Chocolate envenenado

Escrito por
| 578 | 50 Comentarios

Pasé todo el mes en tensión, pues sabía que la meta estaba a su alcance; no que fuera a arrebatarle a Jorge el primer puesto, como ya había hecho alguna vez, pero sí que, al menos, obtendría una de las plazas que daban opción al premio. Con eso me bastaba. Y el día que llegó con la noticia de que ya lo había conseguido le abracé con tanta fuerza como no le había abrazado nunca, y le proporcioné una noche que ni aún después de lo ocurrido creo que haya podido olvidar. Tal era el ansia con que había anhelado aquel viaje; el primero desde la luna de miel, o, mejor aún, el primero de mi vida, ya que la luna de miel se había reducido a tres noches en un hotel de la costa. Aquel, en cambio, sería un viaje de verdad, en el que iba a poder estrenar mi pasaporte. Tal vez pueda sonar ingenuo, pero me hacía una ilusión casi infantil poder ver, al fin, un sello en una de sus hojas. ¡Hacía tanto tiempo que lo había obtenido y aún estaba virgen!

De sus compañeros de trabajo conocía solo a uno, José Ignacio, al que mi esposo había traído a casa en varias ocasiones; a su esposa, en cambio, la había visto una sola vez que los cuatro habíamos coincidido en un centro comercial. De Jorge le había oído hablar, sobre todo cuando le arrebató el número uno, y a su esposa tampoco la había visto nunca. Eran, pues, para mi, gente nueva a quien conocer, aunque el hecho de ser compañeros de trabajo de mi esposo les otorgase cierta condición de familiaridad; algo así como acompañantes allegados con los que una se podía sentir confiada.

Con esta disposición afronté el viaje.

Al llegar a Maiquetía ni siquiera reparé en los que iban a ser mis compañeros durante aquella semana; mi única preocupación era ver, al fin, un sello estampado en mi pasaporte, y en cuanto lo vi, no pude evitar que me embargase una enorme decepción; la misma que, según parece, va siempre ligada a la ilusión que precede a toda primera vez. “¿Y esto es todo?” Un simple cuadrado en negro, en una página cualquiera, puesto con evidente apatía, y con una fecha apenas legible: la de mi primera salida del país; como si el funcionario quisiera dejar constancia con aquella imprecisión de la futilidad de toda primera vez, condenada a confundirse en el recuerdo con cualquier otra vez, hasta perderse en el olvido. Quizá por ello fuese mayor la inquietud que se fue apoderando de mí a medida que nos acercábamos a Miami; una vaga sensación de ansiedad que, paulatinamente se iba transformando, sin saber por qué, en temor. ¿Seguro que nos van a dejar entrar?, preguntaba a mi esposo. ¿Seguro que llevamos todos los documentos en orden y no vamos a tener ningún problema? Me habían otorgado la visa sin dificultades pero, quizá por eso, mi bisoñez necesitaba de alguna inquietud para compensar tanta facilidad.

Llegué a la taquilla de inmigración ahíta de recelo. Y, cuando el funcionario, tan serio, me preguntó si era la primera vez que entraba en los Estados Unidos, pensé que, acto seguido, me iba a negar la entrada, sabría Dios por qué motivos. Pero, no. Puso el sello en mi pasaporte, éste en rojo y bien centrado en la página y, al devolvérmelo, con una sonrisa afable, me dijo: “bien venida a los Estados Unidos de América”. Oír aquella frase fue como experimentar toda la satisfacción de una auténtica primera vez; creo que si me hubiese dicho que me otorgaban la nacionalidad norteamericana no hubiese experimentado un alivio mayor. ¡Cuánta ingenuidad hay en toda primera vez! ¡Si hoy se repitiese aquel viaje sería todo tan distinto! Y, por supuesto, no hubiera permitido que me ocurriera ninguna de las cosas que lo empañaron, y son las que hacen que no lo haya podido olvidar.

Pasamos el día en Miami, como haríamos también al regreso, para conocer la ciudad, mas yo no me enteré de nada; como el colegial al que mandan subir a un autobús, le llevan por rutas desconocidas, y le hacen luego bajar, sin tiempo para que pueda formarse una idea clara de por qué ni adónde le han llevado. Era, sí, el mismo sol de Maiquetía, idénticas palmeras, ¡pero todo tan distinto! No sabría decir si frío o caliente, si acogedor o extraño. Hay siempre algo de aséptico en la limpieza y en el orden; y aquello estaba todo muy limpio y ordenado. Es la impresión que me quedó de aquel primer día en Miami: la fría incomodidad del orden y la limpieza; el sufrimiento de no atreverme ni siquiera a fumar por no saber qué hacer luego con la colilla del cigarrillo.

Por la noche volamos a San Juan, y todo fue diferente. Hay algo en esta ciudad que contagia desde el primer momento su cálido ambiente latino.

De todas las caras nuevas que me tocó ver aquel primer día de viaje, la que más me llamó la atención fue la de Amparo, la esposa de Jorge. No es que hiciese entonces reflexión alguna acerca de ellas, pero las impresiones quedaron grabadas en mi mente y, una vez llegados los acontecimientos que habían de ocurrir, recordarlas me permitió comprender lo que antes no supe interpretar. Aún hoy recuerdo con nitidez la suavidad de aquel cutis, obtenida a base de cremas y cuidados; la ausencia de arrugas, la perfección artificial de aquel rostro creada por la cirugía y las muchas horas ante el espejo. Al verla pensé en la mujer que solo se ocupa de sí misma para compensar la falta de atención por parte de un marido del que quizá solo reciba dinero para satisfacer todos sus caprichos. Estaba sola, distante, como si el hablar con alguien pudiera llegar a descomponer su figura. Jorge, siempre tan activo, se ocupaba de todo menos de aliviar la soledad de su esposa. Por eso no me sorprendió que ya en el vuelo de Miami a San Juan se sentase al lado de mi marido, el único que durante aquel día le había prestado alguna atención; una condescendencia efímera, mas que, a la postre, habría de ser la ranura por donde el diablo metiese los cuernos.

A la única que conocía, como ya dije, era a Paulita, la esposa de José Ignacio, y a ella me arrimé aquel primer día, aunque también pudiera ser que fuese ella quien se arrimase a mí, pues también ella estaba aquejada de soledad. En ningún momento me lo dio a entender, pero creo que a José Ignacio nunca le quiso. Tan remilgado y atento que podía incluso caer simpático, pero creo que, precisamente por eso, Paulita ya no lo soportaba. Y no me sorprende, porque la suya era una simpatía tan artificial, acompañada de unos gestos tan amanerados que, si no fuera por lo que luego ocurrió, hasta yo hubiera llegado a dudar de su hombría. Y a Paulita la insatisfacción se le notaba a la legua. ¡Vaya si se le notaba, aunque ella supiera disimularla mejor que Amparo!

Completaban el grupo otra media docena de parejas que nada tenían que ver con la empresa de mi esposo, y entre los que Jorge, al final, conseguiría un par de clientes, aunque yo siempre pensé que a quien intentaba captar era a una joven divorciada, atractiva y anhelante, que viajaba sin pareja.

Como adonde iba yo iba mi marido y con Paulita iba también el suyo, los cuatro nos pasamos juntos todo el viaje; y como Jorge se ocupaba más de buscar clientes entre los extraños que de atender a Amparo, ¿qué iba a hacer la pobre sino unirse a nosotros? Y precisamente ella fue la gran animadora de la conversación, sobre todo los primeros días, contando una tras otra y con todo lujo de detalles las numerosas operaciones que llevaba ya sobre su cuerpo. Primero se había arreglado la nariz, en parte para rectificar una pequeña desviación del tabique pero, ya de paso, y “para aprovechar la anestesia”, se había hecho remodelar y corregir una ligera curvatura aguileña con la que se veía tan poco favorecida.

“¡Uy, no! Con aquel aspecto ganchudo era horrible”.

“Ahora, en cambio, te ha quedado muy mona”.

“No exactamente como yo quería, pero, vamos, ya me puedo mirar al espejo”.

Dos años después se había rectificado los labios. “Los tenía demasiado finos, ¿sabes?; insulsos”. Y los había sustituido por otros más carnosos y sensuales. De paso se rellenó unas ligeras arrugas en torno a las comisuras, y las incipientes patas de gallo. Más tarde se había practicado una liposucción en los glúteos, que se le habían agrandado y caído deformando la estética de las líneas de su silueta. Finalmente, hacía poco más de un año, se había reafirmado las tetas, aprovechando para agrandarlas media talla.

“Más que agrandarlas, el resultado fue que, con la reafirmación, recuperaron su volumen primitivo, ¿sabes? Porque yo, de pecho nunca tuve de qué quejarme”.

Y no se recataba en demostrarlo exhibiendolo generosamente. Supongo que para eso se había operado. Nadie se reafirma o agranda las tetas para llevarlas luego escondidas, y menos alguien a quien encanta presumir de dinero.

“Si una puede, ¿por qué no? Solo no se opera la que no tienen medios; pero, teniéndolos, buena gana de andar con una nariz que no te gusta, la cara llena de arrugas o las tetas colgando hasta el ombligo”.

A mí no me faltó el dinero, gracias a Dios, y, sin embargo, nunca pensé en hacerme operación alguna. Claro que, de mi cara no tengo aún motivos para quejarme, y las tetas, bueno, no es que las tenga como a los dieciocho años, pero hasta el ombligo tampoco me cuelgan.

En la playa no paró hasta enseñarme todas las cicatrices, recalcando, al mismo tiempo, los terribles dolores del posoperatorio.

“Pero valió la pena, ¿sabes? ¿No te parece que valió la pena el sacrificio?”

Creo que fue con tanta exhibición con lo que enganchó a José Ignacio, pues ya entonces me di cuenta de que siempre tenía buen cuidado de sentarse frente a él, o inclinarse de modo que pudiera verle las tetas hasta su misma raíz. Y, claro, por muy pacato que fuera, no por eso iba a dejar de ser hombre, digo yo. Además, no veo qué puede haber de extraño en que un hombre de costumbres tan amaneradas terminase prendándose de un cuerpo tan artificial como el de Amparo. Y también a la inversa, naturalmente. Paulita, en cambio, ves, era más bien recatada. En eso es más como yo, aunque, modestia aparte, ella, aunque quisiera enseñar, la pobre, no tiene mucho qué. Por eso lo de Andrés no pude entenderlo; si le atrapó tuvo que ser más por lagartona que por lo físico.

¿Cómo podría yo sospechar nada de lo que estaba ocurriendo? En apariencia se trataba solo de dos matrimonios bien avenidos compartiendo unas vacaciones deliciosas, que iban juntos a todas partes porque eran los únicos del grupo que se conocían. Que a aquellas cuatro personas se añadiese una quinta, es decir, Amparo, entraba dentro de lo más normal, dado como era su esposo. Y Amparo no estorbaba, (eso pensaba yo); más bien era quien más contribuía a amenizar las horas de tertulia con sus cuentos e historias. No obstante, fue por su lado por donde se empezó a batir el cóctel hasta que, de tanto menearlo, se nos merengó.

Una, claro, va percibiendo detalles que en el momento de ocurrir no pasan de resultar sorprendentes, aunque sin concederles importancia, pero que quedan ahí grabados y luego, llegado el momento, sirven para ayudarle a una a entender lo que ya no se puede remediar. Algunos de esos detalles los aprecié el día que visitamos el Morro, cuando José Ignacio y Amparo se pasaron todo el día juntos, aunque lo llamativo no fuese que anduvieran juntos, sino los largos espacios de tiempo en que los dos juntos estuvieron perdidos por aquellos pasadizos y recintos solitarios. Para mí que más de un achuchón se dieron, y ojo si todo quedó en achuchones, porque luego a Amparo se la veía muy sosegada; demasiado sosegada, diría yo. Lo mismo que ocurrió al día siguiente en Vielques, donde también los dos se perdieron juntos demasiado tiempo, y seguirían perdiéndose en adelante.

Claro que, cuando se excedieron fue el día en que Amparo, en la playa de San Juan, fingió haber pillado una insolación y se fue sola al hotel. Creo que fue el día de su estreno con José Ignacio, porque, al poco rato se fue él también con el pretexto de buscar no sé qué para la cámara de fotos, y no regresó.

Estas cosas yo las veía, claro; pero, como no iban conmigo, me callé; no iba yo a meterme en la vida ajena. Miraba a Paulita con disimulo, y en más de una ocasión me sorprendió verla tan tranquila, aunque, ahora comprendo que no se diese cuenta de nada y, aún dándose, no se preocupase en absoluto, pues, para entonces, ella ya estaba más pendiente de mi marido que del suyo.

Cuando visitamos la factoría de Bacardí, antes de iniciar el recorrido por el recinto, nos invitaron a un cóctel, como tienen por costumbre. Paulita había estado aquella mañana más bien tristona, como pensativa; pero, entonces, Andrés comenzó a bromear con ella y, a lo tonto, a lo tonto, se bebió un vaso tras otro de aquel combinado que no parecía muy fuerte, pero cuyo efecto no tardó en evidenciarse. Luego, con el pretexto de que el ron se le había subido a la cabeza, todo fueron risas y sobeteos. Y al final terminó poniendo la guinda con el jueguecito de qué mal me siento, qué malita estoy, con el que supo acaparar las caricias y melindres que Andrés prodigó para consolarla, hasta que se le fueron todas las inhibiciones. Y yo, como una ingenua, sin sospechar nada. Claro que, cómo iba a sospechar si nunca había disfrutado tanto. Es posible que Andrés anduviera ya bebiendo los vientos por aquella llorona, pero se ve que, como no lograban alejarse de mí, de ella solo recibía calenteras que luego, por la noche, aplacaba conmigo. Ni una sola noche me falló; y yo en todo el día no hacía otra cosa que desear que llegara la noche. ¿Cómo, en aquellas circunstancias, podía haber llegado a sospechar nada?

Regresé convencida de que aquel había sido un viaje inolvidable, pero lejos estaba yo de imaginarme en qué medida lo iba a ser ni cuales los verdaderos motivos. Porque si, mientras los hechos ocurrían ante mis propios ojos, no me había enterado de nada, menos me iba a enterar después, cuando tantas oportunidades iban a tener para actuar a escondidas. Y posiblemente aquello hubiera podido continuar mucho tiempo, ellos viéndose en secreto y yo tan feliz en mi ignorancia, de no haber sido por Amparo. El día que vino a verme y me lo contó, no sabía si reírme o ignorarla, por fantasiosa y embustera. Cierto que el apasionamiento de Andrés en la cama distaba mucho del que había mostrado aquellos días, pero tampoco era como para sentirse una víctima de la frustración. Por eso no la creí. Venir a decirme así, a la cara, que Paulita y Andrés eran amantes, era como para reír sin parar.

“Yo misma los vi”.

“¿Dónde?”

“En el hotel”.

“¿En el hotel? ¿Y tú qué hacías allí? Porque si me dices que los viste en el hotel es porque tú también estabas. ¿O vas a decirme que los viste por televisión?”

Claro; era el mismo hotel que ella frecuentaba con José Ignacio, y debieron saltar chispas. Figúrate: ¡Paulita con mi marido y José Ignacio con Amparo cara a cara! También ya es mala suerte, ¿no? ¡Con la cantidad de hoteles que hay en la ciudad dedicados a lo mismo!

Al final me lo contó todo, y me dijo que había ido a verme para ponerme al corriente y saber qué pensaba hacer yo.

“¿Yo? ¿Cómo voy a saber qué voy a hacer si ni siquiera sé si lo que me estás contando es cierto? ¿Lo sabe ya tu marido?”

Según ella, Jorge aún no sabía nada, y quería que le devolviese el favor siendo yo quien le informase, tanteando de paso el terreno. Hacía solo dos meses que su ambición se había cumplido y le habían ascendido a gerente de división. De compañero de quien le estaba poniendo los cuernos había pasado a ser su jefe.

Dejé pasar algunos días sin decir nada a mi marido; dos o tres, creo; quizás cuatro; fingiendo ignorar lo que estaba ocurriendo; y fui a verle. Había tres matrimonios destrozados, pero tanto él como yo permanecíamos al margen.

Jorge ya estaba al corriente, claro; en la empresa la noticia había corrido con la velocidad del morbo. ¡Que a uno de los jefes recién ascendido uno de sus subalternos le estuviese poniendo los cuernos era algo que no ocurría todos los días!

“Uno piensa que con darle dinero para sus caprichos es suficiente para hacer feliz a una esposa, pero ya he visto que no”.

“Deja eso ahora, le dije. Lo que hay que ver es cómo deshacemos el embrollo. Porque, ¡no me dirás que no parece una comedia de enredo!”

“¡Y de las malas! Lo grave es que nosotros somos los protagonistas, y no precisamente en la

ficción, sino en la realidad”. Se puso entonces muy serio y, después de una pausa, añadió: “aunque eso no quiere decir que no estemos de cara al público; ¡y con qué crueldad se ríen, los coños de madre!”

Hasta aquel momento no había tomado verdadera conciencia de la situación; de que también yo estaba siendo traicionada por mi esposo. Como si todo aquello no fuese real o no tuviese que ver conmigo. Fue el ver aquella pesadumbre en Jorge lo que me hizo reaccionar y comprender que yo estaba también sintiendo el mismo dolor. Y en cuanto regresé a casa me encaré con Andrés.

“¿Qué? ¿No tienes nada que decirme?”, le dije en cuanto los niños se fueron a la cama.

“Decir, ¿qué?”

“Tú sabrás. La que comenzó preguntando fui yo”.

Viendo que le costaba arrancarse, me aparté el pelo de la frente y, con guasa, le pregunté:

“¡Vamos! ¿Que si ya se me notan mucho estos bultos que me están saliendo aquí?”

Pasaban los segundos pero él, con la cabeza baja, seguía sin decir nada, y aquel silencio comenzó a encorajinarme. Si, por ejemplo, me hubiera dicho: “perdona, pero me he enamorado de ella”, o “los sentimientos cambian sin que uno sepa por qué”, o cualquier otra cosa por el estilo, creo que mi reacción hubiera sido muy distinta de lo que fue; pero, aquella actitud cobarde, de cordero degollado, solo podía conducir a una al ensañamiento. Y empecé a sentir cómo se me encendía la sangre, aunque, por el momento, aún pude recurrir a la ironía y a la befa.

“¿Y Paulita cómo está? ¿Bien?”, le pregunté.

Él seguía mirándome de soslayo, sin atreverse a levantar hacia mí la vista.

“¿Y en la cama, qué tal? ¿Mejor que yo? ¡Qué preguntas se me ocurren!, ¿no es verdad? Debo de ser tonta; porque, si no fuese mucho mejor que yo, no me hubieras dejado a mí por ella, claro. ¿O es que no te basto yo sola sino que nos necesitas a las dos? ¡Vamos, hombre! ¡Di algo! Pareces un pasmao. Tampoco es para tanto. Ni eres el primero que pone los cuernos a su mujer ni vas a ser el último, descuida”.

Ya no solo era la sangre que tenía envenenada sino que los nervios se me estaban tensando de tal modo que sentí ganas de saltarle a la cara y arañarle hasta dejársela peor que la de un nazareno. ¿Y aquel momio era mi marido? Con razón en todo el viaje no se había separado de mí. ¡Qué no habrá tenido que hacer la pobre Paulita para llevárselo a la cama la primera vez!

“Entonces, no quieres hablar, ¿eh?”, dije, logrando aún contenerme.

“¡Para qué!, si ya lo sabes todo”, dijo, al fin.

“¿Cómo que para qué? ¡Para saber si es verdad! ¿O es que piensas que yo me había creído lo que me habían contado otros sin oírtelo a ti? ¿En tan bajo concepto me tienes como para pensar que yo me iba a creer cualquier cuento que me contasen sobre ti?”

“Bueno, pues ahora ya lo sabes”, repitió compungido.

En aquel momento quien se quedó sin habla fui yo. Aún sabiendo la verdad estaba resuelta a afrontarla dignamente, mas, al oírlo de su boca, toda mi dignidad se desplomó llevándose consigo el pequeño rayo de esperanza que me quedaba de que él me dijera que no era cierto, o que había sido un desliz pasajero que yo podría comprender y perdonar.

Agarré una botella de whisky que había por allí y me serví un buen trago, sin ofrecerle a él. Ante la actitud de víctima que había adoptado, a mí no me dejaba otra opción que la de verdugo. Y una tras otra, empujándose por entrar, fueron alojándose en mi mente ideas de venganza, de humillación. La primera, arrojarle de mi lado; la segunda, retener la custodia de los niños; la tercera, quedarme con el apartamento y el dinero de la cuenta; la cuarta, sacarle una pensión que no le dejase ni respirar. ¡Ah! Y si fuese él quien pidiese el divorcio, hacerle sufrir lo indecible. Aunque pronto me di cuenta de que ésta no era una buena idea. Pelear por el divorcio sería solo regalar dinero a los abogados; mejor guardarlo para mis hijos.

A los pocos días volví a hablar con Jorge, porque el muermo de mi esposo seguía sin decir esta boca es mía, y me enteré de que ya habían ocurrido muchas cosas. Con José Ignacio había tenido un encuentro muy violento, a consecuencia del cual éste había solicitado la baja en la empresa, protagonizando, acto seguido, otra gran bronca con mi esposo. Comenzaban a hacerse visibles los efectos de aquel chocolate envenenado en que se había convertido un viaje de placer que mi esposo había ganado con su trabajo y yo había recibido con tanta ilusión.

El meollo del problema estaba centrado en Paulita y José Ignacio, un matrimonio desgarrado por los dos lados. Pero, a su vez, como ambos estaban en la misma situación, ninguno podía darse por ofendido, o, en todo caso, los dos lo eran por igual. En el supuesto de que ellos llegaran a una avenencia, a los demás se nos abría una posibilidad. Pero, Jorge ya lo había pulsado, y el arreglo no era posible. “Yo estaba convencido de que ella era feliz; de que mi comportamiento colmaba la medida de sus necesidades”, decía José Ignacio. Ella, por su parte, se negaba a oír siquiera cualquier propuesta después de haber hallado en Andrés lo que “aquel marico” nunca había sabido darle. El divorcio entre Paulita y José Ignacio era, pues, un hecho ya en marcha; Amparo se lo había pedido también a Jorge; y lo que éste quería saber era qué pensaba hacer yo con Andrés.

“Pelear, dije, aunque allá muy en el hondo de mi alma aún no había descartado la posibilidad de una reconciliación. Pelear por mi familia. Si no puedo retenerla entera, conservaré de ella lo más posible. Si quiere el divorcio, se lo concederé; pero, sobre los niños y el apartamento no voy a hacer concesión alguna”.

“Amparo me pide al apartamento de Los Teques, dijo él. A cambio, no tiene inconveniente en dejarme el niño”. Y, tras un gesto de contrariedad, continuó:

“Pero yo no estoy de acuerdo. ¿Para qué quiero yo al niño? ¿Quién me lo iba a cuidar? Que se lo lleve”.

Ya me parecía a mí extraño que en la mente de Jorge hubiera algo que no fuera puro negocio.

Mas, en el brillo de sus ojos me parecía haber visto una propuesta: cerrar el círculo uniéndonos también nosotros para dejar de nuevo cuadrada la situación de conjunto. Y, por un momento, he de confesarlo, se me cruzó por la mente la fantasía de devolver a Andrés la faena, juntándome con su jefe.

Poco antes me había dicho que Andrés también había solicitado la baja en la empresa, y aquel mismo día hablé con él; y, como me había propuesto, no cedí en ninguna de mis pretensiones. Aquella lagartona no solo le había sorbido el seso sino también la voluntad y eso que se espera que tengan los hombres. Lo que había sido mi esposo estaba ahora convertido en un pelele, y ni siquiera me hizo falta pelear; él dijo sí a todo.

Unos meses después, Amparo y José Ignacio se casaron y se fueron a vivir al apartamento de Los Teques, que Jorge, al fin, les había dejado, pero con la condición de que se llevaran también al niño. Paulita y Andrés se quedaron en el de ella, pero sin casarse. Y yo estoy sola con mis hijos. Aquella efímera ilusión con Jorge no pasó de eso. Me ofreció trabajo en la empresa, y yo lo acepté, para asegurar el pan de mis hijos, pero a los pocos días de estar allí supe que una de las secretarias se había agrandado las tetas y Jorge le había pagado la operación; y, por más que me pesase la soledad, aquello me hizo abrir los ojos.

Han pasado ya dos años y en todo este tiempo no había vuelto a ver a Andrés, hasta el otro día, en el entierro de Amparo. Le encontré desmejorado en lo físico y en lo moral. La lagartona aún le tiene amarrado, pero yo aún no he perdido la esperanza.

Acabo de decir que Amparo ha muerto. Sí. La enterramos el jueves pasado. Su muerte fue la que removió todo este mundo de recuerdos y me puso a escribirlos. ¡Pobrecita! Se había hecho una nueva liposucción; esta vez en el abdomen, para reducir los flotadores, y la pobre se murió. José Ignacio nunca manejó tanto dinero como Jorge, y se fue a una clínica de esas piratonas, por no poder pagar la otra donde la habían operado las veces anteriores. La mandaron para casa al día siguiente, y una semana después se murió de una infección generalizada que no supieron atajar. En su entierro nos volvimos a reunir todos; bueno, faltaba ella; que estaba, pero no estaba. Le dimos el pésame a Jorge; no a José Ignacio. Y todos hicimos lo mismo, como si previamente nos hubiéramos puesto de acuerdo sin haberlo hecho. Jorge estaba muy deprimido, y también indignado. Por las miradas que le dirigía, sé que él responsabiliza a José Ignacio de aquella muerte. Es como es; pero yo sé que, a su manera, la quería.

Con Andrés no pude hablar; apenas un saludo frío y distante. Pero me bastó para comprender que no le está yendo bien. A Paulita, simplemente le di la espalda; por mis hijos; y porque a él aún le sigo queriendo.

              Caracas, 25 de Septiembre de 2007

Nota: informo a mis amigos y seguidores que, tras este largo artículo, me tomaré un descanso hasta Septiembre u Octubre. Estaré igual atento a leer las nuevas publicaciones, pero, durante un tiempo, dejaré de publicar.

 

Comentarios

    • GermánLage

      29 junio, 2017

      Gracias, Arlequín por leerme y por th comentario. Lo de «maestro» es un título que no poseo; te lo tomo y agradezco como un cumplido.
      Un fuerte abrazo, y, a seguir escribiendo.

  1. Celeste

    28 junio, 2017

    Germán, que lo pases muy bien en tus vacaciones. Muchos besos y mi voto por un excelente texto.

    • GermánLage

      29 junio, 2017

      Gracias, Celeste, por haber tenido la paciencia de leerme y por tu comentario. Aún de vacaciones, te seguiré leyendo.
      Un cordial saludo.

  2. Mabel

    28 junio, 2017

    Son agradables leer tus historias y que te puedo decir, solo que me encantan y tienen mucho atractivo, un cierto enganche que apasiona y a la vez distrae. Un abrazo Germán y espero que regreses pronto de tu larga ausencia, aquí te estamos esperando. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

    • GermánLage

      29 junio, 2017

      Gracias, Mabel, por tus palabras. Aunque me tome unas vacaciones, te seguiré leyendo.
      Un fuerte abrazo.

  3. Zelig Pereira

    28 junio, 2017

    Gran historia. El peso de la mentira, que todo (¿todo?) lo envuelve.

    • GermánLage

      29 junio, 2017

      Hola, Antonio. Gracias por leerme y por tus palabras. Seguimos en contacto.
      Un cordial saludo.

  4. eleachege

    29 junio, 2017

    Una excelente historia bien argumentada. Con un lenguaje coloquial pleno de parajes de ingenuidad, humor, desamor, fatalidad. Saludos y felices vacaciones Germán. Mi voto para tu escrito.

    • GermánLage

      29 junio, 2017

      Hola, Eleachege. Gracias por leerme y por tu comentario. Aunque de vacaciones, no dejaré de leer tu bien cuidada prosa.
      Un cordial saludo.

  5. Manger

    29 junio, 2017

    Excelente relato, estimado tocayo; y, como siempre, escrito de manera muy profesional. Yo también me he tomado desde ayer un descanso en Falsaria, aunque intentaré seguir leyendo en silencio cuando mis otros ocios me lo permitan. Te leeré a tu vuelta. Un fuerte abrazo y feliz vacación.

    • GermánLage

      29 junio, 2017

      Gracias, tocayo, una vez más. A la vuelta nos seguimos leyendo.
      Un fuerte abrazo.

  6. Tamara Devic

    29 junio, 2017

    Da gusto leer tus historias Germán, interesantes y escritas de manera impecable. Disfruta mucho tus vacaciones. Un saludo.

    • GermánLage

      29 junio, 2017

      Gracias, Tamara. Aunque de vacaciones, seguiré leyéndote. Tu primera publicación me gustó mucho.
      Un cordial saludo.

  7. Esruza

    29 junio, 2017

    ¡Ah! qué historia. Tengo mucho que aprender de Ud. Desgraciadamente, estas cosas pasan más de lo que se piensa. Felices vacaciones, que descanse y se divierta. Parece ser que por allá tienen unas largas vacaciones, aquí, si tenemos 15 días es demasiado. Espero su regreso a Falsaria. ¡Felicidades y mi voto!

    Un saludo afectuoso

    • GermánLage

      29 junio, 2017

      Gracias, Esruza, por tu lectura y tu comentario tan condescendiente.
      Respecto a las vacaciones, es el privilegio de que disfrutamos los que ya hemos concluido nuestra vida laboral y vivimos jubilados, y con los hijos y los nietos esparcidos desde Bruselas hasta Alaska, pasando por Puerto Rico.
      Un fuerte abrazo.

  8. gonzalez

    30 junio, 2017

    Excelente, Germán, muy bien escrito. Mi voto. Te merecés las vacaciones pero no te niego que te voy a extrañar! Un fuerte abrazo y ojalá algún día podamos hablar.

    • GermánLage

      30 junio, 2017

      Gracias, amigo González, por tus palabras. Mi ausencia de falsaria será solo temporal y, además, seguiré en contacto diario para leer y comentar lo que mis amigos sigáis escribiendo; pero necesito tiempo para otros quehaceres.
      Un fuerte abrazo.

  9. LluviaAzul

    30 junio, 2017

    Querido Germán, maravilloso como siempre. Un abrazo, inmenso.

    • GermánLage

      30 junio, 2017

      Gracias, Jessica (porque creo que ese es tu nombre) por tus palabras y por la condescendencia que siempre tuviste para conmigo desde el primer día que llegué a Falsaria. No dudes que seguiré pendiente de tus publicaciones igual que siempre.
      Un fuerte abrazo.

  10. Charlotte

    30 junio, 2017

    Nos dejas con un delicioso sabor a chocolate y las ganas de seguir leyendo para ver cómo le fue después a la protagonista y a José Ignacio. Qué disfrutes de tu descanso. Un abrazo muy grande

    • GermánLage

      30 junio, 2017

      Infinitas gracias, Ana, por tus palabres. Al no tener la presión de preparar las publicaciones, seguro que encuentro más tiempo para leer tus artículos de atrás.
      Un fuerte abrazo.

  11. enriccarles

    30 junio, 2017

    Hola Germán.
    ¿quieres una crítica de esas con las que llego a molestar hasta los mismos mosquitos? por cierto, ¡qué bicho incordiante! aun no comprendo su utilidad en el orden de la naturaleza. Y hablando de ella, la madre natura, el relato, cuando lo escribe un hombre y el personaje es mujer, se suele caer en vicios propios del género y terminas dando cuenta que hay mucha testosterona suelta. (la de la buena y que se aloja en los cojones, jejejeje). En tu relato has echado mano a tu lado femenino (sin asustarse que todos lo tenemos por más machos que nos creamos) y es notorio. es una desdoblez que no se consigue facilmente, pero tú lo has bordado. Muestras ambos géneros en sus miserias y ambiciones, cosa que agradezco en la lectura.
    sin ofender, creo que has sacado un «culebron» de esos que nos tienen la mente podrida al mejor estilo de la cadena cinco (supervivientes, salvame, gran hermano,hombres y mujeres o viceversa, etc.)
    sinceramente esperaba que la personaje (jeje, uso el artículo «la» y nopuedo dejar de pensar en Podemos y su lucha por la igualdad de géneros a expensas de destrozar la lengua) como digo, esperaba que ella se lo montara con el camarero del hotel o que se enrollara con la exhuberante Amparo (pobre, morir por un kilo de grasa, lo podría haber hecho por un kilo de entrecot que es más de clase fina), pero no, sola nuevamente virgen, entronizada en su lealtad de cuarta categoría y además imagino que cascándosela mientras se ducha (mi morbo es excesivo a veces), esto es lo que sorprende del final. Aunque he de decir que me ha quedado una intriga y ya se sabe lo cabrón que puedo ser, es que me lo has puesto a huevo… ¿son tus vacaciones con Mary, o… con tu personaje? porque de ser así amigo, no quiero pensar en el próximo relato, jajajajaja
    Perdón por mi humor, no puedo con mi genio a pesar que luego me arrepienta.
    Un fuerte abrazo, que tengan una buenas vacances y que el sol les deje como camarones con salsa rosa (ya te digo, hay días que mejor tendría que llamarme a silencio y dejar de decir idioteces, jejejeje)
    ahora en serio querido amigo, me gustó mucho el relato, bien construido y que pasen por excelntes momentos vacacionales. Dos abrazos y será a tu regreso que nos sigamos comunicando.

    • GermánLage

      30 junio, 2017

      Gracias, Enrique, por este comentario tan sincero como inteligente. Incluso cuando comentas, leerte es un placer.
      Tienes razón en todo, incluso en lo del culebrón, pero, como tú bien dices, ¿cuáles son los programas más vistos de la tele? Los culebrones. Luego hacen falta.
      Y si tienes en cuenta que la mayoría de los relatos que publiqué formaban (y forman) parte de un libro de relatos, comprenderás que en él debía haber de todo, y a éste le tocaba el final ñoño. ¡No iba terminar en todos mando a un personaje a tomar por culo, como (literalmente) hice en «¡Quién lo diría!», (cuya lectura, por cierto, te recomiendo; seguro que tú lo pasas bomba leyéndolo).
      Un fuerte abrazo. Aún de vacaciones, seguiré leyéndote.

  12. Fiz Portugal

    30 junio, 2017

    Me gusta la historia y los personajes pintados a brochazos que son arquetipos de personas reales. Me gusta la trama que te va envolviendo poco a poco y el ambiente del viaje de placer y de las actitudes de los viajeros. Te echaremos de menos en estas páginas. Un saludo cordial

    • GermánLage

      30 junio, 2017

      Gracias, Fiz, por tu comentario tan minucioso y condescendiente.
      Un cordial saludo.

  13. Ébou.Riffé

    30 junio, 2017

    Germán.
    Que historiaza nos has dejado en tu despedida (que espero no sea tan extensa para volver a leerte pronto). Admiro mucho tu facilidad de conectar ideas, historias, personajes. Me ha encantado y pude ver en imágenes todo lo que allí sucedía.
    Me encantó la frase: «Y una tras otra, empujándose por entrar, fueron alojándose en mi mente ideas de venganza», que es cuando tu cabeza se nubla de tanta rabia.
    Abrazo y voto.
    Saludos y vuelve pronto.

    • GermánLage

      1 julio, 2017

      Gracias, Ébou, por tu amable comentario y por tu voto.
      Un cordial saludo y hasta pronto.

  14. Lourdes

    1 julio, 2017

    Hola Germán!! Seguro que ya estás de vacaciones. He llegado con retraso a tu publicación…últimamente parece que llego tarde a todas partes, mi vida se ha convertido en una cámara lenta…bueno, pues aunque he llegado con retraso eso no ha impedido que haya leído con muuuuucha atención tu historia, siempre leo con atención tus escritos porque eres un maestro…todos lo decimos, no sólo yo. Pues este en particular me ha llamado la atención porque el autor es autora!!! y yo, con un poco de mala baba , tengo que reconocerlo, he intentado encontrar algún fallo que delatase que el autor es él no ella, pero no ha habido forma! Como siempre magníficamente escrito aunque el tema para mi gusto es un poco frívolo acostumbradxs como nos tienes a temas más interesantes y con más contenido, pero está bien para entretener un rato….como dice Enriccarles, un culebrón.
    Te dejo mi voto, un beso y mis mejores deseos para tus vacaciones

    • GermánLage

      1 julio, 2017

      Querida Lourdes; ciertamente se te nota un tanto estresada. ¿Por qué no sigues mi ejemplo y abres un paréntesis en tus actividades para tomarte un descanso? Seguro que no te vas a arrepentir.
      Sé que tú lees con interés mis escritos y eres totalmente sincera en tus opiniones, de hecho eres de los pocos que me han censurado en más de una ocasión. De todos modos, te ruego que me permitas decir que el de «maestro» es un título que no poseo y un calificativo que me viene muy grande. Tanto de ti como de otros, lo tomo como un cumplido y en sentido metafórico.
      En cualquier caso, gracias por estar siempre ahí con tu entusiasmo y tus comentarios. Sabes que tu aprecio es justamente correspondido.
      Un fuerte abrazo, Lourdes.

  15. Walter Alan

    1 julio, 2017

    Yo creo que es momento de gritar a los cuatro vientos de cuaresma: Bravo, bravo, bravo por un trabajo horrorosamente hermoso.

    Nos tienes acostumbrados a leerte y ahora que no estás, a Falsaria le faltará el sabor de un maestro.

    • GermánLage

      1 julio, 2017

      Hola, Walter; sé que tú, en medio de tu discreción y tus limitaciones, has sido también un seguidor entusiasta de mis publicaciones; infinitas grazias, Walter. Mi aprecio ppr tu trabajo también lo conoces y seguirás conociéndolo. Y respecto a lo de «maestro», me remito a lonque acabo de decir abLourdes.
      Un fuerte abrazo, Walter.

  16. Sosias

    3 julio, 2017

    Hola Germán:
    Es la tercera vez que intento felicitarle las vacaciones ¿tendré suerte? Vamos allá.
    Antes de nada decirle que»Chocolate envenenado » me encantaría una adaptación para teatro ,es buenisimo ,como todo lo que escribe.
    En esta ocasión ,durante todo el tiempo de la lectura,estuvo presente mi admiradisimo Dn Miguel Mihura ;volví otra vez a leer ,con más atención si cabe ,y allí aparecía,con la tragicomedia socarrona
    que tan buenos momentos me hace pasar.
    Si este comentario no fuese de su agrado pido disculpas.
    Con la familia siempre ¡HASTA EL INFINITO Y MÁS ALLÁ!
    Saludos cordiales y mi voto.

    • GermánLage

      3 julio, 2017

      Hola, Sosias; ¡Cómo no me va a gustar tu comentario! Al contrario, me encanta que alguien vea en él posibilidades en las que yo no pensé. Lo tendré en cuenta. De todos modos, yo nunca escribí para teatro, y no creo que supiera hacerlo.
      A propósito de que “es la tercera vez que intentas felicitarme las vacaciones”, debo decir que, coincidiendo con este comentario tuyo, apareció en mi contador de votos uno emitido por Basin-of-attractions, que ya me ha dado más votos, y no logro saber quién es, pues, al hacer clic sobre ese nombre, indefectiblemente me sale un mensaje de error. ¿Esa coincidencia temporal quiere decir que Basin-of-attractions eres tú, o es pura coincidencia?
      En cualquier caso, infinitas gracias por leerme y por tan amable comentario. Le daré vueltas a tu propuesta. Un fuerte abrazo.

  17. GermánLage

    3 julio, 2017

    Hola, Sosias; ¡Cómo no me va a gustar tu comentario! Al contrario, me encanta que alguien vea en él posibilidades en las que yo no pensé. Lo tendré en cuenta. De todos modos, yo nunca escribí para teatro, y no creo que supiera hacerlo.
    A propósito de que «es la tercera vez que intentas felicitarme las vacaciones», debo decir que, coincidiendo con este comentario tuyo, apareció en mi contador de votos uno emitido por Basin-of-attractions, que ya me ha dado más votos, y no logro saber quién es, pues, al hacer clic sobre ese nombre, indefectiblemente me sale un mensaje de error. ¿Esa coincidencia temporal quiere decir que Basin-of-attractions eres tú , o es pura coincidencia?
    En cualquier caso, infinitas gracias por leerme y por tan amable comentario. Le daré vueltas a tu propuesta. Un fuerta abrazo.

    • GermánLage

      6 julio, 2017

      Ciertamente, Xose, en principio, era un tema previsto para una novela, pero, por falta de tienpo, se quedó en cuento.
      Gracias, por leerme y por tu comentario.
      Un cordial saludo.

  18. José Alfredo Pulido Gonzalez

    9 julio, 2017

    Saludos German, como siempre bien escrito y con calidad de sobra, para disfrutar y aprender del un gran escritor. Excelente!!! y mi voto.

  19. Errante wey

    14 julio, 2017

    Qué buena redacción, me encanta. Felices vacaciones y mi voto.

    • GermánLage

      14 julio, 2017

      Hola, Errante Wey. Gracias por leer mi relato y por tu amable comentario.
      Un cordial saludo.

  20. Akare

    21 julio, 2017

    Saludos Germán, buen artículo como siempre

  21. GermánLage

    21 julio, 2017

    Gracias, Akare, por leerme una vez más y por tu comentario.
    Un cordial saludo.

  22. Andrés1974

    29 julio, 2017

    Buenas Germánlage. Como siempre, retrasado. Todavía he leído tu relato ahora. Mi misión en la vida, es llegar tarde a mi entierro (eso mientras una neoplastia no me fastidie los planes) y entreno en mi vida cotidiana retrasando el minutero a límites políticamente incorrectos.(emoticono de demonio con cuernos).
    Me ha gustado tu relato. Su director de orquesta es, sin duda, la cultura judéicocristiana en la concepción sobre la fidelidad. No falta la sazón de esos personajes con todos sus estereotipos de género (poder- empresa- sexo)..(belleza- amor o soledad) más el karma actuando como justiciero. Me ha faltado una evolución del personaje principal. Algo que rasgue con lo predecible y nos deje patidifusos. Algo así… como accidentar del tren de personaje plano . Me encantan tus anzuelos literarios. Pico como un pececito. La manera que consigues hilar una historia, a pesar de saber el final, de contraponerse a mi manera de pensar sobre Dioses Justicieros o sexos fieles…. Un abrazo!!!

    • GermánLage

      31 julio, 2017

      Hola, Andrés; me encanta la idea de llegar tarde al propio entierro; estoy pensando en ponerla en práctica yo también; a ver qué tal sale.
      Dicho esto, infinitas gracias por tus comentarios tan ponderados sobre mi escrito. Respento al carácter plano del personaje central, tienes razón, y, sobre ello, ya he dicho algo en respuesta a comentarios anteriores coincidentes con el tuyo. Vamo a ver qué se puede hacer aún.
      Un cordial saludo.

  23. Siby

    8 agosto, 2017

    Hola German, recien puedo comentar tu extraordinario
    relato mi amigo, tienes mi voto.
    besitos dulces
    Siby

    • GermánLage

      26 agosto, 2017

      Hola, Siby; gracias por leer mi artículo y por tu amable comentario.
      Un cordial saludo.

  24. viky

    26 agosto, 2017

    Me gusto y entretuve. Un voto para ti.

    • GermánLage

      26 agosto, 2017

      Hola, Viky; gracias por haber leído mi artículo y por tu amable comentario.
      Un cordial saludo.

  25. Lauper

    13 septiembre, 2017

    Me encanta German, he disfrutado muchísimo leyéndolo. Un fuerte abrazo y mi voto.

    • GermánLage

      9 octubre, 2017

      Aunque sea ya con un poco de retraso, Gracias Lauper.
      Un fuerte abrazo.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas