JUNGLA CON PUPITRES Y PIZARRAS
Washington José Muñiz Figueroa
CAPÍTULO I
Eran a las diez de la mañana y transcurría el receso en el colegio. Todos los alumnos se divertían a excepción de Guillermo que estaba solo sentado en el primer escalón de las gradas de la cancha, mirando ensimismado a Priscila la chica más atractiva y popular de la secundaria. Como él era miope, sacó sus lentes para ponérselos y apreciar mejor a la señorita que estaba a varios metros con su novio y sus amigas, reunidos en uno de los arcos de la cancha.
El hermano de Guillermo o sea Andrés, justo en ese momento andaba por la cancha, y pudo percatarse de lo curioso que hacía su pariente al estar mirando a la señorita. Con el propósito de que el chico se evitara un mal momento por hacer eso, se le acercó su hermano para advertirle los riesgos que se corría si acaso pretendía galantear a la mencionada chica que era la novia del mismísimo hijo de satanás.
―Siempre supe que tenías buen gusto. ―comentó Andrés abordándolo.
―¿A qué te refieres? ―preguntó Guillermo, sorprendido.
―Me di cuenta que desde hace rato estás mirando como idiota a Priscila ¿Te gusta ella acaso? Es muy bonita, eh.
―Sí, es la chica más hermosa del colegio ¿Qué supones que te respondería?
―Entiendo. Con que si te gusta ¿No verdad? ―bromeó Andrés.
―Lo admito. Es que ella es muy preciosa, y como no tengo nada que hacer, me puse a mirarla. ―declaró Guillermo lleno de rubor.
―Sí, es muy hermosa, pero veo que le fascinan los patanes. Tan solo date cuenta con quien está abrazada, con Alfonso. ―dijo Andrés, sentándose junto a su hermano.
―Tú eras amigo de ella. Incluso salieron algunas veces. ―recordó Guillermo.
―Sí, es verdad. ―admitió Andrés.
―¿Qué pasó? ¿Se pelearon? ¿Por qué no la conquistaste? ―indagó el chico de lentes.
―Nunca nos peleamos. Me alejé de ella cuando se enredó con Alfonso. Fue por eso. ―respondió Andrés, mirando al suelo.
―Al parecer ese sujeto tuvo su aprobación ¿no? ―resumió Guillermo.
―Sí, al parecer a Priscila le gustan los tipos con mala reputación. ―manifestó Andrés, irritado.
―Ya lo veo. ―concordó el chico de lentes.
―Pero te aconsejo a que ni siquiera intentes acercártele o mirarla demasiado o de lo contrario saldrá su príncipe a querer matarte. ―alegó Andrés, sonriendo suspicaz.
―¿Tanto así?
―Es que Alfonso es un loco enfermo.
—Pero su novia es rebuena.
—Sí, es más rebuena que el helado de aguacate.
Los dos hermanos miraron recelosamente a la chica de la cual hablaban, misma que se hallaba a varios metros, en el arco norte de la cancha reunida con sus amigas y su novio abrazándola, y acariciando su brilloso cabello castaño.
Priscila y sus acompañantes se reían con histeria por algo que al parecer contaba Alfonso quien al ser el único hombre del grupo de chicas era el centro de atención. A ellos se les notaba una pura felicidad, y lo presumían mientras se deleitaban comiendo hamburguesas y tomando gaseosas, razón por la cual Alfonso eructó en un par de ocasiones y eso les sabía aún más gracioso a esas tontas chicas, por eso se reían con tanta locura.
―Qué cerdo que es ese infeliz.
―¿Infeliz? Si luce tan sonriente.
―Tienes razón. Hasta el sol brilla aún más.
―Sí, brilla al verlo a él sonreír.
Hablaban los dos hermanos al ver a Alfonso, presumiendo de tener una hermosa novia y muchas admiradoras a su alrededor, y en cambio ellos ni un maricón que los pretendiera enamorar, y no era porque tal vez eran feos, sino por ser un poco mojigatos y andar por la vida sin dinero. Sabían que con la plata y una banana baila el mono.
Una pregunta sin repuesta surgía en la escena de esos novios: ¿Cómo es qué Priscila siendo una chica tan atractiva, desperdiciaba su tiempo y su juventud con alguien de pésima reputación? Alfonso era de no confiar. Aquel muchacho se dedicaba al expendió de drogas dentro del colegio, pertenecía a una peligrosa pandilla y hasta se le ameritaba la autoría de un crimen, según los rumores.
En el liceo, Alfonso propagaba el miedo junto con otros alumnos de su grupo. Ellos monopolizaban la vida estudiantil, y aprovechando eso, molestaban a los más débiles al puro estilo del bulling. Les quitaban el dinero de su refrigerio, hartándolos para que se fueran del colegio. Ese fue el caso de una chica que al no querer ser amiga de Alfonso, éste empezó a molestarla, de pasó el rector Rodríguez quiso abusar de ella, según se rumoraba, y mejor la chica se cambió de colegio.
A pesar de que Alfonso tuviera el alma negra, más negra que el petróleo, tuvo la suerte de haber conquistado a la guapa Priscila. Ese tema a muchos lo desconcertaba como a Guillermo y Andrés que siguieron hablando un poco más de Priscila.
―Lo bueno que ella no es la única mujer en este mundo. ―comentó Guillermo.
―Ah, en eso tienes razón. Yo he visto chicas aún más hermosas que ella, hay unas que parecen que vinieran de otra dimensión. ―dijo Andrés con suspicacia.
―¿En serio? ―interrogó su hermano, incrédulo.
―Sí. Algunas parecen hasta ángeles. ―le susurró.
―Oh, vaya.
―Debes de creer en lo que te digo, Guillermo.
―Te creeré cuando lo vea con mis propios ojos.
―Si las conocieras, no dijeras eso.
―Entonces preséntamelas.
―A la hora de salida acompáñame a la casa de uno de mis amigos, allí podrás conocer a una de ellas. ―concluyó Andrés marchándose.
Guillermo volvió a quedarse solo en las gradas. En mala hora Alfonso acababa de fijarse de las constantes miradas descaradas y murmureos que los dos hermanos habían estado dirigiendo hacia su bella compañera sentimental, por eso el ofendido se apartó del grupo de chicas para ir hasta donde Guillermo a buscarle líos.
―Disculpen chicas. Tengo que irme.
―¿A dónde vas? —se sorprendió su novia.
―Voy a poner en su lugar a un imbécil. —alegó Alfonso.
Las chicas del grupo se quedaron sorprendidas por la inesperada actitud de Alfonso, abandonando el grupo, y yéndose enojado hacia las gradas en donde estaba Guillermo que al percibir el acecho de Alfonso, dejó de cautivar la belleza de Priscila, y más aún al pensar que le reclamarían por haber estado mirando a mujer ajena. Lo mejor que se le ocurrió a Guillermo en ese rato fue en ponerse de píe y estar alerta para enfrentar cualquier eventualidad.
Mientras el brabucón se iba acercando a Guillermo, unos alumnos que jugaban futbol en la cancha, por accidente hicieron rodar el balón hasta los pies de Alfonso quien demostrando su enojo pateó el balón fuertemente mandándolo de vuelta hacia los chicos que si uno de ellos no se agachaba, hasta le sacaba la cabeza de un balonazo. El acto lo hizo también para intimidar a Guillermo a quien increpó al llegar frente a él.
―¿Por qué miras tanto a Priscila? ―reclamó Alfonso al joven.
―¿De qué hablas? ―reaccionó Guillermo.
―No te hagas el que no sabes. Vi como tú y tu hermano miraban a mi novia.
―¿Tú novia?
―¡Sí imbécil! Mi novia Priscila. —alzó la voz Alfonso, golpeándose el pecho.
De esa discusión la novia del brabucón se percató al verlo realizando gestos alterados frente a Guillermo. De inmediato ella abandonó la conversación de su grupo de amigas para dirigirse hacia los dos jóvenes que no cesaban en cruzarse palabras a pesar de que veían a la chica aproximándoseles hacia ellos.
―Si sientes celos porque mirábamos a tu novia, eso es un síntoma de baja autoestima y de inseguridad. ―comentó Guillermo.
―¡Pero qué dices maldito cuatro ojos! ―reaccionó su rival, violento.
―¡Lo que oíste pendejo del demonio!
―¡Qué! ¡Repítelo!
―Si quieres te lo digo en el oído.
―¡Te voy a matar hijo de puta por decirme eso! ―amenazó Alfonso airado.
―¡Ja! ¡Creo que eso si te dolió! ―rió Guillermo sobreexcediéndose de valentía.
Él no se dejó intimidar por Alfonso y de su personalidad violenta. Pero como el brabucón vio que se acercaba su novia, sólo se burló del joven.
―Acaso piensas que Priscila se haría amiga de alguien como tú, que eres un apocado igual que tu hermano Andrés. ―pensó Alfonso―. ¡Mírate! Con esos lentes que usas te ves como mi abuelo. ―se rió el chico.
Antes que la discusión se calentara aún más, Priscila llegó en buena hora, interrumpiendo el choque que los dos jóvenes mantenían. Ella ya había observado que ambos hablaban en tono discrepante.
―¿Qué sucede aquí? ¿Me lo pueden explicar? ―preguntó la chica, irritada.
―No sucede nada cariño. ―respondió su novio―. Sólo conversaba con éste… ―expresó Alfonso, despreciando al chico.
―Pero éste como tú lo llamas debe tener su nombre. ―increpó Priscila a su novio―. Eres Guillermo ¿Verdad? el hermano de Andrés.
―Sí, lo soy. ―dijo el chico de lentes.
―Ya ves que tiene nombre como tú. ―reprendió la muchacha a su enamorado―. Pero díganme lo que charlaban. Los veía tensos. ―insistió ella.
―No era nada interesante, mi amor. ―le contestó su novio.
―¿Estás seguro?
―Tranquila, era algo sin importancia. ―intervino Guillermo.
―Bueno eso espero. ―expresó la chica, mirando a ambos.
Por unos segundos Priscila se quedó mirando a Guillermo con ojos grandes como si quizás hubiera descubierto algo interesante en su rostro. El chico de igual forma la miró así, aunque en su caso estaba deslumbrado por los ojos verdes de la atractiva chica. Mientras tanto su novio ardía de furia, pero supo guardar serenidad para no lucir celoso.
De repente se escuchó el timbre anunciado el final del receso, y casi todos los alumnos se marcharon de la explanada para volver a las aulas. El sitio quedó un poco desolado. Hacia una esquina de la cancha sólo se veía a Andrés junto a sus dos amigos, y los tres jóvenes que siguieron charlando un momento más.
―Creo que debemos de entrar al salón de clases. ―sugirió Alfonso.
―Sí, ya nos vamos. ―le dijo Priscila a su novio.
―Qué rápido fue el receso. ―comentó Guillermo.
―Me gustaría charlar contigo algún día de estos. ―pensó Priscila dirigiéndose al chico de lentes.
La propuesta de Priscila hacia Guillermo no fue del agrado de Alfonso, éste arrugó la frente porque su novia pretendía ser amiga del chico con el que estaba discutiendo.
―Sí, claro. A mí también me gustaría charlar contigo. ―compatibilizó Guillermo, alegre.
―Soy amiga de tu hermano Andrés, lo conozco a él desde el primer día en que llegué a este colegio. ―pronunció Priscila, sonriente.
―¡Sí! Sé que eres muy amiga de mi hermano. ―pronunció Guillermo.
El chico miraba a Alfonso y éste ardía de enojo, de celos porque su novia lo invitaba a charlar, cosa que Alfonso había descartado posibilidades como esas. Debido a que era el final del receso, la chica se despidió de su nuevo amigo:
―Bueno. Entonces hasta pronto. ―sonrió ella con brillo.
―Espero que algún día tú y yo podamos charlar y conocernos mejor. ―expresó él, sobreexcedido de acción.
Guillermo sin darse cuenta había acabado de coquetearle a Priscila frente a las narices de su novio. Pero la chica le supo corresponder de igual manera:
―Me encantaría, pero debo irme ¡Ahí te ves! ¡Chao!
—¡Nos vemos!
Priscila se despidió de su admirador no reconocido, sonriéndole con algo de coquetería. El término de no reconocido era porque todos los que admiraban a la chica eran sus amigos, excepto Guillermo que hasta ese momento dejó de ser un simple desconocido para ella. No obstante un alivió recorrió dentro del chico, debido a que la intervención de Priscila impidió que la discusión llegara a más con Alfonso con el que se debía ser cuidadoso.
Mientras la pareja iba marchándose, Alfonso abrazó por la cintura a su chica para presumir lo mucho que se amaban. A Guillermo se le despertó una vaga envidia por no tener la suerte de atar a sus brazos a una hembra como esa. La pareja empezó a subir con lentitud las escaleras tomando dirección al salón de clases del segundo piso. Más Guillermo se distraía mirando a los novios que iban abrazados. De repente Andrés junto con sus amigos, llamaron al chico para que acudiera hacia ellos para proponerle algo de presunto interés. Guillermo prestó atención a los llamados, y dejó de mirar a los dos amantes.
―¡Hey¡¡Muchacho! ¡Ven acá!
―¡Sí! ¡Acércate! ¡Queremos hablar contigo!
―¡Date Prisa!
Enseguida Guillermo emprendió pasos hacia el grupo de amigos que se hallaban en la cancha entreteniéndose, pateando un balón viejo y desinflado. Estando frente a ellos se le ocurrió preguntar el motivo por el cual lo citaban.
―Hola muchachos ¿Qué quieren decirme? tengo que ir a clases, ahora.
―Irás luego. ―le dijo Andrés―. Hermano, esto te va a interesar. Te vamos a proponer algo.
―¿Ah, sí? ¿Y qué es?
―Ahora te lo explicaré…
Antes que Andrés explicara, Víctor lo interrumpió al expresar lo hermoso que veían sus ojos.
―¡Ah! ¡Muchachos! pero miren eso ¡Owo! ¡Qué hembra!
Los chicos dejaron de patear el viejo balón, y prestaron atención a su amigo, siguiéndole la mirada para percatarse de Priscila subiendo las escaleras y yendo de espalda, mostrando así su lado femenino en complicidad de su falda corta que hacía lucir su seductora figura, esculpida al molde de toda una hembra a pesar de sus diecisiete años de edad. La chica iba junto a su novio Alfonso rumbo al segundo piso. Los jóvenes del grupo se enardecieron al ver los voluptuosos glúteos y las atractivas piernas blancas y largas que presumía Priscila con su falda subida cinco centímetros más arriba de sus rodillas, derramando así todo el rigor de la sensualidad pura de una mujer.
Cuando la chica giró la escalera, yendo de perfil, sus pechos se los notaron firmes y grandes al tamaño de una piña hawaiana. Su cabello castaño largo hasta su cintura definía la belleza de la guapa señorita, provocando palpitaciones en quienes la miraban con tanto deseo y lujuria.
―Es hermosa, una buena hembra.
―Esa yegua me la quisiera coger.
―Daría todo por tenerla una noche en mi cama.
Decían los jóvenes, menos Guillermo.
Los chicos estaban excitados por Priscila, mirándola con tanto deseo como si fuese un apetecible helado de aguacate y banana. Pero Guillermo siendo prudente advirtió a los de su grupo en dejar de babear por la chica para evitar algún mal entendido con Alfonso. Pues antes él había tenido un choque con el narizón.
―No la miren mucho o sino su novio puede venirnos a reclamar. ―alertó Guillermo.
―No le tengo miedo a ese asqueroso narizón. ―presumió Víctor observando con desdén a Alfonso―¡Mírenlo! Tiene la nariz como pelicano y de gancho como colgador de ropa.
Mientras Víctor hablaba del odioso sujeto, Andrés recordó que minutos antes había visto a su hermano Guillermo hablando con Alfonso y su novia.
―Apropósito, te vi que hace poco hablabas con el narizón ese, y luego con su novia ¿Qué hacías hablando con ellos? ―reclamó Andrés a su hermano menor.
―Algo un tanto interesante. ―contestó el chico, todo fresco.
―¿Interesante? ―reaccionó Andrés―¿Qué te dijeron esos dos? Dímelo.
―Mejor te lo diré en la casa. Pero tranquilo. ―sugirió Guillermo.
Hasta ahí todo iba bien, pero a Roberto en acción retardada se le ocurrió repetir la burla que antes había dicho Víctor con respecto a la nariz aguileña de Alfonso. En fin, el chico terminó burlándose del novio de Priscila con una histérica carcajada.
―¡Que tiene la nariz como pico de pelicano! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―vociferó Roberto― ¡Que la nariz parece colgador de ropa! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
A causa de la carcajada del chico, Víctor y Andrés se contagiaron, y empezaron a mofarse a costilla del narizón que subía las escaleras junto a su novia, sin percatarse aún que era víctima de malos comentarios.
―Parece destapador de botellas con esa nariz ¡Ji! ¡Ji! ¡Ji!
―Con esa nariz le hace el amor a la novia ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
―Ahora entiendo porque tiene cara como de gato electrocutado.
―¡Claro! si para penetrar a la novia, utiliza la nariz en vez que el pene, cualquiera tiene esa fea expresión ¡Jo! ¡Jo! ¡Jo!
―Entonces para complacer a una mujer hay que usar la nariz en vez que el pene.
―¡Sí! ¡Hay va un claro ejemplo! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
―¡Ojo! Siempre y cuando la nariz sea más grande que el pene ¡Je! ¡Je! ¡Je!
—Tienes razón ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
Los chicos se regocijaban con histeria a excepción de Guillermo que se mantenía callado bajo seriedad, evitando reírse. Pero los insultos indirectos eran en tono muy alto que hasta un sordo los podía escuchar. Justo en ese día a Alfonso se le ocurrió comprar hisopos para sacarse la cera de los oídos razón por la cual llegó a escucharlos con suma claridad para enseguida sentirse aludido y voltear hacia los jóvenes que se reían con locura, mirándolo directamente, y levantándole así una clara sospecha que se burlaban de él y de su compañera sentimental.
―Cállate, cállate…
―Déjate de reír…
―Parece que nos escuchó el infeliz ese.
Murmuraron los jóvenes en voz baja.
Alfonso acertando que hablaban de él, dejó a su novia para bajar las escaleras e ir a reclamarles a los chicos que se encontraban reunidos en medio de la cancha. Priscila imaginando el pleito que se armaría, se paró en el balcón y miró a los jóvenes sonriéndole de lado con burla para decirles los fritos que estaban. Como ella supuso que saldrían medios muertos, se hizo la desentendida, volteó y mejor siguió caminando hasta el fondo del pasadizo, hacia su aula para no presenciar la pelea.
―Ahí viene el infeliz ese.
―Huyamos a la oficina del rector.
―No, no. Pensará que le tenemos miedo.
―Eh… Mejor enfrentémoslo.
―Sí, sí… Y actuemos si se lo amerita.
Parloteaban nerviosos los chicos.
Ellos miraban asustados a los lados para ver si el rector o uno de los profesores se hallaba cerca y pudiera detener al enemigo aproximándoseles con malas intenciones, pero no había nadie para socorrerlos, los únicos que se hallaban en la explanada eran ellos, todos los alumnos habían retornado a sus respectivas aulas.
El lugar lucía solitario cosa que aprovecharía Alfonso. La situación se ponía color de hormiga, y justo ahí los chicos dejaron de reírse, desapareciendo en cámara lenta esas sonrisas tontas. Fue tarde al recordar que cuando se trataba de Alfonso las cosas eran peligrosas.
―¡De qué carajo se están riendo ustedes! ―expresó encolerizado Alfonso.
―¡Y a ti qué te importa saber! ―respondió Roberto con el mismo tono― ¡Yo me río las veces que me da la gana! ―vociferó nervioso.
―¡Escuché bien que se reían de mí! ¡Ahora sabrán lo que es meterse conmigo! ―amenazó Alfonso, señalándolos con el dedo índice.
―¿Acaso quieres buscarnos pelea? ―intervino Víctor.
―No ¡Cómo crees! ―ironizó Alfonso―. Si los veo tan contrariados que presiento que me tienen miedo.
―¿Miedo a qué? ―desafió Víctor.
―A tu mamá que es fea ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―se echó una risotada Alfonso.
Víctor no reprochó a la burla, sabía que después le tocaría su turno. Hasta tanto Alfonso se mantenía parado frente al grupo de jóvenes a quienes desafiaba al haber intuido que estaban riéndose de él.
Los cuatro chicos estaban temerosos, acababan de meterse en problemas con el alumno al que todos temían por su maldad y desastrosa reputación. El asunto se puso grave cuando Alfonso desató su rabia, sacando del bolsillo de su pantalón una navaja puntiaguda de pirata con la que pretendía intimidar a sus adversarios.
―Espera Alfonso, qué haces. ―intervino Andrés contrariado.
―Tú te callas Andrés. Tú y tu hermano me cargan hasta las bolas. ―reclamó Alfonso, encarando al chico.
―Y según tú¿Qué te hemos hecho? ―buscó explicaciones Andrés.
―Hace rato vi en como ustedes miraban a mi novia.
―Entonces si no quieres que miren a tu novia, mejor escaba un hoyo en la tierra y escóndela allí. ―replicó el chico.
―¿En un hoyo? ¡Ni que fuera conejo! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―intervino Víctor, riéndose a carcajadas.
Aquel que se había burlado por lo que había escuchado era el único del grupo sin mostrar nada de temor frente al sujeto que los amenazaba. Víctor actuaba con intrepidez, sacando la cara y motivando a los otros a envalentonarse también.
―¡Pero qué mierda acabas de decir! ―volteó Alfonso hacia el que se había burlado.
―¡Lo que oíste! ¡Narizón! ―le respondió Víctor.
El reclamo que Alfonso le estaba haciendo a Andrés se interrumpió porque luego el ofendido decidió inclinar su rabia hacia Víctor que acababa de burlársele en su propia cara. Tanto fue que Alfonso se llenó de rabia para empezar a perder la cabeza, y más aún al haberse metido con su narizota.
―¡Te voy a matar, maldito hijo de mil putas! ―gritó Alfonso, enfurecido.
―¡Lo veremos! ¡O te mato yo primero! ―respondió Víctor, envalentonado.
La actitud violenta con la que actuaban los dos jóvenes generó una gran tensión. Alfonso al igual que un delincuente con navaja en mano, se acercó un poco a Víctor queriendo lastimarlo. Pero el chico se alejaba de él, siendo cauteloso porque el tipo era capaz de todo.
Los otros chicos se habían alejado a un par de metros, evitando meterse en el pleito. Actuaban nerviosos y muy sorprendidos, más aún cuando el único de ellos que se había atrevido a desafiar con valentía a Alfonso era Víctor. No peleaban aún, pero intercambiaban hostiles ofensas y amenazas.
―No me digas que te cabreaste por haberte dicho narizón. ―fastidiaba Víctor a su rival.
―¡Infeliz! ¡Infeliz! ¡Vas a morir! ―repetía Alfonso lleno de enojo―¡Te voy a matar por haberme dicho eso!
Entre amenazas Alfonso pretendía acercársele a Víctor, más éste le huía, evitando que su rival lo apuñalara. Y así los dos daban vueltas como el toro y el torero en pleno ruedo, esperando a quien se decida a dar el primero paso. Hasta mientras Víctor molestaba a Alfonso haciéndole dar más rabia y ganas de herirlo con la navaja que sostenía en su mano. En cada paso lo miraba iracundo.
―Tan sólo mírate esa narizota que tienes. Creo que cuando naciste la partera fue tan bruta que te jaló por el moquillo en vez de jalarte por la cabeza ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―se burlaba Víctor enloquecido.
—¡Ríete no más, que mañana será tu velorio! —amenazó Alfonso.
Mientras eso pasaba entre los dos alumnos, los otros chicos que estaban a su alrededor discutían preocupados por el lio en que estaban metidos.
―Está loco este tipo.
—Sí. Cómo se le ocurre cargársele a Alfonso.
—Lo va a matar si no deja de joderle.
―La culpa es tuya por haberte reído de lo que Víctor dijo. ―le reprochó Andrés a Roberto.
―Si Alfonso le hace algo a Víctor, debemos intervenir para defenderlo. ―sugirió Guillermo preocupado.
―Sí. Lo haremos. ―aseveró Andrés, envalentonado.
―Yo también. ―concordó Roberto, nervioso.
―¿Están seguro de hacerlo? ―dudó Guillermo.
―¡Sí! Cómo no.
—¡Claro que sí!
Respondieron Andrés y Roberto al mismo tiempo.
―Y entonces por qué no van a defender a Víctor ahora mismo. ―insistió Guillermo.
―Ese pleito es de él, no nuestro. ―dijo Roberto.
―Presiento que son unos cobardes. ―se burló Guillermo.
―¿Cobardes nos dices?
―Sí. Así como lo escucharon.
―No nos subestimes. ―replicó Roberto.
―Ya verás de lo que soy capaz. ―aseveró Andrés.
La intención de Guillermo era incitar a que su hermano y Roberto intervinieran en el pleito para evitar que Alfonso le hiciera algo malo a Víctor. Momentos antes el chico había tenido un cruce de palabras con Alfonso por haber estado mirando a su novia, y según su análisis se podía domar a la bestia.
―Se puede vencer a este tipo. ―pronunció Guillermo con mirada analítica.
―¿Y cómo? ―preguntó Roberto, interesado en saber.
―Hay que mostrarle que no le tememos.
Al mismo tiempo en que ellos hablaban, Víctor en el ruedo insistía por molestar a su rival, resaltándole lo poco agraciado que era. Alfonso arrugaba la cara, pelando los dientes de enojo, mirando iracundo al chico que se le burlaba cada vez más.
―¡Y además apestas a vinagre¡¡Y eres espantoso que pareces buitre con esa cabeza rapada! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―rió a carcajadas Víctor.
―¡Eres un bruto! ¡Por decir eso, morirás! ―gritó Alfonso enérgico.
―Oh, no me digas que se enojó el apestoso ¿Quieres enojarte en verdad? ¡Entonces mira esto!
En gesto de desafío, Víctor le mostró a Alfonso el dedo de en medio de su mano, mientras se sonreía de lado con suma picardía.
―¡Eres un grandísimo retrasado! Yo que tú no haría eso. ―amenazó Alfonso lleno de furia.
Pero Víctor no quería entender y siguió burlándose cada vez más de su enemigo. Al puro estilo de comediante majadero de bar de mala muerte, el chico tuvo la idea de hacerle a Alfonso un par de gestos muy grotescos, de esos que ofenden y hacen hervir la sangre. Riéndose Víctor empezó a moverle el trasero entre nalgadas que se daba así mismo, y mientras le hacía eso a Alfonso, le sacaba le lengua, cantándole:
―La, la, la, la, la… Eres un buitre feo y apestoso…. Apestoso.
Los demás miraban asustados a Víctor sin saber qué era lo mejor, aconsejar al payaso o reírse de lo que hacía. El chico actuaba como loco burlándose de Alfonso quien no aguantó más y explotó encolerizado.
―¡Ríete pendejo! ¡Que hoy te mato! ¡No volverás a ver el sol!
―¡Qué me vas a matar! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
―¡Eres un maldito loco de mierda!
—¡Ven! Te espero. Mátame si puedes. —desafió Víctor.
Cuando el ofendido ya no soportó ni una burla más, levantó la mano derecha violentamente, y sosteniendo su navaja se precipitó abalanzarse hacia Víctor para atacarlo, más el chico lo esquivó con agilidad, y Alfonso pasó de largo casi tropezándose sin hacerle daño a Víctor.
―¡Rayos! ¡Eres un astuto hijo de perra!
Balbuceó Alfonso al no lograr su cometido.
―¿Ahora entiendes con quién te metes? ―desafió Víctor a su rival.
―¡Pero no te librarás de mí! ―amenazó el siniestro agresor.
―Primero conóceme y después atácame.
―¿Con qué conocerte? ¿Eh?
Alfonso se mantenía de espalda, entretenido con las palabras que le había dicho Víctor, y en ese lapso de su descuido, Andrés se armó de valentía, y aprovechó la ocasión para correr hacia Alfonso que permanecía en la misma posición esperando replantearse al fracasar en su primer ataque. La idea de Andrés era agarrar al agresor para que no pudiera hacerle daño a Víctor.
―¿Qué? ¿Lo va atacar?
―Por lo que veo, sí.
―¡No! Detente. Es riesgoso.
Guillermo y Roberto alertaron a Andrés que iba corriendo silencioso como ninja hacia el enemigo para sorprenderlo. En pleno objetivo Alfonso oyó que lo iban a atacar por sus espaldas, y de inmediato volteó, pero fue tarde, Andrés lo agarró por el cuello, haciéndole una rara llave como de técnica inca, charrúa, chechena; en fin él sólo quería bloquearle los movimientos a su rival. Pero su técnica no era la clásica de Bruce Lee, más bien parecía de chimpancé peleando por una banana.
―¡Imbécil! ¡Qué te pasa! ¡Suéltame ya!
―¡No te soltaré!
Gritaban los dos chicos, jadeando.
Justo allí comenzó un intenso forcejeó entre ambos alumnos. Andrés con sus brazos le había hecho a Alfonso una llave en el cuello, en el tórax y en los brazos, bloqueándole la mitad de sus movimientos. Además intentaba arrimársele a su espalda para desestabilizarlo y se vea obligado a soltar la navaja, pero Alfonso trataba de mantenerse de pie, evitando caerse y en aflojar el arma blanca.
―¡Anda! ¡Vamos! ¡Tú puedes! ―alentaba Víctor a Andrés.
―¡Tranquilízate! No llames la atención. ―regañó Guillermo al chico.
―Estoy animándolo para que Andrés no desista. ―decía el adulador.
De poco Víctor se apartaba del pleito, dejándole todo el peso de la pelea a su amigo Andrés que en sus costillas soportaba algunos codazos que su oponente le propinaba.
―¡Suéltame imbécil! ¡Suéltame Andrés! ¡Suéltame que la bronca no es contigo! ―exigía Alfonso airado.
―¡Por qué no peleas a mano limpia! ¡Eres una gallina Alfonso! ¡Suelta esa navaja! ―vociferaba Andrés.
―¡Exijo a que me sueltes! ¡No respondo si te apuñalo!
―¡Qué te suelte el diablo! ¡No voy a permitir que nos mate!
―¡Ustedes no serán los primeros a los que mate!
El narizón de cabeza rapada no se daba por vencido y se mantenía de píe, pues él era más alto y fornido que su rival al que buscaba la manera de darle codazos hacia atrás para sacárselo de encima. Alfonso no se animaba en usar su navaja con Andrés por miedo a soltarla.
―Por la puta que te parió ¡Déjame ya!
―¡Más puta es la que te parió a ti!
―¡Qué dijiste loco de mierda!
―¡Sí! ¡Por traer al mundo a un maldito como tú!
Los tres jóvenes que presenciaban la contienda de lucha libre, se sentían impotentes al no saber qué hacer. No querían ir a avisarles a las autoridades del colegio porque de lo contrario iban a quedar como chismosos frente a Alfonso, además eso sería motivo para que después el narizón y su grupo de amigos les hicieran bulín, cosa que estaba acostumbrado hacerle a los que lo acusaban. Y perder el respeto era para ser objeto de burlas en todo el tiempo.
―Esto debe de parar. ―opinó Guillermo.
―¿Y por qué? ―cuestionó Víctor estúpidamente.
―Porque es lo mejor para todos.
―Yo pienso lo mismo. ―concordó Roberto pensativo—. Aunque en buena ley, quisiera ver muerto a ese infeliz.
—¿A cuál infeliz? —repuso Víctor.
—A Alfonso, Obvio. —aclaró Roberto.
Guillermo quería meterse en la pelea para ver si separaba a los dos chicos, pero no se arriesgaba porque podía salir pateado. La situación intentó agravársele a Andrés cuando Alfonso llegó a apretarle la muñeca del brazo derecho y le tocó un nervio obligándolo a soltarlo por completo. El chico aprovechando que todos sus movimientos estaban libres, sorprendió a Andrés propinándole una fuerte patada en su rodilla izquierda, haciendo a que el agredido casi pierda el equilibrio y se cayera, pero controló sus movimientos y su actitud.
―¿Crees que te tengo miedo?
―Veo que no. Has aprendido a ser hombrecito.
―Tienes razón, yo no peleo con navajas.
Se desafiaban ambos alumnos.
Andrés no se dejó intimidar por su adversario. Alfonso por sostener mejor su navaja la hizo caer torpe e increíblemente en la rendija de un desagüe que pasaba a orillas de la cancha, sitio en donde se efectuaba el pleito. Sólo se pudo escuchar una salpicada, indicando que la navaja había caído en el fondo de la maleza del desagüe. Los demás jóvenes que eran espectadores de lo que sucedía se rieron a medias de Alfonso al mostrar nerviosismo, pero él ya viéndose sin su arma se decidió en pelear a puños limpios con Andrés, demostrando capacidad.
―¿Y ahora qué vas hacer sin tu navaja? ―se burló Andrés―¿Le vas a pedir prestada la espada a hércules?
―Te demostraré que puedo destriparte a manos limpia. ―amenazó Alfonso.
―¡Ven! ¡Aquí te espero! ―aseveró Andrés.
Y al acabar de decir eso, el chico se señalaba con el índice derecho la palma de su mano izquierda, desafiando a su enemigo e invitándolo a pelear.
―¿Con qué quieres morir?
―¡Ven! Inténtalo o te mato yo primero.
El escenario se puso al rojo vivo cuando los dos chicos dieron pasos al mismo tiempo para enfrentarse a puñetes. Andrés manejaba la agilidad y la inteligencia, esquivando y dando algunos golpes, mientras que Alfonso peleaba con violencia y rapidez. Hasta ese momento ninguno de los dos perdía la contienda. Ambos se habían golpeado los rostros. Hacían pausa y retomaban de nuevo. La balanza no se inclinaba para ninguno de los dos como ley salomónica.
―¡Maricón! ¡Peleas como niña!
―¡Hijo de perra! ¡Te exprimiré esa narizota!
―Si te mato, me orinaré todos los día en tu tumba.
―¡Y yo usaré tu cráneo como canasta!
―¡Cállate sabandija!
Se decían los peleadores en plena contienda.
Pero la fuerza jugó un papel importante al momento en que se agarraron por los hombros, y se obligaron a pelear agachados, pretendiendo así que cualquiera de los dos cayera vencido al suelo y rematara el que mejor sometía.
―Hay que hacer algo.
―Lo sé. Esto ya no me gusta.
―Debemos actuar ahora.
Murmuraban los demás jóvenes contrariados, mientras miraban la pelea.
Alfonso con su buen físico a favor, hacía caer de poco a Andrés, por eso desistía, y más aún al no poder respirar a consecuencia del sangrado en su nariz provocado por los golpes que su contrincante le había propinado, y antes que terminara siendo pisoteado como lagartija, en buena hora Roberto se animó, y decidió defenderlo, aprovechando un descuido de Alfonso para meterse en la contienda, y a traición propinarle al narizón un certero y fuerte punta pie en el abdomen que lo dejó sin aire, haciéndolo derrumbar al suelo en donde quedó revolcándose, gimoteando como gato electrocutado.
―¡Ahora sí Roberto! ¡Vamos! ¡Revuelca a ese maldito infeliz! ¡Tú puedes! ¡Patéale el trasero! ―alentaba Víctor a su amigo.
―¡Vamos! ¡Pégale duro! ―acompañaba Andrés en la barra―¡Y sácale la hamburguesa que se comió en el receso!
Andrés y Roberto rodearon a Alfonso que caído en el suelo se quejaba de dolor, además estaba agitado al quedarse sin aire por la fuerte patada en el estómago que recibió.
―Pobre imbécil, mira como terminó.
―Así lo que quería ver a este maldito…
Murmuraban Andrés y Roberto, mirando a Alfonso caído en el suelo.
Víctor al ver que las cosas estaban así de graves, se había alejado de la bronca. Guillermo se mantenía nervioso y preocupado al ver que su hermano estaba involucrado en la pelea, por eso fue a reclamarle a Víctor que estaba a un par de metros alejado del lugar de los hechos.
―¿Por qué permitiste que mi hermano te defendiera? ―le reclamó Guillermo a Víctor.
―Yo ya no podía seguir peleando. Ese tipo es más fuerte que yo. ―dijo Víctor.
―Mi hermano arriesgó sus pellejos por ti.
―Y yo se lo agradeceré toda la vida. ―pronunció Víctor.
Guillermo y Víctor eran los únicos que no habían peleado a diferencia de Andrés y Roberto que fueron los que sacaron la cara por el grupo, y por eso estaban alrededor de Alfonso que caído en el suelo se quejaba por la patada que uno de los chicos le había propinado en el abdomen. No podía recuperarse.
—La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar…. —cantaba Roberto, mofándose de Alfonso— ¡Ahora levántate si puedes! ¡Maricon! ―vociferó el chico con júbilo de vencedor.
―¡Vete a la mierda! ¡Y que te mueras! ―maldijo Alfonso caído en el suelo.
―Eres un triste llorón ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―se burló Roberto del agredido.
―Me la vas a pagar Roberto. Esto no se va a quedar así. ―amenazó Alfonso, desalentado.
―¡Vámonos! Deja a esta niñita llorona ―le sugirió Andrés a Roberto.
―¿Dejarlo? Ahora más que nunca aprovechemos para matarlo. ―dijo Roberto enloquecido.
―¿Pero qué carajo dices? ¡Cachay! ―reaccionó Andrés.
―Si no lo matamos, él nos matará. ―aseguró Roberto.
―Yo no me mancharé con la sangre de este triste infeliz.
―Pero yo sí. ―dijo Roberto, decidido.
―Hazlo si tienes el valor. ―lo desafió Andrés.
—Hay que hacerlo. Sé porque te lo digo.
—Yo nunca pensé en matar a este infeliz.
—Pero yo sí, o él nos matara. Acuérdate de mis palabras. —advirtió el joven.
En ese momento Roberto llamó a Guillermo y a Víctor quienes se habían apartado de la riña guardando distancia del lugar de los hechos. Al chico se le había ocurrido un malévolo plan y necesitaba de la ayuda de ambos porque Andrés no quería participar en la masacre.
―¡Hey muchachos! ¡Vengan acá!
Los chicos acataron al llamado, y se acercaron hacia donde estaban los otros dos del grupo que rodeaban a Alfonso caído en el suelo gimoteando de dolor sin poder levantarse.
―¿Para qué nos llamas? ―preguntó Víctor acercándose a los otros dos.
―Quiero que me ayuden a arrastrar a este pendejo hasta el fondo del patio. ―pronunció Roberto, enérgico.
—¿Y cómo haremos eso? —repuso Víctor, nervioso.
—¡Fácil! Lo cogeremos de las patas para arrastrarlo al patio de atrás del colegio. —mencionó Roberto con malicia.
―Y eso…¿Para qué? ―indagó Guillermo, hurgándose la nariz.
―Para matar a piedrazos a este perro infeliz. ―dijo Roberto con rabia―. Si yo no lo mato, este imbécil me matará.
―¡Qué! ¡Pero qué mierda dices! ―expresó Víctor nervioso―. Mejor deja a este infeliz que se muera por su propia cuenta. ―enfatizó el chico.
―Yo opino lo mismo. Mejor vámonos a clases, y dejen a este llorón aquí. ―sugirió Andrés.
―No se preocupen, nadie sabrán quien lo mató. ―aseguró Roberto―. Si no lo matamos hoy, tarde o temprano él nos matará. Esta mierda es capaz de todo y de mucho más.
La macabra idea de Roberto era llevar a Alfonso al arrastre hasta el fondo del patio del colegio. Esa zona era solitaria y por eso planeaba matarlo allí a padreadas sin que nadie se dé cuenta. El afectado se hallaba caído en el suelo y sin poder levantarse, apenas miraba asustado a sus enemigos del cual uno planeaba matarlo.
―No voy a permitir que me maten. ―dijo Alfonso con una voz de agonía―. Al final, yo venceré. ―sostuvo Alfonso, cogiéndose la parte golpeada.
―¡Cállate! ¡Después de que te mate me cogeré a tu novia! ¡Sí! ¡A la Priscila! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―rió Roberto con mucha malicia―. Le haré un hijo y juntos seremos muy felices ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y tú estarás muerto!
―En cogerse a Priscila suena estupendo, pero en matar a esta mierda es como destripar a una rana asquerosa. ―dijo Víctor.
―Entonces si no lo matamos, dejémoslo a las orillas de la puerta del cementerio para que sufra. ―mencionó Roberto con malicia.
Alfonso desde el suelo miró a sus agresores, y haciendo un esfuerzo por abrir la boca manifestó:
―Cuando me hacías los mandados, no pensabas en eso. Te agachabas para lustrarme los zapatos. ―pronunció Alfonso con desaliento, dirigiéndose a Roberto.
―¿Qué dijo éste que no lo oí bien? ―preguntó Andrés.
―No le hagas caso… Está loco. ―manifestó Roberto con vacilación.
Aquel que planeaba en matar a Alfonso no se hallaba conforme con ver al chico golpeado y caído en el suelo. Cuando el afectado iba recuperándose y se disponía a levantarse de su derrota, Roberto volvió a golpearlo, propinándole otra patada, pero en la cara. El golpe fue mortífero para que los demás se quedaran estupefactos al ver a Alfonso con los ojos desviados cayéndose inconsciente hacia atrás. Por la patada a la víctima le brotó de la nariz un río de sangre derramándose sobre el pavimento de ese perímetro de la cancha siendo evidencia de lo sucedido.
―Pero…¿Qué hiciste?
―No era necesario.
―Eres un bruto.
Le reclamaron los demás a Roberto.
―Tengo que matar a este cochino insecto. ―determinó el chico vehemente.
Alfonso nuevamente volvía a ser vapuleado. Quedó tendido y noqueado en el suelo con la cara ensangrentada. El chico al que todos temían en el colegio era humillado por Roberto. No conforme con la patada, sacó un estilete del bolsillo de su pantalón disponiéndose a faenar a su víctima como vaca en un camal, pero antes fue sujetado por sus amigos para que no siguiera golpeando a Alfonso que no decía ni pio.
―¡Ya basta Roberto! ¡Detente! ¡Vas a terminar matando a esta mierda! ―le dijo Andrés a su amigo, agarrándolo por el brazo derecho.
―¡Tranquilízate brother! ¡Recapacita! ―intervino Víctor, sujetando a Roberto por los hombros.
―¡Suéltenme! ¡Déjenme matar a este infeliz que cuanto lo odio! ¡Suéltenme carajo! ¡Quiero matarlo! ―exigía Roberto poseído de rabia.
―¡Tranquilízate con un demonio! ―gritó Víctor reprendiendo a Roberto.
―¡Lo voy a matar para que haya un delincuente menos en este mundo! ―aseveró el agresor, encolerizado.
―¡Qué te tranquilices carajo! ―le gritó Andrés a Roberto.
―¡No quiero tranquilizarme! ¡Suéltenme ya! ―gritó Roberto descontrolado.
Los chicos miraban asustados a Roberto porque acababa de perder el control, y buscaban hacerlo recapacitar para que no enloqueciera más con su idea de matar a Alfonso, por eso sus amigos lo tenían sujetado. Víctor le quitó el estilete y lo lanzó lejos, fuera del colegio.
Guillermo trataba de mantenerse al margen de la bronca, y sólo participó cuando tuvo que hacer de campanero al instante en que vio al rector saliendo de una de las aulas del segundo piso y lo primero que hizo el chico fue en avisarle a los otros.
―Psss… Psss… ¡Muchachos! ¡Atentos! ¡Allá arriba está el rector!
―¡Justo ahora aparece este viejo! ―protestó Roberto, mirando hacia arriba.
—¡Mierda! Esto no puede pasar. —renegó Víctor, reconociendo al viejo.
―¡Atento! ¡Parece que quiere bajar a la explanada! —advirtió Andrés.
Al ver que el rector estaba cerca, Roberto se tranquilizó. Pero Víctor y Andrés se asustaron al percatarse del viejo. Si la justicia buscaba culpables, ellos querían salir absueltos de cualquier acusación, por eso los tres chicos se apartaron enseguida de donde estaba Alfonso caído para no parecer tan comprometidos con el hecho, y hacer notar que el muchacho estaba tirado allí porque tal vez lo había pateado un burro mañoso o cualquier otra cosa que no tenga nada que ver con ellos. Por mala suerte nadie les iba a creer. Era fácil de sobreentender que entre ellos estaba el que masacró a Alfonso.
―Y ahora, qué le diremos al viejo Rodríguez.
―No lo sé…
―Digámosle que Alfonso fue…
―¡Ya sé! Que fue aplastado por una manada de vacas.
―Ah, mejor no digan pendejadas.
―Él sospechara de nosotros.
Discutían los jóvenes contrariados.
Cuando el viejo aún estaba en el balcón, disponiéndose a bajar por las escaleras, no se había dado cuenta de lo sucedido, hasta que se le ocurrió alzar la mirada hacia toda la perspectiva de la explanada, y enseguida se percató del hecho, y enfurecido empezó a bajar rápidamente las escaleras, gritando:
―¡Pero qué carajo está sucediendo aquí!
Al oír el tono grueso de la voz del rector los jóvenes se pusieron nerviosos, y peor aún al ver que el viejo su puso encolerizado y miraba sorprendido a Alfonso caído inconsciente en el suelo como gato envenenado, cerca de un pequeño charco de sangre.
―Creo que estamos en problemas.
―Este viejo siempre está a favor de Alfonso.
―Maldito sea ese viejo puto.
―Supongo que por esto nos sancionarán.
―Ruego porque se tropieza en los escalones y se rompa el trasero en mil pedazos. ―anheló Roberto.
Los cuatro estudiantes rumoraban, mientras veían al viejo del rector que baja precipitado las escaleras. Los cuatro alumnos callaron cuando el rector llegó al lugar de los hechos y se encuclilló consternado frente al chico agredido para llamarlo y tocarlo para hacerlo reaccionar. Al momento en que Alfonso finalmente abrió los ojos y despertó del trance lo primero que hizo fue hacerse la mosca muerta, gimotear, quejarse, y en acusar a quien lo había golpeado.
―Licenciado, me pegaron. Roberto me pegó, él fue.
―¿Yo qué hice? ―cuestionó el acusado.
―Esto tenemos que discutirlo. ―amenazó el rector, enojado.
A causa de los golpes y la sangre, Alfonso tenía el rostro hecho un desastre, casi estaba irreconocible. Se hallaba caído en el suelo y como no podía recomponerse, el rector lo ayudó con paciencia agarrándolo por los brazos para hacerlo poner de pie. El tipo lucía tembloroso como pollo con peste y con la camisa manchada de la sangre que le brotaba de su nariz. Justo ahí algo curioso aconteció. Rodríguez le brindó a Alfonso toda la ayuda posible como si fuese su alumno mimado, algo increíble por tratarse del tipo más maligno del colegio, pero eso pasaba.
―No puedo creer lo que veo.
―Lo trata como si fuese el entenado.
―Apuesto que esto nos afectará.
―¿Y qué esperabas? Si el tipo luce muy mal.
―La patada que le dio Roberto, lo dejó maltrecho.
Rumoraban los cuatro chicos en voz inaudible, evitando que los oyera el rector.
Alfonso había quedado mareado por la patada que Roberto le dio en la frente, pero él tenía toda la ayuda del rector que sacó del bolsillo de su pantalón un pañuelo para limpiarle la sangre del rostro. Al viejo se lo veía más indignado por lo que le habían hecho a Alfonso que más no por lo sucedido en general, porque cuando en el colegio alguien era víctima del brabucón, el rector nunca lo sancionaba.
―En este momento, todos me acompañan a la oficina. ―enunció el rector enfurecido.
Los muchachos se miraron entre sí. Guillermo le hizo un gesto a los de su grupo emitiéndole a no temerle al rector.
―Le diremos que Alfonso nos amenazó con una navaja. ―propuso Andrés susurrando.
―Pero no tenemos la navaja, recuerda que él la hizo caer en el desagüe. No hay evidencias. Estamos perdidos. ―replicó Víctor con tono muy bajo.
―Mierda. Se nos complican las cosas. ―refunfuñó Roberto, susurrando.
―Si alguien mete la mano en la rendija del desagüe tal vez tendremos esa evidencia. ―sugirió Guillermo.
―Buena idea. Pero creo que nadie se animará a meter la mano en esa agua asquerosa que apesta horrible. ―dijo Víctor.
Antes que todos se marcharan a la oficina a tratar el asunto, el director llamó a gritos al conserje del colegio para que limpiara la sangre que había quedado sobre el pavimento de la cancha.
―¡Jaime! ¡Jaime! ¿En dónde estará ese bueno para nada? ―renegaba el rector.
A poco rato apareció el portero Jaime, saliendo de la garita.
―¡Sí licenciado! ¡Dígame!
―¿Qué hacías tú?
―Estaba dentro de la garita.
―Durmiendo ¿No verdad?
―Tengo derecho a descansar.
―¿A descansar dijiste? ¡Mira! Estos cuatro desadaptado casi matan a golpes a un alumno. ―replicó el rector Rodríguez cabreado―¡Y tú durmiendo!
―No me fijé en lo que ocurría. ―se excusó, Jaime el portero.
El conserje miró sorprendido a Alfonso luciendo desconcertado por los golpes.
―¡Si hubieras estado despierto, no estaría pasando esto! ―continuó el rector, reclamándole a Jaime.
―Yo soy el portero, no un maestro para educar a estos chicos. ―se defendía el portero.
―¡Por lo menos hubieras servido para avisarme y evitar esta pelea!
―Dormía, y no pude oír lo que pasaba.
―Esas son palabras de gente incompetente. ―reprendió el rector al humilde portero.
El encargado de la limpieza y mantenimiento del instituto había estado tomando una siesta dentro de la garita que se ubicaba a una esquina de la explanada cerca de donde se había efectuado la pelea. Quizás si el conserje hubiera estado despierto, la historia sería diferente, aunque él era un tanto holgazán por eso lo reprendió Rodríguez.
―Mmmm… Iré a limpiar los sanitarios. ―dijo Jaime, yéndose.
―¡Anda! ―gritó el rector irritado―¡Y no me iré de aquí hasta cuando vea que estás trabajando!
El conserje del colegio volvió a su garita para sacar una escoba de trenzas de lana y una poma de lavanda con las que se fue rumbo a los sanitarios. Luego el rector se dirigió a los alumnos:
―¡Y ustedes! ¡Síganme a mi oficina!
Disponiéndose a ir a resolver el problema, los alumnos guardaron silencio mientras iban en marcha. Alfonso mantenía distancia de sus enemigos, pero de pronto empezó a quejarse al igual que una niña.
―Me duele la nariz y la cabeza. Me duele…
―¡Cállate! Esto te pasa por buscar pleito. Con todos te metes. No respetas a nadie, ni a los profesores, todo mundo se queja de tu conducta. ―lo reprendió el rector.
El trayecto a la oficina, consistía en caminar por un pasaje que dividía a las dos edificaciones del colegio. En ese pasaje se podía apreciar un monumento en honor al fundador del liceo, y algunas criptas a manera de vitrinas que guardaban las copas, medallas y algún que otro título que el instituto había ganado en torneos deportivos, y concursos de ciencias.
Cuando los jóvenes llegaron a la oficina del director se sentaron ocupando los asientos que rodeaban un elegante escritorio de madera con plataforma de cristal. Alfonso decidió mantener distancia de sus enemigos, sentándose por otro lado. El silencio mostraba el grado de la situación.
Todos estaban estáticos y el único movimiento que hacían los chicos era en seguir con su mirada al director que buscaba atareado en unos estantes las carpetas que archivaban los expedientes disciplinarios de cada uno de los alumnos allí presentes. El asunto tomó más tensión cuando el rector dispuso de una orden especial para con su alumno más allegado.
―Alfonso, ve a donde mi secretaria y dile que te cure la nariz con algo del botiquín. Ve, que luego hablo contigo. ―le dijo el rector al chico.
De inmediato Alfonso acató, marchándose de la oficina, mientras que Andrés al ver que su enemigo recibiría atención y él no, empezó a exigir primeros auxilios y a protestar por el proceder de la autoridad.
―Licenciado, yo también tengo la nariz partida. Quisiera algo para la hemorragia. Alfonso me golpeó. ―se quejó Andrés, cogiéndose la nariz.
―Si pretendes irte para evitar hablar de este asunto, no te dejaré ir a ningún lado. ―contestó el rector enojado.
―Pero necesito algo para mi nariz, no dejo de sangrar.
―¡No Andrés! ¡Te quedas! ―replicó la autoridad.
―No es justo que sólo Alfonso esté recibiendo atención, mientras que yo estoy sangrando por la nariz. ―protestó el chico.
―Alfonso está más afectado que ti. ―dijo el director.
―Usted siempre tiene preferencias para con Alfonso que es el alumno más desadaptado del colegio, creo que eso no es justo. ―criticó Andrés enfurecido.
El rector se quedó inmóvil, mirando a Andrés con profunda rabia por lo que le había dicho. Su mirada denotaba lo mucho que quería ahorcar al chico protestando sin temor, pero la autoridad hizo valer su jerarquía.
―Hijo, yo aquí soy el rector de este colegio y hago lo que creo que es correcto, y tú aquí no cuestionas mis decisiones. ―determinó el viejo con prepotencia.
Los jóvenes miraron impotentes al director por su arrogancia. Aunque todos sentían malestares por la mala reacción de la autoridad, el único que se atrevía a expresarse era Andrés que no dejaba de increparle al viejo que por momentos ignoraba al chico con desprecio y mejor se mantenía concentrado buscando las carpetas de los jóvenes.
―Licenciado, Alfonso también me golpeó y al inicio nos amenazó con una navaja. ―continuó Andrés.
―No sé si él te haya golpeado o los haya amenazado. ―dudó el rector―. Pero yo estoy siendo lo más justo.
―¿Justo? ¿Pero no está viendo que estoy afectado? Necesito algo para la hemorragia ¡Urgente! ―reclamaba Andrés, desesperado.
El chico se cogía la nariz para evitar que le brotara más sangre.
―Recuerdo haber visto a un alumno tirado en el suelo inconsciente y con la cara partida, y si mi intuición no me falla fueron ustedes quienes los golpearon. Creo que por justicia merecen ser sancionados. ―determinó el rector.
―Si nos quiere sancionar, hágalo también con Alfonso, él sólo se está haciendo la mosca muerta. Además, mi hermano se mantuvo alejado del pleito, Guillermo no tiene nada que ver en esto, él debe ser excluido. ―increpó Andrés.
―Hijo, tu rebeldía me van a llevar hacer un reporte al ministerio de educación respecto a la conducta de ustedes y les aseguro que ninguno se podrá graduar. Yo te aconsejo que seas prudente en tus reclamos. ―amenazó el rector airado.
Los jóvenes sentían indignación al ver que la autoridad protegía mucho a Alfonso y no dejaba a que Andrés recibiera atención. Antes que las cosas se complicaran, Guillermo hizo tranquilizar a su hermano.
―Andrés, ya no protestes; tranquilízate. Iré a donde la secretaria para que me dé algo para tu nariz. ―dijo el chico a su hermano mayor.
―Espera Guillermo, tu no vas a pedir nada a nadie. Deja que este asunto lo arreglo yo. ―aseveró Andrés ostentando capacidad y valentía.
―Andas con la cabeza caliente y si le jodes mucho a este viejo, nos hará la vida imposible. ―aconsejó Guillermo susurrándole al oído a su hermano.
―Tampoco puedo quedarme callado. ―manifestó Andrés en el mismo tono.
―Tranquilízate que yo iré a donde la secretaria a pedirle algodón y alcohol para tu nariz. ―determinó Guillermo, poniéndose de píe.
Cuando el chico pretendía marcharse, el director lo reprendió con agudeza.
―¿A dónde vas? No puedes irte sino te lo he autorizado ¡Vuelve a sentarte!
―Voy a buscar algo para curar a mi hermano que está sangrando. ―dijo Guillermo.
―No vas a ningún lado ¡No! ―rehusó el rector, irritado.
―Pero es que….
―¡Pero es que nada! ―expresó el viejo enojado―. Hablaré ahora mismo con ustedes. Siéntate, que ya encontré sus expedientes.
Guillermo volvió a sentarse. Los jóvenes se mantenían en silencio, mirando con temor al viejo cascarrabias que acababa de encontrar sus expedientes con los que se acercó al escritorio para sentarse a discutir la controversia con los alumnos. Algo muy curiosa acontecía, el rector se había reservado el expediente de Alfonso, pero en ese momento a Andrés más le importaba su nariz que le sangraba.
―Licenciado, por favor, necesito algo para la hemorragia en mi nariz. ―insistió una vez más Andrés.
―Está bien, anda a la oficina de mi secretaria para que te dé lo que necesitas. ―concedió el rector al final.
Antes que Andrés se marchara, su hermano Guillermo lo detuvo.
―Espera…
―¿Qué quieres decirme? ―le preguntó Andrés en voz baja.
Guillermo se puso de píe para hablarle a su hermano al oído.
―Te aconsejo que te quedes para que te defiendas con tus propias palabras. No es bueno que mientras se hable del tema, estés ausente. Mejor voy yo. ―sugirió el chico.
―¿Será necesarios eso? ―preguntó su hermano.
―Sí, quédate. Yo iré a buscar lo que necesitas. ―repuso Guillermo.
Mientras los chicos dialogaban el rector protestó, interrumpiéndolos de súbito.
―¡Hey! ¡Ustedes! ¡Que tanto conversan! ¡Dense prisa! ¡No tengo todo el día!
Los dos hermanos se quedaron helados mirando al viejo por su reacción, obligándolos de inmediato a concordaran con una idea.
―Está bien, ve tú. ―determinó Andrés.
Enseguida Guillermo emprendió pasos hacia la oficina de la secretaria que estaba a lado, y cuando pretendía cruzar la salida, el licenciado protestó al percatarse que quien se iba retirando era al que no le había autorizado.
―¿A dónde vas Guillermo?
―Voy a buscar algodón y alcohol para Andrés.
―¡No! Te quedas. Yo le autoricé a tu hermano. ―aseveró el director irritado.
―Pero es que…
―¿Acaso no eras tú el que pedía primeros auxilios y se quejaba? ―preguntó el rector dirigiéndose a Andrés.
―Sí, pero mejor irá mi hermano a buscar lo que necesito para mi nariz. Yo quiero quedarme a hablar con usted. ―le contestó el joven.
―¡Está bien! Como ustedes quieran. ―expresó el licenciado enervado.
―Ve Guillermo, te espero. ―le dijo Andrés.
Al momento en que el chico salía de la oficina, el director empezó a indagar entorno al pleito efectuado entre los jóvenes.
―Ahora cuéntenme lo que sucedió con Alfonso.
―Bueno, en primer lugar…. ―tomó la palabra Víctor.
El chico titubeó un poco, obligando a Roberto a intervenir.
―Lo que en realidad sucedió. ―prosiguió Roberto―. Fue lo siguiente….
Al dar inicio a una discusión entre el director y los alumnos, Guillermo abandonaba el momento para dirigirse a la oficina de a lado en donde laboraba Virginia, la guapa secretaria que de vez en cuando solía hacer de psicóloga o de enfermera, aunque no la fuera, pero lo hacía bien, porque aquella chica trataba con buen carisma a los alumnos deprimidos o a los que sufrían algún accidente. Ella no pasaba de los veinticinco años de edad y a veces era acortejada por los chicos más arriesgados del colegio.
Para cuando Guillermo iba llegando a la oficina y abría la puerta, encontró a Alfonso y a la secretaria tratándose de manera muy cariñosa, yaciendo relajados sobre un sofá. Ella mantenía al chico acostado en sus piernas, curándole la nariz con ungüento, y dejando que el muchacho la abrazara por su cintura y a la vez le tocara los senos. Al principio los dos jóvenes no se percataron de la presencia de Guillermo, pero para su beneficio él logró escuchar cierta parte de una sospechosa conversación entre ambos.
―Entonces, los vas a matar. ―decía Virginia preocupada.
―Te lo juro. Ellos van a morir uno por uno. ―sostenía Alfonso con vehemencia.
―Pero si les haces daño, puedes ir a la cárcel. No lo hagas. ―aconsejaba Virginia.
―Y quedarme con los brazos cruzados, luego que me revolcaron en el suelo.
―Mejor dale una paliza, antes de matarlos. ―sugería la secretaría con prudencia.
Virginia y Alfonso charlaban de una posible venganza en planes del narizón. Ambos dialogaban entretenidos sin que aún se percataran de que Guillermo estaba allí presente, acabando de llegar en silencio. Pero viéndose a que no podía dar marcha atrás, tuvo que disculparse por llegar de manera inoportuna y encontrarlos así.
―Disculpen que los interrumpa. ―dijo el chico lamentándolo―. Virginia quiero pedirte algo.
La secretaria y su consentido se pusieron atentos al escuchar la voz de Guillermo que los sorprendía inesperadamente. Los dos chicos se acomodaron con decencia en el sofá, y en sus ojos ardía una profunda rabia dirigida hacia la visita inapropiada.
―¿Acaso no te enseñaron a tocar la puerta antes de entrar? Supongo que así eres de mal educado. ―protestó Virginia enfadada.
―Siempre he entrado sin tocar la puerta y nunca te has enojado. Además no creo que esta oficina sea un lugar restringido. ―replicó Guillermo.
―Sí, pero por educación tuviste que haber tocado la puerta. ―replicó la chica irritada.
―Tranquila princesa, atiende al niñito que si no más me equivoco viene en busca de algo para curarle la nariz a su hermanito. ―intervino Alfonso sonriendo con burla.
―¿Qué quieres Guillermo? ―preguntó la secretaria.
―Vine por…
―Quizás a lo mejor el niñito quiere su chupón para que se entretenga. ―interrumpió Alfonso con ironía.
―¡Ja! ¡Ja! Eres chistoso. ―se rió Virginia.
La chica se levantó del sofá queriendo apartarse de Alfonso, más él aprovechando que su amiga estaba de espalda le dio una nalgueada. Ella sonrió correspondiéndole. El chico no se pudo resistir en manosearla a razones de que la guapa secretaria lucía un jean muy ajustado levantándole sus provocadores glúteos. A Guillermo sólo le quedaba soportar la escena del par de retrasados.
―En realidad vine porque quiero Algodón y alcohol que necesita mi hermano. ―se pronunció Guillermo al final.
―¡Ajá! Con qué por eso llegaste. ―dijo Alfonso con sarcasmo.
―El alcohol se me acabó. Pero tengo agua oxigenada y mentol. ―sostuvo Virginia con más calma.
―No importa, lo necesito. ―expresó el joven.
—Bueno. Te lo daré.
Virginia se dirigió hacia donde estaba un pequeño botiquín colgado desde una de las paredes de la oficina. El chico la siguió hasta llegar a la caja la cual ella abrió para buscar lo solicitado. La secretaria aprovechando que Alfonso estaba entretenido con su celular, le preguntó a Guillermo respecto al estado de Andrés.
―¿Cómo se encuentra tu hermano? ―manifestó Virginia en voz baja.
―Está sangrando mucho por la nariz. ―respondió Guillermo―. Supongo que ya has de saber lo que sucedió.
―Sí, un poco. ―sonrió Virginia suspicaz―. ¿Y por qué se originó la pelea entre Alfonso y tu hermano? ―insistió ella.
Antes que Guillermo respondiera algo, supo que no debía confiar en Virginia, ella era muy amiga de Alfonso, así que por lo tanto trató de evadir sus preguntas, marchándose apenas cuando le entregó lo que le había pedido.
―Me gustaría contarte, pero debo irme ¡Gracias! ―agradeció Guillermo yéndose de la oficina.
―Por nada. ―contestó Virginia sonriendo con malicia.
―¿Tan pronto se va el niñito? ―se burló Alfonso.
Guillermo ignoró las burlas, y salió de la oficina para ir hacia donde estaba su hermano y los demás. En ese corto trayecto recordaba la conversación que él había escuchado entre Virginia y Alfonso. El narizón hablaba de matar a quienes lo habían golpeado. Cuando el chico entró a la otra oficina se encontró con una discusión entre los alumnos y Rodríguez.
―Ustedes dicen que charlaban riéndose…
—Sí, así es…
—Y que Alfonso pensó que estaban burlándose de él. ―esclarecía el rector la versión de los alumnos— ¿No verdad?
―Sí, pero en realidad nunca nos burlábamos de él. ―sostuvo Víctor.
En verdad los chicos si se habían burlado de Alfonso, pero ellos mentían, diciendo que el ofendido se lo tomó muy personal.
―El error fue de Alfonso al creer que nos burlábamos de él. ―acotó Roberto.
―Pero usted aún no ha escuchado la versión de Alfonso. Él debe confirmar si en verdad los fastidiábamos. ―reclamó Andrés al rector.
—¿Acaso no fue suficiente haber encontrado a Alfonso tirado en el suelo? —protestó el rector.
Los chicos se miraron el uno hacia el otro.
—Bueno… Es que… —titubeó Roberto.
—¡Es que nada! Yo luego hablaré con él. ―dijo el rector enojado.
―No es justo que usted nos califique de alborotadores sin saber lo que en realidad sucedió. Créanos, él tenía una navaja con la que nos amenazó. ―protestó Víctor indignado.
―Usted nos hace entender que Alfonso es inocente, y que nosotros tenemos la mayor culpabilidad. ―disertó Roberto desesperado.
―Conozco bien a Alfonso. Él Jamás andaría con navajas, ni mucho menos con cualquier tipo de armas. ―reivindicó el licenciado.
Los involucrados en el caso se sentían impotentes porque al parecer el director se ponía a favor de Alfonso y creía en su inocencia. El chico que acababa de entrar tomó asiento y también se pronunció al respecto.
―No sé si habrá oído hablar de las cosas ilícitas que Alfonso hace en el colegio, y de quien es él en realidad. ―intervino Guillermo dirigiéndose al rector.
El chico se refería a que Alfonso les vendía droga a muchos alumnos del colegio, cosa que era evidente, pero que sin embargo el director siempre lo desmentía.
―Si tienes pruebas de lo que Alfonso hace dentro del instituto te creeré. Pero hasta mientras seguiré actuando con imparcialidad. Ustedes me dicen que él tenía un arma blanca ¿Y en donde está esa navaja? ―interrogó el rector Rodríguez.
―Alfonso la hizo caer en la rendija del desagüe que está en la cancha. ―pronunció Víctor.
―Oh, sí. Que mala suerte. ―se burló el director.
―Licenciado. ―reconcilió Andrés―. Yo siento que usted parece proteger a Alfonso. Lo que luego hable en privado con él ya no es válido.
―Alfonso debe de estar aquí para que usted escuche su versión. Veo que tiene todos nuestros expedientes, menos el de él. ―sostuvo Víctor impotente.
―Hijo, en este colegio he sido la autoridad por casi veinte años y mis decisiones las tomo porque me considero alguien capaz, y jamás permitiré que unos mocosos vengan a decirme lo que debo hacer. ―reprochó el rector con actitud arrogante.
Los jóvenes se miraron con asombro al ver la personalidad déspota del director.
―Licenciado, cuando estuve en la oficina de su secretaria, oí una conversación entre Virginia y Alfonso, él decía querer matar a quienes lo habían golpeado. Eso es grave. ―intervino Guillermo.
―¿De veras crees que Alfonso sería capaz de matarlos? Ese no mata ni a una cucaracha. ―se rio el director.
―Yo tan sólo le puedo decir que si algo malo nos llegase a pasar, él es el único responsable. ―pronunció Guillermo determinante.
―No sé por qué le temen a Alfonso. ―dijo el rector con sonrisa irónica.
―Licenciado, supongo que usted ha tenido que haber escuchado de las cosas que él hace en el colegio. ―continuó Andrés.
―Eh escuchado muchas cosas negativas acerca de él. ―resaltó Rodríguez―. Pero llevó más tiempo conociendo a Alfonso que a ustedes cuatro, y pongo las manos en el fuego por ese alumno.
―¿Ah sí? ―cuestionó Víctor.
―Quizás pienso que esos comentarios son producto de la envidia que muchos les tienen a Alfonso porque él es popular y otros son marginados. ―disertó el rector.
Las palabras de Rodríguez eran una indirecta para los cuatros chicos que eran parte de la plebe del colegio.
―No creo que sea envidia. ―sonrió Víctor con ironía.
―Si es envidia. Y por unos simples comentarios jamás dudaré de mis alumnos. ―aseveró el rector.
―Entonces, no dude de nuestro comportamiento. Si es justo no debió de haber escrito en nuestros expedientes que somos revoltosos. ―cuestionó Roberto.
―Por qué no olvidamos este tema y se van a sus clases. Tengo mucho trabajo y no quiero oír problemas. ―sugirió Rodríguez fingiendo ser pacifico.
―Licenciado, creo que no podemos olvidar este asunto cuando usted nos ha tildado de tira piedras en nuestros expedientes. ―alegó Víctor.
―Y además por qué escribió en el expediente de mi hermano Guillermo, si él no tuvo nada que ver en el pleito. ―exigió explicaciones Andrés.
―Chicos, todos aquí son culpables. ―determinó Rodríguez.
―¿Y Alfonso? ―interrogo Víctor.
―Yo veré luego que hago con él. Soy el rector y tengo autoridad.
―Creo que su decisión no es justa, licenciado. Alfonso nos amenazó con una navaja y usted no nos cree. ―dijo Andrés.
―Y además hizo que Alfonso se marchara, cuando él debe estar aquí para que escuchara su versión. Eso no es justo. ―protestó Víctor.
―Les digo a todos. ―se puso de pie el director―. Si algo no les parece justo en esta institución, pueden marcharse a estudiar a otro colegio en donde encuentren esa justicia que tanto exigen. ―concluyó el rector Rodríguez enojado.
Los jóvenes se miraron con impotencia al ver que nada se podía hacer en sus beneficios. Al darse por acabado la discusión, los cuatro salieron de la oficina con las caras largas por el amargo sabor que les había dejado la bronca con Alfonso y la indignación que sentían por la injusticia del licenciado Rodríguez.
Cuando los chicos se dirigían a las aulas empezaron a hablar del asunto. El coraje los tenía irritados. Pero para evitar que la rabia los hiciera tropezar subían las escaleras del edificio, tranquilos y con pasos firmes hasta llegar al segundo piso.
―Nunca imaginé que el rector se pondría tan a favor de Alfonso que hasta parece que algo en común los uniera. ―sospechó Víctor.
―Rodríguez es un viejo maldito y cabrón. Manchó nuestros expedientes, menos el de Alfonso. ―protestó Roberto.
―No es la primera vez que el director se pone de lado de Alfonso. A veces pienso que Rodríguez tiene algo que ver con el delincuente ese. ―murmuró Andrés.
―Y todo pasó por habernos burlado de ese narizón. ―lamentó Roberto.
Al terminar de subir las escaleras del segundo piso, los chicos se detuvieron en el balcón. Justo ahí Guillermo le entregó a su hermano las cosas que Virginia le había dado. Andrés empezó a pasarse algodón humedecido de agua oxigenada alrededor de la zona afectada para limpiarse la sangre. Además se colocó mentol en los orificios de la mucosa.
Cuando los jóvenes quisieron seguir hablando sobre el tema, el profesor de matemáticas iba saliendo de una de las aulas, y los interrumpió, pidiéndoles explicaciones al verlos fuera de clases.
―¡Muchachos! ¿Qué hacen fuera de sus aulas?
―Aquí charlando. ―dijo Guillermo.
―Profesor, estamos envuelto en un serio problema. ―prosiguió Víctor.
―¿Qué tipo de problema? ―averiguó el profesor, preocupado.
―Tuvimos un choque con Alfonso. ―respondió Roberto.
―Si es con él, no es nada bueno. ―dijo el maestro preocupado―. ¿Y a ti Andrés que te pasó? ¿Por qué tienes la nariz partida? ―indagó el profesor al fijarse en la situación del chico.
―Esto es el resultado de la bronca con el susodicho. ―mencionó el afectado.
―¿Y a que se debió? ―insistió el docente desconcertado.
―Es una larga y polémica historia. ―continuó Andrés.
―Supongo que ya estuvieron hablando con el rector ¿no?
―Sí. Pero el viejo se pone a favor de Alfonso. ―procedió Andrés indignado.
―Rodríguez siempre está de lado de ese muchacho. ―acotó el profesor Torres.
―Presiento que hay algo oculto entre ellos. ―profirió Víctor suspicaz.
La charla fue entorpecida al escuchar el timbre anunciando el cambio de materia en las aulas.
―Chicos, quiero hablar con ustedes acerca de esto, pero no será hoy, ni aquí; yo les avisaré cuando, y ahí me contarán de lo que les sucedió. ―sugirió el profesor.
―Ok. Entonces hablaremos después. ―concordó Roberto en voz de todos.
De vuelta a las actividades, Víctor, Andrés y Roberto entraron al aula del sexto curso a diferencia de Guillermo que fue a la de quinto. Al momento en que los tres chicos iban entrando al salón, se encontraron con la profesora de gramática que estaba dando clases, y ella al verlos llegar inoportunamente los interrogó.
―¿Y ustedes por qué ingresan a esta hora?
―Estábamos en el rectorado solucionando un problema. ―contestó Víctor.
De inmediato la maestra se percató de los golpes que uno de los chicos tenía en el rostro.
―¿Y a ti Andrés que te pasó? ―preguntó la profesora al chico―. Tienes la nariz partida.
―Esto fue a causa de un pleito. ―contestó el chico.
―¿Y con quién te peleaste?
―Con Alfonso.
―¿Pero qué les dijo el rector? ―prosiguió la docente preocupada.
―Que olvidáramos el tema. ―dijo Roberto en tono resignado.
La profesora Teresa y los alumnos se mantenían perplejos por mirar a Andrés con su camisa manchada de sangre y la nariz partida. La docente al notar que el tema era grave salió del aula para acudir al rectorado a indagar respecto al altercado. Dentro del salón los tres chicos se sentaron en sus respectivos pupitres, y Priscila sospechando lo que había sucedido, aprovechó la ocasión para acercársele a Andrés y hablar del hecho.
―Andrés, dime lo que ocurrió entre tú y mi novio.
―Mejor pregúntale a él. Conmigo no tienes nada que hablar. ―dijo el chico enojado.
―No me hables con ese tono. Si mi novio se peleó contigo fue por los patanes de tus amigos. ―comentó la chica exacerbada.
―¿Y qué hicieron mis amigos? Según tú.
―Si no más recuerdo, alcancé a escuchar que tú y tus amigos hablaban de mí y se burlaban de Alfonso. ―refutó la chica.
Por la tensión del dialogo entre Priscila y Andrés todos los alumnos volteaban hacia ellos dos para prestar atención a su conversa.
―Tú mejor que nadie sabe de qué pie cojea tu novio. Él no es un santo. ―sostuvo Andrés.
―Tú tampoco lo eres, no critiques a mi novio. Ustedes son los más patanes y nadie lo publica. ―replicó Priscila.
―No digas que somos unos patanes porque tu novio no es ningún tipo decente y sin embargo para ti es el mejor. ―argumentó Andrés.
―En realidad pensaba que eras diferente a tus amigos, pero veo que eres igual de sucio que ellos. ―dijo la chica.
―Si tan sólo supieras que Alfonso cuando está con sus amigos se pone a contar chistes de lo que tienes en medio de las piernas. ―pronunció Andrés sonriendo suspicaz.
―¡Estúpido! ¡No vuelvas a decirme eso! ―reaccionó Priscila, dándole una fuerte cachetada al chico que le hizo resonar la piel de la mejilla.
Los alumnos se quedaron asombrados y empezaron a balbucear respecto a la hostil escena entre Priscila y Andrés. A causa del golpe Andrés se mantuvo por unos segundos petrificado, aturdido y con la mejilla ardiéndole, siendo así objeto de benevolencia de Víctor que se vio en la necesidad de acercársele hasta su pupitre para ayudarlo a salir del trace. Priscila por su lado regresó a su sitio llorando a medias por el enojo que sentía.
―Hermano, respira, respira. ―le decía su amigo tocándole la espalda.
―Esa puta… Me pegó. ―musitó Andrés.
Al despertar del trance el chico sintió adormecida la piel de su mejilla izquierda por la cachetada. También se percató que el algodón que tenía en uno de los orificios de su nariz se le había descolocado a causa del golpe, permitiendo así que le saliera un poquito de sangre. Su amigo Víctor lo ayudó haciéndole una nueva bolita de algodón para que se pusiera.
―¿Por qué Priscila te bofeteó? ―preguntó Víctor.
―Fue por algo que no debí decirle. ―contestó Andrés.
―Imagino que le dijiste algo grave por eso te cacheteó.
―Le dije que su novio se pone contar chistes de su coño.
―Pero que imbécil eres Andrés. Aunque sea verdad, cómo le vas a decir eso. ―comentó Víctor indignado.
―Se lo dije ¿Y qué? ―expresó Andrés enojado.
―Cualquier mujer te daría una cachetada si la ofendieras de esa manera. ―pronunció Víctor.
―No nos preocupemos por ella, Priscila es cómplice de las cosas que hace Alfonso y por eso dudo que ella sea digna de respeto. ―pensó Andrés.
―¿Tú crees eso?
―Ni el novio la respeta ¿Debería hacerlo yo?
―Si fueras lindo con ella, quizás se termine enamorado de ti. ―supuso Víctor.
―¿Ah sí? ―sonrió Andrés suspicaz―. Eh visto que a las mujeres les gustan los patanes, los delincuentes, los maricas que usan pendientes en las orejas. Es más, todas son unas putas, ninguna es mejor que otra. ―se quejó el chico.
―Vaya… Las cosas que dices. ―se asombró Víctor.
―Mira quien va llegando…
―Ah, el maldito ese.
Justo ahí se vio a Alfonso entrando al salón de clases en donde se respiraba a tensión. Más atrás llegó la profesora Teresa. Había silencio, cosa rara; el sexto curso se caracterizaba por ser el más bullicioso. Los alumnos volvieron a quedarse sorprendidos al notar que Alfonso tenía partido el rostro, despertando preocupación en Priscila quien al ser su novia se le acercó para preguntarle lo que le había ocurrido.
―¿Qué te pasó mi amor?
―Me golpearon.
―Pero…¿Quién?
―Fueron Roberto y Andrés.
―Esos animales. Cómo se atrevieron a golpearte.
―Tú ya sabes qué hacer.
―Sí. Veré que hago con ellos.
Hablaba la pareja en voz baja.
A paso seguido Priscila volvió a su lugar situado a dos pupitres detrás de Alfonso. Todos los alumnos en el salón se susurraban a las orejas indagando respecto a la pelea, pero aún nadie sabía nada. Debían esperar a la hora de salida para ver si algún soplón les contaba los pormenores de la controversia.
A razones del agitado ambiente, la clase se postergó porque a la profesora Teresa se le ocurrió dictar un meritorio sermón por el pleito ocurrido entre aquellos alumnos. La educadora presumía en practicar buenas costumbres que por eso a veces se atrevía a sermonear a sus alumnos.
La maestra Teresa habló de tantas cosas, como amar a Cristo, respetar a los mayores, rezar alguna estupidez antes de irse a dormir, y practicar buenas costumbres a pesar de que ya no funcionen para la época. Además, invitó a los chicos con asistir a las misas de cada domingo y pagar el diezmo para mantener a una bola de sacerdotes cómplices de la Cosa Nostra italiana, y así también se alimente el papa con sus banquetes de rey.
Los pobres alumnos sentían sueño, y suspiraban por lo aburrido del tema. Ellos querían oír otras cosas, pues no estaban interesados en practicar la religión de los políticos y mafiosos. Por fin sonó el timbre, indicando la hora de salida. Los jóvenes abandonaron el aula, saliendo a toda prisa para huir de los sermones de su maestra que por andar con sus palabrerías hasta se le olvidó enviar tareas.
Mientras los alumnos salían del aula murmuraban por los pasillos de su menopáusica profesora:
―Que anticuada que es la maestra Teresa ¿No?
―Pretende tener la razón con sus conceptos ortodoxos.
―Es una amargada.
―Es que es obvio. Ella es una vieja cursi.
―¿Cursi o Romántica?
―¡Ambas cosas!
Al final los jóvenes rieron mientras bajaban las escaleras del liceo.
CAPÍTULO II
13: 00 Pm
Siendo la hora de salida, los estudiantes abandonaron el liceo, yéndose en los expresos que desde las doce del mediodía se los podía ver estacionados en la calle del colegio, esperando a sus pasajeros. Otros alumnos en cambio se aglomeraban en el bulevar de al frente del colegio para bromear entre grupos, y se iban después de una media hora, justo cuando ingresaban los estudiantes de la sesión vespertina.
Los alumnos menos adinerados se marchaban en autobuses o a pie si vivían cerca de la zona. Como era normal a la hora de salida, en las afueras del liceo se formaba un caos humano y vehicular. La calle se invadía de vendedores ofreciendo golosinas, helados, empanadas hornadas, lápices o cualquier cosa que les pudiese interesar a los chicos.
En esa tarde los cuatro alumnos, se reunieron en el portal del colegio para hablar respecto al tema que los inquietaba.
―Por qué le dijiste al rector que si algo nos sucedía a cualquiera de los cuatro, Alfonso era el único responsable. ―habló Andrés dirigiéndose a su hermano.
―Cuando iba entrando a la oficina de Virginia, ella y Alfonso hablaban de la pelea y oí que él planea vengarse. ―detalló Guillermo.
―Al parecer, Alfonso nos quiere joder. ―comentó Víctor preocupado.
―A propósito, ahí va saliendo el delincuente ese. ―señaló Roberto con la mirada―. Sé de lo que es capaz ese infeliz.
―¡Mírenlo! Y va hablando por el celular. ―dijo Guillermo atento.
En medio del vaivén de la multitud, Alfonso iba caminando sospechoso, hablando por celular. El temor que los jóvenes sentían era porque su enemigo pertenecía a una peligrosa pandilla, y por lo ocurrido, él no se iba a quedar con los brazos cruzados. De seguro iba a reclamar venganza.
El asunto se puso interesante, cuando a lo lejos de la calle se vio a unos motociclistas aproximándose a toda velocidad. Alfonso al fijarse en ellos se paró atento en la vereda, mirando a los sujetos como si los estuviese esperándolos. Los motociclistas al llegar a la zona del colegio redujeron la velocidad debido al tráfico, y entre la angostura de la calle hicieron malabares para llegar hasta donde Alfonso para saludarse cordialmente.
A lejana vista, se entendió que los sujetos le preguntaron a su amigo acerca de lo que le había pasado en el rostro. Se vio que Alfonso empezó a contarles, mientras realizaba ademanes vehementes con las manos, señalándose los golpes.
Como en la zona había mucha presencia humana, los tres sujetos y Alfonso se alejaron de la aglomeración, yéndose hacia la esquina más marginada de la pared del colegio pretendiendo apartarse y pasar desapercibidos de la multitud de estudiantes.
Los sujetos llevaban en sus hombros bolsos tipo canguro como todo expendedor de droga que se hace pasar por humilde comerciante de caramelos. En ese momento pasó un patrullero con dos agentes de policía que ignoraron la presencia de los sospechosos motociclistas por pitarles a las chicas estudiantes que no le prestaban atención a sus torpes piropos porque al parecer a ellas no les gustaban los hombres con uniformes. Los motociclistas se pusieron atentos al ver pasar el patrullero, y como no sucedió nada siguieron en lo suyo, riéndose de lo bueno de la vida.
En total eran tres jóvenes entre veintitrés a veinticinco años de edad, cada uno andaba en su moto según sea su estilo; el primero que presumía ser clásico manejaba una Chopper color negro, el otro una deportiva azul marca Honda, y el último mostrando ser el más intrépido, andaba en una Yamaha roja de locura. Los sujetos vestían de manera rebelde, luciendo peinados adefesiosos y tatuajes en sus brazos.
Los sujetos y Alfonso charlaban, bromeándose sin aún percatarse de que a unos diez metros, los cuatros jóvenes del grupo estaban ocultos en medio de la aglomeración de estudiantes, analizando los vínculos de su enemigo con aquellas personas. No sabían lo que ellos hablaban, pero se imaginaban lo que podían estar planeando.
―Tengo la impresión que quizás alguien nos quiere ver muertos. ―resumió Víctor al descifrar lo que sucedía.
―Por lo que veo sí. ―acotó Roberto con nerviosismo—. Aconsejo que cuando nos vayamos lo hagamos juntos.
―Bien pensado. ―concordó Víctor.
―Sé bien que Alfonso es capaz de todo y de mucho más. ―resumió Roberto.
―Ya es la segunda vez que dices lo mismo ¿Qué sabes tú? ―indagó Víctor suspicaz.
Pero Roberto se quedó callado, y a la distancia logró intercambiar miradas por accidente con el sujeto de la Yamaha roja. Ese acto fue misterioso, tanto así que los amigos de Roberto se fijaron en eso. La actitud era como si antes ya se hubieran visto, pero los chicos del grupo olvidaron ese asunto por planear escabullir de Alfonso y su pandilla.
―Ellos no deben saber en dónde vivimos porque de lo contrario seremos hombres muertos. ―previno Andrés.
―Si eso pasa, nos puede hacer una visita a domicilio para vengar la paliza que le dimos a Alfonso. ―pensó Víctor.
―Esos sujetos se ven que son capaces de eso y mucho más. ―añadió Roberto.
Los chicos miraron a Roberto con ojos grandes por sus palabras de tono sospechoso. Pero antes de dudar de su veracidad, siguieron hablando acerca de lo que podían estar planeando sus enemigos.
―Capaz que si nos vamos ahora, esos tipos nos seguirán.
―Y entre todos piensan darnos una paliza.
―Lo harán apenas nos hayamos alejado del colegio.
―De seguro nos harán una emboscada en esa calle solitaria que se ve al fondo de la cuadra. ―imaginó Guillermo.
―Esos sujetos se ven fuertes y poderosos. ―describió Roberto.
―¡Atentos! ¡Miren lo que hacen! ―alertó Andrés al notar los riesgos.
La situación se complicó aún más cuando los chicos alcanzaron a observar entre el vaivén de alumnos que el sujeto de la moto azul sacó de su pantalón un revolver calibre 38 para dárselo a Alfonso que volteó su mochila del hombro hacia el pecho para guardar ágilmente el arma, creyendo que nadie lo había visto, sin embargo los cuatro jóvenes lo vieron todo.
Como el tipo de la moto roja, antes había intercambió miradas con Roberto, supuso que él lo estaba mirando por eso el muchacho se bajó de su moto para acercarse a Alfonso y alertarlo del espía. A razón de eso, ambos se pusieron de espaldas, muy juntos como tapando toda perspectiva hacia los dos; allí no pudo entenderse con exactitud lo que hicieron con el revólver. Pudo haber pasado que quizás le pidieron a Alfonso que desvolviera el arma porque lo estaban espiando o sino a lo mejor fue para entregarles algunas balas y así matara de una vez por todas al perro y a la sarna.
Lo que si se entendió bien, fue que el muchacho de la moto roja, informó a sus amigos que cuatro almas los miraban, por eso los tres motociclistas echaron un ligero vistazo directamente hacia el grupo de alumnos, identificándolos con facilidad porque el sitio se estaba despejando de presencia humana y quedaban pocos estudiantes por la calle del colegio. Luego Alfonso volteó y se fijó que a más de diez metros se hallaban sus agresores espiándolos. Los motociclistas murmuraron entre ellos, pero ignoraron a los cuatro curiosos.
―¡Maldición! Ya nos vieron. ―pronunció Roberto preocupado.
―Ellos saben que nosotros vimos lo que hicieron. ―añadió Andrés.
―Esto ya no me gusta. ―sostuvo Guillermo, preocupado―. Ahora entiendo con quién Alfonso hablaba por celular.
―¿Con quién? ―incitó Víctor.
―Obvio, con sus amigos de pandilla para vengarse de la paliza que ustedes le dieron. ―pensó Guillermo.
―Quizás tengas razón, porque enseguida aparecieron esos tipos. ―enunció Roberto.
Pasó un minuto en que lo jóvenes no tenían una reacción clara frente a lo que sucedía, pero pronto uno de ellos tuvo una idea.
―Entremos al colegio, que tengo un plan. ―mencionó Víctor.
―¿Qué tipo de plan? ―preguntó Andrés.
―Saltaremos la pared de atrás del colegio para irnos por la calle posterior y así evitar a Alfonso y a sus amigos. ―dijo el de la idea.
―No creo que funcione eso. ―dudó Roberto preocupado.
―Tranquilo, todo saldrá bien. He hecho esto antes, créanlo… ¡Vamos! ¡Hagámoslo! ―alentaba Víctor.
―No sabía que antes habías saltado las paredes del colegio. ―comentó Guillermo.
―Una vez lo hice por necesidad para evitar quedarme trapeando las aulas. ―dijo Víctor.
Pero Andrés queriendo ser positivo, pensó que quizás no había que preocuparse tanto por el enemigo.
―Pero aún no sabemos si Alfonso quiera vengarse. Pueda que sólo sea nuestra idea ―tanteó Andrés―, y que nosotros estemos como cobardes aquí, mirándolos.
―No seas ingenuo. ―replicó Roberto―. Luego de la paliza que le dimos, Alfonso va a querer vengarse, y esos tipos que son sus amigos han llegado por un buen motivo al colegio.
―Hay que ser precavidos. ―pensó Guillermo―. Hoy por hoy, Alfonso es nuestro enemigo.
―Aunque dudo que sea capaz de matarnos. ―manifestó Víctor.
―¿Y qué te hace pensar eso? Alfonso es un demonio convertido en persona. Se rumora que es asesino. ―dijo Roberto alarmado.
―Al parecer tú lo conoces bien ¿Eh? ―prosiguió Víctor, perspicaz.
Al final, los chicos decidieron entrar al colegio para poner en práctica lo que Víctor había propuesto y así evitar a sus depredadores que estaban reunidos en la calle principal, al parecer esperándolos para cazarlos.
Cuando los cuatro alumnos iban por la explanada se toparon con el profesor de matemáticas, enseguida él percibió la tensión de los chicos, por eso se detuvo para hablar con ellos quienes le dieron una primicia de lo que sucedía.
El profesor entendió que el caso era grave, por eso les propuso a los jóvenes hacerle un atajo en su vehículo para que así ellos al salir evitaran toparse con sus enemigos. El automóvil del profesor tenía vidrios oscuros, por eso Alfonso y su pandilla no pudieron percatarse del momento cuando los chicos abandonaron el liceo.
Por el momento las cosas estaban solucionadas, aunque después los chicos tenían que pensar en cómo enfrentarse a Alfonso y a su pandilla para cuando ya no hubiera otra oportunidad de poder escabullir. Dentro del automóvil, el profesor quiso que los chicos les contaran el origen de los problemas con Alfonso.
―¿Y por qué llegaron a tener líos con ese sujeto? ―preguntó el profesor, mientras conducía.
―Surgió por una estupidez. ―expresó Andrés quien iba en el asiento de adelante.
―Exactamente… ¿Cómo? ―exhortó el maestro.
―Cuando se terminó el receso… ―prosiguió Víctor―. Los cuatros nos quedamos conversando en la cancha…
―Y justo ahí…―intervino Roberto―. Vimos a Alfonso y a su novia Priscila que subían las escaleras y nos reímos de ellos.
—Alfonso sospechó de eso y bajó a reclamarnos —repuso Víctor—, pero terminó amenazándonos con una navaja.
―Lo que hicimos fue defendernos. Pero como éramos cuatro contra uno, Alfonso perdió la pelea. ―recapituló Andrés―, y ahora creemos que él quiere vengarse de nosotros.
―Alfonso es alguien de mucho cuidado. Ahora que han tenido un choque con él, sean precavidos con ese muchacho. ―advirtió el profesor Torres.
―Profesor, usted que conoce más tiempo a Alfonso ¿Qué sabe de él? ―interrogó Víctor desde el asiento posterior.
El señor Torres hizo un gesto perspicaz en su mirada y enseguida prosiguió a dirigirse a sus alumnos:
―Antes de contarle algo, quiero que prometan que esto que les revelaré no se lo dirán a nadie más.
―¡Sí! Lo prometemos.
Dijeron los muchachos en coro, mostrando las palmas de sus manos.
―Bueno…―aceptó el docente―. Alfonso es autor de un crimen, según se rumora por allí. ―reveló con austeridad.
―Ya sabíamos eso, profesor. Es un rumor que vaga en todo el colegio desde hace un par de años. ―argumentó Roberto.
―Con que ya lo sabían entonces. ―se admiró el profesor.
―¡Sí! Desde luego. ―expresó Andrés.
―Pero alguien que muy a menudo anda con él, suele ser su mayor cómplice en sus delitos.―indicó el maestro.
―¿Quién es ese alguien? ―intervino Guillermo.
―Eso no se los diré. No insistan. ―se negó el maestro.
―¡Que mal! ―expresó Víctor.
―Pero usen el sentido común y sabrán quien es. ―alegó el señor Torres.
―¿Y qué más pasa con ese alguien? ―insistió el chico de lentes.
―Ese alguien, Alfonso lo utiliza como carnada para atrapar a sus enemigos. ―indicó el maestro―, ese chico es astuto, tengan cuidado.
―¿Y quién será ese alguien? ―se preguntó Víctor.
―Hasta ahora es todo lo que le puedo contar. Si es necesario, les hablaré más de él para que tengan precaución. Sé mucho de ese muchacho. ―pronunció Torres en tono de suspenso.
―¿Y usted cómo sabe eso? ―interrogó Andrés.
El profesor Torres suspiró profundo para luego exhalar, y contestar la cruda realidad de trabajar en un colegio de ambiente hostil.
―Llevó casi diez años, siendo docente en ese instituto, y durante ese tiempo he visto muchas cosas que ustedes los estudiantes no quisieran ni ver.
―¿Por qué dice eso, profesor? ―se sorprendió Víctor.
El profesor miró al chico con una sonrisa suspicaz. Y aprovechando que el semáforo de la avenida estaba en rojo, detuvo el coche para explicarle a su alumno en qué clase de colegio estudiaba.
―En realidad nuestro colegio es una jungla inhóspita con pupitres y pizarras. En esas aulas han pasado los delincuentes más peligrosos del país, con eso espero que hayas entendido mi repuesta, Víctor. ―declaró Torres.
―¡De verás! No sabía que en el colegio habían pasado cierta clase de gente. ―expresó Andrés indignado.
Al instante en que el semáforo volvía a verde, el señor Torres aceleró el vehículo para continuar con el camino.
―Por los noventas hubo un par de crímenes en el colegio. —contó el profesor.
—¿Quiénes fueron las víctimas? —preguntó Andrés.
—Fueron dos estudiantes.
—¿Supo quién los mató? —intervino Víctor.
—Sé que cree que fueron unos jóvenes pandilleros que estudiaban en el colegio porque aquel entonces. ―reveló el pedagogo.
―¿Y qué hizo el director? ―intervino Guillermo que había estado callado.
―Hasta donde sé sabe, no hizo nada. Esos crímenes quedaron impunes. Eso lo supe por medio de un periódico, porque en esa época aún no era profesor, recién cursaba la universidad. ―argumentó Torres.
―En la discusión que tuvimos con el director, él nos dijo que llevaba trabajando en el colegio por casi veinte años. ―prosiguió Víctor.
―Es verdad. Rodríguez es rector desde inicio de los noventas. —sostuvo el profesor.
—¿Y usted que tiempo lleva trabajando en el colegio? —se pronunció Roberto.
—Desde el 2000 cuando tenía treinta años, y para ese entonces en el colegio ya habían pasado muchas cosas. ―manifestó el señor Torres.
―¿Y cómo cuales cosas ocurrieron? ―insistió Guillermo.
―Según se rumoraba que en 1999 Rodríguez fue acusado de delitos sexuales. ―dijo el profesor Torres.
―¿En serio Rodríguez fue acusado de eso? ―interrogó Roberto admirado.
―Sí. También se dice que en el 2008 abuso de una chica que estudiaba aquí. Exactamente no sé quién era. ―prosiguió el maestro.
―Si él es culpable… ¿Qué clase de rector tiene al colegio? ―se preocupó Víctor.
―A finales de los ochentas hubo un rector que sospechosamente murió asesinado dentro del colegio. —contó el profesor.
—Ese tema no lo sabía. —repuso Andrés.
—Justo en esa época Rodríguez trabajaba como profesor del colegio y se dice que le serruchaba el piso al anterior rector. ―explicó el profesor Torres.
—¿Y qué más se sabe de ese caso? —intervino Roberto.
―Entonces, se insinuaba que Rodríguez tuvo que ver con la muerte del otro rector para que asíél ascendiera y tomara el cargo. ―argumentó el profesor.
—Oh, vaya. Rodríguez es como una caja de sorpresas. —comentó Guillermo con suspicacia.
―La profesora Teresa sabe más de ese caso. —acotó el profesor.
—¿Por qué ella? —averiguó uno de los alumnos.
—En esa época ella enseñaba en la primaria que por la mala administración de Rodríguez el ministerio lo clausuró en el 2000 y sólo quedó como colegio. Ella tiene veinticinco años trabajando en el instituto. ―dijo el profesor Torres.
―¿Y porque Rodríguez nunca ha sido investigado? ―analizó Andrés.
―No sé. Si él es culpable de esas acusaciones, de seguro tiene como abogado al diablo o alguien que le limpia el piso para que cuando él pase no se manche. ―supuso el profesor.
―Recuerdo que hoy en la última hora de clase, la maestra Teresa nos dio un sermón en el que dijo que sus épocas eran mejores que las nuestras. ―manifestó Andrés.
―Ella siempre da ese tipo de sermones. Pero si quieren alguien que les dé un buen consejo en cómo cuidarse de Rodríguez y sus malas mañas, la maestra Teresa es la indicada. Lo conoce bien. ―determinó el profesor Torres.
En el asiento de la cabina posterior, los tres jóvenes se miraron entre sí con incertidumbre. Andrés se guardó los gestos porque iba en la cabina de adelante, a lado del profesor quien conducía su coche.
El dialogo estuvo interrumpido por un par de minutos, hasta que Víctor decidió retomar el tema de la bronca con Alfonso.
―En realidad no fuimos tan sinceros con la versión que le dijimos al director.
―¿Qué tratas de decir? ―interrogó el maestro.
―Le dijimos que Alfonso era quien había mal interpretado las cosas, creyendo que nos burlábamos de él. ―alegó Víctor.
―Pero a pesar de que mintieron en su versión, el rector siguió poniéndose a favor de Alfonso ¿No fue así? ―añadió el profesor.
―Sí, así fue. Por mala suerte, no funcionó esa estrategia. ―pronunció Andrés.
―No estuvo bien que hayan mentido. Pero tampoco el rector tuvo que haberse puesto a favor de Alfonso, sabiendo cómo es él. ―sentenció el profesor.
Los chicos le comentaron al señor Francisco Torres que el director tuvo preferencias para con Alfonso, enviándolo a donde la secretaria para que lo atendiera de sus dolencias, y a la vez reservarlo de toda acusación para dejar como absolutos culpables a los cuatro jóvenes, cuando el rector debió haber sido imparcial. El profesor Torres se sintió indignado y criticó el reaccionar de Rodríguez.
―Ese viejo siempre está a favor de Alfonso.
―Es como si tuviera un compromiso con él.
―O un trato que los unen.
―Es sospechoso lo que ellos hacen.
Disentían los alumnos y el profesor.
La charla se fue enfriando cuando pasaron por un trayecto de la avenida en donde transitaban los autobuses que ellos solían abordar, así que concordaron en quedarse. Al momento en que los alumnos abandonaban el coche, agradecieron el gesto del profesor Francisco Torres.
―¡Gracias por el atajo, profesor!
―¡Por nada chicos!
―¡Nos salvó el día!
―¡Lo sé! Pero vayan a sus casas y no olviden de hacer las ecuaciones que les envié como deber.
El profesor Torres se marchó en su coche, yéndose a lo largo de la transitada avenida. Los chicos se quedaron parados sobre la vereda, sin tener una idea clara del siguiente pasó que darían.
―¿Y ahora que hacemos aquí? ―preguntó Víctor.
―Irnos a nuestras casas, obvio. Tengo hambre, quiero almorzar. ―mencionó Andrés.
―¿De veras quieres ir a tu casa? No me digas que tu mamá te pega si llegas tarde. ―fastidió Roberto a su amigo.
―¡No! Eso jamás pasa conmigo. ―replicó Andrés.
―¡Vamos a mi casa. ―propuso Roberto— Olvidemos el mal día que Sandra y Jesica nos esperan.
―¡De acuerdo!
—¡Buena idea!
Concordaron alegres Andrés y Víctor.
―Habíamos quedado en eso ¿Lo recuerdan? ―sonrió Roberto con disgusto.
―¡Sí! ¡Lo olvidaba! ―se lamentó Andrés.
―Tienes razón, hablamos de eso en el colegio. ―recordó Víctor.
―Parece que los problemas les han causado una ligera amnesia. ―comentó Roberto.
Frente a los planes de los chicos, Guillermo no entendía nada de lo que hablaban, y se mantenía callado; era la primera vez que él andaba con ellos, y por eso rompió el silencio para preguntar al respecto:
―¿Quién es Sandra?
―¡Oh! Es una chica que te pueda llevar hasta el cielo ¡Sí! ¡Hasta el cielo! ―rió Roberto con picardía.
―A propósito. ―prosiguió Guillermo―. Cuando estábamos en el colegio ustedes me dijeron que querían proponerme algo ¿Qué es exactamente?
―Es justo de lo que estamos hablando. ―confirmó Andrés, sonriendo con suspicacia.
―¿Pero qué es? ―insistía el muchacho impaciente.
―Ya lo sabrás. ―dijo su hermano.
―¡Cachay! Paciencia. Esto es algo que te va a gustar. ―acotó Víctor, riéndose con malicia.
—¡Vamos! Y no tengas miedo. —le dijo Andrés a su hermano.
La tarde lucía fría y nublada, pero el clima era agradable en la ciudad de Santiago. A lo lejos de la avenida, los chicos alcanzaron a observar la aproximación del autobús que los llevaría hacia el destino que pretendían ir, y entre señales le hicieron la parada para abordarlo con precipitación.
Mientras Andrés, Víctor y Roberto elegían sentarse en los primeros asientos de las filas para ir juntos, Guillermo decidió avanzar algunos pasos más atrás del pasadizo para aislarse de la tensión que les generaban sus acompañantes que a diferencia de él, ellos eran más extrovertidos y fastidiosos cuando se juntaban. En cambio el chico era un tanto tímido y apacible.
Cuando Guillermo llegó al final del pasadizo se percató de una guapa chica que iba sola sentada en uno de los últimos asientos de la columna derecha. Aunque había un par de asientos desocupados, el muchacho prefirió en sentarse junto a la señorita que vestía el uniforme de un colegio muy conocido en la ciudad.
—Disculpe… ¿Puedo sentarme aquí?
—Sí, adelante. —dijo ella con desgano y sin mirarlo.
Guillermo miró con timidez a la chica que ni siquiera se molestaba en voltear hacia la persona que iba a su lado, y mejor se distraía mirando hacia la ventana los edificios que pasaban a largo de la avenida. Pareciera que ella buscaba ignorarlo por completo, pero Guillermo fue sorprendido como por la metáfora del ladrón que en el minuto menos pensado envuelve a su víctima.
―Hola, disculpa…―lo saludó de pronto la chica.
―Sí, dígame. ―repuso Guillermo sorprendido.
―¿Te gustan los chocolates? ―le preguntó ella con espontaneidad.
―Oh, sí. Claro que me gustan. ―respondió Guillermo atónito por la interrogativa.
El chico sonrió desconcertado porque jamás se había imaginado que ella le hablaría y peor aún en hacerle una pregunta extraña como esa. La actitud fuera de límites de la chica sorprendió al joven.
―No te asustes. Te diré quién soy. ―enunció la chica al ver que el muchacho lucía impresionado―. Trabajo como voluntaria de un orfanatorio, y allí ayudamos a los niños vendiendo chocolates que mis amigos y yo hacemos.
―Ah, que interesante. ―formuló el chico con más confianza.
―Te lo mostraré para ver si te animas a comprarme uno. ―propuso la señorita.
Enseguida la chica de tez blanca, ojos color miel y cabello castaño, sacó de su colorida mochila una caja transparente con algunas barras de chocolates con pizcas de maní. Al mostrarle lo que le ofrecía, Guillermo mostró interés en las golosinas.
―¿Y cuánto cuesta cada caja? Guapa de ojos lindos. ―dijo él, piropeando a la chica.
―Dos mil pesos. Y gracias por lo de guapa y de ojos lindos. ―rió la chica ruborizada.
El piropo de Guillermo hacia la chica era una sana venganza al haberlo sorprendido con su pregunta y su actitud intrépida que pretendió intimidarlo.
―¿Y cuantas barras vienen en la caja? ―prosiguió el posible cliente.
―Vienen ochos barras de chocolate. ―sostuvo la vendedora.
―Ah, veré si puedo comprarlo. Espera un segundo.
Guillermo entusiasmado abrió uno de los bolsillos de su mochila para consultar con su billetera. Sin sentir vergüenza contó hasta la última moneda frente a la desconocida. Al juntar lo que exigía el precio pudo adquirir los chocolates de la chica.
―Aquí tienes, cuenta las monedas.
―No, mejor no. Confiaré en ti. ―expresó la chica, sonriendo con coquetería.
Al entregarle las monedas, Guillermo pudo apreciar la delicadeza de las manos de la señorita de más o menos dieciocho años de edad. Sus uñas pintadas con esmalte de escarcha, y sus facciones maquilladas con moderación le daban un toque sensual y atrevido, despertando en él un enorme gusto por la chica.
―¿Qué año cursas? ―le preguntó Guillermo para aprovechar charlando con ella.
―Sexto año ¿Y tú? ―prosiguió ella, también con el interés de dialogar.
―Quinto año. ―contestó el chico.
Guillermo no se resistió en abrir la caja para sacar una barra de chocolates y comérsela, haciendo notorio sus gustos por el dulce. Hasta tanto la chica decidió en preguntarle a él su nombre.
―¿Cómo te llamas? ―le preguntó ella.
―Soy Guillermo. ―pronunció el joven, masticando la tableta de chocolate.
―Yo, Jasminella, gusto en conocerte.
―Ah, el gusto es mio. Pero qué bonito nombre tienes. ―coqueteó Guillermo.
―Oh, gracias. Siempre me dicen eso. ―deliró la señorita.
―Sí, debe ser.
―Créelo, a muchos les gusta mi nombre.
En ambos se abrieron las puertas de la confianza, creando así simpatía en el uno hacia el otro. Guillermo en un par de veces se pasó la mano por la boca para limpiarse los labios de chocolate, y evitar lucir desordenado, más ese acto a Jasminella le pareció tierno porque lo miraba con ojos de aprecio y sonrisa espontanea. La charla siguió para cuando el chico acabó de comerse la golosina.
―¿Y cuál es tu materia preferida? ―indagó Guillermo, sonriente.
―Me gusta la biología. ―dijo Jasminella con brillantez―¿Y a ti?
―A mí la materia que más me atrae es la gramática.
―¿Por qué? ―preguntó la chica admirada.
―Me gusta utilizar el idioma con perfección. Por ejemplo: cuando hago un deber, cuido el detalle de usar las tildes, los puntos y comas correctamente. En fin, intentó no equivocarme en eso. ―dilucidó Guillermo.
―¿De veras eres así? ―expresó la chica admirada.
―Sí, en serio ¿Por qué te sorprendes?
―Es la primera vez que escucho que alguien se fija en ese detalle al escribir. ―repuso la chica.
En ambos empezaba haber química, lo necesario para ser amigos. Los acompañantes de Guillermo voltearon a mirar hacia él, fijándose que por casualidad había conocido a una chica en el autobús, y conquistado la amistad de una mujer, cosa que en el colegio no lo había logrado a pesar de los dos años que llevaba estudiando ahí.
Jasminella se percató de que Andrés, Víctor y Roberto volteaban a mirarla de manera inquieta, despertando sospechas en ella quien protestó irritada frente a su nuevo amigo.
―Esos tres sujetos me miran… ―refunfuñó Jasminella.
Después de lo dicho, la chica les lanzó una mirada iracunda a los tres chicos que dejaron de mirarla.
―Tranquila. Ellos andan conmigo. ―alegó Guillermo.
―¿Ah sí?
―¡Mira! Esos tres chicos que visten el mismo uniforme que yo, son del colegio en el que estudio. ―afirmó Guillermo.
―Ah, son tus amigos. ―pronunció ella, entendiendo lo que sucedía.
―El joven de peinado de raya a un lado, es mi hermano.
―¿Y los otros dos?
―Ah, ellos son nuestros amigos.
―Noto que tu hermano se coge la nariz a cada segundo.
―Es que lo golpearon. Le dieron un par de puñetazos.
―Oh, vaya ¿Y a qué se debió? ―indagó la chica preocupada.
―Tuvimos una bronca con un tipo que es la mancha del colegio.
―De seguro ese tipo vende droga, pertenece a una pandilla y es el novio de la chica más hermosa del colegio. ―descifró Jasminella sonriendo suspicaz.
―¡Sí! El sujeto ese tiene esas mismas características que tú dices. Parece que ya lo conocieras. ―se admiró Guillermo.
―Y hasta puedo adivinar más. ―sonrió Jasminella con malicia.
―¿Acaso eres media bruja?
―No soy adivina, ni bruja. Pero apuesto que el rector de tu colegio está a favor de ese chico. ―reveló la chica, mordiéndose los labios.
―¡Todo eso es tal como lo dices! ―se sorprendió Guillermo―¿Cómo puedes acertar?
―No sé, pero sospecho que la historia es así. ―sonrió la chica con misterio.
―Bueno, como digas. Pero ese tipo de quien te hablo es la oveja negra del colegio. ―prosiguió el chico.
―En mi colegio también hay un brabucón al cual todos odian. ―prosiguió Jasminella. Luego de una pausa ella preguntó― ¿Y pelearon con aquel tipo?
―Yo no, pero mi hermano y los demás de nuestro grupo, sí.
―Parece que andas metido en pleitos, Guillermo. ―supuso la chica.
―Sí, y eso nos preocupa. Nuestro rival busca vengarse de nosotros.
―Con gente así debes de tener precaución.
Por algunos minutos más hablaron en cómo era la vida en sus respectivos colegios. Los dos chicos interactuaban de manera abierta. Y justo cuando empezaban las risas con tono de confianza, Guillermo vio que sus acompañantes voltearon hacia él para hacerle señales, avisándole que debían de quedarse.
En los últimos instantes de oportunidad que el chico tuvo para seguir conociendo a Jasminella, se arriesgó a pedirle su número de celular antes que dejara pasar ese gran momento.
―Creo que me quedaré por aquí.
—Oh, que pena.
—Me gustaría hablar contigo en otra ocasión.
—Bueno…
—Si estás de acuerdo podemos intercambiar nuestros contactos. ―sugirió Guillermo.
―¡Sí, claro! Te daré mi número de celular. Sólo espera un segundo. ―compatibilizó la chica muy animada.
De inmediato, Jasminella abrió su mochila de manera apresurada para sacar un lápiz y un cuaderno al que le arrancó un trozo de papel sobre el cual anotó su número de celular para entregárselo a Guillermo quien se encontraba muy inquieto por seguir conociéndola. Al igual, la chica mostraba un mismo ímpetu por él.
―Espero verte pronto Jasminella. ―expresó el chico guardando el papel dentro del bolsillo de su pantalón.
―También yo. Ahí tienes mi número de celular ¡Llámame si puedes! ―dijo ella alegre.
―Te llamaré. ―sonrió él.
Antes de que Guillermo se pusiera de pie, sacó un lápiz de su mochila para anotarle en el brazo de la chica su número de contacto, esto para que también ella pudiera llamarlo. Jasminella por su parte rió embelesada por el acto que le hacía su nuevo amigo. Ella ostentaba en su buen humor lo mucho que le había agradado el chico.
―Espero que no se me borren los números o entonces tú tendrás que llamarme, eh. ―bromeó la chica―. Pero te llamaré¡Cuídate! Y no pierdas mi número. ―le dijo ella toda coqueta.
―Jamás perderé tu número. ―expresóél con el mismo ánimo―. Fue un gusto haberte conocido.
Por las cosas que se decían, al parecer ellos no querían despedirse, pero la necesidad lo ameritaba. Tanto habían congeniado que ambos se coqueteaban como al ritmo del aire y las olas en un mar.
―Lo pasé genial charlando contigo. ―indicó ella.
―A mí también.
―Bueno… Hasta pronto.
―Igualmente.
Se dijeron por última vez.
Al terminar de despedirse, el chico se paró del asiento, marchándose apresurado a lo largo del pasadizo, hasta llegar a la puerta por la cual junto a sus acompañantes abandonaron el autobús que luego de detenerse en el paradero, arrancó a toda velocidad, dejándoles a los jóvenes un humo negro y apestoso a combustible quemado que los hizo toser.
Antes que el grupo de amigos tomara pasos hacia su rumbo, estuvieron parados sobre la vereda durante unos minutos. Esto debido a que Guillermo se mantenía preocupado, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón para asegurarse si aún conservaba el papel sobre el cual Jasminella le había anotado su número de celular. En medio del acto sus acompañantes lo miraban con curiosidad.
―¿Qué te sucede? ―le preguntó su hermano.
―Busco algo que tenía en mi bolsillo. ―contestó Guillermo―. Pero ya lo encontré. ―expresó luego, aliviado.
Al instante Roberto se percató que se habían quedado hacia algunas cuadras más adelante de su objetivo, y como resultado tenían que volver por donde ya habían pasado en el autobús.
―Nos pasamos del sitio. Creo que tenemos que caminar. ―dijo el chico, mirando a lo lejos de la avenida.
―¡Sí! Ya veo, que desgracia. ―lamentó Víctor―. Pero hay alguien que tiene la culpa.
―Tienes razón, es por culpa de él que estamos aquí. ―comentó Andrés refiriéndose a su hermano.
Todos miraban a Guillermo, más él se desatendía del asunto porque reconocía ser el causante de que el autobús los dejara lejos de donde debían haberse quedado.
―Y todo esto sucedió porque estábamos esperando a que el niñito terminara de despedirse de su amiguita. ―comentó Víctor, dirigiéndose a Guillermo.
—Sí, él tiene la culpa. —prosiguió Roberto.
—Todo por su nueva amiguita. —acotó Andrés.
Entre bromas, los chicos caminaron las cuatro cuadras de la avenida para llegar hasta el callejón que tomarían, para ir directo hacia su destino final. Al pasar unos quince minutos, entraron por un acceso peatonal, que los llevó por en medio de una ciudadela privada de hermosos condominios y edificios, o sea de buena clase social.
El pavimento del callejón por donde iban era llano y muy limpio mostrando ser barrido a diario. Aparte, los jóvenes caminaban impetuosos como con ansias de llegar pronto a su objetivo. Guillermo, fijándose en el proceder de sus acompañantes, sintió la curiosidad de averiguar respecto a lo que sucedía, él estaba ansioso, pero por saber de que se trataba todo ese juego.
―Supongo que vamos a la casa de la chica… ¿No verdad?
―Tal vez. ―sostuvo Víctor.
Los demás ignoraron la pregunta de Guillermo.
En el transcurso del camino, los dos hermanos dejaron que sus acompañantes se adelantaran por algunos metros más para que ambos pudieran conversar en privado referente a las cosas que les habían sucedido en el colegio.
―Me preocupa mucho la bronca que tenemos con Alfonso. ―pronunció Guillermo.
―¿Por qué? ―continuó Andrés.
―Todos sabemos que el sujeto es de peligro.
―Así dicen. —se rascó la cabeza Andrés—. Pero ¡mira! le dimos una paliza.
―Es verdad. Pero él tiene influencias, lidera una pandilla, y por eso debemos ser cautelosos. ―señaló Guillermo.
―Tengo la confianza que aunque él tenga como aliado al mismo diablo, jamás temblaré si volvemos a pelear. ―determinó Andrés.
―Es malo tener exceso de confianza. Hay que ser cautelosos con Alfonso.
―¿Cautelosos o miedosos?
―No confundas ¿Quién dijo miedo?
―Así se habla Guillermo ¡Quién dijo miedo!
―Pero debemos ser prevenidos. En la conversa que por accidente escuché entre él y la secretaria, entendí que Alfonso planea vengarse. ―aseguró el chico de lentes.
Los dos jóvenes caminaban de manera lenta, quedándose muy atrás de Víctor y Roberto que ya se les habían adelantado por casi una cuadra. Sus dos amigos viendo que ya no iban junto a ellos, los llamaron a la distancia entre gritos.
―¡Hey chicos! ¡Dense prisa!
―¡No se quedan muy atrás! ¡Caminen rápido!
Les dijeron en tonos y ademanes de disgusto.
―¡Ya los alcanzamos!
―¡No se preocupen! ¡Ya estamos con ustedes!
Respondieron Andrés y Guillermo, al unísono.
Los dos hermanos continuaron charlando del tema que habían estado abordando.
―Aunque Alfonso sea de peligro, no olvidemos que David derrotó al gigantesco Goliat. ―argumentó Andrés.
―Es verdad. ―sonrió Guillermo―. Al final, no sé por qué nos preocupamos tanto por Alfonso.
―Lo mismo digo yo. Le rompimos la cara, lo revolcamos en el suelo; le sacamos la sangre, que casi hasta llora ¡Lo derrotamos! ―se jactó Andrés.
―Y eso, Alfonso lo recordará siempre. Ese imbécil estará el resto del año traumado por la paliza que ustedes le dieron. ―comentó Guillermo.
―Los delincuentes son así. —prosiguió Andrés.
—¿Así? ¿Cómo? —repuso su hermano.
—Por sus crímenes que cometen creen tener valentía y confianza, hasta cuando le parten su honra, y quedan más destrozados que una viuda de militar. ―sustentó Andrés.
―¿De dónde sacas tal idea?
―Todos tenemos temores, debilidades; esa es la naturaleza del hombre.
―¿Pero cuál será la debilidad de Alfonso? ―se preguntó Guillermo.
―El tipo es vanidoso. Le gusta estar rodeado de chicas, demostrando confianza en sí mismo. ―dijo Andrés con tono analista.
―Y si pasaría una humillación frente a todos, se le iría al piso ese exceso de confianza que tiene en sí mismo. ―formuló Guillermo.
―Tal vez no conozcamos alguna flaqueza suya en particular. Pero cuanto daría por ver a ese desgraciado hundido en lo más profundo de una alcantarilla. ―enunció Andrés con malicia.
Guillermo llegó a captar un curioso significado que había detrás de las palabras de su hermano, y por eso él se quedó pensativo, analizando la actitud hostil que Andrés tenía para con su enemigo.
―¿Por qué de pronto te obsesionas con Alfonso? ―le preguntó el chico a su hermano.
―¿Qué si me obsesiono con él? ―sonrió Andrés con malicia―. Cuando lo veo, sólo me apetece en escupirle su repugnante cara.
—¿Y qué ganarías con escupirle la cara?
—En realidad ese infeliz me desagrada tanto por su manera déspota de ser.
Guillermo pensó que el odio de Andrés hacia Alfonso, era por una gran razón que no lo había podido superar.
―¿Sólo porque es déspota lo odias?
―¡Sí! ¿Por qué? ¡Cachay!
―Por nada. ―musitó Guillermo, y al pensar dijo―. No será que envidias la suerte que él tiene con Priscila.
―¿Qué tratas de decir? ―interrogó Andrés incómodo―. ¡Yo no envidio nada a nadie!
―¿Estás seguro?
―¡Muy seguro!
―Bueno. Como digas.
―Ni siquiera envidio a los parisinos con su pendejada de torre ofel.
―Será Eiffel. ―corrigió Guillermo.
―Como sea. Pero el punto es que yo jamás sufro de envidia. ―aseguró Andrés.
―Menos mal porque nunca debes codiciar la dicha de los malos ¡Jamás lo hagas! ―reprendió Guillermo a su hermano.
―¡Los malos! ¡Ja! Ellos siempre tienen suerte que hasta parece que Dios está de su lado. ―comentó Andrés amargamente.
―¿Eso crees tú? ―expresó Guillermo, irónico.
―¡Sí! ¡Eso creo! En este mundo maloliente, los justos lloran y los injustos se regocijan a pesar de su maldad. ―sostuvo Andrés vehemente.
―Y si es así…
—¡¿Así qué?! —expresó Andrés, alzando los hombros.
—Entonces… —prosiguió Guillermo— ¿Por qué los delincuentes mueren como ratas asquerosas?
—La rata asquerosa soy yo, que vivo con las bolas partidas. —protestó Andrés.
—¡Mira! Gente como esa nunca muere de manera decente ¡Mueren en las peores circunstancias! ―refutó Guillermo a su hermano mayor.
—¿A qué gente te refieres?
—¡A los delincuentes!
—¿Y a los cristianos como tú que creen en Dios?
—Yo tengo mi conciencia limpia.
—Sí, como no.
—No te burles.
—Cuando mueras y vayas al cielo, tu alma irá volando con un foco en el trasero que le prende y le apaga como luciérnaga ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! —se echó una carcajada Andrés.
La conversa tenía sabor amargo. Los dos jóvenes detuvieron sus pasos para quedarse estáticos frente a frente, pero sin mirarse a los ojos. Andrés suspiró y se mantuvo en silencio, hasta que después de serenarse, le confesó a su hermano el motivo que le había despertado tanto odio hacia Alfonso.
―Cuando Priscila llegó al colegio, yo fui el primero en hacerse amigo de ella. Tenía la esperanza de algún día ser novios. ―declaró Andrés enojado y mirando hacia el suelo.
―Pero eso nunca sucedió. ―lamentó el chico de lentes.
―Hasta ahora no sé qué le vio a ese maldito de Alfonso para que se fijara en él, si yo la pretendí primero. ―protestó el desdichado.
Guillermo notando la desdicha de su hermano lo comprendió, aconsejándolo.
―Hermano, quizás puedo entenderte. Pero no te dejes llevar por el enojo de los celos, eso es muy dañino. —aconsejó el chico de lentes.
―Lo sé bien. Pero la única manera en que puedo saciar mi sed, es vengarme de Alfonso por haberme quitado a Priscila. ―pronunció el desdichado.
―Por favor hermano, no pienses en eso. Tal vez esa chica no era para ti. ―Guillermo miró a Andrés fijamente a los ojos―. Hay muchas mujeres en el mundo que alguna se puede fijar en ti.
―¡Ah sí! ¿Y cómo es que hasta ahora ninguna chica se ha interesado en mí?
—Ni en mí. Tienes razón… —susurró Guillermo preocupado.
—Pero sin embargo Alfonso que es un patán, tiene tanta suerte. ―renegó Andrés.
―Ya te dije que no envidies la suerte de los malos. ―replicó el hermano menor.
―¡¿Acaso Alfonso tiene más derecho que yo en esta bola de mierda llamada mundo?! ―refunfuñó el hermano mayor.
—Sin tan sólo supieras que el sol sale para todos, sin importar que unos sean malos y otros buenos ¡Es así! ―disertó Guillermo.
―Me partes el corazón con las palabras de tu sermón… —ironizó Andrés.
―No pretendo sermonearte, sólo quiero que evites enojarte por tonterías que no valen la pena, y aprendas a ser feliz. ―declaró Guillermo.
―Y según tú¿Cómo puedo ser feliz? ―indagó el otro chico con burla.
―Debes encontrar paz, y así te amarás como eres. ―repuso el joven de lentes.
―¿Ah sí? ―ironizó Andrés―. No pretenderás que me coma la Biblia.
―No lo sé. Pero debes valorar lo que tienes y dejarte de quejar porque quizás crees que otro tiene lo que tu no. ―reprendió Guillermo a su consanguíneo.
―Deja de hincharme las pelotas con tus sermones de misa barata. ―replicó Andrés enérgico―. Cuanto quisiera matar a ese miserable de Alfonso.
―¡Maldición! No te vuelvas a meter en problemas. Recuerda que el director está a favor de Alfonso. —advirtió Guillermo.
—¿Y eso qué? —desafió Andrés.
—¡Cómo que eso qué! —reaccionó Guillermo—. Ese viejo cabrón nos puede echar del colegio si nos volvemos a meter en otro problema.
―¡Y hasta mientras qué hago! ¿Me guindo de las bolas? —se sonrió Andrés con ironía.
―Olvida eso. Las cosas caen por su propio peso.
―Sí, como no. Y yo soy una humilde chica que sueña con ser princesa y tener su propio castillo. ―ironizó Andrés―¡La venganza es mia! ―expresó airado.
―Algún día le llegara el turno a Alfonso. ―alegó el joven de lentes―, y pagará por todo lo que ha hecho.
Sobre todo, Guillermo aconsejaba a su hermano que pretendía rebelarse ante lo que él creía injusto. Por primera vez Andrés confesaba frente alguien, liberando un sentimiento reprimido desde hace algún tiempo.
Por un instante los dos jóvenes se mantuvieron en silencio. Guillermo lucía preocupado por las cosas que pretendía hacer Andrés en contra de su enemigo, pero como su hermano, siguió aconsejándolo porque sintió que era necesario.
―Si Priscila se fijó en Alfonso y no en ti, es porque ella es igual a él. ―opinó Guillermo.
―A veces creo lo mismo. Ambos son tal para cual. ―mencionó Andrés, más calmado.
―Los dos son unas ratas y las ratas no andan con personas porque apestan.
―Es verdad, las ratas apestan horrible.
―Olvídate de ellos, ignóralos y no le prestes importancia a sus vidas para que así no resten a la tuya. ―resumió Guillermo en tono bajo.
Andrés miró al suelo en forma analítica. El chico sonrió con malicia y luego de asimilar los consejos de su hermano, prosiguió:
―Aunque al final odio a los dos. Siempre he pensado en como joderle la vida a ambos para yo ser feliz. ―refunfuñó Andrés.
―Los celos te hacen decir eso. Sé que tu desilusión por esa chica te hirió. ―Guillermo tocó a su hermano en el cuello en gesto de cariño―. Haz el intento de olvidarla.
―No puedo olvidar a Priscila así de fácil, cuando mi desdicha es por ella y por ese maldito cerdo de Alfonso que sin muchos esfuerzos se convirtió en su novio. ―aseveró Andrés, cabreado.
―Si tan sólo le restaras importancia a eso, serías feliz. ―enunció Guillermo.
―¿Feliz? Yo no quiero ser feliz, al diablo con esas estupideces. ―replicó Andrés.
―¡Quién te hará cambiar! ―se enalteció Guillermo y suspiró.
―¡Jamás cambiaré! Voy a buscar la manera de joderle la vida a Alfonso. ―determinó el desdichado.
―Por favor Andrés, no pienses en eso. Te vas a meter en graves problemas.
―¿Y por qué crees eso?
―Porque Alfonso tiene malas mañas e influencias que te puede hasta matar. ―advirtió Guillermo.
Los dos chicos se quedaron en silencio por varios segundos. Andrés logró recapacitar luego de que su hermano le hiciera ver lo arriesgado que sería tener más problemas con Alfonso, la oveja negra del colegio.
Ambos al percatarse que sus dos amigos los habían dejado atrás, olvidaron el tema por el cual discutían, y mejor se decidieron por seguir caminando.
―Nos coge la tarde. ―Andrés chasqueó los labios preocupado―¡Vamos! ¡Démonos prisa! ―propuso al final.
―¡Sí! ¡Cachay! Roberto y Víctor nos dejaron ¡Corramos para alcanzarlos! ―respingó Guillermo.
―¡Pero no quiero correr! ―protestó Andrés.
―¡Igualmente démonos prisa! ¡Eh! ―vociferó el chico de lentes.
Los dos hermanos echaron a caminar con rapidez para alcanzar a sus dos amigos que iban adelantados por cinco cuadras, y que ya habían girado a la siguiente calle. Pero luego de unos diez minutos pudieron alcanzarlos.
―¿Por qué se detuvieron? ―preguntó Roberto, inquieto.
―Fue para charlar con mi hermano. ―respondió Andrés, agitado por la caminata.
Al pasar un par de cuadras, los jóvenes se detuvieron en las afueras de un elegante condominio de dos pisos, de color beige y tejado anaranjado. Guillermo que por primera vez andaba en los asuntos de su hermano y los amigos de éste, no entendía el motivo de estar parados como tontos frente aquella residencia, así que buscó despejar sus dudas, suponiendo sus sospechas.
―¿Es aquí en donde viven las chicas del cual me han hablado? —investigó Guillermo.
―Bueno… Exactamente aquí no viven. Esta es la casa de Roberto. ―aclaró Víctor.
―En verdad chicos, no sé por qué los seguí hasta aquí. Exactamente de qué se trata este juego. ―insistió Guillermo.
―Ya lo sabrás. Relájate. ―alentó Andrés a su hermano.
―Que insoportable que es tu hermano. ―comentó Roberto dirigiéndose a Andrés.
―Mi hermano es así. Llevo tanto tiempo conociéndolo que a mí no me molesta que sufra de fastiodisiti. ―bromeó Andrés.
―Entonces, sólo es cuestión de comprenderlo. ―prosiguió Víctor.
―¡Sí! ¡Así es! ―dijo Andrés, riéndose.
―¡Carajo! ¡No me molesten! ―protestó Guillermo.
Todos rieron al bromear.
Antes que los chicos entraran a la residencia, Roberto se asesoró que nadie estuviera dentro, y al despejar dudas sacó una llave de su mochila con la que abrió la puerta del patio por donde los chicos entraron, pasando por en medio de un garaje en la que estaba guardado un elegantísimo Ford Explorer 4×4 color celeste.
Más allá llegaron a un jardín de ambiente muy acogedor inspirado por los bonsáis, agapantos, cactus, girasoles; seguido de un gran almendro de sombra fresca y ese prado de césped muy verde y esponjoso. Aparte había una senda de piedras calizas por la cual ellos caminaron conduciéndolos directo hacia la puerta principal del condominio al que entraron finalmente.
Estando dentro, justo en la sala, cuatro grandes jarrones de refinada cerámica decoraban cada esquina, así como las pinturas de alto relieve en las paredes y algún que otro lujo o detalle, mostrando lo acaudalada que era la familia de Roberto.
―¡Chicos! Mis padres no están. Así que estén tranquilos. ―informó el anfitrión.
―Menos mal. La última vez que estuvimos en tu casa, supimos que te regañaron. ―recordó Andrés.
―Fue verdad, pero hoy ellos trabajarán hasta la seis de la tarde. Suban a mi habitación que ya les llevaré un refrigerio. ―propuso Roberto.
―Bueno… Iremos allá. —dijo Víctor en voz de todos.
Los jóvenes subieron al segundo piso, hacia la habitación de su amigo. Allí se toparon con algunas comodidades como un moderno televisor plasma, un equipo de sonido, climatizador, y una elegante cama con la que se podía más que dormir. Por las cosas que había y la longitud del aposento era como estar en un cómodo apartamento.
Los visitantes se reclinaron sobre unas pequeñas butacas de madera que rodeaban una mesita con plataforma de cristal. Reunidos allí, los chicos esperaron a su anfitrión que al pasar unos minutos llegó con los aperitivos que les había prometido.
―¡Caballeros! Les traje unas gaseosas muy frescas y algo de comer. ―expresó Roberto.
El chico traía ágilmente en sus brazos unas latas de Sprite que ya casi se les soltaban y un empaque grande de papas fritas que lo agarraba de las puntas a un filo de caérsele, obligando a que Andrés se parara a ayudarlo.
―Déjame socorrerte con eso.
―¡Gracias!
El refrigerio fue colocado sobre la mesita de plataforma de cristal.
―Ya vuelvo, voy por la salsa de ajo para acompañar las papas. ―dijo Roberto, yéndose.
―Mejor trae Kétchup.
―Yo te sugiero mayonesa.
―La salsa de cebolla es más deliciosa.
Decían los jóvenes, bromeando.
―¡Mejor traeré todo! ―dijo Roberto mientras bajaba las escaleras.
Al pasar un minuto el anfitrión regresó a la habitación con tres tazas, una de salsa de ajo, otra de Kétchup y la última de mayonesa. Los chicos lucían muy contentos por el oportuno refrigerio, pero Guillermo hizo la excepción cuando de manera inesperada se exaltó ansioso, preguntando por las chicas que le habían prometido que conocería.
―Ya en serio ¡En donde estás las chicas! ¡Quiero verlas ya!
Por el proceder de Guillermo, los chicos se miraron perplejos los unos al otro, pero después rieron a carcajadas.
―Tranquilo muchacho, ya las conocerás.
―Mantente calmado.
―No comas ansias ¡Cachay!
El grupo de amigos se reunió alrededor de la mesita de plataforma de cristal para disfrutar del refrigerio, comiendo sus papas fritas con salsa de ajo y bebiendo sus gaseosas. En el contorno se escuchaba un ruido de dientes que crujían por las patatas tostadas.
Muerto de curiosidad Guillermo se preguntaba en sí mismo, si acaso Roberto tendría en su casa un harén de chicas a su total disposición, pero la repuesta era ilógica, así que él aún seguía sin entender de lo que se trataba el juego.
Las interrogativas de Guillermo fueron teniendo respuestas al momento en que Roberto se puso de píe, agarró su butaca para irse a sentar frente a una computadora de escritorio ubicada a una esquina del aposento. Siguiendo la misma acción, Andrés y Víctor tomaron sus butacas en las que estaban sentados para llevarlas hasta donde Roberto y junto a él sentarse también frente a la computadora. Los tres chicos miraban ansioso el monitor como si de ahí saldría algo mágico.
Al mismo tiempo en que Roberto encendía la máquina, Andrés y Víctor llamaron a Guillermo que se mantenía analizando lo que sucedía, y resistiéndose en seguir la acción de los otros jóvenes.
―¡Hey Guillermo! ¡Ven aquí!
―¡Sí, ven! ¡Que ya conocerás a las chicas!
―¿A las chicas? ―vaciló Guillermo.
El joven ya no lucía ansioso, sino preocupado porque ya iba entendiendo de qué se trataba el asunto. Sin embargo se puso de píe para irse a sentar a donde estaban los demás, y así no lucir apático.
Cuando la computadora estaba encendida y lista para ser utilizada, Roberto le hizo una pregunta a Víctor con respecto a una plataforma virtual.
―¿Cuál es el nombre del portal?
―Ah, lo olvidé. Mejor sigue el enlace que la otra vez dejamos pegado en el escritorio.
Finalmente Guillermo acababa de entender de qué se trataba el tema y consigo mismo asimilaba su decepción al saber que no eran cosas reales.
―Esperemos que el portal esté disponible.
―Y que las chicas estén conectadas.
―Y que estén de humor para desnudarse.
Los jóvenes charlaban muy alegres.
Como el enlace del ordenador no había funcionado, Roberto abrió el portal de Google para intentar buscar la plataforma por otros medios. Luego en la pantalla del monitor se vio la portada de lo que aparentaba ser un sitio pornográfico. La chica desnuda, enseñando sus partes íntimas y la cabeza del conejito de fondo, lo explicaba todo. Guillermo se mantenía callado, luciendo un rostro de desilusión al saber la cruda verdad, que hasta lanzó su voz de protesta.
―Yo creía que se trataba de chicas reales.
―¡No hombre! ¡Cómo crees! ―le dijo Roberto.
―Tú crees que en la vida real una chica se va a quitar la tanga así por así. ―intervino Andrés.
―Eso sólo sucede por internet. En la vida real ¡no! ―repuso Víctor, reprendiendo al que protestaba.
―Ustedes parecen unos perdedores. ―criticó Guillermo―. No me digan que sus chicas son unas rusas que la conocieron en Fdating. com. ―se burló el chico.
―¿Perdedores nos dices a nosotros? ―reaccionó Andrés, volteando hacia su hermano―. De parte que te invitamos amablemente, te burlas de lo que hacemos.
―¡Sí! Porque no son capaces de conocer chicas reales como la gente normal y lo hacen buscándola por internet. —sostuvo Guillermo.
―Andrés, dile a tu hermano que se retire de aquí y se vaya a la sala. ―exigió Roberto a su amigo.
―No hace falta que me lo digan ¡Yo me largo de aquí! ¡Mejor me voy a mi casa! ―expresó Guillermo vehemente.
El joven se paró enfureciendo, caminando con dirección a la puerta de la habitación, pero antes que saliera lo hicieron detener con un llamado.
―¡Espera Guillermo! ―le dijo Roberto―. Jamás echo a un amigo de mi casa, si no quieres participar en esto, ve a la sala y quédate ahí.
―Ve a la sala, y espérame allí para irnos juntos a casa. ―le dijo Andrés a su hermano.
―Si deseas, puedes prender el televisor. ―sugirió Roberto.
―¡Sí! ¡Anda! A esta hora están pasando el clásico de la pantera rosa. ―bromeó Víctor y los chicos rieron, menos el que se retiraba.
Guillermo abandonó el aposento, pero mientras bajaba las escaleras, se detuvo a mitad para escuchar lo que hacían los otros chicos dentro de la habitación.
―Tiene el coño muy bien rasurado.
―Oh, así quisiera besárselo.
―Las tetas las tiene grande como globos.
―Con esas tetas…¿Tendrá leche?
―No creo, sólo están rellenas de porquería.
A razón de las palabras obscenas que ellos pronunciaban, daba a entenderse que estaban viendo pornografía en la computadora.
―Son unos retrasados. ―refunfuñó Guillermo.
El joven bajó hasta la sala en donde se sentó en uno de los sofás, allí estuvo en silencio pensando en su hermano que andaba con ciertos amigos que le habían inculcado malas costumbres. Su enojo por él, le provocó nauseas que hasta las papas y la gaseosa que había ingerido lo quería vomitar, pero pudo recobrar el aliento al masticar una menta caducada que desde hace tiempo guardaba en su mochila.
Al pasar algunos minutos, los chicos llamaron a Guillermo para darle una sorpresa.
―¡Muchacho ven a la habitación!
―¡Sí! ¡Ven! ¡Que esto te va a gustar!
―¡Dos ángeles muy especiales te quieren conocer!
Sin resistirse, Guillermo acudió hacia donde ellos. Al no saber de qué se trataba sintió curiosidad, pero se mantuvo calmado y poco ansioso. Sin titubeos, el chico subió las escaleras hasta llegar al aposento.
―Hola, aquí estoy de nuevo. ―expresó Guillermo con desgano.
―Pensé que no subirías, hermano. ―le dijo Andrés.
Los jóvenes miraban inquieto a Guillermo, mientras que él descubría el significado de todo el juego. Su reacción fue positiva que tuvo un cambio bipolar de apático a alegre.
―¿Acaso es real lo que veo en la pantalla? ―expresó Guillermo.
De modo que al final, el chico acababa de entender que su hermano y los demás buscaban placer de manera virtual con unas chicas genias en el arte del erotismo moderno.
―¡Sí! ¡Es real lo que ves! ¡Alégrate chico! ―vociferó Víctor con júbilo.
―¡Y ponte cómodo! ―le aconsejó Andrés, riendo.
―¡Oh! ¡Claro! Para disfrutar del placer. ―pronunció excitado el chico de lentes.
―Estos ángeles mueren por conocerte. ―sostuvo Roberto, señalando con la mirada hacia el monitor.
Aquellos ángeles a los que Roberto se refería, eran dos guapas chicas que desde el otro lado de la pantalla charlaban con los jóvenes. Cuando las chicas vieron al recién llegado, rumoraron entre sí, obligando a que Andrés presentara al chico frente a los ángeles.
―¡Ah! Él es nuevo en el grupo, es Guillermo; mi hermano.
Entonces, desde la otra dimensión las chicas le sonrieron al hermano de Andrés mostrándoles simpatía.
―¡Hola Guillermooo!
La saludaron atentas en coro.
―Yo soy Sandra.
―Y yo Jesica. Pero me puedes decir Jesi.
―¡Gusto en conocerte guapo! ―expresaron ellas eufóricas.
―¡Igualmente! Son muy lindas ustedes. ―aseveró el muchacho todo coqueto.
―¡Gracias chaval! ―dijeron ellas, alegres.
Las chicas se expresaban en un tono dulce y a la vez coqueto, mostrando interés en conocer al chico de lentes. Ellas oscilaban tener unos veintitrés años de edad. Eran muy atractivas y hablaban con un marcado acento español.
―¡Caramba! Veo que son españolas.
―¡Así es Guillermo!
―Vivimos en Madrid.
Las atractivas señoritas eran de piel más o menos blanca. La más risueña lucía un cabello negro lacio hasta la mitad de la espalda, y la otra un castaño ondulado y escalonado llegándole hasta la cintura. Además vestían camisetas del Real Madrid, presumiendo ser las hinchas más sexis por hacerles un nudo en lo inferior de sus camisetas, mostrando sus aplanados vientres y sus ombligos en los que colgaban pendientes. Pero lo más genial era que sólo lucían un tanga negra, dejando al descubierto sus largas y sensuales piernas.
―Hoy están más guapas que nunca.
―Y muy sensuales como siempre.
―¡Sí! Que hasta me provocan húmedas erecciones.
Los jóvenes piropeaban a las chicas con atrevimiento, menos el que recién las acababa de conocer. Aunque después reconoció a Sandra porque su hermano Andrés tenía un par de poster de la chica pegado en su habitación.
―Ajá, son muy hermosas. ―apenas dijo Guillermo con algo de timidez.
El chico de lentes se mantenía callado, pero sorprendido por lo muy atractivas que eran las chicas. Ellas estaban sentadas sobre unas butacas con las piernas cruzadas, coqueteándoles a los jóvenes a través de la cámara webcam. Un pequeño detalle le gustó a Guillermo de las chicas. Se trataba de una flor tatuada que ambas chicas tenían en sus tobillos.
―Y dime… ¿Por qué antes no te habíamos conocido? ―preguntó la chica de pelo castaño a Guillermo al verlo callado.
―Es que antes estos sinvergüenzas no me habían invitado a conocerlas. ―contesto el chico, sonriendo.
Guillermo se había vuelto cómplice del juego, al final si le gustó. El joven para no lucir como un tonto se sentó delante de los otros para sobresalir y así interactuar mejor con las bellas chicas quienes al verlo animado le pusieron una prueba de fuego.
―Bueno…
―Y hora que ya te conocemos…
―Bájate los pantalones y el calzoncillo…
―Para ver qué tan largo lo tienes.
Con eso Guillermo se puso rojo como tomate, sin saber que decir por la descabellada petición. Como el chico no supo reaccionar fue objeto de bromas de los demás.
―¡Oh! ¡Vaya! Creo que lo traumaste.
―Su ingenuidad le impide entenderlo.
―Pobre niño, es tan pequeñito y tan inocente que su mentalidad no la soporta.
Cuando las burlas de los demás pretendían subir de tono, el chico tuvo que enseguida reaccionar antes que se le cargaran.
―¡Ya basta! ¡Yo no voy hacer ninguna estupidez!
―Pero es necesario. ―le dijo Víctor, riendo.
―¿Y por qué? Denme una buena razón. ―repuso Guillermo incómodo.
―Es que si no lo haces, no tendrás la confianza de las chicas. ―explicó Roberto.
―Y además no podrás disfrutar del placer que ellas te ofrecerán. Esa es la regla. ―aclaró Andrés.
Guillermo se mantenía tenso, y miraba desconcertado a la pantalla para analizar la actitud de las dos guapas señoritas que al parecer esperaban algo bueno de él.
―Entonces si no lo haces ¡Escucha! Nosotras no vamos a desnudaremos para ti. ―replicó Sandra, la de cabello negro.
―Nosotras vamos a bailar desnuda ¿Y por qué tú no quieres ser parte del juego? ¡Eh! ―protestó Jesica, la de cabello castaño.
―Bueno, es que…
―¡Es que nada, coño! Los chicos tímidos no van con nosotras ¡Al retrete con eso! ―determinó Sandra.
―Intentamos ser atentas contigo y tú apareces con una actitud de cagada de mosca. ―protestó Jesica.
Desde el otro lado de la pantalla las chicas hablaban enojadas, poniendo tenso el ambiente, y obligando a que Roberto se manifestara con su espontaneo humor para alegrar las caras largas.
―¡Chicas! ¡Relájense! ―expresó el anfitrión―. Tan solo noten que el chico es tímido.
―Es frio y leche agría. ―acotó Víctor.
―¡Por favor chicas! ―intervino Andrés―. Mi hermano es un tipo conservador, no es como nosotros, pero no deja de ser un hombre.
―¡Sí! Es verdad. Hagan una excepción con la regla, él jamás se arrebata. ―comentó Roberto.
―¡De acuerdo! Pero pensaba que Guillermo era de mente más abierta. ―opinó Sandra.
―Yo pensaba lo mismo ¡Me decepcionó! ―acotó Jesica.
―No se decepcionen con el muchacho, él les puede hacer morder las sabanas en la cama ¡Eh! ―comentó Víctor, poniendo calor en el ambiente.
Guillermo por su parte soportaba los comentarios con sabor a broma que le hacían los otros. Pero las chicas que pertenecían a otro mundo, les gustaban que le hicieran bromas de tipo sexista.
―¡De verás él es capaz de eso! ―expresó Jesica con picardía―. Se dice que los hombres tímidos son los que mejores responden en la cama.
―Mi último novio era tímido. ―prosiguió Sandra―. El tipo era callado, reía poco, pero era genial en la cama. A mí me gustan los chicos que son así. ―contó la chica, riéndose con rubor.
―¿Por qué te gustan los hombres que son tímidos? ―le preguntó Roberto a Sandra.
―Porque he notado que sólo las mujeres con muy baja autoestima prefieren a los chicos extrovertidos para sentirse seguras de sí mismas. ―sustentó la chica.
―¿Tú piensas eso? ―indagó Víctor, sonriendo.
―¡Sí! Estoy segura que es así. ―aseveró Sandra.
―Pero en cambio los chavales que se creen muy extrovertidos son unos farsantes. ―añadió Jesica.
Los jóvenes charlaban con las chicas, viéndose por la imagen del monitor. Guillermo lucía callado, pero entusiasmado.
―En fin, aunque otros sean tímidos y algunos extrovertidos, los hombres son todos iguales. ―comentó Sandra.
―¡Sí! Son como un trozo de mierda de gato, que al día siguiente está más dura y apesta peor. ―acotó Jesica, sonriendo.
―Sí estuvieran a mi lado no dijeran eso. ―replicó Víctor, el más atrevido.
―¿Y por qué? ―reaccionó una de las chicas.
―Porque les hubiera bajado las tangas para nalguearlas. ―sonrió Víctor.
Los demás rieron por lo dicho.
―¿Tú serías capaz de hacernos eso? ―desafió Sandra a Víctor.
―Desde luego que sí, mi reina.
―Vestidas de esa manera a cualquiera provocan a que las nalgueen! ―dijo Roberto, enardecido.
―Más aún si sus glúteos se ven más sabrosos con esas tangas. ―deliró Andrés.
―Pero a mí, más me gusta que se les vea la luna de las entrepiernas…―comentó Víctor.
La manera en que las chicas estaban acicaladas hacía delirar a los jóvenes que no despegaban sus miradas de la pantalla. Ellas permanecían sentadas con las piernas cruzadas, tentado a los jóvenes.
―Quiero que se paren y se den una vueltita. ―sugirió Andrés.
―¡Vale! ¿Y para qué? ―preguntó Jesica sonriendo con malicia.
―Sólo quiero verles las colitas.
―¡Ah! ¡Con que se trata de eso! Bueno…
Con una actitud sumisa ambas chicas se pusieron de pie, y con un baile sensual de meneos atrevidos, se dieron una deliciosa vueltita, mostrando sus voluptuosos glúteos que se movían al ritmo de las palmadas de los chicos que enardecidos hacían alaridos como lobos en celos.
―¡Así! ¡Así! ¡Muévete! ¡Muévete nena! ¡Auuuu!
Animaron los chicos eufóricos.
Cuando las chicas volvieron a sentarse, la temperatura bajó, y los corazones volvieron a latirles despacio a los caballeros que por ellas se les había alterado la presión en esos segundos de calentura. No obstante, les quedaba la sensación de querer más.
―¿Y qué sorpresa nos tienen para hoy? ¿Cuál es el pato fuerte? ―incitó Andrés.
―Te lo diré después de que me digas lo que te sucedió en el rostro. ―propuso Sandra.
―Ah, me golpearon.
―Oh, qué pena. ―expresó Sandra conmovida.
―¿Y por qué? ―indagó Jesica asustada.
Al instante en que Sandra ajustaba la cámara de su computadora, Andrés procedió a explicarle el polémico acontecimiento que tuvo lugar en el liceo.
―Tuvimos una bronca con el más brabucón del colegio, pero les dimos una buena paliza. ―detalló el chico con auge.
―Claro, ya entiendo. Son esas típicas broncas que ocurren en el colegio. ―señaló Jesica con su acento español.
―Pero ya basta de tanta palabras que parecemos niñas, parloteando. ―protestó Roberto―¡Quiero acción!
―¡Sí! ¡Es verdad! ¡Queremos verlas en acción, nenas! ―enardeció Víctor.
―¡Tranquilo coño! ¡No se desesperen! ―expresó la de cabello castaño.
―Pero antes déjenme hacerle una preguntita a Guillermo que está muy callado. ―sugirió Sandra.
―Veo que te interesa mi hermano. ―precisó Andrés.
―Me fascinan los chicos que son así de tímidos y más aún si usan lentes. ―dijo la chica excitada―. ¿Tienes novia Guillermo? ―preguntó Sandra dirigiéndose al chico.
―¡Por ahora no! Pero a mi hermano tú le interesas demasiado. ―aseveró Guillermo.
El chico con su comentario, pretendía ponerse al ritmo del ambiente que provocaban las chicas quienes las estaban ignorando por haberse negado a la petición en bajarse el calzoncillo, y por eso querían fastidiarlo con la preguntita de que si tenía novia o no.
―¿Y cómo supones que tu hermano está tan interesado en mí? ―preguntó Sandra con curiosidad.
―Es que…―procedió Guillermo titubeando y a la vez mirando a su hermano.
―¡Es que se enamoró de ti! ―intervino Víctor, riéndose.
―La verdad es que mi hermano tiene fotos tuyas pegadas en su habitación. ―declaró Guillermo, sin saber que sus palabras afectarían a Andrés.
―¡En serio! ―gritó la chica ilusionada.
―Veo que alguien te ama. ―le dijo Jesica a Sandra.
―¿Es verdad lo que dice tu hermano, Andrés? ¿Me admiras tanto? ―preguntó Sandra al aludido.
―Tal vez, puede ser. ―pronunció Andrés incómodo y con una cara de tomate.
―Noto que es verdad. Él sueña contigo ¡Mira como está! ¡Ruborizado! ―supuso Jesica.
―¡Cállate coño! ¡No te burles! ¡Eh! ―increpó Sandra a Jesica quien se regocijaba.
―Pero que no ves que el chaval muere por ti. ―dijo Jesica.
En realidad Sandra era el amor platónico de Andrés que como toda obsesión él soñaba cada noche con ella, delirando en tener a una hembra como esa en su cama.
―¡Buen partido si la llegases a conquistar!
―¡Buen manjar el que te vas a comer por las noches!
―¡Hasta envidia me da!
Comentaban Roberto y Víctor, fastidiando a Andrés; su hermano no opinaba nada y sólo se sonreía.
Frente a las empalagosas bromas, Andrés se mantenía callado, asimilando que debía renunciar a sus ilusiones para evitar atormentarse por sueños imposibles. Pensó que no se puede llegar a la luna en bicicleta.
Hasta ese momento ninguno de sus dos amigos sabía de la profunda admiración que Andrés guardaba hacia una de las conejitas de Play Boy, pero Guillermo quien conocía muy bien a su hermano, de repente se le ocurrió revelar lo que para Andrés era un secreto.
―Mi hermano tiene una gran colección de tus fotos y de tus videos que los descarga de You Tube. ―continuó Guillermo, haciendo más revelaciones.
―¡Con que sí te gusta Sandra! ―descifraba Roberto.
―¡No pierdas tiempo! ¡Ya métete en el monitor para que la vayas a besar! ―bromeó Víctor.
―Noto que le has levantado pasiones prohibidas al chaval. ―acotó Jesica desde el otro lado de la pantalla.
―¡Cállate coño! ¡No fastidies! ―le reprochó Sandra a su colega de oficio.
En el aposento todos se reían, menos los aludidos. Sandra desde su dimensión y Andrés desde la suya eran los afectados por los bochornosos comentarios. Los dos chicos sonreían con esfuerzos a diferencia de los otros que reían con espontaneidad como Jesica que se regocijaba de Sandra a quien la codeaba para hacerla cómplice de las bromas, más su tonta compañera parecía mostrar un torpe rubor de adolescente, esto al no poder manejar con seguridad y madurez las emociones causadas al estar siendo fastidiada con Andrés, pero en fin ella soportaba las bromas. Ambas chicas tenían un año tratándose de manera virtual con Roberto, Víctor y Andrés, excepto con Guillermo al que acababan de conocer.
―¡Con que ya conocemos a la que te gusta! ¡Anda! ¡Decláratele! Quizás ella mañana tome un avión a Chile para venir a buscarte. ―persuadía Víctor.
―¡Ya! ¡Hazla tu novia! ―bromeaba Roberto―¡No seas tonto! ¡Aprovecha!
―¡Ese manjar no se lo prueba todo los días! ¡Mira la suerte que hoy tienes! ―añadía el otro amigo.
―¡Ya no molestes Víctor! ¡Basta de esto! ―reaccionó Andrés.
Sobre las bromas, finalmente Sandra pudo desahogar su impresión, dando al todo o al nada un buen gesto de simpatía por la gran admiración que Andrés inclinaba hacia ella. La chica antes de enfadarse por las bromas, mejor actuó con inteligencia.
―¡Vale! No sabía que me admirabas tanto. ―se alegró Sandra―. Me ilusionas, Andrés. No he conocido a ningún otro fanático que haya sentido tanta idolatría por mí.
Andrés presionado por las escandalosas revelaciones que su hermano había hecho, seguido de las bromas de sus amigos, tuvo que corresponderle a Sandra, la modelo de Play Boy.
―Te admiro como cualquier otro de tus fanáticos que ve tus videos y compra las revistas en la que apareces. ―comentó el chico.
―Pero noto mucho, que tu admiración va más allá de la cuenta. ―discurrió Sandra, sonriendo con picardía.
―No es así. Jamás me siento confundido en las cosas que siento. ―declaró Andrés, serio.
―Bueno baby. Quiero dejar claro que yo no pretendo nada contigo. Sólo me interesas que seas uno más de mis tantos admiradores. ―estipuló Sandra con frialdad.
Aunque las palabras de la chica habían sido determinantes para con Andrés, los demás siguieron alentando a su amigo al igual como Jesica a su compañera.
―¡No te eches para atrás, Andrés! ¡Mira! ¡Esta es tu oportunidad! ―alentaba uno de sus amigos.
―¡Cierra la boca Víctor! ¡Ya no jodas!
―Si yo fuera tú, esa muñeca ya fuera mia ¡No seas imbécil Andrés! ¡Decláratele! ―exhortaba Roberto.
―¡No quiero! ¡Basta de este juego! ¡Tengo dignidad! ¡Acaben con esto! ―reaccionó Andrés, enojado.
―¡Mi hermano desaprovecha las oportunidades! No entiende que cuando las mujeres dicen no, en realidad dicen sí. ―acotó Guillermo.
Los chicos molestaban al pobre Andrés, arrimándole sus huesos a la guapa modelo, pero en la otra dimensión Sandra también había perdido el respeto frente a Jesica, su compañera.
―No te hagas la difícil Sandra. Te caería bien tener un novio ¡Vale! ―le decía Jesica a Sandra.
―No amiga ¡Basta de joder! ―expresaba Sandra.
―Necesitas un novio, yo sé por qué te lo digo.
―Yo no quiero ningún macho, sola estoy mejor.
―¡Vale! ¡El amor sana toda enfermedad!
―¡En serio! Entonces… ¡Pasa tú!
―¡No gracias! Me gustan los tíos maduros.
Más adelante Sandra se reveló a ya no seguir siendo objetos de risas.
―Pero basta de tantas bromas. Si me siguen fastidiando no bailaré para vosotros. ―amenazó la bailarina.
Ante el enojo de ella, los chicos acordaron en dejar las bromas y las risas.
―De acuerdo. Dejaremos de molestarte.
―¡Sólo queremos verte bailar!
—¡Y que las dos se saquen las blusas!
—Y se bajen la tanga!
Dijeron los chicos.
Las guapas chicas se pusieron de píe con un alegre ánimo corporal. Jesica ajustó la cámara webcam para darles una mejor perspectiva a sus admiradores, a reglón seguido Sandra encendió un Cd Stereo que estaba en el piso a un costado de ambas. Con la música, y al ritmo del electro dance, las chicas empezaron a bailar para sus fanáticos.
Desde hace mucho tiempo que los chicos conocían a las modelos. Ellas cobraban una accesible cuota para realizar bailes eróticos en tiempo real por medio de la cámara.
Al ritmo de la canción, ellas se tocaban los senos, las piernas, recorriendo todo su cuerpo y haciendo como si se quitarían la ropa, pero al final no se quitaban nada y sólo se levantaban las blusas, dejando con ganas a los chicos.
―¡No paren mis reinas! ¡Desnúdense!
―¡Lucen rebuenas!
―¡Son unas diosas!
—¡Divinas y genias!
Gritaban los chicos, enloquecidos.
En los últimos minutos las chicas se liberaron de casi toda su ropa, quedándose sólo en tanga. El grupo de amigos se fascinaba al ver la desnudes de las modelos. Al final ellas terminaron bailando, sin brasier, con los senos al descubierto, y sólo con una pequeña prenda que cubría sus partes íntimas, así se despidieron, desconectándose del skype.
Roberto como siempre haciendo sus bromas pesadas, sorprendió a sus amigos.
―¡Chicos! ¿Quieren que le enseñen la erección del pico de mi pistola?
―¡Déjate de decir tonteras!
―¡Mejor enséñaselo a tu abuela!
Protestaron los chicos al creer que Roberto pretendía hacer una broma de mal gusto, él a veces se comportaba como un patán, pero las palabras del chico eran sólo de tono subliminal, porque en realidad se trataba de una pistola de 9 milímetros que se los enseñó a sus camaradas.
―¡Caray! ¿Y cómo obtuviste eso? ―preguntó Andrés, admirado.
―Se lo compré a un viejo conocido que me lo estaba rematando. ―respondió Roberto contento por tener esa arma.
―¡Deja verlo! ―sugirió Víctor―. Nunca he tenido en mis manos una de verdad.
―¡Adelante! Aquí tienes.
Enseguida Roberto le prestó la pistola a Víctor quien la tomó para mirarla con tanto interés y de manera minuciosa.
―¿Tiene balas? ―indagó Guillermo.
―Cómo siempre Guillermo, haciendo la pregunta de cajón. ―se burló Roberto.
―¿Cuál es el propósito de tener esa arma? ―insistió el chico de lentes.
―Con esas preguntas deberías ser periodista político o policía de criminalística. ―acotó Víctor riendo con sarcasmo.
―La verdad es que no tengo balas. Pero mañana iré a comprar. ―dijo Roberto.
Cuando los chicos terminaron de manosear la pistola, volvieron a sentarse para recordar a las modelos de Play Boy. Las dos chicas españolas lo habían llevado al cielo del cual de poco aterrizaban.
―Vaya, qué hembras esas dos.
―Si tan sólo las tuviera una noche en mi cama.
―Son unas cualquieras, pero se hacen de rogar.
―Mujeres como esas sólo sirven en la cama.
Charlaban los jóvenes delirados por las chicas.
Por un momento más continuaron hablando de las bailarinas y bebiendo cerveza, cosa que era incitando por Roberto que aseguraba tener muchas botellas en la nevera como para hacer una fiesta. Además el dueño de la casa propuso un brindis por haber hecho revolcar a Alfonso el archí rival del grupo de amigos.
Justo cuando el licor empezaba hacer efecto en los cerebros de los chicos, cada quien tomó rumbo hacia sus respectivo hogares, excepto Roberto quien al ser el anfitrión se quedó a ordenar su habitación para desaparecer las evidencias, y así sus padres no lo reprendieran por traer amigos al condominio de la familia.
CAPÍTULO III
16: 00 Pm
Tras haber abandonado la residencia de Roberto, los tres chicos caminaron con dirección hacia la avenida en donde antes se habían quedado. Apenas pasaron sus respectivos autobuses Víctor y los dos hermanos tomaron destinos hacia sus rumbos. La tarde ofrecía un sol radiante que de repente había aparecido, relegando el cielo nublado de horas anteriores.
En el trayecto Andrés y su hermano no se dirigieron la palabra a pesar de que iban en el mismo asiento. El chico estaba tan enojado con Guillermo debido a que lo ridiculizó frente a la modelo de Play Boy.
Al transcurrir unos cuarenta minutos, los hermanos llegaron a su casa situada en un barrio por las zonas más apartadas de Santiago. La pequeña villa se estructuraba con cuatro paredes pintadas de un blanco pálido por el desgaste y un tejado remendado, aparte de las ventanas de madera apolillada. El patio por el descuido tenía una mala hierba que al ver la casa parecía que fuese una guarida de perros y gatos, pero en realidad ahí vivían personas. La cruda realidad mostraba la mala economía de la familia.
En su hogar, los chicos tomaron una ducha, turnándose uno a la vez. El agua los ayudó a sacarse de encima la resaca de la leve embriaguez por haber estado bebiendo cerveza en la casa de Roberto. Además querían evitar que sus padres sospecharan de eso para cuando llegaran de trabajar.
Al atardecer llegaron sus padres, y se percataron de los golpes que Andrés tenía en su rostro. De inmediato se armó una tensa discusión que echaría a perder el resto de las horas. Su madre más que todo se hallaba enfurecida al descubrir que sus hijos andaban metidos en problemas. Los dos hermanos para evitar los regaños, tuvieron que salir por un momento de su hogar.
Fueron a un parque, allí los dos chicos se tomaron unos minutos para caminar juntos en silencio por las sendas y bajo los árboles en la que sus ramas se movían en vaivén por la corriente de un viento helado. De la noche, no había luna, ni estrellas, y en el parque el alumbrado iba encendiéndose faro por faro, iluminando el paisaje. Hacía frio, razón por la cual ambos bostezaban. Al querer charlar, se sentaron sobre una larga butaca de varas de fierro, bajo una acacia; en medio de columpios y resbaladeras.
―Qué maldito el frio que hace ¿no verdad? ―comentó Andrés para dar inicio a una conversa.
―Qué maldito el día que hemos tenido, eh. ―dilucidó Guillermo, sonriendo a medias.
Antes de que tocaran el tema de fondo, dejaron prevalecer un instantáneo silencio para después proseguir.
―Si es que acaso tenemos algo de qué hablar, debemos hacerlo sin la intervención de nuestros padres. ―prosiguió Andrés.
―Sí, es lo mejor. ―dijo su hermano calmado y serio.
―No quiero que nuestros problemas pesen aún más. Nos podemos agobiar. ―acotó Andrés.
Los jóvenes se quedaron en silencio por una segunda vez, y en ese lapso Guillermo se acordó de ciertas costumbres que su hermano había tenido últimamente.
―Ahora entiendo que cuando te ibas con Víctor a la casa de Roberto, era para ir a ver a esas chicas. Por eso llegabas tarde a casa. ―recordó el hermano menor.
―Lo admito, es así como dices. ―asintió Andrés con culpabilidad―¿Pero tú no me delatarás con nuestros padres?
―No lo haré. Pero prométeme que dejarás de hacerlo o si no entonces te delataré.
―Ah ¿Me amenazas?
―No te amenazo, Andrés. Sólo quiero que dejes…
—¿Dejar qué?
—De ver a esas chicas o te van a hacer daño.
―¿Hacerme daño? ¿En qué sentido?
―Ellas te pueden hacer un daño emocional. ―especificó Guillermo.
―¿Qué es eso? ―preguntó Andrés riendo con burla.
―Aunque te parezca tonto, ellas son más listas que todos ustedes que se reúnen a verlas. Si siguen así, creo que no van a terminar bien. ―pronosticó Guillermo.
―¿De veras crees que algo malo nos va a pasar? ―pensó Andrés con seriedad.
―Tan sólo las conocen de manera virtual.
―¿Y eso qué?
―Si quieren conocer algunas chicas búsquenla en la vida real ¡Inténtelos! ―reanimó Guillermo.
―¡Ah! ¡La vida real es una recontra mierda! ¡Eso es la vida real! ¡Una mierda! ¡Sí! ―criticó André alterado.
―Ni hablar. Yo sólo quiero evitar a que pases por cosas negativas. ―precisó el hermano menor.
―¿Por qué te preocupas tanto por mí, Guillermo?
―Eres mi hermano, y deseo lo mejor para ti.
―Pero me hartas que vivas aconsejándome.
―Lo hago porque me doy cuenta que eres muy inmaduro a pesar que eres mayor que yo. ―recalcó Guillermo.
―No soy inmaduro. Me gusta hacer lo que se me viene en ganas que es muy diferente. ―objetó Andrés, mirando a su hermano a los ojos.
―Eso está mal. ―señaló Guillermo―. Debes ser prudente.
―Y hablando de prudencia, no olvido aún que me hiciste quedar como un imbécil cuando estábamos en la casa de Roberto. ―reclamó Andrés enojado―. Eso no fue prudente.
―Con respecto a eso, te quería pedir disculpas, creo que me sobrepasé. Lo siento hermano. ―asintió Guillermo con expresión lastimera.
―¿Por qué lo hiciste?
―No lo sé. ―expresó Guillermo desconcertado―. Quizás sólo quería romper la burbuja de mi timidez, y para eso se me ocurrió contar algo tuyo para llamar la atención.
―Hiciste mal. Pasé un pésimo momento.
―Lo sé.
―Me arruinaste el resto de la tarde.
―Lo siento Andrés, no creí que eso te incomodaría tanto. Discúlpame.
―Es cierto que tengo algunas fotos de Sandra pegadas en mi habitación, pero no era necesario que lo dijeras. ―manifestó Andrés con apacibilidad, aceptando las disculpas de su hermano.
―Prometo que seré cuidadoso para evitar ofenderte. ―sostuvo Guillermo.
Los chicos se quedaron callados, mirando al suelo en donde habían hojas secas esparcidas, hojas secas que desprendía una acacia enraizada detrás de ellos. Al retomar la charla abordaron otro tema, y mejor hablaron de cosas importantes en sus vidas.
―A veces me gustaría que de poco dejemos de depender de nuestros padres. ―comentó Andrés, entrando en razonamiento.
―No te entiendo ¿Dime qué tratas de decir? ―solicitó Guillermo, sorprendido.
―Es que siento que ya somos un poquito grandecitos para ir pensando en ser independientes. ―explicó Andrés.
Las palabras del chico hicieron que Guillermo se quedara pensativo, analizando lo que acababa de decir su hermano.
―Con que hayas dicho eso, has pensado inteligentemente.
―¿Por qué te sorprendes? Yo siempre pienso de manera oportuna. ―replicó Andrés.
―¿Ah sí?
―¡Sí! Lo que pasa es que a veces mi poco humor no me deja razonar de manera oportuna. ―sostuvo Andrés.
―Bueno, como sea. ―comprendió Guillermo―. ¿Pero por qué piensas que ya debemos de ir independizándonos?
―Lo digo porque tú tienes dieciséis y yo dieciocho ¿No crees que ya empezamos a ser adultos?
―Es verdad. Pero aún no somos autosuficientes.
―Podemos ir a buscar un empleo y así generar nuestros propios ingresos. ―propuso Andrés.
―No es mala la idea, pero aún no me encuentro preparado para ser independiente. ―acentuó Guillermo.
―Deberíamos intentarlo. ―prosiguió Andrés.
―¿Por qué tanto insistes en eso? —preguntó Guillermo.
―Bueno… Los problemas constantes que tienen nuestros padres, me están agobiando. ―repuso Andrés.
―En realidad con que esa es la razón. ―entendió Guillermo.
―Así es. ―reconoció Andrés―. Siento que soy muy joven para amargarme a causa de sus problemas.
―Yo pienso igual, pero sé llevar los problemas para que no me pesen demasiado. ―enfatizó Guillermo.
―¿Y cómo lo haces? ―sonrió Andrés incrédulo.
―Vivo cada día a plenitud como si fuese el último, y cuando estoy en el colegio trato de olvidarme de todo lo negativo para evitar la apatía. ―determinó Guillermo.
―Lo dices como si fuese una saludable receta. ―bromeó Andrés.
―A mí me ha funcionado, créelo.
―Para mí no hay recetas, ni medicina que me hagan cambiar. ―añadió Andrés con arrogancia.
La conversa cesó por un instante. Guillermo se pudo fijar en la aceptable actitud que mantenía su hermano a pesar de haberlo fastidiado con la modelo cuando estaban en la casa de Roberto.
―Creí que no me volverías hablar durante un par de semanas por haber revelado frente a Sandra lo mucho que tú la admirabas. ―comentó Guillermo.
―En realidad estaba muy enfadado. Pero como siempre el coraje se me pasa enseguida. ―declaró Andrés.
―Es bueno que no seas tan rencoroso conmigo. —pensó el chico de lentes.
―Olvídalo. Hay algo que más me importa. ―señaló el hermano mayor preocupado.
―¡Ah! ¿Cómo qué? ―buscó aclarar Guillermo.
―Me refiero a lo que sucedió hoy en el colegio. ―preciso Andrés.
―No deberías obsesionarte tanto con eso.
―En realidad nos hemos metido con alguien de peligrosidad. ―aseveró Andrés.
―Ya sé quién te preocupa. —imaginó Guillermo.
―Sí. Alfonso, y también el rector. ―resumió Andrés.
―¿Y por qué los dos al mismo tiempo? ―se preocupó Guillermo.
―Cuando íbamos en el autobús, Roberto me comentaba que hace unos años atrás, antes que nosotros llegáramos al colegio, un alumno apareció en los baños asesinado con una apuñalada. ―contó Andrés.
―Vaya. Con que el colegio ha tenido crímenes. ―expresó Guillermo sorprendido―¿Y de quien se sospechó?
―De Alfonso. Pero según Roberto, el rector siempre obstaculizaba las investigaciones como si ocultara algo. ―manifestó el hermano mayor.
―Eso suena alarmante. —expresó Guillermo.
―Por lo que entendí, Roberto conoce bien el tema y sabe quiénes son Alfonso y el rector. ―argumentó Andrés.
―Es que Roberto es un alumno antiguo a diferencia de Víctor y nosotros que en este año vamos a cumplir dos periodos lectivos, estudiando allí. ―precisó Guillermo.
―Por las cosas que he visto entre el rector y Alfonso, hay algo que los une y los hace cómplices. ―discurrió Andrés.
―Entonces tratas de decir que tenemos dos enemigos con los cuales debemos ser cautelosos. —insinuó Guillermo.
―Sí. De ellos debemos de cuidarnos o seremos unos más de sus víctimas. —dijo Andrés.
―Ya sabíamos que a Alfonso se lo acusa de asesino, pero de haber matado a alguien dentro del colegio me pone aún más en alerta. ―inquietó Guillermo.
―Al final siento que no podemos reñir con él fácilmente cuando el rector, y todos en el colegio están de su lado. Con eso, podemos salir perdiendo. ―previno Andrés.
―Es verdad, el viejo del rector se hace el ciego y le permite que él realice sus negocios sucios como en vender droga en el colegio. ―sostuvo el hermano menor.
―Lo peor es que en el colegio con casi todos él se lleva bien. Tiene gente a su favor. ―acotó Andrés.
―Eso no lo creo. ―contradijo Guillermo.
―¿Qué no lo crees? —reaccionó Andrés.
―Únicamente él es amigo de los drogadictos del colegio que le compran su porquería. ―rectificó el chico de lentes.
―Pero Alfonso y sus amigos son más que nosotros. Él tiene más influencias. ―aclaró Andrés, meditativo.
―Tal vez, puede ser. ―concordó Guillermo―. Porque cuando Alfonso a veces falta a clases, muchos preguntan por él preocupados.
La noche se desarrollaba en medio de un ambiente frio. Dentro del parque los dos hermanos eran los únicos que estaban allí, no había nadie más por esos rumbos que solo ellos. Aún así siguieron charlando.
―Todavía no me has dicho lo que charlabas con Alfonso en el colegio. ―indagó Andrés dirigiéndose a su hermano.
―En realidad no estábamos charlando. Jamás haría vida social con un delincuente como ese. ―aclaró Guillermo.
―¿Y entonces por qué te vi conversando con él? ¿Acaso me equivoco? ―prosiguió Andrés.
―Él se me acercó para reclamarme porque se había percatado que tú y yo mirábamos a su novia. ―manifestó Guillermo.
―Ah, era por eso ¿Pero te amenazó? ¿Te dijo algo?
―La verdad es que discutimos. Ya sabes, Alfonso es un animal.
―Ese puto infeliz es así…
―Pero no me quedé callado, me supe defender.
―¿Qué le dijiste a ese tipo?
―Déjame recordar. Mmmm….
―Le dije que si sentía celos por haber mirado a su chica era un síntoma de baja autoestima. ―detalló Guillermo.
―¡Esa estuvo buena! ―se regocijó el hermano mayor—. Pero si te vuelve a molestar, dímelo para darle guerra.
―En realidad tuvimos un momento hostil, pero no hace falta que me defiendas Andrés. Yo puedo solo. ―reivindicó el joven.
―También vi que después Priscila hablaba contigo.
―Ella se acercó porque se percató que su novio y yo discutíamos.
―¿Y qué hizo ella?
―Calmó el ambiente, y mencionó que quería hablar conmigo.
―¿Contigo? ¿Y para qué? ―reaccionó Andrés alarmado.
―No lo sé…
―Ten cuidado con ella. No profundices amistad con Priscila.
―¿Por qué? ―refutó Guillermo―. Yo puedo ser amigo de quien yo deseé.
―¿Acaso se te olvida que somos enemigos de su novio? ―previno Andrés.
―Pero no de ella. ―especificó el chico de lentes.
Andrés por su parte suspiró con preocupación. Los sucesos de ese día lo perturbaban.
―Lo que no sabes es que después del receso discutí con ella. Me abofeteó. ―declaró Andrés.
―¿En serio? ―expresó Guillermo sorprendido.
―Así como lo escuchas.
―De seguro la ofendiste.
―Sí. Lo admito.
―¿Qué le dijiste?
―En resumen: la traté de puta.
―Entiendo. Con que fue eso.
―Y no sabes cuánto la odio por la bofetada que me dio.
Los chicos terminaron de charlar para luego marcharse del parque con rumbo a su hogar. La noche era fría que provocaba sueño. Por la madrugada Andrés se desveló. El chico estaba muy obsesionado con la bronca en la que se había metido. Sentía temor debido a que su enemigo era peligroso. Aparte de eso le aparecía otro problema más. Su hermano pretendía amigarse con Priscila, la novia de Alfonso.
Los agudos pensamientos del chico lo hicieron caer en insomnio. Permanecía en su cama dando vueltas sin poder reconciliar el sueño, razón por la cual se levantó para ir a la sala. Como no había merendado aprovechó el momento para buscar en la nevera algo que comer. Se sirvió leche fresca, y se preparó un sanduche de jamón con queso.
Con el refrigerio Andrés se fue a sentar en unos de los sofás de la sala. Prendió la luz, y estando allí se llenó de nostalgia al ver un retrato que posaba sobre una mesita ubicada en medio de los muebles. En la foto él aparecía abrazado con su hermano, sonriendo con brillantes, y mostrando los rasgos que ambos tenían en común como el cabello y los ojos negros.
La foto se los habían tomado en la playa de Viña del Mar en un paseo que juntos hicieron en marzo del 2008, hace dos años cuando todavía Guillermo no utilizaba lentes y Andrés no sufría de alguna desdicha por una chica. Por ese año los hermanos estudiaban en un liceo privado en donde lo pasaban muy bien, hasta que la crisis los afectó y entonces tuvieron que matricularse en el colegio fiscal del cual venían cursando los dos últimos periodos.
La noche estaba un poco rígida. Andrés permanecía pensativo, sentado en uno de los muebles de la sala, comiendo lentamente su sanduche, hasta que apareció su hermano que lo reprendió al verlo comer de madrugada.
―¿Por qué comes a estas horas? No es bueno.
―Tuve ganas de comer. No me siento bien. ―justificó Andrés.
―¿Qué no te sientes bien?
―Sí. ¿Y qué haces levantado tú?
―Escuché que te despertaste y aproveché para ir a tomar agua.
―Ah, bueno. ―dijo Andrés con desgano.
En ese instante Guillermo abrió la nevera para servirse un vaso con agua fresca. Después acudió al sanitario a orinar, y a continuación fue a sentarse a lado de su hermano.
―Pude oír que clamabas. ―se percató Guillermo―¿Acaso tenías pesadilla?
―Sí, un par de sueños extraños. ―declaró Andrés―. También desperté algo nervioso.
―Presiento que algo te preocupa. ―sostuvo Guillermo.
―Siento como una ansiedad. —expresó Andrés―. Será porque estoy obsesionado con el pleito en el que nos hemos metido.
―Puede ser por eso. —pensó Guillermo.
―Aunque también me duele la nariz por los golpes que recibí del infeliz de Alfonso en la pelea. ―continuó Andrés.
Guillermo le miró la nariz a su hermano, y luego de examinarlo acudió a buscar mentol en el botiquín de la casa para que Andrés se pudiera aliviar. Cuando el chico volvió a sentarse a lado de su hermano, lo aconsejo:
―No debes de preocuparte tanto por lo que sucedió en el colegio. ―le dijo Guillermo a Andrés, entregándole la cajita de ungüento.
―¿Crees que estoy exagerando? ―interrogó Andrés.
―Sí, un poco.
—¿Un poco? Menos mal.
―Lo que si me preocupa es que vayas a la casa de Roberto a verte con esas chicas. ―discrepó Guillermo.
―He pensado que estoy perdiendo el tiempo con eso. Al final no he tenido lo que he anhelado. ―sostuvo Andrés, decepcionado.
―Con que esa es tu conclusión. ―expresó Guillermo admirado.
Andrés, estuvo por un minuto inmóvil, mordiéndose los labios como pensando en algo que iba a decir hasta que al canalizarlo pudo manifestarse.
—Me arrepiento de perder el tiempo en cosas inútiles.
―Eso quiere decir que ya no irás a la casa de Roberto.
―Si es por cosas positivas si iré, pero por negativas ya no.
Ambos se marcharon hacia sus respectivos aposentos a seguir durmiendo. Andrés había logrado relajarse, pudiendo reconciliar el sueño. Eran a las tres de la madrugada del viernes. Los dos chicos tenían que levantarse a las cinco con cuarenta para alistarse y desayunar. A las seis como de costumbre tomarían el autobús para estar a las siete en el colegio. Un día de rutina, pronto los esperaba.
Viernes 7 de mayo del 2010
06: 30 Am
Los hermanos salieron de su casa para cumplir con otro día de clases. Llegaron hasta un paradero de la carretera para esperar el autobús. En los pocos minutos que estuvieron en el paradero, los hermanos dialogaron.
―¿Y cómo pasaste el resto de la noche? ─le preguntó Guillermo a Andrés.
―Después de tranquilizarme, pude dormir.
―Qué bien. Pero tu nariz no ha mejorado mucho.
―Sí, me percaté que la hinchazón no se ha desinflamado aún.
―Lo mejor para eso es el hielo. —recomendó Guillermo.
―Realmente mi nariz no me preocupa tanto.
―¿En serio? Pero luces mal así.
―Eso no importa. Lo que me preocupa es que alguien aparte de Alfonso me pone en alerta. —sostuvo Andrés.
―¿A quién te refieres exactamente? —indagó Guillermo.
―Se trata de Roberto.
―¿Por quéél? ¿Acaso no es tu amigo?
―Recuerdas que ayer cuando estuvimos en su casa, nos enseñó un revolver.
―Sí, lo recuerdo claramente ¿Y eso que te hace pensar?
―Pienso muchas cosas. ―dijo Andrés―¿Pero por quéél tendría un revolver?
―Dijo que se lo habían vendido.
―Puede ser.
―Pero no seas paranoico, Andrés.
―No soy paranoico, soy prevenido.
―Debes de dejar tus sicosis o sino tendrás desvelos como anoche por la ansiedad y la preocupación. ―aconsejó Guillermo a su hermano.
A lo lejos de la carretera, los chicos alcanzaron a divisar la aproximación del autobús que a diario los llevaba a su colegio. Cuando abordaron el medio de transporte, siguieron charlando del mismo tema.
―La actitud que ayer vi de Roberto, no me gustó para nada, y me dejó pensando. ―prosiguió Andrés.
―¿A qué actitud te refieres? ―preguntó Guillermo.
―A la ocurrencia que tuvo en matar a Alfonso, diciendo que si no lo hacía, él lo mataría. ―recordó Andrés.
―Sí, es verdad. Él dijo eso.
―Presiento que esos dos tienen un pleito aparte.
―¿Por qué será? ―murmuró Guillermo.
―No lo sé. Pero Roberto tiene más tiempo que Víctor y nosotros, estudiando en el colegio. ―manifestó Andrés.
―Pueda que esos dos tengan un pleito antiguo. ―pensó el hermano menor.
El exceso de pasajeros en el autobús obligaba a los chicos en ir de pie, rozando con la gente, cosa que no les agradaba. La aglomeración los aturdía, pero como ya estaban acostumbrados lo sabían soportar.
―Sólo espero que las cosas hoy estén mejor. ―comentó Andrés.
―O pueda que estén más tensas que ayer. ―prosiguió el chico de lentes.
―No me gustó la presencia de eso sujetos en motocicletas que ayer llegaron a la hora de salida. ―enfatizó Andrés.
―Sí. Eso me dejó pensando. ―concordó Guillermo.
Los chicos tuvieron que cesar en su conversa por el exceso de pasajeros. A esa hora en que muchos iban a sus trabajos o a cumplir con sus obligaciones diarias, era imposible ir sentado. Apenas se podía ir parado sobre el pasadizo en donde el pasar constante de los pasajeros incomodaba hasta hinchar las pelotas.
El liceo en donde estudiaban los chicos era estatal. Tenía un territorio de doscientos metros por cuadrado, y una enorme edificación de dos pisos con doce aulas grandes. En los salones de educación media, había un segundo paralelo por cada curso. En cambio en los salones de educación básica, había hasta un tercer paralelo, acogiendo en total a casi quinientos alumnos sólo en jornada matutina. El colegio tenía unos noventa años de fundación, siendo uno de los más emblemáticos y antiguos de Chile. En el año 2009, gracias al gobierno, el liceo fue remodelado con una excelente infraestructura.
El colegio tenía una cancha grande, gimnasio, piscina, estudiaban chicas muy bonitas. Además había un laboratorio de corte científico y una gran sala de cómputo. Aparte de eso se jactaba de un buen lugar de recreación como los que hay en un Highs School de los hijos de la burguesía con matices de primer nivel. Por último se había creado un taller de electrónica en la cual unos maestros chinos, como labor voluntaria enseñaban a los alumnos cada jueves a fabricar sus propios robots.
Aquel liceo estaba equipado para las exigencias del siglo XXI. Pero sus paredes por décadas habían sido testigos de crímenes y malas sospechas de acontecimientos negativos efectuados allí. Muchos alumnos habían sido expulsados por encontrársele droga en su poder. Esa reputación del liceo no se lo podía cambiar por más que se pintaran las paredes de diferente color cada semana.
Al pasar una hora los jóvenes llegaron a su colegio. Cuando los dos chicos ingresaron, lo sorprendió un ambiente muy agitado. Todos los alumnos en vez de estar en sus aulas, se hallaban alborotados en la explanada prestando atención a un hecho que al parecer era grave. Por la conmoción había un enorme tumulto que no dejaba en donde poner el pie. El centenar de cabezas impedía ver más al fondo de la perspectiva. El murmullo de los alumnos era confuso. Se comentaban cosas raras que los dos hermanos no entendían. Pero una señal apuntaba en donde estaba el problema. Por las gradas se veía a los profesores actuando con nerviosismo, mientras se agachaban como si estuvieran atendiendo a alguien que estaba caído en el suelo. Aquella escena hizo llenar de curiosidad a los dos hermanos.
―Veo a los profesores que están muy ajetreados. ―descifró Andrés― Deberíamos ir hacia allá para ver lo qué sucede. ―sugirió el chico.
―Bueno ¡Vamos! ―concordó su hermano―. Creo que se trata de unos heridos.
―¡Démonos prisa!
Los dos chicos emprendieron pasos para abrir camino rumbo al objetivo, y ver lo que en realidad sucedía, pero la aglomeración de alumnos complicaba el proyecto. Un claro presentimiento en ambos los alertaba de cosas negativas. Los dos hermanos lucían preocupados y nerviosos. Lo extraño era que entre los cientos de estudiantes no se encontraban con sus amigos Roberto y Víctor, peor aún con sus antagonistas Alfonso y Priscila quienes al ser los chicos más populares del colegio debían estar por allí.
―¡No entiendo nada! ¿Qué ocurre en realidad? ―indagó Guillermo con una voz inaudible por el murmullo.
―¡Cachay! No lo sé aún. ―contestó Andrés quien apenas pudo oír a su hermano.
―Esto es extraño. ―dijo el hermano menor.
―¡Sí! Presiento que no es nada bueno. ―expresó Andrés con preocupación.
―Pero tratemos de llegar hasta allá. ―alentó Guillermo.
Para los dos hermanos era difícil de entender lo que sucedía. La ola humana los aturdía confundiéndolos con murmuraciones imprecisas. Se respiraba una agitación enorme que alteraba los nervios. A medida que ellos dos buscaban abrir camino hacia el objetivo, el aire se volvía más agudo por la aglomeración de alumnos. Había que soportar arañazos, pisotones, roces incomodos, debido a que todos deseaban llegar al lugar de los hechos, sin embargo sólo hacían sofocarse y apretarse aún más como frejoles enlatados.
En medio de todo eso se oía un par conversaciones.
―Pero aún están vivos.
―Menos mal.
―Espero que estén bien.
Rumoraban consternados algunos alumnos, y en compañía otros lo seguían en el drama, adjudicando el hecho como resultado de profecía.
―Estas son señales que el apocalipsis está cerca.
―Sí, la gran ramera y el dragón de siete cabezas.
―¿Qué pasa con esos dos?
―Han fornificado.
―¿Fornificado? ¿En dónde?
―En el colegio.
―¿Cuándo? Qué no los vi.
―Oh, tu ignorancia.
―¿Qué dijiste?
―Mejor iré a prenderle una velita a la Guadalupe.
Conversaban varios alumnos, y el que ignoraba estos temas se burlaba.
La situación se puso espeluznante para los alumnos cuando oyeron las sirenas de dos ambulancias que se detuvieron frente al portal del colegio como buscando ingresar. En medio del tumulto de estudiantes, se observó al profesor de matemáticas que salió corriendo hacia el portal para ayudar a despejar el área, y permitir que las ambulancias entraran.
―¡Despejen el área! ¡Van a entrar las ambulancias! —gritó el profesor.
Mientras los alumnos despejaban el perímetro se oía que se peleaban por el enredo de la aglomeración.
―¡Idiota! Me pisaste los pies.
―Disculpa.
―¡Me tocaste la nalga!
―Lo siento, fue sin querer.
―¡Por qué me empujas!
―Yo no te empujé.
―¡Sí! ¡Tú fuiste imbécil!
Después se oyó las sirenas de dos patrulleros que más atrás llegaron, invadiendo el colegio. Los dos hermanos levantaron las puntas de los pies para ganar estatura sobre los demás y alcanzar a ver los pormenores, sin embargo apenas veían a los policías que al parecer llegaban a investigar algo. Andrés y Guillermo de poco imaginaban lo que sucedía, aunque no del todo.
―La policía tiene un buen motivo al haber llegado aquí. Algo grave ha pasado. ―manifestó Andrés.
―Espero que sea lo que sea no tenga relación con la pelea de ayer con Alfonso. ―comentó Guillermo.
―Tratemos de buscar a Víctor y a Roberto. Ellos deben de saber lo que ha ocurrido. ―sugirió Andrés.
―¡Sí! ¡Busquémoslos pronto! ―expresó Guillermo.
―Pero a esos dos no los veo por ninguna parte. Se han perdido ¡Qué raro! ―manifestó Andrés inquietado.
―Por el historial del colegio, supongo que no es la primera vez que llega la policía. ―pensó el hermano menor.
―Lo creo. ―concordó Andrés―. Pero mejor vayamos hacia las ambulancias para ver de quienes se trata. ―propuso el chico.
―Hay algo curioso.
―¡Qué!
―Que si son dos ambulancias, supongo que son dos los afectados. ―discurrió Guillermo.
―¡Ya lo imaginaba!
―¡Pero mejor vayamos allá!
―¡Vamos! ¡Andando! ―alentó Andrés.
En medio de tropiezos, manotazos y empujones, los dos chicos lograron abrir camino y avanzar hasta aproximarse a unos ochos metros a las ambulancias, mismas que podían ver escasamente entre el centenar de hombros y cabezas. La aglomeración humana era su mayor obstáculo, impidiéndoles llegar más cerca al lugar de los hechos y saber quiénes eran los protagonistas del drama. Entre el bullicio y el alboroto, apenas se escuchaban a los profesores exigirles a la multitud de estudiantes que se alejaran.
―¡Despejen el área, chicos!
―¡No se aglomeren!
―¡Colaboren por favor!
De igual manera los paramédicos también reprendían a los estudiantes, obligándolos a que se alejaran del contorno para que despejaran el área, pero al parecer todos hacían caso omiso y persistían por estar más de cerca de la escena. A pesar de la poca colaboración de los estudiantes, los paramédicos trabajaban rápido para brindarles los primeros auxilios a los afectados.
―¡Subámoslo a la ambulancia!
―¡A la cuenta de tres¡
―¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Ahora!
En total eran cuatro paramédicos que habían llegado. Dos por cada ambulancia.
―¡Inyéctenle diclofenaco!
―¡Hay que mantenerlos despiertos!
―¡Sí! ¡No dejen que se duerman!
―¡Y si se duermen pónganles el oxígeno!
Hablaban los paramédicos, ajetreados.
Por su parte, los dos hermanos aún no habían averiguado nada, ni la razón del hecho. Seguían en suspenso.
―Son un par de heridos.
―Por lo que noto, están un poco grave.
Charlaban los dos hermanos nerviosos.
Por el choque de ánimos que coexistían en el ambiente, se entendía que era un par de alumnos heridos de gravedad, pero para los dos hermanos era imposible de conocer a los susodichos y peor aún las razones del hecho.
―¡Mira!
―¿Qué?
―Ahí está el viejo del rector.
―Ajá. Y se lo ve nervioso.
―¿Qué pasará?
Murmuraron los dos hermanos.
En la escena se podía ver al rector caminando preocupado alrededor de las ambulancias, mientras fumaba un cigarrillo. Hasta tanto Guillermo y Andrés se mantenían muy nerviosos, mirándose el uno hacia el otro, comunicándose por gestos para asimilar el ambiente pesado que se sentía.
En medio del disturbio de alumnos, se toparon sorpresivamente con Sara, a ella se la conocía por saber de todo lo que acontecía allí, además de su llevar y traer de chismes que recogía en los pasillos del colegio.
―¡Hey! ¡Y ustedes por qué no están con sus amigos!
La chica los abordó, hablándoles por detrás. Como ella estaba a sus espaldas, los dos jóvenes voltearon sorprendidos hacia Sara.
―¿Cuáles amigos? ―preguntó Andrés con rigor.
―¡Como que cuáles amigos! ¡Me refiero a Víctor y a Roberto! ¡Los babosos de su grupo! ¡Cachay! ―dijo ella alterada.
―¿Y qué sucede con ellos dos? ―averiguó Guillermo, nervioso.
―¿Qué acaso no lo saben? ―se indignó la chica.
―No sabemos de qué nos hablas. ―esclareció Andrés.
―Acabamos de llegar hace poco. ―sostuvo el otro chico.
―¡Amigos! Lamento decirles esto. A ellos los dispararon. ¡Los dejaron mal heridos! ―reveló la chica, asustada.
—¿Y cómo pasó eso? —insistió Guillermo alterado.
—Venían juntos al colegio, y los disparó un motociclista. —mencionó Sara.
―No puede ser. Lo quisieron matar. —expresó Andrés nervioso.
A los dos hermanos la mañana se les acababa de arruinar por la mala noticia. Enseguida ambos pensaron que eso se relacionaba con la pelea del día anterior con Alfonso. Sin perder tiempo, los dos chicos emprendieron pasos hacia las ambulancias, haciendo camino en medio de la espesa aglomeración para poder llegar a los vehículos, pero a pesar de los esfuerzos fue tarde. Las puertas de las ambulancias acababan de ser cerradas para dirigirse al hospital. No obstante los dos chicos habían logrado salir del acalorado tumulto, teniendo la facilidad de encontrarse con el profesor de matemáticas, el señor Francisco Torres a quien le preguntaron por lo ocurrido.
―¡Maestro! ¡Qué ha sucedido en realidad! ―lo abordó Andrés, alterado.
―¡Tranquilízate! ¿Sí? ¡Necesito hablar con ustedes ahora! ¡Acompáñenme! ―sugirió el maestro ajetreado.
Los dos chicos junto con el profesor se alejaron de la aglomeración de alumnos que de poco iba despejándose. Los tres tomaron rumbo hacia la parte posterior de las aulas, por ahí era un sitio desolado en donde los árboles y arbustos hacían como a manera de guaridas, razón por las que muchos estudiantes lo frecuentaban para consumir drogas. Estando por esa zona, pudieron hablar del tema sin preocuparse de que alguien los escuchara o los viera.
―Aun no entiendo nada. Explíquemelo. ―manifestó Guillermo.
―Chicos, esto es grave. Y si el hecho tiene relación con Alfonso, ustedes corren peligro. ―enunció el maestro.
―¿Pero por qué? ―expresó Andrés indignado.
―Porque después de la paliza que le dieron, él jamás se quedaría con los brazos cruzados. ―prosiguió el profesor.
―Yo pienso lo mismo. Alfonso pudo haberse vengado. ―alegó Guillermo.
―Pero sólo es una simple sospecha. Aún no hay pruebas claras. Los rumores no sirven de nada. ―enfatizó el profesor Francisco Torres.
―¿Qué hay de Víctor y Roberto? ―indagó Andrés.
―De eso les quiero hablar…
―Díganos profesor. ―insistió Guillermo.
Los dos chicos lucían muy nerviosos. Su maestro los mantenía en suspenso.
―Dispararon a sus amigos —dijo el profesor Torres—, y se los llevaron al hospital gravemente heridos.
―Ya lo sabemos. ―repuso Andrés―¿Pero por qué a ellos? ¿Quién lo hizo?
―Eso es lo más curioso del asunto. ―expresó el profesor, preocupado.
―¿Qué trata de decir? ―se desalentó Guillermo.
―Hace unos minutos hablé con un miembro de la policía criminalística y me dijo algo. ―indicó el profesor.
―¿Algo cómo qué? ―prosiguió André consternado.
―Que el sujeto que les disparó a sus amigos, de seguro conoce bien el colegio y la zona. ―sostuvo el profesor.
―Y bajo qué argumentos obtuvieron ese análisis. ―tanteó Guillermo.
―Al parecer el homicida sabía con exactitud el horario en que ellos llegan al colegio, y el momento en que aún no hay gente por esta zona. ―acentuó el señor Torres.
El profesor y sus alumnos se quedaron pensativos, hasta que uno de los hermanos se le ocurrió pensar en el posible sospechoso por su potencialidad en el caso.
―A propósito ¿Qué hay de Alfonso? ¿En dónde está ese maldito? ―indagó Andrés, vehemente.
―Hasta ahora ni a él, ni a la novia, lo he visto en el colegio. Aunque ellos suelen llegar atrasados. ―manifestó el profesor.
―¿Será que Alfonso nos acaba de declarar la guerra? Si es así prefiero largarme de este colegio. ―expresó Guillermo.
―No pienses en eso ¡Tranquilo! ―animó el profesor.
―Si se trata de Alfonso, nosotros corremos riesgos. ―aseveró Andrés.
―Hasta ahora no podemos sospechar de él. ―prosiguió el maestro―. Debe de haber un claro indicio para que sea interrogado. Hasta ahora sólo hay rumores.
―Aunque ayer cuando estuve en la oficina de Virginia, oí a él charlándole a la secretaria que se vengaría de quienes lo golpearon. ―recordó Guillermo.
Los tres se quedaron pensativos, mirando al suelo con desconcierto. El profesor lucía analítico frente a las cosas. Pensaba que en el caso había mucho por investigar.
―Si él dijo eso, no hay que descartarlo como sospechoso. ―opinó el maestro―. Es muy probable que Alfonso haya sido. Todos sabemos quién es él.
―¿A qué hora es? ―preguntó Guillermo, de pronto.
―Faltan diez minutos para las ocho. ―le contestó el profesor, mirando la hora en su celular.
―¿Por qué preguntas la hora? ―se dirigió Andrés a su hermano.
―Alfonso y su novia siempre llegan tarde. Si ambos hoy no llegan a clases son sospechosos, pero si llegan tal vez hay que irlos descartando. ―alegó Guillermo.
Como Andrés estaba preocupado por la salud de sus amigos se dirigió a su maestro.
―¿Cómo estaban Víctor y Roberto? ―preguntó el joven.
―Aún estaban conscientes. Pero se quejaban por el dolor, y se veían muy nerviosos por la sangre que les brotaba de sus heridas. ―emitió el maestro.
―¿En dónde les habían disparados? ―insistió Andrés.
―Por las espaldas. Muy cerca de los riñones, según el diagnóstico de los paramédicos. ―enunció el señor Torres.
―¿Supo a qué hora ocurrió el hecho? ―continuó Guillermo.
―Según el portero, fue a las seis y media cuando se abren las puertas del colegio. ―contó el maestro.
―A esa hora suelen llegar Víctor y Roberto. Ellos están desde muy tempranos, cuando aún no hay nadie en el colegio. ―afirmó Andrés.
―Lo curioso es que al parecer el que los disparó sabía la hora en que ambos llegan al colegio. ―sostuvo el maestro.
―Y aparte del portero ¿Quién más presenció la escena? ―indagó Guillermo.
―Sara quien junto al portero socorrieron a Víctor y a Roberto. ―contestó el profesor Torres.
Los chicos junto al profesor, se quedaron en silencio, pensando en quien pudo haber sido el causante del hecho, pero antes de nombrar al posible sospechoso, decidieron en tocar otros asuntos del mismo tema.
―¿En qué tiempo llegó la ambulancia? ―averiguó Guillermo.
―Tardó una hora en llegar. Al principio los profesores tuvimos que socorrer a los chicos. ―enfatizó indignado el señor Torres.
―¿A qué hospital se los llevaron? ―preguntó Andrés.
―Al hospital Barros Luco. ―acentuó el maestro.
―¿Y por qué allí? Está muy lejos. ―replicó el otro joven.
―Según los paramédicos, ese hospital es el único que puede atender esa clase de emergencias. ―aseguró el docente.
―Pero hay otros hospitales. ―manifestó Andrés.
―Los paramédicos dijeron que los demás hospitales públicos están copados, atendiendo casos sospechosos de gripe porcina. ―dijo el maestros a los chicos.
―Entonces debemos de ir allá a ver cómo están. ―reiteró Andrés.
―Podemos ir a visitarlos, pero debemos hacerlo a la hora de salida o mañana. ―dijo el profesor.
―¿Ya les comunicaron a los padres de ambos lo sucedido con sus hijos? ―prosiguió Guillermo.
―Le avisamos y se asustaron mucho. De seguro ahora deben estar en el hospital con ellos. ―sostuvo el maestro.
El día lucía raro para los dos jóvenes. Jamás se habían imaginado que ocurriría algo tan dramático.
―Ahora las cosas se han complicado en el colegio. No quisiera venir más a este lugar. ―protestó Andrés.
―Tranquilo. Hay que manejar bien la situación. ―le dijo Guillermo.
―Casi matan a Roberto y a Víctor. Eso me preocupa. —comentó Andrés.
Andrés se mantenía enojado y preocupado. Su hermano le tocó el hombro para calmarlo. Por su parte, el maestro propuso un plan oportuno para el momento.
―Hasta mientras vayamos a clases. No podemos estar aquí los tres conversando a solas. Puede despertar malas sospechas. ―dijo el profesor.
De camino a las aulas, los tres siguieron charlando.
―Por suerte están vivos, y creo que ellos pueden aportar para identificar al responsable de esto. ―señaló Guillermo.
―Los paramédicos dijeron que iban a estar bien. Según su análisis, los impactos de balas que recibieron no fueron de mayor gravedad. ―prosiguió el profesor Torres.
―Si Víctor y Roberto hubieran muertos, el colegio ya estaría siendo clausurado por el ministerio de educación. ―pronunció Guillermo.
―Y al rector ya lo hubieran echado. ―añadió el profesor―. Pero en algún día ese rufián debe irse del colegio.
Los hermanos se miraron entre sí, al oír lo último dicho por su maestro que al parecer odiaba al rector Rodríguez a quien los profesores le atribuían actos de corrupción en el liceo, pero nadie se atrevía a denunciarlo por miedo a la represalia.
Cuando los dos chicos y el profesor salieron de los matorrales, se percataron que las clases aún no se iniciaban. Todos los alumnos andaban por la explanada conmocionados por lo sucedido. Muchas caras largas interpretaban la tensión en el ambiente.
El profesor se apartó de los dos hermanos, y enseguida ellos fueron a buscar más información sobre el tema. Para eso buscaron a Sara a quien vieron de lejos merodeando por los resquicios del portal al igual que otros alumnos, porque al parecer algo sucedía en las afueras del colegio.
―¡Hey chica! ¿Qué haces?
Andrés sorprendió a la joven quien volteó hacia ellos dos y sonrió un poco, ruborizándose al haber sido encontrada, tratando de husmear.
―La policía está afuera, recabando información. ―dijo ella justificándose.
La chica llena de curiosidad, miraba por un pequeño resquicio entre el portal y la pared. Otros hacían lo mismo, pero Sara tenía una perspectiva más clara de lo que sucedía en las afueras del colegio.
―¿Y qué hace con exactitud la policía allá afuera? ―preguntó Guillermo.
―Está recogiendo unos casquillos que encontraron en la calle, y hablando con la gente del bulevar. ―respondió Sara, husmeando por la abertura.
Como la chica se la veía entretenida, y les hablaba a los dos jóvenes dándole la espalda y sin prestarle mucha atención, Andrés le pidió que volteara a verlos.
―¡Sara! ¡Mírame! Quiero hablar contigo. ―le dijo su compañero.
―¡Qué quieres! ¡Estoy ocupada! ―reaccionó la chica irritada.
―No quiero molestarte, pero quiero hablar contigo acerca de lo que hoy ha sucedido en el colegio. ―manifestó Andrés.
―¿Qué quieres muchacho? ―expresó la chica, volteando hacia los dos.
―Por si acaso tú sabes cómo ocurrieron las cosas. ―persuadió Andrés a su compañera de aula.
Sara se puso frente a los chicos. En gesto de desconcierto, la chica se hurgó la nariz, cruzó los brazos y empezó a contar lo que había sucedido. Ella fue la única en presenciar el acto.
―Yo vi como el motociclista los disparó. La escena fue muy escalofriante, no lo borraré de mi mente. ―pronunció ella con tono medroso.
―Te impactó la escena. ―pronunció Guillermo.
―Sí… Vi que los dos iban caminando por la calle y de pronto…
―¿Y de pronto qué? ―incitó Andrés.
Mientras Sara narraba el hecho, se quedó callada al dejarse interrumpir por el sonido del timbre. Al parecer alguien deseaba entrar al colegio. El conserje corrió de inmediato hacia el portal para abrirlo, pero los que iban entrando eran Priscila y Alfonso el principal sospechoso de haber herido a Roberto y a Víctor. No obstante, Andrés junto con su hermano y Sara se quedaron estupefactos al verlos.
―Y ese infeliz, qué hace aquí. ―murmuró Andrés en voz baja, pero airado.
―Se supone que debería andar huyendo por lo que hizo. Pero está aquí. ―acotó Sara sorprendida y en tono bajo.
Al sospechoso se lo veía tranquilo como si no fuese culpable. Lo mismo sucedía con su novia. A los dos más le preocupaba era al haber llegado tarde al colegio, razón por la cual miraban la hora en sus celulares.
―Son a las ocho.
―Aún es temprano.
Charlaba la pareja.
La actitud de Alfonso era como si no supiese nada del asunto porque junto a su novia se sorprendieron al ver que los alumnos estaban fuera de las aulas. Se veía a la pareja hablar entre los dos por lo que veían y no entendían. Si él acaso siendo culpable lucía fresco, era talento potencial de un buen actor o criminal. Pero eso sí, Alfonso tenía unos inflamados moretones en el rostro, producto de la pelea del día anterior.
―Por la paliza que recibió, es probable que él sea…
―Lo raro es que luce tranquilo.
―Será que el tipo es criminal de profesión.
Conversaban preocupados los dos hermanos junto con Sara.
En resumen, Alfonso y Priscila llegaban al colegio relajados en su totalidad que hasta hizo exasperar a uno de los tres chicos por su aparente actitud de sinvergüenzas con la que andaba la pareja de novios.
―Iré a terminar de partirle la cara a ese maldito. ―expresó Andrés, obstinado.
―¡No! Detente. Tal vez él no sea el culpable. ―alegó su hermano.
―¿Cómo lo sabes?
―Porque si lo hubiera sido, no estaría aquí.
―¿Ah sí?
―Es la lógica del criminal común. Su conciencia lo aleja del hecho por la culpabilidad. ―explicó Guillermo.
―¿Qué? ¿Acaso eres detective? ―se irritó Andrés.
―¡Fíjate! Sin embargo él ha llegado al colegio, y creo que no sabe nada de lo sucedido. ―explicó el hermano menor.
―No creas en la actitud de ese imbécil. ―replicó Andrés.
Los dos chicos discutían a causa de Alfonso, pero en el lapso de los minutos interrumpieron la conversa para prestarle atención a Sara quien estaba cerca de ellos, y tenía un raro comportamiento.
―Mierda. Al final… ¿Quién lo hizo? ―de pronto se preguntó ella a sí misma.
Los dos hermanos se quedaron impávidos al escuchar a Sara. La chica lucía nerviosa al ver a Alfonso. El espanto de ella era como si hubiera visto al demonio con la cara más horripilante. Su mano derecha le temblaba y de poco se ponía pálida con los pómulos dilatados.
―Sara ¿Estás bien? ―le preguntó Guillermo.
―Me largo. No quiero ver esto. ―pronunció Sara, yéndose.
Curiosamente la chica se apartó de los dos jóvenes, y se fue caminando por la cancha en busca de su grupo de amigos con los que se juntó.
―¿Y qué le pasó a Sara?
―No sé. Parece que vio algo que la espantó.
―A quien veía era a Alfonso que llegaba.
―Muy extraña su actitud ¿No?
Rumoraban los dos hermanos por el curioso proceder de Sara.
Entre la multitud de alumnos se veía a Alfonso y a su novia Priscila caminando sorprendidos al percatarse que todos los alumnos andaban rondando por la explanada del colegio en vez de estar en clases. Al parecer ambos desconocían del asunto al haber llegado tarde como de costumbre. El comportamiento del sospechoso mantenía en suspenso a Guillermo y a su hermano Andrés.
―Creo que Alfonso no sabe nada de lo sucedido.
―Aparentemente eso es lo que se ve.
―Y si no fue él ¿Quién les disparó? ¿Quién lo hizo?
―Quizás alguien más tenga asuntos pendientes con ellos dos.
―Pero lo más lógico es que él lo haya hecho en venganza por la paliza que le dieron ayer. ―comentó Guillermo.
―Suena coherente. Los delincuentes siempre toman venganza con sus adversarios. ―manifestó Andrés.
―Pero al parecer éste perdona a sus enemigos. ―dijo Guillermo.
―Ese teatro no me lo creo yo. Él tiene mucho que ver en el asunto. ―expresó Andrés, determinante.
Los dos hermanos se mantenían desconcertados y nerviosos. Para relajarse de las tensiones, se alejaron del portal, dirigiéndose hacia las gradas que estaban a pocos metros más allá, a una esquina de la explanada del colegio. Sobre las gradas se sentaron en la primera fila para calmarse y asimilar la situación. Pero justo ahí se fijaron que en el pavimento de la entrada del colegio había algunas manchas grandes de sangre fresca sobre la cual volaban unas inquietas moscas. Se suponía que esa sangre era producto de las heridas de balas de sus amigos.
Al instante sonó el timbre anunciando el ingreso a las aulas, más todos los alumnos corrieron a sus respectivos sitios. Justo ahí se vio a Alfonso siendo abordado por el rector y los profesores quienes se lo llevaron a la oficina de la dirección, de seguro para interrogarlo por ser el posible sospechoso de atentar en contra de los dos alumnos baleados. A la vez, Priscila se marchaba a su salón de clases, preocupada por el encaró que le acababan de hacer a su novio. Los dos hermanos se pusieron atentos por la escena que veían e involucraba al principal sospechoso. También sintieron curiosidad por lo que respondería el susodicho.
―¡Mira! Creo que el rector y los profesores van a interrogar al delincuente ese. ―avisó Guillermo a su hermano.
―Se lo llevan a la oficina del rectorado.
―Quisiera escuchar lo que dirá Alfonso.
―Creo que sí podemos hacerlo.
―¿Y cómo? ¿En serio se puede? ―expresó Andrés con interés.
―¡Claro que sí! ¡Acompáñame! ―animó Guillermo.
Los chicos se pusieron de pie, abandonaron las gradas y se fueron rumbo a la parte posterior de las oficinas del colegio para espiar. Era importante escuchar la conversación entre los profesores, el rector y el sospechoso del caso. Pero llegando al terreno se encontraron con la realidad del plan que exigía riesgos para oír aquella conversación. El problema radicaba en trepar la pared del colegio que por su altura de cinco metros se requería de una buena escalera para evitar alguna mala caída. Y eso no era todo, había que gatear con precaución sobre el borde de la pared para llegar hasta el lado superior de la oficina del rectorado en donde había una rendija que sería por donde ellos pensaban fisgonear.
―Es muy arriesgado. Podemos caernos al otro lado y dar a la calle. ―advirtió Andrés.
―Si lo hacemos con precaución, te aseguró que no pasará nada, y todo saldrá bien ¡Hagámoslo! ―exhortó el hermano menor.
La curiosidad de los jóvenes era inmensa que decidieron arriesgar el físico. Para ellos dos era importante escuchar lo que le respondería Alfonso a los profesores y al rector cuando lo interrogarían respecto a lo que les pasó a Roberto y a Víctor. Sólo que la pared de adobe era su obstáculo.
―No hubiera sido mejor entrar a la oficina y quedarnos allí con un pretexto para ver que dicen ellos. ―opinó Andrés al ver las complicaciones.
―Lo dudo, de seguro nos echarían. El tema es delicado y es imposible que nos dejen estar allí. ―aseveró Guillermo.
―Aunque sea vea difícil, tratamos de trepar esta pared para oír esa conversación. ―propuso el otro joven.
―Pero antes, piensa en cómo vamos a subir.
―Eso hago, pero lo veo muy arriesgado.
Charlaban los hermanos.
No se podía trepar la pared por lo llana y alta que era. Ni siquiera funcionaría una pirámide humana entre ambos. El caso obligaba a tener una escalera, pero como no había una, por necesidad se les ocurrió inventar algo. Esto consistía en utilizar unos viejos pupitres de metal oxidado que se hallaban arrimados cerca del sitio. Antes de poner manos a la obra, se liberaron de sus mochilas, dejándolas sobre un espacio limpio en el suelo. En la labor, los pupitres lo colocaron uno sobre otros como improvisando una escalera o algo aparecido para poder llegar hasta la superficie de la pared.
―Este asunto me está costando trabajo.
―A mí también. Pero lo hacemos por una buena causa.
Comentaban los dos chicos, renegando.
Cuando tenían todo listo, el primero en arriesgarse a trepar fue Guillermo que fue poniendo pie por pie en los espacios en los que hallaba firmezas entre los pupitres. Su hermano Andrés lo sostenía de donde podía para que el intrépido chico no se cayera y de poco vaya subiendo hasta llegar al borde de la pared.
―Sostenme con fuerza o me caigo y me rompo el trasero.
―No te preocupes, tú sólo trata de llegar al borde.
Hablaban los dos hermanos.
Al momento en que Guillermo llegó al objetivo, empezó a gatear sobre el delgado borde de la pared, lo hacía lento y como equilibrista de circo para evitar caerse, y poder llegar sin un hueso roto a la parte superior de la oficina, justo en donde había una rendija perteneciente al sanitario del despacho. Aquella abertura permitiría oír un poco de la conversación.
Además existía un detalle. Entre la pared del colegio y de la oficina había un vacío distante de un metro, motivo por el cual Guillermo tuvo que estirarse para alcanzar la rendija y arrimarse en el filo de la abertura, y así receptar lo que acontecía dentro del despacho. Por la rendija, cinco metros hacia el fondo se veía el retrete y el lavamanos del sanitario rodeado por tres paredes y una puerta que en conjunto impedían ver más allá, pero a pesar de eso se oía algo de lo que sucedía dentro de la oficina.
―¿Puedes oír algo? ―le preguntó Andrés a su hermano.
―Sí, un poco. ―contestó el chico desde arriba la pared.
―Yo también quiero subir. ―alegó el otro joven.
Andrés miró con análisis hacia la altura, y al momento se iba animando a escalar los pupitres, poniendo los pies por los mismos espacios en los que antes había pisado su hermano para garantizarse un poco de seguridad. La improvisada escalera de viejos pupitres se le tambaleaba con intenciones de derrumbarse, pero pudo resistir para que Andrés llegara sano y salvo al borde de la pared en donde se encontró con su hermano Guillermo que se sorprendió al verlo que también había trepado, sin darse cuenta.
―¿Cómo subiste? No me percaté.
―Me las ingenié. Pero escuchaste algo ¿No?
―No muy bien. Hablan muy callado.
―Yo también quiero escuchar.
Estando ambos sobre el borde de la pared, agudizaron el sistema auditivo para lograr oír algo de la conversación entre los profesores, el rector y Alfonso. Aunque los dos chicos no veían a los protagonistas, sabían que eran ellos por las características de sus voces. El problema era que apenas se oían unas voces agudas e inaudibles producto de que hablaban bajo y porque también en la rendija había a manera de un eco que hacía escuchar a las voces como si fuesen emitidas desde un tubo de cañería. Al final no se oía con precisión.
Se podía entender que los profesores y el rector estaban interrogando a Alfonso quien negaba las acusaciones que pretendían adjuntarle. Cuando los profesores terminaron de interrogar al chico, la tensión se calmó. Justo en ese momento se oyó el cerrar de una puerta. En realidad eran los profesores que salían de la oficina para que el rector y Alfonso se quedaran solos a hablar. Los dos hermanos que escuchaban la conversación, sentían unas rápidas palpitaciones en sus pechos a razón del suspenso que generaba el asunto.
―Por ahora Alfonso no muestra indicios de ser culpable.
―Aparentemente no.
―¿Entonces quién les disparó a Víctor y a Roberto?
―Si no fue él, no puedo sospechar de nadie más.
Disentían los dos jóvenes.
Para cuando el rector y Alfonso se quedaron solos en la oficina, los hermanos se pusieron aún más atentos porque sabían que de seguro oirían el extracto del asunto, y eso les iba aclarar la perspectiva para saber más allá de lo imaginado. En ese momento se oyó que el rector empezó a acusar con vehemencia a Alfonso.
―¡Yo sé que tú fuiste mocoso de mierda!
―¡No me falte el respeto!
―¡Cállate! ¡Algo me dice que tú tienes algo que ver en eso!
―¡No rector! ¡Yo jamás les disparé a esos dos!
―¡No mientas carajo! ¡Lo hiciste por vengarte de ellos!
―¡Tenía ganas de vengarme por la paliza que me dieron!
―¡Ja! ¡Ahora lo aceptas!
―Jamás dije que lo hice ¡Cuidado con eso!
―¿Y entonces? ¡Qué!
―¡Me detuve en vengarme!
―¿Y por qué?
―Quiero cambiar y dejar de meterme en problemas. ―anheló Alfonso.
―¡Oh! Que tierno. ―expresó el rector con sarcasmo― ¡Gente como tú nunca cambia!
―¡Por lo menos lo intento! Por eso escuché a mi novia quien me aconsejó en no vengarme de ellos. ―alegó el acusado.
―¡¿Debería creerte?! ―pensó el rector.
―¡Sí! Amo a Priscila y por ella intentaré cambiar. ―resumió Alfonso.
Por el tono alto de voz que ambos mantenían, por fin los dos hermanos lograban escuchar la discusión con más claridad. Sin embargo el chico acusado no aparentaba ser el culpable, se defendía con argumentos, seguro, sin titubear.
―A mí no me vengas con esas historias románticas de que tu novia te aconsejó y por ella ahora pretendes volverte un santo. ―expresaba incrédulo el rector.
―Si fuese el autor del hecho, jamás hubiera llegado al colegio. Por lo mismo andaría huyendo. Pero estoy aquí¡Míreme! No soy culpable. ―aseguraba el acusado.
Justo cuando Alfonso dijo eso, la discusión se detuvo por unos segundos. De igual manera, el rector insistió por discutir con el chico, según lo que entendían los espías a pesar de que no veían las escenas.
―¡Mira mocoso! Sí sé que me has estado mintiendo, yo mismo me encargaré de hundirte. Espero que estés diciendo la verdad o lo lamentarás. ―amenazó el rector a Alfonso.
―Pero yo jamás lo hice. ―se defendió el chico―, he dicho la verdad.
―Me he puesto a tu favor en muchas ocasiones, y por eso no voy a dejar que me echen de mi trabajo sólo por tu maldita culpa. ―aseveraba el director Rodríguez.
―No tengo nada que ver en eso. Lo puedo comprobar.
―¿Ah sí?
―Hay un testigo con quien estuve en la hora que ocurrió aquello.
―¿Quién es?
―Priscila, mi novia. Pasé por su casa para venir juntos al colegio.
―¿Y cómo sabes la hora en que ocurrió el hecho?
―Me lo dijo un compañero cuando llegué al colegio.
―Sabes una cosa Alfonso.
―¿Qué?
―Te acuso porque te conozco y sé de lo que eres capaz.
―Le aconsejo que ya deje de acusarme y fastidiarme.―reprochó Alfonso con tono amenazador.
Cuando Alfonso le sugirió al rector en dejar de calumniarlo, las cosas allí se pusieron aún más hostiles.
―¡Qué dices pedazo de insolente! ―reaccionó el rector muy enojado―. Como te atreves hablarme así.
―No olvidé que hay un secreto que nos une y que sólo usted, mi hermano y yo lo sabemos. ―pronunció el chico en tono suspicaz.
―¿Ah sí? ―se rió el rector, burlándose―. Yo en cambio sé que tú vendes droga en el colegio, y puedo denunciarte por eso.
―Lo mio es perdonable, pero lo suyo es peor; tan grave como lo que el diablo hace. ―resaltó el alumno.
―Por tú bien, no vuelvas a mencionar eso. ―replicó el rector con tono irritado.
―Le avergüenza eso ¿No verdad?
―¡Cállate mocoso!
Al decirse eso se escuchó que resonó un golpe como si hubieran sacudido un pellejo. Lo que había sucedido en realidad era que el director acababa de propinarle una bofetada a Alfonso.
―Nunca más vuelva hacerme eso ¡Lo lamentará! ―protestó el afectado luego de recibir la bofetada.
―¡Lárgate de mi vista! ―vociferó Rodríguez, enfurecido.
Gracias a los esfuerzos, los dos hermanos descubrían la razón del por qué el rector solía proteger a Alfonso a pesar de ser culpable. Al parecer había un secreto entre ellos que los unía sin ser descifrado para el saber común. En buena hora a los chicos les había servido de mucho espiar desde las rendijas del sanitario. Aunque no veían nada de las escenas, podían escuchar con nitidez la discusión, interpretando las cosas como si lo estuvieran viendo.
En los últimos pormenores según se pudo entender, Alfonso salió de la oficina porque nuevamente se oyó que cerraron la puerta, y todo se quedó en silencio. Sólo se escuchaban los tacos de los zapatos del rector quien al parecer caminaba preocupado de un lugar a otro dentro de su despacho.
Manteniendo la resistencia, los dos hermanos permanecían como gatos trepados sobre el borde de la pared, mirándose entre ambos sorprendidos por lo que acababan de oír.
―Rodríguez fue capaz de pegarle a Alfonso.
―No creí que el viejo ese llegaría a esos límites.
―Además Alfonso demuestra que es inocente.
―Y se siente tan seguro en comprobarlo.
―Pero ayer cuando fui a la oficina de Virginia por el mentol para tu nariz, oí a Alfonso decir que se vengaría de quienes lo habían golpeado. ―recapituló Guillermo.
―Sí, recuerdo que mencionaste eso. ―acotó Andrés.
―Aunque él acabó de asegurarle al rector que mejor no hizo nada porque acató los consejos de Priscila. ―resaltó el hermano menor.
―Eso es lo que dice él ¿Será verdad?
―La pregunta es: ¿Le creemos a Alfonso?
―No lo sé. He visto que en estos casos el tiempo suele dar las respuestas y la lógica. ―sostuvo Andrés―. Pero hay que seguir investigando.
―Has dicho algo cierto. Esperemos lo que pasará en las próximas semanas. ―manifestó Guillermo.
―Tenemos tres meses de haber empezado el periodo estudiantil y ya ocurrió esto. ―enfatizó el hermano mayor.
Cuando los chicos quisieron bajarse de la pared, sintieron miedo porque notaron que estaba alto desde su superficie hasta el suelo, y aparte la escalera improvisada de pupitres que habían hecho no estaba apta para la bajada, sólo servía para la subida. La necesidad ameritaba que primero tenían que guindarse de la pared para acortar longitud y evitar saltar todos los cinco metros. La cosa es que si los chicos saltaban desde el borde de la pared había el riesgo de salir con los tobillos fracturados por la altura. Lo mejor era en poner a prueba lo antes planeado.
―Y si nos caemos.
―Ni digas eso. Nos podemos romper el trasero.
―Ah, pero de eso no te preocupes.
―¿Por qué?
―Para eso hay cirujanos proctólogos que nos las pueden coser.
Bromeaban los dos hermanos.
Nuevamente el primero en arriesgarse fue Guillermo que de poco fue sosteniéndose con sus brazos desde el borde de la pared para guindarse de la misma. En eso tuvo que sacrificar su camisa del uniforme debido a que al arrimarse hacia la pared se le ensució de un polvo negro, producto del humo de los vehículos acumulado allí.
―¡Mierda! Se me ensució la camisa.
―No te preocupes, para eso existe el detergente.
―Mamá pensará que nos fuimos a revolcar a un basurero.
―Sí, ella se puede cabrear.
Parloteaban ambos chicos.
Guillermo bajó de la pared de un sólo salto. Aunque al tocar tierra le dolieron los talones por la caída. Pero había un increíble detalle que él no pudo tomar en cuenta. Esto consistía en que no había saltado al interior del colegio, sino que terminó saltando hacia la vereda de las afueras del instituto.
―No hubiera sido mejor en que saltaras hacia el interior del colegio. ―le dijo Andrés a su hermano―¡Mira! Ahora estás afuera.
―¡Maldición! No me fijé. ―renegó Guillermo, rascándose la cabeza.
―Ni yo me di cuenta para avisarte ¡Qué torpeza la nuestra! ¡Qué maldito día es este! ―renegó Andrés.
Para ambos no quedó más que reírse de la torpeza. Andrés quien aún permanecía trepado en el borde de la pared, también saltó hacia las afueras del colegio para que al entrar pudieran defenderse juntos si acaso el conserje les ponía impedimentos. Como esa calle era solitaria, los chicos pensaban que nadie los había visto. Sin embargo una señora que venía desde el fondo de la callejuela acababa de presenciar el acto que para cuando pasó cerca de los dos jóvenes los recriminó.
―¡Qué vergüenza! ¡En mis tiempos los chicos nunca se fugaban del colegio!
Les dijo la señora, enfadada.
Los dos hermanos se miraron entre ambos sin prestarle mucha atención a los comentarios de la dama indignada. Aunque acababan de hacer como los ladrones que se las ingenian para trepar y bajar paredes. Cuando los chicos emprendieron rumbo hacia el portal del colegio, Andrés sintió un insoportable dolor en su tobillo izquierdo.
―¡Carajo! ¡Me duele!
―¿En dónde?
―En el Tobillo.
El chico afectado se encuclilló y empezó a revisar su tobillo. No era nada grave. Lo que más le preocupaba era con que pretexto entrarían al colegio, si previamente ya los habían visto dentro. Con los nervios templados, caminaron a lo largo de la vereda hasta girar a la esquina de la pared, llegando así al portal del instituto, justo allí se percataron que un sujeto en moto pasó por la calle, mirando hacia el colegio. Los dos hermanos reconocieron a la moto pues el día anterior vieron a la misma Yamaha roja en la que andaba un individuo que junto a otros motociclistas se encontraron con Alfonso en la hora de salida. Por la presencia de aquel misterioso individuo se imaginaron que tal vez Alfonso si tenía algo que ver con el intento de asesinato de Víctor y Roberto, sino que aún no se sabía nada.
A contratiempo, los dos jóvenes llegaron al portal, y enseguida se animaron en tocar el timbre. Al instante se vio al portero, saliendo de su garita para atender el llamado. Mientras el hombre acudía a abrir el portal, miraba a los muchachos indignados, es que no era para menos, a los dos ya se los habían visto dentro del instituto, y para él era extraño verlos afuera, pretendiendo entrar.
―¿Qué hacen fuera del colegio? ―les preguntó el portero Jaime.
―Es que salimos a comprar un par de lápices. ―contestó Guillermo―. Hoy tenemos clases de trigonometría.
―Y en qué minuto salieron que no me fijé. ―insistió el portero, suspicaz.
―Fue cuando salió la ambulancia. ―prosiguió el mismo chico.
Andrés por su lado se mantenía callado, escuchando a su hermano que acababa de inventarle a Jaime una historia falsa.
―Bueno… Entren y váyanse a sus aulas.
―¡Gracias! Se lo agradecemos.
―Por nada, pero la próxima vez no será así. ―advirtió el portero.
―Descuide. No volverá a suceder.
La historia que Guillermo se inventó fue para poder entrar sin tantos problemas y evitar las sospechas de que ambos andaban en proyectos de investigación o haciendo la de detectives porque al parecer la policía no le había prestado mucho interés al caso. Sólo había llegado para recoger los casquillos que quedaron en la calle y marcharse sin tanto apogeo.
―Qué idea la que tuviste en decirle eso al portero. Piensas rápido. ―halagó Andrés a su hermano―. Eres como internet de banda ancha.
―Por algo tengo cerebro. ―acotó el aludido.
―Aunque en realidad nos toca trigonometría los días miércoles, y hoy estamos viernes. ―aclaró el hermano menor.
Como ellos habían dejado sus mochilas en el patio de atrás del colegio, acudieron hacia allá para irlas a buscar. El conserje al ver que ellos no iban subiendo las escaleras, les llamó la atención.
―¡Chicos! ¡Sus aulas están en el segundo piso! ¡Qué hacen yendo por allá! ―les gritó el portero a la distancia.
―¡Es que vamos al baño! ―le contestó Andrés al unísono.
―¡Bien! ¡Pero dense prisa para que vayan a sus aulas!
Los jóvenes se regocijaron porque seguían engañado al crédulo del conserje, pero al encontrarse con su enemigo saliendo del pasillo que conducía a los sanitarios, pusieron caras largas. Los dos hermanos detuvieron sus pasos para permitir que Alfonso subiese las escaleras y así no pasar cerca del chico que por ir con la cabeza agachada aún no se había percatado de ellos dos. Al parecer Alfonso había estado en el tocador, lavándose la cara luego que el rector le propinara una bofetada.
Andrés a quien se lo caracterizaba por ser imprudente, quiso acercársele a Alfonso para reclamarle, pero su hermano Guillermo se lo impidió sujetándolo del brazo.
―Espera. No le digas nada aún.
―¿Y por qué?
―No es el momento.
―Hay que hacerle ver a ese que no le tenemos miedo.
―Lo sé, pero si él hubiera sido el culpable, quizás no estaría aquí.
―No sé tú. Pero algo me dice que él es culpable.
―Yo creo que aún no sabemos quiénes son nuestros amigos. ―dijo Guillermo.
―Yo confío en ellos. ―replicó Andrés enojado.
―Con que estudiemos en el mismo colegio y los veamos a diario, no nos garantiza que los conozcamos del todo bien. ―expresó Guillermo.
―Yo no puedo pensar así. Además no es la primera vez que Alfonso engaña y se sale con la suya. ―comentó Andrés.
Como los chicos estaban hablando, Alfonso logró percatarse de ellos. Los tres se miraron fijamente. El acusado del intento de homicidio confiaba en su inocencia, así que aprovechó la ocasión para acercárseles a los amigos de los afectados para aclararles que él no tenía nada que ver en esa tentativa de homicidio.
―Esperaba encontrármelos a ustedes. ―dijo Alfonso enfrentado a los chicos.
―¿Qué quieres tú? ―repuso Andrés irritado.
Enseguida Alfonso se les acercó a los dos hermanos, y se les paró de frente y muy de cerca como encarándolos.
─Han de imaginarse que yo fui quien intentó matar a esos dos por la pelea de ayer. ─comentó Alfonso con suspicacia.
─Sospechamos de ti. ─pronunció Andrés.
―Quiero que les quede claro… Jamás tuve participación en eso. ―determinó Alfonso con tenacidad.
─¿Qué nos garantiza para creerte? ─prosiguió Guillermo.
─Si hubiera sido yo, en este mismo momento esos dos estuvieran en la morgue.
─Pero están en un hospital. ─replicó Andrés.
─Oh, que tristeza siento. ─comentó Alfonso sonriendo con burla─. El punto es que yo jamás envío a una víctima al hospital sino que se va directo al cementerio.
─Sabemos quién eres en realidad y por eso sospechamos mucho de ti. Eres el único responsable. ─recalcó Guillermo.
─Escucha cuatro ojos. ─reaccionó Alfonso dirigiéndose al chico─. Si me conocieras supieras que yo cuando me le cargo a alguien jamás vive para contarlo.
─¿Acaso pretendes intimidarnos? ─reprochó el hermano mayor.
─Yo jamás intimido sólo actúo, y cuando actúo jamás hago un trabajo mal hecho. ─determinó Alfonso─. Apuesto que quien intentó matar a esos dos es nervioso y le tiembla la mano al manejar un revolver.
─Quiero que sepas que no te tenemos miedo. ─aseveró Guillermo.
Alfonso miró a los dos jóvenes con sonrisa burlona. En su mirada suspicaz subestimó a los hermanos.
─¡Piénselo! Si yo fuese el culpable, Roberto y Víctor ya estuvieran muertos. ─reiteró Alfonso─. Además yo no hubiera llegado al colegio. Jamás voy al lugar de los hechos.
─Pero tú tienes motivos para haberlo hecho. No creemos en lo que dices. ─discrepó Andrés.
─Cuando me vengue de ustedes, lo haré sin que se den cuenta, y veré qué clase de mariquitas son. ─acentuó el chico, sonriendo con malicia.
―Con qué quieres vengarte ¿No verdad? ―reclamó Andrés.
―Desde el primer día, pero como son unas gallinas me huyen y sufren cuando me ven ¡Lo sé bien! ―expresó Alfonso, haciendo una mueca burlona.
―Nadie huye de ti. ―objetó Guillermo.
―¡Sí lo hacen! ―aseguró Alfonso― Déjenme recordar algo…
―¿Recordar qué? ―envaneció Andrés.
―¡Ah! Recuerdo cuando huyeron del colegio en el auto del profesor Torres para evitar toparse conmigo y mis amigos. ―acertó Alfonso.
―¡Eso no es verdad! ―enalteció uno de los hermanos.
―¡Sí lo es! A mí que soy casi el aliado del diablo, no pueden engañarme. Ustedes y sus amigos son unas gallinas y me temen. ―reiteró Alfonso.
Los hermanos se miraron entre sí. Alfonso tenía razón. Lo mejor para los dos chicos era cambiar de tema para así no quedar mal.
―Estamos investigando… ―continuó Guillermo en tono amenazador.
―¿Investigando qué? No me digan que investigan cual fue la poción que usó Michael Jackson para convertirse de negro a blanco ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―se rió Alfonso.
―No te burles. Descubriremos la verdad. ―refutó Andrés muy serio.
―Cuando descubran esa poción regálenme un poquito para blanquearme las bolas ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―se mataba Alfonso de la risa.
―Lo que investigamos es algo que te puede hundir en el hoyo para siempre y allí no podrás reírte. ―presumió Andrés―. Pronto descubrimos quién fue el que quiso matar a Roberto y Víctor.
―Mejor investiguen qué clase de amigos tienen. ―sugirió Alfonso.
―¿Tú qué sabes de nuestros amigos? ―prosiguió Andrés exacerbado.
─¿De saber? ¡Ja! Ya quisieran saber ustedes. ─resolvió Alfonso─. Y por cierto Andrés, la chica que te gusta Priscila me pidió que no les hiciera daño.
─A mí no me gusta tu novia. ─reprochó Andrés, enojado.
─Claro que te gusta. Me odias porque ella se fijó primero en mí antes que ti. Eres un perdedor. ─se burló Alfonso riéndose a medias─. Agradézcanle a Priscila en que ustedes dos y sus amigos aún están vivos.
─¿Qué quieres decir con eso? ─expresó Guillermo irritado.
―Si yo hubiera sido quien les disparó a sus amigos, ustedes estarían ahora mismo comprando el café y los panes para servir en los velorios o excavando los hoyos para enterrar a esos dos. ―enfatizó Alfonso.
―¡Eres un maldito imbécil! ―se exasperó Andrés.
―Piénsenlo. Mis victimas jamás viven para contarlo. Sin embargo esos dos están vivos. Eso dice que no tengo nada que ver en eso. ―sentenció Alfonso.
El acusado se marchó, subiendo las escaleras con premura. El chico ostentaba en su expresión corporal seguridad, confiando así en su inocencia, y garantizando hasta cierta parte veracidad en sus palabras, mismas que terminaron confundiendo a los hermanos que se quedaron pensativos al oír de Alfonso decirles que mejor vayan a investigar quienes eran en realidad sus amigos, refiriéndose a Víctor y a Roberto.
―Ese infeliz, se siente confiado.
―Parece que no le teme a nada.
Comentaron los dos jóvenes.
Andrés sintió indignación al mirar a Alfonso. Ese amargo sentimiento era porque el narizón siempre salía victorioso en cada acusación que se le hacía, aun siendo culpable en ocasiones. Se le adjudicaba intentos de violación en los sanitarios de las chicas, robos de celulares, venta de droga, promovedor del bulling; irrespetos a los profesores, y la justicia nunca le llegaba.
De nuevo a sus objetivos, los dos chicos acudieron hacia donde habían dejado sus mochilas. Yendo rumbo a sus aulas, sintieron nervios porque sabían que los iban a reprender por llegar tarde. Sin mucho titubear Guillermo entró a su salón. Lo mismo hizo Andrés en su respectivo curso. Y como lo imaginaron, ambos fueron reprendidos por sus maestros.
En las aulas del colegio no se hablaba de lo sucedido con Víctor y Roberto. Tanto como los alumnos y los profesores evitaban tocar el tema debido a la delicadeza del asunto para así no crear malos comentarios. Lo curioso era que el potencial sospechoso o sea Alfonso lucía tranquilo, mostrando una total inocencia. Lo peor es que casi nadie vio en cómo fueron las cosas, y aunque alguien supiera algo nunca abriría su boca por miedo a la represalia porque el colegio era acechado por las pandillas.
En esa mañana los cursos lucían silenciosos, cosa rara; los alumnos eran adolescentes, y a diario se lidiaba con el bullicio y el jolgorio de los chicos. Pero en ese día por primera vez se sentía tranquilidad, y era por temor. Los estudiantes aún no asimilaban lo ocurrido con dos de sus compañeros.
Cuando llegó la hora del receso, Priscila fue en busca de Guillermo con quien el día anterior había quedado en conversar. La chica fue a la cancha en donde Guillermo y su hermano estaban sentados en el primer escalón de las gradas comiendo sus refrigerios, tostadas y gaseosas. Los dos se hallaban preocupados por el estado de salud de sus amigos, y antes que hablaran de ellos, la chica los sorprendió poniéndosele de frente con una sonrisa dirigida hacia Guillermo.
―Hola amigo ¿Cómo estás? ─saludó Priscila al joven.
─Bien, gracias. ―respondió el chico de lentes.
―Ayer te dije que deseaba hablar contigo.
―Sí, lo recuerdo. Podemos hacerlo ahora.
―Bien, como quieras.
El tono de confianza entre ambos chicos puso en alerta a Andrés.
─¿Acaso escuché bien? ¿Te dijo amigo? ─interrogó Andrés a su hermano.
―Sí ¿Por qué?
―No me lo imagino como tu amiga.
―Acéptalo, hoy es una realidad.
Para los ojos de Andrés no era de agrado que su hermano pretendiera crear amistad con Priscila.
―Creí haberte dicho que evitaras relacionarte con ella.
―No puedo negarme. Le prometí que charlaríamos.
―¿Ya olvidaste la bronca que tuvimos ayer con su novio?
―Bien dicho, fue con su novio, pero no con ella.
─Es lo mismo como haberse peleado con ella.
─Te aclaro que quienes se pelearon con Alfonso fueron Víctor, Roberto y tú, no yo. ─enfatizó Guillermo.
─Pero estás en la misma colada. Eres de nuestro grupo.
─No me puedes exigir en no hablar con ella.
─Tienes razón, no te puedo exigir eso, pero Priscila es la menos indicada para que hagas amistad. ─delimitó Andrés.
Los chicos discutían en voz baja, evitando que Priscila los escuchara, sin embargo ella lograba oír con claridad lo que ambos decían. Entre los tres, Andrés evitaba mirar a la chica. Para terminar la escena, Guillermo hizo valer su libertad y su hermano tuvo que aceptarlo.
―Déjame ir. Quiero hablar con ella.
―Ve, pero no intimides mucho con esa chica.
―Tendré mis límites.
Se susurraron los dos hermanos.
―Vamos Priscila. ―le dijo Guillermo a la chica.
―De acurdo. ―concordó ella sonriendo.
Los dos jóvenes se fueron caminando sin rumbo específico, pasando desapercibidos por en medio de la aglomeración de estudiantes. A todos se los veía con buen humor, menos a Andrés quien se quedó sentado en las gradas, enojado a causa de su hermano y Priscila. Lo que nadie se imaginaba es que detrás de ese encuentro, Guillermo tenía un buen motivo para charlar con la novia de Alfonso. Su idea era diferente a la anterior.
―Me encanta la rutina del colegio.
―A mí también, pero este año es el último.
―En cambio a mí me queda un año más.
―Disfrútalo. Es agradable este colegio.
Hablaban los dos jóvenes.
No se trataba de una simple vanidad de Guillermo en querer ser amigo de aquella chica. Como las cosas andaban mal en el colegio, era más importante mantener salvo los pellejos antes de pretender ser amigo de Priscila quien era la novia del sospechoso de haber querido matar a Víctor y Roberto. Por eso Guillermo quería aprovechar la ocasión para ver si hallaba en ella alguna actitud que le diera repuesta a sus intrigas.
Al inicio hablaron de lo difícil que eran ciertas materias. Como iban entretenidos dialogando, llegaron a dar hacia un sitio alejado por la última parte del patio abandonado que había detrás del colegio. El sitio era solitario, y eso lo aprovechaban ciertos jóvenes para ocultarse entre las cuevas de los matorrales a consumir drogas.
Cuando ambos notaron que se habían alejado de la multitud, y que se hallaban en el sitio más olvidado del colegio, se detuvieron con preocupación.
─¡Oh, mira! ─expresó Priscila alarmada.
─¡Qué!
─No me di cuenta en que minuto llegamos aquí.
─Es verdad, no me fijé. ─lamentó Guillermo.
─Luce tranquilo este lugar. ─prosiguió la chica.
─Mucho mejor, así nadie nos ve. —bromeó el joven.
─¿Y si alguien nos viera? ─indagó la chica, riendo.
─Imagínate lo que dirían nuestros compañeros.
─Sí. Lo sé.
Los chicos desistieron en charlar por un momento. Luego prosiguieron.
―Con esta es la tercera vez que vengo a este lugar. No tengo la costumbre en venir aquí. ―comentó Guillermo.
―De verás. Yo siempre vengo aquí con mis amigos o con mi novio. ―prosiguió Priscila.
―En serio.
―Sí. Lo hago unas dos veces a la semana.
─Dicen que este lugar tiene mala reputación.
―Eso depende con qué razón lo visites.
Ambos se encontraban en medio de un espacio que había entre los matorrales. El suelo estaba invadido de colillas de cigarrillos, sobres con aroma para fumar, sorbetes y pequeñas funditas esparcidas por doquier como resultado de los que llegaban allí a consumir drogas o a fumar. El olor a monte y a tierra seca era parte del ambiente.
―En realidad no me agrada este lugar.
―Tienes razón, aquí llegan puros drogadictos.
―Y también hay mucha basura en el suelo.
―Sí. Deben limpiar este sitio.
Hablaban los dos jóvenes.
Guillermo sintió que no era en vano que Priscila pretendiera acercársele. Su instinto animal le advertía, y la incertidumbre lo invadía. Sabía que en realidad ella tenía un interés en particular porque normalmente no hacía amistad con los plebeyos del colegio, sin embargo al parecer él se volvía en la excepción. La chica podía manejar una actitud de princesa de cuento de hadas y otra de bruja que regala manzanas envenenadas.
―¿Qué piensas de mí, Guillermo?
―Pienso que eres bella.
―¿Sólo eso?
―Ah, y veo que eres una persona agradable.
―¿Qué más?
―Tienes bonitos ojos y hermoso cabello.
―Oh, gracias.
―Veo que eres vanidosa.
―Sí. —sonrió ella—. Sólo un poco.
Coquetearon los jóvenes por un rato.
Pero aun ella siendo diabla, era imposible de negársele a una invitación por ser la chica más preciosa y popular de la secundaria. Su cabello largo y castaño, sus grandes ojos verdes junto con su piel blanca, seguida de su agradable simpatía, ella cautivaba a cualquiera. Con algunas cosas buenas que tenía la señorita era difícil en sospechar algo malo, sin embargo no estaba de más en ser un poco precavido, esto porque su novio la cargaba por malos pasos, según se rumoraba.
La conversa cesó por un momento, y como la chica empezó a retraerse con la mirada perdida, Guillermo se vio obligado a retomar los ánimos antes que el encuentro se volviera incómodo.
―Me preocupa lo que sucedió con Víctor y Roberto.
―Yo también estoy preocupada por ellos dos. Aunque no sean mis amigos, me inquieta su estado. ―manifestó la chica, forzando compasión.
―No quería decirte esto, pero…
―Lo sé. ―interrumpió Priscila al chico―, sospechan de mi novio.
―Sí, así es. ―precisó Guillermo, lamentándolo.
―Fue por la pelea de ayer ¿No?
―Desde ese minuto las cosas se complicaron.
―¿En realidad por qué sucedió la bronca? ―preguntó Priscila, preocupada.
―En resumen: fue por una estupidez.
―¿Qué clase de estupidez? ―insistió la chica.
―Nada sin importancia. Olvídalo. ―prosiguió el chico buscando desviarse del tema.
―Yo quisiera saber de eso.
―No puedes saberlo, Priscila.
―¿Y por qué?
―Tan sólo olvídalo, por favor.
―Está bien, no me lo cuentes. Al final ya lo sé todo. ―sonrió Priscila con ironía.
―¿Qué ya sabes todo?
―Sí. Sé lo que pasó en realidad.
―Y según tú¿Cómo fueron las cosas?
―Mi novio me dijo que los oyó a ustedes burlarse de nosotros dos cuando subíamos las escaleras, y eso provocó la pelea. ―resumió la chica―. ¿Es verdad eso?
―Lo es. ―confesó el chico, mirando al suelo―. Pero yo no me reí de ustedes. Mi hermano y los demás si lo hicieron.
―Te creo porque veo que eres diferente a tu hermano.
―¿Diferente? Explícamelo. ―solicitó Guillermo, riendo.
―Andrés es un poco patán y tú no. ―comparó Priscila.
―Pero al final de todo él es alguien agradable. Pienso que le hace falta un ser que lo entienda. ―defendió Guillermo a su hermano.
―¿Alguien que lo entienda? No creo que esa sea la solución para Andrés. ―dudó la chica―. El remedio para su mal carácter son unas cuantas nalgadas.
Los chicos rieron, pero enseguida Guillermo resumió lo que trataba de plantear entorno a su querido hermano.
―Actuamos de acuerdo a lo que siente nuestro corazón. ―pronunció el chico de lentes.
―Con qué filosofo ¿No? ―se admiró Priscila.
―La madre Teresa de Calcuta dijo que si el diablo pudiese amar dejaría de hacer tanto mal. ―expuso el chico.
Por su parte Priscila sonrió. Luego ella se quedó pensativa. En las divagaciones de su mente la chica recordó lo buen amigo que Andrés había sido en el pasado. Aquello fue antes que por culpa de los celos la amistad entre ellos se terminara, y se convirtieron en enemigos.
―Cuando yo recién llegué a este colegio Andrés y yo fuimos amigos. ―recordó la chica.
―Lo sabía. Andrés siempre me hablaba de ti. ―manifestó Guillermo.
―¿En serio? ―interrogó Priscila ilusionada.
―Sí. Él me decía que eras una persona agradable.
―¿Él decía eso de mí?
―En un tiempo pasado. Después me hablaba de ti como alguien de cuidado. ―enfatizó Guillermo.
―De seguro eso fue porque la amistad entre ambos se marchitó. Yo lo lamenté. ―confesó Priscila.
―No sé cómo hayan sido las cosas entre ustedes. Pero yo siempre estaré de lado de mi hermano. ―determinó el chico, mirando a Priscila a los ojos.
―Al igual como tú apoyas a tu hermano, yo también apoyo la inocencia de mi novio. ―disertó la chica.
―Te comprendo, es normal estar de lado de los que apreciamos mucho. ―opinó el chico.
―Yo te garantizo que Alfonso no tuvo nada que ver en ese atentado que sufrieron Víctor y Roberto. ―reivindicó la chica.
―¿Cuál es la garantía? ―averiguó Guillermo.
―Alfonso estuvo en la mañana conmigo porque pasó por mi casa para venir juntos al colegio. ―alegó la chica.
―Lo puedo creer porque los vi llegar juntos. ―acotó el joven.
―Si tú nos vistes llegar junto tienes que creer que él no lo hizo. En el minuto que ocurrieron las cosas, Alfonso estaba conmigo. ―acentuó la chica.
―Creeré en lo que dices. Pero me preocupa el estado de Víctor y Roberto. ―declaró Guillermo.
―A mí también me preocupa la situación de esos dos. Rezaré por ellos. ―pronunció Priscila, titubeando.
Bajo la apariencia, Priscila lucía preocupada por Roberto y Víctor, pero a Guillermo se le hizo difícil creer en esa actitud fingida de la chica, debido a que ella detestaba a los dos, la razón fue siempre por los piropos obscenos que aquellos chicos solían dedicarle a ella cada vez que se la encontraban en el camino, y terminaban faltándole el respeto.
Al final Priscila le pidió a Guillermo que la ayudara con algo que ella no podía hacerlo sola, sino con una mano amiga.
―Ahora que nos hemos conocido, quería pedirte un favor. Es algo que si podrás hacer. ―manifestó la chica.
―¿Cuál es el favor? ―preguntó el chico, inquieto.
―Dile a tu hermano que deseo hablar con él. ―solicitó la chica.
La petición de la chica sorprendía un poco a Guillermo quien no quería intervenir en los asuntos entre su hermano y Priscila.
―Andrés ayer me contó que tuvo una discusión contigo. Él lucía enojado. ―recordó el chico.
―Es verdad, nos peleamos. Pero quiero arreglar las cosas con él. ―precisó la chica―. Es importante su amistad para mí.
―De verás. ―expresó Guillermo admirado.
―Lo quiero mucho como amigo. ―pronunció Priscila con ternura.
―Y no sería mejor que tú te le acercaras a él, sin la necesidad de mi intervención. ―opinó Guillermo.
―Es que no quiero caerle de imprevisto. Pretendo que todo se vaya mejorando de a poco. ―dijo la chica, haciendo ademanes de mano.
―Bueno… Lo haré. ―aceptó Guillermo.
―Te lo agradezco. ―sonrió la señorita.
―¿Y sólo quieres que le diga eso? ¿Nada más? ―repuso el chico.
―Ah, lo olvidaba. Dile que a la salida lo espero en la heladería. ―detalló Priscila.
―Te refieres a la heladería que está al frente al colegio, porque dos cuadra más allá hay otra. ―señaló Guillermo.
―Esa no. La espero en la heladería Pingüino. ―confirmó la chica.
―Aunque nosotros siempre vamos a la de más allá, a la de McDonald. ―recalcó el chico de lentes.
―Yo prefiero la de Pingüino. ―reiteró la chica.
―De acurdo. Le diré.
Al terminar el encuentro, el chico sintió que era muy extraño que de pronto un día Priscila pretendiera ser su amiga. Con haber tratado a la chica, descubrió cómo era ella en realidad. Lo cierto es que no tenía nada de positivo. Detrás de su sonrisa coqueta y sus dulces palabras se le respiraba un frio aliento de malicia. Todo era fingido.
Sonó el timbre, indicando el final del receso, y eso fue excusa para que los dos jóvenes volvieran a la explanada. Estando Guillermo en el conjunto recreativo fue en busca de su hermano a quien lo encontró en el mismo lugar que se había quedado, en las gradas de la cancha. Andrés estaba solo y lucía enfurecido, su hermano lo había dejado por irse a conversar con Priscila.
Apenas Andrés vio llegar a Guillermo, empezó a hacerle preguntas irónicas, esto para mofarse de su encuentro con Priscila. El chico deseaba a toda costa que su hermano evitara acercarse a quien era novia del sujeto sospechoso de atentar en contra de sus dos amigos.
―¿Y qué te dijo Priscila? ¿La besaste? ¿Le levantaste la falda? ¿De qué color tiene la tanga? ―interrogó Andrés a su hermano, burlándose.
Guillermo no reprochó frente a las estupideces del chico, ya sabía que él era así, y sólo bastaba en comprenderlo. Con buen ánimo el chico de lentes se sentó a lado de Andrés para charlarle de su cita con la novia de Alfonso.
―No fue en vano en conversar con ella. ―justificó el chico de lentes.
―¿Ah sí? ¿Qué provechó sacaste en conversas con Priscila? ¿Te cambió la vida? ―insistió Andrés con sus ironías.
―Deja de burlarte. ―reaccionó Guillermo―. Tan sólo quería ver las reacciones de ella respecto a lo sucedido con nuestros amigos. ―manifestó el hermano menor.
―¿Y notaste algo raro en ella? ―prosiguió Andrés con más seriedad.
―¡De raro! Qué te diré. Pero tocamos el tema.
―¿Y qué te dijo Priscila?
―Aseguró que Alfonso no tiene nada que ver en eso.
―¿Y por qué se siente tan segura?
―Según Priscila, en el momento en que sucedió el hecho su novio estaba con ella.
―Lo mismo nos dijo Alfonso. ―recordó Andrés.
―A veces creo que ese tipo no fue. ―pensó Guillermo.
―Pero en ese día, a él se lo vio recibir un arma de aquellos sujetos en motos. Ese es nuestro principal argumento en creer que Alfonso es culpable. ―precisó el hermano mayor.
―Pero hasta ahora eso no nos ha garantizado nada. ―alegó el chico de lentes.
―¿Y entonces quién pudo haber sido? ―se preocupó Andrés.
―Creo que tal vez Víctor y Roberto están involucrados en algo que no sabemos, y esa es la razón de lo que les pasó. ―comentó Guillermo.
Los dos suspiraron en gesto de desconcierto al no entender el asunto.
―¿Y qué más te dijo Priscila? ―prosiguió Andrés.
―Ah, lo olvidaba. Ella quiere conversar contigo. ―repuso el chico de lentes.
―¿Qué? ¿Bromeas? ―se admiró Andrés.
―Es en serio. A la hora de salida te espera en la heladería que está frente al colegio. ―argumentó Guillermo.
―Y según tú, ella quiere hablar conmigo. ―prosiguió Andrés.
―Ella me dijo que quiere que vuelvan a ser amigos.
―No te creo.
―Es verdad. No sé cuáles sean sus intenciones, pero Priscila te espera allí.
―Si sé que es mentira, te corto las bolas.
―No me jodas con eso. Cree en lo que te digo.
―Bien. Lo creo, y además iré a la cita por curiosidad.
―Ah, por cierto.
―¿Ahora qué?
―No volveré a tener interés en ser amigo de Priscila. ―declaró Guillermo.
―¿Por qué? ¡Cómo así! ―soltó admirado el hermano mayor.
―No sé… Pude conocer que esa chica tiene algo de malo.
―¿Algo cómo qué?
―Es misteriosa, media bruja. En total, no confío en ella. ―expresó el joven de lentes.
Andrés se quedó preocupado por el supuesto interés de Priscila en querer conversar con él, por eso lucía desconcertado. El día anterior ambos se habían peleado. Andrés pensó que quizás ella quería pedirle disculpas. El chico se rascó la cabeza y se mantuvo pensativo durante un rato, mirando anonadado a los alumnos que se marchaban a sus aulas. Cuando los dos hermanos se percataron que eran los únicos que habían quedado en la explanada, se pusieron de píe para volver a sus respectivas sitios.
―Es hora de ir a clases.
―¡Sí! Vayamos.
En clases ambos estaban retraídos. No les prestaban atención a los profesores por pensar en todo lo que les preocupaba. Aunque estaban en diferentes aulas, sus ánimos eran los mismos. Andrés quería ir a la cita con Priscila para saber cuál era el interés de ella en querer conversar con él, sabiendo que estaban peleados. En tiempo pasado los dos chicos habían sido muy buenos amigos. El día cuando ella llegó como alumna nueva, y entró despistada por el portal del colegio, el primero que se le acercó e hizo amistad fue con Andrés.
En clases uno de los profesores le quitó a Guillermo su celular al estar entretenido con el aparato. En el salón de Andrés, el profesor de inglés no había llegado, tocaba hora libre, razón por la que los alumnos estaban escuchando música con sus celulares. Pero Andrés estaba pensativo por la invitación de Priscila. Hasta tanto él veía a la chica comiéndose a besos con su novio.
13: 00 Pm.
Un días más de clases finalizaba. Llegó la hora de salida, y antes que Andrés vaya a encontrarse con Priscila, fue al aula de a lado en busca de su hermano para pedirle algún un buen consejo. Guillermo tenía como virtud la prudencia, sabía cómo actuar en situaciones de riesgos, por eso Andrés esperó a su hermano el tiempo necesario para que él lo aconseje. Al pasar varios minutos Guillermo salió del aula.
―¿Por qué tardabas en salir?
―Estaba recuperando mi celular.
―¿Tu celular?
―Es que me lo quitó el profesor.
―De seguro chateabas.
―Sí, fue por eso. ―respondió Guillermo―¿Y qué hacías esperándome aquí? ―preguntó después.
―Quiero hablar contigo. ―alegó Andrés.
―Deberías estar en tu cita con Priscila.
―Ella aún no sale, está dentro del salón.
―Entonces… ¿Se canceló la cita?
―No sé. Pero necesito un consejo antes de encontrarme con ella si es que se da la cita. ―pronunció Andrés.
―Si puedo te lo daré.
Los chicos se fueron caminando a lo largo del pasadizo junto con otros estudiantes más que iban hacia las escaleras por donde bajaron con rumbo a la explanada del colegio. Justo allí, los dos hermanos se detuvieron en medio de la aglomeración de jóvenes que les impedían a ambos charlar con tranquilidad, pero aun así Andrés hizo lo posible para hablar con su pariente.
―Necesito que me orientes, respecto en cómo debo de actuar frente a Priscila. ―insistió Andrés.
―Creí que porque eres mayor que yo, conocías más del asunto, y te la podías arreglar solo. ―sonrió Guillermo con ironía.
―Tan sólo entiende que me he quedado sin ideas.
―¡Que mal! No tengo experiencia en mujeres. No puedo darte consejos en eso ¡Olvídalo! ―repuso Guillermo.
―En realidad estoy nervioso. No sé qué pretende ella.
―Tal vez te entiendo.
―Menos mal.
―Se me hace extraño que siendo enemigo de su novio, ella quiera acercársenos. ―analizó Guillermo.
―Yo he pensado lo mismo. ―dijo Andrés―. Por eso te advertí en evitar acercarte a ella.
―Quizás debemos ser cautelosos con Priscila. ―resumió Guillermo.
En ese momento ambos se percataron que la mencionada chica pasaba a unos cuantos metros de ellos.
―¡Mira! Hay va ella. ―señaló Andrés con la mirada.
―Pero va sola ¿Y su novio?
―No veo al maldito de Alfonso.
Los dos hermanos miraron hacia todas partes, sin ver al novio de la chica.
―Qué raro que ella ande sola.
―Esto me pone en alerta.
Los jóvenes se pusieron atentos al ver a Priscila caminando sola en medio de la multitud de los alumnos, sin la compañía de Alfonso, cosa que nunca pasaba, ellos siempre andaban juntos al ser novios. La cosa se puso aún más interesante cuando Alfonso apareció, bajando las escaleras, sin la más mínima intención de ir detrás de Priscila. El chico caminó por otro lado rumbo a las gradas de la explanada en donde se reunió con otros alumnos que era sus clientes y sin pudor a nada empezó a venderles droga como si fuesen caramelos. Priscila salió por el portal sin despedirse de él. A la pareja se lo acostumbraba verlos salir juntos, pero en ese día era la excepción.
―¿Por qué esos dos andan muy separados? ―se preguntó Guillermo.
―Es raro. Cuando estaba en el salón de clases los vi muy acaramelados. ―recordó Andrés.
―¿En serio? ―reaccionó el hermano menor.
―Sí. Los vi abrazados. ―afirmó el testigo de la escena.
―Hay algo muy raro en esto. ―pensó el chico de lentes.
―Es verdad. Apuesto que ese par planean algo en contra de nosotros. ―presintió el más preocupado.
Los dos chicos se quedaron pensativos, hasta que Guillermo pudo resolver lo que podría estar pasando.
―Creo que ya entiendo todo.
―¿Ah sí? Dímelo. ―se alteró el hermano mayor.
―Alfonso está utilizando a su novia para así jodernos. Lo puedo imaginar. ―alegó Guillermo.
―Yo también creo lo mismo. ―tanteó Andrés.
―Sí. Pero soy más inteligente que ese narizón y la bruta de la novia. ―aseveró Guillermo, sonriendo con malicia.
Andrés se rascó la cabeza en gesto de total desconcierto.
―¿Voy a la cita o no? ―repuso el desesperado.
―Ahora más que nunca debes de ir. ―opinó Guillermo.
―¿Y por qué? ―se exaltó el hermano mayor con temor.
―Queremos saber acerca de lo que planean y de acuerdo a eso veremos si Alfonso es culpable o no del caso. ―explicó el chico de lentes.
―Pueda que funcione eso, pero pienso que me estoy arriesgando mucho. ―resolvió el otro joven.
―Eso debiste de pensarlo antes de meterte en problema con el cuervo narizón de Alfonso. ―reprendió Guillermo a su hermano.
―Lo hecho… hecho está. Ahora hay que ponerle la bala al pecho. ―se envalentonó el protagonista.
―Como digas.
―Así es.
―Pero tienes que ser cautelosos con ella. ―advirtió el intelectual.
―Lo seré. ―garantizó el impertinente.
―Entonces anda a esa maldita heladería que yo te espero en el restaurante de la esquina. ―ideó el joven de lentes.
―Bien. Pero mientras tanto tú, mantente pendiente de Alfonso si por si acaso ese narizón planeé algo en contra de nosotros. ―sugirió Andrés.
―Es una buena idea para mantener salvo los pellejos. Ese narizón es de cuidado. ―concluyó Guillermo.
Los dos chicos caminaron con rumbo al portal por el cual salieron hacia las afuera del colegio. Estando en las veredas, los dos hermanos se percataron que los alumnos que le habían comprado droga a Alfonso, estaban por esa calle experimentando la reacción de la vitamina y como se ponían locos, hablaban solos con las paredes, hasta perder la razón y empezar a tararear canciones obscenas.
Dame el coño que te daré mi corazón…
Dame un beso que te bajaré el calzón…
Y por el trasero te haré el amor…
Todo lo que hacían era producto de la droga. Aquellos en presenciar esas escenas bochornosas se mataban de la risa, y la calle se volvía un circo. Pero aparte de ellos, una pandilla estaba acechando el colegio en ese momento. Se trataba de unos sujetos que llegaban de vez en cuando a la hora de salida, y tenían amistades con muchos alumnos, pero más con las chicas. Esos sujetos eran de apariencia espectral. A simple vista se los veían que eran drogadictos y micro expendedores de sustancias ilícitas. Lucían flacos, escurridos, inertes, y sus pantalones hasta más abajo de las rodillas dejaban ver unas piernas de calaveras. Además tenían la piel muy pálida y amarillenta. Unas profundas ojeras de estilo oso panda le resaltaban en las caras. Al verlos parecían que los monstruos de la película “Los muertos se comen a los vivos” habían cobrado espacio en la vida real. También usaban pendientes en las orejas como mujer. Sus camisetas anchas y largas de cuerpos y mangas los hacían ver como si fueran una colección de espantapájaros a los que el granjero los vistió horriblemente con odio y pereza. Por último tenían puestas unas gorras anchas y adefesiosas, ajustadas hasta la frente para ocultar un poco sus caras llenas de horrendos granos, resultado de su deteriorada salud por el consumo de drogas. Como castigo de desaprobación un perro callejero y sarnoso, tenía mejor apariencia física que ellos. A pesar de eso eran fanfarrones. Lo curioso es que al parecer a las chicas del colegio les fascinaban los sujetos así, porque todas se les juntaban como moscas a la azúcar. Algunas hasta eran novias de ellos.
Cuando esa pandilla llegaba, se formaba un grupo de jaraneros en la calle del colegio, y todos hablaban tan fuerte que cualquiera oía las babosadas que decían. Y en ese día hablaban de lo mismo de siempre. Porquería.
―¡Anda ya! ¡Súbete un poquito más la falda!
―¡No jodas! Ayer te di lo que querías.
―Pero hoy quiero más.
―¡No! ¡Olvídalo!
―¡Mira! Qué ya conseguí la cámara.
―¿La cámara?
―Quiero hacer contigo un video porno casero.
―¡Sí! ¡Háganlo! —alentaba uno de ellos.
―Y luego súbanlo al internet. —sugería otro de su grupo.
Los jóvenes de la pandilla oscilaban entre los diecisiete a dieciocho años, y no estudiaban en el colegio y tampoco en algún otro, pero porque eran amigos de algunas chicas estudiantes del colegio, era usual encontrarlos a la salida en sus motos, ya sean de buenas marcas o unas sin focos y sin código de matrícula, suponiendo que eran robadas. Si un estudiante mantenía un problema con otro que era buen amigo de ellos, éstos se encargaban de solucionarlo propinándoles una paliza. Se habían reportado casos en los que involucraban a los mencionados chicos malos.
―Odio a esa gente.
―Yo también.
―Lo peor es que no se mueren rápido.
―Parece que son inmunes a las enfermedades.
―Esos delincuentes tienen siete vidas.
Protestaban con amargura los dos hermanos al ver a esa gente de mala reputación invadiendo su colegio. Pero se percataron que tal pandilla no era a la que pertenecía Alfonso. Se trataba de otro grupo de jóvenes holgazanes que llegaban al colegio de vez en cuando.
―Debo ir a mi cita.
―Anda, y sé cauteloso con ella.
―Lo seré.
―¡Bien! Te espero en donde acordamos.
Guillermo y Andrés se separaron. El chico que tendría la cita con Priscila cruzó la calle, mientras que el otro fue al restaurante de una cuadra más allá para esperar a su hermano y estar atento frente a cualquiera cosa que pudiera ocurrir. Pero se aliviaron al saber que Alfonso ya se disponía en marcharse porque al fondo de la calle se lo veía caminando despacio, contando las monedas del negocio de micro expendio de drogas. Pero uno de sus clientes le hizo la parada.
―¡Alfonso! ¡Espera! ―le gritó el drogadicto, silbándole.
―¡Ven! ¡Date prisa!
―¡¿Tienes vitamina?!
―¡Sí! ¡Sí! ¡Ven!
El drogadicto corrió hacia él. Entre ambos se vio que Alfonso le dio algo en las manos del chico para recibir a cambio unas monedas. A la distancia se vio que el drogadicto se fue por otra calle, inhalando por la nariz su porquería, mientras que Alfonso, metros más allá se lo vio entrar a la parrillada de unos argentinos que sabían asar buena carne. De seguro él entraba allí para almorzar.
Por otra parte Andrés se sentía nervioso, no sabía si la cita con Priscila era alguna broma o pretendían tomarle el pelo, pero aun así con ese incierto, entró a la heladería con seguridad. A una esquina del local, en la parte más recóndita estaba ella esperándola sentada en una de las butacas que rodeaban una mesa. Andrés miró a la chica con seriedad y se acercó hacia ella para saludarla de mano a lo que Priscila amablemente lo invitó a sentarse. La chica permanecía atenta a los movimientos que él hacía mientras se acomodaba en la inestable butaca. Al principio de la cita, Priscila no decía nada como si no tuviera ningún interés en conversar, haciendo sentir incomodo a Andrés que se vio obligado a tomar las iniciativas.
―Mi hermano me dijo que deseabas hablar conmigo.
―Sí, así es. Cuando conversé con él le sugerí eso.
Al confirmar que no se trataba de una broma, y que la cita si era premeditada, Andrés se animó por ser cómplice del encuentro.
―¿Te apetece un helado? ―sugirió el chico.
―Claro, me gustaría. ―expresó Priscila con brillantes.
―¿De qué sabor?
―Uno de chocolate, por favor.
―De acuerdo.
Andrés se levantó, dirigiéndose al mostrador en donde le ordenó a la chica que atendía, un helado de chocolate para Priscila, mientras que él eligió uno de vainilla. Los helados eran de cono y algo costosos. La vendedora despachó la orden y consigo mismo, Andrés regresó a la mesa para brindarle a su compañera de clases el aperitivo que le había ofrecido.
―Aquí tienes tu helado de chocolate. ―expresó con amabilidad el chico.
―Oh, gracias Andrés. ―agradeció Priscila con dulzura.
―Por nada.
―Eres amable. ―continuó la chica.
Durante un par de minuto la pareja de compañeros se entretuvo saboreando sus helados, hasta acabárselos. Cómo Priscila insistía por mantenerse callada, nuevamente Andrés se vio en la necesidad de animarse a conversar.
―Supongo que deseabas decirme algo ¿No? ―habló Andrés, mientras doblaba una servilleta entre sus dedos.
―Quería disculparme contigo por haberte bofeteado ayer. ―pronunció Priscila, levantando su mirada hacia el chico.
―Aunque me dolió, acepto tus disculpas. ―sostuvo Andrés, haciendo una mueca de sonrisa agria.
―Eso me relaja.
―Yo también me disculpo por la grosería que te dije.
―Tranquilo, no pasa nada.
Andrés pudo notar algo curioso en la chica. Hasta el más despistado podía darse cuenta que sospechosamente ella había elegido sentarse en la parte más recóndita del sitio como si se estuviera escondiendo de alguien o evitara que lo vieran con él. Además de vez en cuando ella miraba hacia las afueras, con exactitud al colegio que estaba al frente de la heladería. El acto obligó al chico a indagar.
―¿Por qué has elegido sentarte en este lugar?
―Me gustó esta mesa.
―Qué tiene de especial esta mesa si las demás son iguales.
―Nada de especial, sólo quise sentarme aquí.
Andrés sonrió con ironía, al final entendía todo y la chica se resistía en admitir lo que pretendía.
―Dime la verdad Priscila ¿Acaso quieres que no te vean charlando conmigo? ―investigó el chico.
Priscila se quedó en silencio como admitiendo lo que descifraba Andrés. No pronunció nada durante algunos segundos, pero después halagó a su compañero de clases al haber descubierto su acto del cual ella pensaba que no se percataría.
―Admiró lo buen observador que eres Andrés. Debes tener un sensible sexto sentido. ―describió Priscila, sonriendo con malicia.
―No lo creas. A veces no soy tan listo, pero siempre pongo atención a las cosas que están al revés. ―manifestó el chico.
―¿Y acaso crees que esta mesa está al revés? ―preguntó la chica con suspicacia.
―¡No! ¡Claro que no! ―rió Andrés.
―¿Y entonces? ―insistió la chica, buscando explicación.
―Presiento que te ocultas de alguien. ―sostuvo Andrés, mirando a Priscila a los ojos.
―Es verdad. Le dije a mi novio que me urgía ir a mi casa, por eso salí precipitada sin la compañía de él, y no quiero que me vea que estoy aquí. ―sustentó la chica.
―O que te vea charlando conmigo. ―añadió Andrés.
―Las dos cosas a la vez. Si me ve contigo me mata. ―dijo la chica aterrorizada.
―Si es así, debería irme, he tenido suficientes problemas en los dos últimos días. ―comentó Andrés, alterado.
―No, tranquilo. Nada va a pasar. ―alegó Priscila.
―¿Estás segura? ―dudó Andrés.
―Alfonso no tiene porqué saber que tú y yo estamos aquí. Al no ser que tú le digas de esta cita. ―manifestó la chica, sonriendo a medias.
―Bueno, como digas. Y ya que estamos hablando, quisiera preguntarte algo. ―sugirió Andrés.
―¿Algo como qué? ―investigó la chica, curiosa.
―Aún no sé lo que pretendes con acercarte a Guillermo.
―Oh, te gusta cuidar a tu hermano. Qué lindo. ―sonrió la chica.
―Él no necesita que lo cuiden. ―aclaró Andrés.
―Y entonces por qué tienes malas sospechas por haber conversado con Guillermo. ―repuso la chica.
―Es que se me hace extraño que de pronto un día quieras ser amiga de él. ―explicó el incrédulo.
―¿Y qué hay de malo en eso? ―interrogó Priscila.
―Nada en lo absoluto.
―¿Y cuál es el problema?
―Lo raro es que en el tiempo que tenemos estudiando aquí, jamás antes habías cruzado palabras con él. ―aseveró Andrés.
Priscila por su lado sonrió.
―Es verdad, pero es malo que un caballero sospeche de una dama. No soy lo que piensas. ―se defendió Priscila.
―Lo siento. No pretendo ofenderte. ―asintió el chico.
―Acaso porque eres enemigo de mi novio, piensas que también lo eres… ¿de mí? ―replicó la chica.
―Creo que no. ―razonó Andrés―. Con quien me peleé fue con él.
―Te considero mi amigo y me ofendes en que dudes de mis intenciones. ―expresó la chica indignada.
―¿De qué intenciones hablas?
―De intentar ser amigo de tu hermano Guillermo.
―Si es así como dices, creo que estaría de más en que discutamos por esto. ―resumió Andrés.
Los chicos cesaron en conversar por un instante para respirar y calmar los ánimos que generaba la conversación. Priscila para cambiar de tema abordó el caso de Roberto y Víctor.
―Te veo tenso. Imagino que te afectó lo de tus amigos.
―Sí. Nunca imaginé que eso les iba a pasar.
―Sé que sospechas de mi novio, pero te aseguro que él no tiene nada que ver en eso. ―mencionó la chica.
―Tan sólo espero que el tiempo nos dé la razón.
―Yo también.
―Pero si de aquí a mañana algo le pasa a mi hermano o a mí, el único sospechoso será Alfonso. ―manifestó Andrés.
La chica se quedó pensativa, pero al instante se hizo pronunciar frente a lo que acababa de decir su compañero de clases.
―Si te preocupa mi novio, yo puedo protegerte de él para que no te fastidie. ―dijo la chica en voz baja y agachando la cabeza.
―¿Qué dices? ―reaccionó Andrés, inquieto.
―Tú y yo sabemos quién es Alfonso, y de lo que es capaz de hacer por venganza. ―dijo la chica.
Andrés se puso en alerta por las palabras de Priscila.
―Con lo que me dices tan sólo puedo entender algo.
―¿Qué?
―Tu novio tuvo mucho que ver con lo que le pasó a Roberto y a Víctor. ―resolvió Andrés.
―Eso no fue lo que traté de decir. ―aclaró la chica.
―¿Y entonces?
―Lo que quiero es ayudarlo para que tú y Guillermo estén en paz en el colegio. ―explicó la chica.
―No necesito de tu ayuda. ―replicó el chico―. Si tengo un problema lo puedo resolver sin la ayuda de nadie.
―Yo puedo hacer que él deje de buscar venganza en contra de ustedes. ―insistió la chica.
―Con que tú sabes que tu novio se quiere vengar de nosotros ¿No? ―interpretó Andrés.
―Tal vez Alfonso nunca los mate, pero por la paliza que ustedes le dieron ayer, él se quiere desquitar. ―acentuó Priscila con frialdad.
―Algo me dice que no puedo confiar en ti, Priscila. Yo me voy. Pierdo mi tiempo contigo. ―discrepó Andrés.
En ese momento el chico recordó que horas antes en un tropiezo que tuvo con Alfonso, éste le dijo que Priscila su novia le había pedido en no molestar a su hermano y a él, por eso Andrés se enojó al sentir desconfianza en la chica, y se puso de píe para marcharse, pero Priscila le detuvo cogiéndole la mano.
―¡Espera! No te vayas aún. Debemos de seguir hablando.
―No es bueno para mí en que me vean contigo.
―Es peor si me dejas sola. ―exclamó Priscila.
El chico miró a su compañera a los ojos, sorprendido por lo que acababa de pronunciar. Volvió a sentarse y respiró hondo para recobrar aliento. El joven se hallaba estresado y exhausto por todo lo ocurrido.
―¿Qué pretendes en realidad Priscila? ―repuso el chico confundido.
―Sólo ayudarte.
―¿Por qué?
―Porque yo también soy una de sus víctimas. ―declaró la chica.
―No te creo, si fueras su víctima dejarías de andar con él. Pero es todo lo contrario, cada día se te ve más enamorada de Alfonso. ―comentó el chico, enojado.
―¿Y eso te hace enojar, Andrés?
―No, para nada. ―dijo el chico, rascándose la cabeza.
―Algo me dice que sí. ― sonrió la chica.
―Deja de decir eso, que no es verdad. ―aclaró el joven, tratando de cambiar su ánimo.
Andrés se mantenía desconcertado por la propuesta de Priscila porque al parecer ella pretendía salvarlo de las garras del delincuente de su novio. Apostar esperanzas en la chica era muy arriesgado. Por un corto lapso dejaron de charlar, y justo en ese momento, el chico recibió un mensaje en su celular de parte de su hermano Guillermo quien había estado siguiendo los pasos de Alfonso. En la misiva le informaba a Andrés que el enemigo se había ido en un autobús y que por el momento no había nada de que sospechar y temer.
El muchacho se sintió más relajado al saber que su enemigo no lo estaba acechando porque de lo contrario sería hombre muerto si lo llegaría a encontrar, conversando con su novia en una heladería. Pensaba que si Alfonso hubiera sabido de la cita de Priscila con él, jamás lo hubiera permitido.
En la mesa, los dos jóvenes reanudaron la conversación, pero Andrés aún no confiaba del todo en ella.
―¿Por qué se te hace difícil confiar en mí? ―preguntó Priscila.
―Creo que tengo motivos para hacerlo.
―¿Cuáles motivos?
―Eres la novia del tipo más peligroso del colegio.
―Yo pienso que estás enojado y celoso porque nunca hubo algo entre los dos.
El chico se quedó en silencio, petrificado, pero buscó reaccionar de manera rápida para no quedar como tonto frente a ella.
―Eso jamás me ha afectado. ―dijo enérgico―. No tengo novia, es verdad, pero por eso no voy a ponerme a llorar.
―Ah, eres un tipo con orgullo. Eso me gusta. ―sonrió Priscila.
―Sí, lo soy.
―Pero dime una cosa ¿Alguna vez has hecho el amor con una mujer?
―En una ocasión me acosté con una prostituta.
―¿Hablas en serio? ―se admiró la chica.
―Sí ¿Por qué te sorprendes?
―Jamás creí que fuese ese tipo de hombre que le gustaban hacer esas cosas.
―Lo soy ¿Y qué?
―Me desilusionas. Creí que eras otro.
―En realidad ese soy yo. Para que voy a mentir. No me gustar aparentar. ―declaró Andrés.
Priscila actuó desilusionada y sorprendida por la declaración de Andrés que era muy cierta. En una ocasión junto con Roberto y Víctor, el joven fue a un prostíbulo en donde se inauguró sexualmente. Guillermo no sabía de eso, pero lo imaginaba un poco porque cuando su hermano se juntaba con los mencionados chicos se arrebataba.
La chica se entristeció al recordar que antes ella y Andrés eran muy buenos amigos, los mejores del mundo. Se prestaban las tareas, y en los exámenes se pasaban los papelitos con las respuestas o se soplaban información para ayudarse entre sí y sacar buenas notas, pero desde que ella conoció a Alfonso ambos se distanciaron. Por historia, Andrés y Alfonso no se tragaban.
―Espero que nos volvamos a llevar como antes.
―¿Y cómo era antes según tú? ―indagó Andrés, sonriendo con suspicacia.
―Así como cuando conversábamos todo el tiempo y nos bromeábamos. ―recordó la chica.
―Eso fue en tiempo pasado. ―suspiró Andrés.
―Pero yo quisiera recuperar esa relación que teníamos cuando recién nos conocimos. ―insistió la señorita.
―Si buscas un buen amigo, tienes a tu novio. ―respondió Andrés.
―¿Y eso qué?
―Creo que cuando alguien se empareja con otra persona es porque renuncia a la soledad. ―opinó el chico.
―¿Eso crees?
―El que tiene pareja no necesita de más compañía.
―¿Qué tratas de decir?
―Que si de verdad se ama a alguien es suficiente con estar a lado de esa persona y no ir en busca de un supuesto mejor amigo. ―explicó el chico.
―Pero una mujer puede tener un mejor amigo. ―replicó la chica.
―El mejor amigo muere desde el día en que llega el novio. Ya no me necesitas, nena. ―declaró el joven.
Andrés recordó que desde el día en que Priscila empezó a relacionarse con Alfonso perdió los escrúpulos, se volvió en cómplice de sus injusticias, haciendo que las personas que la consideraban se alejaran de ella, como el grupo de las chicas más guapas a las que pertenecía y con las que siempre andaba. Después se unió al grupo de las chicas plebeyas para no estar sola.
―Hay algo que no comprendo. ―prosiguió Andrés.
―¿Qué es lo que no comprendes? ―repuso curiosa la chica.
―Por qué defiendes a Alfonso, si él siempre es culpable. Nunca es inocente. ―criticó el chico.
―Él es mi novio, lo amo y por eso estoy de su lado. No lo puedo traicionar. ―se exaltó la chica enojada.
―Pero te vuelves en su cómplice, y llegas a tener la misma culpabilidad que él. ―aseveró Andrés.
―No, no es cierto.
―Si lo es porque lo encubres y lo defiendes.
―Yo jamás le hecho daño a alguien. ―replicó Priscila ofendida.
―Tal vez tú no, pero él sí. Aunque por cómplice tienes el mismo grado de culpabilidad.
―Pero jamás he robado y he matado.
―Al parecer sabes mucho de las cosas que Alfonso hace.
―Es que tú no entiendes. Vivo enamorada de él.
―Dime una cosa. Qué tanto tuvo que ver tu novio con lo que le sucedió a mis amigos. ―afrontó Andrés.
―Él no tiene nada que ver en eso. ―aclaró la chica.
―¿Lo puedes comprobar?
―¡Sí! En el rato que ocurrió eso, Alfonso estaba conmigo. Pasó por mi casa para venir juntos al colegio. ―sostuvo la chica.
―No te creo, eres mentirosa. Estás encubriendo al infeliz de tu novio. ―manifestó Andrés.
―¡Basta! ¡Me voy! No permitiré que me sigas ofendiendo. No tienes derecho a tratarme así. ―reaccionó Priscila.
Priscila se levantó enojada de su butaca decidida a marcharse de la mesa, pero Andrés inmediatamente se puso de píe y la sujetó de su brazo izquierdo, buscando detenerla en un acto frenético en el que sonaron las butacas y la mesa que chillaba con el más mínimo movimiento. Las reacciones ocasionaron a que la chica volteara a mirar a Andrés a los ojos de manera profunda, dejándose deslumbrar por hallar el misterio como si por primera vez hubiera descubierto algo atrayente en él. Algo similar sucedió en el chico al mirar de cerca a su compañera de clases. Ambos lograron ver el brillo de una chispa encendiéndose y que quizás por la ceguera de uno de los dos nunca pudo ser llama y se apagó.
Mientras el chico la tenía sujetada del brazo, Priscila sintió una extraña química que la electrizó, y más aún al ver el rostro del joven quien lucía fascinado al mirarle sus preciosos ojos verdes, haciéndole notar lo enamorado que él vivía de ella. Al sentir Andrés la suavidad de la piel del brazo de Priscila, sintió ganas de atarla a su cuerpo y abrazarla por su estrecha cintura y besarla como siempre lo había soñado. Pero antes que pasara lo inevitable, Priscila se soltó de la mano del chico y juntos volvieron a sentarse con un poco de confusión.
―¿Te puedo invitar a almorzar? ―sugirió el chico.
―No gracias. Comeré en mi casa. ―dijo ella con seriedad.
Los jóvenes dialogaban en tono bajo. De poco se relajaban, y las cosas marchaban con apacibilidad entre ellos dos. Para romper el hielo de ese extraño trance que ambos atravesaron, Andrés le hizo recordar de algo a la chica.
―Recuerdas el libro de poemas que te regalé.
―Sí, aún lo conservo, y antes de dormir leo un poema, y como siempre me acuerdo de ti. ―confesó la chica, sonriendo forzosamente.
―Me alegra que te acuerdes de mí. ―dijo el chico, emocionado.
―También me acuerdo cuando me declamaste un poema en el día cuando estábamos en ese parque. ―manifestó la chica.
―Si deseas, lo puedo volver hacer.
―Me gustaría escucharte declarar un poema para mí. Pero tengo novio. ―alegó la chica.
―Lo sé. ―asintió Andrés.
Priscila se pasó la mano por el cabello, se hurgó la nariz y confesó lo que siempre había sospechado de él.
―Siempre supe que vivías enamorado de mí y te enojaste cuando elegí estar con Alfonso en vez de ti. ―comentó la chica.
―Si crees que eso es así, estás muy equivocada, Priscila.
―Desde el primer día en que te conocí, noté que me mirabas como mujer y no como amiga. ―prosiguió la chica.
―Eres una chica atractiva, lo admito. Pero nunca te miré de la manera en que piensas. ―aseguró el joven.
―Tan sólo admites que vives enamorado de mí, y que me deseas tanto. ―exhortó Priscila, encrespada.
―Una cosa que esté enamorado de ti y otra que te admiré porque eres bella. ―aclaró Andrés.
―Eso me parece una gran contradicción. ―sonrió ella.
―¿Tú piensas que me estoy muriendo de celos? ¿Piensas que estoy confundido? ―refutó Andrés.
―Sí. Eso creo. ―dijo la chica, masticándose la uña del pulgar izquierdo.
―En realidad no es así. Son otras cosas las que a veces me hacen lucir enojado y triste. ―declaró el chico.
―¿Qué te sucede amigo? ―preguntó Priscila, preocupada.
―Problemas familiares. ―confesó Andrés.
―Lo lamento. ―exclamó ella.
―Mis padres nos regañan mucho a causa de su mala relación, y además piensan en divorciarse. ―confesóél.
―Supongo que por su mala relación ellos se desquitan contigo y con tu hermano. ―expresó ella.
―Sí, y por eso he planeado en huir con mi hermano.
―Pero si huyen de sus padres, como sobrevivirán.
―Buscando un trabajo, obvio.
―A mí me sucede algo similar. ―dijo ella.
―¿Ah sí?
―Mis padres viven enojados conmigo.
―¿Por qué?
―Por la relación que mantengo con Alfonso.
―Quizás no tanto sea por la relación, sino más bien por la persona con quien estás. ―comentó Andrés.
―¿Tú crees eso? ―preguntó Priscila, como buscando orientación.
―Ponte en los zapatos de ellos. Quizás desean verte con una persona que les sea de su agrado. ―sostuvo Andrés.
Priscila se quedó pensativa, mirando ensimismada hacia el centro de la mesa. A causa de su noviazgo con Alfonso, la chica no estaba teniendo una buena relación con sus padres.
La conversación de temas personales que ella mantenía con Andrés, la llevó a confiar en el chico con el que se estaba entendiendo. Ambos atravesaban por situaciones similares y sentían algo en común.
―Quisiera confiar en alguien. ―dijo de pronto ella.
―Puedes refugiarte en tu novio. Como tu amante de turno, es el único que puede comprenderte. ―argumentó Andrés.
―En realidad eso no sucede con nosotros dos. ―confesó Priscila, entristecida.
―Pero puedes hablar con una de las chicas de tu grupo, veo que ellas son muy amigas de ti. ―consideró el chico.
―En realidad no confío en mis amigas. Les gusta rumorar. No saben guardar un secreto. ―se quejó ella.
―Creí que te respetaban por ser una de las chicas más populares del colegio. ―supuso Andrés.
―Eso jamás sucede. Confiar en ellas es arriesgado.
―No lo sabía.
―En serio, créelo. Son chicas de peligro.
―Bueno. Pero antes que confíes en alguien, deberías hablarte a ti mismo para que te conozcas y halles las respuestas que necesitas. ―aconsejó el chico.
―¿Funcionará eso? ―preguntó la chica, curiosa.
―Lo aseguro. Debes descubrir en qué sentido va tu vida.
―No he averiguado eso de mí.
―Los únicos en entender nuestros problemas somos nosotros mismos. ―señalóél.
―A veces lo creo. ―admitió ella.
―La ayuda de un segundo, sólo sirve de consolación, y no de compartir el dolor que es diferente. ―explicó Andrés.
―Yo creo lo mismo. ―comprendió la chica.
―Los problemas de uno son motivos de risa para otros. Esa es la hipocresía de nosotros los humanos. ―enfatizó Andrés.
El joven no sabía porque decía esas cosas, era como si un sentimiento reprimido en él, lo incitaba en hablar de eso. Era raro, él nunca abordaba esos asuntos, quien siempre tocaba temas emocionales solía ser su hermano Guillermo. Priscila por su parte miró su reloj de pulsera del pato Donald, y luego de fijarse en la hora, se acomodó su mochila Totto, color morada en su hombro izquierdo con las intenciones de quererse marchar. Mientras intentaba ponerse de pie, se arregló su falda a cuadros del uniforme.
―Debo irme, ya es tarde. Me gustaría charlar contigo en otro momento. ―sugirió Priscila, preocupada por la hora.
―Bueno. Dime cuando.
―Quizás el domingo. Yo te avisó por celular a qué hora y en donde nos podemos ver.
―Como quieras. ―concluyó Andrés.
Los jóvenes se pusieron de pie, y abandonaron la mesa para luego salir de la heladería. Estando en la vereda de la calle, en medio del pasar de la gente, los chicos se despidieron con besos en las mejillas, y muy contentos al haberse reconciliado. Priscila abordó un autobús, yéndose hacia su destino, mientras que Andrés fue en busca de su hermano Guillermo con quien habían quedado en encontrarse en el restaurante situado a unas pocas cuadras de la heladería. En las afueras del colegio ya no se veía a los alumnos de la jornada matutina, todos se habían ido, y empezaban a llegar los alumnos de la jornada vespertina. Cuando los dos hermanos volvieron a verse las caras, concordaron en ir a su casa y postergar la visita al hospital para el día siguiente. Ambos estaban agotados y necesitaban tomarse un tiempo.
CAPÍTULO IV
Concluía otro día en el colegio, y no de la mejor forma. Los chicos se marcharon en la línea de autobús que solía llevarlos a su lugar de residencia. En el trayecto ninguno de los dos decía nada, sólo querían llegar a casa para descansar y sacarse de encima el estrés. Como sentían hambre, Guillermo sacó de su mochila la última barra de chocolate que le quedaba de la caja que le había comprado a la chica que conoció el día pasado. El joven abrió la envoltura de la golosina para partirla en dos partes, y brindarle una mitad a su hermano Andrés quien iba a la ventana con los ojos que los cerraba y los abría a causa del sueño. Entre ambos se comieron el chocolate para apaciguar el hambre hasta llegar a casa y poder almorzar.
A mitad del trayecto Guillermo sintió curiosidad por saber lo ocurrido en la cita que mantuvo su hermano con Priscila, así que lo incitó a hablar del tema.
─¿Y qué fue lo que charlaste con Priscila? ─indagó el chico de lentes.
─Entre algunas cosas que hablamos, descubrí que ella encubre los delitos que hace Alfonso. ─manifestó Andrés.
─Era de suponerlo, ella es la novia.
─Según Priscila, su novio no tiene nada que ver con lo que le sucedió a Víctor y a Roberto.
─¿Y tú le creíste?
─Realmente no sé qué opinar. Pero hay algo que me tiene inquieto.
─¿Qué es?
─Ella me dijo que está dispuesta a evitar que su novio nos haga daño.
─¿Y por qué estaría interesada en hacer eso? ―prosiguió Guillermo.
─No lo sé. ─musitó Andrés, turbado.
─Es mejor que nos alejemos de ella para evitar caer en alguna trampa. ―anticipó Guillermo―. Si está de nuestro lado, estaría en contra de su novio, y eso no va a pasar.
Los chicos se quedaron en silencio, preocupados y pensativos. Andrés presionado por las malas sospechas que generaba la situación, decidió en revelarle a su hermano la próxima cita que mantendría con Priscila.
─Al final quedamos en charlar en otro día. Creo que pronto saldré con ella.
─¿Ah sí? ─expresó Guillermo, sorprendido.
─Posiblemente nos veamos el domingo. ─declaró Andrés.
─No trates de acercarte más a ella. Presiento que no tiene buenas intenciones. Te meterás en problemas. ─advirtió Guillermo.
─Lo mismo te dije yo, y no me hiciste caso. ─protestó Andrés.
―Es verdad, pero yo lo hice porque necesitaba su repuesta con respecto al tema de Roberto y Víctor. ―argumentó Guillermo.
―Yo también necesito saber lo mismo.
―No lo creo. Tu capricho es que quieres salir con ella.
―No es ningún capricho ¡Maldición!
―Admítelo. Siempre ha estado enamorado de Priscila.
―Es verdad, pero quiero saber cuáles son sus intenciones.
―Te advierto, ten cuidado con ella. ―dijo Guillermo.
―Sé cómo cuidarme.
―Ella no quiere nada contigo, solo busca fastidiarnos.
La charla se puso en mal tono. Andrés se disgustó por lo que le dijo su hermano quien aseguró que Priscila no buscaba nada con él, y lo único que ella pretendía era fastidiar a los dos para divertirse. Andrés no quiso entenderlo. Parecía que a veces confiaba en Priscila y en otras no. En su confusión él quería acercarse a la chica para ver si quizás tenía una oportunidad con ella, esa era su anhelo, y por el enojo de su frustración al no haberla conquistado antes, se peleó con Guillermo por un comentario desatinado en contra de él.
―No será que tienes envidia porque Priscila me invitó a salir a mí y no a ti. ―supuso Andrés.
―¡Pero qué carajo dices! ―reaccionó Guillermo―. Yo ni siquiera tengo el interés de acercarme a Priscila, es una puta ¿No ves cómo se maquilla? ¿No ves de quien es la novia?
―Con qué eso piensas de ella. ―expresó Andrés, suspicaz.
―Ni me interesa ser su amigo. ―dijo Guillermo.
―Y entonces por qué ayer estabas mirándola como idiota.
―Una cosa es que haya estado mirándola, y otra que tenga el interés en ser su amigo.
―Antes no pensabas así. ―refutó Andrés.
―Es verdad, pero al tratarla, me di cuenta que ella no tiene nada de positivo. ―argumentó Guillermo.
―No te creo, porque de igual forma fuiste a charlar con ella.
―Ya te dije cuál era la razón porque fui a conversar con Priscila.
―No te creo. ―dudó Andrés.
―¡Mierda! Por qué no me crees. Ella te lavó el cerebro y tú ni cuentas te diste. ―expresó Guillermo, enfurecido.
―Lo que no te has dado cuenta, es que también ella te gusta y no lo quieres aceptar. ―sostuvo Andrés.
―Que te quede claro…―alzó la voz Guillermo.
―¿Qué cosa?
―Priscila es hermosa, pero no me gusta y no me interesa en ser amigo de una mujer que siendo tan joven y hermosa se rebaja por andar con un pandillero. ―manifestó Guillermo.
―No hables así de ella. ―protestó Andrés, ofendido.
―Si tanto te gusta Priscila, ve a donde ella, quítasela a Alfonso para que luego él te mate. ―dijo su hermano.
Los chicos terminaron discutiendo. No se hablaron en el resto del trayecto. Al llegar a su casa, prepararon sus almuerzos por separados, y comieron dentro de sus respectivas habitaciones mostrándose un reciproco enojo. Guillermo se había sentido muy ofendido, él no tenía interés en Priscila, pero al parecer su hermano pretendía acercarse a ella sin que nadie se interpusiera. Aunque Andrés confiaba poco en esa chica, su travesura lo incitaba en ser cómplice del juego, sabiendo por dentro que sus pellejos corrían riesgos al pretenderle la novia a un delincuente.
17: 00 Pm
En la última hora de la tarde Guillermo salió de casa a dar un paseo por las calles del solitario barrio en donde residía. Compró unas golosinas y siguió caminando para tomar aire fresco. El chico seguía enojado por lo que le había dicho su hermano. Cuando empezaba a atardecer, volvió a casa. Para ese entonces sus padres habían llegado de trabajar, y estaban en las hamacas de la sala, descansando.
Los chicos no se dirigían la palabra, sólo se miraban de reojo. Por suerte de ambos, sus padres no se habían percatado de eso. Para las diez de la noche, Guillermo se fue a dormir a su cuarto, mientras que Andrés se quedó viendo esas películas de clasificación “C” sólo para adultos que transmitían en altas hora de la noche.
Para el día siguiente era sábado. La familia se dedicó a pintar las paredes de su hogar y así darle una mejor fachada. La casa lucía mal y era necesario pasarle una mano de gato.
Domingo 9 de mayo, 2010
Hasta ese día los dos hermanos no les habían contado a sus padres nada acerca de lo ocurrido con sus dos amigos en el colegio porque de seguro les prohibirían en dejar de andar con ellos o en irlos a visitar al hospital, y por último les iban a dar una serie de pesados consejos para que tuvieran precaución, sabiendo bien que ya sabían cuidarse solos. Aunque no se hablaban los dos chicos, habían concordado como por telepatía que no les convenía contar aquello para que sus padres no se preocuparan.
Por la tarde Andrés recibió una llamada, se trataba de Priscila que lo invitaba a salir. El chico se vistió con su mejor atuendo que encontró en su armario, se puso guapo y salió de casa. El sol era radiante. Además había un buen clima, justo como para salir de paseo.
Como de costumbre Guillermo se quedó en casa al no tener planes con nadie. Aprovechando que estaba desocupado, le ayudó a su madre con los quehaceres domésticos y también en hacer sus tareas para el día lunes. Las actividades que ambos habían tenido, hicieron que olvidaran los planes de visita que les harían a sus amigos en el hospital.
Andrés se encontró con Priscila en un centro comercial. Pasearon durante toda la tarde, y hablaron de tantas cosas, haciendo que su amistad volviera a ser como era antes. Los chicos descubrieron que tenían mucho en común, se entendía entre sí, y Andrés apostó por confiar totalmente en la chica, olvidándose de tener precauciones al estar saliendo con la novia de un delincuente.
Al concluir la cita, el joven pasó dejando a Priscila por su casa. Siendo a las ocho de la noche, Andrés estuvo de regreso, y sus padres lo reprendieron al llegar a esa hora. Ellos sabían que había salido con una chica, pero no se imaginaban que ella era novia de un pandillero con quien los dos hermanos tenían problemas. Guillermo no dijo nada y se hizo el desentendido para evitar hacer más grande la reprensión que le daban a su hermano. Se quedó callado para ser prudente, aunque por dentro sabía que su hermano actuaba mal. No quería tratar con alguien testarudo. De seguro él estaba cegado por Priscila.
Andrés no hizo sus tareas, apenas lustró sus zapatos y planchó su uniforme para dejarlo listo. El chico lucía alegre, hace tiempo que no se lo veía con esa actitud, pero por otro lado flaqueaba en mucho y ponía en riesgo sus pellejos. Al ser la noche los dos hermanos se fueron a dormir. Para el día siguiente empezarían una nueva semana de clases.
Lunes 10 de mayo, 2010
Empezaba una nueva semana. Los dos hermanos desayunaron y se marcharon rumbo a su colegio. Hasta ese día no se habían reconciliado, seguían enojados por la discusión que tuvieron el viernes. Pero al parecer a Andrés eso no le importaba. Estaba alegre por haber salido con Priscila, la tarde del domingo.
Llegando al colegio, los dos chicos se toparon con Priscila en el portal. Los tres se saludaron con besos en la mejilla. Apenas Andrés vio a la chica se puso a coquetearle con bromas estúpidas. Lo mismo hacía ella. Guillermo mejor se apartó de ellos dos marchándose a su aula.
Cuando fue el receso, Guillermo se encargó de seguir a su hermano para investigar lo que hacía. Pensó que de seguro andaría detrás de Priscila, y así fue. Se vio a la pareja de amigos pasando desapercibida en medio de los demás, excepto por el chico que iba siguiendo sus pasos. Los dos iban hacia la parte posterior del colegio en donde había un extenso lote lleno de arbustos y árboles.
Como Andrés y Priscila iban de espalda, Guillermo los pudo seguir sin que los dos se dieran cuenta. La pareja se metió por unos arbustos, ocultándose por completo de la vista de cualquiera. Se sentaron sobre un poco de césped que había. Estaban muy cerca como si fueran íntimos amigos. Conversaban con serenidad, mirándose a los ojos como si se estuvieran haciendo una declaración de amor. La escena mantenía en suspenso a Guillermo que los espiaba detrás del tronco de un árbol a varios metros. Por su desgracia se llevó una mala sorpresa. Vio que su hermano Andrés empezó a besarse con Priscila. El beso duro a cuenta gotas un minuto. Guillermo no lo podía creer, se quería caer de coraje porque su hermano acababa de enredarse con la novia de Alfonso.
Después del beso, vio que se abrazaron. Así estuvieron hasta que terminó el receso. Para no levantar malas sospechas, esperaron a que todos los alumnos subieran a las aulas para ellos marcharse del lugar caminando juntos. Como nadie los veía se tomaron de las manos, hasta llegar a las primera aulas del colegio en donde se detuvieron. Antes de separarse, se dieron un piquito en la boca. Para mantener oculto su secreto de amantes, Priscila se fue primero y Andrés se quedó para irse después y no llegar juntos a su salón de clases. Como el chico estaba solo, Guillermo corrió hacia él para abordarlo, y reclamarle por lo que había visto.
―Siempre supe que tenías mierda en la cabeza. ―dijo Guillermo acercándose a él.
Andrés volteó y se sorprendió al ver a su hermano. Al principio se mantuvo callado sin saber que decir. Luego reaccionó.
―Qué… ¿Qué haces tú aquí? ¿Me estuviste espiando?
―¡Sí! ¿Y qué?
―No tienes derecho en hacer esto. ―replicó Andrés.
―Tú no sabes lo que haces. Te estás llevando la soga al cuello por enredarte con Priscila. ―mencionó Guillermo.
―Lo que ocurre entre ella y yo nadie tiene por qué saberlo, al no ser que tú le digas a todo el mundo. ―sostuvo Andrés.
―No se lo diré a nadie. Despreocúpate.
―Menos mal.
―¿Pero no pudiste elegir a otra chica que no sea ella?
―No quiero estar con otra que no sea ella. ―alegó el enamoradizo.
―¿Acaso no eras tú quien al inicio me dijo que no me juntara con ella? ―cuestionó Guillermo a su hermano.
―¡Sí! Es verdad, pero me di cuenta que ella es una buena chica. ―dedujo Andrés románticamente.
―Por favor, no seas imbécil. ―se indignó Guillermo―. Entiende que es la novia de un delincuente. No te mezcles con ella. No vale la pena, en el colegio hay chicas más decentes que Priscila. ―aconsejó el chico a su hermano.
―Ahora que la tengo a mi lado, no voy a dar un paso atrás. La conquisté finalmente. ―enfatizó Andrés, jactándose de triunfador.
―¿Y cómo la conquistaste? ―preguntó Guillermo sorprendido―. Si ella siempre te ignoraba.
―La besé de pronto, y ella me pidió una aventura. ―confesó Andrés.
―¿Una aventura sólo con un beso? ―cuestionó Guillermo.
―¡Sí! Como lo oyes.
―¿Tú crees en lo que sientes?
―¡Sí! Creo que la amo.
―Yo creo que tú y Priscila tienen mierda en la cabeza. ―opinó Guillermo indignado.
El joven se sentía desconcertado, de pronto su hermano tenía una relación con Priscila. Todo iba muy rápido y de paso la chica aún era la novia de Alfonso. Eso decía que no iban por un buen camino.
―Ella es mi primer amor, y estoy feliz. ―recalcó Andrés.
―Te vas a meter en problemas. ―previno Guillermo.
―No me importa, si es de pelear, pelearé por ella.
―Recuerda que ahora Víctor y Roberto ya no están para apoyarte. Eres tú solo frente a Alfonso y su pandilla. ―recalcó Guillermo.
Andrés se quedó pensativo. El chico respiró hondo al imaginar que la vida se le podría complicar al haberse enredado con Priscila, pero su terquedad le insistía en seguir con su siniestra relación. Después que los hermanos discutieran, caminaron con rumbo a sus aulas. Al instante en que pasaban por la explanada, se percataron que los padres de Víctor y Roberto estaban entrando por el portal, detrás de ellos iban tres agentes de policía y un reportero. Todos iban con dirección a la oficina del rector.
Los dos chicos se detuvieron para ver lo que sucedía. Como ambos conocían a los padres de sus amigos, lo saludaron y conversaron con ellos durante un momento. A reglón seguido los padres fueron a la oficina del rector. El viejo Rodríguez se sorprendió por la visita.
―Licenciado Rodríguez, queremos hablar con usted.
—¿Y cómo para qué?
―Nuestros hijos casi los matan…
—Y no ha hecho nada al respecto.
Reclamaron los señores enojados.
―¡Ya basta! ―reaccionó el rector―. Nadie pone en tela de duda mi trabajo como rector. Soy un profesional en pedagogía y conozco mi trabajo.
―¿Acaso no le parece grave lo que le pasó a nuestros hijos?
—Toda la gente de la ciudad habla de este hecho.
El rector al ver que los padres de familia estaban enojados, propuso en discutir el asunto dentro de su oficina. Antes le ordenó al portero del colegio a que sacara al periodista que mantenía su cámara prendida.
―¡Jaime! ¡Ven aquí!
El portero salió de la garita y llegó hasta donde el rector.
―¿Qué desea licenciado? ―se pronunció Jaime el portero.
―Ábrale la puerta a este reportero de cuarta que ya se va.
Pero el periodista reprochó, aclarando que jamás había pensado en irse.
―En ningún momento dije que me iba.
—¿Y qué haces aquí?
―Estoy haciendo mi trabajo y no debe de impedírmelo. ―repuso el periodista.
―¡Usted se calla! No es nada más que un periodista fascista igual a esos que apoyaban a Pinochet en su dictadura ¡Lárguese de aquí! ―increpó el rector al reportero.
―Y usted en cambio es un viejo corrupto. ―replicó el periodista.
―Más corrupto que tu jefe, el dueño del canal que le pone precio a la libertad de expresión ¡No creo! ―se rió Rodríguez.
―Usted no tiene los pantalones para manejar a este colegio que siempre está metido en problemas. ―criticó el periodista.
―Tú tienes que volver a la universidad para que aprendas hacer bien tu oficio si quieres que yo te permita hacer tu trabajo en este colegio. ―sostuvo Rodríguez.
―Por culpa de gente como usted es que la educación en el país está jodida. Es un burócrata corrupto. ―dijo el periodista, yéndose con su camarógrafo.
El reportero se fue junto con su compañero de oficio, el camarógrafo. Al final ya había recogido suficiente material como para publicarlo en el noticiero. De seguro iban a pasar la discusión entre el periodista y el rector del colegio.
Los padres de familia junto con los tres policías, ingresaron a la oficina del rector. Como Andrés y Guillermo habían estado curioseando detrás de la escalera, el rector Rodríguez alcanzó a verlos al momento en que subían para marcharse.
―¡Hey! ¡Chicos! ¡Esperen! ¡No se vayan! ―gritó el rector.
―Es que tenemos que ir a nuestras aulas. ―respondió Guillermo.
―Eso lo hubieran hecho antes de estar fisgoneando.
―Debemos marcharnos o perderemos las clases.
―Vengan acá, que ustedes también tienen que hablar con los padres de los alumnos. ―alegó el director.
―De acuerdo, iremos. ―aceptaron los hermanos.
Enseguida los dos chicos bajaron los tres escalones para ir hacia la oficina del rector en donde entraron y junto a los tres policías se sentaron en unas butacas que estaban a lo largo de una de las paredes. Los cuatro padres de familia se sentaron en otras butacas que rodeaban el escritor del rector.
―¡Chicos! Cuéntenles a los señores acerca del pleito en la que Víctor y Roberto estuvieron involucrados. ―manifestó Rodríguez―. Ah, lo olvidaba, ustedes también fueron parte de eso.
Los dos hermanos se miraron entre sí. Los padres de familia y los policías inclinaron sus miradas hacia los chicos quienes después de titubear un poco, se decidieron por narrar lo acontecido.
―Tuvimos una pelea con un compañero de clases. ―dijo Andrés, mirando a los padres.
―Fue una pelea como de esas que suelen acontecer. ―añadió Guillermo.
―Andrés y Víctor tuvieron participación. Pero yo fui el más afectado. ―alegó Andrés, mostrando los golpes en su rostro.
Los moretones en la cara del chico era cada vez menos inflamados, pero con verlos daba una señal que había tenido una pelea.
―Eso no nos ha contado Roberto. ―dijo el padre del chico.
―Tampoco Víctor, jamás nos hizo saber de aquello. Nos dice que en el colegio siempre le va bien. ―alegó indignada la madre del mencionado alumno.
Los padres estaban sorprendidos por la noticia que acaban de obtener por medio de los dos alumnos, allí presentes.
―¿Ustedes creen que esa pelea tiene relación con el intento de homicidio que sufrieron sus compañeros? ―preguntó uno de los policía.
―Bueno…―Andrés se rascó la cabeza―. Pensamos que sí, pero somos prudentes al buscar culpable, porque no hemos visto nada.
―¿Cómo se llama el chico con el que se pelearon? ―indagó otros de los policías.
―Su nombre es Alfonso, es un alumno muy conocido en el colegio. ―prosiguió Guillermo.
―Quisiéramos hablar con Alfonso. ―propuso el tercer policía.
―De acuerdo. Haré que venga el chico. ―dijo el rector.
Enseguida Rodríguez, llamó por teléfono a la oficina de a lado para ordenarle a Virginia la secretaria que fuera a buscar a Alfonso en su aula de clases y lo trajera a la oficina del rectorado.
El ambiente estaba tenso en el sitio. El rector lucía muy serio y preocupado. Guillermo y Andrés estaban nerviosos debido a que los padres de familia les seguían investigando más acerca de ese pleito en el que estuvieron involucrados sus hijos. Al pasar unos tres minutos, llegó Alfonso.
―Buenos días. ―saludó el susodicho.
Alfonso entró a la oficina sonriendo alegre como si lo hubieran llamado a ser parte de una deliciosa cena. Los padres de familia junto con los policías se admiraron por ver al chico. De igual manera respondieron a su saludo. Quien empezó a interrogar a Alfonso fue uno de los policías.
―Díganos joven ¿Por qué se peleó con los chicos aquí presente?
Alfonso miró a los dos hermanos. La sonrisa se le apagó. Al inicio tardó un poco en contestar como si estuviera preparando las cosas por decir, y todos dirigían sus ojos hacia él. Luego prosiguió en narrar el motivo de la pelea.
―Oí que ellos junto con Víctor y Roberto se burlaron de mi novia y de mí. ―mencionó Alfonso.
―¿Acaso Víctor y Roberto no son los chicos baleados? —indagó otro de los policías.
―¡Sí! Ellos son. ―pronunció Guillermo.
Los policías se miraron entre ellos.
―¿Es verdad lo que dice el alumno Alfonso?
Preguntó otro de los oficiales, dirigiéndose a los dos hermanos. Guillermo miró a su pariente para decirle bajo un gesto que de una vez por toda dijeran la verdad.
―Sí, lo admito. Nos metimos con ellos dos. ―confesó Andrés.
―Pero cuando Alfonso nos reclamó sacó una navaja para amenazarnos. ―añadió Guillermo.
―¡Eso es mentira! ―se defendió Alfonso, enérgico.
―Tú sabe que eso fue verdad. ―repuso Andrés.
―¿Tienes pruebas? ―desafió el acusado.
―Creo que si lo puedo tener.
―De acuerdo ¡Muéstralo!
En ese momento intervino uno de los policías en la discusión que mantenían los dos alumnos.
—¡Silencio!
El agente se había percatado de los golpes que Alfonso tenía en el rostro.
―Supongo que los golpes que tienes en el rostro es por la pelea que tuviste con tu compañero. ―manifestó el policía, dirigiéndose al chico.
―Sí, peleé con los de su grupo y uno de ellos me dio una patada en la cara, me rompió la nariz y jamás lo acusé. ―dijo Alfonso.
―¿Cómo se llama el chico que te dio el golpe? ―preguntó otro de los policías.
―Se llama Roberto. ―contestó Alfonso.
El narizón estaba quedando como inocente. Pero uno de los policías se animó en prestarle atención al caso.
―¿Qué hay de la prueba que decías tener? ―preguntó uno de los agentes a Andrés.
―La navaja debe estar al fondo de un desagüe que hay en la explanada. ―pronunció el chico.
―¿Y por qué está en ese desagüe? ―indagó otro de los agentes.
―El hecho ocurrió en la explanada. Y mientras forcejeábamos, Alfonso hizo caer la navaja en ese desagüe. ―aseguró Andrés.
―¡Ya dije que esa navaja no es mía! ―gritó Alfonso enojado.
―¡Ya silencio! ―vociferó el rector poniendo orden.
Los padres de familia se mantenían atentos con las cosas que decían los involucrados en el tema. Como autoridad los policías propusieron investigar las cosas dichas.
―¡Bien! Queremos ver esa navaja.
—Entonces salgamos. —dijo el rector.
Todos salieron de la oficina para ir a la explanada en donde se detuvieron en el desagüe para mirar a través de la rendija y percatarse que al fondo del hueco estaba caída la navaja que permanecía en medio de la maleza putrefacta.
―Esa es la navaja ¿no? ―expresó uno de los agentes.
―Sí, esa es. ―aseguró Andrés.
―Es una navaja, pero no es mía. ―sostuvo Alfonso.
―Tú nos amenazaste con eso. ―insistió Andrés.
―Yo nunca te amenacé con esa navaja ¡Mientes!
Discutían los jóvenes, motivos por el cual tuvo que intervenir uno de los policías.
—¡Silencio chicos!
Los jóvenes se callaron. Pero los padres de familia estaban indignados y sorprendidos al enterarse de la pelea en la que habían estado involucrados sus hijos.
―Lo que pasó entre los chicos es causa de un mal sistema del colegio. ―comentó uno de los padres
―Yo soy responsable de sus hijos mientras ellos estén aquí, pero fuera del colegio, no. ―resolvió el rector―. Yo le prometo en trabajar para que las pandillas no acechen a los alumnos en horas de salida.
Antes que se armara una discusión se oyó las opiniones de los tres agentes.
―Con respecto a la pelea y la navaja, no podemos hacer nada.
―Pero nos preocupa mucho lo ocurrido con los dos alumnos baleados.
―Como autoridades veremos que haremos.
Dijeron los policías.
―Bien. Si es por apoyar el orden en el colegio, yo ofrezco mi apoyo. ―pronunció el rector.
Justo en ese momento, Alfonso miró atento a Rodríguez como si sus palabras les hubieran chocado. De ese acto se percataron Guillermo y Andrés quienes sospecharon de algo malo entre esos dos. Alfonso se marchó como buscando relegarse de los problemas. El rector entró a su oficina, pero los padres y los policías se quedaron en la explanada y antes de irse llamaron a los dos hermanos.
―Queremos hablar con ustedes dos. ―mencionó uno de los oficiales.
―Sí claro. Dígannos. Lo escuchamos. ―expresó Andrés muy atento.
―Deseamos que nos hablen de ese chico. ―dijo uno de los padres.
―¿De Alfonso? ―buscó aclarar Guillermo.
―Sí, de él. ―especificó la madre de Víctor.
―¿Por si acaso él es Alfonso Riquelme? ―intervino uno de los agentes.
―Sí, él es ¿Por qué? ―repuso Andrés.
―Sabemos un poco quien es ese chico. ―aseveró otro de los oficiales.
Al oír eso Andrés y Guillermo se miraron entre sí. Por el momento no querían decir nada negativo de Alfonso. Sólo esperaban saber hasta qué grado los agentes tenían información del susodicho.
―Nos han llegado reportes que ese chico vende droga en otros colegios. ―prosiguió uno de los policías.
―¿Ustedes que saben de eso? ―preguntó otro oficial.
Los jóvenes sintieron que debían ser cautos con sus respuestas o mentir para no estar tan comprometidos.
―Bueno…―Guillermo se rascó la cabeza―. De Alfonso se dicen muchas cosas, pero nosotros no somos testigos de aquello.
―Él tiene una novia que se llama Priscila Suárez ¿No verdad? ―preguntó otros de los agentes.
―Sí, así es. Ella es muy conocida. ―pronunció Andrés.
―El asunto es que esa chica lo acompaña en los negocios ilícitos que él hace. Los hemos visto. ―argumentó el tercer policía.
Los agentes ya conocían a Alfonso y a sus compinches. Pero Andrés se quedó sorprendido por lo que mencionó el policía, y miró perplejo a su hermano menor quien por medio de una mirada profunda lo recriminaba al haberse enredado con Priscila.
―De que Priscila sea compinche de Alfonso, tampoco somos testigos de eso. Sabemos que son novios, nada más. ―comentó Guillermo.
―Pero quizás no es necesario que nos pregunte acerca de Alfonso, al parecer ustedes saben más que nosotros que lo vemos a diario. ―mencionó Andrés, dirigiéndose a los agentes.
El chico pretendía sacarse de encima a los policías para no guardar compromiso alguno con ellos. Los dos hermanos temían a la represalia.
―El asunto es que este colegio tiene muchos problemas.
—Y se debe hacer algo.
―La iniciativa depende de ustedes como alumnos.
Pensaron los policías.
―Es buena idea. ―compatibilizó Guillermo―. Pero no creo que todos mis compañeros estén de acuerdo en apoyar eso.
―Mi hermano y yo no podemos dar esa iniciativa. Debe ser en grupo, pero aquí no hay unión, ni compañerismo. Es imposible así. ―acotó Andrés.
―Víctor y Roberto están en un hospital y nadie de nuestros compañeros ha ido a visitarlos, peor preguntan en cómo están. ―declaró Guillermo, decepcionado.
Los tres policías les preocupaba la situación del colegio. Como autoridades debían hacer algo.
―Nos comprometemos en resguardar la zona a la hora de salida.
―Empezaremos hoy.
―Cuando sea a la una de la tarde vendremos en el patrullero.
—Revisaremos a todo aquel que sea ajeno al colegio.
Dijeron los oficiales.
―¿Y durante qué tiempo harán eso? ―preguntó incrédulo uno de los padres.
―Tal vez sólo lo hagan por una semana y luego se olvidan de lo prometido. ―añadió otro de los padres.
―Eso no pasara, siempre y cuando tengamos el apoyo del colegio. ―garantizó uno de los oficiales.
―O tal vez hasta que el rector, los profesores y los alumnos se animen en seguir con la iniciativa en velar por la seguridad del liceo. ―determinó el mayor de los oficiales.
Con lo último dicho, los policías junto a los padres, decidieron marcharse del colegio. Guillermo y Andrés partieron rumbo a sus respectivos salones de clases. Estando en sus aulas ambos fueron reprendidos por sus maestros al llegar en momentos inadecuados.
En las aulas se oía un intenso bullicio. Los profesores renegaban por poner orden y así dictar mejor las clases. En los pasadizos del colegio se escuchaba a los maestros impartiendo sus enseñanzas en medio de la algarabía de los chicos. Todo era normal, como siempre; pero nadie se acordaba de Víctor y Roberto, excepto por los dos hermanos que planeaban ir a visitarlos al hospital después de la hora de salida. No existía mucho compañerismo por lo que se veía.
CAPÍTULO V
13:00 Pm
Minutos antes que terminaran las clases, los profesores informaron en todas las aulas que dentro de dos semanas se iba hacer la kermés en el colegio, por lo tanto pedían con anticipación que en los próximos días trajeran una pequeña contribución económica para hacer los preparativos del evento. Todos los alumnos se motivaron, alegrándose porque habría una fiesta. Al terminarse de difundir el informe, se oyó el timbre, indicando la hora de salida. Todos los alumnos abandonaron los salones. Por los pasillos del colegio sólo se oía a los jóvenes rumorando de la kermés, muchos se ilusionaban con las expectativas, en cambio otros lo tomaban con poco interés. En medio de la aglomeración de estudiantes iban Andrés y Guillermo por separados. Los dos chicos al igual que los demás se dirigían a la escalera para bajar hacia la explanada y disponerse a salir el liceo.
Llegando a la cancha del colegio, los dos hermanos se perdieron de vista. Guillermo tuvo que sentarse en las gradas a esperar si por si acaso hallaba a Andrés entre la aglomeración. Como no lo veía, aprovechó para ir a orinar. Llegando a los sanitarios la fila para entrar estaba larga, así que mejor fue a la parte posterior de la edificación del colegio en donde había un aula vieja y abandonada que servía como depósito de materiales inservibles. Pasando por aquella aula se percató que la puerta estaba media abierta, cosa rara, siempre permanecía cerrada y nadie entraba allí, así que miró hacia adentro para ver lo que sucedía, pero por mala suerte encontró a su hermano Andrés besándose con Priscila detrás de una montonera de pupitres viejos y oxidados.
El chico estaba encima de Priscila. Ella tenía la falda alzada, y su ropa interior bajada hasta las pantorrillas. Para estar más cómodos, Andrés se bajó los pantalones y los calzoncillos. Al abrirle las piernas a su chica, pasaron a otra escena, de esas que los amantes viven a escondidas. Todo ocurría como cortometraje de película pornográfica. Sólo faltaba música de suspenso.
Guillermo salió corriendo, perturbado e indignado al ver que su hermano arriesgaba su vida por esa chica. Volvió a las gradas a sentarse, y estando allí alcanzó a ver a Alfonso en medio de la multitud de estudiantes, mirando a todos lados como buscando a alguien. De seguro a quien buscaba era a su novia Priscila que le ponía los cuernos. Guillermo veía con recelos a Alfonso que aún no sabía lo que pasaba con su chica. Por la costumbre de algunos chismosos del colegio no sería raro que pronto se supiera el romance secreto entre Andrés y Priscila. Guillermo tan sólo esperaba que ese día no llegara porque ambos lo iban a pasar muy mal.
Al pasar unos quince minutos, la explanada del colegio se despejó. La mitad de los estudiantes se habían ido, y en medio de los demás se vio a Priscila saliendo de la parte posterior de la edificación del colegio. La chica se peinaba el cabello con la mano como si se lo hubieran desarreglado. Yendo por la explanada Priscila se encontró con Alfonso, su novio oficial con quien se tomó de las manos y se fueron, saliendo del colegio. Guillermo se paró y dejó su sitio para irlos a mirar hasta afuera de la calle en donde la pareja se encontró con dos sujetos en motos de los que siempre solían llegar y eran amigos de Alfonso. Priscila se embarcó en una de las motos, y Alfonso en otra para que ambos se marcharan con la pandilla.
Guillermo volvió a las gradas, se sentó en el primer escalón, y meditó con respecto al enredo en el cual andaba su hermano. El chico no imaginaba que el ser humano por amor era capaz hasta de arriesgar su vida y reputación. El joven quien poco creía en el amor, se le hacía difícil de aceptar que aquel sentimiento era tan importante para el ser humano que siempre lo andaba buscando sin nunca hallar el amor perfecto. Por amor se solía sufrir y hasta incluso morir, por eso él no se obsesionaba en buscarlo.
Momentos después, Guillermo se encontró con su hermano en el portal. El chico actuaba enojado, y aunque al principio no le reclamó nada a Andrés, caminaron juntos hasta la siguiente calle para esperar el autobús que lo llevaría al hospital que acogía a sus dos amigos. En ese momento los hermanos se percataron de un patrullero de la policía que pasó a lo largo de la calle del colegio, cumpliendo la promesa que los agentes habían hecho en vigilar el ambiente de la institución. Pero los pandilleros ya no estaban, se habían ido minutos antes como si hubieran sospechado que la policía iba a pasar por ahí. La zona lucía despejada con poco movimiento.
Los dos hermanos seguían peleados por la discusión que mantuvieron el viernes. Se hablaban muy poco como por necesidad. Cuando llegaron al paradero de autobuses pudieron intercambiar palabras porque querían saber cuál era el presupuesto para transportarse hasta el hospital y de ahí hasta su hogar. El autobús llegó, y dentro de éste los dos chicos se sentaron juntos, y como antes Andrés había notado el silencio de su hermano, trató de averiguar lo que le sucedía.
―¿Qué te sucede? Luces con mal humor.
―Hasta cuando dejarás de andar con Priscila. ―reclamó Guillermo.
―¿Yo? ¡Qué! ¿De qué me hablas? ―se sorprendió Andrés.
―Sé bien que sigues con ella.
―¿Acaso me andas espiando?
―No. Por accidente vi que estabas en el aula abandonada con Priscila.
―Sé muy bien lo que hago.
―¿Estás seguro?
―Claro que sí. No dudo de lo mío con Priscila.
―Supongo que ya has de saber que cuando Priscila salió del colegio se encontró con Alfonso y se fueron en motos con unos tipos de mala reputación. ―comentó Guillermo.
Andrés se quedó pensativo y en su mirada desconcertada mostró dudas ante lo que sentía por Priscila. El chico no le contradijo a su hermano y se quedó callado.
Pasaron unos treinta minutos hasta llegar al hospital Barros Luco. En las afueras del sanatorio se enteraron que la hora de visitas se había acabado, y sabiendo que no los iban a dejar entrar, los dos chicos se inventaron una mentira, y les dijeron a los guardias de seguridad que querían tramitar una cita con el traumatólogo porque según Andrés tenía una de sus rodillas afectadas. Para que les creyeran y no levantaran sospechas de mentira, el joven tuvo que caminar cojeando mientras se apoyaba del hombro de su hermano. Y fue así en cómo pudieron entrar.
Dentro del hospital sólo olía a medicamente y se respiraba un aire tieso que lastimaba las mucosas producto del aire acondicionado. Las enfermeras y los médicos andaban agitados de un lado para otro. Los dos hermanos tomaron el ascensor hasta llegar al segundo piso en donde averiguaron la ubicación de sus amigos. La recesionista del área les informó que ellos en ese mismo minuto acababan de ser dados de alta y que estaban en el primero piso, firmando ciertos documentos para marcharse.
Enseguida los dos jóvenes volvieron al primer piso, y en la sala de espera vieron a Roberto y Víctor en sillas de rueda con sus respectivos familiares. Mientras los hermanos caminaban hacia ellos, ambas partes se reconocieron a mitad del suceso. Los chicos que estaban en sillas de rueda, sonrieron con alegría, y al instante se pusieron de pie para ir a saludarse entre abrazos con sus viejos camaradas. Para conversar, los dos jóvenes se alejaron unos metros de sus familiares.
—¿Cómo han estado?
Les preguntó Andrés a Víctor y a Roberto al terminar de saludarlos.
—Después de lo que nos sucedió, estamos preocupado.
—Y no queremos volver al colegio.
Dijeron los chicos con mirada desconcertada.
―Lo entiendo. —pronunció Andrés, mirando al piso.
Hubo un silencio, y después Guillermo hizo la pregunta de cajón que hasta ese momento nadie había hecho.
—¿Han sospechado de alguien? —intervino el chico.
—Entre ambos sospechamos de Alfonso por la pelea de ese día. Creemos que él está detrás de eso. —dijo Roberto.
—No hay nadie más que nos quiera joder que sólo él que tiene un buen motivo. —acotó Víctor.
Los dos jóvenes que habían sido afectados, lucían pálidos y más flacos de lo normal. En sus rostros mostraban muy poca motivación por volver al colegio. Era de suponerlo, después de lo que les ocurrió cualquiera no quisiera ir al lugar en donde lo quisieron matar por vivir con el temor que les vuelva a suceder.
—En realidad no quisiera hablar de eso.
—Lo mismo deseo yo.
Mencionaron Roberto y Víctor, respectivamente. No obstante los otros chicos insistieron, pero no con el tema de fondo.
—Sus padres estuvieron hoy en el colegio. —comentó Andrés.
—Le reclamaron al rector por la poca importancia que le prestó a su caso. —prosiguió Guillermo.
—Aunque le reclamen al rector, él no hará nada por mejorar el colegio. —sostuvo Víctor.
—Por eso yo no quiero arriesgar mis pellejos, creo que me voy a retirar del colegio. —mencionó Roberto, decepcionado.
—No hagas eso, sigue adelante con tus estudios. —aconsejó Guillermo.
—Lo haré, pero en otro lugar. —dijo Roberto.
—¿Acaso planeas marcharte? —indagó Andrés.
—Sí. Mis padres me están tramitando unos documentos para viajar a Paraguay, allá vive un tío en Asunción. —mencionó el joven.
Los chicos se miraron entre ellos. Lo sucedido incitaba a que las decisiones de Roberto llegaran a los límites. En cambio Víctor trataba de actuar con valentía y no huir de su lugar de estudios.
—Yo seguiré en el colegio. Quisiera investigar quien fue el que nos quiso matar. No puedo dejar esto así como si nada hubiera pasado. —manifestó Víctor enojado.
―¿De veras quieres llegar al fondo de ese tema? ―cuestionó Roberto a Víctor.
―Sí ¿Por qué no?
―Mejor olvídalo y sigue adelante con tu vida. ―aconsejó Roberto preocupado.
—¿Qué le dijeron los médicos? —preguntó Guillermo a ambos.
—Según ellos el motivo por el cual pudimos resistir a los impactos fue porque el arma de seguro era de mala calidad. —sostuvo Roberto.
―O sea carecían de una buena detonación. Por eso nuestras heridas no eran tan profundas o comprometedoras por la poca fuerza del impacto. ―acotó Víctor.
Los jóvenes continuaron hablando de las cosas que habían sucedido en el colegio. Luego de charlar un buen rato, Víctor y Roberto se despidieron de sus dos amigos. A paso seguido salieron del hospital y se embarcaron en los autos de sus respectivas familias para marcharse.
15: 30 Pm.
A mitad de la tarde los jóvenes llegaron a su casa. Ambos estaban cansados y hambrientos. Tomaron una ducha y luego prepararon sus almuerzos. No salieron a ninguna parte, el resto del día se quedaron en casa para realizar sus tareas.
Martes 11 de mayo, 2010
7:00 Am.
Los dos hermanos llegaron temprano a su lugar de estudios. En el portal del colegio se toparon con Víctor que acababa de llegar. El chico lucía nervioso como si estuviera haciendo un esfuerzo por llegar a estudiar allí. Se veía que asistía a clases por una necesidad. Se lo notaba traumado debido a que quisieron atentar en contra de su vida en ese mismo lugar. Los dos hermanos lo saludaron y se mantuvieron junto a él para que se sintiera en confianza.
Los minutos pasaban y de poco llegaban los alumnos. Se oyó el timbre informando el inicio de la jornada. Todos los chicos subieron al edificio del colegio. La explanada quedó desolada, y en medio de la cancha se vio a Víctor que había evitado no subir para ir a hablar con el rector a su oficina.
El chico entró al primer piso. Por los pasillos se encontró a Virginia la secretaria quien se sorprendió al verlo. La chica la saludó muy atenta, y el alumno se detuvo unos segundos para hablar con la secretaria.
—¡Hola Víctor! ¡Cómo estás! ¡Qué bueno que estés de regreso a clases! ―expresó Virginia.
—Gracias. Estoy bien. —pronunció Víctor.
—Eso me alegra. ―alegó la secretaría.
—Quiero hablar con el rector —sugirió Víctor.
—Está en su oficina, pero debes esperar porque creo que está hablando por el teléfono. ―mencionó la chica.
―Entonces esperaré a que termine de hablar.
―De acuerdo, nos vemos luego.
La chica se marchó y entró a su despacho en donde trabajaba, mientras que Víctor se quedó en el pasadizo, esperando a que el rector Rodríguez terminara de hablar por teléfono para poder entrar a su oficina. Según lo que se podía oír, el viejo discutía con alguien por el tono irritado de su voz. Entre las cosas que decía, aseguraba en: «no tener miedo a las amenazas de un muchacho callejero» Lo otro era: «no arriesgaré mi trabajo por ti». Por último se oyó al rector decir algo totalmente escandaloso para los oídos de Víctor quien se puso muy atento. La frase fue: «sé que tuviste que ver en ese intento de homicidio de dos alumnos del colegio». Al oír eso, al joven le quedó claro que el rector de seguro conocía a quien intentó matarlo a él y a su amigo Roberto.
El chico sintió miedo, un escalofrío le recorrió por todo el cuerpo. No sabía qué hacer con esa información. Pensó en acusar al rector, pero no tenía pruebas a más de unas cuantas palabras oídas. Quiso correr para que el rector no supiera que él había estado en los pasillos y que logró oír esa conversación. Pero si corría quedaría como un cobarde, así que mejor se armó de valentía y se quedó a esperar a que el rector terminara de hablar por teléfono. Al final Rodríguez estaba dentro de su oficina sin saber que él estaba afuera. El chico podía entrar bajo la excusa de que recién llegaba. Cuando dejó de oírse la voz de Rodríguez, Víctor esperó unos segundos para tocar la puerta, y así no levantar sospechas de su permanencia en los pasillos. En buena hora se le pasaron los nervios y estaba más relajado para actuar con precisión frente al viejo.
Toc, Toc, Toc…
Víctor golpeó la puerta de madera, en ese momento se oyó la voz de Rodríguez, aprobando el ingreso a la oficina.
―¡Puede entrar!
El picaporte de la puerta se abrió automáticamente, y Víctor ingresó a la oficina del rector.
―Licenciado, buenos días. ―saludó el muchacho.
El rector Rodríguez se quedó estupefacto al mirar al joven, que hasta tuvieron que pasar unos cinco segundos para que reaccionara.
―¡Hola Víctor! ¡Cómo estás!
Finalmente pudo expresarse el rector con una alegría forzada. El alumno se acercó al escritorio para saludarlo de mano al viejo Rodríguez.
―Estoy de regreso a clase como puede verme. ―dijo Víctor.
―Qué bien. Bienvenido.
―Gracias, licenciado.
―Me alegro mucho que sigas con tus estudios a pesar de lo que te sucedió. ―comentó el rector―¿Por si acaso estuviste afuera esperando? ―preguntó luego el viejo.
―¡No! Recién llego.
―Entiendo.
―Pasaba por su oficina para que supiera que he vuelto a clases.
―Hiciste bien. Necesito tomar en cuenta los días que faltaste a clases. ―alegó el rector.
―De acuerdo, entonces iré a mi salón. ―sentenció Víctor.
El alumno salió de la oficina de Rodríguez. Mientras el chico caminaba por el pasillo pensaba en las cosas que había oído decir del rector cuando hablaba por teléfono con el posible sujeto que había intentado matarlo a él y a su amigo Roberto. Un par de preguntas surgía en el caso ¿Por qué el rector conocía a esa persona? Y si fuese así ¿Acaso Rodríguez hacía negocio con gente de poca confianza? Si era tal como se lo pensaba, entonces no podía ser rector de un colegio.
Víctor se fue desconcertado caminando por la explanada hasta llegar a la escalera para subir hacia el segundo piso. Cuando el alumno entró a su salón de clases, todos los chicos se sorprendieron al verlo sano y de regreso a clases. El profesor Torres le dio la bienvenida y el chico se sentó en su mismo pupitre de siempre, a lado de Andrés. La clase de matemática se interrumpió porque todos los chicos lo abordaron para saludarlo y preguntarle acerca de su estado de salud y de Roberto quien aún no había llegado. Todos estaban alegres por el regreso de Víctor, excepto Alfonso y Priscila que por sus desacertadas actitudes levantaron muy malas sospechas, pero nadie dijo nada en contra de ellos dos.
La clase continuó, y casi todo volvía a la normalidad, aunque para los alumnos afectados el tema seguía fresco. En la hora de receso Víctor les comentó a Andrés y a Guillermo lo que había escuchado de parte del rector cuando estuvo en los pasillos de las oficinas del colegio. También los dos hermanos le informaron a Víctor de las cosas que habían pasado últimamente y que hacían sospechar de Alfonso como el posible y principal involucrado del intento de homicidio. En conclusión los tres jóvenes creyeron que aquellos que estaban detrás de ese atentado se hallaban tan cerca y hasta incluso podían estar en el mismo colegio. Sólo era cuestión de darle tiempo al tiempo para saber con exactitud quienes eran y por qué lo hicieron, y de continuar investigando y de seguirles los pasos a los sospechosos.
Mientras transcurría la hora del receso, Roberto llegó al colegio acompañado de su madre. El chico no vestía el uniforme del colegio, dando a entender que para nada venía a clases, sino por otros asuntos. Roberto al verse con sus tres amigos, se puso a charlar con ellos, dejando que su madre fuera sola a la oficina del rector. Los jóvenes se sentaron en las gradas de la cancha para dialogar.
―¿Y ya decidiste en no volver más al colegio? ¿Lo pensaste bien? ―indagó Andrés, dirigiéndose a Roberto.
―Lo decidí bien. ―rectificó Roberto―. Prefiero retirarme para empezar de nuevo en otro colegio.
―Cuando estábamos en el hospital me hablaste de irte fuera del país. ―comentó Víctor.
―Iré a Paraguay a vivir un tiempo con un tío, es un hermano de mi mamá. ―manifestó Roberto.
―¿Y es allá en donde piensas estudiar? ―preguntó Guillermo a Roberto.
―Claro que sí. ―sostuvo Roberto―, por eso hoy vine al colegio para retirar mi documentación y poder seguir con mis estudios en Paraguay.
Los cuatro jóvenes continuaron charlando. Víctor aprovechando la ocasión le hizo saber a Roberto acerca de lo que había oído de parte del rector. El joven al informarse de aquello se puso muy atento, y curiosamente él no opinó nada referente a lo que le decían, pero se quedó muy pensativo.
Al pasar unos treinta minutos, se vio a la madre de Roberto saliendo de la oficina del rector con un sobre manila en su mano izquierda, suponiendo que allí llevaba los documentos de su hijo. En ese momento el chico se despidió de sus amigos, avisándole que el día sábado viajaría a Paraguay, así que por lo tanto lo invitaba a una pequeña reunión que haría el viernes en su casa para estar por una última vez con quienes consideraba sus amigos.
Roberto salió del colegio, marchándose en un elegante Toyota Highlander color negro 4×4. Los chicos que lo habían conocido por más de dos años, lo iban a extrañar. Como los cuatro no eran conocidos en el colegio, lo que hacían pasaba por desapercibido. Pocos sabían que Roberto se retiraría del liceo por la tentativa de asesinato que había sufrido junto a Víctor quien al no tener las posibilidades económicas de poder cambiarse a otro colegio le tocaba seguir estudiando allí, cerca de sus depredadores.
El receso terminó, y Víctor junto a Guillermo subieron al segundo piso, mientras que Andrés decidió quedarse. No obstante Guillermo sospechó bien el motivo por el cual su hermano había preferido en no subir aún a su salón de clases. Pensó que de seguro se iba a encontrar con Priscila, pero el joven se hallaba harto de aconsejarlo a que no siguiera con esa chica que sólo causaba problemas. Y fue así, Andrés caminó rumbo a la parte última del extenso patio del colegio, sitio que se caracterizaba por ser solitario. El joven ingresó por un túnel de montes hasta llegar a un estrecho contorno que estaba bajo un árbol, allí lo esperaba Priscila.
―Hola mi amor, tardaste mucho. ―pronunció la chica.
―Sí, lo siento. Estaba con mis amigos. ―justificó Andrés.
―Ya lo sabía. ―alegó Priscila―. Pero veo que aún sigues juntándote con ellos.
―Qué quieres que haga, si son mis amigos. ―expresó el chico.
―Me habías prometido en dejar de andar con ellos, y yo te prometí en dejar a Alfonso. No estás cumpliendo con tu cuota. ―manifestó Priscila enojada.
―Si terminaras con Alfonso de una vez por todas, haría lo que pides, pero no lo haces hasta ahora. ―manifestó el chico.
―No lo puedo dejar de un día para otro.
―¿Y entonces cuando?
―Veré que haré. Pero tú deja de andar con eso dos a los que detestó. ―insistió la chica.
―No me pidas eso por favor. Ni mis amigos y ni mi hermano tienen porqué oponerse a lo nuestro. En cambio Alfonso sí. ―sostuvo Andrés.
―Yo no puedo estar con alguien que es amigo de personas que detesto. ―determinó Priscila, cruzando los brazos.
―Pero Roberto y Víctor no te hacen nada malo para que lo odies. ―explicó el chico―. Es más, Roberto se va a retirar del colegio por lo que le ocurrió.
―Menos mal, un idiota menos en el colegio, aunque Víctor no se irá. ―prosiguió la chica.
―Desearía que disfrutemos de esta relación sin que tengamos un día en pelearnos. ―pronunció Andrés, lamentándose.
―Esto ocurre por tus malas decisiones y porque no quieres lo mejor para ambos. ―explicó Priscila.
―Siento que me manipulas nena. ―objetó el joven.
―Eso me dice que piensas mal de mí, Andrés.
―No es eso.
―¿Entonces?
―Tu eres amiga de gente que no me agrada, pero yo jamás me opongo a eso. ―señaló Andrés―. No tengo derecho a decidir quién sea tu amigo o no.
―Por ti he dejado de andar con las personas con las cuales solía juntarme. ―se defendió Priscila.
―¡Mientes! ―reaccionó Andrés―. Ayer mi hermano te vio que después en que estuviste conmigo te fuiste con Alfonso en moto con unos sujetos de mala reputación.
―Por lo que veo, entonces utilizas a tu hermano para espiarme ¿no? ―enfatizó la señorita― Que poca confianza tienes en mí.
―¡No es así! Guillermo te vio por coincidencia. Es más, él está muy en contra de esta relación. ―precisó Andrés.
―Yo no puedo estar con alguien que desconfía de mí. Me arrepiento de todo. ―aseveró Priscila, irritada.
―Pero qué dices, siempre viví enamorado de ti, y no me arrepiento de eso. ―remarcó el amante.
―¡Hipócrita! ―gritó Priscila―. El problema es que nunca me quisiste, y sólo quieres acostarte conmigo.
―No digas eso, que para mí no es lo más importante, sino poder amarte. ―sustentó el chico.
Por su mala suerte, Priscila estaba lejos de entender eso. Así como el agua es cada vez más escaza, el amor también empieza a serlo.
―Eres un mentiroso. Un día revisé tu mochila y encontré un preservativo ahí. ―disintió Priscila.
―Eso lo tengo desde mucho tiempo. ―aseguró Andrés―¿Y además qué hacías revisando mi mochila?
―Buscaba un cuaderno tuyo para copiar una tarea.
―No tienes derecho en revisar mis cosas.
―No te confundas, jamás revisaba tus cosas.
―Sí lo hacías, Priscila.
La discusión se ponía en mal tono entre la pareja.
―Y además no me hables así ¡No tienes derecho! ¡No eres mi padre! ―reprochó la chica.
―Pero que te quede claro, Priscila. Yo nunca pienso en acostarme contigo ¡Créelo! ―insistió Andrés.
―Y entonces… ¿Qué? Si ya hemos estado juntos. ―acentuó la chica.
―Sólo anhelo que esta relación prospere cada vez más. ―declaró Andrés.
Pero la chica seguía sin entender las palabras de su amante, parecía al burrito del cuento que aprendió a sumar cuando sus orejas eran demasiadas grandes y difíciles de remediarlas.
Por unos segundos se detuvo la discusión. Priscila se quedó muy pensativa como discerniendo lo mejor para esa fallida relación, así que sintió que era el momento adecuado para decidir el destino de ese noviazgo.
―Haber estado contigo fue sólo buscar un problema más en mi vida. ―pensó la chica.
Ante esas palabras su amante se quedó en silencio para entender las pocas esperanzas de la relación.
―¿Tú me estás pateando? ―interrogó Andrés desconcertado.
―No me vuelvas a dirigir la palabra nunca más porque esto se terminó. ―dijo ella en tono bajo.
Priscila se marchó cabizbaja. Andrés no hizo nada para detenerla, dejó que la chica se fuera de su lado. La relación se había acabado como en un abrir y cerrar de ojos, sin tanta explicaciones. La razón era por algo insignificante, pero que para ella importaba mucho. Ambos rompieron de manera inesperada. La chica se fue caminando por el borde izquierdo del patio hasta desaparecer de vista. Por su lado Andrés, se quedó triste al saber que la chica de quien siempre vivió enamorado lo dejaba por la excusa de negarse a cumplir con sus peticiones.
Al momento en que Andrés ingresó a su salón de clases, se percató que Priscila estaba muy cariñosa con Alfonso. Todo apuntaba a que ella había olvidado al otro chico de manera muy rápida. Aprovechando que en el aula aún no llegaba ningún profesor, la pareja se besaba en la boca, y esa escena compungía mucho a Andrés quien lucía un pésimo mal humor. De eso se percató Víctor quien se sentaba a lado suyo.
―¿Qué te sucede camarada? ―le preguntó el joven.
―Nada. ―respondió Andrés con desanimo― ¿Por qué no hay clases? ―se preguntó a sí mismo, actuando como niño estudioso.
Víctor lo miró con atención, pero evitó en seguir haciéndole preguntas a su amigo. Como no había profesor en el aula, los chicos se divertían con cualquier cosa. Unos conversaban o escuchaban música en sus celulares, otros se bromeaban riéndose a carcajadas, creando un jolgorio en el salón. Todos lucían felices, menos Andrés que permanecía en su pupitre con una cara larga. Justo en esos momentos, Sara la chica más inquieta del salón se acercó a Víctor para hacerle conversa.
―Hola Víctor, te extrañaba.
Al momento en que Sara saludaba a Víctor, ella se sentaba en un pupitre vacío que estaba a lado del chico.
―Qué bueno que alguien me haya extrañado. ―expresó Víctor.
―¿Por qué Roberto no ha llegado aún? ―preguntó Sara.
―Él se va a retirar del colegio.
―¡De verás!
―¡Sí! En serio.
―No lo puedo creer.
―Esta mañana llegó al colegio con su madre a retirar su documentación. ―enunció Víctor.
―Supongo que se va a retirar del colegio por lo que le sucedió. ―comprendió Sara.
―Sí, es justamente por eso. ―compatibilizó Víctor.
Sara se quedó pensativa por unos segundos. Al retomar la conversación con Víctor, siguió preguntándole con respecto a Roberto.
―¿Y en qué colegio él piensa cambiarse?
―No sé, pero se va fuera del país.
―¿A dónde?
―A Paraguay, allá seguirá con sus estudios.
―Entiendo. ―pronunció Sara, entristecida.
Víctor se mantuvo en silencio por un instante para acordarse de que Sara fue la única persona que había presenciado toda la escena cuando sufrió la tentativa de asesinato, y fue ella quien ayudó a Roberto y a él, después de haber recibido los impactos de bala. Por ese motivo, Víctor pensó que quizás ella pudo lograr ver con más precisión al individuo que hizo aquello, sus características o algo familiar para reconocerlo.
―Sara, ahora que estamos hablando, aprovecho para agradecerte por la ayuda que nos brindaste en ese trágico día que viví con Roberto. ―declaró Víctor.
―No es por nada. ―asintió Sara―. Era mi obligación hacerlo. Te debía una ¿Lo recuerdas?
―No. Recuérdamelo. ―exhortó Víctor, sonriendo.
―La vez cuando me defendiste de un ladrón que me quiso quitar mi celular. ―recordó Sara.
―¡Sí! ¡Cómo no! Eso sucedió en la vereda de la heladería pingüino, al frente del colegio. ―prosiguió el chico.
―Me acuerdo de ese día. ―sostuvo Sara.
―Pero hay algo que quiero preguntarte. ―continuó Víctor.
―¿Qué es? ―indagó Sara, sorprendida.
―¿Tú distinguiste al sujeto que nos disparó?
―No. Todo fue rápido y no recuerdo como era.
―Por favor Sara. Yo sé que tú lo viste.
―¿Por qué supones eso? ―interrogó la chica, nerviosa.
―Porque tú estuviste atenta en todo lo que sucedió en ese instante. ―manifestó Víctor.
―Tal vez sí. ―murmuró Sara.
―Por favor, guapa. Ayúdame. ―insistió Víctor.
―He pensado mil veces en ese sujeto. ―dijo la chica, hilvanando.
―¿Y cuál ha sido tu conclusión final?
―Me parece familiar sus características, pero no lo he vuelto a ver. ―declaró Sara.
―Entonces lo has visto antes por el colegio ¿Es así? ―continuó Víctor.
―Creo que sí, pero después de lo ocurrido, no. Lo que puedo entender es que ese sujeto es alguien que conoce el colegio. ―manifestó la chica.
En ese momento Víctor aprovechó para comentarle a Sara acerca de lo que había oído de parte del rector. La chica se sorprendió al saber que quizás la máxima autoridad del colegio, sabía mucho acerca del caso de Víctor y Roberto. Al final Sara se comprometió en avisarle a su compañero de clases si llegaría a saber una pisca del tema.
Después que los dos jóvenes terminaran de charlar, la maestra Teresa llegó al salón, y enseguida empezó a dictar su materia de gramática tomándose cuarenta minutos de clases. Como última hora tocó trigonometría dictado por el profesor Francisco Torres. Con eso se culminó otro día más de jornada educativa en el Liceo Nacional de Santiago por sus siglas LNS.
En la hora de salida Andrés fue en búsqueda de Priscila. El chico quería reconciliarse con su amante. Aun no renunciaba en perderla. La buscó como loco por toda la explanada del colegio sin obtener buenos resultados, hasta que de tanto insistir, la alcanzó a divisar en medio de la multitud de estudiantes que la chica se dirigía a los sanitarios. Antes de ir detrás de sus pasos, Andrés se asesoró que ella anduviera sola y que Alfonso no estuviera cerca, merodeándola.
Al llegar Priscila al complejo de sanitarios, se encerró en uno de las letrinas de mujeres, mientras que Andrés se quedó esperándola afuera. Las chicas que salían de los sanitarios miraban de manera recelosa a Andrés al imaginarse que tal vez era algún depravado sexual que cazaba a su presa, pero en realidad él esperaba a una sola persona con otro objetivo.
Cuando Priscila salió de los sanitarios, Andrés la abordó, tratándola con palabras cariñosas, mostrando frente a los que estaban por allí presentes, las cenizas que dejó un fuego apagado. La chica se sorprendió al ver que su ex amante la había perseguido hasta ese lugar para tratar de reconquistarla.
—¡Cariño espera! Quiero hablar contigo.
—¡Déjame! Lo nuestro se acabó.
—Sigo pensando en ti, y no puedo olvidarte.
—Supéralo ya. No quiero saber nada de ti.
La pareja de jóvenes empezó a discutir, y en sus palabras estaban los reproches de un amor frustrado.
—Me dejaste por una estupidez.
—¡Y sí! Fue porque no hiciste lo que te pedí.
—Era algo sin sentido lo que me pedías.
—Eres un cobarde. Soy mucha mujer para ti.
Por mala suerte de ambos, algunos estudiantes se encontraban alrededor de los sanitarios, y escuchaban lo que ellos dos se decían. Los dos no eran precavidos en calcular sus palabras, haciendo que saliera a la luz su secreta historia de verano pasado.
—¿Acaso esos dos estuvieron juntos?
—Lo veo y no lo creo
—Ahá. Pero este debe de saberse.
Comentaban un par de chicas que andaban por la zona.
Todos en el colegio sabían que Priscila era la novia de Alfonso, y saber que ella había tenido una historia aparte con Andrés, era una noticia como de primera plana.
—Te di una oportunidad y no lo aprovechaste.
—Sí. Fui un tonto.
—Entonces no me molestes más.
Ninguna solución hubo entre la pareja. Priscila no quería saber nada de Andrés, pero el corto romance que implicó a los dos quedó a la luz del día para que diera riendas a los rumores y chismes. Una chica misteriosa y mala llamada Catherine compañera de salón de ambos lo entendió todo. Ella había estado en el tocador, maquillándose y con lo que oyó pensó en hacer una bomba de chismes.
Los protagonistas de la escena se fueron de los alrededores del complejo de sanitarios, dejando a los presentes sorprendidos por lo que acababan de saber. Cada quien tomó su camino. Andrés se encontró con su hermano para juntos marcharse del colegio. A Priscila se lo vio en compañía de su novio Alfonso yéndose con unos sujetos en motos que siempre llegaban al colegio a la hora de salida.
CAPÍTULO VI
Viernes 14 de mayo 2010
15h: PM
En horas de la tarde Sara fue a su colegio para encontrarse con un amigo que estudiaba en la jornada vespertina. Ella quería solicitarle al joven la ayuda con un deber difícil de matemáticas porque los alumnos de aquella jornada ya lo tenían resuelto y en cambio los de la matutina aún no. Y como la chica residía en un barrio cercano al colegio no se le hacía difícil ir hasta allá.
Cuando la chica llegó al colegio, se paró frente al portal. De uno de los bolsillos de su pantalón jean sacó su celular para llamar a su amigo y comunicarle que estaba esperándolo en las afueras del colegio. El joven llegó de inmediato hasta el sitio de encuentro para pasarle a Sara una hoja cuadriculada por medio de una estrecha abertura entre el portal y la pared. Los dos jóvenes sólo se veían por un diminuto espacio. Ambos se despidieron de palabra, y justo cuando Sara iba de retirada, un automóvil se detuvo al filo de la vereda del colegio.
Del Peugeot rojo salió una dama a quien Sara reconoció. Exactamente se trataba de la mujer del rector a la que no se lo veía desde hace mucho tiempo por el colegio. Aquella dama antes era la secretaria personal del rector, después fue Virginia quien ocupó ese cargo. Reconociendo Sara que era muy curiosa buscó saber el motivo por el cual a los tiempos se veía a esa mujer por el colegio. Ella lucía un mal ánimo. Tocó el timbre y le abrieron el portal para así dirigirse hacia la oficina del rector.
Para averiguar lo que sucedía, Sara se dirigió hacia una de las paredes colaterales del colegio. Avanzó con premura hasta esa calle, y habiendo llegado hasta la ubicación del lado posterior de la oficina del rector, la chica se animó por trepar la pared. Antes por ese mismo sitio Andrés y Guillermo ya habían espiado al viejo Rodríguez. Pocos sabían que se podía hacer eso.
Sara trepó la pared sin mucha complicación. Como ella era flaca, ágil y de estatura promedio hizo la acción al puro estilo de un trapecista de circo. Estando sobre el borde de la pared la chica se percató que había un vacío de un metro de distancia separando a la pared del colegio con la de la oficina. Justo ahí se requería ser precavido porque si se daba un paso en blanco caería al piso del sanjuán a cinco metros hacia abajo. Para escuchar la conversación entre aquella dama y el rector, Sara estiró su cuerpo para pegar sus oídos con las rendijas del sanitario de la oficina. La discusión que la curiosa chica oyó fue muy alarmante, lo suficiente como para saber la clase de persona que era el rector.
—¡Yo sé que tuviste mucho que ver con eso! —gritaba la dama enfurecida.
—¡No! ¡Yo no fui! ¡Tú estás loca borracha de mierda! —decía el rector a su ex mujer.
—¡Fuiste tú el que envió a matar a mi prometido! —insistía la dama.
—¡Ya lárgate de mi oficina que estoy ocupado! —vociferaba Rodríguez.
—Sé que quien intentó matar a mi prometido fue el hermano de ese chico problemático que estudia aquí. —mencionó la dama.
—¡Cállate! ¡Y no digas eso! ¡Lárgate ya!
—¡Algún día te caerá la justicia Pablo Rodríguez!
—¡Eso es lo que piensas tú!
—¡Te caerá la ley en la hora menos pensada!
—La ley me la guardo en medio de mis calzoncillos.
La ex pareja siguió discutiendo. A veces hablaban en tono alto y en otros bajos.
—Estoy segura que quien intentó matar a esos dos chicos fue el mismo que quiso atentar en contra de mi prometido. ―sostuvo la mujer
—¡No vuelvas a decir eso o te saco los dientes! ¡Y vete ya de mi oficina! ―exigió Rodríguez a la dama.
—Yo sé quién eres en realidad. Sé mucho de ti.
—Tú no sabes lo que hablas mujer imbécil.
—Sé que te duele que te haya dejado por un hombre más joven.
—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Para nada! —se burló Rodríguez— A las putas como tú se las conquista con el billete en la mano.
—Me arrepiento mucho en haber estado a tu lado.
—¡Vete ya! ¡Y deja de partirme las bolas!
—Investigaré quien fue el que intentó matar a mi prometido.
—¡Adelante! ¡Hazlo!
—Sé que tú tienes algo que ver.
—¡Ya cállate! ¡Y lárgate!
—También sé de las corrupciones que haces en este colegio.
—Corrupciones de las cuales tú también fuiste parte.
—¿Qué? ¿Yo?
—Sí, cuando trabajaste aquí como secretaria ¿Lo recuerdas?
—Si algún día se sabe todo te pudrirás en la cárcel.
—O a lo mejor nos pudriremos juntos.
—¿Y por qué?
—Porque tengo documentos con tu firma que aseguran tu participación.
En ese momento se oyó un silencio. Paró la discusión. Según como se entendía el asunto, la dama tenía participación en corrupciones que Rodríguez había hecho en el colegio, porque enseguida ella se marchó como admitiendo culpabilidad.
—¡Esto no se quedará así!
Amenazó la mujer.
En ese momento se oyó que cerraron la puerta de la oficina del rector. De seguro la mujer ya se marchaba. Sara por su parte estaba estupefacta al haber oído todo aquello. La chica pensó que indudablemente el rector tenía que saber quién fue el que intentó matar a Roberto y a Víctor, según por lo que había dicho la dama. Sara se bajó de la pared de un solo salto. Le dolieron las plantas de los pies por la caída, al momento le pasó el dolor, y al reponerse de los estragos del salto, sacó su celular para comunicarles esa información a los involucrados en ese asunto. La chica llamó a Roberto.
—Hola ¿Cómo estás?
—¿Sara?
—¡Sí! Soy yo.
—¿Cómo así me llamas?
—Quiero comentarte algo que acabo de oír.
—¿Algo cómo qué?
—Es algo respecto al tema tuyo y de Víctor.
—En estos momentos estoy en mi casa con mis amigos.
—¿Con Víctor, Andrés y Guillermo?
—¡Sí! Con ellos.
—¿Y tú en dónde estás ahora?
—En el colegio.
—Y si mejor eso me lo dices otro día.
―¡No! Tiene que ser hoy.
―Bien. Iremos para allá. Espéranos por allí, que llegaremos en veinte minutos. ―aseveró Roberto.
—¡Bien! —aceptó Sara.
La calle del colegio lucía solitaria, ninguna alma se veía por esa zona, sólo Sara andando por allí. A esas horas, la zona se volvía un tanto peligrosa por eso la gente evitaba pasar por allí porque salían delincuentes y expendedores de droga a merodear los alrededores del colegio para ofrecer sus productos a los alumnos que consumían estupefacientes.
La tarde era un poco nublada, hacía algo de frío. Como Sara iba a esperar a sus compañeros, cruzó la calle para ir a la heladería de al frente del colegio para comprar algún postre frío mientras esperaba a los chicos dentro de la heladería, y así también estar protegida de cualquier malhechor que quisiera sorprenderla.
Víctor, Andrés y Guillermo se encontraban en la casa de Roberto, pero no era porque otra vez estaban viéndose en la red con las modelos de Play Boy, sino para ser parte de la reunión que Roberto había organizado para despedirse de sus amigos antes de viajar. En mala hora el encuentro se interrumpió por la llamada de Sara, pero de todas formas acudieron a donde ella para saber lo que había oído. Esa información podría ser muy importante para los involucrados en el asunto.
Roberto le pidió prestado el automóvil a su madre con el cual se fue él y sus amigos rumbo al liceo a encontrarse con Sara. En casi veinte minutos llegaron al punto de encuentro. Justo en esos momentos, las esquinas de la calle del colegio eran visitadas por uno que otro delincuente. Con la presencia de ellos, el sitio era peligroso, así que le pidieron a Sara quien estaba dentro de la heladería a que subiera al coche, un Hyundai Tucson color chicle. En el automóvil avanzaron unos kilómetros hasta llegar a una gasolinera en donde se detuvieron para entrar a un pequeño supermercado y comprar una funda de patatas fritas y unos refrescos. El refrigerio lo deleitaron en un comedor perteneciente a la gasolinera. Cada uno en su butaca y reunidos alrededor de una mesa, charlaron.
—¿Y qué fue lo que oíste? —preguntó Roberto con curiosidad.
—Algo que me hace sospechar que el rector sabe quién fue el que intentó matarlos. —dijo la chica, mirando a Víctor y a Roberto.
—Espero que tu información sea válida —comentó Víctor, suspicaz.
—¿Qué tratas de decir? —reaccionó la chica.
—Nada.
—¡No me trates de chismosa Víctor! —protestó Sara.
—¡Bueno! ¡Bueno! ¡Dejen de pelear! —intervino Andrés, poniendo orden—. Prosigue Sara. Cuéntanos lo que oíste.
—¿Recuerdan a la mujer del rector? —preguntó Sara a todos en la mesa.
—¡Sí! Era una dama atractiva. —recordó Guillermo.
—Hoy la vi que llegó al colegio. —manifestó Sara.
—¿Luego de tanto tiempo? —se admiró Roberto.
—Sí, así es chicos. —sostuvo Sara.
—¿Y supiste por qué motivo llegó al colegio? —indagó Víctor.
—Eso es lo más interesante. —comentó Sara.
—Si mis cálculos no me fallan, ella trabajó hasta el periodo 2008 como secretaria del colegio. Tiene dos años sin verse. —acotó Víctor.
—Y al final… ¿Qué oíste? —incitó Andrés al tema.
Enseguida Sara empezó a narrar como fue en que oyó la discusión entre aquella mujer y el rector. En ese cruce de palabras, la chica se enteró que quizás Rodríguez podría conocer a quien intentó matar a Roberto y a Víctor. Lo más alarmante para los jóvenes fue al informarse por parte de Sara quien según lo que oyó, les comentó a sus amigos, que un hermano de un sospechoso individuo, estudiaba en el colegio. Sara resaltaba ese argumento por lo que dijo aquella mujer, mientras discutía con el rector. Todos se quedaron estupefactos y más aún los implicados en el rollo.
—Y el hermano de ese sospechoso individuo, supongo que es Alfonso. —comentó Andrés.
—Es lo más probable, pero sólo es una vaga teoría. —acotó Guillermo.
Entre los cincos que estaban en la mesa, el más antiguo del colegio era Roberto así que por lo tanto era el indicado en que quizás supiera algo del sospechoso individuo.
—¿Qué más sabes de Alfonso? Aparte de lo que ya sabemos. —indagó Sara, dirigiéndose a Roberto.
—Si tratan de saber que si Alfonso tiene un hermano, no lo sé. —sostuvo Roberto—. Sé de sus jugarretas, pero de su vida familiar no. Aunque tengo entendido que es hijo único.
—De la vida familiar de Alfonso se sabe muy poco o a lo mejor casi nada. —dijo Víctor.
—Si ni siquiera se sabe quiénes son los padres de Alfonso. ―prosiguió Guillermo.
―Es verdad. En las reuniones familiares nadie llega a representarlo a él. ―añadió Sara.
—Pero una vez vi a Rodríguez hablando con un misterioso sujeto en su oficina. —recordó Roberto.
―¿Y qué sospechas con eso? ―repuso Víctor.
—Que quizás ese sujeto sea quien le hace los trabajos sucios al rector. El tipo tenía cara de mala reputación. ―comentó Roberto, secándose las manos en su pantalón.
Curiosamente a él le sudaban las manos.
—¿Hace qué tiempo viste eso? —preguntó Sara.
—Fue en el año pasado cuando entré a la oficina de Rodríguez para hablar acerca de un examen atrasado. —pronunció Roberto.
―¿Y qué más? ―incitó Andrés.
―Y ese sujeto estaba allí conversando con el rector. ―alegó el testigo.
―¿Pudiste entender algo de la conversación? ―insistió la chica.
―Sí. Hablaban como de negocios, y cuando entré a la oficina se quedaron mudos y nerviosos. ―recordó Roberto.
Los cinco en la mesa se mantenían pensativos y masticando las patatas con lentitud por el desconcierto que había entre ellos.
—¿Y al hermano de quien se habrá referido aquella mujer? —preguntó Guillermo al azar.
—No lo sé, esto se pone más difícil y enredado entre más se investiga. —opinó Andrés.
—Cosas como estás se llegan a despejar en el día menos pensado. —dijo Víctor.
—No somos los únicos que hemos sufrido por estudiar en este colegio. —pensó Sara en voz alta.
—Si investigan, hace años atrás hubieron alumnos asesinados de manera misteriosa. —acentuó Víctor.
—Siento que hay alguien que ha permitido todo esto, y ese es el rector Rodríguez. —enfatizó Roberto.
Al transcurrir una hora, los chicos abandonaron la gasolinera, y aprovechando que Roberto tenía en su poder el coche de su madre, se fueron a dar un paseo. A eso de la siete de la noche cada quien fue llegando a sus respectivas casas. La noche era fría, había luna llena en el cielo. Una semana más culminaba sin dar con la conclusión del caso.
Sábado 15 de mayo, 2010.
Por la mañana Roberto abandonó el país, marchándose con rumbo a Paraguay. Previamente él se había despedido de sus amigos el día anterior. El chico era uno de los alumnos más antiguos de ese colegio. Desde las dos últimas semanas de mayo los alumnos y maestros venían planeando los preparativos para la kermés.
Martes 1 de junio, 2010.
El día de la kermés llegó finalmente. Había fiesta en el colegio. Las clases cesaron por ese día. Los cursos lucían vacíos porque todos los alumnos se hallaban en la explanada del colegio, armando los preparativos para el evento. Hacía un poco de sol, y los ánimos estaban alegres. La música a todo volumen electrizaba el ambiente.
La tarima estaba lista para las presentaciones. Los encargados en inaugurar la kermés fueron Víctor y Mariuxi interpretando en mímica la canción de Sergio Mendes y Gracinha Leporace, I’m never gonna let you go. Cuando los dos chicos salieron a la tarima, todos gritaron con delirio y más aún cuando se oyó la introducción del tema musical, generando un toque de romanticismo.
Los dos chicos interpretaron la canción de manera muy apasionada como si de verdad estuvieran viviendo un amor como tal lo explica la canción en su letra. El público gritaba emocionado mientras Víctor y Mariuxi interpretaban la canción en mímica. Todos sacaron sus celulares para tomar fotos y grabar ese momento. Los profesores y el rector permanecían relegados detrás de la aglomeración de los alumnos que se apoderaron de la fiesta.
Entre esa multitud alguien que venía sabiendo que entre Andrés y Priscila había ocurrido algo, utilizó a dos simplones para hacerle llegar esa información a oídos de Alfonso quien encolerizado por el peso de los cuernos y su humillación de tenerlos puestos, fue en búsqueda de Andrés al que lo halló en medio del tumulto de alumnos, y sin importar que hubiera tanta gente alrededor, le propinó un puñetazo, derrumbándolo al suelo.
—¡Miserable! ¡Cómo pudiste propasarte con Priscila! —reclamó Alfonso a su adversario.
—Ella… ella me, me provocó… —dijo Andrés jadeando.
El chico estaba caído en el suelo, estremeciéndose por el dolor en su nariz de donde le brotaba sangre por el golpe.
—¡Dime! ¡¿La cogiste?! ¡¿Ustedes cogieron en la cama?! —interrogó Alfonso al otro chico.
—Ella se me insinuaba. Cogimos un día en el aula abandonada. —declaró Andrés con voz de agonía, pero jactándose.
—¡Mal nacido! ¡Cómo fuiste capaz de eso!
Explotó Alfonso de rabia, dándole un par de patadas a Andrés en las piernas. Pero aunque él estuviera caído en el suelo, con la cara partida, se sentía orgulloso de haberle partido la honra a Alfonso, que por lo mismo le cantó un par de frases de una vieja balada para terminar de quemarlo de celos.
—Yo fui el segundo en su vida… pero el primero a la vez… tú le robaste su inocencia, pero yo la hice mujer… —expresó Andrés desde el suelo.
—¡Hijo de mil perras! ¡No cantes esa maldita canción! —gritó Alfonso ardido de rabia.
Fue allí, en el suelo en donde Alfonso siguió masacrando a golpes a Andrés. Los alumnos que permanecían entretenidos con la presentación de Víctor y Mariuxi, luego desviaron su atención hacia la pelea. En esos momentos, los profesores no entendían lo que sucedía por la aglomeración. Guillermo de lejos veía en como a su hermano le partían la madre, pero no se metió en la pelea a defenderlo porque ya lo había aconsejado como para que evitara líos por andar con Priscila. Sólo escuchaba las cosas que decían los demás.
—¡Vamos! ¡Dale!
—¡Mátalo!
—¡Sácale toda la sangre!
—¡Revuélcalo!
—¡Se cogió a tu novia!
—¡Sí! ¡Eso no tiene perdón del diablo!
Por ese lio, la fiesta se interrumpió. Víctor y Mariuxi dejaron su presentación porque el ambiente pasó de alegre a tenso. Los profesores al fin se percataron, y tuvieron que intervenir para separar a los dos jóvenes del cual uno de ellos estaba siendo masacrado sin misericordia.
Andrés estaba muy afectado. El chico no se pudo ni defender, y tenía la cara partida. Sangraba mucho por la nariz y por la boca. La fiesta se volvió una trifulca, todos actuaban inquietos por lo ocurrido. Andrés tuvo que ser asistido por Virginia la secretaria quien se lo llevó a su oficina para curarle los golpes. Esta chica siempre hacía eso cuando un alumno necesitaba de primeros auxilios.
Alfonso estaba hinchado de rabia. Tenía la cara roja. Había perdido el juicio, estaba confundido con los ojos encrespados. Todos a su alrededor lo miraban asustados porque de tanta furia parecía Kin Kong en plena captura. Priscila logró percatarse del hecho, sino que antes de ser interrogada por su novio, corrió hacia la zona más desolada del patio del colegio para ocultarse entre los matorrales y ponerse a llorar de miedo. Justo cuando Alfonso se disponía en ir a buscar a Priscila, el chico fue agarrado de los brazos por el rector quien se lo llevó a su despacho, allí Rodríguez reprendió al alumno a solas.
―¡Qué carajo te sucede a ti!
Expresó el rector muy enojado.
―Él se metió con mi novia.
―¿Qué le hizo él a tu novia?
―Hubo algo entre ellos dos ¡Y estoy enojado por eso!
―¿Tienes pruebas de aquello?
―¡No! Para nada.
―¿Y por qué crees que Priscila te traicionó?
―Lo sospechaba, y tengo argumentos para creer en lo que me dijeron. ―sostuvo Alfonso.
―¿Y si sólo fue un chisme para molestarte? ―pensó el rector.
―¡No lo sé! Pero Priscila ya no es la misma conmigo. Ha cambiado mucho. ―manifestó el chico, confundido.
―Justo cuando todo marchaba bien en el colegio a ti se te ocurre provocar un lio ¡Maldita sea! ―protestó el rector, airado.
―Lo siento, pero debí defender mi honor.
El rector miró enojado al chico que más se preocupaba por el que dirán y no por su comportamiento inadecuado que en ese día había sobrepasado el límite de la paciencia.
―Siempre he dejado pasar por alto tus malas crianzas, Alfonso. ―alegó Rodríguez―. Pero hoy…
―¿Hoy qué? ―desafió Alfonso, riendo suspicaz.
―¿Qué tratas de insinuar loco de mierda?
Rodríguez se enfureció aún más, y encaró a Alfonso que permanecía sentado en uno de los sofás de la oficina.
―Recuerde rector que ambos sabemos de las cosas que usted ha sido capaz de hacer. ―comentó Alfonso con perspicacia.
―¿Otra vez te atreves hablarme así? ―increpó el rector al chico.
Acto seguido Rodríguez le propinó una bofetada a Alfonso que por la fuerza del golpe soltó saliva, mojándose los brazos. Pero el joven no se dejó amedrentar en esta vez.
―¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! La conciencia le pesa ¿no? ―se burló Alfonso.
―¡Tus problemas en este colegio se acaban ahora! ¡Te vas porque te vas! ―dijo el rector encolerizado.
Rodríguez se dirigió a los estantes de la oficina a buscar el expediente de Alfonso. La carpeta del chico lo encontró tan rápido como si ya previamente lo hubiera tenido listo para ese momento. Con los documentos en la mano se sentó frente a su escritorio. El joven sospechando que el rector de seguro lo iba a reportar por su mal comportamiento, se puso de pie para reclamarle al viejo.
―¿Qué está haciendo con mi expediente?
―Algo que debí hacer hace mucho tiempo.
En una hoja de líneas que había en la carpeta, Rodríguez empezó a escribir acerca del mal comportamiento del alumno. Lo acusó de haber golpeado a un compañero y de faltarle el respeto al rector, de ésta última el chico podría ser exonerado porque el viejo lo bofeteó. Rodríguez firmó su escrito y le puso el sello del liceo, sentenciado la expulsión de Alfonso del instituto por un mes.
―Usted no puede hacerme esto. ―dijo Alfonso sorprendido.
―¿Por qué no? ¡Si me tienes harto! ¡Tantos años he soportado los problemas que me das! ―expresó Rodríguez cabreado.
―Yo lo puedo acusar de haberme golpeado, y usted saldrá más afectado que yo. ―replicó el chico.
―¡A mí no me amenaces! ¡Mugroso!
―¡Está bien! Me voy, pero se va arrepentir de haberme expulsado del colegio. ―manifestó Alfonso.
―¡Lárgate ya! ¡Ningún mocoso apestoso me amenaza! ¡No vuelvas nunca al colegio! ―vociferó el rector.
―¡Púdrase viejo de mierda! ―insultó Alfonso al rector.
Rodríguez sentado frente a su señorial escritorio, miraba enojado en como el chico altanero salía de la oficina, cerrando la puerta escandalosamente. Dentro de sí, el rector sabía que haber echado a Alfonso, el destino iba a ser igual de reciproco tal como los fueron sus decisiones. Pero la actitud de Alfonso fue la última gota que derramó la copa, el joven estaba en la cuerda floja por ser el sospechoso de haber baleado a Víctor y a Roberto, sino que Rodríguez no tenía pruebas para acusarlo y aunque lo tuviera, él tenía sus oscuras razones para nunca hacerlo.
Sabiendo Alfonso que Andrés estaba en la oficina de Virginia, entró allí para increparle al hombre que se había atrevido a tener un romance con su novia. Después de abrir la puerta, Alfonso se paró frente a Andrés quien estaba acostado sobre un sofá, mientras Virginia le curaba los golpes.
―¡Escucha imbécil! Sé que siempre te ha gustado Priscila. Y mientras tú llorabas por ella, yo me divertía cogiéndomela en la cama. ―dijo el herido de traición.
Al decir eso Alfonso se marchó de la oficina. Andrés y la secretaria Virginia lo ignoraron. El panorama se puso dramático para el chico cuando todos lo vieron pasar con rumbo al portal, saliendo del sitio, y ninguno de sus amigos se les acercó para preguntarle el motivo por el cual se marchaba del colegio. Por lo que se veía nadie estaba de su lado, ni siquiera Priscila. Ella de donde se encontraba miraba asustada a su novio que se iba, más su voluntad lo dejó a que siguiera su camino. La chica tenía unos minutos de haber salido de su escondite, y en su rostro mostraba una expresión de trágame tierra, porque de seguro algunos o a lo mejor todos ya sabían de su historia con Andrés.
Priscila sospechaba con claridad de la persona que había abierto la boca para soltar dicha información, así que fue en búsqueda de Catherine que aparte de ser una de las chicas más guapas del colegio también se la caracterizaba por el llevar y traer de chismes. Esta chica había presenciado de cerca el drama de aquel día cuando Andrés persiguió a Priscila hasta los sanitarios para intentar reconquistarla.
A tientas Priscila encontró a Catherine en medio de la aglomeración de estudiantes. La abordó y empezó a acusarla de chismosa.
―¡Perra sucia! Sé que tú fuiste la que abrió la boca.
―¡De qué hablas pedazo de mierda!
―Tú viste cuando Andrés me estaba molestando en aquel día en los sanitarios.
―¡Yo no he visto nada! ¡Tú estás loca!
―Te vas a arrepentir por andar de chismosa.
Al decir eso Priscila se abalanzó hacia Catherine para golpearla, pero como la chica era alta, de cuerpo promedio la pudo resistir y envés terminó empujando a Priscila hacia atrás, haciéndola tropezar con un alumno para que al final ella se callera al piso, y alzara las piernas y consigo mismo su falda, dejando ver un interior negro que tenía puesto. El desafortunado acto de la chica fue motivo de risas para muchos que presenciaron el bochorno.
La chica acababa de pasar un pésimo momento, no pudo con Catherine a quien sin importar que hubieran muchos alumnos alrededor, agarró a Priscila de sus cabellos para hacerla poner de píe. Muchos alumnos que estaban cerca de las chicas miraban de cerca el inicio de una posible riña, pero nadie se metía en el asunto.
―Escucha pedazo de estúpida. No te tengo miedo. Tengo los ovarios bien puestos, lo suficiente como para aplastarte como cucaracha. ―le dijo Catherine a Priscila al oído.
A tiempo Andrés pasaba cerca y logró percatarse de que estaban amedrentando a su amada. El chico, se metió por en medio de la aglomeración de estudiantes hasta llegar al lugar de los hechos, justo allí intervino en medio de las dos chicas.
―¡Catherine! Deja a Priscila.
―¡Tú no te metas Andrés!
―Si te metes con ella, te metes conmigo.
―¡Vaya! Tu príncipe ha llegado para rescatarte.
Pronunció la chica burlándose y dirigiéndose a Priscila.
―¡Ya suéltame estúpida! ―gritó Priscila.
―¿Ahora quieres que te suelte? Cuando fuiste tú la que llegó a buscarme líos. ―argumentó Catherine.
―¡Suéltame ya! ¡Puta de mierda!
Reaccionó Priscila soltándose de las manos de Catherine que la tenía agarrada de los cabellos. Todos alrededor miraban a las dos estudiantes, pero nadie se metía en el pleito, sólo rumoraban.
―Eres una miedosa. ―manifestó Catherine.
―Vámonos Priscila, no le hagas caso. ―le sugirió Andrés a su amada.
Priscila pretendía acatar la sugerencia de Andrés, y justo cuando ella dio la vuelta para marcharse, Catherine le hizo un comentario con tono sarcástico a sus espaldas, esto porque la chica estaba con las ganas de propinarle una paliza a Priscila, y lo único que podía hacer era molestarla, ridiculizarla frente a todos, y así descontar algo de los insultos que antes recibió por parte de ella.
―Cómo eres una perra en celos, andas con Andrés para ver si te coge mejor que Alfonso al que no se le para el gusano ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―comentó Catherine, riéndose a carcajadas.
Los demás que estaban alrededor de ellos también se rieron con desenfreno, ruborizando a la afectada que hasta le ardió la cara por el bochorno que le hacían pasar.
―Con qué así ha sido la cosa.
―Ya lo pensaba.
―Y parecía mosca muerta.
―Pero ha sido diabla.
Comentaban los demás, riéndose.
Las ofensas y burlas, desataron la rabia de Priscila. Con la sangre ardiéndole por lo que le dijeron, ella volteó enfurecida hacia la autora del insulto, y al instante se le fue acercando a pasos frenéticos para escupirle la cara con el gargajo más profundo de su garganta. Pero Catherine tenía suficiente carácter como para omitir una ofensa tan grave, por eso agarró a Priscila de su brazo derecho para jalarla hacia ella y devolverle la escupida, pero en su ojo izquierdo.
―¡Te crees muy valiente! ¿No verdad?
Catherine encaró a Priscila quien se asustó por la rápida reacción de su rival, haciendo que perdiera la valentía y la pelea antes de tiempo.
―¡Suéltame! ―exigió Priscila.
―Tú no eres valiente, niña. ―sonrió Catherine con malicia.
―Si lo soy ¡Y mucho! ―argumentó Priscila con tono medroso.
―¿Mucho? Yo digo poco ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ―rió la otra chica.
Mientras Catherine le hablaba a Priscila, la miraba detenidamente a los ojos, sin soltarle el brazo. En su mirada demostraba una maldad siniestra, cosa que amedrentó aún más a la chica.
―¡Basta Catherine! ¡Deja a Priscila!
Gritó Andrés.
Pero nadie le hizo caso al chico. Sólo llamó la atención de los demás que miraban el acto como si la escena fuese drama de teatro callejero para el entretenimiento popular.
Entre tanto las dos chicas permanecían en lo suyo.
―Tan sólo eres una bruta.
―¡Bruta tu madre!
―Eres una bruta que malgasta su tiempo con un delincuente como Alfonso. ―comentó Catherine dirigiéndose a la chica.
―¡Y eso a ti qué te importa! ―protestó Priscila.
―Nada. Pero me das pena.
―Por lo menos tengo alguien que me coja, ―manifestó Priscila, diciéndole a su rival―¿Y tú? ¡Ja! Ni siquiera tienes un gato al que le beses la trompa o se lo hagas parar.
―¿Qué sabes tú de mi vida? ¿ah? ―expresó Catherine, roja de rabia.
―Tú vida es como la de un oso, solitario y perezoso. ―se sonrió Priscila.
―¡Qué dijiste estúpida del demonio!
Lo dicho hizo enojar a Catherine y enfurecida cogió a Priscila del cuello para estrangularla, pero la agredida se defendió y pudo evitar que le aplastaran el pescuezo. Pero Catherine la volvió a coger del brazo para seguir amedrentándola.
―Y en cambio tú, eres una puta de mierda. ―se sonrió de lado Catherine.
―¡Sí! ¡Lo soy! ¡Y qué! ―confirmó Priscila.
―Debes estar contaminada como una perra sarnosa.
―¿Y ese es tu problema?
―No. Para nada, sidosa de mierda.
―¡Entonces púdrete!
Los demás que presenciaban la riña, se reían de las cosas que ambas chicas se decían. Priscila buscaba valentía de donde no tenía. Mostraba rebeldía. La chica guiñaba su ojo por la saliva que tenía allí y que se le escurría hasta el pómulo.
―Esa boca te la voy a dejar doblada como la punta de un zapato viejo. ―amenazó Catherine a Priscila.
―¿Ah sí? Pero no será hoy. ―sostuvo la otra chica.
Armándose de fuerzas Priscila se volvió a soltar con rebeldía de las manos de Catherine quien la amenazó.
―Esto no se va a quedar así. ―dijo la chica.
Con lo último dicho, Catherine se marchó del lugar, perdiéndose entre la multitud de estudiantes. Aquella muchacha era rebelde y de un carácter muy fuerte. Ella siempre llevaba los ojos maquillados de negro, y sus uñas pintadas del mismo color dando apariencia de cierta cultura Emo. Catherine era guapa por donde se lo mirara. Tenía dieciocho años, no era flaca, ni gorda; pechos voluptuosos como toda una mujer, piernas y caderas bien definidas, alta, piel blanca, y cabello corto hasta los hombros de tono oscuro al igual que sus ojos grandes de mirada penetrante. De sus facciones una mezclilla pintada de rosado cayendo por su frente, dándole un toque te atrevimiento. Aparte gozaba de un buen carácter y confianza en sí misma, y eso que tenía pocas amigas.
Sin Catherine en la escena, el drama perdió brillo, y todos se resignaron en ver como sus actores favoritos se alejaban del escenario. De igual manera Priscila y Andrés se marcharon juntos, dejando al público con ganas de más drama del teatro callejero. Aunque pareciera así de irrisorio, el lio era en serio. Nadie había estado bromeando. Sólo que los demás lo tomaron como excusa para su entretenimiento.
La acusación que Priscila le hacía a Catherine de ser la chismosa era tan cierta, pero obviamente la chica lo negaba. El motivo por el cual Catherine había dejado explotar esa información era para fastidiar a Priscila a la que no le caía bien. Ambas se odiaban sin motivos algunos.
La fiesta en el colegio estaba interrumpida. Los alumnos se habían alejado de los alrededores de la tarima, replegándose hacia las paredes del colegio, dejando vacía la explanada. Después en que todo se calmó, se pudo retomar el evento. El profesor Francisco Torres, subió a la tarima para informar que la fiesta iba a continuar.
Se realizó una obra teatral de la historia de Sansón y Dalila. Acto seguido, un grupo de alumnos bailaron un par de piezas de cueca que es un baile típico de Chile. También se jugó un partido de fútbol en la cancha. El resultado terminó por un marcador de 3 a 2. Ganaron los de camisetas azules, llevándose la copa.
Hubo algunos eventos más. Varios alumnos subieron a la tarima a declarar poemas, unos que cantaron, otros que bailaron, y los más agraciados contaron chistes o hicieron parodias divirtiendo a sus compañeros y profesores.
Como plato fuerte llegó la hora de elegir a la reina del colegio. En ese certamen estaban como participantes Priscila, Sara y Catherine entre las más populares porque en total eran doce las chicas que disputaban la corona de la más hermosa del colegio.
Todos estaban fascinados, pero más los chicos que sacaron sus celulares para tomarle un par de fotos a sus compañeras que mostrarían lo mejor de sí y de su sensualidad. El primer desfile fue en ropa interior, y al ritmo de la canción electro dance “papara americano” las chicas salieron a la tarima. En ese instante se oyó un escandaloso grito masculino que fue una mezcla entre silbidos, piropos y aullidos.
―¡Qué hermosa te ves Catherine!
―¡Luisiana! ¡Te amo!
―¡Eres la mejor Priscila!
―¡Alexandra! ¡Lánzame un beso por favor!
―¡Qué buena que estás Viviana!
―¡Amalia! ¡Quiero hacerte el amor esta noche!
―¡Quítate la tanga Susana, y lánzamela!
Los chicos gritaban un sinnúmero de babosadas. Cada uno tenía a su candidata preferida, pero en sí todos estaban delirados al ver a sus compañeras en bikini, por eso tomaban fotos por docenas con sus celulares, aprovechando la oportunidad. Quien animaba el evento era el profesor de matemáticas Francisco Torres, y presentaba a las chicas, diciendo su nombre completo, edad, curso, gustos y hasta estado sentimental. Las chicas que participaban reían con rubor dejando notar su lado adolescente a flor de piel.
Después las chicas abandonaron la tarima para irse a cambiar de ropa para la segunda presentación. Al pasar algunos minutos, las doce chicas volvieron a la tarima, luciendo sus vestidos de gala al ritmo de un Jazz sensual. Cada una tenía puesto un vestido corto, zapatos de taco y sus peinados según sea su estilo.
Al terminar la pasarela, las chicas formaron una franja, poniéndose frente al público para que así todos los alumnos junto a los juradores calificadores les dieran sus vistos buenos. Cuando el animador nombró a Priscila se escuchó una gran sinfonía de silbidos. Catherine recibió un griterío estrepitoso que partía los oídos. En cambio la aceptación de Sara fue igual de mínimo que de las otras participantes.
Antes de elegir a la ganadora, los jurados le designaron a Sara como señorita simpatía. Uno de los chicos más atractivos del colegio fue quien subió a la tarima a ponerle a la chica su respectiva cinta, un ramo de flores y un beso en cada mejilla. Con la eliminación quedaron dos finalistas. Priscila y Catherine.
Como siempre sucede en los certámenes de belleza, las dos últimas participantes se tomaron de las manos en gesto de bondad, pero en este caso sólo era hipocresía. La pelea que tuvieron momentos antes las tenía tensas. Las chicas estaban sobreactuando para lucir bien frente al público. Ambas aprovechaban la ocasión para insultarse entre dientes mordidos y así no leyesen lo que se decían por el disimulo de sus sonrisas.
―Con ese vestido pareces prostituta barata.
―Cállate puta de mierda. No me jodas.
―Cuando murió mi abuela la enterraron con un vestido similar al tuyo. ―dijo Priscila, riéndose de Catherine.
―Rezo para que pierdas, perra.
―No me interesa ganar.
―¿Sabes que le darán a la que pierde?
―Si sé. Le pagarán un paseo.
―¿Un paseo? ¿A lo más profundo de tu cerebro? ¡Qué horrible! ―expresó Catherine.
―Será un paseo de miseria en tu casa. ―se rió Priscila.
―Qué buen humor tienes. ―se burló Catherine―. Pero si pierdes te regalarán como consolación una rasuradora para que te raspes el coño ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
―¿Sabías que si ganas te darán un kit?
―¿Un kit de qué?
―Será un kit de productos nívea.
―¡Fabuloso! Hasta tú sabes que yo ganaré.
―Pero te lo darán para que te pongas en la vagina y deje de apestarte a pescado podrido, porque eres una perra sucia. ―dijo Priscila, riéndose de Catherine.
Pelaban las dos chicas, burlándose entre sí mismas. Como ambas se mantenían tomadas de las manos, simulando fraternidad, aprovechaban la ocasión para apretarse los dedos y lastimarse. Ninguna de las dos daba el brazo a torcer. Cada una de las chicas tenía su grupo que lo apoyaba, pero una tenía más gente que la otra, y esa era Priscila por su popularidad en el colegio. Por fin el animador diría el nombre de la ganadora.
―¡Y la nueva soberana del colegio es….!
―¡Quién será!
―¡Qué lo diga ya!
―¡Que sea Priscila!
Decían el público en suspenso.
―¡La reina es…! ¡Catherine Restrepo! ¡Aplausos para ella!
En ese momento las chicas se soltaron de las manos.
Catherine saltaba de algarabía al obtener la corona de la chica más hermosa del colegio. Aunque ella tenía poca gente que lo apoyaba ganó el certamen. Priscila no lo podía creer, quería llorar de coraje. Su derrota se debía porque el jurado calificador o sea sus profesores no la estimaban tanto por ser la novia de Alfonso. Cosa diferente pasaba con Catherine, ella se llevaba muy bien con los maestros y porque además era una buena alumna con notas admirables.
Enseguida subió a la tarima el alumno más estudioso del colegio a ponerle a Catherine su corona y su cinta de reina, además de entrégale un ramo de flores, seguido de un beso en cada mejilla. En cambio a Priscila, otro chico le dio la cinta de virreina, un ramo de flores, más un kit de cosméticos chinos de esos que hacen dar comezón y que los rematan muy baratos en las ferias populares en la ciudad de Santiago. Cuando Catherine vio que a su rival le regalaron algo de pésima calidad empezó a reírsele y a cantarle un par de palabras para romperle el corazón.
―¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Perdedora, perdedora ¿Qué se siente ser una perdedora?
―¡Púdrete! ¡Y métete tu corona por el coño!
Gritó Priscila enfurecida.
Los dos chicos que hacían de caballeros se alejaron de ellas dos al notar que se estaban peleando. Pocos se percataban de eso como el disyóquey que por estar mirándolas, se equivocó en las mezclas musicales y se le ocurrió hacer sonar un antiguo bolero de esos que bailaban los abuelos en sus épocas de juventud. Cuando se oyó esa canción todo el público se mató de la risa. Por mala suerte Priscila y Catherine aún estaban en el escenario y tuvieron que soportar ese bochornoso momento. En buena hora el profesor Torres reprendió al disyóquey y cambiaron la música, poniendo de fondo algo de electro dance en inglés.
Igualmente Catherine recibió su kit de productos de belleza. Lo malo es que también se trataba de esos productos baratos de procedencia sospechosa que rematan en las esquinas y que llegan al país por medio de la aduana ya sea por robos de conteiner, contrabando o error de envíos aduaneros de otros países.
Las cremas de Catherine eran de marcas desconocidas, al menos para ella, y que de paso los logotipos de los envases tenías letras de una gramática inusual. Se trataba de cremas de alguna marca rusa por las extrañas letras. Además los envases de las cremas estaban empolvados como si los hubieran sacado de lo más profundo de alguna bodega de la aduana. Una grosería para una chica. Los premios eran otorgados por el muy ilustre rector Rodríguez. Gran cosa (¡)
―¡Qué clase de porquería es esta!
Protestó Catherine, mirando con desprecio las cremas que le habían regalado en gesto de su coronación como la chica más bella del colegio.
Viendo Priscila la basura que Catherine tenía en sus manos se echó a reír a carcajadas que hasta tuvo que ponerse de espaldas para que la gente no se percatara de lo que hacía.
―¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Con esas cremas te vas a ablandar los callos de los pies! ―se burló Priscila de su enemiga.
―¡Vete al infierno estúpida del demonio!
Gritó Catherine mirando con enojo a la otra chica que se burlaba de ella.
Por suerte no se oía lo que decían las chicas por el volumen alto de la música, pero unos cuanto del público, los más observadores si se percataron de aquello. Con la elección de la reina del colegio, la kermés se daba por clausurada. En el año anterior, 2009 Priscila había sido la reina en una fiesta que fue mejor que la del 2010.
Las chicas bajaron del escenario por una escalera de metal. Cada una de ellas se encontró con su público admirador que la apoyaba. Todos los chicos se querían tomar una foto con la flamante reina, Catherine. Todo eso hizo que Priscila fuese ignorada por los estudiantes. La chica se encontraba sola. Pero en medio de ese desierto había alguien que siempre le sería fiel a ella, Andrés quien se le acercó para tomarse una foto con su compañera de clases.
―¿Puedo tomarme una foto contigo?
―Sí, claro. ―aceptó la chica desanimada.
Los dos jóvenes se abrazaron. Andrés sacó su celular, y Priscila trató de sonreír lo mejor posible para aparecer bien en la foto. El que no lucía con la mejor cara era Andrés por los golpes que Alfonso le había propinado en momentos antes. Sobre todo eso, el eterno enamoradizo de Priscila seguía siendo fiel a sus sentimientos.
―Para mí eres la más guapa.
―Gracias Andrés.
―Siempre serás una reina para mí.
―Lo sé. Creo en lo me dices, nene.
A causa de esas palabras, entonces se miraron a los ojos. El chico se puso triste, sintió que aún más amaba a Priscila. A pesar del fracaso amoroso de ambos, él no renunciaba a ella.
―Lamentó todo lo que pasó. ―expresó Andrés.
―¿Lo que pasó de qué?
Preguntó Priscila, simulando desconocer de lo que hablaba el chico.
―¡Cachay! Hablo de lo nuestro, de lo de Alfonso. ―se indignó el chico.
―No quiero hablar de ese tema. No me lo recuerdes. ―sugirió Priscila con tristeza.
―Entiendo cómo te sientes, princesa.
―Debo irme, te dejo. Discúlpame.
―De acuerdo. Adelante.
Priscila se apartó de Andrés para marcharse hacia los sanitarios en donde por su mala suerte se encontró con Catherine. Ambas chicas estaban allí para cambiarse de ropa. Como estaban ocupadas y con diferentes tipos de humor, una alegre y otra triste, decidieron no seguir peleando. Sólo se miraron de reojo. Ninguna de las dos se sentía conforme con los productos de belleza que les habían regalado, así que lo botaron a la basura sin que nadie las viera.
En la explanada del colegio, la fiesta había terminado. Los alrededores de la tarima lucían desolados debido a que los alumnos se iban replegando hacia las paredes del colegio para conversar acerca de la fiesta. Unos decían que había estado bien y otros más pésima que la del año anterior. De fondo sonaba una mezcla de música electro dance.
Justo en esos momentos, se oyó una explosión que hizo asustar hasta el más valiente. Se sintió un estruendo como si hubiera explotado una granada en las afueras del colegio. En el aire se veía una nube de polvo ocasionada por la energía que desató el estallido. Todos se quedaron mudos, mirándose atónitos por lo sucedido. Con el pasar de los segundos se superó la impresión, y las miradas de todos se dirigían al portal que tenía un sinnúmero de perforaciones como disparos de ametralladora.
―Pero miren eso…
―Pobre portal.
―Oh, sufrió la violencia del terrorismo.
Rumoraban un par de alumnos con pavor.
Por suerte nadie se hallaba cerca del portal o de lo contrario hubiera salido muy lastimado o muerto. Entre toda la multitud, el profesor Torres salió corriendo rumbo al portal para abrirlo. Los alumnos lo siguieron más atrás alborotados, y entre todos se percataron que se trataba de una bomba hecha con olla de presión, de esas que se lo llenan con pólvora, clavos y dentro se le coloca un celular en tono vibrador para hacerlo activar desde cualquier con sólo llamar al número del celular que se puso en la bomba.
La olla que había sido utilizada para el atentado, estaba hecha añicos, tirada en medio de la calle. Sobre el suelo del perímetro se podía ver varias partes rotas del celular, un Nokia 1100 que por su potente vibración era el perfecto para haber activado el detonador de la bomba. Un sinnúmero de clavos esparcidos por doquier también era parte de la escena. Además de un polvo blanco o pólvora que había manchado el pavimento de la calle. Los clavos liberados por la fuerza del estallido lograron partir las ventanas y las vitrinas de las tiendas del bulevar. Por suerte nadie fue afectado. Todos los alumnos y profesores murmuraban asustados.
―Qué clase de loco pudo haber hecho esto.
―Tal vez fue un enfermo desquiciado.
―Este colegio va de mal en peor.
―Alguien pudo haber muerto por el estallido.
―Menos mal que nadie salió herido.
Charlaban los alumnos quienes habían abandonado el colegio para salir a la calle a ver de qué se trataba el asunto. La gente que residía o trabajaba por esa dirección se hallaba nerviosa. Muchos miraban medrosos desde sus ventanas y los más curiosos estaban en las veredas, asimilando el suceso más de cerca. La gente creía que el colegio empezaba a ser acechado por Alqaeda o algún grupo de yihadistas de Irak o Siria que en son de una supuesta guerra santa, defendía a Alá o a los intereses de los Estados Unidos. Pero eso era pensar con exageración, en Chile esas cosas jamás podrían pasar. El atentado en el colegio de seguro se trataba de algún holgazán con un buen motivo para querer afectar el instituto.
Enseguida el profesor Francisco Torres, llamó a la policía desde su celular. Un patrullero llegó a pocos minutos, y los agentes tomaron las respectivas versiones de las personas que pudieron haber visto al posible terrorista. Muchos decían que era un sujeto en moto que dejó la olla en la esquina del portal del colegio, versión que coincidía entre algunos de los moradores de la zona que presenciaron el atentado.
―¡Yo lo vi! Era un sujeto que andaba en moto.
―Y sólo llegó para dejar esa olla en la esquina del portal.
―La moto en la que andaba era roja y sin placa.
―Ah, y vestía camiseta blanca con pantaloneta.
―¿Cuántos años tendría él? ―indagaban los policías.
―Mmmm…. Unos veinticinco años.
―¿Lo han visto antes por la zona?
―No recuerdo haberlo visto antes por aquí.
―Parece que yo si lo he visto andar por esta zona.
Comentaba la gente a los oficiales.
En total eran dos agentes de policía quienes se pusieron en contacto por radio con otros de sus colegas para armar un operativo por toda la zona y dar con la ubicación del terrorista.
―¡Me copian! ¡Me copian!
―¡Listo! ¡Cambio! ¿Qué sucede?
―¡Armaremos un operativo por la zona del liceo nacional!
―Díganos los detalles del objetivo.
―El sujeto anda en una moto roja y lleva puesta una camiseta blanca.
―¡Entendido mi sargento! ¡Saldremos ahora mismo!
Los oficiales entraron a su patrulla, marchándose a toda velocidad, haciendo sonar la sirena. Al momento que el vehículo patrullero iba pasando por la calle diagonal al colegio, de imprevisto un sujeto en moto apareció por esa dirección cruzándoseles a toda velocidad que por un pelo casi termina siendo atropellado por el patrullero que frenó a tiempo, dejando dos rayas de caucho sobre el pavimento de la calle. Curiosonamente, la moto era roja y sin placa, el individuo que la conducía tenía una camiseta blanca, manchada de sangre.
―¡Ese sujeto es!
―¡Sí! ¡Persíganlo!
―¡Dense prisa!
―¡Y enciérrenlo para siempre!
―¡Condenen a ese mal viviente!
Gritaba la gente alarmada al ver al posible terrorista.
Como a poca distancia del colegio se situaba un parque, se podía creer que aquel tipo había estado escondido entre los árboles de ese conjunto de recreación porque salió de la calle de ese sitio. El individuo cumplía con las características de ser el posible alumno de Osama Bin Lade, por eso la policía se alertó. Se escuchó un chillido de neumáticos y empezó una persecución de película. El patrullero giró la calle y se fue detrás del motociclista, perdiéndose de vista. A lo lejos se escuchaba la sirena.
Entre la multitud conmocionada, Víctor estaba presente, y al haber visto al sujeto en moto se dijo a sí mismo:
―El sonido de esa moto me es familiar.
Su voz tembló, mientras decía eso.
Sara también estaba por allí y se indignó al haber visto al motociclista. También repitió una frase de lamento y de rabia.
―¿Ese sujeto otra vez por aquí? ¡No puede ser! ¡No puede ser!
****
Miércoles 2 de junio, 2010
Al día siguiente, la policía llegó al colegio para informarle al rector que había sido detenido aquel motociclista sospechoso que al interrogarlo varias veces confesó frente a las autoridades ser autor del atentado en el colegio. No se sabía bien porque motivo lo hizo. Pero se necesitaba que pusieran la denuncia para darle una sentencia con más peso de rigor al terrorista después de que saliera del hospital. Según se supo, el maleante fue afectado con su propia bomba que explotó antes de tiempo, razón por la cual en ese día se lo vio con su camiseta manchada de sangre por el impacto de algunos clavos en su cuerpo.
Terminó el mes de junio. Pasó Julio y agosto. Nunca más se volvió a saber de Alfonso. Su novia Priscila al parecer no lo extrañaba. Por ese tiempo Virginia, la secretaria del colegio, puso su renuncia de manera inesperada. En el liceo se respiraba un aire tenso como si hubiera gato encerrado. Se empezó a rumorar que Virginia había sido amante del rector.
Hasta ese mes el rector Rodríguez no había puesto la denuncia en contra del sujeto que hizo explotar la bomba en el colegio. El viejo se lo estaba tomando muy a la ligera, mientras que el hecho había sido de gran preocupación, pero para él al parecer no era de mucha importancia que le cayera la justicia al terrorista. Por lo que se veía hasta se pensaba que Rodríguez lo estaba protegiendo y a la vez olvidándose del tema. Sólo faltaba que el terrorista fuese amigo del rector. El maleante había salido del hospital y se encontraba preso en una penitenciaria de la ciudad de Santiago bajo los cargos de alterar el orden público y atentar en contra de la sociedad. La sentencia que le dieron fue de cuatro años.
CAPÍTULO VII
Empezaba septiembre, y eran los últimos meses del periodo estudiantil. Los profesores estaban muy dedicados, dictando materias para presentar sus reportes frente al ministerio de educación de todo lo hecho a través del año.
Ya no había horas libres como en antes. El receso lo redujeron de treinta minutos a veinte. Se le sacaba el máximo provecho al tiempo. Los alumnos que cursaban la última fase para graduarse del colegio eran los más exigidos con tareas, lecciones y la realización de sus monografías o trabajo final.
―¡Chicos! Deben estar más dedicados.
―¿En qué?
―¡En sus tareas! ¡Obvio!
―¡Eso nos da flojera!
―El año estudiantil está por acabar.
―Ya lo sabemos.
―Y deben estudiar mucho.
―¿Todavía más?
―¡Sí! Para poder ir bien a la universidad.
Esa era la típica conversa que se oía en las aulas entre los profesores y los alumnos. No se hablaba de otra cosa que no sea el final del periodo estudiantil y de la graduación para los alumnos que cursaban el último año de la educación media.
Como era normal a la hora de salida, en las afueras del colegio ocurría la misma rutina de tráfico vehicular y humano invadir esa zona. Lo único diferente y malo eran los expendedores de drogas que en los últimos meses empezaban a llegar más a menudo a esa hora, aprovechando la ausencia de Alfonso quien era el único proveedor de sustancias a los alumnos consumidores, y a uno que otro vagabundo drogadicto que vivía por ese sitio. Por eso muchos vendedores de “caramelos” se peleaban por cubrir esa zona.
Cada día llegaba más gente con mala reputación a fastidiar en la calle del colegio. Eran sujetos colombianos o cubanos exiliados quienes con sus bolsos tipos canguros en los hombros se aseguraba que eran micro expendedores de drogas, y sólo se los veían a la hora de salida. Por culpa de esos extranjeros mal vivientes cada vez más alumnos se reunían en grupos para consumir drogas en un parque situado a pocos metros del colegio.
La gente que pasaba por esa calle se percataba que estudiantes de entre quince y dieciocho años, inhalaban por la nariz un polvo blanco que luego los ponían locos, y causaban problemas por la calle del colegio, dando mal ejemplo al resto de jóvenes. Nadie hacía algo por frenar eso. Muchos profesores se lamentaban al ver que sus alumnos se descarrilaban en ese vicio, pero no movían ni un dedo por miedo a la represalia. A la policía que de vez en cuando pasaba por allí, le importaba poco ver a los expendedores de drogas vendiendo con libertad sus porquerías como si fuesen galletas oreo. La zona se volvía peligrosa por los delincuentes que invadían cada día más el colegio. La situación se estaba volviendo insostenible.
Las pandillas en señal de marcar territorio habían hecho horribles grafitis en las paredes del colegio mismo que de poco se volvía lugar de encuentro para los malhechores. Hasta cierta parte la ausencia de Alfonso había provocado todo eso. Se podía apreciar el grado de jerarquía que ese muchacho maligno tenía en el colegio y sus alrededores. Mientras Alfonso estudiaba allí y monopolizaba el comercio de droga, jamás llegaban otros micros expendedores de sustancias, tampoco se veía a diario las pandillas, sólo aquella en la que él era miembro, y de vez en cuando.
Jueves 2 de septiembre, 2010
13: 15 Pm.
En esa tarde nublada, después de la hora de salida, Catherine y Sara estaban en la heladería de al frente del colegio, esperando a Andrés, Guillermo y Víctor con quienes habían quedado encontrarse allí para hablar algo muy importante que a ellos les iba a interesar.
―¿A qué hora llegarán esos tres?
―Deben estar pronto por llegar.
―Tenemos cinco minutos aquí, esperándolos.
Parloteaban las dos chicas impacientes.
Ellas dos habían salido minutos antes a diferencia de sus tres compañeros que aún estaban dentro del colegio, en las aulas copiando unas tareas para ponerse al día. En esos minutos, los estudiantes de la sesión vespertina empezaban a llegar, marcando la segunda jornada del día. A los expendedores de drogas aún se lo veían merodeando los alrededores del colegio.
Sara y Catherine como alumnas antiguas sabían muchas cosas ocurridas en los últimos cinco años en el colegio. A ellas nunca les había interesado en revelar esas cosas, pero viendo la situación que atravesaba el liceo con las visitas frecuentes de las pandillas y el comercio de droga que se generaba en sus entornos, era necesario actuar frente a la indignación.
Algunos alumnos, los más aplicados se desmotivaban en ver los problemas acechando a su lugar de estudios, por eso Catherine y Sara pretendían tomar una iniciativa para ver si alguna ley castigaba a los malhechores que a diario llegaban al colegio. Los indicados para eso, eran esos tres jóvenes que andaban en búsqueda de justicia por el atentado que sufrieron Víctor y Roberto.
Al cabo de unos diez minutos de espera, los tres chicos llegaron a la heladería para encontrarse con sus dos compañeras del colegio. Para estar cómodos se reunieron alrededor de una mesa, y antes que hablaran degustaron de los deliciosos helados de conos que vendían en esa tienda. Al terminar sus aperitivos empezaron a charlar.
―Veo que hasta ahora buscan la verdad con desesperación. ―manifestó Catherine.
―¿A qué verdad te refieres? ―indagó Víctor inquieto.
―Todo acerca de la tentativa de asesinato que sufriste junto a Roberto. ―contestó Sara dirigiéndose a Víctor.
―Aunque tal vez no lo crean, hasta el mismo Roberto puede saber quién fue el que quiso matarlos en esa mañana de mayo. ―sostuvo Catherine.
—¿Por qué dices eso? —cuestionó Andrés.
—Junto a Sara hemos estudiado durante más de cuatro años en este colegio. —alegó Catherine.
—Y conocemos bien a Alfonso y al querido amigo de ustedes, Roberto. —añadió Sara.
—¿Qué tratan de decir con eso? —se inquietó Guillermo.
Enseguida Catherine y Sara confesaron toda la verdad acerca de los dos ex alumnos del colegio.
—En años anteriores…
—Antes que ustedes llegaran a estudiar al colegio.
—Alfonso y Roberto eran aliados.
—¡No lo puedo creer! —se admiró Andrés.
—¡Créanlo! —expresó Catherine—. Eran los mejores amigos del mundo.
—Pero de pronto un día se enemistaron. —acotó Sara.
—¿Y por qué? —indagó Víctor.
—Se decía que era por un mal reparto de ganancias de la venta de droga. ―clarificó Catherine.
―Y llegaron al límite de odiarse tanto. ―continuó Sara―. Por eso Roberto se retiró de la pandilla.
―Él pertenecía a la pandilla de Alfonso. En ese tiempo yo era la novia de Roberto y sabía de sus jugarretas. ―confesó Catherine.
―No quiero ser curioso. ―intervino Guillermo, agachando la mirada. ―¿Por qué terminaste con él? ―levantó la mirada hacia Catherine.
―Supe que Roberto y Alfonso consumían y vendían drogas, por eso lo dejé. ―pronunció Catherine.
―Si mis cálculos no me fallan, Priscila está consumiendo drogas. ―sospechó Sara.
―¿De dónde sacas tal idea? ―repuso Andrés preocupado.
―Últimamente la he visto muy pálida y desarreglada. No es la misma Priscila de antes. Luce retraída. ―contó Sara.
Andrés y Víctor se quedaron sorprendidos. Guillermo era neutral en sus pensamientos a diferencia de su hermano y su amigo que para nada creían en lo que le decían las chicas. Víctor en señal de defender a su amigo, objetó:
―Yo nunca vi que Roberto consumiera drogas.
―Él estuvo un año ausente en el colegio, porque estaba en rehabilitación. ―alegó Catherine.
―¿En serio? ―expresó Víctor.
―Sí, así como lo oyen. ―atestiguó Sara.
Las dos chicas siguieron revelando la oscura historia de Roberto. Narraban las cosas, robándose las palabras de la boca como si hubieran estado desesperadas por contar todo eso.
―Después que pasara ese año…
―Roberto volvió al colegio.
―Y fue ahí cuando ustedes lo conocieron.
―Era obvio, ustedes no sospechaban de nada…
―Porque se había rehabilitado.
Los tres amigos de Roberto se miraron nerviosos entre sí. Lo que le contaban las chicas les sonaba escandaloso que a veces Víctor ya empezaba a creer.
―¿Por qué dicen que Roberto podría conocer a quien quiso matarnos? ―indagó Víctor, dirigiéndose a las chicas.
―Lo imagino según mis cálculos. ―comentó Sara.
―Siempre supe que tú conocías algo de este tema, pero no habías querido contarlo. ―dijo Víctor a Sara.
―Entiende que es muy difícil para mí, por miedo a la represalia. Esa gente es mala. ―repuso la chica.
―¿A qué gente te refieres? ―preguntó Guillermo.
―A los amigos de Alfonso. ―indicó Sara.
―¿Y crees que ellos tuvieron algo que ver con la tentativa de homicidio? ―prosiguió Andrés.
―Yo creo que sí. ―sospechó Catherine.
―Aunque Alfonso un día habló con nosotros y aseguró no tener nada que ver en eso. El tipo estaba tan seguro de su inocencia. ―subrayó Andrés.
―¿Y tú le creíste? ―intervino Sara.
―Me quedé con dudas. ―suspiró el chico.
―Tal vez él no haya sido, pero sus amigos de pandilla, sí. ―pensó Catherine.
―¿Ustedes recuerdan algo que les haya hecho pensar mal de Roberto? ―investigó Sara.
―Honestamente, sí recordamos ciertas acciones que nos hicieron pensar mal de él. ―dedujo Andrés.
―Yo también recuerdo un par de cosas. Pienso que tal vez Roberto no era de fiar. ―pronunció Víctor, decepcionado.
Los tres jóvenes estaban sorprendidos e indignados al descubrir la falsedad de su amigo Roberto, pues él nunca mencionó haber sido un drogadicto y de paso haber pertenecido al grupo de maleantes de Alfonso.
En ese momento Víctor recordó que en el día cuando ocurrió la pelea con Alfonso y éste se hallaba noqueado en el piso, Roberto tuvo la idea de matarlo, según él antes que el otro chico matara a todos.
―Puedan que ustedes tengan razón.
―Roberto tenía una personalidad altanera…
―A veces era fanfarrón como pandillero.
Resaltaron los tres jóvenes.
A Víctor el cerebro le fue retrocediendo como disco compacto, y empezó a recordar otros detalles más como el momento cuando después de esa mítica pelea, Roberto actuaba sospechosos como si conociese bien a Alfonso y de lo que éste era capaz.
―Ahora entiendo porque él actuó sospechoso en el día de la pela con Alfonso. ―dedujo Víctor.
―Era lógico. Ambos tenían un pasado en común, pero ninguno decía nada. ―acotó Andrés.
Los dos hermanos también empezaron a recordar más detalles que relacionaban a Roberto y Alfonso en un pasado. En ese día, después de esa pelea, justo a la hora de salida cuando llegaron esos tres sujetos en motos y se reunieron con Alfonso, uno de los motociclistas intercambió miradas sospechosas con Roberto como si se hubieran visto antes. Además los dos hermanos nunca olvidarían ese instante cuando Alfonso recibía un revolver de parte de sus amigos. Se podía entender que con esa arma fue con la que tal vez dejaron mal heridos a los dos mencionados alumnos.
Los tres jóvenes se hallaban en silencio. Se les hacía difícil admitir que su mejor amigo tenía un pasado negativo con Alfonso. Por eso era que Roberto en el día de la pelea se le ocurrió la loca idea de querer matar a Alfonso porque tal vez ambos tenían algunas cuentas sin saldar.
Las dos chicas comentaron respecto a la actitud de sus tres compañeros de colegio.
―Los veo perturbados.
―Muchos saben la historia de Alfonso y Roberto.
―Pero si quizás antes no lo supieron fue porque a nadie le interesó en contárselos. ―aseveró Sara.
―O fue por miedo a alguna represalia. ―pensó Catherine.
―Pero Priscila siempre fue la mayor cómplice de Alfonso, en sus negocios y en sus ajustes de cuenta. ―continuó Sara.
―Cómo eran novios ella lo apoyaba en todo lo malo que hacía Alfonso. ―añadió Catherine.
Andrés había tenido una pequeña aventura con Priscila, por eso se sintió triste y enojado. La chica que algún día llegó al colegio con alas de ángel, y dotes de excelente alumna, terminó por volverse en casi una delincuente por culpa de Alfonso o a lo mejor fue por sus propias y malas decisiones.
―Ahora recuerdo porque el profesor Torres un día nos advirtió que deberíamos tener cuidado de alguien muy cercano a Alfonso. ―se acordó Andrés.
―Es verdad, él nos dijo eso en el día cuando estabamos en su automóvil huyendo de Alfonso y su pandilla. ―pronunció Víctor.
―¿Por si acaso Priscila de pronto algún día se les acercó, pretendiendo ser muy amiga de algunos de ustedes? ―indagó Catherine.
―Realmente sí pasó eso. ―confesó Andrés.
―¿Acaso fue en el momento cuando se rumoraba que ella y tú eran amantes? ―indagó Sara.
Antes que Andrés dijera algo, hizo un gesto de lamento al haber caído en la trampa de Alfonso y Priscila.
―Me temo que ella jugó a ser mi amante para desviar mi atención ―resumió Andrés―, y así yo no siguiera investigando en el asunto de Víctor y Roberto.
―¿Crees que sólo fue eso? ―cuestionó Catherine.
―Sí. ¿Qué más sospechas? ―expresó Andrés preocupado.
―¿Por si acaso tú y Guillermo no tuvieron una discusión a causa de Priscila? ―prosiguió Catherine.
Los dos hermanos se miraron entre sí, y empezaron a recordar que a causa de Priscila habían discutido varias ocasiones.
―Realmente también eso pasó. ―aceptó Guillermo, indignado.
―Recuerdo que un día Alfonso nos dijo que se iba a vengar sin que nos diéramos cuenta. ―dedujo Andrés.
―Y ahora entiendo lo que él trató de decir. ―acotó Guillermo.
Los demás en la mesa, miraron entristecidos a los dos hermanos que habían caído en la trampa de esa pareja de delincuentes. Pero aún quedaban ciertas dudas por despejar.
―Pero si fue así. No entiendo por qué Alfonso se enojó al enterarse que ella le era infiel conmigo.
Pensó Andrés de pronto, y Catherine quien ya conocía muy bien a Alfonso, le pudo dar sentido al misterio.
―Digamos que a Priscila se le pasó la mano contigo. El noviazgo fingido terminó siendo real.
―Aparte Priscila es de poca confianza, si se engaña a sí misma no es raro que engañe a los demás. ―opinó Sara.
―Creo que entiendo todo. ―asintió Andrés.
―Porque conozco a Alfonso, presiento que él tenía tres objetivos. ―enfatizó Catherine.
―¿Cuáles? ―incitó Guillermo.
―Desviar su atención en lo que investigaban, ocasionar una pelea entre todos ustedes y que se terminaran yendo del colegio. ―expuso la chica.
―Mientras tú y Priscila jugaban a ser novios…¿Por si acaso ella te obligaba a dejar de andar con tus amigos? ―examinó Sara.
―Sí, ella me insistía en hacer eso. Pero como me negué fue que terminamos. ―planteó Andrés, hurgándose la nariz.
―Todo va teniendo sentido. ―comentó Víctor, admirado―. Ese Alfonso puede ser un criminal muy genio.
―En realidad, Alfonso es un tipo muy astuto. No lo aparenta, pero es siniestro. ―agregó Catherine.
―¿Y cómo es que ustedes han acertado en saber todas las cosas que nos han pasado? ―preguntó Andrés incómodo.
―Ustedes son muchas personas. ―aclaró Sara―. Yo nunca fui amigo de ellos. Pero sabía de sus jugarretas.
―Bueno…―continuó Catherine―, antes les dije que fui la novia de Roberto cuando él era colega de Alfonso. ―alegó la chica, agachando la mirada.
―Y según nuestras posiciones de conocer a esos dos chicos es que suponemos lo que les ha ocurrido, y hemos acertado. ―planteó Sara.
―Pero su historia ha pasado antes con otros estudiantes que tuvieron problema con Alfonso. Ha sido la misma táctica. ―dedujo Catherine.
―¡De veras! ―expresó Víctor alarmado.
―En una ocasión fingí haberme enamorado de un alumno que se había vuelto enemigo de Alfonso. Lo hice confundir. ―confesó Catherine.
―¿Y qué más? ―insistió Andrés.
―Hasta que por su propia cuenta se terminó yendo del colegio. ―pronunció la chica.
―Alfonso quiso hacer lo mismo con ustedes cuatro, utilizando a Priscila. ―continuó Sara―. Pero en esta vez el número le falló muy mal que fue él mismo quien se terminó yendo.
―Jasminella fue una de las tantas víctimas que Alfonso obligó a que se marchara del colegio. ―reveló Catherine, dirigiéndose a Guillermo.
―¿Jasminella? ¿Te refieres a la Jasminella que creo conocer? ―se sorprendió el chico de lentes.
―Sí, a la misma. Un año antes que ustedes llegaran al colegio, ella se marchó. ―manifestó Catherine―. Hace poco nos topamos y me dijo que te había conocido en el autobús.
―No lo puedo creer. —expresó Guillermo, sonriente.
―Cuando ella estudiaba aquíéramos buenas compañeras, pero Alfonso y el rector empezaron a molestarla. ―comentó Catherine.
―¿En qué sentido? ―indagó Guillermo, mordiéndose los labios.
―Alfonso la acosaba y según Jasminella, un día el rector quiso abusar de ella. Por eso tuvo que marcharse. ―sostuvo la chica.
―¿Y se marchó así como si nada? ―enalteció el joven de lentes.
―Según Jasminella, Alfonso y el rector la habían amenazado para que no los denunciara. ―alegó ella.
―Esto es increíble. ―se indignó Guillermo.
―La amenaza fue tan real ―continuó Sara―, que un sujeto en moto la sorprendió un día para advertirle que si denunciaba al Rector y a Alfonso lo iba a pasar muy mal.
―¿Dijiste el rector y Alfonso? ―se admiró Víctor.
―Sí, esos dos siempre se trajeron algo entre manos. Era claro de suponerlo. ―resolvió Sara.
―Parece que hay un convenio entre la pandilla de Alfonso y el rector. ―prosiguió Catherine.
―Por eso el rector siempre protegía a Alfonso, aunque sea culpable. ―dijo la otra chica.
―Recuerdo que dijiste que un sujeto en moto amenazó a Jasminella. ―incitó Andrés, dirigiéndose a Sara.
―Sí, así es. ―aceptó la chica.
―Me gustaría saber quién es ese sujeto en moto del cual se habla. ―sospechó el chico.
―Ese sujeto es el hermano de Alfonso. ―intervino Catherine.
―¿En serio? ―se enervó Andrés.
―Cuando fui la novia de Roberto, supe que Alfonso tenía un hermano mayor. ―habló la chica.
Andrés recordó que un día Sara espió al rector y a su ex mujer discutiendo en la oficina del colegio, y aquella mujer acusaba al rector de haber utilizado a un sicario que fracasó al querer matar a su nueva pareja y la dama sospechaba que el sicario era el hermano de uno de sus alumnos. Cuando obtuvo esa información Sara se los hizo saber de inmediato a los cuatro involucrados en el tema.
―¿Qué hay de la ex esposa del rector que lo acusaba de haber enviado a matar a su nuevo marido? ―repuso Andrés.
―No sé nada de ella. Pero esa mujer puede saber mucho entre Alfonso y el rector. ―retomó Sara.
―Recuerdo que después de que obtuvieras esa información llamaste a Roberto. En ese día estabamos todos en su casa. ―manifestó Víctor.
―Al inicio yo daba por inocente a Roberto, pero analizando el tema, supuse que él era un tanto culpable. ―dedujo Sara.
―¿Y cómo se te ocurrió pensar en eso? ―indagó Guillermo.
―Era obvio. Recordé que antes Roberto fue aliado de Alfonso ―admitió Sara―, y que él podía conocer a quien intentó matarlo en esa mañana de mayo.
―Tanto recuerdo que cuando nos reunimos en el bar de esa gasolinera, en esa conversación Roberto negó no saber nada de Alfonso. ―manifestó Víctor.
―Lo negó para esconder su vida pasada con Alfonso, y la culpabilidad que podía tener. ―agregó Catherine.
―Ahora entiendo porque cuando estabamos en la mesa de pronto a Roberto le empezaron a sudar las manos. ―dijo Guillermo.
―Roberto estaba nervioso porque la información que conseguí era iniciativa para saber su realidad. Yo noté eso. ―sostuvo Sara.
―Hasta ahora hemos hablado de Alfonso y Roberto, pero menos de quien quiso matarnos en esa mañana de mayo. ―se exasperó Víctor.
―Las respuestas están para recogerlas. ―sonrió Catherine.
Entonces las dos chicas hablaron:
―Tal vez Alfonso no fue ¿Quién sabe?
―Pero hay que saber quién es su hermano.
―Y qué tipo de relación tenía con el rector.
―Sólo así se puede saber quién fue el que quiso matarlos.
―Y si la razón del intento de homicidio fue por la pelea que tuvieron con Alfonso o por algo más.
Determinaron Catherine y Sara.
Los jóvenes se mantuvieron reunidos por unos minutos más en la mesa de la heladería, pero dejaron de hablar del tema para abordar todo lo relacionado con el final del año estudiantil, y lo estresante que se volvían esos últimos meses. Los estudiantes estaban emocionados por la graduación y la carrera universitaria que pensaban elegir.
Eran a las dos de la tarde, y la reunión en la heladería concluyó. Cada uno de los chicos se fue a sus respectivas casas. La calle del colegio se lo veía despejada de gente. Adentro de las aulas se desarrollaba la jornada vespertina, y desde el colegio se oía un leve murmullo de voces de los alumnos que estudiaban por la tarde.
Catherine y Sara se marcharon juntas. En cambio por otro rumbo se fueron Víctor, Andrés y Guillermo que en compañía empezaron a caminar a lo largo de la calle del colegio para llegar a la avenida principal en donde pasaban los autobuses que iban al norte de la ciudad.
Al llegar a la avenida los tres chicos se detuvieron en un paradero de autobuses en la que había una larga butaca de madera. Allí se sentaron para seguir dialogando al respecto del tema que seguían.
―Siempre supe que Sara sabía algo de esto, pero nunca lo contó hasta ahora. ―pronunció Víctor.
―Entiéndela, tenía miedo a la represalia.
―Pero ahora como Alfonso se fue, lo hizo.
Dijeron los dos hermanos.
―No sé si esa sea la razón del porque contó todo eso, pero creo que estamos cerca de dar con el individuo que me quiso matar. ―sostuvo Víctor con sed de justicia.
―¿De veras quieres hacer eso? ―cuestionó Andrés a su amigo.
―¡Claro! No me puedo quedar así como si nada cuando casi me matan. ―expresó Víctor vehemente.
―¿Y no te da miedo enfrentarte con gente mala? ―hizo una pausa Guillermo―. Me refiero al rector y a ese hermano que tiene Alfonso. ―advirtió el chico preocupado.
―Hay que vencer el miedo. Les diré a mis padres que me ayuden a denunciarlos si sé que ellos son los absolutos culpables ¡Lo haré! ―se enervó Víctor.
―Como digas. ―repuso Andrés.
―Y ustedes me ayudarán. ―sugirió Víctor a los dos hermanos.
―¿Nosotros?
Expresaron los dos hermanos aterrados.
―Sí, y empezaremos en esta misma tarde.
Los dos hermanos se miraron entre ellos, y luego de pensarlo un poco aceptaron.
―¿Qué quieres que hagamos?
―Vayan a la casa de esa tal Jasminella.
―¿Jasminella? ―se sorprendió Guillermo.
―Tú debes conocer en donde vive ella. Es tu amiga ¿No verdad? ―supuso Víctor.
―De hecho sí, pero….
―Y hagan que ella les diga todo lo que sabe respecto a Alfonso y el rector.
―¿Tú crees que esa chica sepa algo que nos pueda interesar? ―dudo Andrés.
―Presiento que sí. Catherine mencionó que ella estudió antes aquí y que fue víctima de Alfonso y del depravado del rector. ―sostuvo Víctor decidido a buscar justicia.
―Hay un problema. ―alegó Guillermo.
―¿Cuál?
―Jasminella ahora no está en su casa. Ella estudia de tarde. ―aseguró el chico de lentes.
―¿En dónde queda su colegio?
―A veinte minutos de aquí.
―No importa, vayan a su colegio y búsquenla.
―Y si mejor lo hacemos otro día.
―¡No! Pronto acabará el año estudiantil, y quiero resolver este problema, ahora que Catherine y Sara nos dieron las pistas. ―insistió Víctor.
―¿Y tú qué harás hasta mientras? ―preguntó Andrés a su amigo.
―Yo iré ahora mismo a buscar a la madre de Roberto. Quiero hablar con ella. ―planeó Víctor.
―¿Sabes en donde trabaja esa señora? ―repuso Guillermo.
―Sí sé.
Al terminar el encuentro, Víctor abordó un autobús yéndose hacia donde según él trabajaba la madre de Roberto. Por su parte los dos hermanos se subieron en otro transporte que lo dejaría en donde estudiaba Jasminella.
Viernes 3 de septiembre, 2010
Se cumplía otro día más de clases en el colegio. Los tres jóvenes habían recabado buena información con las personas que planearon ir a buscar el día anterior. Víctor habló con la madre de Roberto, mientras que Andrés y Guillermo con Jasminella.
En la hora del receso los tres jóvenes se reunieron en las gradas de la cancha para conversar acerca de toda la información que tenían entre sus dedos y lo que ellos pensaban hacer con esta.
―¿Qué les dijo Jasminella? ―indagó Víctor.
Los dos hermanos comenzaron a contar todo lo que les hizo saber la mencionada chica.
―Pues sí. Ella fue víctima de Alfonso y el rector.
―Alfonso la molestaba y el rector también.
―Ambos se pasaron con ella.
―Y la chica se vio obligada a retirarse del colegio.
―Pero para que no los denunciara, la amenazaron.
―¿Quién la amenazó?
―Eso es lo más interesante.
―Fue el hermano de Alfonso.
―Ella sospecha que fue ese sujeto el que quiso matarlos. ―manifestó Guillermo.
―¿Te refieres al hermano de Alfonso? —repuso Víctor.
―Sí, él. ―aclaró Andrés.
Víctor se quedó pensativo por unos segundos, y luego prosiguió a contar su parte.
―En cambio la madre de Roberto me contó que su hijo estuvo en las drogas y que perteneció a la pandilla de Alfonso. ―reveló el chico.
―¿Qué más? ―insistió Guillermo.
―Ella también sospecha que alguien cercano a Alfonso fue el que quiso matarnos. ―sostuvo Víctor.
―Ahora entiendo porque el día cuando fuimos a su casa, Roberto nos enseñó un arma. ―recordó Andrés.
―De seguro esa arma, la obtuvo cuando perteneció a la pandilla de Alfonso. ―supuso Guillermo.
Los tres cesaron por un momento en la plática, pero Guillermo recordó algo muy importante que Jasminella le había dicho el día anterior cuando lo visitaron en su colegio.
―Se me olvidaba decir…
―¿Qué cosa? ―atendió Víctor.
―Que Jasminella asegura que hay algo que une a Alfonso, su hermano y el rector. Es como una especie de trato entre los tres.
―Ahora entiendo porque siempre el rector siempre estaba de lado de Alfonso. ―acertó Víctor.
―Sí. Parece que las cosas intentan encajar. Pero aún falta saber más. ―alegó Andrés.
―No hay que desesperarse. ―sugirió Guillermo.
―¿Por qué? ―se admiró Víctor.
―Estas cosas son como una bomba de tiempo.
―¿Qué tratas de decir?
―Pronto explotará y entonces se sabrá todo.
―Pero hasta ahora hay que investigar a ese hermano de Alfonso. ―pensó Andrés.
―¿Quién será ese sujeto? ―se preguntó Víctor al azar.
Los tres jóvenes permanecían sentados sobre las gradas, frente a la cancha, mirando a los demás estudiantes que invadían toda la explanada del liceo. En mala hora el receso terminó. Guillermo y Víctor se marcharon a sus respectivas aulas, mientras que Andrés se quedó en las gradas por un buen motivo, esperando la ocasión, la cual llegó cuando a lo lejos vio a Priscila, caminando sola, derrotada como si el partido de su vida lo hubiera perdido por goleada. Oportunamente quedaban pocos alumnos por la explanada, y eso fue aprovechado por Andrés para abordar a la chica a quien siempre había amado, pero que nunca le correspondió.
―¡Priscila! ¡Detente!
Ella iba caminando hacia los sanitarios, pero ignoró al chico. De tanto insistir, al final se dignó en voltear hacia él.
―¿Qué quieres?
―Quiero hablar contigo.
―¡No me molestes!
La chica seguía caminando con presunción, actitud que hizo enojar a Andrés que se adelantó a los pasos de Priscila para encararla. Teniéndola de frente le reclamó por la trampa que le puso con el romance fingido.
―Ya lo sé todo.
―¿De qué hablas?
―Sé que fingías amor por mí.
―No insistas. Lo nuestro se terminó.
La chica intentó cambiar de tema e irse, pero Andrés la agarró de su brazo izquierdo y la hizo detener.
―Sé bien que Alfonso te utilizó para hacerme daño.
―Alfonso ya no está. Se fue por tu culpa.
―¡Qué dices! ―reaccionó Andrés airado―. Tú eras su cómplice y querían hacerme daño, pero les falló el número.
―Lo admito. Fui su cómplice ¿Ahora estás contento? ―expresó Priscila enérgica.
―Cómo fuiste capaz en prestarte para eso. Yo que pensaba que eras diferente a él, pero ambos eran iguales. ―declaró Andrés decepcionado.
―Lo hice con gusto. ―pronunció la chica.
―¿Pero qué dices? ―se indignó Andrés.
―No me arrepiento de nada.
―Pero yo si me arrepiento.
―¿En qué? ¿Eh?
―En haber sido tu amigo.
―No me importa lo que pienses de mí.
―Sé que consumes drogas.
―¿Y eso es problema tuyo?
―Cómo pudiste caer en la trampa de Alfonso.
―Yo lo amaba.
―¿Amabas a un cerdo drogadicto?
―¡Sí! ¿Y qué?
―Por culpa de él, has caído bajo.
―Me importa poco lo que digas.
―Es un desperdicio y una pena que una chica inteligente y hermosa se haya descarrilado por un patán como Alfonso. ―comentó Andrés, mirando con pena a Priscila.
La chica se quedó en silencio, sus ojos se le humedecieron, y al instante empezó a llorar.
―Y sí, me he descarrilado, pero tú no tienes derecho a reclamarme eso. ―dijo ella, sollozando.
―Pero soy tu amigo, y me preocupo por ti. A pesar de todo te considero. ―aseveró Andrés, compadeciéndose de la chica.
Ella lloraba por haber caído en la trampa de creer que todo lo podía y lo tenía bajo control. Su error no fue enamorarse, sino en creer en el tipo menos indicado que la llevó por un pésimo camino.
Andrés abrazó a la chica para consolarla. Ella ya no era la misma de antes. Mostraba ojeras profundas, su cabello castaño lucía desarreglado y aparte estaba más delgada de lo normal. Su piel tenía un tono pálido notándosele problemas en su salud, y su rostro que antes era terso y delicado, había perdido brillo por unos granos que le brotaban como resultado del uso continuo de drogas.
―En realidad eres una buena persona. No me había dado cuenta de eso. ―declaró Priscila, llorando.
―Debes ayudarte a ti mismo. Estamos a punto de terminar el colegio y quisiera verte en la graduación, finalizando esta meta. ―dijo Andrés, aconsejando a la chica.
―Como pude haber estado tan ciega, y no haber creído en ti. Mi vida hubiera sido mejor. ―declaró Priscila.
―No pienses en lo que hubiera sido. Esta es la realidad y debes superarla. ―comentó Andrés, sin dejar de abrazar a su amiga.
―No pienses que fingí amor por ti. De verdad sentí algo en mi corazón, algo que no lo he sentido con otra persona. ―declaró Priscila con lágrimas en sus ojos.
Andrés de rabia empezó a llorar. Siempre había estado enamorado de Priscila, pero ella nunca le supo corresponder y recién ella intentaba hacerlo cuando el brillo de ese amor estaba a punto de apagarse.
―Cómo te atreves a decirme esto cuando yo ya no tengo esperanzas en ti. ―pronunció Andrés, sollozando.
―Perdóname si no te correspondí nunca. Estaba ciega. Lo siento. ―confesó la chica.
Andrés se tranquilizó, recobró los sentidos. Se limpió los ojos de sus lágrimas, y mejor pensó de manera oportuna.
―Eso ahora ya no importa. Por ahora debes preocuparte en superar esa adicción que empieza a esclavizarte. ―manifestó Andrés.
Los chicos se soltaron, y dejaron de abrazarse.
―¿Y qué crees que debo hacer? ―repuso Priscila, desconcertada.
―Reconciliarte contigo misma y con los tuyos.
―Tienes razón.
―Debes empezar por rehabilitarte pronto.
―Haré todo lo que me has dicho.
―Ahora ve a donde ibas. Te espero aquí.
Sugirió Andrés, y la chica acató.
Priscila se fue caminando hacia los sanitarios de mujeres. En su mano derecha llevaba una funda negra un tanto abierta que dejaba ver un paquete de toallas sanitarias. El motivo por el cual Andrés se quedó a esperar a su amiga fue para asegurarse que ella no se encerrara en los sanitarios con la idea de consumir alguna droga. Él con su presencia quería evitar eso.
Para cuando Priscila salió de los sanitarios, Andrés se sintió aliviado al saber que su amiga no había hecho nada malo dentro de los sanitarios. Mientras iban subiendo las escaleras, Andrés se arriesgó por indagar el ritmo de consumo que llevaba su amiga.
―¿Hace cuánto que consumes?
―Llevo dos meses.
―¿Cuántas veces lo haces al día?
―Una, pero cada vez quiero más de la dosis.
―¿Y qué haces allí?
―Me resisto y fumo un cigarrillo para que se me quiten las ganas.
Andrés pensó en que no sería buena idea buscar información de Alfonso por medio de Priscila. No quería atormentar a la chica más de lo que ya estaba. Así que la dejó fuera de eso.
Cuando ambos llegaron al balcón del primer piso, se detuvieron.
―Sigue tú, que yo iré más atrás. ―sugirió Andrés a su amiga.
―¿Y por qué? ―preguntó Priscila, sorprendida.
―No quiero que los profesores nos vean entrar juntos al aula. ―acentuó Andrés.
La chica se fue rumbo a su aula, mientras que Andrés se quedó en el balcón, esperando a que ella entrara primero al salón de clases. En ese momento se escuchó el timbre del portal, y Jaime el dueño de las llaves acudió a contestar el llamado para que ingresara al colegio un intendente de la fiscalía junto con dos policías. Las tres autoridades se dirigieron a la oficina del rector.
Andrés suponiendo que se trataba de algo interesante bajó las escaleras para ir a ver de qué se trataba el asunto. El chico llegó agitado a las oficinas del rectorado en donde se encontró con el intendente y los policías que golpeaban la puerta del despacho de Rodríguez. Aquellas tres personas al ver al alumno lo interrogaron respecto a quien buscaban.
―Disculpe Joven.
―Sí, dígame.
―¿Dónde está el rector del colegio?
―Él debe estar ahí. Esa es su oficina. —pronunció Andrés, señalando hacia el lugar.
―Pero no contesta. Creo que no está aquí. ―dijo uno de los policías.
―¿Lo puede ir a buscar? ―sugirió el intendente.
―Pero él debe estar allí. ―repuso Andrés.
―Tenemos una orden para arrestar a este señor por corrupción. ―indicó el intendente enojado.
―Disculpe intendente. Sé que es delicado. Pero…¿Puedo saber los motivos del por qué lo quieren arrestar? ―preguntó Andrés, sorprendido.
―No hay problema muchacho, te lo diré porque estudias aquí. ―aceptó el intendente.
―De acuerdo.
―Hemos investigado que el señor Rodríguez, mató a quien fue el rector hace mucho tiempo atrás, antes que él. ―comentó aquel hombre.
―¿De verás? No lo puedo creer. ―expresó Andrés helado de sorpresa.
―También supimos que envío a matar a una chica que estudiaba aquí, misma que él violó. ―prosiguió el intendente.
―Sabemos que aquí estudiaba un muchacho que mató a un alumno hace unos años atrás. ―intervino uno de los policías.
―De eso no sé. Yo tengo dos años estudiando aquí. ―sostuvo Andrés.
Entonces el intendente y los dos policías siguieron hablando como buenos conversadores.
―Ese alumno tenía un hermano que era aliado del rector por hacerle los trabajos sucios.
―Ese sujeto fue quien mató a la chica que el rector violó.
―Y todo para silenciar a la chica y evitar que denunciara al rector.
―Y a cambio de esos favores fue que el rector dejaba estudiar al hermano de ese delincuente aquí.
―Ese era el trato entre ellos.
Andrés llegó a entender que hablaban de Alfonso y su hermano, pero mostraba en no saber del tema para evitar comprometerse con el asunto. Tenía miedo. Pero el chico se atrevió a indagar porque sabía que de la pregunta que haría se responderían muchas.
―¿Pero quién era el hermano de ese alumno que ustedes mencionan?
―Fue el tipo que puso la bomba aquí en el colegio. ―manifestó el intendente.
―Ahora él está en la cárcel y lo acaba de confesar todo. ―prosiguió uno de los policías.
―¿Usted conoce a Alfonso Riquelme? ―preguntó el intendente dirigiéndose al alumno.
―Sí, él estudiaba aquí, pero el rector lo echó un día. ―pronunció Andrés.
―Lo sabemos ya. ―dedujo uno de los policías.
―De ese muchacho es de quien hablamos. Su hermano tenía un trato con el rector. ―intervino el otro agente.
―Pero ese trato se rompió cuando el rector echó a ese chico del colegio. ―agregó el intendente.
―Y en venganza, el hermano de ese alumno, fue que puso la bomba aquí. ―declaró la autoridad de la fiscalía―. Pero hay más…―sonrió suspicaz el viejo del intendente.
―¿Qué más? ―expresó con curiosidad Andrés.
―Rodríguez, el rector se estaba dedicando al contrabando, y distribuía al por mayor cosméticos de origen sospechoso. ―reveló el intendente.
―Por eso y más lo buscamos. ―prosiguió uno de los oficiales―. Y también buscamos a ese tal Alfonso, él tiene que responderle a la ley por asesinato y venta de droga.
Andrés quedó perturbado con toda esa información que quemaba dentro de su cabeza. Muchas dudas se habían despejado para él. Al final podía entender la clase de trato que existía entre Alfonso y el rector. Supo quién había sido el que puso la bomba en el colegio y la razón del atentado. Aparte le quedó claro que Alfonso era criminal. Además entendió porque en el día de la kermés Catherine y Priscila recibieron como premio de reina y virreina cosméticos de orígenes sospechosos. El viejo Rodríguez andaba en el negocio del contrabando y esos cosméticos que les dio a las chicas eran de su mercadería. Casi todo se sabía.
―Pueda que el rector esté cerca. Iré a buscarlo o a preguntar en dónde está. ―indicó Andrés.
―De acuerdo, ve. ―animó el intendente.
El alumno salió corriendo del sitio. Estando en la explanada del colegio, fue hacia la parte de atrás de la oficina para espiar y asegurarse si el rector estaba dentro de su despacho, quizás encerrado para no abrirles la puerta a los agentes. Antes Andrés había espiado por las rendijas de esas paredes.
Al llegar al sitio Andrés se quedó impactado de la sorpresa cuando vio al viejo Rodríguez saliendo como un ladrón por la rendija de los sanitarios de su oficina. Mientras huía por esa abertura, sacaba consigo mismo una bicicleta pequeña para niños, de esas que tienen dos llantitas atrás para sostén, adornos en el timón, y pito.
―¡Por qué piensa huir!
Expresó Andrés vehemente, sorprendiendo al rector. El viejo Rodríguez miró hacia abajo para fijarse de la presencia del chico, mirándolo indignado por lo que hacía.
―¡Cállate! ¡Y lárgate de aquí!
―¡No! ¡No lo haré! Ya sé de sus corrupciones.
―¿Y qué vas hacer? ¿A llamar al hombre araña? ¿A superman? ¿Para qué me arresten? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! —se echó una carcajada el viejo Rodríguez.
—Usted tiene que pagar por todo lo que ha hecho. —le dijo Andrés con vehemencia.
—¡Qué tratas de decir mocoso engendro del demonio!
—Debe ir a la cárcel por corrupto!
—¿Ir a la cárcel? ¿Sólo porque tú quieres? —expresó el rector, riéndose.
El viejo Rodríguez se acomodó con firmeza sobre el borde de la pared para luego saltar ágilmente junto con la bicicleta, cayendo hacia el lado de afuera. El viejo acababa de huir, pero Andrés quería evitar su escapatoria, así que enseguida trepó la pared, pero fue tarde, Rodríguez iba a lo lejos de esa calle, huyendo como alma que lleva el diablo, pedaleando su bicicleta de niño con la que se entretenía un nieto suyo que lo visitaba de vez en cuando en su oficina.
―¡No huya viejo maldito!
―¡Vete a la mierda mocoso!
Le gritó a lo lejos el viejo Rodríguez.
—¡Es un cobarde! ¡Lo sabía!
—¡Y tú, un iluso al creer que iré a la cárcel!
—¡Rayos! Se escapó. —se lamentó Andrés.
Andrés bajó la pared para ir avisarle a los policías que estaban por el otro lado de la oficina.
―¡Está huyendo!
―¡Quién!
―¡El rector!
―¡Por donde va!
―¡Va por la calle de atrás del colegio!
Enseguida los dos oficiales salieron del colegio para ir a capturar al viejo Rodríguez. Andrés por su parte, subió al segundo piso, directo a su salón de clases a informar lo que pasaba. Dentro del aula la maestra Teresa estaba impartiendo clases, y Andrés entró sorprendiendo a todos.
―¿Y usted? ¡Por qué interrumpe! —reclamó la maestra.
―Disculpe maestra. Tengo que informar algo muy importante. ―pronunció Andrés agitado.
―¡Qué cosa! —se sorprendió la maestra.
El chico se paró frente a sus compañeros para dar la primicia.
―La policía llegó a arrestar al rector. —informó Andrés.
Los estudiantes en el salón empezaron a rumorar, mirándose el uno hacia el otro.
―¡¿Eso es en serio?!
—¡No lo puedo creer!
—Pero no es novedad que suceda eso.
—¡Sí! Ya sea decía que el viejo era corrupto.
―Pero el viejo Rodríguez, huyó. —aclaró Andrés.
—¡Qué huyó dices!
—¡Sí! Huyó.
—¡No puede ser!
Se lamentaban los alumnos. Muchos querían ver detrás de las rejas al viejo Rodríguez por corrupto.
—Yo lo vi trepando las paredes del colegio para escabullir de los policías que llegaron a buscarlo. —indicó Andrés.
―Eso no me lo pierdo. ―expresó la maestra Teresa.
La maestra junto a todos los alumnos salieron apresurados del aula para bajar hacia la explanada en donde Jaime el portero confirmó lo ya mencionado. Entre todos los alumnos del curso estaba Víctor a quien Andrés abordó para informarle de lo que supo por medio de los agentes.
―Ya sé la verdad.
―¿La verdad? Dímelo.
―Los policías dijeron que el tipo que puso la bomba fue el hermano de Alfonso.
―Creo que lo imaginaba… ¿Qué más supiste?
―Siempre existió un trato entre Alfonso y el rector.
―Ya lo sospechaba… Ese par y sus sucios tratos.
Andrés le informó a Víctor acerca de todo. Nunca más se volvió a saber del corrupto licenciado Rodríguez, ni de Alfonso. En ese día el viejo logró escabullir de la policía, que hasta se pensó que la tierra se lo había tragado para brotar raíces de hongos malos. Pero ambos quedaron como prófugos de la justicia. El rector por sus corrupciones y Alfonso por homicidio, acoso sexual en el colegio y micro expendió de droga.
Con el pasar de los días los jóvenes que seguían ese caso, descubrieron que había sido el hermano de Alfonso el que quiso matar a Roberto y a Víctor en esa mañana de mayo, por vengar la paliza que le propinaron a su pariente, además de ajustar deudas pendientes nunca saldadas por Roberto cuando pertenecía a esa pandilla. Esa eran las dos razones del intento de homicidio. Andrés y Guillermo también pudieron haber sido afectados, por suerte ellos no estuvieron en esos momentos dramáticos. A ciencia exacta Alfonso nunca tuvo nada que ver en eso, no obstante fue la causa, seguido de la última gota derramada por el vaso.
El joven pensó en vengarse, pero no lo hizo por consejos de Priscila, su entonces novia. Por esa vez Alfonso era inocente, razón por la cual siempre se jactaba por tener cero culpabilidades. Al principio ni siquiera él sabía que fue su hermano el que quiso matar a los dos alumnos. Lo supo después cuando el tipo fue encerrado en la cárcel por poner la bomba, y allí lo confesó todo, delatando al rector para no ir solo a prisión.
Otra influencia que tuvo la justicia para perseguir al rector Rodríguez fue una denuncia que le hizo su ex mujer, pero después ambos eran buscados por saberse de corrupciones hechas en el colegio cuando él era rector y su mujer la secretaria.
Al hermano de Alfonso se le empezó a seguir un juicio, hasta hallarlo culpable para dictarle una sentencia más severa por intento de homicidio. Pero antes ya tenía una condena por haber puesto la bomba en el colegio.
Por orden del ministerio de educación, la maestra Teresa asumió el cargo como directora del liceo. Ella llevaba casi dos décadas trabajando en la institución. En una mañana Víctor entró a la oficina del rectorado para felicitar a la licenciada Teresa por su nuevo cargo como directora. En ese momento hablaron de la nueva gestión.
―Sé que su trabajo hará mejorar las políticas de este colegio.
―Muchos alumnos confían en mí, y eso me motiva aún más.
―Pero lamento que el viejo Rodríguez y Alfonso sigan libres, y no hayan pagado por lo mal que han hecho aquí. ―se lamentó Víctor.
―Eso ya no importa. Debemos pensar en el presente y dejar lo mal del pasado. ―manifestó la rectora Teresa.
―¿Cree que el colegio pueda cambiar de reputación? ―pensó Víctor.
―Claro que sí. Trabajaré para que este colegio sea el mejor, tan mejor que muchos van a desear estudiar aquí. ―pronunció la maestra.
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Priscila empezó asistiendo a terapias para desintoxicarse, y superar su adicción a las drogas. Le fue bien, logrando cumplir un mes sin consumir. El resultado fue rápido porque aún llevaba poco tiempo consumiendo. Se la rescató a tiempo. Para la primera semana de diciembre fue la graduación. Los problemas se habían olvidado para dejarlos atrás y empezar a vivir una nueva etapa.
En término universal, la corrupción aún sigue acechando al derecho y el desarrollo de la educación en Latino América. Tanto como Andrés, Guillermo y Víctor hasta cierto sentido se enfrentaron a esos fantasmas que desde hace mucho tiempo afectaban a su lugar de estudios. Después de la graduación cada alumno fue a buscar su futuro al haber finalizado ese periodo. Muchos pensaban en la universidad. Los dos hermanos junto a Víctor y Roberto siguieron siendo amigos.
Lunes 31 de octubre / 2016
*FIN




Mabel
Muy buena historia. Un abrazo José y mi voto desde Andalucía
jose54
No se imaginan la paciencia que invertí en escribir este puto libro sin recibir la consideración de nadie!!! Mandaré al demonio a todo aquel que leerá estas paginas si no escribe nada positivo….!!!!! Pudranse todos!!!!