Juan y María iban caminando como usualmente lo hacían cuando tenía que tomar decisiones, eran como las diez de la noche, había algunos postes de luz y arboles a los lados del camino, caían algunas gotas del cielo pero no era para alarmarse ni para salir corriendo, sólo dejaba el olor a tierra mojada, se escuchaban las hojas al pisarlas, no estaban de la mano, dejaron los niños en la casa para poder llegar a acuerdos de manera tranquila.
Juan llevaba una botella de agua, que la bebía a cada rato, tragaba el agua sin sentirla. Tenía una mano en el bolsillo y dentro un papel que arrugaba.
Llegaron al borde de la laguna. María miro a Juan. Juan cruzo los brazos.
– ¿Qué pasa Juan? pregunto María
El guardaba silencio sin contestar.
– Juan por favor dime algo ¿se trata de nosotros?
Juan continúo en la misma posición mirándola fijamente.
– ¿Explícame por favor que está pasando?
Juan miro alrededor de un lado al otro, volvió a beber agua, se volcó dándole la espalda. Él la amaba cada segundo de cada minuto de los diez años que estaban juntos, ella resplandecía en la oscuridad, estaba tan hermosa como cuando la había conocido, se enamoraron tan rápido que en menos de dos meses ya estaban casados. La única razón para seguir vivo era que ella era suya, ni siquiera los niños sino ella, estar a su lado, sentir su aroma, escuchar su voz, mirarla, llenarse de ella.
María se acercó dudando, aun no entendía que pasaba. Para ella, no todo fue hermoso, recordaba el día que lo conoció, el descubrirse en sus ojos fue la gloria. María nunca se sintió hermosa, hasta que Juan la miro, esa mirada tan iluminada, tan viva, tan llena que no le dejo ninguna duda, el abrió sus brazos y ella se dejó abrazar. Los primeros tres años fueron bellos, descubriéndose, riendo, viajando, jugando, soñando, planificando. Era como un cuento.
Continuo acercándose hasta que toco su hombro, mientras le decía.
– Juan por favor dime algo
Juan apretaba con rabia el papel que saco de su bolsillo, se dio vuelta, se topó con María, retrocedió un paso y le extendió el papel sin emitir palabra alguna, ella tomo el papel miro a Juan mientras lo desarrugaba comenzó a leer, las manos le comenzaron a temblar, los pensamientos se le desordenaron, iba retrocediendo lentamente, tratando de emitir algún sonido.
– No digas nada, no es necesario, todo está claro. Juan decía mientras iba caminando hacia ella – Yo te entregue todo a ti, mi vida, mi tiempo, mis recursos, mis sueños, te di todo lo que me pedias, no te negué nada.
María se quedó parada, intento conjugar alguna palabra. Juan le puso las manos sobre los hombros, ella bajo la mirada, aun con el papel en las manos. El la envolvió en sus brazos, puso su cara contra su pecho, fue presionándola como queriendo meterla dentro suyo. Iba aumentando la fuerza, ella pensó empujarlo, pero no podía mover sus brazos ni su cuerpo, intentaba patear con sus piernas pero de a poco iba perdiendo energía, el pecho de Juan se iba mojando entre las lágrimas, la saliva, la respiración, los gritos sofocados de María.
Esta era la segunda vez que pasaba, la primera fue cuando el encontró un mensaje en sus correos, ella le explico que era un antiguo novio que no veía desde la secundaria que no significaba nada. Más bien que fue bonito encontrarse después de tanto tiempo y contarse sobre sus vidas. Él se quedó callado, se acercó a ella al igual que ahora, ella pensó que Juan entendía, la rodeo con sus brazos y comenzó a apretarla, mientras le decía, que él era el único hombre de su vida, que no podía tener recuerdos agradables de nadie, mientras ella trataba de zafarse para poder decirle que ella lo amaba que la dejara respirar. Sonó el timbre de la puerta y la soltó mientras le decía discúlpame amor es solo que yo no tolerare cosas como estas. Ella quedo asustada confundida pensando diciéndose a sí misma es que él me ama mucho.
Pero esta vez no había timbre, no había gente. Esta vez María era culpable, había cedido a la tentación así que dejo de luchar, de llorar, de intentar poner resistencia, fue como cerrar los ojos y ya no despertar.
Juan poco a poco fue soltando a María ella cayo, el tomo el papel arrugado, lo rompió ya no era necesario, lo guardo en el bolsillo para no tirar basura, alzo a María miro alrededor no había nadie, se acercó a la laguna y debajo de un puentecito metió ahí a María.
Dio la vuelta y retorno a casa con paso tranquilo con la botella ya vacía, sabiendo que ella ya no podría ser de nadie más y que los últimos brazos que la tuvieron fueron los de él.




Mabel
¡Impresionante! Un abrazo Alfonsina y mi voto desde Andalucía
Yuván de JZV
Vaya historia. Mi voto y un abrazo.
eleachege
¿En realidad había culpas para disponer de su vida? ¿Falta de comunicación y comprensión? cada lector hará sus consideraciones. Buen escrito Alfonsina. Un saludo y mi voto.