(QUITAME LA PIEL relata la vida de Danniel, un adolescente enamorado hasta las trancas de Adrian, un chico más mayor que él que le introduce en el oscuro, llamativo y confuso mundo nocturno, donde las drogas el amor y la violencia consiguen atrapar a Danniel.)
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No sé cuando me di cuenta de que vivía en una especie de ensimismamiento romántico. Tampoco me acuerdo de cuando pasé a ser una posesión, una herramienta y un cebo. Creo que quizá fue en el preciso instante que desperté y nada me dolía. Pero claro, nada duele bajo el amparo de su abrazo, más dulce que el cloroformo.
Danniel 2007
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Empecé a estar agobiada cuando bajé la ventanilla del coche en el aparcamiento, frente al cartel luminoso de un edificio pequeño y apartado del centro urbano. Losing My Religion, de R.E.M, sonaba suavemente en la radio, en uno de aquellas emisoras nocturnas que repasaba los hits de los ochenta y noventa. Aunque no estaba de humor, no pude evitar tararear el estribillo mentalmente. De alguna forma me ayudó a relajarme.
Afuera del vehículo, la noche se me antojaba oscura y fresca. El asfalto resplandecía húmedo por la lluvia que unas horas antes había mojado la ciudad y se podía escuchar la marea mecerse junto al canal de Zeeburg apenas a unos cien metros del coche. Miré el edificio de enfrente, en cuya fachada, dos agentes custodiaban desenfadadamente una gran puerta de cristal.
—Por favor… que esté bien… —deseé interiormente. Inspiré hondo antes de empujar la puerta del conductor.
Siete años… pensé con el corazón desbocado recorriendo aquel solitario parking al aire libre. Di unas cuantas zancadas hasta encontrarme con los dos policías que me saludaron educadamente antes de abrirme la puerta.
El lugar estaba iluminado por recias lámparas blancas que se reflejaba en las paredes y en el linóleo del suelo. No había casi gente, y eso que hizo que el ruido del teléfono que no paraba de sonar, fuera ininterrumpido y molesto.
Pude ver por encima de una mesa de oficina, un grupo de hombres uniformados tomando un café mientras reían. La única mujer del grupo estaba batiendo un pulso con el compañero más joven y parecía que le estaba ganando, vitoreada por los demás hombres. Desvié la vista hasta el centro de la sala que lo presidía una vitrina de madera y cristal. Adentro, una señora baja con unas gafas redondas me evaluó detenidamente mientras me acercaba.
Me apoyé en el mostrador, apartándome el pelo de la cara y tratando de parecer más serena de lo que realmente me sentía.
—Ho…Hola —dije al llegar, sonriendo un poco. La señora me miró aletargada, con los ojos entrecerrados—. Hola, buenas.
—Buenas noches. ¿Qué quiere? —respondió reacia.
Inspiré hondo articulando las palabras en mi garganta.
—Me han llamado hace una hora más o menos —hice una pausa, sin saber muy bien qué decir—, tengo que venir a recoger a un… familiar.
La mujer se me quedó mirando un largo rato. Tenía los ojos muy redondos, escépticos. En su cabeza, una mata de pelo pelirrojo se arremolinaba en un moño alto.
—Sí, bien… ¿A quién viene a recoger? —preguntó mientras examinaba unas fichas que tenía abajo y que yo no podía ver. Luego consultó un ordenador detrás suyo, un equipo de esperando mi respuesta.
—Vengo por Danniel Bakker. Me llamo Eline Evers
—Ah, sí —meneó un bolígrafo sobre unas carpetas sin levantar la vista—. Señorita Eline Evers ¿me deja su documento de identificación?
Tardé un par de segundos en responder, pero finalmente reaccioné y busqué mi pasaporte y el documento de identificación por el bolso, se lo entregué un minuto más tarde, después de esparcir las llaves y parte de mi maquillaje encima del mostrador.
—Muy bien —dijo la mujer al examinarlo—. Tiene que rellenar papeleo antes de que se lo lleve, firme aquí… muy bien… Siga por ese pasillo y espere en la primera sala.
Obedecí.
Durante más de media hora, me tuvieron rellenando formularios y excedencias hasta que finalmente un policía me indicó que le siguiese y me llevó a una amplia sala llena de mesas y sillas iluminada intensamente. En medio de la sala pude ver la silueta de un joven flacucho con el cabello rubio cortado de forma desigual.
Danniel
Sin pensarlo dos veces, me acerqué con lentitud observando los mínimos movimientos que hacía el muchacho, que parecía adormilado en la silla gris. Cuando conseguí sentarme enfrente de él, el mundo me cayó encima de pena y de remordimiento. Me quedé inmóvil, intentando rescatar el recuerdo que quedaba en mi memoria, intentando que esa imagen no fuera suplantada por lo que estaba viendo. Dos ojos sombríos y tristes se posaron en mí durante más de un minuto.
—¿Qué pasa Eline? —rió enseñándome unos dientes mal cuidados, advertí que le faltaba medio colmillo—. Parece que no te alegres de verme.
Me costó abrir los labios, estaba estupefacta.
—Pensaba… —suspiré—. Pensaba que tendrías… que tendrías el mismo aspecto que… antes.
Danniel volvió a reír y se me rompió el corazón al verlo tan decrepito. Se le notaban las venas en los brazos, llenos de heridas y punzadas.
—No iba a ser adolescente para siempre, gracias a Dios —soltó en una afligida carcajada—. Yo también te noto cambiada, gracias a Dios has dejado de usar esa colonia de vainilla tan asquerosa.
Miré a Danniel entre estupefacta y decepcionada. Aunque sólo hice notar en mi rostro el gran asqueo que me provocaba todo aquello. Danniel estaba irreconocible con todos aquellos restos de maquillaje en la cara. Aún así, podía reconocer su suave cara ovalada, su nariz pequeña y su inquisitiva mirada, empañada de azul celeste por la sombra de ojos. No conservaba el pelo rubio y lacio por debajo de las orejas como antaño, en su lugar lucía una mata de pelo descuidado y grasoso. Me miró con un gesto aburrido.
—¿Llevas un chicle, Eline? —me preguntó mientras movía la pierna, la verdad es que parecía nervioso aunque su expresión se mantuviese pasiva—. Hace días que no me lavo los dientes.
Tardé en contestar, un poco fuera de lugar, pero abrí el bolso que llevaba sobre el regazo y saqué unos chicles.
—También te he traído también tabaco, unas toallitas húmedas y ropa vieja de Gerrit —mientras lo iba depositando sobre la mesa, interponiendo los objetos enfrente de ambos—. No sabía realmente qué podías necesitar… —intenté sonar de lo más compasiva, pero se me notó un matiz de rabia en la voz.
Danniel escupió una risita. No, no era el chico bueno y dulce que vivía al lado de mi casa. Ese Danniel, estaba muerto.
—Gerrit…¿Es tu novio? —preguntó alcanzando los chicles y las toallitas húmedas. Tenía las manos y los brazos blancos y flacos. Abrió el paquete y se limpió la cara con una de las toallitas—. Pensaba que a estas alturas, teniendo una niña, ya te abrías casado con alguien.
Me encogí de hombros. El rostro de Danniel se vio terriblemente estropeado cuando se liberó de todo el maquillaje. Tenía unas ojeras moradas y heridas sobre el labio y la ceja. Aún así, seguía teniendo unas facciones preciosas y andróginas.
—Aún no, pero tenemos una fecha prevista. Es para dentro de un año, cuando nos mudemos a Berlín—me aparté un mechón de cabello de la cara—. Puedes venir, si puedes.
Danniel mascó el chicle y se encogió en la silla, me recordó a cuando estábamos en clase, se solía sentar igual. Luego dio un vistazo a la comisaría.
—Probablemente esté muerto —sonrió maliciosamente, no sé si bromeó o lo dijo enserio—. Pero me encantaría asistir a tu boda, nunca creí que te casarías —confesó riéndose—. Aunque lo de la niña sí que lo imaginaba, tanto chico del videoclub y novillos. ¿Fuiste a la universidad o algo?
Negué con la cabeza.
—Creo que te conté que me dejaría los estudios en cuanto pudiese —me reí—. Cuando me mudé, acabé de estudiar Alemán y al año siguiente me puse a trabajar de recepcionista en un hotel. Bueno, sigo trabajando allí.
—Sabía que te las arreglarías —hizo una larga pausa en la que me dedicó una gran sonrisa sincera—. Gracias por el dinero. Te lo devolveré en cuanto pueda.
Apreté los labios, sin querer preguntar demasiado, pero finalmente me incliné un poco sobre la mesa y le miré con atención.
—Danniel… como te dije por teléfono, puedes contar conmigo —sostuve—. Déjame ayudarte.
Danniel contrajo el rostro y apartó los ojos. Parecía incómodo. Se mordió el labio para evitar llorar, pero no evitó que se resbalara una lágrima. Se la limpió rápidamente, esparciendo los restos de pintura que llevaba bajo las pestañas.
—Estoy bien, Eline —dijo tan forzado que bufé—. Estoy bien…
Apreté mi mano cálida contra la suya, fría y seca. Danniel me miró a los ojos, con esos ojos puros y relucientes llenos de afecto. El Danniel que vivía al lado de mi casa seguía vivo dentro de aquel aspecto tan corrompido.
—Te hemos pagado la fianza. Ahora me perteneces —sostuve con un tono muy serio—. Podrías venir a vivir conmigo hasta que todo se arregle… Cuando mejores podrías ir a hablar con tus padres…
Danniel me soltó la mano y se le llevó al corazón como si se hubiera quemado. Su mirada se perdió por el suelo, azorado.
—No… no puedo—murmuró entrecortadamente—. No puedo ir… Si vuelve y ve que… —se mordió el labio—, y ve que no estoy… seguro que me está llamado…
Enfurecí. Sabía que hablaba de él.
—No, no ha vuelto —le dije. Danniel me miró muy expectante, inmóvil—. He pasado por tu piso antes de llegar hasta aquí. No me respondió nadie —inspiré hondo—. Así que te vas a venir conmigo unas semanas, no le diremos a nadie que estás conmigo, así podrás centrarte en recuperarte.
Danniel se quedó quieto mucho rato, pareciendo asimilar la información que acababa de darle y poco a poco bajó la cabeza hasta mirarse las manos. Esperé paciente hasta que vi lo que me pareció un amago de asentir.
—¡Muy bien! —di un golpe entusiasta en la mesa, los policías me miraron—. Venga, cámbiate, te espero fuera arreglando el papeleo… Ya verás, mi piso te va a encantar.
Danniel tomó la ropa y fue al baño custodiado por un guardia. Yo me quedé rezagada en el asiento, llena de sentimientos contradictorios.
Hacía cinco años que no sabía nada de Danniel. Ahora que lo miraba bien, me resultaba un completo desconocido y distaba mucho de aquel chico de quince años que iba conmigo a clase. Pero, bajo aquellas capas de ropa extravagante y detrás de aquella mirada aborrecida, se escondía mi mejor amigo. Lo sabía. De ninguna manera iba a dejar que Danniel volviese con aquel individuo… No. No le iba a dejar.
Cuando Danniel se cambió y salió del baño esbocé una sonrisa jocosa. La ropa le venía muy holgada porque Danniel siempre había sido muy flacucho, pero aquello le hacía parecer un adolescente en pleno crecimiento, igual de joven que la última vez que le vi. Al salir de la comisaría, le tuve que hacer un dobladillo a los pantalones de Gerrit para que Danniel caminase sin arrastrarlos.
Llevaba en la espalda una mochila muy vieja, de color marrón, llena de remaches. No me dejó tocarla en ningún momento, ni si quiera cuando llegamos al aparcamiento y abrí el maletero. Se quedó mirando a todas partes, como si el cielo, los edificios y el calzado de la carretera fuesen totalmente nuevos para él.
—¿No quieres dejar la mochila aquí? —insistí señalando el maletero—. No vas a estar cómodo con ella delante.
Danniel negó con la cabeza y amarró las asas con fuerza. Si seguía cogiéndolas con tanto ahínco acabaría por romperla.
—No. Gracias —respondió secamente.
Me encogí de hombros tratando de ser lo más natural posible. Aunque no era parte de mi rutina recoger a viejos amigos drogatas. Le miré desconfiada, pero a la vez con miedo de que quisiese escapar y alejarse en cualquier momento. Era extraño, pero me sentía responsable de él, me sentía francamente en deuda.
—¿Estás bien? —me preocupé con tono dulce cuando se sentó en el asiento del copiloto.
Danniel se puso el cinturón sonriendo y luego sacó un cigarrillo mientras yo metía las llaves en el contacto.
—¿Puedo fumar aquí dentro? —me preguntó con el cigarro ya entre los labios. Sus ojeras se acentuaron dentro del coche, casi desdibujaban su mirada.
—Ahm, sí, claro. Abre la ventanilla —lo hizo—. Enciéndeme uno y pásamelo, por favor.
—¿Fumas?
Suspiré.
—La verdad, no. Pero estoy muy ansiosa para rechazar uno.
Se encogió de hombros satisfecho con mi respuesta y me pasó un cigarrillo cuando arranqué el motor, que rugió competente mientras el aire caliente aclimataba el ambiente. Cuando Danniel pegó la primera calada noté que sus manos temblaban y su mirada se perdía entre los charcos del parking. Sabía que iba a preguntar algo.
—Vamos a ir ¿a nuestro…? —hizo una larga pausa para corregir el pronombre—. ¿A mi piso?
Dudé. No sabía bien qué responder. Apreté las manos sobre el cuero del volante y giré hacia la izquierda sin poder evitar derrapar un poco sobre el asfalto húmedo. Llegamos hasta el túnel y salimos a la carretera mayor, bastante desierta. Apenas había un autobús nocturno y un par de monovolúmenes.
—Lo cierto es que no quería ir a tu piso, ni quería que volvieses —admití sin dejar de mirar a la carretera, cuidé que mi tono fuera amable, pero se me escapó un deje molesto—. Pero si tienes que recoger algo iremos. No más de diez minutos por supuesto.
—De… de acuerdo.
Se puso muy inquieto. No vi asomo de sonrisa en sus labios, pero si percibí un brillo importante, un brillo de esperanza. Eso me hizo enfurecer. No me hacía ninguna gracia tener que ir a aquel lugar, pero a él parecía ilusionarle.
—Nos iremos cuando hayas recogido tus cosas. Lo más importante, no más de diez minutos… —repetí, enfadada—. Indícame.
—Sí, tengo pocas cosas. Cogeré dinero y poco más… Nada pesado. Cabrá todo en la mochila —le pegó un golpe y ésta se desinfló, con lo cual comprobé que estaba prácticamente vacía.
El camino se me antojó bastante corto. El trafico y la lluvia nos distrajo a los dos, por lo que me mantuve muy ocupada en no atropellar ciclistas y peatones. Recorríamos la avenida principal de Watergraafsmeer hasta meternos en la ciudad. Por supuesto, tuve que aparcar en un parking privado, bastante alejado del piso de Danniel, pero mucho más seguro que la intemperie en aquel mugriento barrio de las afueras.
Al bajar, le cogí del brazo y ambos fuimos caminando entre la tenue llovizna. Cuando hicimos esquina, vislumbré muchas luces y risas. El barrio de Danniel estaba lleno de grupos, apostados en los pubs y en la acera, bebiendo. Yo me eché el pelo para atrás y apreté mi bolso contra el muslo. Danniel inspiró y se puso la capucha de la sudadera, metiéndose el cabello para poder ver bien. A pesar de que hizo lo posible por no llamar la atención, antes de llegar a su portal, de madera astillada y pintarrajeada, lo detuvieron dos individuos. Un tipo mayor, con barba y con el rostro cuarteado, y otro de pelo ralo.
—Eh… tío… ¿Llevas algo? —preguntó uno de ellos, con voz nerviosa—. Dime que sí…
Danniel trató de ignorarle, pero el hombre apretó su brazo.
—No tengo nada —admitió Danniel deshaciéndose de él. Le empujó lejos del portal y me indicó que entrara.
—¡Por favor! ¡Te pagaré cien…! —oímos al tipo tras la reja de la entrada.
Danniel cerró la puerta tras de sí y subió los escalones de madera vieja y estropeada que crujía bajo sus pies. Yo le seguí, pero no dije nada, me ocupé de escurrir mi gabardina y de comprobar que llevaba la cartera y el teléfono. Danniel siguió adelante hasta llegar a las escaleras del edificio. Allí se detuvo en seco, como si hubiese recordado de pronto algo muy importante. Inspiró hondo y me pidió otro cigarrillo.
—Perdona —me dijo—. No sabía que pudiese pasar algo así.
Me di cuenta de que se refería a los tipos de la entrada. Negué con la cabeza, no quería darle importancia al suceso.
Dejé que Danniel me condujese por los estrechos escalones hasta el segundo piso. Los rellanos estaban llenos de pintadas y las paredes descorchadas. Incluso vi corretear unas cucarachas cuando llegamos a su puerta, gris y astillada. La cerradura era dorada y parecía muy gastada. Danniel rebuscó en su mochila y sacó una llave vieja y oxidada. Abrió con ella la puerta ayudándose de un leve empujón, parecía estar un poco atrancada. Empujó más dejando que la puerta golpease contra la pared del interior y nos dejase ver un amplio y oscuro pasillo. Un olor inmundo llegó hasta mi nariz.
—¿Qué es ese olor? —murmuró Dann.
Se abrió una luz al fondo. Vi como todo el cabello rubio de Danniel se erizaba, completamente azorado. Incluso me agarró de la mano, expectante. Estaba asustado.
—¿Danniel? —preguntó una grave voz femenina.
Interrumpió en el pasillo una mujer de tez oscura, con los labios y el pecho operados. Vestía un apretado vestido fucsia y se movía encima de unos tacones que le superaban cuatro veces su altura original. Taconeó hasta el recibidor, arrastrando con ella una gran bolsa de basura.
—¡Ah! Hola, Jacoba —saludó Danniel, tratando de parecer relajado, estaba bañado en sudor—. ¿Estás sola?
—¡Pues claro que estoy sola carajo! —chilló la mujer—. ¿Pero en qué clase de mierda vivís? Esto se ha acabado, me debéis seis meses de alquiler. Ya se lo dije a ese sinvergüenza. Ya os estáis largando de aquí si no me pagáis y no con pura mierda —hizo un gesto como que esnifaba—. Quiero dinero, dinero de verdad. EUROS.
Por supuesto, se refería a ese sinvergüenza.
—Vengo a por mis cosas. Te trataré de pagar cuando pueda Jacoba —dijo Danniel en un tono sumiso.
—¡Bueno! ¿Qué te vas muchachito?
Dann esbozó una sonrisa que me pareció de lo más trágica
—Estoy enfermo, Jacoba. Eline me va a cuidar ¿No es maravilloso?
La mujer le señaló con un dedo gordo.
—Estar enganchado a todo lo que te destroza la vida no es estar enfermo, desgraciado. La culpa es tuya, carajo. Ya te lo dije en su momento. Espabila de una puta vez —me miró de reojo—. Por mucho que te ayuden eres tú el que tiene que salir del agujero. ¿Quieres un consejo? ¿Eh? —se arrimó a Danniel que temblaba compungido en una mueca de sufrimiento—. Aléjate de ese puto demonio. Y cuando digo alejarte, lo digo de verdad. Vete muy, muy, muy lejos… ¡Huye a otro país carajo! ¡A la otra punta del mundo! —hizo una pausa en el que echó su pelo negro hacia atrás—. Hazle caso a Jacoba, ese chico no se olvidará de ti, ni tú de él. Tienes dos opciones: Huir o matarle.
Danniel cerró los ojos. Se encendió un cigarro mirando al suelo. Estaba angustiado, podía verlo.
—Ya está bien —me puse entre ambos—. Nos iremos ahora mismo. Estará perfectamente conmigo.
Jacoba estalló a reír.
—Tienes suerte de que se haya ido pequeñito. A saber cuando vuelve… —le arrebató el cigarro a Dann con sus largas uñas rosas.
Danniel caminó por el pasillo con rapidez, sabiendo perfectamente hacia donde se dirigía. Jacoba y yo mantuvimos una larga mirada inquisitiva. La mujer expiró el humo por la nariz, creando una sinuosa nube de humo a su alrededor. El aroma a perfume barato se intensificó junto a la humareda.
—Y tú… ¿Tú quien eres carajo?
Me eché el pelo hacia atrás, reprimiendo una mueca de asco ante los fuertes aromas que percibía.
—Soy una vieja amiga.
Jacoba volvió a fumar sin quitarme ojo. Sus enormes anillos resplandecieron.
—Ah, ya sé quién eres. Danniel me habló de ti una vez —me señaló con una uña ante mi desconcierto—. Eres Elise.
—Eline.
Jacoba asintió levantando las cejas. Los parpados pintados de azul contrastaron con su oscura piel.
—Sí, sí, bueno Elise, Eline, qué más da. A ti se te murió tu hermana —dijo de golpe cortándome la respiración—. De una sobredosis ¿No? o ¿Qué? ¿Eres esa Eline?
No supe que responder. Evoqué a mi hermana mayor de inmediato. Me sentía incomoda hablando de ella aún y más si una desconocida la nombraba como si nada.
—Se llamaba Sarah y no. Se quedó en coma por sobredosis —expliqué.
—Pero luego murió ¿No? —insistió Jacoba en un tono muy impertinente.
La fulminé con la mirada cruzándome de brazos. No pude contener el dolor que me inundó al contemplar aquel tema con aquella vulgar mujer.
—Sí, lamentablemente falleció a las semanas —hice una pausa, enrabiada—. ¿Por qué Danniel te contaría eso?
Jacoba pareció satisfecha con la información porque de su boca asomó una mueca orgullosa.
—Bueno, el niño deliraba mucho, mucho… y hablaba mucho, mucho de su pasado cuando tenía mono y lloraba mucho también… Hablaba de una Eline, y de un tal Ying Yang —sonrió nostálgica, pude contar un diente picado—. Ah, yo le ayudé mucho. Aún lo recuerdo, se quedaba solito en la habitación, y yo lo abrazaba como si fuese su mamá. Entonces él me contaba muchas cosas cuando el otro se iba. ¡Qué meses tan malos! Ahora está mucho mejor.
—Sí, hacía mucho tiempo que no lo veía.
—Ahora está mucho mejor. Créeme muchachita, lo que le hace falta es irse de esta ciudad muy lejos. Y que ese… —masculló una palabra en otro idioma—. Demonio del carajo no lo encuentre. Gracias a Dios yo ya no volveré a tratar con ese desdichado. He vendido el piso.
Asentí. No sabía qué más podía decir.
—Bueno, voy a dar prisa a Danniel…
Jacoba asintió cruzándose de brazos.
—Sí, lo mejor es que os vayáis enseguidita —dijo. Sentí su mirada clavada en mi nuca cuando pasé junto a ella.
Me deslicé por el corredor mirando atentamente al suelo lleno de colillas y restos de lo que parecía pequeños envases de comida y bolsas con botellas verdes. Pasé un par de puertas cerradas llenas de pintadas hasta que llegué al cuarto donde estaba Danniel.
El cuarto estaba hecho polvo, literalmente. Parecía que había pasado una manifestación y un cortacésped. Todo estaba lleno de plumas, ropa desgarrada, papeles rotos y un montón de piedras y corcho, que provenían con toda certeza del gran agujero que había en la pared, justo al lado de una ventana con los cristales rotos. Más tarde me percaté de que había un somier y una especie de escritorio partido por la mitad.
Danniel estaba recogiendo un poco, algo que me pareció inútil. Si había algo suyo en esa habitación, con toda certeza había sido destruido.
—No puedo creer que vivieras en esta especie de vertedero.
Danniel se volvió un momento.
—No. Esto ha sido… él —le escuché reírse—. Siempre ha tenido ataques de ira muy graves. Luego se arrepiente ya sabes…
Se me revolvió el estomago al volver a hablar de aquel tipo.
—Tenemos que irnos enseguida.
—Sí, lo siento… —se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Me había quedado absorto mirando las fotografías. Lo ha roto todo —dijo mirando unos retales que tenía en la mano. Las arrugó y las tiró tras de sí.
Danniel se levantó y se dirigió a una cómoda que había para mi sorpresa debajo de unas mantas raídas. No quedaban muchos cajones, pero Danniel tomó el último y lo giró. Pegado con celo, había una docena de cartas sin abrir de color azul. No pude leer nada en el remitente pero me pareció una letra muy familiar. Danniel dobló las cartas y las metió en la mochila. Luego la cerró y se levantó de un salto. Las motas de polvo danzaron con su movimiento.
—Son de mis padres. Gracias a Dios no las ha encontrado… —murmuró lentamente, casi más para él que para mí.
Nos quedamos un momento callados. Me quedé ensimismada en Danniel, que por un momento, había cerrado los ojos al encontrarse con aquellas notas.
Salimos de aquel horrible apartamento apenas cinco minutos después. Danniel y Jacoba se fundieron en un aparatoso abrazo. Yo salí afuera, al rellano, pero les escuché compartir algunas palabras que me parecieron murmullos de lo más largos. Danniel salió. Acto seguido Jacoba se asomó por la puerta y nos dio dos enormes bolsas de basura para que tiráramos abajo. Luego se quedó en el umbral para despedirnos.
—Adiós —susurré educadamente intentando ponerme el bolso bajo la axila. La bolsa de basura pesaba más de lo que me había parecido en un primer momento.
—Hasta pronto, Jacoba —se despidió Danniel con un tono de voz mucho más dulce que el mío. Se agachó para coger la basura y empezamos a bajar escalones.
Jacoba nos hizo gestos con la mano.
—Lárgate ya, Danniel. Venga, date prisa, muchachito. No quiero verte por aquí nunca… ¡Mucha suerte! —oímos como cerraba de un portazo.
—Qué buena mujer —mascullé.
—La mejor —sonrió Danniel.
Conseguimos depositar la basura en su correspondiente contenedor sorteando algunos borrachos en la acera. Me alegré mucho de deshacerme de aquel peso de más y me limpié las manos pegajosas con unas toallitas que había traído para Danniel. Él también cogió una y se limpió la cara con ella. Luego las tiramos al contenedor e hicimos rumbo hacia el coche. (…)





Mabel
Muy buena historia. Un abrazo Pablo y mi voto desde Andalucía