El rey atormentado

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Guillermo había consagrado su vida a mantener el complejo e inestable sistema de tratados y alianzas que dejaba a su pequeño reino, engastado en el corazón del avispero en que se había convertido el continente durante los 80 años que había durado la guerra, al margen de las tensiones bélicas que le rodeaban. Poco después de su coronación su carácter se agrió; se volvió taciturno y su semblante mostraba permanentemente un gesto de amargura que sus allegados atribuían al efecto de las responsabilidades y tensiones que conllevaba conservar la neutralidad y procurar la prosperidad de su pueblo. Tras más de medio siglo de fructífero reinado, Guillermo falleció víctima de disentería; ahora era apenas un enjuto y pálido cadáver que, sumergido entre cojines y edredones de seda oscura, se veía minúsculo sobre el monumental lecho regio.

Era la hora en que el sol se ocultaba tras las colinas, anticipando en un par de horas la oscuridad inevitable de la noche. El médico apartó ligeramente los visillos para echar una ojeada al exterior. Semioculto, como si quisiera evitar ser visto por cualquiera que estuviese vigilando desde los majestuosos jardines de palacio, se decía a sí mismo que nada tenía que reprocharse, que había puesto en práctica todo lo que la ciencia médica conoce acerca del flujo de vientre pero la debilidad del príncipe, su capitulación ante la muerte y su edad habían hecho inevitable el desenlace que el sentido común había dictado desde el primer síntoma. Consultó su reloj de bolsillo y se aproximó al escritorio para anotar la hora del exitus. Recogió su instrumental y se unió al lúgubre cortejo de dignatarios que había asistido impotente a la larga agonía del monarca. El edecán abrió las puertas de la alcoba real de par en par y anunció a la corte, que aguardaba silenciosa y grave en la antecámara, el funesto acontecimiento.

El protocolo relacionado con las exequias reales exigía que los restos mortales fuesen expuestos durante una semana en el Salón del Trono a fin de que sus súbditos pudiesen presentarle debidamente sus respetos. A fin de reafirmar la confianza que el pueblo debía depositar en la corona, el aspecto del difunto debería mostrar la misma grandeza y dignidad que un hijo espera de un padre admirado y querido aun en la muerte. Con ese propósito se había hecho venir de las Provincias Unidas a un reputado anatomista cuyas referencias hablaban de un prodigioso método de embalsamado que proporcionaba al fallecido la apariencia de estar apenas sumido en un profundo y reconfortante sueño.

El embalsamador entró en la cámara real con la misma naturalidad con la que el jardinero de palacio se dirigía cada mañana a cuidar los rosales. Apartó cortésmente a los notables que rodeaban la inmensa cama, a la que tuvo que encaramarse para aproximarse al muerto. Hizo algunas anotaciones en un cuadernillo y, sin mediar palabra, salió del cuarto para volver a entrar instantes más tarde acompañado de dos ayudantes portando unas andas y todo un surtido de maletines, cofres y bolsas. El Gran Chambelán explicó algunas directrices a los embalsamadores y ordenó a todos los presentes abandonar la estancia para que pudieran realizar su trabajo.

Una vez solos, comenzaron por despejar el gran escritorio y extender sobre él una lona embreada y dispusieron sobre ella el cadáver real, lo desnudaron, lo afeitaron y lo lavaron minuciosamente. Luego taponaron con algodón todos los orificios corporales para evitar la salida de gases y fluidos que, sin duda, habrían provocado más de un desmayo y la consternación del ministro. Vistieron al soberano, lo dispusieron sobre las andas y lo trasladaron ceremoniosamente desde los aposentos reales hasta el sótano, ante la actitud fúnebre y contemplativa de los cortesanos, funcionarios y sirvientes que se agolpaban en la sala contigua.

La pieza destinada a los trabajos de embalsamado era de piedra, sin ventanas ni ventilación; adosado a una de las paredes más largas había un gran pilón, también de piedra, dentro del cual se dispuso una gran mesa de castaño sobre la que depositaron al fallecido.

Los tres tanatoprácticos volvieron a desnudar al finado y uno de ellos ungió todo su cuerpo con aceite de lana de oveja y masajeó enérgicamente las manos, los brazos y las mejillas. El segundo ayudante preparaba una amalgama de bórax para rellenar las cavidades corporales mientras el maestro, entretanto, se afanaba en colocar por orden de uso toda una colección de pinzas, tijeras, escalpelos, aspiradores, tubos y frascos. Una vez hubo dispuesto todo el instrumental, tomó un almirez y preparó en él una mezcla de óxido de mercurio, azul de Prusia y sangre de cerdo coagulada; vertió después el compuesto en un frasco con formol, al tiempo que uno de sus ayudantes montaba una tripa de gato humedecida sobre una cánula de drenaje. El proceso continuó metódicamente con la extracción de los gases y fluidos corporales, así como de la sangre, y la inyección del líquido de embalsamar en las arterias del soberano. Una vez el tono de la piel comenzó a tornarse más sonrosado y natural, y antes de que el rigor mortis dificultase las maniobras, los tres tanatoprácticos vistieron de nuevo al difunto, le pusieron su mejor peluca y lo perfumaron. A continuación, el anatomista se entregó, con manos expertas, a la tarea más delicada: el maquillaje del rostro. Rellenó la boca con algodones para disimular las mejillas hundidas, cosió con alambre la mandíbula al maxilar superior y aplicó harina de arroz, polvo de violeta, bermellón y otros afeites sobre el rostro. Una vez hubo terminado, se apartó unos metros para contemplar su obra; a pesar del vivo maquillaje y el esmerado relleno de arrugas y poros, había algo que deslucía todo el trabajo: la amarga mueca que el monarca había lucido durante todo su reinado.

No solo por una cuestión de reputación o por no contrariar las directrices del chambelán, sino también por una mera cuestión de amor propio, – sobre todo por esta última razón –, el holandés se sentía desolado por aquellos resultados. Más que el digno y sereno cadáver de un rey parecían los patéticos restos mortales de un vulgar polichinela. Maldijo a voces en su lengua natal, pateó calderos, derramó frascos, se tiró de los pelos… De ninguna manera podía entregar así el cuerpo; consultó sus legajos para tratar de encontrar la mejor solución y, finalmente, se decidió a descoser la mandíbula para poder suturar el interior de la comisura de los labios con el del pómulo. El resultado fue decepcionante: ahora el rostro dibujaba una grotesca sonrisa. Probó a introducir más algodón sobre las encías superiores pero únicamente obtuvo la apariencia de una multicolor y hosca liebre. Trató también de disimular la expresión cubriendo las comisuras y los surcos nasogénicos con una pasta de harina de arroz y bermellón y aplicando luego una gruesa capa de maquillaje; solo consiguió que pareciera que la muerte hubiera sobrevenido repentinamente a su majestad mientras disfrutaba de sus gachas, sin darle tiempo siquiera a limpiarse la boca. Tras experimentar todo lo que los libros, la experiencia, el criterio de sus ayudantes y su imaginación habían dado de sí, el maestro embalsamador se resignó a disimular con maquillaje todo lo decentemente posible aquel contumaz rictus.

Finalmente, colocaron el cuerpo de nuevo sobre las angarillas para llevarlo hasta el Salón del Trono; una vez allí, lo introdujeron con extremo cuidado en un opulento sarcófago de caoba, taraceado y con las aristas laminadas en oro, cuyo interior había sido forrado con placas de plomo antes de ser tapizado con terciopelo brocado y seda. Tras la delicada operación, ocho criados levantaron el pesado féretro y lo acomodaron sobre el catafalco preparado en el centro geométrico del óvalo que formaba la estancia.

Al alba del día siguiente se abrieron las puertas del palacio para que nobles, comerciantes, artesanos, campesinos, militares y diplomáticos pudieran presentar sus respetos al difunto príncipe. El primero en acceder a las dependencias reales fue un anciano que se apoyaba sobre un valioso bastón de marfil con la punta y el mango de plata. Aunque su aspecto era distinguido, sus ropas revelaban ostensiblemente su procedencia ultramarina. El hombre se acercó al túmulo y comenzó a hablar en voz baja, apenas un murmullo completamente imperceptible tanto para los escoltas como para el público que, poco a poco, empezaba a formar cola en la puerta:

– Mi señor, vengo a ti ya anciano, pero no más me vence la edad que el dolor por no haber podido conocerte en vida. Un dolor al que solo supera la culpa que siento por no haberte enseñado a pescar y a trepar a los árboles, por no haber disfrutado juntos de la caza, por no haber jugado contigo al juego de palma. Me atormenta la culpa por no estar aquí cuando necesitabas que te ayudase a cargar el peso de tus responsabilidades. Lamento cada momento de tu vida en el que, por no tenerme a tu lado, el recelo sobre la incierta lealtad de aquellos que considerabas dignos de confianza te privó del sueño. Tampoco estuve cuando necesitaste que alguien libre del sesgo de la adulación, el temor o la propia promoción evaluase tus decisiones con objetividad y entereza para que no tuvieras que sentirte tan solo al tomarlas.

En la entrada empezaban a formarse pequeños grupos de visitantes impacientes aunque respetuosos con el anciano a quien, dado su distinguido y casi exótico aspecto, dieron por un emisario de algún país aliado al que no convenía importunar en sus piadosas y visiblemente conmovidas plegarias. El extraño continuó con su letanía:

– Pero no solo mi corazón viene cargado de dolor y culpa sino también de agradecimiento. Te estaré eternamente agradecido por haber llevado semejante carga en mi lugar. Sin duda la primera muestra de tu altura como regente ha sido anteponer el bien del reino a los lazos familiares, aunque para ello hubieras tenido que tomar la sabia decisión de mantenerme desterrado y vigilado lo cual, por otra parte, me permitió salir de los muros de la casona en la que nuestro padre nos confinó en secreto a mi madre y a mí, que iba en su vientre y que durante los primeros 25 años de mi vida no vi otra cosa que los muros de aquél viejo pabellón de caza. Reconozco también el mérito de tu madre, la favorita de nuestro padre el rey, a quien supo convencer de que el heredero mejor capacitado era su hijo y no yo; con toda seguridad, su inteligencia fue de mayor utilidad al estado que la atormentada melancolía de mi madre, la reina. Gracias a los tres he podido gozar de innumerables atardeceres en la orilla del mar, he conocido el amor, he visto crecer a mis hijos y he visto mundo, todo ello con la libertad de no tener que soportar mayores cargas que las que derivan de la procura del sustento. Lo sé, he tenido la vida que tú no has podido tener y esa es la verdadera injusticia en todo este asunto: que tú hayas tenido que privarte de vivir para que yo pudiera hacerlo. Mi agradecimiento ya lo he expresado; si alguna vez has sufrido el menor sentimiento de culpa puedes sentirte completamente libre de él, porque no necesita el perdón quien no ha pecado. Nada deseo más que puedas ahora descansar en paz, hermano.

 

Después de estas palabras que nadie pudo escuchar, volvió sobre sus pasos y desapareció, sereno y aliviado, entre la multitud.

Segundos después, para sorpresa de los escoltas, el Gran Chambelán y los expertos embalsamadores, el sombrío rictus había desaparecido por completo del rostro real.

 

– Quizás se deba al rigor mortis – consideró el ministro -. Se conoce que al contraerse los músculos…

– No quisiera resultar vanidoso, ‘de Heer’ – respondió el maestro tanatopráctico -, pero lo que realmente ha sucedido, sin duda alguna, es que la impaciencia de vuestra gracia por mostrar el finado a su pueblo y el consiguiente apremio que nos impuso en acabar nuestra tarea,- más arte que ciencia, o tanto la una como la otra -, no permitió que mi magistral fórmula de embalsamado surtiera su milagroso efecto.

 

Fuera cual fuera la razón del cambio en el semblante del muerto, la leyenda fue aportando y restando explicaciones de todo tipo, desde las más esotéricas a las más soeces, e incluso en nuestros días existen multitud de estudiosos que continúan investigando y publicando ensayos sobre estos hechos históricos. Como suele suceder en estos casos, nunca se conocerá la verdad… a menos que algún día el espectro de Guillermo se digne aclarar el misterio.

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    22 junio, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Antonio y mi voto desde Andalucía

  2. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    23 junio, 2017

    Extraordinaria reaparición, Antonio, después de un ausencia de casi tres mese. Me ha gustado mucho tu historia. De esas que uno lee sin respirar y que al final le dejan una inmensa sonrisa de satisfacción en los labios y en espíritu.
    Mi cordial saludo y mi voto.

  3. Zelig Pereira

    23 junio, 2017

    :) Gracias de nuevo. Es cierto, llevaba tiempo en seco; mucho lío. Un placer que os guste.
    Un abrazo.

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