El cúter se desliza sobre el cartón dejando un surco recto y bien definido. Sobre la mesa hay varias piezas de formas variadas, como un muestrario de figuras geométricas.
En la estantería reposan varias obras ya terminadas: una caja diminuta, un barquito estilizado, una flor que recuerda un tulipán.
Más allá, un panzudo bote de cola y varios tarros de pinturas de colores.
Hay un silencio casi absoluto, solo interrumpido por el leve roce de cartón sobre cartón. Un oblicuo rayo de sol ilumina la mano que maneja la hoja. Es una mano corriente, con las uñas cortas y los nudillos un poco abultados, que se mueve con precisión y tranquilidad.
De repente, la mano se detiene a la mitad de un movimiento. El filo titubea y se levanta del cartón. Enseguida, vuelve a adquirir determinación; se separa de su obra y con brutal decisión se clava en la otra mano, que inocente reposa sobre la mesa. La sangre fluye empapando los recortes y tiñéndolo todo de un apagado carmesí.
Y yo, en el centro de mi mente, asisto atónito al nacimiento de una pagana trinidad: mano, mente y mano , están durante unos instantes separadas, cada una con vida y conciencia propias; una, cruel; otra, víctima; y otra, mera espectadora del ataque y el dolor.





Manger
Genial relato, Sol… Caray, me ha dejado la foto sintiendo el corte. Un abrazo.
Mabel
¡Excelente! Un abrazo Marisol y mi voto desde Andalucía
Luis
Buen relato, Marisol, un saludo, mi voto!
YCAN
Impactante relato, Sol. Y sí, ese instrumento siempre lo lleva a uno a pensar cosas extrañas… Un saludo para ti sol.