Te vi, mediodía de otoño, con tu pelo revuelto del color de las hojas secas que alfombraban las calles de Buenos Aires. La mirada perdida buscaba del otro lado del cristal lo que no encontraba en tu interior, pero que yo había descubierto hacía tiempo: fuego, belleza salvaje, inspiración. La mano izquierda dibujaba, borraba y dibujaba otra vez el contorno de esos labios que yo quería pintar con besos; la mano derecha, en tanto, daba vida a un concierto de piano en el aire, en silencio, colándose entre las conversaciones del resto de los comensales y los ruidos de la cocina del restaurante donde almorzabas, como cada lunes.
Hacía dos meses que yo trabajaba en ese lugar, por eso sabía de memoria tu rutina. Elegías siempre la mesa siete, la del rincón con vistas a la avenida Caseros, ordenabas el wok de pollo con vegetales, una botella de agua mineral con gas, una copa de cabernet sauvignon y peras con chocolate como postre. Tu voz tan suave, tan dulce, traía a mi mente los algodones de azúcar que cuando era niña comía los domingos por la tarde. Sin decir otra palabra, sin esperar a que me retirara después de tomar el pedido, sacabas del bolsillo del saco (bolsillo que se escondía a la altura del corazón, como salvaguardando un tesoro) una pequeña libreta forrada en cuero marrón y una pluma.
Pronto descubrí que componías y que mientras lo hacías te llevabas de forma inconsciente la mano a los labios, mordías las yemas de los dedos, y cuando dabas con la nota justa abrías la boca y cerrabas los ojos. Ojos que adivinaba castaños, como las almendras tostadas, porque nunca los elevabas en mi presencia, y yo me sentía invisible y cercana, como si fuera tu aura. Servía la comida con una sonrisa, esperando que me correspondieras, pero eso nunca ocurría, dabas las gracias aún mirando la hoja garabateada y asentías con la cabeza. Al cabo de una o dos horas te ponías de pie, guardabas la libreta y la pluma y dejabas un par de billetes debajo del plato. Mientras limpiaba la mesa te veía cruzar la avenida, perderte camino a San Telmo, y soñaba dormir y despertar el próximo lunes, justo a tiempo para verte entrar en el restaurante y escoger como al azar la mesa siete.
Un mediodía en que el frío calaba los huesos y agrietaba los labios, dejé las peras con chocolate delante del cuaderno. Al tiempo que recogía el otro plato, saboreaste el postre entrecerrando los ojos y cuando me miraste, por primera vez, juré que la tierra detuvo su rotación unos instantes.
—Saben igual a las que hacía mi abuela.
Sonreí, incapaz de encontrar mi voz, y me dirigí a la cocina. Después de un rato te vi cruzar la avenida y perderte camino a San Telmo. Fueron pasando las semanas, lentas pero rápidamente, y en cada mediodía había un gesto nuevo, diferente, una mirada, una sonrisa, un pensamiento dejado en libertad en voz alta. Entonces llegó la primavera y me preguntaste si había oído a Debussy, si leía a Chéjov, si tenía planes para esa noche. Entonces comenzó de verdad nuestra historia.





GermánLage
Hola, Magali. La verdad es que nunca probé las peras con chocolate, pero te prometo que lo haré, aunque solo sea para comprobar si su sabor es tan agradable como el de la prosa de este relato que acabo de leer por tecera vez; y no creo que sea porque alguna vez yo también escribí música en un restaurante como tu personaje, sino, sencillamente porque es muy hermoso.
Un fuerte abrazo y un merecidísimo voto.
Magali.Barletta
Lo diferente, y a veces a simple vista extraño, puede ser fantástico. Como las peras con chocolate en otoño, o el muchacho del relato.
Muchas gracias Germán por regalarme un poco de tu tiempo y tus palabras. Un abrazo.
Ninfasu
Me gusta la dulzura de tu relato. Un saludo, Magali.
Magali.Barletta
¡Gracias! Otro para ti 🙂
Manger
Hola, Magali; hacía un tiempo que no se te veía por Falsaria. Me alegra mucho volver a leerte y encontrarme con esta joya romántica tan bien escrita. Mis felicitaciones y espero con impaciencia el siguiente. Un abrazo.
Magali.Barletta
Me hace feliz estar de vuelta y encontrarme con amigos como vos. Gracias por leer y comentar. Un abrazo.
Sol
Muy bonito, Magali. Mi voto y mi saludo
Luis
Muy hermoso, Magali. Un punto de vista particular el vuestro. La de observadora y espectadora de las escenas cotidianas de la vida. Es nostálgico y bello tu relato. Un abrazo, mi voto!
Mabel
Muy buena historia. Un abrazo Magali y mi voto desde Andalucía
YCAN
Hermosísimo relato, Magali y una vez leído, es imposible no escucar, internamente, el claro de luna de Debussy y no pensar en las antiparras de Chéjov. Bellísimo y exquisito relato. Saludos.
Magali.Barletta
Muchísimas gracias a todos por su tiempo y palabras. Los abrazo fuerte.
Iván.Aquino L.
Excelente texto felicidades va mi voto. saludos.
LU
Un texto muy hermoso. Enhorabuena. Saludos.
gmarcelo
Me gustó mucho. Mi voto acompaña.