El cobertizo

Escrito por
| 49 | 5 Comentarios

Me cuesta abrir los ojos, siento una especie de quemazón y los párpados muy pesados. La luz es muy intensa y no puedo abrirlos del todo porque me deslumbra. Estoy sobre una cama estrecha con sábanas blancas. Me incorporo lentamente y veo que llevo puesto un pantalón de color rojo, ancho y con unas líneas plateadas al final de cada pierna. Debajo de esas líneas hay una serie de números y letras muy pequeños. Tengo una pared a mi izquierda y enfrente hay un par de ventanas. No tienen cristal y fuera está oscuro. Me encuentro un poco mareada y aturdida, noto los brazos adormecidos y tengo el estómago revuelto. Me siento en el lateral, estoy descalza y el suelo, de un mármol brillante, me provoca un escalofrío que hace que el cuerpo me tiemble ligeramente. Miro hacia abajo y perfectamente colocadas hay unas botas negras. Me fijo en que hay otra cama en el otro extremo de la habitación, y otra exactamente igual detrás de ella. Las paredes y el techo, donde en vez de lámparas hay dos filas de focos empotrados, son de un blanco impoluto. Llevo una chaqueta roja igual de ancha que el pantalón y con las mismas rayas plateadas, de un tejido duro y muy incómodo. Mientras me estoy atando los cordones comienzo a oír un murmullo cada vez más fuerte. Giro la cabeza hacia la derecha y empiezo a distinguir una persona de perfil, al lado de una cama que está detrás de la mía. Parece un chico joven y tiene puesta la misma ropa que yo. Fuera de la habitación hay más personas, todas vestidas igual. Me levanto despacio y recupero del todo la visión y el oído. No tengo ni idea de donde estoy ni cómo he llegado aquí. Es una habitación grande pero no hay ni un adorno, ni una estantería, ni un armario, nada, sólo las cuatro camas, tres de ellas perfectamente arregladas. Camino sigilosamente hacia el chico y lentamente levanto el brazo para tocarle porque aún no me creo que esto sea real.

 

MIÉRCOLES

“Desaparecido un menor a la salida de su instituto” <<Vaya, ¿otro?>> Es lo primero que pienso. “La Policía y los servicios especiales continúan buscando a D.M.S de 17 años, desaparecido ayer a las 14:00 horas aproximadamente. Moreno con ojos verdes. Mide 1,70 y fue visto por última vez con un chándal negro y una gorra roja. Debía dirigirse a la parada de metro de la calle Colombia. Si disponen de cualquier información llamen al 550”.

Es la última noticia que leo antes de salir de casa.

La calle Luxemburgo es una de las más transitadas. Coches que salen de cualquier callejón, furgonetas en doble fila, taxis peleando por subir al cliente que tiene pinta de ir más lejos, trajeados empresarios que caminan a sus oficinas dispuestos a comerse el mercado, interesantes trabajadoras demostrando que pueden lucir un traje mucho mejor que ellos, parejas de adolescentes que se han saltado la clases para pasear su reciente amor y mujeres subidas a unos tacones de vértigo contrastando con las que llevan unas zapatillas para limpiar las casas y oficinas de todos los anteriores. Suerte que vivo en una de sus perpendiculares.

Mis días se basan en apagar el despertador a las 7:30, hora en la que nada más levantarme de la cama voy directa a la ducha donde comienzo a planificar el resto del día. Me preparo un buen desayuno: un café cargado, unas tostadas con mantequilla y termino con algo de fruta. Después de lavarme los dientes comienzo mi momento de chapa y pintura. No soy especialmente guapa así que necesito resaltar mis ojos verdes con un perfecto eyeliner e intentar alargar todo lo que pueda mis pestañas. El colorete no puede faltar porque tengo una piel tan blanca que asusta. Me echo un vistazo rápido en el espejo de la entrada. La verdad es que no he quedado nada mal, el vestido azul me disimula bastante las cartucheras y contrasta con mi melena morena que he recogido en una coleta alta y me da un aspecto más juvenil.

La parada de metro queda a unos 8 minutos andando. Por el camino me voy imaginando cómo sería tener una vida tan ajetreada como esas personas que me adelantan o se cruzan corriendo con sus móviles en la mano sin parar de hablar de números, horas y citas. Yo no suelo sacar mi teléfono del bolso hasta que me siento en la clínica. Entro a trabajar a las 9:30 con lo cual a esta hora el tren ya no lleva a mucha gente así que suelo tener asientos libres. Como todos los días, Alin, un rumano desaliñado, suelta el mismo discurso hablando de la pobre vida que lleva y pidiendo una ayuda para sus hijos. Cuando pasa por mi lado me guiña un ojo, me da los buenos días y yo le respondo con una sonrisa. Se ha convertido en nuestra costumbre. Le he dado a entender que mi economía no es demasiado boyante y no voy a darle limosna. Un par de abueletes conversan animadamente sobre la pasada vida de un tercero ausente al que no dejan en demasiado buen lugar o sobre la mala situación en la que se encuentra el país y lo rebeldes que son ahora los adolescentes. Dos mujeres, una enfrente de la otra, duermen apaciblemente con la cabeza apoyada en el cristal, siempre me pregunto si se enteraran de cuándo llega su parada o si se la pasarán, porque yo bajo antes que ellas, y un hombre con botas negras y un mono azul de trabajo intenta que no se le cierren los ojos tras haber pasado una larga noche trabajando; a veces habla por teléfono con su mujer, por eso lo sé. Siempre vamos los mismos.

Cuando llego a mi parada, saco mi espejito y mientras subo en las escaleras mecánicas me voy mirando por si necesito algún retoque. Es un barrio de gente con buen estatus, por eso, aunque mi trabajo no sea de mucha categoría, me gusta ir por la calle de la manera más elegante que puedo. Soy recepcionista en un Centro de Bienestar, es decir, una consulta de psicología, pero ese nombre les parece menos agresivo. Con mi mente sucia siempre he creído que lo de “bienestar” puede hacer creer que se dan otra serie de agradables servicios… A lo que más se dedican es a terapias de pareja, así que me paso el día viendo matrimonios sumidos en un profundo aburrimiento, maridos infieles que han sido descubiertos, mujeres esforzándose por parecer más jóvenes para volver a atraer a su esposo que mira cualquier culo menos el suyo… todo un poco deprimente. Normal que al pobre Alex no le queden ganas de preguntarme por mi día laboral. Alex es mi novio, un chico guapo y encantador que me adora, o eso demuestra.

Sobre las 6:30 llego a casa y como un reloj, me llama por teléfono. Esta semana está en Estocolmo, viaja mucho por trabajo y parece que cada vez lo mandan más lejos. Ya me he acostumbrado, pero eso no quiere decir que lo lleve del todo bien.

-¡¿Qué tal está la reina de la casa?! –. Siempre tan alegre y cariñoso.

-Deseando escucharte. – Sonrío como una tonta –. Acabo de llegar a casa, hambrienta y aburrida de verle la cara al chulito de mi jefe. ¿Qué tal todo por allí?

-¡De maravilla! Nos hemos puesto las botas en un japonés. La gente es muy agradable, si esto sigue así me los meto a todos en el bolsillo cariño -. Se ríe como si no lo hubiera dicho en serio pero en el fondo los dos sabemos que sí.

Es un tío inteligente y con una habilidad social que le abre muchas puertas. Trabaja en el departamento comercial de una empresa internacional que se dedica a la seguridad informática. Tenemos un buen nivel de vida, aunque últimamente no disfrutamos mucho de ello.

-En dos días ya estoy allí y lo celebramos. Una cena o un cine y luego unas copitas, ¿qué te parece?

Genial, cualquier plan con él me gusta. Quedamos en llamar a Laura y Chris para que se unan. Laura es una de mis mejores amigas y Christian es su novio desde hace 8 años. Hablamos un par de minutos más y me lanza un beso de despedida. Sin colgar el auricular marco el número de Laura.

-¿Que pasa nena? ¿Ya estás en casa? – me pregunta muy animada. Es una chica muy enérgica y divertida. Me encanta hablar con ella porque siempre tiene algo gracioso que contar.

-Sí, pero ahora me toca hacer de ama de casa ya sabes, polvo, lavadora…

-¡¿Polvo?! ¡Qué me dices! ¡Qué maravilla! – me dice casi a gritos. En el fondo me encanta que sea tan mal pensada.

-Estoy sola, a que polvo crees que me refiero…

-Buah, que pena – contesta y lanza su risilla picarona -. Yo todavía estoy en la oficina; hoy no ha venido gente así que no he hecho mucha cosa. He quedado a las 8 para tomar unas cervecitas con unos amigos del gimnasio, ¡vente!

Me lo pienso unos segundos; no me apetece, la verdad, pero debería salir y relacionarme más.

-¿Conozco a alguien?

-Sí, a mi compañera Ana y ¿conoces a Lucas? Un chico muy mono, muy alto, muy cachas y muy… todo. Creo que te lo presenté el día que nos encontramos en la tienda de tatuajes. Vaya tribal se hizo en la espalda, horroroso, pero en él queda hasta sexy. Y puede que venga Elena. El resto te van a caer súper bien ya lo verás.

-Ok – le confirmo -. ¡Oye! El viernes Alex y yo iremos a cenar, un cine y un poco de bailoteo, ¿os apetece venir?

-¡Por supuesto! –. Sabía su respuesta, le encanta salir a cualquier sitio.

-Bien, pues ahora nos vemos rubia –. La llamo así porque tiene una preciosa melena rubia y lisa. Parece una muñeca con sus ojos verdes, su piel tan lisa y su cuerpo perfectamente proporcionado. Es un poco bajita pero es adicta a los tacones así que lo disimula bastante bien.

Llego a casa un poco antes de media noche. Al final sólo han ido un par de compañeras pero la verdad es que lo he pasado estupendamente. Es algo que no suelo hacer a menudo así que me siento un poco rara al haber roto mi rutina diaria que, como habitualmente, termina aquí, cerrando los ojos como cenicienta a las 12.

 

JUEVES

-¿Ya?-. 7:30, despertador. Parece que acabara de acostarme.

Hoy voy más justa de tiempo. Bajo andando las escaleras por no esperar el ascensor y salgo a la calle que hoy parece especialmente concurrida. Camino deprisa esquivando a todo el que viene de frente. Paro ante el semáforo al lado de diez personas más ansiosas por cruzar. Un niño con un monopatín se queda a mi lado sin hacer caso a su madre que le grita que vaya más despacio y la espere. En cuanto salta el color verde todos reanudamos el paso incluido el niño del patín que se cuela entre los huecos demostrándole a su madre que tiene el aparato bajo control. Estoy llegando a la parada de metro, busco ya la tarjeta de transporte que suele colarse en lo más profundo del bolso y en ese momento choco contra el hombro de alguien.

-Disculpe señor, lo siento iba mirando hacia abajo -. Era el típico hombre de 50, que también parecía distraído con una carpeta llena de papeles en la mano. Me mira fijamente, se disculpa y sigue caminando en dirección contraria a la mía. Ha conseguido intimidarme un poco con esa mirada.

Una vez en el andén veo que aún quedan 3 minutos para que llegue el siguiente tren. Aquí también hay algunas personas más de lo habitual. Saco mi teléfono y me pongo a leer un artículo sobre cocina para coger ideas para el fin de semana. Quedan dos minutos. Echo un vistazo alrededor, ha llegado más gente. Vuelvo a mi lectura y tengo la sensación de tener a alguien detrás que también mira mi pequeña pantalla. Es sólo esa sensación que te produce un pequeño hormigueo en el cuello del lado donde crees que está, pero no quiero girarme porque me imagino que son cosas mías, así que sólo doy un par de pasos hacia delante que no parecen nada inapropiados porque queda un minuto y se oyen los chirridos de las ruedas en la vía.

Ya sentada me fijo en la sonriente mama que tengo enfrente con su carrito, parece feliz. Quizá me plantee yo también tener hijos dentro de poco. Estamos los de siempre, además de ella y un par de señores más con sus maletines marrones, esos con solapa y la cerradura dorada que parece que los regalan porque todos tienen el mismo.

Y, por supuesto, Alin pidiendo caridad. Hoy lleva una chaqueta roja. Esta es nueva y prefiero no saber de dónde la ha sacado porque va soltando un tufillo desagradable a basurero mezclado con sudor primaveral de varios días.

Me pone muy nerviosa alzar la vista y pillar a alguien mirándome fijamente y que no quite la mirada. El hombre del pelo rizado y el maletín típico no se corta, pero yo sí y agacho la cabeza poniéndolo verde para mis adentros. <<¡¿Qué mirará?!>>. Hoy llevo una camisa holgada con unos vaqueros y me he soltado el pelo, se me ve menos la cara. El tipo tiene un lunar debajo del ojo que me ha causado un rechazo instantáneo. Me quedo incomodísima en el asiento sabiendo que seguramente sigue mirándome. Menos mal que se baja en la siguiente parada.

El resto del día pasa sin más. Me meto en la cama contenta sabiendo que mañana termina la semana, vuelve Alex y tenemos planes divertidos.

 

VIERNES

Voy a cambiar el sonido del despertador porque ya le estoy cogiendo asco a este. Hoy me siento bien y me veo hasta guapa. Sin pensar mucho en qué ponerme, me enfundo en un vestido negro y me pongo unas sandalias altísimas que me autoregalé en mi último cumpleaños, un poco caras, pero los 34 lo merecían.

Hoy también está la calle bastante concurrida. Voy casi a modo de paseo porque he sido rápida y voy sobrada de tiempo. Este ambiente mañanero de gente estresada pone nervioso a cualquiera y al parar en el semáforo me doy cuenta de que he llegado a toda pastilla. Alguien se pone detrás de mí y se queda tan cerca que me roza la espalda. Me giro nada más notarlo. Es un chico de unos 20 años con una amplia sudadera blanca con letras rojas y unos auriculares dorados a modo de rapero. Tiene la mirada perdida hacia el final de la calle y parece estar metido en su mundo de hip hop pero, aún así, me molesta que se haya acercado tanto. Camino ya el último tramo. No sé porque tengo la impresión de que el chaval sigue muy cerca dando los mismos pasos que yo así que agilizo la marcha con esa sensación de que están a punto de tocarte la espalda. Bajo las escaleras y al llegar abajo aprovecho a girarme disimuladamente con la excusa de sujetar la puerta de entrada. Vienen varias personas pero ninguna me llama excesivamente la atención. Me da tiempo a entrar en el vagón que estaba a punto de cerrar las puertas. Hoy no está el desagradable señor del lunar, un alivio. Hay otro hombre con maletín marrón, quizá sea el que también iba ayer, en él no me fijé mucho. Las dos señoras que siempre duermen no han cambiado su costumbre y ahí están, ajenas a todo. Hoy, al hombre del mono, después de hablar con su mujer, también le vence el sueño. Sólo está uno de los abuelos, con su gorra de cuadros y su camisa blanca de manga corta leyendo el periódico. Me fijo en la portada: “Desaparecida una pareja a la salida del hotel Puerta del Ángel. Fueron vistos por última vez alrededor de las 22:30” Saco mi móvil para abrir las noticias y leerlo de cerca. “Un hombre de 41 años y una mujer de 39 fueron vistos por última vez en la puerta del hotel en el que se hospedaban. Según un trabajador de dicho hotel se dirigían a la parada de taxis. Por lo que comentaron, estaban invitados a una celebración en el centro de la ciudad. Nunca llegaron a su destino ya que fueron los propios asistentes al evento los que denunciaron su desaparición. El hombre tiene el pelo rubio y corto, 1,87 de estatura, ojos azules y vestía un traje negro con corbata gris. La mujer es morena, 1,65 de altura, ojos marrones, llevaba el pelo recogido y un vestido largo de color rojo. Tenían programado estar toda la semana en la ciudad pero son…” Alguien se sienta de golpe a mi lado y me sobresalto, estaba demasiado metida en la historia de la pobre pareja y me ha asustado. Lo miro y le sonrío, es un chico jovencito que bien pudiera ser el protagonista de la noticia del miércoles.

Ese tipo de sucesos me dejan muy mal cuerpo. Suelo recordar todos los detalles sobre el caso y por un rato no dejo de hacer suposiciones sobre qué puede haberles ocurrido o donde estarán. De repente me doy cuenta de que hoy no estaba Alin.

Por fin son las 6, recojo mis cosas y al salir de la clínica veo a Alex con su pelo alborotado apoyado en el coche, lleva unos pantalones negros y una camiseta bastante peculiar tirando a fea color amarillo, pero es de esos chicos que suele quedarle bien cualquier cosa. No lo esperaba así que voy hacia él dando unos saltitos ridículos pero estoy tan contenta que no me importa quién me vea. Nos abrazamos y sin perder un minuto nos metemos en el coche camino a casa.

Después de una relajante y larga ducha, y una dulce merienda de esas que no te quitan el hambre sino que te dan más, empezamos a charlar. Me cuenta lo bien que ha salido el asunto con los suecos y su posible ascenso. Las horas se pasan volando y faltan 10 minutos para que lleguen Laura y Christian. Corriendo nos maqueamos y cuando llaman al portero ya estamos listos.

Hemos decidido ir al cine del centro comercial que está más cerca del bar donde iremos después. Es enorme y el parking está casi lleno. Después de varias vueltas logramos aparcar en una de las plazas más alejadas de la puerta de entrada. Mientras caminamos nos vamos poniendo al día rápidamente. Los chicos van delante hablando de fútbol y nosotras aprovechamos para contarnos algún que otro cotilleo de esos que los novios no deben oír.

Paramos frente a la taquilla para comprar las entradas y mientras camino mirando la cartelera, un par de niños pasan como un rayo delante de mí haciendo que frene de repente y pierda el equilibrio por un segundo. Giro la cabeza y los veo corriendo. Uno de ellos me parece el del monopatín que vi la otra mañana; desde luego la velocidad que lleva es casi la misma.

Compramos dos paquetes de palomitas gigantes y unos refrescos. Paso a la sala mientras guardo el monedero en el bolso y veo de reojo un hombre cruzando a mi lado, se me acelera el corazón. ¿Es él? ¿El hombre del metro con el lunar en el ojo? Cuando me giro ya no le veo la cara pero tiene el mismo pelo rizado. Nos sentamos y estoy inquieta sin quitar los ojos de la puerta. Quizá salía para ir al baño así que volverá a entrar. Observo a la gente que hay en la sala por si puedo relacionarlo con alguien pero podría estar con cualquiera. Comienza la película y si ha vuelto a entrar se me ha escapado. Seguramente me he obsesionado y era una alucinación mía, así que me concentro en la película y me olvido del tema.

Cuando termina salimos los últimos de la sala. Se ha hecho tarde y apenas hay gente en el centro. Bajamos las escaleras mecánicas para recoger el coche y vemos el garaje en total oscuridad. ¿Se ha ido la luz? No es ni la 1 de la madrugada, no pueden haberlo cerrado. Nos quedamos los cuatro en la puerta y los chicos nos piden que los esperemos allí. Encienden las linternas de sus móviles y vemos cómo empiezan a caminar hacia adentro.

Han pasado más de 20 minutos y no se ve ni se oye a nadie. Salta el buzón de voz de sus teléfonos. Volvemos arriba y caminamos hacia alguna salida que dé a la calle. La luz es muy tenue y todos los establecimientos ya están cerrados. Es una sensación muy rara. ¿Cómo va a estar totalmente vacío? La primera puerta que encontramos está cerrada. Empezamos a asustarnos en serio. Parece que la gente se ha marchado hace horas. Todo perfectamente colocado, únicamente iluminado por las luces de emergencia y los escaparates. Hace calor y lo único que oímos son nuestros pasos. Atravesamos todo el edificio y por fin vemos una puerta de cristal. Las dos corremos hacia ella, es de emergencia pero da igual, la empujamos y salimos de allí como alma que lleva el diablo. Nos miramos y respiramos profundamente, nos falta el aire. Por fin fuera.

-Debemos haber salido por la calle de atrás - deduce Laura mientras se toca la barbilla.

Esto es más bien un callejón donde deben tirar los restos de comida porque huele fatal. Laura empieza a correr hacia el final para llegar a la que supuestamente es la avenida principal y donde está la salida del garaje.

Oigo un ruido seco detrás, parece una puerta que se cierra de golpe y me giro.

 

EN ALGÚN SITIO

-¡Ya te has despertado! - me dice mientras termina de girarse -. Bienvenida. Esta es tu habitación y duermes allí. Yo también duermo aquí, pero en esta cama - me señala la que está detrás de la mía.

-¿Qué es esto y dónde estoy?-. Es casi la misma pregunta pero no me sale nada más. Aún tengo una sensación de presión en la cabeza y muevo los brazos pidiéndome calma a mí misma porque mi estado de nerviosismo va sin frenos y me cuesta horrores no gritar.

-Me llamo Dani, llevo aquí unos días -. Al ver mi cara de desconcierto sonríe y me pone la mano en el hombro -. No te preocupes, ya irás descubriendo este sitio poco a poco -. ¿Poco a poco? No me interesa saberlo poco a poco, quiero saberlo ¡ya!

-¡Que hago aquí! ¿Quién me ha traído? ¿Dónde está mi novio y mis amigos? ¿Y por qué tenemos esta ropa? –. No sé si aguantaré mucho tiempo de pie porque empiezan a temblarme las piernas.

-No lo sé. En realidad creo que ninguno de nosotros lo sabe. Pronto irás conociéndonos y sabrás qué tienes que hacer- me responde tan tranquilo con su voz adolescente.

Esto no puede ser verdad, tengo que estar soñando, no es verdad. No dejo de repetirlo y repetirlo en mi cabeza.

-¿Y tú cómo te llamas?

-Soy Elisa. Estaba en el cine y cuando salimos no quedaba nadie, no recuerdo muy bien lo que pasó después.

No quiero seguir hablando. Siento una presión en el pecho y me falta el aire, necesito saber donde estoy. Impulsivamente retiro al chico con un brazo de manera violenta y salgo de la habitación para ver al resto de personas. Parecen normales y actúan como si no pasara nada. Hablan unos con otros y caminan tranquilamente. No conozco a nadie. Ni si quiera me miran. Voy por pasillos que sólo dan a habitaciones con cuatro camas cada una, todas exactamente iguales con sólo un par de huecos a modo de ventana y en cada pasillo un baño. Llego a una sala muy amplia llena de mesas redondas y sillas alrededor pero está vacía.

-Todavía no podemos entrar aquí -me comenta, con una voz muy suave, una mujer con acento extranjero que parece diferente al resto -. Acabas de llegar ¿verdad?-. Está muy pálida y tiene una cara de desesperación y desconsuelo que de algún modo me alivia.

-Me he despertado hace un momento y no tengo ni idea de cómo he llegado aquí. Dime que tú puedes contarme algo - le digo juntando mis manos a modo de súplica, con esperanza de que ella tenga las respuestas que necesito.

-Creo que llevo aquí casi dos días. No hay relojes y empiezo a perder la noción del tiempo, fuera siempre está oscuro. Yo tampoco sé quién me trajo aquí, lo último que recuerdo es entrar junto a mi marido en el portal de unos amigos. Soy de París y estábamos de vacaciones. Me llamo María –. Me consuela saber que hay alguien más en una situación y estado de ánimo parecidos al mío.

-Soy Elisa y me alegro de encontrar a alguien tan descolocado como yo. ¿Qué les pasa a todos? ¿Viven aquí? ¿Porqué no hay puertas ni cristales en las ventanas?

-No lo sé- contesta alzando los hombros -. No he hablado con mucha gente. Mis tres compañeros de habitación son extremadamente amables. Me dicen que tengo que dejar de hacerme preguntas, que me relaje porque no me pasará nada malo y que puedo confiar en todas las personas que viven aquí. Según ellos somos una familia.

- ¿Les han inyectado algo? ¿¡Qué coño es esto!? –. Respiro profundamente porque no quiero perder los papeles. Tengo que averiguar cómo salir de aquí y empieza a darme igual qué es este sitio y esta gente, sólo quiero irme.

De repente una especie de sirena suena por todas las habitaciones. Todo el mundo comienza a caminar hacia el mismo sitio. No sé de qué es hora, pero es hora de algo, ¿de cenar, de comer, de ducharse, de que hagan experimentos contigo? Dudo si seguirlos o aprovechar para quedarme a solas e intentar encontrar una salida.

-Será mejor que vengáis – nos advierte Dani señalando hacia las dos esquinas del techo -. Nos ven a todas horas.

Dos cámaras minúsculas nos enfocan. De no habérmelo dicho creo no me habría fijado, aunque es de suponer que quien nos haya traído aquí nos vigile.

-Son las llamadas para las comidas. Vamos a un comedor donde cada uno tiene una bandeja asignada - me explica María con su acento parisino.

Sigo al resto y me paro en la puerta analizando la sala. Realmente parecemos presidiarios, con estos uniformes rojos, obedeciendo una sirena que marca dónde debemos estar en cada momento. Hay gente de todas las edades, desde chicos que parecen no tener más de 14 años, hasta un par de señores de, probablemente, más de 70. El típico olor a comida de hospital inunda el comedor. Hay unas 15 mesas alargadas con dos bancos de madera a cada lado y todas las bandejas colocadas encima, una tras otra con un pequeño cartel blanco, como el que ponen en las reuniones para señalar tu sitio, con el nombre de color negro al frente. Es la típica imagen de película, sólo que en las películas la gente coge su comida y se sienta al lado de sus colegas, aquí todo el mundo respeta su puesto. Es subrealista.

Observo que casi todos los menús son iguales, a excepción de algunos que en vez de carne tienen verdura, o en vez de yogurt tienen fruta, como es mi caso. <<También deben saber a qué somos alérgicos o si somos vegetarianos.>> Empieza a quedarme claro que no estamos allí por azar.

Camino entre las mesas buscando mi sitio y me cruzo con un señor mayor que se para delante de mí. Su cara me resulta familiar, pero en cuanto me habla dejo de pensar en ello.

-Hija, ¿podrías ayudarme a atarme el cordón del zapato? Los años no perdonan - me dice con ese típico tono de abuelillo que automáticamente te despierta una ternura y una compasión que hacen querer ayudarle con cualquier cosa -. Esta mañana he pedido unas zapatillas que no tengan estos malditos cordones pero todavía no han llegado, seguro que mañana ya las tengo.

Inmediatamente vuelvo a ponerme de pie al oír eso.

-¿A quién se las ha pedido? – pregunto rapidísimamente con la esperanza de que él, quizá por ser un anciano, se le escape algo más de información -. ¿A quién hay que pedir aquí las cosas?

-A los doctores, ¿a quién va a ser, hija? – me responde con un tono cariñoso -. Eres nueva, ¿verdad?

-Pero ¿dónde están los doctores? ¿Los ha visto? –. Intento no parecer demasiado ansiosa para que no se sienta intimidado o violento.

-Tranquila muchacha – me sonríe y me coge la mano dándome unos golpecitos -. Vamos a cenar que se nos hace tarde.

Y con su paso lento y algo encorvado se sienta y coge su vaso de agua para tomar las dos pastillas que tiene dentro de una bolsita transparente. Mierda, otro que no suelta prenda. Miro de un lado a otro sin saber dónde ir.

-¡Elisa! – es Dani desde la otra esquina, que me hace un gesto con la mano señalando mi sitio.

Estoy sentada en un extremo y tengo a Dani a mi derecha. Me presenta a Ingrid, una chica guapísima y a Lucas, un moreno cachas muy simpático, que ocupan las otras dos camas de nuestro dormitorio, si es que se puede llamar así. Yo he visto a este chico en alguna ocasión, su cara me resulta muy conocida.

La historia de ambos es parecida, de camino hacia sus casas, notaron que alguien les seguía y después de girarse para comprobarlo no recuerdan nada más. Lucas es policía y se siente bastante frustrado por no poder aplicar la ley en ese momento, básicamente porque tampoco sabe a quién aplicarla o eso dice porque no me fío de nada ni de nadie. Pero ninguno de los tres está cabreado, asustado o mínimamente inquieto, ¡nada! -No te preocupes, algún día encontraremos una salida y cogeremos a quien nos ha hecho esto- , eso es lo que me dice cada uno de ellos cada vez que pregunto cómo salir de allí o si ellos lo han intentado. Mientras yo tengo el estómago cerrado y no puedo ni beber agua, ellos conversan alegremente y Lucas suelta algún chiste que, fuera de allí quizá hubiera tenido gracia, pero en ese momento lo único que me causa son ganas de lanzarle mi manzana. ¿De qué me suena ese chico? Él no parece conocerme así que prefiero no decirle nada todavía.

Otra sirena suena para que, por lo que estoy observando, cada uno tire sus sobras a unas papeleras situadas al fondo de la sala y salgamos de allí.

Veo a María en una esquina, encogida y con la cabeza gacha, esperándome fuera. Quiere saber si he averiguado algo o si tengo algún plan en mente. No he dejado de pensarlo desde que me desperté pero lo único que se me ocurre es la típica chorrada de unir las sábanas y escapar por la ventana -¿Por qué no habrá cristales? La gente puede escapar por ahí - pienso en voz alta, aunque nadie parece oírme porque van a lo suyo caminando hacia sus respectivas habitaciones.

Me tumbo en lo que podemos llamar cama porque, aunque muy pequeña, es cómoda, y empiezo a analizar cada cara que he visto, cada palabra que me han dicho, y de repente una imagen me viene a la cabeza: el periódico del miércoles: “La Policía continúa buscando a D.M.S de 17 años, desaparecido ayer a las 14:00” Me incorporo de golpe y me giro para ver a Dani. Es él. No sé porqué pero no tengo duda de que es el chico del periódico, todo coincide.

Mi cabeza empieza a funcionar como una locomotora. <<Yo conozco a ese señor del comedor, ¿de qué? ¿de la clínica? No, es demasiado mayor. Ingrid no me suena de nada pero Lucas sí. La noticia de desaparición del viernes, me esforzaba por recordar los detalles: una pareja, en un hotel, hacia una fiesta, los dos rondaban los 40, ¿María? Sí, puede ser ella. Empecé a analizar todo lo que había hecho los días anteriores: suena el despertador, salgo de casa, voy hasta el metro, me siento, ¡los abuelos del metro!, ayer sólo estaba el de la gorra de cuadros>>. Estoy demasiado nerviosa para estar sentada y comienzo a moverme por la habitación de un lado a otro intentando que mi pulso se ralentice. Tengo mucho calor, me asomo por ese enorme hueco que tenemos como ventana pero no corre ni una pizca de aire, ni frío ni calor, parece que estemos en la nada. No hay ni un ruido, ni una luz, sólo la mínima claridad de una luna escondida. Miro hacia abajo, debemos estar como en una cuarta planta. Forzando la vista, distingo una furgoneta parada en lo que parece una carretera muy estrecha a la izquierda del edificio. Las sombras más oscuras que hay justo debajo parecen coches delante de una especie de casita pequeña y el resto del paisaje que logro vislumbrar parecen campos sin nada más alrededor. Me giro para salir de la habitación en busca de María cuando entra Dani.

-Dani, vi la noticia de tu desaparición en el periódico, ¡nos han secuestrado! ¿Qué os pasa? ¿Por qué no hacéis nada para salir de aquí? No os entiendo, no entiendo nada -. Tengo la respiración acelerada y me sudan las manos -. ¡Reacciona! – le grito zarandeándolo por los hombros como si quisiera despertarlo -. Conozco al señor del comedor, ¡iba todas las mañanas en el mismo metro que yo! Y María, sé cómo desapareció ¡también salió en las noticias!

-Ah ¿sí? -. Sólo arquea las cejas y pone una media sonrisa como el que está escuchando la historia de una esquizofrénica, que por otra parte, es lo que debo parecer -. Vale, ahora siéntate un rato y tranquilízate.

-De eso nada.

En un modo de desesperación e impaciencia y sin pensarlo dos veces, me doy la vuelta y empiezo a quitar las sábanas de las camas, tan rápido que hasta los colchones quedan en el suelo, y me pongo a hacer la gilipollez de atar todos los extremos para hacer una cuerda de tela que me sirva para salir de allí por uno de esos boquetes. Es lo único que se me ha ocurrido hasta el momento y no puedo quedarme cruzada de brazos. Arrastro mi cama hasta la pared, no tiene cabecero así que ato el comienzo en el borde del somier.

Dani me mira con las manos metidas en los bolsillos del pantalón esperando que se me pase el momento de locura y volver a decirme que calme. Pero eso no va a pasar.

-Seguro que esto ya lo ha intentado alguien más, estoy convencida, alguien normal, claro, al que no le hayan lavado el cerebro. Ni siquiera hay conductos de ventilación por los que poder meterse y reptar como hacen en las películas, sólo esas pequeñas rendijas en los baños.

No puedo evitar hablar en voz alta, muy alta, pero a nadie le llama la atención, sólo mi compañero continúa aquí en la misma posición, sin intención de ayudarme, sólo me observa.

Sigo con esa impresión de irrealidad así que estoy dispuesta a colgarme sabiendo que lo más probable es que no tenga la suficiente fuerza para sujetarme y me acabe partiendo la columna pero aún así la ato todo lo fuerte que puedo y voy hasta él.

-Ven conmigo, vámonos de aquí -le propongo con una mínima esperanza de que su respuesta sea afirmativa.

-Elisa, ¿cómo vas a irte con eso? ¿Quién te crees que eres? Esto no es “Misión Imposible”- y lanza un par de carcajadas que hacen que me cabree aún más de lo que estoy –. Te vas a matar, anda, vamos a colocar la habitación – me dice cuando empieza a levantar el colchón de su cama para ponerlo en su sitio.

-Perfecto, quédate, yo me voy.

Al asomarme por la ventana y pensar que tenía que bajar con aquello, sentí un cosquilleo en el estómago. Oscuro y alto, una combinación nada esperanzadora. Abro las piernas y me siento en el borde que es poco más de tres dedos de ancho, coloco la sábana encima, le doy una vuelta alrededor de mi brazo y me agarro con todas mis fuerzas. Miro a Dani por última vez, no se ha movido del sitio, ahora tiene los brazos cruzados y la cabeza ladeada mirándome con esa cara de: << No seas ridícula no lo vas a conseguir>>. No me molesto en decirle nada más. Apoyo los antebrazos en la pequeña repisa, saco la otra pierna y me raspo las muñecas al quedarme sólo sujeta de mi maroma improvisada. Aprieto los dientes, cierro los ojos y me concentro en descender. Allá voy. Bajo muy despacio sin separar los pies de la pared, dando pequeños pasos hacia abajo. Noto los latidos del corazón en las sienes. Sin esperarlo la cuerda se mueve tan fuerte que me zarandea. Lo primero que pienso es que Dani la ha soltado y de un momento a otro me sentiré volando hacia el suelo, pero sigo allí colgada y se me ocurre que, probablemente, la cama ha volcado. <<Más rápido Elisa que siempre has sido muy lenta>> me riño a mí misma. No sé a qué altura me encuentro y no quiero mirar hacia abajo. Me arden las palmas de las manos y me duelen los brazos. Siento un sudor frio pero la adrenalina está consiguiendo que siga bajando, con la tela pegada a la cara, intentando dar los pasos más grandes. <<Pues va a ser que lo que sale en la tele no es tanta fantasmada>>. Y por fin toco el suelo. ¿De verdad lo he conseguido? Miro hacia arriba. ¡Sí!. Sólo sale luz del piso donde estaba. Efectivamente hay 3 coches detrás de mí y un vehículo más grande en un camino asfaltado a mi derecha. Podía haber subido a uno de los coches pero voy hacia el otro, supongo que porque está en la dirección perfecta para salir pitando sin maniobras.

No veo la marca pero es la típica furgoneta blanca y alta que se utiliza para transportar herramientas o cosas grandes. Está abierta pero no tiene las llaves puestas. Aunque sea improbable busco por la guantera, los asientos y los laterales de las puertas en su busca. Me agacho para probar suerte debajo de las alfombrillas cuando siento unos pasos rápidos que se acercan por mi derecha y antes de que pueda moverme alguien se sienta a mi lado a la velocidad de un rayo. Por un momento se me corta la respiración. No distingo bien su rostro y me quedo paralizada durante dos segundos en los que estoy pensando en abrir mi puerta y correr pero no puedo ni pestañear. Cuando hago el amago de salir, el hombre me coge el brazo.

-¿La chica del metro? ¡Eres tú!- dice con ese acento inconfundible.

Su voz me resulta tan conocida que vuelvo a girarme. Arrugo un poco los ojos intentando enfocar para verle bien.

-¡Alin! ¿Tú eres Alin verdad? – va vestido con el mismo traje rojo.

-Sí, ¿y qué hacer tú aquí?

-No… no lo sé; he… he intentado averiguarlo pero la gente está muy rara y ¡me he escapado por la ventana! – la emoción y la confusión del momento hacen que hable muy rápido y con un tartamudeo de niña pequeña –. To… todo esto es una locura – le contesto sin parar de hacer aspavientos con los brazos.

-Sí pero arranca de una vez y vámonos de aquí porque no sé cómo no haber venido nadie ya a buscarnos.

- ¡No están las llaves!

- Eso no es problema para un hombre de la calle como yo –. Levanta una de las cejas a la vez que pone una sonrisa de medio lado intentando parecer interesante o enigmático.

Se acerca y saca unos cuantos cables de detrás de un plástico que arranca debajo del volante. <<Vaya vaya, nunca había visto un mangante en acción>>. No distingo que hace exactamente con ellos porque la furgoneta no tiene luz interna pero por lo poco que sé de estas artimañas, los habrá pelado y está probando las diferentes combinaciones hasta que arranque y cuando estoy a punto de decirle que se dé prisa ¡tachán!

-Vámonos – y vuelve a levantar la ceja y a poner esa sonrisa de agente 007.

No es hora de preguntarle cómo lo ha hecho y en realidad me da igual, sólo me interesa abandonar lo que quiera que sea esto. Soy malísima conduciendo así que espero que no se me cale porque eso suele bloquearme y se me vuelve a calar otras dos o tres veces más, y no es momento.

-Calma chica de la sonrisa, puedes hacerlo bien – me anima mirándome a los ojos con un tono cariñoso que consigue que tenga fe en mí misma.

Respiro profundamente, me cuesta un poco meter la primera en esa palanca, relajo los brazos y milagrosamente nos ponemos en marcha. Doy un grito no sé si de desahogo, de nervios o de victoria, pero me siento aliviada. Es la primera vez que conduzco una furgoneta y los primeros minutos vamos a trompicones. Recorremos unos cuantos kilómetros por ese camino asfaltado sin cruzamos con ningún vehículo. Por lo poco que podemos ver, a los lados sólo hay campos descuidados y algunos árboles. Mientras avanzamos, me cuenta que él se despertó poco antes de verme, en el pequeño cobertizo de madera que hay antes del bloque donde estábamos los demás.

Parece que empieza a amanecer y a lo lejos vemos algunos edificios altos. << ¡Por fin!>>. Piso el acelerador deseando llegar. Ninguno de los dos dejamos de sonreír creyendo que nuestra odisea ha pasado.

Es un pueblo grande. No ponía su nombre a la entrada. Vemos un par de personas caminando y nos cruzamos algún coche en dirección contraria. Aún es pronto así que todas las tiendas y restaurantes están cerrados. Comenzamos a sentirnos a salvo. Vamos por una carretera de dos carriles en ambos sentidos, con un pequeño jardín a cada lado antes de comenzar la acera. Decidimos aparcar en una calle ligeramente inclinada hacia abajo y estirar las piernas.

Por fin tenemos una suave luz de día. Disfrutamos del paseo hasta llegar a unas escaleras que dan a una plazuela. Por allí no vemos a nadie. No queremos montar un escándalo ni contar la historia de modo desesperado, no sé por qué pero tenemos el mismo sentimiento de desconfianza. Damos la vuelta planeando qué hacer cuando inesperadamente una señora nos corta el paso:

-Deberíais regresar a casa, no estáis seguros en la calle – dice con una voz débil, sin dejar de mirar a todos lados. Lleva un vestido negro y sujeta una bolsa con las dos manos pegadas al pecho. Con su pelo corto y enredado y unos ojos enormes y excesivamente abiertos consigue asustarme un poco.

-¿Por qué? ¿Qué pasa ahora?- le pregunto girando la cabeza sin dejar de mirarla y con una entonación similar a la suya.

-Está anocheciendo y hay que resguardarse, no podéis estar aquí fuera más tiempo, es peligroso -nos advierte acercándose aún más y casi susurrándolo.

Alin y yo cruzamos la mirada.

-Pero cómo va a estar anocheciendo buena mujer, si acaba de amanecer - dije al aire porque cuando volví a mirarla, la señora ya estaba a 5 metros de nosotros, andando deprisa, con la cabeza gacha y pegada a la pared.

Volvimos a mirarnos con cara de póker sin saber qué decir.

-Esa mujer está loca. No hay que hacer caso - afirma Alin después de unos segundos, creo que no muy convencido, retomando el paso.

Me quedo en el sitio girándome poco a poco para observar toda la calle y alzo la vista. Unas nubes blancas cubrían ahora lo que había sido un brillante cielo azul, y una luz rojiza revelaba que, efectivamente, un sol, al que no habíamos llegado a ver, se estaba poniendo de nuevo.

-¿Y si es verdad? Observa - le dije señalando todo nuestro alrededor –. Ya no hay absolutamente nadie, los locales siguen cerrados y mira el cielo. Esto es rarísimo, mejor vámonos por si acaso.

-Vale, tú mandas, la mujer siempre manda -. Excusa que ponen los hombres cuando no saben qué hacer y les alivia que la mujer tome la decisión.

Subimos rápido la cuesta donde está la furgoneta. Esta vez, Alin se pone al volante, cosa que agradezco.

-¿Dónde vamos? - pregunta como si yo estuviera al mando de la situación.

-Podemos quedarnos aquí dentro y ver qué pasa o podemos largarnos, que creo que es la mejor opción.

-Sí, a lo mejor todos en este pueblo están locos y nos llevan allí otra vez - dice mientras vuelve a poner el vehículo en marcha con su juego de cables.

No tenemos relojes así que no sabemos ni a qué hora hemos llegado ni qué hora es en este momento. El resto del pueblo que recorremos para salir está desierto, ni una persona, ni un ruido, ni un coche en movimiento. El lugar acogedor que nos pareció al llegar, ahora es una ciudad fantasma. Tampoco tiene cartel a la salida, nos vamos sin saber su nombre.

Apenas decimos nada. No tenemos dinero ni teléfonos y más vale que la gasolina no se agote. Vuelve a ser de noche. Una risa nerviosa se apodera de mí al analizar todo lo que está pasando. Esto es completamente absurdo, es la sensación más rara que he tenido nunca. Quiero creer que es un sueño pero el escozor que siento en las palmas de las manos por las quemaduras que me ha hecho el roce de la sábana al bajar, me confirma que no. Continuamos y continuamos y seguimos sin llegar a ninguna parte hasta que gracias a una resplandeciente luna llena distinguimos una especie de edificio. Parece que está a medias de construir, sólo son cuatro paredes de cuatro pisos con unas cuantas ventanas sin terminar. Cuando nos acercamos siento como si todo mi mundo se desplomara. Siento una presión en el pecho y lucho por no ponerme a llorar intentando no pestañear para que no se me caiga ni una lágrima. <<No es hora de llorar, es hora de idear un plan>>, ahora creo que estoy en una mala serie de televisión.

-No puede ser, Alin, no puede ser ¡hemos vuelto al mismo sitio! ¿Qué ha pasado? ¡Si hemos ido en línea recta! – <<Dios mío que se acabe ya esta pesadilla, ¿pero qué está pasando? >> me digo en una conversación interna paralela -. No pares, sigue más rápido –. Mi nivel de congoja alcanza límites insuperables.

-Hay poca gasolina, podemos quedarnos tirados en medio de la nada ¿Y si miramos en la casa esa? Ahí estaba yo. Había muchas cosas, seguro que tiene gasolina porque no hay gasolinera cerca – propone con ese acento que se va marcando cada vez más debido a su desconcierto.

-No puedo, no quiero que me lleven ahí otra vez, no por favor -. Inconscientemente hablo en voz baja como si incluso estando dentro de la furgoneta nos pudieran oír.

A unos 100 metros, hace su artimaña para apagar las luces y disminuye la marcha. Me propone dejar ahí la furgoneta y continuar andando, quizá de esa forma nadie nos pille. Pero estoy demasiado asustada para hacerlo. El pobre rumano se llena de agallas y planea bajar solo, buscar gasolina y correr hasta la furgoneta donde yo estaré al volante y saldremos pitando. Me parece una idea buenísima, me da mucha pena que vaya él sólo, no quiero que le pase nada ni mucho menos que se lo lleven, pero en este momento no tengo el valor suficiente para bajar. Me deja preparado el cable que tendré que juntar a otros dos ya unidos y no cierra la puerta para no hacer ruido y poder saltar adentro una vez que tenga lo que necesitamos. Veo cómo camina muy despacio acercándose a aquel cobertizo. Me cambio al asiento del conductor y miro a todas partes preparada para pegarle un grito de alerta mientras arranco la furgoneta si veo aparecer a alguien, me da igual quien sea, una pequeña sombra y nos largamos de aquí.

Cada segundo me parece una hora. No sé cuánto tiempo ha pasado cuando lo veo salir con algo grande en los brazos. <<¡Bien! Lo ha conseguido>> exclamo en voz alta con esa pequeña presión en el pecho que te provoca la emoción. Pero esa emoción me dura poco. Una persona, que por su corpulencia parece un hombre, se aproxima a él caminando por su derecha. No sé de dónde ha salido. Alin para y retrocede un par de pasos hasta quedarse en una especie de pequeño cuadrado hecho con una cuerda que queda a la altura de su cintura. El suelo parecen unas compuertas de madera. Está completamente recto y abraza lo que ha sacado de aquel sitio. No sé lo que el otro sujeto pretende pero no se mueve y sin pensármelo cojo los alambres e intento imitar al rumano dando chispazos como si de dos piedras se tratase y yo intentara conseguir fuego. Una vez, dos veces, tres… no parecía tan difícil… es que tengo la absurda sensación de que voy a electrocutarme. Vuelvo a mirar a la carretera y compruebo que siguen en el mismo sitio, aunque ahora están demasiado cerca uno del otro. Con decisión cojo de una vez el cable y con dos sacudidas consigo que arranque por fin. Meto primera, piso el acelerador y doy un bocinazo para que suba. Los dos miran hacia mí y Alin se acerca corriendo. En esas décimas de segundo en las que yo voy avanzando, parece ralentizarse aún más el tiempo y puedo ver la cara del individuo. Tiene el pelo rizado, con uno de sus brazos se protege los ojos que tiene entreabiertos cegado por las luces de la furgoneta y lo que me produce un escalofrío por todo el cuerpo, un lunar bajo el ojo izquierdo. Es él, el tipo desagradable del metro, el que seguro me crucé en el cine.

El grito de: - ¡Para! - de Alin me devuelve a la realidad y doy tal frenazo que debo haberme quedado a pocos centímetros de ese desagradable hombre que ahora tiene los ojos como platos y la boca entreabierta. He de decir que en este momento no me importaría atropellarle. Y se ha dado cuenta. Mira a ambos lados como buscando a alguien más y corre hacia el edificio, probablemente a avisar a quien esté a cargo de este percal. Piso a tope y arrancamos con un sonido de ruedas propio de una película de acción. Por el retrovisor podemos ver que el tipo ahora está en medio de la carretera junto a otros dos mirando cómo nos alejamos.

-¿La tienes? ¿Es gasolina?

-Yo creo que sí pero no abrí -. Tiene la respiración entrecortada de la carrera y está intentando abrirlo.

Es un pequeño bidón de plástico, cuadrado y de color negro, con un asa y un tapón redondo que sobresale. Le da un par de vueltas y nos invade un estupendo olor a gasolina que en realidad detesto pero, en este momento, me resulta maravilloso.

-Ya está en la reserva pero no voy a parar. Dejamos que se agote del todo, tenemos que estar lo más lejos posible ¿te parece?

-Perfecto – contesta totalmente convencido -. No quiero volver a encontrarme a esos tipos.

-Yo me he cruzado con ese tío y además le vi en el metro hace un par de días, ¡estaba en nuestro vagón! Tengo su cara grabada ¿Qué te ha dicho?

Me sudan las manos aunque las siento congeladas. Ninguno de los dos paramos de mirar los espejos retrovisores aunque no se ve nada. Y justo cuando iba a contestarme, escuchamos un ruido sordo y el volante comienza a moverse con fuerza de un lado a otro. Lo agarro todo lo fuerte que puedo e intento controlarlo pero parece tener vida propia. Alin se inclina para sujetarlo pero su esfuerzo es inútil. La furgoneta se gira completamente y las ruedas traseras salen hacia la cuneta. Como a cámara lenta, la furgoneta comienza a ladearse y, mientras nos miramos a los ojos con cara de pánico, yo busco su mano intentando que, pase lo que pase, no nos separemos.

 

-Dios mío Elisa, ¿Estás bien? ¿Cómo te encuentras? ¡¿Dónde estabas?! ¿Qué ha pasado? ¿Alguien te ha hecho algo?

Madre mía, cuanta pregunta para el estado de atontamiento en el que estoy. Me escuecen los ojos. Parpadeo despacio y fuerte para intentar ver algo.

-Creíamos que a ti también te habían secuestrado -. Me abraza tan fuerte que apenas puedo respirar.

-La policía nos dijo que había que esperar 48 horas para denunciarlo. Me dijeron que podías haberte ido por voluntad propia pero yo sabía que no. Te dejo demasiado tiempo sola. Te prometo que voy a dejar el trabajo, voy a estar contigo, no voy a viajar. ¿Estás bien? Dime algo cariño.

Por fin se separa y respiro profundamente. Me sujeta la cara con las dos manos y me mira a los ojos acercándose hasta apoyar su frente en la mía. Es Alex y de todo lo que ha dicho creo que he entendido la mitad, o ni eso.

-Sí, estoy bien. ¿Dónde estoy?

-En el metro, tumbada en un banco, estabas dormida o inconsciente.

Me miro la mano, está cerrada y tengo la sensación de seguir sujetando la mano de Alin.

-¿Dónde está Alin?- le pregunto al mirar alrededor y no verlo.

-¿Quién es Alin?

-Estaba conmigo, es un chico moreno con un traje rojo -. Continúo recorriendo los andenes con la mirada esperando verlo -. Yo también tenía eso puesto – le digo mirándome a mí misma y viendo que ya no tengo esa ropa roja. Estoy vestida igual que el día del cine, un pantalón negro con la camisa blanca y unos zapatos de tacón que están tumbados en el suelo junto a todas las cosas que llevaba en el bolso y ahora están desparramadas.

-¿Quién es ese tío? ¿Te ha hecho daño?

No me apetece empezar a contarlo todo ahora. Se me ha hecho un nudo en la garganta y sólo quiero abrazarlo y sentirme segura. Cuando me devuelve el abrazo no puedo evitar que se me caigan las lágrimas y me pone en pie después de preguntarme si soy capaz de mantenerme y caminar. Creo que sí, me siento igual que al despertar de una anestesia, es raro porque físicamente me encuentro descansada. <<¿Me habrán drogado?>> No sé qué hora puede ser, sólo hay dos personas en el andén de enfrente. Hacia nosotros camina rápido un hombre que parece un revisor, con un par de policías que, muy amables, me preguntan cómo estoy y si nos puede ayudar en algo más. Se ofrecen a llevarnos pero Alex ya ha pedido un taxi que nos espera en la puerta de salida.

Por fin estoy en casa y lo único que ahora mismo quiero es tumbarme con Alex al lado y mirarlo durante horas.

-Voy a llamar a tus padres para decirles que estás aquí.

-No, por favor, lo que menos me apetece ahora es hablar con mis padres y darles explicaciones. Quiero estar tranquila, los dos solos.

-Vale, los llamo y les digo lo que quieras: ¿que te fuiste por cosas del trabajo?, ¿que discutimos y no querías verme?, ¿que estabas de fiesta con Laura?- me dice esto último con esa media sonrisa tan bonita.

-Si dices lo segundo vas a quedar fatal, primera o tercera.

Me recuesto sobre la almohada. No puedo creer que hace un momento estuviera conduciendo un trasto de furgón y huyendo de unos tipos que supuestamente me habían secuestrado y ahora esté en mi casa. ¿Qué ha pasado?

Alex cuelga el teléfono y me dice que les ha contado una película tal que cogí un avión por trabajo y perdí el equipaje con el móvil y la cartera. Pero quién se va a creer eso… bueno, a veces los padres se creen cualquier cosa con tal de que estés sana y salva. Seguro que vendrán en un rato a verme, no lo pueden evitar, así que aprovecho el silencio y la imagen del chico maravilloso que tengo junto a mí y mientras me acaricia la cara le agarro fuerte la otra mano.

Después de la visita de mis padres, que ha resultado ser menos dramática de lo que creía, me pongo el pijama y me siento en la cama. Estaba deseando estar así.

Cojo el Ipad para buscar noticias de secuestros e intento asociar a las personas que vi con cada una de ellas. Dani, María, Lucas, y unos cuantos nombres más que no conozco pero que estoy convencida de que pertenecen a muchos de los que aún están en ese edificio.

A Alex le cuento toda la verdad. No sé si la cara que pone al mirarme fijamente y escuchar la historia es de sorpresa, incredulidad, pena, impotencia o una mezcla de todo. Desde luego, asombrado está, y nos es para menos. Se ha hecho muy tarde porque me ha frito a preguntas pero es normal. Mañana será domingo y tenemos muchas horas para analizarlo.

No puedo dormir, ni siquiera cerrar los ojos por si me despierto de nuevo en aquella cama. No paro de darle vueltas a qué hacíamos allí, quién nos llevó, por qué nosotros… algo tenemos en común. Gente de todas las edades, de diferentes puntos de la ciudad, incluso extranjeros, mujeres y hombres, blancos, negros y orientales, con vidas totalmente diferentes. Piensa Elisa. Me incorporo despacio para no despertar a Alex, que ha caído rendido, y vuelvo a analizar cada detalle de las noticias. Un chico de 17 con una sudadera y una gorra roja camino al metro, una mujer de 39, con un vestido rojo, que va a una fiesta con su marido, un policía haciendo deporte por el parque con pantalón corto y camiseta blancos y zapatillas rojas, un señor de 72 con pantalón marrón y camisa de cuadros rojos. El rojo parece estar por todas partes. ¿Qué tenemos en común? ¿Qué les hacen allí?. Necesito descansar y despejar la mente. Ya sé dónde están, ahora sólo queda encontrar el lugar.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de eleachege

    eleachege

    27 junio, 2017

    Una larga narrativa pero exquisita en su contenido. Lo he disfrutado. Un saludo Tamara Devic y Bienvenida tu primera publicación. Un saludo y mi voto a tu escrito.

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    27 junio, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida

  3. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    28 junio, 2017

    A esto se le llama entrar por la puerta grande, Támara. Megnífica tu historia. Aunque no es corta, la leí sin respirar. Una escritura impecable; un planteamiento muy estudiado y el interés dosificado a la perfección, sin olvidar esa dosis de ambigüedad, a caballo entre lo real y lo onírico, que contribuya a reforzar el aire de misterio. Excelente.
    Mi cordial saludo de bienvenida y mi primer voto para ti.

  4. Imagen de perfil de gonzalez

    gonzalez

    30 junio, 2017

    Excelente, bella Tamara, me gustó mucho. Te dejo mi voto y un fuerte y cariñoso abrazo.

  5. Imagen de perfil de Fiz Portugal

    Fiz Portugal

    5 julio, 2017

    La mezcla entre el sueño y lo real es excelente. Una vez que comienzas no se puede dejar de leer. Muy buen estreno. Felicidades. Saludos cordiales, tienes mi voto y te sigo.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Abrir la barra de herramientas