué no me vendes el carro? Te lo compro”. Y sin concederle tiempo para reaccionar, añadió: “te doy dos millones”.

En modo alguno hubiera podido imaginar que aquel le había llamado para hacerle tal propuesta. ¡Dos millones! Tres veces más de lo que él había pagado! Y a duras penas, arropando sus palabras en una sonrisa de complacencia, se atrevió a decir:

¡Dos millones! ¿Y por qué quieres comprar otra vez el carro que tú mismo me vendiste?”

Bueno, justifico Nelson, porque ya me he cansado del que compré el año pasado; en realidad no resultó como yo lo había imaginado. Es más versátil, más ligero, y eso me gusta, y ocupa menos espacio en mi estacionamiento, pero echo de menos el confort y el señorío de éste. Además, el perro se murió y pensé que si el espacio en el garaje estuviera ocupado me acordaría menos de él”.

¿Y por qué no compras otro nuevo?”, objetó Wilmer.

Bueno, verás, tartamudeó Nelson. Es que añoro ese, ¿sabes? Yo lo estrené y, ya me entiendes; uno se encariña con ciertas cosas”.

Razones verosímiles para ocultar la verdadera razón: nuevo costaba cinco millones y solo tenía dos. Wilmer le pidió unos días para pensarlo y, al final, accedió, deslumbrado por el millón y medio de “ganancia” que obtendría y que, a la hora de la verdad, solo le daría para comprar otro carro de rango muy inferior.

Todavía dos veces más el carro cambiaría de manos, de Nelson a Wilmer y de Wilmer a Nelson, a precios cada vez más distantes del que éste había pagado en su primera compra y también del valor que en el momento alcanzaba en la agencia. Hasta que un día Nelson se acercó a Wilmer con el propósito de comprarle de nuevo el carro y se encontró con la gran desilusión.

Lo siento, pero no puede ser, replicó Wilmer. Mi esposa lo chocó y la compañía de seguros lo dio como pérdida total”.

A causa del disgusto, en un primer momento, el rostro de Nelson se volvió pálido como la leche, mas, paulatinamente fue recuperando color hasta enrojecer de ira como las cerezas, y finalmente explotó:

¡Cómo pudiste echarme esa vaina! ¡Es que no pensaste en el negocio que ambos hemos venido haciendo estos años! La última vez te lo vendí en nueve millones y cuando lo compré nuevo en la agencia me había costado tan solo cuatrocientos cincuenta mil. Más de ocho millones y medio de ganancia. ¿Te das cuenta?”

Lo sé, replicó Wilmer. Yo nunca se lo había dejado manejar a mi esposa, pero aquel día me echó un cuento y… ocurrió la desgracia”.

¿Sabes cuánto pensaba darte ahora por el carro?”

¿Cuánto?”

¡Quince millones!”

Los ojos de Wilmer comenzaron a danzar dentro de sus órbitas y su cerebro a hervir con la impresión.

¿Quince millones? De veras que lo siento. El seguro solo me pagó seis”.

¿Y qué compro yo ahora con quince millones? ¿Ah? ¿Cómo puedo ahora conseguir otro carro como ese si nuevo cuesta cuarenta y cinco?”

Los reproches y los lamentos continuaron por varias horas. Estaban en la casa de Wilmer con un botella de whisky delante que iba de una mano a la otra como antes había ido el carro. Cuando la botella se acabó, el anfitrión sorprendió a su colega con una insólita oferta:

Te vendo la botella”.

Está vacía”.

No, compadre; está usada como el carro que tú me vendiste. Para comprarla nueva ya no alcanza el real. ¿Sabes cuanto cuesta hoy?”

¿Cuánto?”

Doscientos noventa mil bolos; lo que me costó nuevo el carro que vendí para comprarte el tuyo”.

A duras penas consiguió llevar a la boca el vaso que ya estaba vacío como si quisiera apurarlo; acto seguido acercó la botella a su ojo para ver si aún quedaba algo en el fondo; la alzó hasta situarla en posición horizontal como si fuese un catalejo y, riendo, dijo:

No se ve nada”.

Con gran esfuerzo, Nelson, consiguió extender su brazo hasta la altura de los ojos, y súbitamente lo dejó caer sobre la mesa como el juez que dicta sentencia:

¡Qué gran negocio, compadre!; y, con voz estropajosa, añadió: redondo como esa botella”.

Y soltó una carcajada de borracho, a la que se unió su colega golpeando reiteradamente la mesa con ambas manos como suprema expresión de felicidad.

Caracas, 10 de Octubre de 2007

Nota: A quienes nunca hayan vivido con una inflación del orden del cien por cien anual, quizá les haya sorprendido este cuento; quienes la hayan padecido, sin duda, lo comprenden.

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de gmarcelo

    gmarcelo

    31 mayo, 2017

    Me gustó la historia GERMÁNLAGE, y en algún punto me recordó a mi país. Mi voto desde Buenos Aires.

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      31 mayo, 2017

      Gracias, Gmarcelo, por tu lectura y tu comentario.
      Aunque el país en el que yo sufrí la experienca que me inspiró este relato no fue Argentina, allá por el año 91, cuando yo la visité, la inflación aún difería poco de la que se describe.
      Mi cordial saludo.

  2. Imagen de perfil de Sol

    Sol

    31 mayo, 2017

    Es una experiencia por la que no he pasado.
    Es completamente irracional. Gracias por compartirlo
    Un saludo

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      GermánLage

      31 mayo, 2017

      Cierto, Sol; es irracional, pero, en algunos países está ocurriedo hoy mismo. Yo sí viví esa experiencia. Es terrible estar en la cola de un banco para depositar un cheque y comprobar que, al llegar a la taquilla, ya has perdudo el cinco por ciento o más.
      Un cordial saludo.

  3. Imagen de perfil de Charlotte

    Charlotte

    31 mayo, 2017

    Tu cuento es más esclarecedor que la mejor clase de economía para entender la inflación. Un magnífico cuento, querido Germán. Un fuerte abrazo

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      31 mayo, 2017

      Gracias, Ana, por tu lectura y por tu amable comentario.
      Un fuerte abrazo.

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    Mabel

    31 mayo, 2017

    ¡Extraordinario Cuento! Un abrazo Germán y mi voto desde Andalucía

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      31 mayo, 2017

      Hola, Mabel; gracias por estar siempre ahí con tu lectura y tus comentarios tan generosos.
      Un fuerte abrazo.

  5. Imagen de perfil de Manger

    Manger

    1 junio, 2017

    Genial retrato en plan irónico-crítico de las preocupaciones a que nos llevan las fluctuaciones de la economía, en este caso llevado al absurdo, querido tocayo, aunque -como cuentas con mucha verdad- así esté ocurriendo de esa forma tan rotunda en algunos paises. Polìticos y “tiburones” tienen mucho que ver con eso, y las personas de a pie somos los que pagamos las consecuencias. Un relato desarrollado con mucha maestría y originalidad. Te mando mis felicitaciones y mis saludos más cordiales.

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      1 junio, 2017

      Gracias, tocayo, por leerme una vez más y por tu interesante comentario.
      Respecto a que los políticos y los “tiburones” tienen mucho que ver con eso, de acuerdo, mas, sin olvidar que algún premio Nóbel de economía defiende la devaluación de la moneda como solución a los problemas económicos, y que algunos promueven abandonar el Euro porque impide a los gobernantes devaluar las monedas de sus respectivos países integrados en la UE. Se ve que ni unos ni otros fueron nunca víctimas de la inflación.
      Un fuerte abrazo, Tocayo.

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    gonzalez

    1 junio, 2017

    Coincido totalmente, Germán. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      1 junio, 2017

      Gracias, González, por tu lectura y por tu amable comentario.
      Un fuerte abrazo.

  7. Ébou.Riffé

    1 junio, 2017

    Germán;
    Que gusto encontrarme hoy con un nuevo texto tuyo.
    Si bien te enfocas en la inflación del 100% para situar tu historia en Venezuela, la que para este 2107 se proyecta a un 720% que es como una dimensión desconocida para mí. Acá en Chile alcanza en este año un promedio del 2,7%. Pero son fríos números, más allá de eso me quedo con el conflicto de Nelson que no es propio de ningún país. Tanta gente pretendiendo TENER MÁS a costa de su propia autodestrucción. Ganar 500 para pagar en cuotas 480, obviamente el resultado no es otro que el infierno. Intentar SER MÁS debiera ser la solución. No puedo culpar a Nelson ni a Wilmer, quizás todos, unos más, otros menos, hemos sentido esa “necesidad” de tener lo que nos venden.
    Me ha encantado y cuándo solté la sonrisa fue con el “te vendo la botella”, un guiño al absurdo que por lo demás es el género teatral que más me gusta,
    Un placer Germán, por último cuando leía la historia pensaba en si Neslon tenía, o no, familia (como si la tenía Wilmer), porque ya imagino las consecuencias cotidianas, familiares, de vivir sumido en esa dependencia por tener más.
    Un abrazo!

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      2 junio, 2017

      Gracias, Ébou, por tu extenso comentario, que indica que has leído el texto con detenimiento.
      Comenzando por el final, decir que ni Nelson ni Wimer tenían familia. Los modelos que estaban en mi mente al escribir esta historia eran dos típicos “carajitos sifrinos”, hijos de la “Venezuela Saudita”, que no acababan de enterarse de que aquella Venezuela regada por los petrodólares ya no existía. De todos modos, como tú bien sugieres, el relato pretende tener resonancias más universales.
      Un fuerte abrazo, Ébou.

  8. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    1 junio, 2017

    Gracias, Ébou, por tu extenso comentario, que indica que has leído el texto con detenimiento.
    Comenzando por el final, decir que ni Nelson ni Wimer tenían familia. Los modelos que estaban en mi mente al escribir esta historia eran dos típicos “carajitos sifrinos”, hijos de la “Venezuela Saudita”, que no acababan de enterarse de que aquella Venezuela regada por los petrodólares ya nonexistía. De todos modos, como tú bien sugieres, el relato pretende tener resonancias más universales.
    Un fuerte abrazo, Ébou.

  9. Lourdes

    4 junio, 2017

    Querido Germán, como siempre me ha encantado tu texto, y como siempre haces una crítica social, ácida e irónica que va arrastrándote a lo largo de toda la historia, porque como siempre digo, eres un maestro de la narrativa. La economía no es mi fuerte, aunque un poco si entiendo de la inflación y devaluación de a moneda o la especulación, pero me ha llamado la atención, sobre todo, como Wilmer (lo siento, pero no me gustan los nombres en inglés o lo que sea..) manipula a sus compañeros para conseguir sus objetivos, y no por una cuestión de justicia social, si no más bien por una cuestión de capricho e interés propio. Un tipejo el tal Wilmer…
    Una locura…es una historia surrealista totalmente.
    Un abrazo enorme, con mi voto, por supuesto

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      4 junio, 2017

      Hola, Lourdes; gracias por leerme una vez más y por tu comentario tan sincero como interesante.
      Respecto a los nombres de los personajes, déjame decirte que el texto fue escrito en Caracas, y allá los nombres de Wilmer o Nelson son tan comunes como en España los de Antonio o Manolo.
      Un fuerte abrazo, a la espera de poder disfrutar de un nuevo texto tuyo.

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