Una taza de café

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Pablo llamó al portero automático de la casa de su amigo Luis.

La tarde iba enrojeciendo con la luz suave de un temprano crepúsculo otoñal, y mientras esperaba, notaba el frío en las mejillas y en las puntas de los dedos.

-¿Quién es?-dijo una voz femenina, distorsionada por la electrónica

-¿Está Luis?-No. Ha salido

-Vaya, ¿sabe si tardará mucho?

-No creo, ¿Quién eres?

-Soy Pablo, su compañero de facultad. Estuve ahí el otro día a buscarle

-¡Oh! Ya recuerdo. Sube si quieres a esperarle, que hace mucho frío para estar en la calle.

El zumbido del intercomunicador, franqueó la entrada y Pablo subió los dos pisos en un ascensor vetusto, que parecía ir a detenerse en cualquier momento. Antes de poder oprimir el timbre, la puerta se abrió, dibujando en su vano la silueta de una mujer menuda, con rostro dulce y ojos tristes.

-Pasa, Pablo, pasa. Mi hijo ha salido a recoger el coche, que lo tenía en el taller. ¿Habíais quedado? Es que este hijo mío es un despistado.

-No, que va. Le dije que a lo mejor pasaba a verle, pero no le dije hora.

-Bueno, hombre, sientate. Te voy a preparar un café, para que entres en calor, que está la tarde muy fría, y los chicos jóvenes vais siempre casi sin ropa. Tendrías que haberte puesto una chaqueta, que sólo con el jersey no es bastante cuando anochece.

Pablo se sentó en un mullido sillón un poco pasado de moda que había en el salón. La decoración era anodina, sólo un par de cuadros mediocres adornaban las paredes, y bajo la mesa de centro una alfombra raída mitigaba la frialdad del suelo de terrazo.

Desde la cocina se escuchaba un tintineo de vajilla, y pronto llegó flotando un delicioso aroma de café. Enseguida apareció la madre de Luis con una bandeja sobre la que descansaba la cafetera con dos tazas. Pablo recordó a tiempo sus buenos modales y se levantó para ayudar a retirar de la mesa las cuatro chucherías de adorno y hacer sitio a la bandeja

-Gracias. No tenía usted que haberse molestado.

-No es molestia, Pablo. Pero no me llames de usted. Llámame Lucia, como todos los amigos de Luis. Es que de usted, me haces más vieja.

-¡Qué va, si parece…digo, pareces muy joven!

Pablo notó sorprendido cómo un leve rubor aparecía en el rostro de Lucía, y notó como ésta se afanaba con las tazas para ocultar su turbación. La mujer le tendió la taza al tiempo que Pablo adelantaba la mano para cogerla. La taza cayó derramando su contenido sobre la alfombra.

-¡Uy, perdona que torpe he sido!

-No, si he sido yo.

-¡Mira que estropicio!

-Dejame ayudarte

Sin saber bien como, Pablo se encontró arrodillado sobre la alfombra, recogiendo esquirlas de loza al lado de Lucía. De pronto tomó conciencia del cuerpo de la mujer, que sintió próximo y deseable. Con una indecisa timidez, rozó con su dedo el nacimiento del cabello, donde unas guedejas rojizas se escapaban de la disciplina del peinado.

Lucía se estremeció y Pablo temió haberse propasado. Pero vió que la mujer cerraba los ojos y se acercaba más a él. Con la vehemencia de la juventud las manos de Pablo se posaron sobre los senos de Lucía y ella suspiró y se volvió hacia él. Su boca era firme y bien dibujada y en el fondo de sus ojos brillaba una especie de ansia animal desesperada.

Pablo pronto se encontró luchando por desabrochar los botones de la blanca blusa de la mujer. Ella le ayudó y pronto yacieron ambos semidesnudos sobre la alfombra manchada de café.

Lucía se mostró ávida y generosa. Pablo encontró muy excitante el contacto con esta mujer que le doblaba la edad, que tenía algo de maternal en ella. Su cuerpo se conservaba bien proporcionado y había un cierto encanto en la forma en que sus senos se estremecían al compás de sus envites.

Cuando ambos alcanzaron la culminación, Lucía suspiró satisfecha y comenzó a arreglar sus ropas. Pablo, confuso, recuperó sus pantalones y empezó a farfullar disculpas.

-No digas nada-dijo Lucía- Mi hijo está a punto de llegar.

Un timbrazo pareció subrayar sus palabras.

-Date prisa. Menos mal que no lleva llave.

Tres minutos más tarde, Luis encontró a su amigo saboreando una taza de café.

-¡Hola Pablo! No sabía que vendrías. ¿Llevas mucho esperando?

-¡Qué va!-dijo Pablo. -Tu madre me ha hecho un café y el tiempo se ha pasado volando.

-Es que nadie hace un café como el de mamá.

-Desde luego, estoy de acuerdo. Nunca me había tomado un café tan bueno. A lo mejor mañana vengo a ver si tu madre me hace otro.

Lucía en la cocina, sonrió con una sonrisa sabia y satisfecha…

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Luis

    Luis

    26 mayo, 2017

    Enternecedor, saludos y mi voto, Sol!

  2. Imagen de perfil de Manger

    Manger

    26 mayo, 2017

    Jejejeje… El instinto animal puede surgir en cualquier momento, y no respeta edades, ni madres, ni amigos de hijos cuando aún queda alguna hormona traidora danzando en el interior. Buen relato, Sol, para entretener y sonreir. Un abrazo.

  3. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    26 mayo, 2017

    Es la provocación de un encuentro fortuito que está bañado de sexualidad y también como no de pudor, el simple hecho de leer la historia es como si estuvieras viendo la escena y es lo que más llama la atención la calidez de sus palabras y ese amor desenfrenado. Un abrazo Marisol y mi voto desde Andalucía.

  4. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    27 mayo, 2017

    A eso se le llama llegar en el momento preciso, o, también, llegar y besar el santo. ¡Qué sabio en refranero! ¿Verdad, Sol? Muy bueno el ritmo de la narración. Muy bien escrito.
    Mi cordial saludo y mi voto.

  5. Imagen de perfil de José Guridi

    José Guridi

    27 mayo, 2017

    Me gustó mucho como se desarrolla. Es muy ágil y con riqueza de palabras en las descripciones.

  6. Imagen de perfil de VIMON

    VIMON

    28 mayo, 2017

    Un relato estupendo con digno final, Sol. Te dejo el voto de Portada con un saludo.

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