Bodega y Quadra, el marino limeño enamorado de Nutka

Escrito por
| 43 | 1 Comentario

(Relato en homenaje a Miguel de la Quadra Salcedo)

El 12 de julio de 1775 es una efeméride muy importante para el Estado norteamericano de Washington y como tal la celebra. En esa fecha, los marinos españoles Bruno de Ezeta y Dudagoitia y su segundo, Juan Francisco de la Bodega y Quadra, al mando respectivamente de la fragata Santiago y la goleta Sonora, desembarcaron en la costa de la actual Grenville Bay, que ellos bautizaron como Nueva Galicia, tomando posesión para la Corona española de un puerto natural al que llamaron la rada de Bucareli. Fue el primer asentamiento europeo establecido tan al norte de la costa del Pacífico norteamericano.

La expedición había partido del puerto californiano de San Blas de Nayarit cuatro meses antes (el 16 de marzo), con la misión de reconocer aquellas aguas y comprobar la presencia de otras naves procedentes de los imperios ruso y británico. Los marinos españoles, además de cartografiar el litoral de la alta California y, caso de encontrarlos, registrar los establecimientos pesqueros o los poblados de los cazadores de nutrias rusos, contaban con el apoyo de un tercer buque: el navío San Carlos, encargado de cartografiar a conciencia la bahía de San Francisco, descubierta por el militar y explorador Gaspar de Portolá y Rovira, en octubre de 1770.

Sin embargo, aquellos eran tiempos difíciles para la paz y, junto con el enfrentamiento larvado con los británicos, España se topaba igualmente «con la ambición de los zares por crear en aquellas remotas tierras una Nueva Rusia, a imitación de la Nueva España», tal y como revelaba nuestro embajador en San Petersburgo, el vizconde la Herrería, al primer ministro Grimaldi, con ocasión del ascenso al trono imperial de la zarina Catalina II.

De hecho, y sin que los expedicionarios tuvieran aún noticia de ello, el 19 de abril ya se había iniciado en la pequeña localidad de Lexington, próxima a Boston (Massachusetts), el levantamiento de los colonos norteamericanos contra la metrópoli, y faltaba solo un año para que los 56 congresistas y representantes de las Trece Colonias reunidos en Filadelfia firmaran, con el apoyo encubierto de los Borbones de Francia y España, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica (4 julio 1776). Tres años después, tras suscribir el acta de alianza con Francia en la Convención de Aranjuez (1779), nuestro primer ministro el conde de Floridablanca declaraba la guerra a Gran Bretaña, acudiendo abiertamente en apoyo de los rebeldes norteamericanos.

Pero no adelantemos acontecimientos. La colonización de las tierras altas de California y el establecimiento de fuertes en algunos enclaves de la costa norte del Pacífico, había sido la apuesta estratégica de los ministros de Carlos III para dar respuesta a las amenazas conjuntas que representaba la presencia de rusos y británicos en aquellas aguas. Ya el conde de Aranda, antecesor de Grimaldi al frente del Ejecutivo, había puesto de manifiesto al monarca el descuido en que teníamos los puertos útiles desde el Río de la Plata hasta el Cabo de Hornos, continuando por las costas del Pacífico hasta la península de California, incluyendo el despoblamiento de un archipiélago fértil y templado como el de Juan Fernández, dominante de toda la costa del Perú y Chile. A este respecto, resultaron proféticas sus reflexiones preguntándose sobre: «¿Qué hemos remediado de todo lo que nuestros enemigos por bondad de Dios y mala política suya nos han manifestado con evidencia y a costa bien grande nuestra? ─respondiendo─ Lo que conviene, pues en Europa no necesita el Rey de fuerzas terrestres, es que envíe muchas al otro mundo, que rueguen por él con rosarios de plomo. Que con muchos de semejantes intercesores le aseguro que haremos milagros».

Aranda ya era muy consciente de la negativa repercusión que tenían para nuestros dominios ultramarinos los viajes por el «lago español» de Wallis y Carterer (1766) y los del francés Bouganville (1763 y 1766); sin contar los tres de James Cook (1768, 1772 y 1776), que efectivamente tendrían importantísimas repercusiones geopolíticas y comerciales en toda el área de Oceanía y el Pacífico Sur. Y si a todo este desatado furor exploratorio de Francia y Gran Bretaña se sumaban las incursiones de las naves rusas en las costas de Alaska, se completaban las amenazas que pesaban sobre la hasta entonces indiscutida soberanía de la Corona española en aquel vasto escenario.

Para hacer frente a estos serios desafíos, el virrey de Nueva España Antonio María de Bucareli y Ursúa, siguiendo órdenes del Gobierno de S. M. Carlos III, ya había enviado un año antes a los oficiales de la Real Armada: Juan José Pérez Hernández y Esteban José Martínez a bordo del Santiago, para explorar la bahía de Nutka (o Nootka), situada en la parte occidental de la gran isla separada del continente por el estrecho de Juan de Fuca. Esta segunda expedición de Ezeta (o Heceta) y Bodega y Quadra, iba a completar más detalladamente el necesario reconocimiento de la costa noroccidental en disputa con británicos y rusos. Por tanto, tras alcanzar el norte del cabo Mendocino y tomar posesión de aquel primer puerto de la Santísima Trinidad, situado a los 41º 7´ de latitud Norte (0º en el Ecuador y 90º en los Polos), de nuevo se dieron a la vela, hasta alcanzar la que llamaron rada de Bucareli (Grenville Port), hoy perteneciente al estado de Washington.

Tras aprovisionarse de agua dulce y leña, los expedicionarios tomaron posesión de aquel puerto, poco antes de resultar atacados por los aborígenes con el balance de seis muertos y varios heridos. A partir de entonces, las dos naves se separaron, regresando Ezeta en la fragata con los heridos a Nueva España y continuando Bodega con la misión a bordo de la Sonora. Con aquella pequeña nave, el comandante y su segundo, Francisco Antonio Mourelle de la Rúa, fueron capaces de seguir ascendiendo hasta alcanzar las costas de Alaska, reconociendo el monte San Jacinto (Edgecumbe), la ensenada que llamaron del Susto (Sitka Sound) por la presencia de iceberg, la isla de San Carlos (Forrester Island), el cabo de San Agustín (Lángara Island) y el puerto que bautizaron de los Remedios (Sean Lion Bay). A este lugar arribaron el 15 de agosto, y desde allí tomaron rumbo Sur, dándose la vuelta de camino al puerto californiano de Monterrey, en donde desembarcaron el 7 de septiembre de 1775, después de haber alcanzado los 59º Norte y dejar demarcada la costa, sin encontrar en ella ningún asentamiento extranjero, salvo el contacto con algunos cazadores de focas inuits.

De regreso a Nueva España, por el temor del comienzo de la época de los hielos, al joven marino limeño aún le daría tiempo de hacer escala con su nave en el interior de la isla de los Amigos, en la entrada de la bahía de Nutka, en donde los españoles de la expedición de Juan J. Pérez ya habían levantado un fuerte y contemporizaban con los amables indígenas. La expedición terminaría finalmente con su retorno a San Blas, presentando su comandante un minucioso informe del viaje y los enclaves reclamados para la soberanía española, entre los que Nutka figuraba como uno de los principales asentamientos por su destacada posición estratégica. Mourelle, que también había escrito durante la travesía un esmerado diario que aún se conserva, ascendió a alférez de navío a petición de Bodega y Quadra y en recompensa por su gran labor.

La nueva expedición al Noroeste

Cuatro años más tarde, con las tropas y marinos de España y Francia combatiendo contra los del Reino Unido en Norteamérica, el Atlántico, Gibraltar, Menorca y el Canal de la Mancha, Bodega y Quadra vuelve a ser reclamado por el virrey de Nueva España, estando destinado en Lima, para tomar parte en otra expedición a la misma zona. Debido a su experiencia sobre la región, al marino limeño se le encarga la misión de neutralizar los efectos propagandísticos de la última que había concluido James Cook, justo el año anterior. Partiendo de su ciudad natal el 11 de febrero de 1779, al mando de la fragata Favorita, Bodega patrulla por el Pacífico antes de reunirse con la fragata Princesa en el puerto de Bucareli (3 de mayo). La misma está al mando de Ignacio de Arteaga, y ambos comandantes proceden a explorar juntos la zona detenidamente. Dos meses después (1 de julio), las fragatas se dirigen hacia el noroeste, con el propósito de navegar ascendiendo en la latitud continental para buscar tanto el famoso Paso ─que los geógrafos esperaban encontrar en el extremo norte del continente americano─, como descubrir los posibles establecimientos extranjeros; que lógicamente resultaron ser los rusos a la altura de los 70º de latitud Norte.

Previamente, los expedicionarios cartografiaron el monte San Elías y la isla Kayak (Alaska), que bautizaron con la festividad del día: Nuestra Señora del Carmen (16 de julio), y recorrieron la costa oriental de la actual Hinchinbrook Island, y descubrieron Port Etches, en donde permanecieron avituallándose durante una semana. Reanudado el viaje, reconocen el extremo sur de la península de Kenai, que denominan como Nuestra Señora de Regla, topando finalmente con los establecimientos rusos en las costas del Mar de Bering, por lo que se dieron la vuelta. Su periplo finalizaría en el puerto de San Blas de Nayarit el 21 de noviembre, dando la voz de aviso sobre el peligro que representaba para Nutka la proximidad de los colonos eslavos.

La amabilidad de los indígenas y el buen trato que los españoles les dispensaron desde el principio, habían facilitado el asentamiento hispano en aquella hermosa isla en donde se levantó un fuerte y se protegió la ensenada que hacía las veces de puerto (en su actual capital, Victoria) con algunas piezas de artillería. De esta manera, la bahía y toda la isla, conjuntamente con la costa continental que tenía enfrente, se convirtieron en la última frontera ganada por el Imperio español, justo unos pocos años antes de iniciar su inexorable repliegue. La región estaba poblada por apenas unos cuatro mil naturales de los que hoy se conservan sus retratos y algunas de sus hermosas pertenencias ─que regalaron a los expedicionarios─, en las colecciones del Museo de América de Madrid. Algunos de sus descendientes, todavía hoy conservan el limitado vocabulario español con el que sus antepasados hablaron a los nuestros durante todo el tiempo que convivieron con ellos.

Tras regresar de esta nueva expedición, Bodega y Quadra fue ascendido a capitán de navío en 1780, realizando nuevas misiones al Perú, entre 1781 y 1783, en busca de azogue para las minas mexicanas de plata, con las que la Corona sostenía la emisión de los primeros vales reales (billetes) que para financiar la guerra norteamericana había emitido la Corona. Y terminada la guerra con la victoria de las armas borbónicas y la independencia de los nuevos Estados Unidos de Norteamérica, España celebraba la recuperación de Menorca, La Florida y Honduras, de manos inglesas, con el único lamento de no haber podido sumar a todos sus triunfos el Peñón de Gibraltar.

Durante estos años, Bodega y Quadra se acrecienta en su labor de explorador y diplomático, desempeñando diferentes empleos en Cuba y la Península. Sin embargo, deseoso de servir en América, obtuvo permiso para regresar a San Blas, esta vez con el cargo de comandante de su Departamento Marítimo, apenas unos meses antes (24 de marzo de 1789) del estallido de la Revolución francesa. Los trabajos que realizó en aquel destino fueron numerosos y diversos, destacando la organización y preparación de varias expediciones a las tierras altas de California[1] y las Filipinas.

 

[1] Las primeras naves que exploraron las costas de California fueron las de Cortés en 1536. Los españoles creyeron que habían llegado a las míticas tierras de la reina Calafia y de ahí el nombre de California. Más tarde, los navegantes portugueses Juan Rodríguez Cabrillo y Bartolomé Ferrelo, al servicio de la Corona española, exploraron sus costas (1542-43), antes que Andrés de Urdaneta realizara el primer «tornaviaje» entre Filipinas y Acapulco (1565), siguiendo la corriente del Kuro Shivo. En 1611, Felipe III nombró al marino y diplomático Sebastián Vizcaíno como primer embajador de la Corte española en Japón. En reciprocidad, llegó a España el noble Hasekura Tsunenaga, el primer diplomático japonés que pisó Occidente. Por último, el danés Vitus Bering (1725), al servicio del zar Pedro I, y el ruso Aleksei Chirikov (1741), navegaron por las heladas aguas del estrecho y la península a las que dieron nombre: Bering y Alaska.

 

De vuelta a la isla que llevaría su nombre

Contando con el apoyo del nuevo virrey de México, el conde de Revillagigedo ─del que todavía se conserva en Gijón el palacio familiar─, Bodega y Quadra asumiría el desempeño de importantes tareas diplomáticas, para las que estaba especialmente dotado por su carácter templado, el dominio de idiomas y su saber estar, fruto de una educación familiar muy esmerada. De ahí que destaque en su biografía por su intervención final en el nuevo conflicto que por la posesión de Nutka se desató justo a comienzos del reinado de Carlos IV (1789).

El virrey había recibido instrucciones muy precisas de Floridablanca respecto a que no se abandonase la posesión de la isla, y había enviado a la misma, para su gobierno, al competente marino Francisco Eliza, con órdenes específicas para que se reconociese la costa norteamericana de norte a sur, incluyendo el puerto y archipiélago de Bucareli y la entrada al estrecho de Juan de Fuca. Así estaban las cosas a la llegada de la expedición de Alejandro Malaspina y José de Bustamante a la gran isla, en los primeros días de julio de 1791, que se sumarían con gusto a todas estas tareas de defensa que ya llevaba a cabo la fragata Concepción y su comandante Ramón Saavedra, junto con una compañía de voluntarios del Regimiento Cataluña, al mando del coronel Pedro Alberni. Y combinando la fuerza con la diplomacia, finalmente los gobiernos español y británico decidirían buscar un arreglo diplomático para evitar la guerra.

Como no podía ser más indicado, el virrey nombró como responsable de la delegación española a uno de los más capacitados hombres que tenía a su servicio: Juan Francisco de la Bodega y Quadra, quien marchó a la zona en litigio para entrevistarse con su homólogo inglés George Vancouver, el marino que había participado en algunos de los viajes de exploración por el Pacífico de James Cook. Pese al buen entendimiento personal que se estableció entre ellos, las exigencias de sus respectivos gobiernos impidieron que pudieran llegar a ponerse de acuerdo en las negociaciones, aunque en honor de ambos la isla de Nutka fue rebautizada en los mapas con sus respectivos nombres: de Vancouver y Quadra. Y lamentablemente para el final de esta historia, los canadienses renunciaron pronto a este pasado y sus raíces, suprimiendo injustamente el nombre del marino español, que tan identificado estuvo con su exploración, y a la que sin duda amó por su belleza y la nobleza de sus aborígenes.

Desgraciadamente, dos años después de aquella misión diplomática Bodega y Quadra se sentiría enfermo, como consecuencia de haber minado su salud la insalubridad pantanosa del mencionado puerto de San Blas, lugar en donde tenía su comandancia. Aunque fue trasladado lo antes posible a un hospital de la ciudad de México, allí falleció por unas fiebres al poco de llegar.

Nota final al margen.

Juan Francisco de la Bodega y Quadra (Lima, 1743/Ciudad de México, 1794), fue un oficial criollo de la Real Armada, nacido en el Virreinato del Perú, de padre santanderino (Tomás Bodega) y madre limeña (Francisca de la Quadra Mollinedo). Siendo el segundo de cinco hermanos, con 19 años sentó plaza de guardiamarina en la Academia de Cádiz (1762), para cultivar su fuerte vocación de marino y explorador. Sus capacidades para el mando, la diplomacia, el manejo de idiomas y su sólida formación científica, le granjearon el aprecio de los virreyes de Nueva España, que le recompensaron en 1780 con el mando del departamento de San Blas de Nayarit. Este puerto de la costa de California había sido fundado por el visitador general José de Gálvez (1768), con el objetivo de impulsar la colonización de California y la exploración del Pacífico Norte.

La figura de Juan Francisco de la Bodega y Quadra también está íntimamente ligada a las costas de California, y de hecho, la famosa Bahía Bodega que aparece en la mítica película de “Los pájaros”, filmada por Alfred Hitchcock en esta localidad norteamericana, resulta buena prueba de ello.

Por último, quiero recordar que esta historia fue objeto de una gratísima charla personal con mi admirado Miguel de la Quadra Salcedo, famoso y reconocido colega de profesión al que tuve el placer de entrevistar en su día, sorprendiéndose don Miguel de mi interés por su antepasado. Sirva este relato como mi particular homenaje a ambos.

Comentarios

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Abrir la barra de herramientas