Palabra de hombre ®

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Cerró el paraguas y se dispuso a tomar el tren que en esos momentos hacía su entrada en la estación. La madrugada se había despertado lluviosa y antipática; como tantas veces, la gente se agolpaba en el andén molestándose unos a otros, incluso dedicándose silenciosos improperios entre los dientes. Mientras, la lluvia caía con fuerza y todos pretendían entrar a un tiempo en los vagones sin importarles lo más mínimo los empujones y malos modos.

Últimamente había cubierto ese trayecto en varias ocasiones de una forma rutinaria, desde Queens hasta New York City; poco le importaba ya la fría intolerancia del gentío, se había acostumbrado a fuerza de mentalizarse a soportarlo.

Frank se calificaba a sí mismo como uno de esos profesionales que hacen de su trabajo el objeto finalista de su vida; hasta hacía una semana, nada ni nadie le había impedido jamás terminar su cometido de la manera más limpia. De joven, McPherson, su mentor (aquel hombre que tanto le hizo parecerse a él) le había repetido hasta la saciedad aquella frase que nunca dejó de rondarle en el cerebro:

–«… Un hombre se viste por los pies; no olvides que en esta puta vida quien deja de cumplir su palabra acaba convirtiéndose en siervo de sus incumplimientos; más tarde o más temprano, siempre hay alguien que viene a exigirte el compromiso, de una manera o de otra, y quizás no te gusten mucho las consecuencias…».

Después de estas contundentes palabras, McPherson seguía montando las piezas ya engrasadas de su treinta y ocho y se quedaba observando en silencio la pequeña lámpara de techo que iluminaba de forma mortecina la estancia. Entonces se contrastaban al máximo sus cejas y la profunda cicatriz de la cara… Eran todo un símbolo de su carácter.

Frank no lo podía olvidar… Aquel consejo se le quedó grabado en la mente hasta convertirse en el axioma central de su existencia.

Absorto en estos pensamientos, se hizo por fin con un hueco en el vagón frente a un individuo que apestaba a alcohol; era un negro alto y fornido, quizás de dos metros de estatura, y medio dormitaba recostando su cabeza en el hombro de su inmediato vecino, otro individuo de color que exhalaba la misma peste que él. Frank se quitó el sombrero, se sentó al lado de éste último y recostó la nuca sobre el cabezal del asiento para rememorar de nuevo con fastidio las doce horas anteriores.

El mensaje del contestador era claro y exigente:

–«Mañana, a las 06:30 a.m., desde el último piso del Empire State Building… Que parezca un suicidio… No faltes. Cuando llegues allí, me llamas por el celular y me confirmas el encargo…».

Siempre la misma voz… Dejaba aquellos mensajes llenos de odio y de venganza, reclamando vidas…

Pero el cliente siempre tiene razón -se dijo.

Después de colgar y escuchar el mensaje por enésima vez, estuvo dudando en mandar a la puta mierda todo aquel tinglado asqueroso… Estaba harto, debía dejar aquello lo antes posible. Aún recordaba su fallo anterior, y eso significaba que había llegado el momento de tomar definitivamente otro camino.

Él mismo se extrañaba de no haber podido cumplir, como siempre había hecho. Pero aquel hombre le había parecido una buena persona; después de sus primeras indagaciones llegó a la conclusión de que su inmenso pecado había consistido en no devolver a tiempo una ridícula deuda de juego por importe de poco más de doscientos asquerosos dólares.

No le pareció un motivo suficiente y, aunque él cobraba tres mil quinientos por pieza, esta vez no le importó perderlos, se permitió juzgar que la causa no era suficiente. Aún no se lo explicaba. Él jamás había faltado a su obligación, era un hombre de palabra, no llegaba a entender cómo pudo caer en esa absurda blandenguería…

El del teléfono le había facilitado -como ahora también- el lugar, la fecha y la hora exacta. Nada hacía esperar su errónea decisión. Él siempre estaba preparado; le vio a través del zoom tras el cristal de la ventana, sentado y relajado en el sofá junto a su esposa e hijo, y le entró un súbito escalofrío… No pudo hacerlo, su cerebro le mandó un mensaje de repudio y poco a poco fue levantando la presión de su dedo sobre el frío gatillo de la Remington 700.

Sabía que fue un error imperdonable; él no debió juzgar nada, absolutamente nada. Debía comunicárselo al cliente y dar el asunto por terminado, pero era consciente de que todo se volvería en su contra.

La conversación telefónica habría sido muy breve:

–«Este asunto no me interesa… He decidido no hacerlo; busque a otro. Lo siento…».

Esa noche anterior había descolgado el auricular y marcó, como siempre, el 555-6566; recibió el repetitivo sonido de estar comunicando. Insistió varias veces y seguía el insistente bip, bip, bip… Hasta que se cansó de esperar.

–«Lo haré después… Siempre que llamo desde casa, está el cabrón comunicando… Le llamaré de camino por el celular…» -se dijo, y había colgado.

Salió de su ensimismamiento y se bajó en la estación más cercana al Empire. Haría el resto a pie. La lluvia casi había dejado paso a un amanecer más tranquilo, estaba dando sus últimos coletazos y su fina intermitencia no le impedía caminar por el bulevar sin necesidad de abrir de nuevo el paraguas. Observó la lumínica cadencia de los cambios de color en los semáforos y las anaranjadas proyecciones de las farolas sobre el asfalto humedecido; le pareció surrealista el reflejo de esas luces en los charcos, doblándose de forma rítmica en cruzados y animados zigzags, sus extraños dibujos alternando en colores de verde prado, de sangre y fuegos… Por un momento, se sintió trasladado a un mundo irreal de sueños absurdos e inexplicables.

Agradeció la llegada de esos fotogramas; dejar correr sus pensamientos en esa dirección -la de los sueños abstractos- le servía de terapia y concentraban su atención cuando notaba que el “otro yo” intentaba dominarle.

Llegó a la Quinta Avenida y divisó el rascacielos. Miró su reloj y se sintió satisfecho; marcaba las 06.25, siempre había sido un hombre puntual y esta vez no iba ser la excepción.

Apuró los pasos, entró y saludó a uno de los conserjes con un lacónico “hola” y tomó el ascensor. Estaba solo y pulsó el botón del último piso. Al llegar a la planta 102 se abrieron las puertas y salió al rellano; se acercó hasta el mirador, sacó el celular y marcó el número de siempre…

–«Espero que esta vez no comunique, el muy cabrón…» -se dijo, y después de cinco pitidos saltó el contestador:

─Has llamado al 555-6566, residencia de McPherson… Deja tu recado después de la señal… –se oyó la voz de Frank en el frío mensaje.

─Sí, Frank… ¡Ejecuta el encargo inmediatamente!… –dejó grabado su último recado…

Todo fue muy rápido… Mientras caía desde más de trescientos metros de altura, se carcajeaba como un loco dando manotazos y tarareando la letra de New York, New York…

Cuando sobrepasó el piso veintiséis, un único pensamiento rondó repetidamente por su mente hasta su encuentro con la acera:

–«… Odio a los malditos incumplidores… Odio a los malditos incumplidores… Odio a los malditos incumplidores…».

Frank McPherson –aunque loco de atar- siempre fue un hombre de palabra.

 

 

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Desafinado

    Desafinado

    11 mayo, 2017

    Me ha encantado tu cuento. Un estilo muy profesional. Algunas descripciones brillantes y una historia fantástica. Tienes mi voto.

    • Manger

      13 mayo, 2017

      Muy agradecido por tu comentario, amigo escritor, pero sobre todo por tu tiempo. Te mando un cordial saludo.

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    11 mayo, 2017

    ¡Excelente historia! Un abrazo Germán y mi voto desde Andalucía

    • Manger

      13 mayo, 2017

      Muchas gracias por tu tiempo, estimada Mabel. Un abrazo.

  3. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    11 mayo, 2017

    Como siempre, tocayo, magistral, sin que al falte al final la sorpresa.
    Mi abrazo y mi voto.

    • Manger

      13 mayo, 2017

      Agradecido por tus siempre amables palabras, querido tocayo. Procuraré esmerarme más. Por cierto: estamos esperando con impaciencia tus próximos textos. Te mando un fuerte abrazo.

  4. Imagen de perfil de Charlotte

    Charlotte

    12 mayo, 2017

    Todavía siento escalofríos al ver hasta dónde te puede llevar la palabra dada. Un cuento que sorprende con un final inesperado, narrado con tu estilo maravilloso, limpio, sin hacer concesiones a la sensiblería. Un abrazo y mis felicitaciones

    • Manger

      13 mayo, 2017

      Muy agradecido, amiga escritora; siempre tan amable y condescendiente con mis fallos. Un fuerte abrazo.

  5. Imagen de perfil de Ninfasu

    Ninfasu

    12 mayo, 2017

    Me gusta el ritmo con el que lo has escrito, muy fluido y el giro del final es muy bueno. Felicidades Manger :)

    • Manger

      13 mayo, 2017

      Gracias, Susana, por pasarte a leer y comentar. Te mando mis saludos más cordiales.

  6. Imagen de perfil de gonzalez

    gonzalez

    12 mayo, 2017

    Me gustó mucho, Manger. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

    • Manger

      13 mayo, 2017

      Muchas gracias, amigo González. Te tengo abandonado últimamente, pero enmendaré mi desidia muy pronto. Un abrazo.

  7. Manger

    13 mayo, 2017

    Gracias también a los que pasaron silenciosamente por el texto para apoyarlo. Os mando un fuerte abrazo.

  8. Manger

    16 mayo, 2017

    Muchas gracias por pasarte a leer, amigo Joaquín Esteban. Mis saludos cordiales.

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