El ídolo de piedra

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El brillo leve de la mañana hacía presencia, incapaz de espantar al frío. Arriba en el monte, la nieve se acumulaba sobre la capa del monje con cada agotado paso. En su cuerpo se hallaba el pesar mayor pero en su corazón el ardor de un hombre determinado. Al menos así le gustaba pensar, sin tener otra opción más que seguir adelante.

Estaba sumiso ya cuando en la cima encontró su destino. Una cueva oscura, con fuego en el interior. Idóneo para su prueba final. Pronto, su país tendría también un sabio de la piedra como correspondía.

Se encomendó a lo desconocido, huyendo del clima bravo. Apenas podía ver y el suelo rocoso buscaba derribarlo, humillarlo. Con la mano callosa en la pared irregular, avanzó hacia la luz roja del fondo.

Y entonces llegó a un gran salón.

Las grietas dibujaban en las paredes olas, o llamas, no sabía bien él. La forma del techo le recordó al interior de un horno de barro y el fuego de las lámparas que colgaban solo reforzaba tamaña impresión.

En el fondo, bajo una pequeña cascada cuyo origen desconocía, reposaba un ídolo de piedra.

—Por fin…

Dejó caer la capa empapada y, alimentado por el calor, se acercó al ídolo, con el eco de sus pasos anunciando el fin del viaje. Al llegar a él, sus pies desnudos se empaparon el agua que se filtraba por las grietas. Aliviado, dejó caer su peso sentándose de piernas cruzadas  y admiró la escultura.

El tallado era exquisito. Humanoide, con los músculos resaltados, presentaba el rostro de un mono  con el cabello largo como tentáculos cayendo detrás. Entre sus enormes garras sostenía el ansiado pergamino.

El monje extendió la mano, sonriente, y rodeó con los dedos el cilindro de oro frío. Jaló reclamando su premio pero este se resistió. Volvió a forcejear, consternado para sus adentros pero no hubo cambio.

Oyó un crujido y al alzar la vista se sintió observado. Los párpados del ídolo se agrietaron y revelaron dos ojos vivos y dorados. Quedó inmóvil, incapaz de creérselo, sin saber reaccionar a tal escena. Nuevas grietas aparecieron, esta vez en las mejillas. El ídolo entonces, con voz oscura, preguntó:

—¿Qué separa al hombre de la bestia?

Al instante captó que delante estaba su último reto. Le habían advertido de bizarras aventuras pero nunca advertido sobre las fantasías.

—¿Qué separa al hombre de la bestia?

El ídolo repitió la pregunta, más insistente y atravesándolo con la vista. El repique de las brasas acompañó el silencio de su meditación. Si estaba cerca del final, debía hacerlo bien.

—¿Qué separa al hombre de la bestia?

Quiso sorprenderlo, captar la astucia del hombre. Juntó un puñado de tierra y se lo arrojó a los ojos cegándolo. Al instante jaló del pergamino triunfante pero fue él quien salió desprendido cuando una mano de piedra lo mandó a volar, arrastrando su hombro por el suelo.

—¿Qué separa al hombre de la bestia?

Giró y retrocedió rápido acariciándose la mejilla ya hinchada pero el ídolo no buscó pelea. Solo permanecía en su lugar, negando con el índice, lento y con reproche.

Había cometido una torpeza. Las arañas tejían sus redes y las serpientes sus emboscadas. ¿Cómo podía ser la astucia la respuesta cuando esta rebozaba en lo salvaje?

Titubeante, volvió a sentarse frente al ídolo, planificando su siguiente movimiento. Al final optó por las cartas que siempre llevaba. Tomó el camino de la apuesta y, tras enseñarle las reglas, comenzaron a jugar. El monje terminó solo con su capa pese a las trampas empleadas mientras el pergamino permanecía en las manos del ídolo.

—¿Qué separa al hombre de la bestia?

Le quedaba la perseverancia, lo que lo llevó allí. Con frío y casi desnudo, meditó a su lado, esperando que el ser durmiese, si lo hacía, y luego robarle el tesoro. Pero cada nuevo día despertaba sabiendo su fracaso. Incontables soles después, no halló un punto ciego.

—¿Qué debo hacer? —preguntó nublado por el hambre y la desesperación—. Mi país me necesita, no puedo retroceder ahora… ¿No tienes piedad? ¿Es eso, la virtud de la piedad?

El ídolo negó.

—Y-Yo… Solo quiero dormir. Quiero terminar con esto, ¿buscas mi egoísmo, acaso?

El ídolo negó.

Buceó en los pensamientos de la raza, señalando más virtudes y debilidades. Por cada uno, hallaba veinte preguntas, diez métodos pero solo una única respuesta. Cada vez que le repetía la pregunta, sentía la burla sobre su ignorancia y el tiempo que se perdía.

Todo por el maldito ídolo.

Ya harto de morir lentamente, optó por la brutalidad.

Lanzó el primer golpe al son de su rabia. La escultura retrocedió de un salto, rebotando de la pared hasta el centro del salón. Erguido y confiado, lo invitaba a seguir, a mostrar qué tan brutal podía ser el hombre. Abrazado por la ira, el monje se arrojó pero solo acertó al aire y erró a la piedra. Patada tras patada, el mono se  limitaba a esquivarle, a sonreírle.

—¡Vine por el pergamino!

Descolgó una lámpara con la ayuda de una piedra. Al tomarla el fuego se apagó y la blandió como un arma cortando al viento con sus bordes filosos. Gritó y maldijo pero el objetivo siempre se le escapaba dejando un halo de burla detrás.

La oscuridad lo absorbía hasta que el ídolo contraatacó.

El puño de piedra brilló con la intensidad de una constelación, la representación de su final. Anunciador de la muerte, flaqueó su espíritu y mermó su resistencia. Cerca de recibir el golpe, el monje sucumbió a la gravedad, al hambre y lloró.

—Fallé —sentenció ahogado en pena—. Lo he probado todo.

El ídolo se sentó a su lado, paciente.

—No aún —dijo—. ¿Qué separa al hombre de la bestia?

Extendió los brazos, tomando aire y buscando respuesta. ¿Qué le faltaba probar?

Entonces el recuerdo de su madre llegó, su epifanía.

—Oh… —Carcajeó, incrédulo de sí mismo—. ¿Podrías darme el pergamino, por favor?

El ídolo sonrió.

—Bueno.

Comentarios

  1. Mabel

    17 junio, 2017

    ¡Excelente! Un abrazo Alven y mi voto desde Andalucía

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