Los días pasaban y yo seguía así, tirado en la cama, casi sin moverme salvo para ir al baño, totalmente muerto en vida a causa de la culpa que me carcomía y me asesinaba la psiquis.
Mi vieja hacía lo posible para darme ánimo el poco tiempo que estaba en casa, si saber realmente cuál era mi pesar, al igual que mis hermanitos que realizaban montones de morisquetas para verme sonreír pero era vano, mis decisiones habían terminado con la existencia de un ser y me habían hundido aún más en un pozo sin retorno.
Yo a quien mi madre había inculcado durante toda la vida que pasara lo que pasara y las circunstancias que atravesara siempre debía ser una persona de bien, caminando los caminos de la vida con la frente en alto y sin dañar a nadie.
Pero ahí estuve yo cagándome en sus palabras y su filosofía tratando de cambiar nuestros presentes y futuros intentando ingresar a la banda de narcotraficantes más peligrosa de la villa y la ciudad cometiendo la prueba más ruin para formar parte de sus filas y lograr así principalmente que la luchadora de mi progenitora no tenga que soportar más el ser manoseada, ultrajada, golpeada y violada por hombres que por pagarle se creyeran dueños de ella y de su vida miserable por unos minutos descargando todas sus frustraciones y aprovechándose de las necesidades de una sobreviviente en una sociedad egoísta, elitista y ciega en la cual el hombre solo tiene status de ser humano si tiene dinero.





Mabel
Muy buena historia, me encanta. Un abrazo y mi voto desde Andalucía