El hombre que teje Kumihimo

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“Dedicado a mi madre que teje,

a mi esposa, quien también lo hace.

A mi abuela Delia, que lo hizo”.

Siempre vio el tejer como un pasatiempo. Un pasatiempo femenino, en el cual dejar las horas alejadas del rutinario tedio.

¿Habrá sido esa la razón para considerarlo un asunto solo de mujeres?

El nunca se pudo imaginar al regresar a casa, después de un normal y corriente día de trabajo, sentarse y quedar entregado al sopor de la poltrona. Mirar cansado a un costado, estirar el brazo y con su mano izquierda coger las agujas del tejido. Contar las corridas de puntos, y continuar dando forma a una prenda. Luego al día siguiente, entre un revés y un derecho, retomar la labor.

Posible es que para tan sesgada visión, tuviera una explicación. El llegar a ella en el futuro, le ayudará el recuerdo de su abuela tejiendo. A sus ochenta y pico años, la podrá ver una vez más sentada en el sofá de casa, el crochet en la mano y la hebra viniendo del ovillo puesto en el eterno canasto de color verde y blanco.

O el recuerdo de su madre, ovillando madejas, urdiendo para una nueva tela, que luego sacará de esa máquina de madera. Hojeaba su periódico sin prestarle mucha atención, cosa que ya venía haciendo desde hacía mucho. Le comentaba a su mujer que ya las noticias, no pueden tildarse de noticias. Que el periodismo ha abandonado su parte importante, el prefijo “peri”, para quedarse solo con lo más simple el ismo de la copucha, las palabritas.

«Señoras tejiendo», pensó.

Despuntado el día, en uno de esos tantos fines de semana cotidianos, la diferencia se situó solapada, como suele ser, sin decir. Inunda un lugar, sin que el terreno se dé cuenta que ha sido anegado. Sucede sin que el afectado lo sepa, hasta solo más adelante. Alguien podría llamarle destino, otros karma.

Este anegamiento ocurrió el día que acompañó a su esposa a la tienda de lanas. Realmente nunca entró en el negocio acompañándola, solo dijo que en el mientras tanto, daría un paseo por el pueblo. No fue muy lejos, solo llego hasta la puerta de al lado. La de la siguiente tienda y se quedó frente a ella, de pie, quieto, en silencio, hasta su respiración parecía carecer de movimiento. Luego dirigió sus pasos hacia el interior, sin intención pensada, solo fue. La puerta de doble hoja estaba abierta de par en par, invitando al acceso a una mediana habitación, que junto con ser sala de ventas, hacía las veces de taller. En ella pudo apreciar varios y diferentes telares. Donde la encargada le preguntó:

-May I help you?

-Solo estoy mirando -respondió en un acto mecánico. Luego se disculpó, -I’m sorry -y volvió sobre su respuesta. Esta segunda vez lo hizo en inglés.

Al continuar su recorrido a la siguiente habitación, sobre una mesa, vio que se erigía una torre fabricada en madera. Era de base cuadrada, y en cada esquina se adosaba un cilindro. Cuatro en total, de unos cincuenta centímetros de alto, los que en la parte superior eran rematados por una superficie circular con un hoyo al centro.

-¿Qué haces? -lo interrogó su esposa tras entrar en la tienda y situarse junto a él.

-Nada, nada especial. Solo mirar, recordar. ¿Y tú? ¿Cómo te fue? Abandonaron la tienda y continuaron su paseo por las calles de Port Gamble. Un pequeño pueblo del noroeste del Estado de Washington. En los mil novecientos fue maderero y cumplió su función hasta mediados de los años noventa. Hoy no llega a la decena de tiendas y junto a una treintena de casas de la época. Está totalmente restaurado para el visitante.

-Aún me da vueltas en la cabeza la torre de madera -confesó.

-¿De qué hablas? -interrogó confundida su mujer.

-¿Hasta qué hora están abiertos los negocios?

-Hasta las cinco -respondió ahora intrigada.

La torre de madera corresponde a un Maru Dai. Palabra japonesa para vueltas. Está hecha para elaborar una trenza llamada kumihimo. Son hebras entrelazadas y por lo general de seda. Dada la condición delicada del material que se usa para tejer, ésta es construida en madera de grano aglutinado, para evitar así cualquier imperfección que luego pueda dañar los hilos. -Pudo leer como primera explicación en la segunda página de uno de los dos libros que con ella se venden.

Entre las fotografías que decoran una de las publicaciones, aprendió que el nombre de las bobinas utilizadas como pesos es Tama. Que la bolsa central que cumple el mismo fin, es un Omori. Siguió dado a su labor de observador y aprendiz, hasta que llegó a la fotografía de la superficie superior, Kagami. En su centro cuenta con un hoyo. Como en un acto infantil, aproximó su ojo al orificio. Nada vio, solo un hoyo rematado en el fondo por la visión de la otra madera que cumple la función de base.

Dejó el libro y siguió visitando por segunda vez la tienda. Dando vueltas y mirando todo lo que le rodea, tocando navetas, lanas, palpando las telas que habían sido tejidas. Por unos segundos traspasó la barrera de la distancia y del tiempo. Pudo llegar hasta el taller de su madre. No el actual. No el de cuando partió de Chile, si no el de su infancia. Pronto se esfumó. Tan rápido como había llegado. Entonces buscó a la encargada y le pidió operar un telar, solo para oír las maderas trabajar. Era un telar similar al de su madre cuando él tenía cinco años. El ruido de la naveta viajando por el riel lo regresó, una vez más estuvo cincuenta años atrás.

Luego le agradeció a la mujer su amabilidad y se dirigió a la puerta de salida. Al pasar junto al Maru Dai, su tentación no se la prohibió y se inclinó sobre el hoyo central. Lo que vio lo enderezó de golpe. Lo hizo pestañear un par de veces seguidas. Por segunda vez cogió el libro con las fotografías y buscó, buscó la de la superficie con el agujero. -Kagami, eso es Kagami. ¿Qué querrá decir? -Tomó su celular y abrió el traductor. -Kagami = Espejo.

Regresó sobre el orificio y esta vez sin prisa se dedicó a observar.

-¿Qué haces? -lo interrogó su esposa tras entrar en la tienda buscándolo.

-Nada, nada especial. Solo mirar, recordar. ¿Y tú? ¿Cómo te fue?

Salieron a la calle en Port Gamble, y mirando la antigua bahía le preguntó.

-¿Hasta qué hora están abiertos los negocios?

-Hasta las cinco.

Miró su reloj, observó que solo le restaban diez minutos, entonces decidió volver a la tienda de los telares y enseñarle la herramienta. Pasado unos quince minutos, salió con ella bajo el brazo.

 

Segunda parte

Se inclinó por segunda vez sobre el Maru Dai para observar por el centro del Kagami.

La primera visión no le mostró más que la superficie de la base. Su segundo intento, de total inocencia al ir en busca de la puerta de salida, lo apartó incrédulo. Luego sin apresuramiento, se dedicó a observar.

Kagami es espejo, una reproducción de lo que hay en frente.

El ambiente de ese negocio, primero lo transportó a su memoria más lejana. Recordó el telar enorme que su madre tenía en la sala del comedor. El ruido de la naveta viajando de un lado a otro frente al peine, le devolvió el sonido del recuerdo. Esos eran sus recuerdos, junto a una imagen difusa.

El espejo le entregó una perfecta imagen de la sala, la luz ingresando por ambos costados, el de una puertaventana que daba al patio y el de la ventana que daba a la calle. Su madre sentada tejiendo y él sentado en la misma banca observando con un autito metálico en la mano.

-¿Qué haces mamá?

-Tejo una tela para un abrigo.

Sintió como había pasado muchísimo tiempo sin escuchar la voz de esa mujer. No tan solo la de la imagen, si no que también la actual. Sus ojos lo obligaron a pasarse el dorso de la mano por ellos. ¿Qué diría si lo viera la persona que atiende el local?

El celular soltó un rin y registró una llamada perdida. Entonces se decidió y llamó a su madre. Las hebras que colgaban por el centro del Kagami formando el tejido de su primer Kumihimo, comenzaron a vibrar bajo la señal de la llamada y continuaron así hasta que terminó de hablar. El cordón quedó terminado en dos colores.

Necesitó volver a la tienda de las lanas, su urgencia por comprar hilos, para sus hebras, se hizo imperiosa.

Volvió a urdir. Mientras preparaba los hilos, se vio sentado junto a su abuela. Ella mientras le teje una bufanda le cuenta la historia de dos esculturas. Las de un hombre y una mujer, dos rostros japoneses adosados a una base de madera negra. Cuelgan del muro, una a cada lado de la cabecera de la cama matrimonial. Mientras sigue atentamente la escena, sus nuevas hebras van saliendo del mismo cesto verde y blanco Luminosas como la mejor sedas que pueda haber. Su segundo Kumihimo quedó terminado.

El comenzar del tercero, lo compartió escogiendo los colores junto a su esposa. Tienen un canasto colmado de lanas para tejer.

-¿Qué haces? -lo interrogó su esposa tras entrar en la tienda y verlo inclinado observando por el hoyito de una torre de madera.

-Te he dicho que deseo aprender a tejer.

El Maru Dai iba bajo su brazo. Él ahora sabía que las hebras siempre lo mantendrán conectado a esas mujeres.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    30 junio, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo Darío y mi voto desde Andalucía

    • Imagen de perfil de DaroPohl

      DaroPohl

      30 junio, 2017

      Muchas gracias Mabel por tu voto y el constante apoyo.
      Saludos desde Tucson.

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