Las calles estaban hechas un barrial y el frío era pesado. Yo me encontraba nerviosa y temerosa pero decidida a la vez, con el arma bien guardada en el bolsillo del camperón preparada para detonar.
Me adentraba más y más en el barrio a través de esas callejuelas diminutas y laberínticas, entre las humildes construcciones montadas desde ladrillos (alguna que otra afortunada), chapas, maderas, mejor dicho pedazos de madera y hasta algunas con porciones de barro.
Me resultaba difícil encontrar la Capilla al lado de la cuál, supuestamente, se hallaba el asesino de mi marido porque no tenía una visual a más de cien metros, ya que las calles no seguían una línea recta, demostrando así que la barriada había crecido a través del tiempo sin programarse nada y simplemente ocupándose lugares al azar.
Mientas caminaba iba cruzándome a gente que me miraba raro y con gestos de sorpresa, percibiendo acertadamente que no era del lugar.
En un momento una anciana se acercó y me dijo que me alejara del suburbio, que no era un sitio para alguien como yo y que corría peligro; pero haciendo oídos sordos a su advertencia aproveché para preguntarle sobre el bautisterio y el nombre de la persona a la que buscaba. Entonces ella me agarró del brazo derecho con los suyos y aferrándome a su cuerpo comenzó a llevarme guiándome. Por un instante me asusté pero fue tal la paz y seguridad que me transmitió que accedí sin casi pensarlo.
Después de una breve traslación nos topamos con la capilla y justo allí la viejecita me soltó y con su dulce voz me dijo:
– Ningún ser humano nace malvado, por eso, hay que permitirse reflexionar e imaginar cuál es el fruto de esa maldad.
Y luego de esas palabras, me señaló con su arrugada mano la casa que buscaba.





Mabel
¡Qué hermoso! Un abrazo Martín y mi voto desde Andalucía
MarGus
Muchas gracias Mabel!! Saludos!!
enriccarles
intrigantemente bueno
deja el sabor de seguir leyendo (cosa que espero hacer)
mi voto y mis saludos
MarGus
Muchas gracias Enriccarles!! Te mando saludos y nos estamos leyendo!!