No era el tiempo de las grandes cosechas, ni mucho menos los días de reunión de los cuatro reyes de Dardien. Era el día más esperado del año. La hora cero de gratitud matutina que se festejaba con un gran banquete de frutas, miel de abeja, jugo de uva y un delicioso pan aplastado recubierto de fresas. Era el día de acción de acción gracias, la ocasión oportuna donde todos los animales se perdonaban entre sí. El rey era un pelícano anciano, linaje del Clan Frey y su nombre Lordi Frey. El trono era un Gran Árbol de siete colores y a corta distancia se hallaba el Tronco de la Sabiduría o el estrado de una organización judicial-social llamada Triavino, constituido por tres fascinantes aves de aspecto casi que surrealista.
Primer juez: FAISANO. El faisán dorado. Su cresta de pluma era como el oro bruñido, liso y desflecado en puntas. Considerado el Príncipe de la democracia y la diversidad.
Segundo juez: TUKIRI. El tucán pico iris. Príncipe de la justicia.
Tercer juez: PAVAROT. El pavo real azul y verde. Príncipe de la sabiduría, señor de los mil ojos y fulgor de las noches sin estrellas.
En el Tronco de la Sabiduría se veían los grabados de los tres jueces en forma circular, tocándose las alas y en el centro una esfera de madera flotando dentro de una superficie cóncava y llena de agua con otro líquido extraño y muy especial…, un químico brillante y multicolor en todo su borde.
El pequeño Chester, nieto del rey, era un pelícano travieso, astuto, escurridizo y testarudísimo. Poseía en su sangre un gen único que lo hacía diferente a los demás por dos razones concretas: la primera era su tamaño. Nació con una estatura y una extensión en alas dos veces mayor que el resto de su especie. La segunda razón era el color azul oscuro de las puntas de sus alas. Su amigo inseparable era un colibrí dorado y le decían Colibrito. Desde muy temprano salían a jugar, chupar flores, cazar peces, rodar como una pelota en la playa, meterse en huecos peligrosos, incluso les gustaba hacerle muecas a los cangrejos. Hoy, en el día de acción de gracias debían estar en primera fila al lado del rey, pero se alejaron tanto del trono que llegaron al río Frey y traspasaron el límite prohibido del Ojo de Fuego. De ahora en adelante nada sería igual.
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El lago subterráneo del Ojo de Fuego tenía vida en sí mismo. Eran las chispas ardientes que al contacto con el aire permanecían flotando con mucha frecuencia en la atmósfera rojiza. La chispa de menor incandescencia era una esfera vacía por dentro que no se juntaba con nada, imbuida por el fuego que sobraba. Pero existían otras dos, una poseía la piedra viva o el corazón siempre vivo y la otra tenía el aliento, el soplo abrazador que vinculaba al fuego con el aire y la energía de este mundo. Este ciclo natural persistía y mantenía la vida del fuego, por eso las chispas nunca se apagaban. Pero ocurrió algo insólito: Colibrito cayó al lago y quedó atrapado en la esfera vacía, a partir de ese momento el ciclo se rompió. La esfera se unió con el corazón siempre vivo y el soplo abrazador. Se convirtió en una bola de fuego y terminó estrellándose contra las rocas. Su cuerpo se volvió una delgada capa de cera derretida por el calor y en un par de segundos su cuerpo estaba otra vez renovado, como si nada hubiera pasado.
—¿Qué me pasó? ¿Dónde estoy? —se preguntó asustado.





Mabel
¡Excelente! Un abrazo Eder y mi voto desde Andalucía
Eder Noriega
Muchas gracias Mabel.