Le gustaba ir en la parte central del autobús agarrado a una de las barras horizontales porque desde allí veía a las personas que iban sentadas y a las que iban de pié. Le gustaba ver la vida, la vida de los vivos.
La línea que solía coger comunicaba el hospital donde trabajaba con la playa y porque la existencia se ríe de nosotros, tenía el número 7. El de los siete colores el arco puesto en el cielo que significa el pacto entre la tierra y las nubes, entre la playa y la suerte sombría del hospital.
Aunque quedaba lejos de su casa le gustaba bajarse en la última parada de la playa, para recorrerla andando por el camino que la circundaba y respirar el aire húmedo y, a veces, perfumado del mar.
Había salido algo más temprano de su trabajo y había cogido el siete, se situó en el centro del autobús y se agarró a la barra, como siempre y al levantar la vista se tropezó con la mirada lacia, de abandono, de una pasajera morena de ojos verdes, con aspecto muy triste y algo descuidado, como si se acabara de levantar de la cama, pero extraordinariamente hermosa. Se bajó en la primera parada de la playa y Miguel, que a fin de cuentas era un sanitario, se bajó temiendo lo peor y siguió a la muchacha. Aceleró el paso y cuando se puso a su altura para hablarle, ella con voz doliente pero firme le dijo:
- Déjeme, si no se va grito.
Él se sintió intimidado por aquella voz tan bella como el resto de su ser y se quedó para atrás. Después ella se acercó a unas rocas que partían en dos la playa y se sentó mirando al mar.
Miguel pensó las islas que cerraban la bahía y el mar calmo serían un tónico para el alma de la muchacha y se dirigió a su casa.
- Saca el cajón número siete, haz el favor de componerle la cara que vienen a identificar a la mujer.
A Miguel se le vino a la cabeza la primera vez que había visto a la muchacha, llevaba el número siete en su camiseta. Como tantas veces el destino se reía. Siete en la camiseta, siete en el autobús, siete en la mortaja, siete en el arco iris, de la playa al hospital. Estaba tan desencajada que no la conoció pero al recomponerle el rostro no tuvo la menor duda. Como no la tuvo su padre, vencido por el dolor.





GermánLage
Trágico, Fiz; pero tan bien narrado que es un placer leerlo. Al fin y al cabo, es ficción.
Mi cordial saludo y mi voto.
Fiz Portugal
Hola Germán. El otro día me dejaron ver la morgue del hospital. La asepsia es total. Tan limpia y brillante como deshumanizada, tanto que casi no duele. Un saludo cordial.
Mabel
¡Impresionante! Un abrazo Felix y mi voto desde Andalucía