Insomnio

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INSOMNIO

Ya vas a ver lo que es tranquilidad. La casa está en una urbanización cerrada, tan distante de la civilización como de la selva. No hay ruido de carros ni pájarpos que alboroten ni perros que ladren; por no haber ni siquiera hay mosquitos. Nos llevamos una caja de cervezas, unas botellas de whisky y, el lunes, listos para incorporarse de nuevo al estrés”.

Éste era el cuadro tentador que nuestro amigo nos había pintado al invitarnos a pasar el fin de semana en su casa de recreo.

En esta época del año no va nadie; la mayoría de las casas están vacías, y tenemos todas las instalaciones para nosotros solos”.

Llegamos a media tarde, cuando ya declinaba el sol y las sombras cubrían las aceras de poniente. Primero nos enseñaron la casa: el porche, la cocina, dos baños, una sala espaciosa, y tres habitaciones con puerta a un pasillo. Luego recorrimos la urbanización: un conjunto de tres calles serpenteando en torno a una minúscula plaza en cuyo centro, sobre un pedestal de mármol, se erguía un busto del Libertador, y, en un extremo, abriéndose hacia la montaña, dos canchas de tenis y una piscina de forma arriñonada y dimensiones familiares.

Mientras tanto, las sombras habían avanzado y cubrían ya el porche y la mayor parte del jardín. De la montaña bajaba una brisa suave que contribuía a mitigar el calor e invitaba a echar paja. Sacamos la mesa y las sillas, abrimos las cavas y tomamos asiento. Al más puro estilo criollo, comenzamos por la cerveza, a la espera de que el hielo se hiciese en cantidad suficiente para pasar al whisky. Después vino la cena: sandwiches variados y arepas que habíamos llevado preparadas, algunos dulces, y frutas criollas. A partir de ahí, tertulia y caña a palo seco.

Tan grato era el ambiente que, a eso de las diez, comenzó a invadirme un sueño irresistible que, curiosamente, vino a coincidir con el momento de máxima euforia en el anfitrión. Tan pronto hablaba del retraso de Cadivi en la entrega de dólares y su incidencia sobre la escasez de todo tipo de artículos, como de las novedades que sus padres le transmitían desde España; de sus hijos, o de como él veía la situación del país: “mientras en la calle siga habiendo dinero, sin importar que llegue por la vía legal o de la corrupción, aquí no va a pasar nada. Lo de la Exxon terminarán por arreglarlo, ya lo verás. ¿Qué reclaman? ¿Cinco mil millones de dólares? ¿Y eso qué es? Para nosotros, cantidades astronómicas, que ni siquiera sabemos escribir, pero ¿para ellos?; nada; eso no es nada. ¿Y dónde va uno a vivir mejor? ¿Dónde va uno a encontrar un clima como éste que permita, en pleno mes de Enero, estar al aire libre, delante de la casa, tomando unos whiskys después de haber cenado bien, como acabamos de hacer nosotros? En ninguna parte. Mientras haya dinero…; y mientras haya petróleo, lo va a haber”.

Su esposa participaba de la misma animación, y hasta la mía mostraba también signos de euforia. Parecía como si el aire limpio de la montaña hubiera liberado en ellos las energías, mientras que en mí producía el efecto contrario. Eran las dos caras de la tranquilidad: la excitación parlanchina, y la somnolencia invencible. Más por cortesía que por verdadero placer, aguanté hasta cerca de la una, cuando, de forma inesperada, el anfitrión anunció que era el momento de irse a dormir. “Así mañana nos levantamos pronto y aprovechamos más el día, ¿qué os parece?” Y todos a una nos pusimos en pie.

Nada más caer en la cama, mi esposa se quedó dormida; y supongo que nuestros anfitriones, también, ya que, después de oír cerrar la puerta de su habitación, no volví a percibir el menor atisbo de ruido; tan solo el silencio; un silencio profundo, monótono, irremediable; como si toda la creación se hubiese dormido y en todo el universo se hubiese borrado el menor indicio de actividad; un silencio que, sorpresivamente, iba a tener en mi consciencia su único centinela. Hacía solo un momento que allá fuera me estaba cayendo de sueño, arropado por la brisa que bajaba de la montaña, mas, ahora, solo veía pasar los minutos sin poder conciliar el sueño. Primero lo intenté boca arriba con la mirada penetrando la oscuridad que cubría el techo blanquecino de la habitación; busqué luego una postura más cómoda volviéndome hacia el lado donde estaba el cuerpo de mi esposa, del que irradiaba un calor tibio y los efluvios de sus olores familiares. Más tarde me di la vuelta hacia el lado de la ventana, abierta a la brisa, a la oscuridad de la noche y al silencio. Los minutos se hacían horas y las horas eternidades, y en su fuga parecían llevarse el descanso que yo había ido a buscar a aquella habitación. Cuanto más avanzaba la noche y más profundas eran las tinieblas, más viva era la claridad y la lucidez de mi mente.

Y, de pronto, comencé a entender. Estaba siendo víctima del shock del silencio. Tan habituado estaba al ruido que sin él ya no lograba dormir; el ruido de la ciudad, el que tanto me irritaba, pero al que ya me había hecho adicto como si de una droga se tratase. Hacía apenas una hora que, delante de la casa de nuestro amigo, había tenido que hacer un ingente esfuerzo para mantenerme en vela, arrullado por la conversación monótona que presionaba sobre mis párpados y los obligaba a juntarse; mas, ahora, ante la ausencia de todo ruido, mi consciencia se había quedado como perdida, flotando en el vacío, en busca de algún asidero sónico que pudiera servirle de referencia para poder conciliar el sueño.

Se me vino, entonces, a la mente aquel apartamento en que habíamos vivido al borde de la autopista, de la que día y noche ascendía un ruido atronador. No importaba que uno decidiera soportar el calor agobiante y cerrara todas las ventanas; aquel ruido sordo, continuo, arrancado del asfalto por el roce permanente de los cauchos, penetraba igual hasta las profundidades del cerebro, donde parece haberse instalado de forma irreversible. Un ruido perpetuo cuya monotonía era de vez en cuando alterada por el chirrido de un frenazo, el bramido infernal de una moto acelerando a toda potencia o el graznido histérico de una bocina. Una agresión continua que ni siquiera a altas horas de la madrugada llegaba a desaparecer. Y en aquellos momentos de insomnio recordé los primeros días en que nos fuimos a vivir a aquel apartamento, y las noches en blanco que hube de pasar hasta que logré habituarme, como el molinero se habitúa al ruido de su molino.

Cuando pudimos dejar aquel apartamento, aunque el ruido de la autopista ya había sido asimilado como un acompañante familiar, la ubicación fue el factor determinante a la hora de elegir la nueva vivienda, y nos inclinamos por una casa en una urbanización alejada de toda vía importante, adonde no llegaban ni el estrépito del tráfico ni el fragor de la ciudad. Un verdadero oasis en medio de una frondosa vegetación donde confiaba disfrutar de los sueños más placenteros.

Cuando, al amanecer del primer día, dos horas antes de que sonase el despertador, mi sueño se vio bruscamente interrumpido por el estrépito infernal, tan horrísono como irritante, de las guacharacas que saltaban de rama en rama, no le concedí importancia; era el sonido de la naturaleza. Tampoco se lo concedí el día que las guacharacas callaron y quien me despertó fue el canto lastimero de otra ave cuyo nombre ni siquiera llegué a conocer. Por la noche eran los grillos, con su canto acompasado y penetrante, los sapos con su monótono croar y, como fondo, el sonido envolvente de un sin fin de animales nocturnos, los que hacían imposible conciliar el sueño hasta el alba. Si la noche se hizo para dormir, me decía, ¿por qué tantas creaturas han de arroparse en ella para cantar? Pero tampoco le concedí importancia; era el canto de la naturaleza, la exuberante sinfonía de la noche a la que uno siempre termina por acostumbrarse.

Natural resultaba también el perpetuo concierto de los perros. En una urbanización recóndita y aislada como aquella, en la casa en que menos, había tres, hecha excepción, claro está, de la nuestra, en la que no había ninguno. Y, por una razón u otra, no quedaba un momento del día ni de la noche en que algún perro no estuviera ladrando. Me hubiera gustado saber a qué ley oculta obedecen cuando la emprenden con sus peculiares diálogos, desafíos o serenatas con que unos a otros se increpan y responden de un extremo al otro de la urbanización, sin esperanza de que puedan callarse por más insufrible que sea el tormento. Dicen que es la luna llena que les excita. Será. Mas, de ser eso cierto, debo concluir que en aquella urbanización había luna llena siete días a la semana.

¡Qué hermosa es la naturaleza, vista en toda la majestuosidad de sus formas y colores a través de la pantalla del televisor, sin hormigas en el pan ni mosquitos en los brazos, sin guacharacas ruidosas ni pájaros lastimeros, ni grillos, ni sapos cantores, y, sobre todo, sin perros que den la serenata durante toda la noche! Pero, en fin; el ladrido de los perros es también algo natural y, por lo visto, a ningún dueño le molesta el ladrido de su propio perro.

Lo que ya no resultaba tan natural eran las fiestas y la música a un volumen desmedido, tan frecuentes en la urbanización. Raro era el fin de semana en que en alguna quinta no tuviese lugar un bautizo, un cumpleaños o, simplemente, una desbordante reunión de amigos. Y con generosidad envidiable, la música era siempre compartida con toda la vecindad; como si fuese el único medio de difundir la noticia de que allí había una fiesta, cuya importancia era directamente proporcional al volumen de la música.

Pero, como a todo termina uno por acostumbrarse, incluso a dormir con cualquier tipo de ruido, también acabé durmiendo cuando sonaba aquella música, aunque para ello, a menudo, tuviese que ponerme tapones en los oídos.

Por razones que no viene al caso relatar aquí, pero sí recordé en aquella noche de insomnio en la casa de nuestros amigos, vendimos aquella casa y nos fuimos a vivir a un apartamento, en una urbanización céntrica, pero aislada de ruidos tanto de la ciudad como de la naturaleza; ocho bloques gigantescos, de cemento y ladrillo, en un recinto cerrado, adonde no llegaba el ruido de ninguna autopista ni el canto armonioso de los grillos ni el estrépito de las guacharacas. Algunos vecinos tenían perro, pero tan domesticados y sumisos que creo que hasta se habían olvidado de ladrar.

La primera noche la dormí de un tirón. A mitad de la segunda me despertó el llanto de un bebé al que tocaba tener su mala noche. Cuando el niño se calló y yo me disponía a reemprender mi sueño, en el piso de arriba empezó a oírse un abrir y cerrar de puertas, al que siguió un agudo y persistente taconeo que, yendo y viniendo de un extremo al otro de la casa, de una a otra dependencia, me mantuvo desvelado hasta el amanecer. Allí vivía, como después supe, una mujer sola, que trabajaba en el mundo del espectáculo, aunque nunca llegué a precisar en qué consistía su trabajo. No tardé mucho en descubrir que, incluso en aquel apartamento que creía tan protegido, otro sin fin de ruidos iban a dificultar mi sueño cada noche; y también a ellos acabé por acostumbrarme.

Estos y otros recuerdos similares fueron los que me ayudaron a sobrellevar aquella larga noche de insomnio en la casa de campo de nuestros amigos, donde lo único que se oía era el más absoluto silencio. Tan acostumbrado estaba ya a dormir con toda clase de ruidos que había terminado siendo víctima del síndrome del molinero.

La luna estaba alta, risueña y oronda. A la luz de sus rayos logré entrever la hora en mi reloj: las cinco de la madrugada. Algún tiempo después (no sabría precisar cuanto), oí un ruido de puertas que se abrían y cerraban y, casi de inmediato, el sonido originado por una vejiga al vaciarse, y el subsiguiente del agua en la poceta. Algunos minutos después, a mis oídos comenzó a llegar un ruido acompasado, como un chirriar de muelles oxidados; poco después un suspiro, una sucesión de jadeos cada vez más intensos que, a medida que el rechinar de los muelles aceleraba su ritmo, se fueron intensificando hasta desembocar en un prolongado sollozo contrapunteado por roncos gruñidos, que se amplificaron en un dúo penetrante hasta alcanzar el definitivo “consummatum est”.

Cuando me desperté eran las doce del mediodía. Mi esposa y nuestros amigos habían tenido el buen criterio de dejarme dormir, aunque ya habían empezado con los preparativos de la parrilla. Y, mientras recuperaba mi plena consciencia bajo el agua tibia de la ducha, recordé que, al regresar a casa, tenía que revisar los muelles de nuestra propia cama y ver si así dejaban de chirriar.

           Caracas, 15 de Febrero de 2008

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de LARRY

    LARRY

    19 junio, 2017

    Que largas son las horas en la oscuridad de la noche cuando no se puede pegar ojo. Me ha encantado. Saludos.

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      19 junio, 2017

      Hola, Larry. Ya sé que esta vez voy con retraso, pero, a veces, las circunstancias mandan.
      Gracias por leerme una vez más y por tu amable comentario.
      Un cordial saludo, a la espera de poder leer tu próxima publicación.

  2. Imagen de perfil de eleachege

    eleachege

    19 junio, 2017

    El contraste. El insomnio a causa de las rondas del silencio nocturno. Evocaciones del subconsciente. Muy bueno el escrito. Un saludo y mi voto @GermánLage.

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      19 junio, 2017

      Gracias, Eleachege, por leer también este relato y por tu amable comentario.
      A la espera de poder estar a la recíproca, recibe mi cordial saludo.

  3. Imagen de perfil de Celeste

    Celeste

    19 junio, 2017

    Germán, muy bueno. He esperado para leer tranquila. Esta noche me ha pasado justo lo que comentas en el texto, había poco tráfico en la calle y ni a tiros podía dormir ja, ja, ja… No he pegado ojo. Un abrazo y mi voto.

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      19 junio, 2017

      Hola, Celeste. Gracias por leer mi artículo por tu amable comentario. Y no sabes cuánto lamento tu noche de insomnio, jeje.
      Un fuerte abrazo.

  4. Imagen de perfil de Manger

    Manger

    19 junio, 2017

    Más que excelente la forma de describir lo raros que somos los seres humanos; siempre nos quejamos de algo: de que llueve, de que no llueve, de que hace calor, del frio, de los ruidos, de la falta de ruidos… Siempre de algo. Somos un género absolutamente incorformista con todo, pero siempre acabamos ocasionalmente por acomodarnos a lo que hay hasta que cambiamos de criterio por no se sabe qué circunstancia, incluso porque oímos chirriar los muelles de la cama del vecino y no nos damos cuenta de los ruidos molestos que nosotros mismos producimos. Muy buen texto, tocayo. Mis saludos más cordiales junto con mi reconocimiento.

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      19 junio, 2017

      Cierto, Tocayo; por ahí iba la cosa: somos animales de costumbres y rutinas y, cuando a uno se las cambian, se siente perdido, hasta que se vuelve a acostumbrar.
      Mil gracias por leerme y por tu comentario, y un fuerte abrazo.

  5. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    19 junio, 2017

    Unas horas que parecen Eternas,
    un silencio que llama a voces,
    cuando todos duermen
    y nadie te oye.
    La oscuridad en donde se encierran,
    esos pensamientos
    que al alma se entregan.

    Un abrazo Germán y mi voto desde Andalucía

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      19 junio, 2017

      ¡Qué grande eres, Mabel! Grande como poetisa y más grande como persona. Infinitas gracias por tu lectura y por este bellísimo poema-comentario.
      Un fuerte abrazo, Mabel.

  6. Imagen de perfil de Charlotte

    Charlotte

    19 junio, 2017

    Ay, tanto cambiar de casa para que luego sea el silencio el que no deje dormir al pobre hombre. Y como el insomnio le hace dar vueltas y vueltas al pensamiento.

    Déjame que te felicite por lo bien que escribes. Un beso muy grande

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      19 junio, 2017

      Cierto, Ana; o, como diríamos en Venezuela “tanto nadar para morir en la orilla”.
      Gracias, una vez más, por tu lectura y tu amable comentario.
      Un fuerte abrazo.

  7. Imagen de perfil de Sosias

    Sosias

    19 junio, 2017

    Contundente y llena de datos,una noche de insomnio maravillosamente contada.
    Felicidades y mi voto.

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      19 junio, 2017

      Gracias, Sosias, por tu lectura y tu comentario.
      Un fuerte abrazo.

  8. Imagen de perfil de Sosias

    Sosias

    19 junio, 2017

    Germán, si está en Portugal quisiera trasladarle mis condolencias por esa tragedia horrible. Esa bola de fuego en la que está envuelto parte del país hermano ,nos tiene pegados a los televisores ,llenos de impotencia.

    Un abrazo y tengan mucho cuidado!

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      19 junio, 2017

      Gracias, Sosias; aunque soy español, en la práctica hago mi vida en Portugal. Y sí; es una tragedia horrible. Mi esposa y yo vivimos al norte, lejos del lugar efectuado, pero no deja de ser una preocupación. Gracias de nuevo, y un fuerte abrazo.

  9. Lourdes

    20 junio, 2017

    Querido Germán, me ha encantado, como siempre, tu texto, que he disfrutado muchísimo.
    Llega una etapa de nuestra vida que el sueño se le antoja resbaladizo…se escabulle por cualquier tontería, unas veces por el ruido, otras por el silencio, otras por demasiada luz y otras por demasiada oscuridad (mi caso, que como esté muy oscuro no duermo..), en fin, que es cuestión de pillarlo al vuelo.
    Mi voto y un abrazo
    P.D. Al igual que Sosias te envío toda mi solidaridad, que aunque se que eres español de nacimiento también eres un poco Portugués de adopción. Me estoy sintiendo muy afectada porque por esas carreteras y esos bosques he pasado yo buenos momentos en mi vida, me he recorrido Portugal de norte a sur unas cuantas veces y me duele el alma ver lo que el fuego está haciendo con ese paisaje y esas gentes tan maravillosas. Abrazos para todos

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      20 junio, 2017

      Gracias, Lourdes, por tus comentarios, tan elogiosos como siempre.
      Gracias, también por acordarte de la tragedia que está asolando a este maravilloso país.
      Por último, me alegro de que te guste Portugal (en eso coincidimos). Y, si en cualquier momento, decides venir por acá, hazme llegar alguna señal que, en Vila Praia de Âncora, tienes una casa y unos amigos que, con sumo gusto, te acogerán el tiempo que desees: mi esposa y yo.
      Un fuerte abrazo, y, de nuevo, gracias por todo.

      • Lourdes

        21 junio, 2017

        Muchísimas gracias por el ofrecimiento Germán. Un abrazo enorme

  10. Esruza

    20 junio, 2017

    Me ha gustado mucho Don Germán. Lamento mucho no tener las palabras adecuadas para expresarlo,
    sólo que los seres humanos somo tan extraños en relación a las costumbres y, sí, si estamos acostumbrados al ruido y de repente tenemos silencio, no podemos dormir y al revés. Me encanta su forma de escribir.

    Un abrazo y saludos, por supuesto, mi voto desde México.

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      21 junio, 2017

      Gracias, Esruza, por tu comentario a mi escrito y también por tu solidaridad con la tragedia que nos ha tocado sufrir en Portugal.
      Un cordial saludo.

  11. Esruza

    20 junio, 2017

    Yo no me había enterado de lo que está pasando, hasta ahora. Mi solidaridad y esperemos que todo termine pronto. Cuídense mucho.

  12. Imagen de perfil de gonzalez

    gonzalez

    20 junio, 2017

    Me gustó mucho, Germán. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      21 junio, 2017

      Gracias, amigo González por estar siempre ahí para leer y comentar.
      Un fuerte abrazo.

  13. Ébou.Riffé

    22 junio, 2017

    Germán, que bueno poder pasar una vez más por tus textos.
    De lo magnífico que llevas el relato es algo de lo que ya sabes que admiro y sigo.
    Me has llevado de paseo por la Alameda, principal avenida en Santiago Centro, donde el silencio es un imposible sin importar la hora, viví ahí dos años y claro, me terminé acostumbrando. Hoy vivo en un Condominio, en Valparaíso, que es lo que seguramente llamas “urbanización” y más allá del diálogo de un par de perros a eso de las once de la noche no existe más ruido (no me quejo porque el que inicia el diálogo es “Mateo” mi Golden amado).
    Siempre, Germán, leerte es disfrutar; es viajar, es transportarse y terminar sonriendo y susurrando “por dios que bien escribe este hombre”.
    Un abrazo fraterno y te sigo leyendo.

    Sabes que te leo con atención, por eso y sólo por eso te doy el siguiente dato:
    “Si la noche se hizo para dormir, me decía, ¿por qué tantas creaturas han de arroparse en ella para cantar?”. Es criatura, no?

    “…contrapunteado por roncos gruñidos, queue se amplificaron en un dúo penetrante”. Se habrá colado un “ue” de más.

    Con todo respeto y ánimo de pulir al máximo un texto tan rico en argumentos. Además mi voto es el 20. Ranking para ti.

    Un abrazo!!!!

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      22 junio, 2017

      Gracias, Ébou, por tu lectura y por tu amplio comentario; y, sobre todo, por haber detectado esa errata al final; son las cosas que suelen pasar con los retoques de última hora. De inmediato lo corregiré.
      Un fuerte abrazo.

  14. Ébou.Riffé

    22 junio, 2017

    Criatura (del latín Creatura).

    Hoy aprendí que ambas palabras se encuentran registradas en el Diccionario de la RAE.
    Se aprende leyendo, vaya que sí.

    :)

    • Imagen de perfil de GermánLage

      GermánLage

      23 junio, 2017

      Efectivamente, existen las dos, pero con significados distintos.
      “Criatura” es del verbo “criar”. Se “cría” un ternero, un pollo. Un niño es una “criatura” porque lo “crían” sus padres.
      “Creatura” es del verbo “crear”. Los animales, el hombre, fueron “creados” por Dios (con permiso de Darwin). Los animalillos que animan la noche con sus cantos son “creaturas” de Dios. Él los “creó”, pero no se entretiene en “criarlos”.
      Un abrazo, Ébou, y gracias por tus comentarios.

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