El arco, grande y majestuoso, que ahora se veía pequeño e inaccesible como la abertura de una alcancía, estaba frente a mí. Los tres pilares blancos y finos, de un marfil todopoderoso, ahora parecían los bordes del ojo de una aguja imposible de enhebrar. El arco no era el problema. Las leyes de la física, aparentemente rotas por la espontánea capacidad de los cuerpos de encogerse, tampoco. Ni siquiera el felino de garras enormes que había pasado una temporada entera sin recibir un gol en contra y que ahora se abalanzaba frente a mí, parecía serlo. Quizás era el peso de un millar de fanáticos teñidos de un púrpura acribillante gritando en nuestra contra con los pulmones en la mano, quizás. O tal vez lo anterior, sumado a que un equipo humilde, de pueblo, había tenido el coraje para escalar hasta los primeros escalafones de la tabla de posiciones, para ahora estar disputando la final contra el tetracampeón de la región.
Dicen que cuando la adrenalina fluye a tope, el tiempo pasa más lento y tu cerebro puede procesar más cosas en un instante. Yo sólo sé que en ese momento puede haber hecho el recuento de toda mi vida y aun así no hubiera servido de nada. Incluso admito que pude haber intentado recordar página por página el libro de física que me robé de la biblioteca en secundaria, y así buscar los cálculos exactos para ajustar la trayectoria del esférico y el ángulo de tiro correcto con la inclinación y el efecto adecuado y, adivinen qué, tampoco hubiera ayudado.
Con tanta presión, un segundo es un día entero. Y sin embargo, tú no sabes que hacer. Tu cuerpo parece ir tan despacio como el tiempo detenido y aunque tu mente haga mil conjeturas no va a representarte ventaja alguna. Al fin y al cabo, sigue siendo un respingo, un parpadeo que únicamente te permite hacer algo, una sola oportunidad para nadar en la gloria o hundirse en el infierno.
Siempre he pensado que este deporte, por complejo que sea, tiene un indicador para identificar a los nacidos para triunfar de los que deberían dedicarse a otra cosa. No es ni la velocidad de Ronaldo, ni el reggate de Messi, ni el ingenio de Dinho, ni la potencia de Maradonna, ni el poderío de Pelé. Es la capacidad para tomar decisiones correctas en el momento correcto. En un partido de noventa minutos son sólo unos pocos instantes los que cuentan, los que definen los resultados. Son sólo los buenos jugadores los que pueden decidir correctamente y sin equivocarse en esos momentos irrepetibles. Siempre he admirado al delantero perfecto, capaz de definir con frialdad, con voluntad de hierro, casi como si en vez de una persona de carne y hueso se tratase de un autómata listo para actuar.
Mientras Fernando corría por la banda izquierda, Julio penetraba el área seguido de cerca por los defensas contrarios. El balón era mío. Lo arrastraba con una dificultad tortuosa. El esfuerzo por correr desde la retaguardia de mi equipo hasta la puerta de los contrarios había supuesto una lucha gigante contra mí mismo y mis pulmones llegaban casi sin aire. Era un contra ataque perfecto, aprovechándonos con astucia de los espacios dejados por el equipo rival en ese tiro de esquina pudimos desplegar a toda velocidad nuestra jugada. Ahora los campeones de toda la vida y favoritos de la liga, los titanes que arrasaban con todos con tan sólo su presencia se encontraban desnudos e indefensos con más de medio equipo corriendo tras nosotros desesperados por cubrir su arco.
En una marea de camisetas púrpuras las pocas personas vestidas con los colores marrones de nuestro equipo pasaban casi inadvertidas, y sus gritos de apoyo eran ahogados por los cánticos de la multitud mayoritaria. Me imagino la cara de nuestro entrenador en ese momento, debatiéndose entre una trombosis o un infarto fulminate.
Fernando era el número once del equipo, este partido era nuestro sueño de niñez. Todavía recuerdo cuando jugábamos juntos en el parque, con una bola de medias viejas anudadas hechas balón y con las pantalonetas rotas y manchadas de barro. Volvíamos a casa después de cada partido con las orejas mugrientas y las rodillas raspadas para cenar felizmente mientras nuestra madre se lamentaba por el sueño tan descabellado del que alardeábamos. Mi hermano y yo ahora estábamos aquí, doce años después.
Fer se situó a mi costado, le entregué la llave y me lancé sobre el cerrojo mientras el portero cambiaba de posición y los defensas giraban ágilmente intentando cerrarnos todos los ángulos. Fernando no dudó y lanzó un sendo zurdazo que pasó a penas a centímetros del esférico. El defensor que tenía en frente se arrojó al suelo intentando desesperadamente interponer su integridad ante un tiro que nunca sucedió. Justo después del amago, mi hermano giró su cuerpo hacia donde yo estaba con una agilidad sorprendente e impulsó el balón suavemente hacia mí. Me puse en posición de disparo. El defensa que me seguía se había quedado rezagado por obra de nuestro movimiento sorpresa. Los demás jugadores, nuestros y contrarios tocaban ya la línea del área. Éramos sólo el guarda metas y yo. Se me lanzó encima. Disparé. Anoté. La multitud enmudeció. El marrón se impuso. El balón quedó clavado en la malla y el arco recuperó su tamaño normal.
El partido terminó y Fer y yo aún seguíamos abrazados. Habían pasado unos minutos solamente ya que el árbitro había decidido terminarlo después del gol. El marcador quedó dos contra uno a favor de los campeones. Era su quinta copa consecutiva. No importaba, ese gol significó mucho, significó que un equipo humilde podía hacerle daño a la bestia más fiera y demostrarle a su gente que sí se puede soñar. La próxima sería.





Mabel
Muy buena historia. Un abrazo y mi voto desde Andalucía