El cielo amaneció sombrío y el aire se sentía tenso. No me agradan estos días, lo admito; me incomoda ver a las nubes grises acumulándose sin dar mínima señal de querer descargar su contenido sobre el suelo. Pareciera un punto neutral, un obstáculo entre una relajante lluvia o un vigorizante día de sol… no me gustan los puntos medios.
A pesar de la sensación melancólica que me provocaba imaginar cómo sería esta jornada, tuve que abandonar mi cama, malhumorado y con desidia. De mala gana me tomé una ducha fría, sin obtener el resultado energizante que buscaba, al parecer estaría con esta sensación todo el día. Encendí el coche y me dispuse a ir al trabajo, mentalizándome unas frases de positivismo para alejar los pensamientos apáticos.
No me equivoqué, el día transcurrió con la misma monotonía que pintaba la oscura bóveda celeste. Seguía sin llover, siempre oscuro y deprimente, al parecer el cielo jugaba a imitarme. Quejas y reclamos fueron los momentos memorables en el trabajo hoy. Podría abandonar este empleo, pero las cuentas no se pagan solas y la crisis nos afecta a todos en esta ciudad. El estrés que me producían estos factores no hacía más que incrementar el cuadro de anhedonia en el que me encontraba.
Por alguna razón supuse que caminar en el parque al menos variaría la rutina de hoy, y el día no hubiera sido una total bazofia. Me dirigí a mi destino, estacioné y busqué un banco desocupado, con vista al río. Me hallaba tan absorto ante el todo y la nada, que casi no distinguí cuando un joven apareció a mi vista. A unos metros frente a mí, de espaldas, mirando las aguas que por efecto del reflejo del cielo se veían como un espejo opaco. Simplemente lo observé, pero la curiosidad me obligó a levantarme y acercarme despacio. Noté que su mirada se perdía en el horizonte.
− Día oscuro, ¿no? −introduje a modo de saludo, sin dirigirle la mirada, como si solo quisiera admirar el agua, junto a un extraño.
− Más de lo que quisiera −me respondió.
− Soy Andy −me presenté, con la sonrisa más cálida que pude ofrecer a pesar de mi desmoralizado estado interno, al fin viéndolo a la cara.
Era un joven delgado, con facciones finas, y pómulos suavemente sobresalientes. Usaba gafas que resaltaban sus grandes ojos oscuros y que parecían apagados por la tristeza.
− Tobías −me respondió, dándome un firme apretón de manos. Intentó corresponder mi sonrisa, levantando levemente las comisuras de sus labios.
− Al parecer no fue el mejor día para ambos.
− Eso creo.
Me dio una vaga explicación de unos malentendidos familiares, yo le comenté de mi desagrado a los días nublados y el fastidio de mi jornada laboral.
− Son de esos momentos en el que quieres gritar y soltarlo todo.
− Hazlo −le dije con tranquilidad− solo estamos tú y yo.
Me miró incrédulo, sus mejillas se ruborizaron.
− Si quieres, empiezo yo.
− ¿De verdad lo harás? −me preguntó tímidamente.
− Claro, estamos en igualdad de situaciones.
Sin darle oportunidad de responderme, miré el río y mi voz prorrumpió en un grito que se alargó durante veinte segundos. Tobías sonrió, ahora con una sonrisa real.
− Vas tú, ahora −le dije, mi voz salió enronquecida por el esfuerzo de mis cuerdas vocales.
− Está bien −respondió, inmutándose al principio, luego emitió un grito que al instante se cortó, ahogado por la vergüenza. Suspiró, apenado.
Volví a gritar, a lo que él me acompañó, con más fuerza esta vez; me detuve, él siguió haciéndolo. Un relámpago surcó el cielo de pronto, acompañado de un trueno. Empezaron a caer las primeras gotas de lluvia. Me sentí aliviado, y creo que él igual. Lo miré, ya empezábamos a empaparnos, pero no nos importó seguir gritando. En un momento reímos, de lo absurdo que podríamos estarnos viéndonos. Luego de unos minutos la lluvia −que resultó ser un aguacero− se detuvo. Tobías miró su reloj de pulso, pareció sorprenderse de que fueran las 7 de la tarde, y se disculpó diciendo que no podía llegar tarde. Intercambiamos números de teléfono, y nos despedimos con un apretón de manos, tal como nuestro saludo.
De camino a casa, me sorprendí sonriendo al recordar la escena. Cuestioné los mecanismos que el destino usó para convertir este día sombrío, en uno tan cálido y lleno de luz, y tuve certeza que Tobías fue instrumento del mismo. Aunque de pronto la tristeza me invadió, pensar que esta podría ser la última vez que veía a ese chico me bajó el ánimo. Sin embargo, me convencí que las cosas buenas son mejor cuando son una rareza, por lo que el simple hecho de conocer a ese hombre tímido ha podido hecho ver este día como uno de los mejores.
Llegué a casa, y sentí el celular vibrando en mi mochila. Era un mensaje:
“Hola, soy Tobías. Simplemente puedo decir gracias”
Bruno González




Mabel
¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido
GermánLage
Extraordinaro, Bruno. Me encantó tu historia, por lo original que es y lo bien escrita que está. No descarto aplicar algún día tu liberadora fórmula del grito; su efecto puede ser mágivo.
Un cordial saludo y mi voto.