Al recobrar el conocimiento comenzó a nadar hacia la luz por puro instinto, se había desmayado al golpearse con la superficie del mar pero el frío del agua lo reanimó. Sentía que tenía fuerzas para llegar al aire y expulsar el agua que había tragado mientras estaba inconsciente pero no sabía si merecía la pena vivir lo que le quedase de existencia y en ese trance repasó los acontecimientos de las últimas horas.
Aquel tronco que marcaba ayer el límite de sus caminatas, el punto para iniciar el regreso, hoy sólo le sugería que ya no tenía casa o que aquellas paredes, ayer traspasadas de luz, hoy eran el cementerio de sus ilusiones, por eso no retornó y continuó adentrándose en un espacio nuevo para él.
Aquella corredora que le sacaba unos cincuenta metros era Julia, llevaba unos pantalones elásticos negros, una sudadera gris y un pañuelo rojo anudado al cuello, un indumentaria típica para ella. Apretó el paso y la alcanzó pese a que ella también corría más pero no pudo impedir que le tocara en el hombro musitando: “Julia”. Ella se volvió con los ojos muy abiertos y le miró directamente a la cara y él, al no reconocerla, farfulló una excusa: “Lo siento… La he confundido con otra persona, no quería asustarla”
El dolor o la vergüenza hicieron que siguiera adelante y advirtió que aquella mujer ya no estaba. No podía haber desaparecido tan deprisa en aquel lugar extenso y abierto y sintió más que pensó que aquello había sido cosa de su mente que dolorida, al límite, había creado aquella ilusión para evitar un síncope o algo peor.
Estaba perdido pero sus pies lo llevaban por un camino y siguió sobre él como un autómata.
Pese al dolor que sentía, por la pérdida ahora reproducida, siguió adelante apretando el paso y las mandíbulas para no desmoronarse.
Cuando ella regreso para advertirle que se marchaba, le dijo que no tenía nada contra él y que se iba porque se había enamorado. En estas circunstancias no debía ni quería estar con él. Se lo diría a sus tres hijos hoy mismo y pretendía ocasionarles la menor conmoción posible. Le confió que no intentaría volverlos contra él y le advirtió que él debía hacer lo mismo. Aunque eran mayores, no podían ser víctimas de una situación en la que no había culpables y que sólo era el resultado de la vida, de vivir la vida. Las circunstancias habían puesto en su camino a un hombre del que se había enamorado. Sentía que todo esto hubiera ocurrido, pero no era culpable.
A medida que ella desgranaba la historia de su nueva relación y le contaba sus planes inmediatos a él se le encogía el estómago y se le abultaban las sienes.
No podía dejar de sentirse culpable, Julia no se hubiera enamorado de otro si él hubiera seguido inspirándole un sentimiento fuerte. Él había dejado de echarle leña al fuego del cariño o, al menos, no la suficiente para que la llama calentara. Pensaba también que la vida o el destino nos arrastraba a situaciones no deseadas con una fuerza difícil de resistir cuando nuestro entorno se convertía en cómplice.
No podía digerir aquellos hechos, su racionalidad fallaba, sus sentimientos empezaban a confundirse con sus sensaciones y temió o deseó, no lo sabía, tener una reacción violenta y salió de casa. Bajó y subió dos veces la escalera desde el portal hasta el ático para desfogarse y dejar de sentir el latido de su sangre en la cabeza. Subió y comprobó que ella se había ido y decidió serenarse en casa e intentar dormir.
A la mañana siguiente llamó a su empresa y le dijo a su secretaria que no iba a ir por la oficina y que anulara todas las citas.
Atravesando unas calles que eran las suyas y un parque que sentía como propio desde chaval, llegó a una senda que discurría paralela al mar, alternando el trote con el paso rápido llegó hasta el tronco que le servía de referencia para dar la vuelta. Hacia 20 años que salía a mover sus piernas por el mismo camino y nunca había superado aquel mojón que marcaba el límite de su mundo. Ni siquiera había sentido curiosidad por saber que había más allá y ahora al romper sus límites físicos ensanchó el círculo de su pena.
Había leído que hasta el dolor más grande causado por una pérdida irreversible podía superarse y que si se tomaba la suficiente distancia todo se reducía, cuanto más lejos más pequeño. Los humanos disponemos de recursos físicos y psicológicos para sobreponernos a cualesquiera circunstancias y sólo la muerte es irreversible, incluso para muchos es sólo un tránsito.
Quitarse la vida es un acto de violencia contra el entorno, contra los deudos del suicida, ¿Se lo merecía su familia, los empleados de su empresa, sus amigos y…?
Caminando por aquel prado abierto y extenso sus pies se despegaron del suelo y alcanzó la altura suficiente para sentirse flotando en la nada. Nada bajo sus pies, nada sobre su cabeza, nada frente a él. Sólo luz. Sintió alivio y a medida que su mundo recobraba sus contornos y sus pies pisaron otra vez el suelo volvió al círculo vicioso de su pena, Cada vez que pensaba en un hecho de su vida lo censuraba como un grave error y esta forma de verlo aumentaba su pena, su culpa y se deprimía más. Al fin, se subió a la roca más alta y se arrojó al agua.
Tal vez porque el agua es el elemento que dio origen a la vida, abrazado por ella, decidió darse una nueva oportunidad.





eleachege
Buena narrativa afianzando emociones, dramatismo y desamor. Un saludo Fiz Portugal y mi voto a tu escrito.
Celeste
Abrazo y merecido voto para mi amigo Fiz.
Mabel
Muy buen relato. Un abrazo Felix y mi voto desde Andalucía
GermánLage
Excelente pluma para un buen tema, Fiz. Como siempre, ha sido un placer leerte.
Un cordial saludo y mi voto
Fiz Portugal
Para Eleachegue, Celeste, Germán y Mabel. Me impresionó mucho estando en una cena que nos ofreció un amigo a varios profesores, un suceso que me contó un profesor portugués de Braga. Su padre tiene o tenía alzheimer y se perdió. fue a buscarlo y agotado se recostó en un pino y se quedó dormido. Soñó que volaba sobre los árboles y alcanzó a ver a su padre en un claro del bosque que conocía. Se despertó y fue al lugar y encontró a su padre totalmente desorientado. Dormirse cuando estas buscando a tu padre parece muy raro y sonar con el lugar donde se encuentra más aún. Creo que los poderes de los sueños son ilimitados. En esa historia el sueño le confirma que su mujer ya no lo quiere y que desaparecer es su única opción. Sin embargo, el agua fría lo amarra a la vida, casi siempre lo más evidente, lo que nos entra por los sentidos nos hace reaccionar. No somos más que un alma a caballo de un mono.
gmarcelo
Acompaño con mi voto!
Esruza
Muy bueno, lo leí todo. Un saludo y mi voto.
Elsa Eithne
Muy buen texto, con espectacular final. Mi voto y un saludo.
Nana
Un final sublime!!! Mi voto y un saludo 😉
Fiz Portugal
Gracias por tu valiosa opinión. Saludos cordiales