Alonso despertó en medio de la noche y encontró que Alosna no estaba. Escuchó el ruido de la puerta y entonces se puso en pie de salto, sin apenas hacer ruido siguió a la joven por el bosque. Su corazón latía desacompasado, él sabía que estaba a punto de quebrarse:
-No lo hagáis, no lo hagáis -mascullaba desesperado mientras seguía a la joven-
Al terminar de ver tan triste escena el caballero no sabía cómo actuar, de repente empezó a sentir frio, se halló prácticamente desnudo en medio del pueblo, volvió rápidamente a la casa de Alosna, tomó sus pertenencias, recogió su caballo y volvió a la posada. Sentía un vacío inmenso en su pecho, un helado fuego recorría sus venas y arrasaba con su tranquilidad, hace mucho no sentía un dolor así y lo odiaba, preferiría mil cortes o diez mil flechas antes que ver a su corazón revelarse de tal forma, era tarde, en más de un sentido, el caballero sólo cerró los ojos y durmió.
No tuvo un sueño, sino más bien un recuerdo. Se halló en Piamonte junto a su hermano y su esposa, todos estaban comiendo, estaban celebrando que ambos habían sido investidos con el título de caballeros, por eso habían vuelvo a casa a decírselo a su padre. El anciano, que había dejado de lado el llamado de dios por el amor a una mujer, se encontraba alegre y rozagante como si hubiese perdido veinte años de golpe. Su voz sonaba fuerte y llenaba la estancia con risas, la tímida mano de su esposa estaba aferrada a la suya y su hermano cantaba himnos de guerra con su hermosa voz. Cuando cayó la noche se quedó completamente sólo y decidió pasear por las tierras de su padre, recorrió los cultivos y entró al galpón, recordó con felicidad su infancia, de pronto, su hermano apreció detrás de él.
+ Sois el hombre más afortunado de la tierra – dijo sin disimular su borrachera-
*¿Por qué lo decís?
+Ella… ella es maravillosa – sus ojos se llenaron de lágrimas-
*Encontrareis también una buena mujer no tengo dudas al respecto, siempre habéis sido el mejor de los dos.
Su hermano se tumbó en el piso y le dio un largo trago a la botella que llevaba en la mano, se secó las lágrimas con el puño de su camisa:
+Ese no es mi destino – volteó a mirar a Alonso- tampoco el tuyo, pero es bueno que lo hayas probado…
Alonso se despertó antes del crepúsculo una lluvia pesada caía sobre la sabana, todo el mundo se hallaba refugiado, estas tierras eran inclementes y destructivas. Aunque Alonso estaba maravillado con ellas, con sus montañas y sus colores. Siempre se sintió mejor cerca de las montañas, su padre solía decirles: “en ellas nacisteis y en ellas debéis morir” así lo hizo su hermano, así lo haría él. Un extraño presentimiento recorrió todo el cuerpo del caballero, se acercó a la ventana y se quedó mirando la lluvia hasta que amaneció.
A mediodía llegó la encomienda y con ella Gregorio Montero quien traía con él su nuevo acero. Cuando tuvo la espada en sus manos fue como si hubiera nacido otra vez, era un poco más pesada que la anterior, pero con unas pocas horas de practica se acostumbraría. Fue junto al criollo a tomar una cerveza y a desayunar, tomaron huevos, tocino y una extraña sopa a base de leche y cebolla, Don Gregorio le comentó algunos asuntos del virreinato y del ambiente general en Santa Fe, Alonso escucho sin mucho interés y después le pidió ir a la casa de Alosna a negociar las raíces, sin hacer muchas preguntas accedió y se dirigió a aquello. El caballero fue a probar su nueva espada.
Cuando regreso Don Gregorio, el caballero se había adaptado totalmente y se sentía más seguro que nunca. El criollo le anunció que el precio había sido fijado y pagado, pero tendrían que esperar cuarenta días para que se pudieran cosechar las raíces, Alonso recibió la noticia sin mucho entusiasmo, pero con resignación.
Los días pasaron lentos mientras el caballero veía a Alosna pasear por el pueblo, mientras escuchaba al seminarista alardear de sus conquistas en la taberna, pero no había más que esperar. Un día Don Gregorio se pareció en su puerta y le dijo que el pueblo celebraba su fundación, así que salieron juntos a beber y a bailar, el caballero se divirtió, besó a un par de meseras de la cantina y jugó a las cartas, después salió a dar un paseo, vio a Alosna intentado levantar al seminarista quien estaba tan ebrio que no podía levantarse, el caballero se acercó y lo alzó como si n fuese más que un infante.
-Gracias… – dijo mirando hacia el piso- ¿Cómo os encontráis?
*A donde lo debo dejar ¿en su residencia? ¿o en la vuestra? -dijo el caballero en un tono neutral-
-En la suya -dijo en un tono bajo la muchacha- Después ¿podríais hablar conmigo?
*Si me disculpáis, no creo que tenga nada que hablar con vuestra merced, sólo faltan dos días para que nuestro negocio llegue a buen término. -El caballero aceleró el paso, la residencia donde se quedaban los seminaristas no estaba muy lejos-
– ¡Señor, mi intención no era dañaros! Yo… solo estoy confundida – su voz se quebró al decirlo-
El caballero llamó a la puerta, abrieron dos seminaristas a quienes entregó a su hermano, después dio media vuelta y se fue.
-Lo siento -dijo la joven, sonó tan sincero que el corazón del caballero se ablandó-
El caballero se volteó y la miró a los ojos, asintió una vez como queriendo decir que todo estaba bien, ella se volvió, pero junto cuando se internaba en los bosques el caballero corrió tras ella, la tomó por los hombros y la besó, la estrechó entre sus brazos, se aferró a ella y la tumbó sobe el piso, una extraña fuerza se apoderó de él, un deseo inconmensurable, una lujuria ciega. Recorrió su cuerpo con sus manos, se bajó el pantalón, pero antes de hacer nada, escucharon un ruido en el bosque, unas jóvenes subían al molino por el camino del bosque. Alosna tapó la boca del caballero y cuando por fin cesó el peligro, lo miró y dijo:
-No… No puedo, lo siento caballero, yo no puedo hacer esto. – en un movimiento rápido se paró, corrió y se internó en el bosque-
El caballero se paró y entró en un tortuoso estado de culpa, cuando bajó al pueblo se aferró a la bebida como único consuelo, las sensaciones que había dentro suyo eran tan confuso como dolorosas en su mente un único pensamiento predominaba “debería haber muerto tantas veces antes”, pronto en su mente no hubo nada más que eso.
Vio como unos campesinos intentaban tomar a una joven por la fuerza, se interpuso y peleo contra ellos, aunque no puso todo de sí en ellos, así que los hombres terminaron por darle una golpiza, al caballero no le importaba, sus venas estaban tan llenas de alcohol que no sentía dolor alguno, cuando todo terminó, sólo se paró y se fue.
Fue difícil llegar a la posada en el estado en el que se encontraba. El caballero se tambaleaba como un puente de cuerdas y a duras penas se mantenía en pie, usaba su espada como soporte. Sé sentó en un barril que estaba afuera de una casa y cayó en un profundo estado de tristeza, se sentía como una bestia, como aquel que se llevó a su amada hace años. Y aun así sentía su aliento caliente, como la sangre fluía de forma vertiginosa a través de él, se sentía lujurioso, libidinoso. Se puso sobre sus rodillas, bajo la cabeza y comenzó a orar.
*Mi buen señor, padre celestial, perdóname por mi comportamiento. Esta mujer tiene un poder inmenso sobre mí, quiebra mi voluntad, mis valores y mis votos. Yo no soy así… – Alonso alzó la mirada y vio a una mujer parada junto a él-
Se paró de un golpe y quedó estupefacto ante la imagen de la doncella roja, ella sonreía, lo miró y se le acercó lentamente, como un gato que busca su presa.
– ¿No sois así? ¿Eso es lo que te decís para encontrar consuelo, Alonso? Siempre pensé en vos de la manera en que actuaste hace rato – señaló hacia la casa de Alosna- Sois un animal, un depredador, por eso sois tan buen soldado, porque tus instintos son más precisos que tu razón. No sois un poeta ni mucho menos un filósofo, sois una criatura en la que la sangre prevalece, así me tuviste, así conseguiste el favor de una dama como Laura Isabel. Sois una pasión irracional desatada en el mundo, un esclavo del amor y del deseo, no deberíais avergonzarte de eso mi buen caballero, mi amado Alonso, no neguéis vuestra naturaleza. Tampoco culpéis a la ebriedad, porque vuestra ebriedad es sincera, prístina, la máscara que lleváis solo la ostentáis cuando estáis sobrio. -se sentó en el suelo e invitó al caballero a que lo hiciera al lado de ella, tocó su rostro levemente, fue apenas como el roce de la brisa- sois demasiado correcto y sobre todo si se trata de amor, habéis visto de primera mano que esa muchacha ama a alguien, alguien que no eres vos y eso os carcome por dentro, porque sois un hombre que es más leal a lo que se siente que a lo que se piensa, mi pobre caballero errante, debes dejar de culparte, vuestro corazón es fuerte y honorable -acarició las heridas en el rostro de Alonso- ¿Por qué haces esto? ¿Necesitas el castigo? Y si es así ¿Dejar que te golpeen unos borrachos lo es? -apretó con fuerza el hombro que se había desencajado, el caballero dio un grito gutural- Es tu corazón, no tu enemigo…
La dama roja se alejó caminando y se perdió entre la bruma del espeso bosque, Alonso se quedó inmóvil en el suelo, se tocó el corazón y se preguntó porque aun tenia esta necesidad ¿Era acaso un vicio? El caballero pensó que había recibido más amor que el que ningún hombre de su clase puede merecer y aun así no estaba conforme, necesitaba una mujer, necesitaba un amor, otro amor…
Estruendosos rayos empezaron a retumbar en el cielo oscuro de la madrugada y la lluvia golpeó inclemente al caballero. Alonso vio cómo su sangre se mezclaba con la lluvia y el polvo del camino y sonrió, tocó la herida de su costado y rio como no había reído antes, estaba seguro que ahora si había perdido la cabeza.





Mabel
Muy buen Cuento. Un abrazo y mi voto desde Andalucía