Nothing else matters

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Debo escribir lo que sucedió aquella noche para no olvidarlo nunca, mi querido A..

<<Cuando despertaste yo estaba sentada en mi butaca preferida, las piernas cruzadas, enfundadas en botas altas, y un clínex arrugado en la mano. De fondo sonaba Metallica. Al verte abrir los ojos, tiré el pañuelo en la papelera y encendí un cigarro. Te observé mientras mirabas a tu alrededor y reconocías mi salón y te dabas cuenta de tus brazos alzados y tus manos encadenadas a una argolla en el techo, y de tus pies, también atados, colgando unos centímetros sobre la tarima. Intentaste hablar, pero la cinta adhesiva sólo te dejó emitir ruidos roncos, una especie de gruñidos. Quisiste liberarte con todas tus fuerzas, tirando de las cadenas, retorciendo el cuerpo, pero pronto te diste cuenta de que era inútil y te quedaste quieto y me lanzaste una mirada con ojos muy abiertos y brillantes. Con una interrogación en tus pupilas.

Di una calada y el cigarrillo tembló entre mis dedos. Te observaba fijamente y en silencio, contemplando tu cuerpo desnudo, ahora inmóvil. Por primera vez te sentía (y sé que tú lo sentías también) desvalido, derrotado, totalmente a mi disposición. Al mirar tu torso sin vello, tus pectorales distendidos, tus abdominales planos, tus tatuajes en el brazo y debajo del ombligo, me humedecí. Mis entrañas se estremecieron. Seguí fumando, tragándome el humo aromatizado con hierbabuena y traté de ignorar el nudo en la garganta.

Estrujé la colilla en el cenicero y me acerqué a ti. Me aproximé tanto que pude sentir tu calor y ese aroma tan familiar. Sin decir palabra, mis manos se deslizaron sobre tu torso y recorrieron tu espalda, clavando mis uñas con fuerza. Soltaste un gemido. Te besé en la mejilla y me alejé. Tu reacción fue gruñir bajo la mordaza. Respiré hondo un par de veces y cogí el cúter que había dejado antes sobre la mesita, bajo la única lámpara encendida del salón. Mirándote, extraje la hoja. Tus ojos brillaron aún más y los entrecerraste. Creí notar un ligero temblor en tu cuerpo. Caminé despacio hacia ti, el cúter en la mano, mientras recordaba nuestros apasionados encuentros y tu marcha a diez mil kilómetros de mi. Recordé tu imagen fija en mi cabeza, cómo creía verte en cada chico alto y pelirrojo con el que me cruzaba, cómo soñaba contigo y despertaba sudando mientras tú ignorabas mis correos.

Mis latidos se aceleraron y con la respiración agitada apoyé la afilada hoja del cúter en el centro de tu pecho. Presioné y brotó una gota de sangre que lamí con ansia. Tu respiración se aceleró. Ignorando el mareo que sentía, deslicé el cúter sobre tu piel hasta el vientre. No emitiste ni un sonido, pero tu cuerpo temblaba. Presioné mis labios sobre los tuyos. Me senté en la butaca y contemplé con el vello de punta la sangre que manaba del corte. Bajo la escasa luz, parecía casi negra. Encendí otro cigarrillo. Tú siempre me decías que tenía que dejar de fumar. Me concentré en la música, la misma canción de Metallica repitiéndose una y otra vez. Quería hablarte, pero las palabras no me salían.

Hablarte de mis noches de insomnio y pesadillas, de mi soledad, de la rabia que me hacía clavarme las uñas en las palmas de las manos hasta sangrar. Hablarte de cuánto te amé y de por qué nunca te lo dije. Preguntarte por qué te fuiste sin una despedida.

Mi gato salió de su escondite, frotó su negro pelaje (ya sabes, suave como terciopelo) contra tu pierna y comenzó a lamer la sangre que había goteado hasta el suelo. No se lo impedí.

Proseguí con el mismo ritual toda la noche. Un cigarrillo, un corte fino en tu piel, otro cigarrillo y vuelta a empezar. Admiré tu cuerpo surcado por decenas de cortes limpios. Encendí una vela y fui deslizando su llama por cada una de tus heridas mientras te retorcías y gemías, pero mi pulso ya no temblaba. Serían las cinco de la madrugada cuando cerraste los ojos resignado. Me desnudé y te abracé con fuerza sintiendo el mismo estremecimiento de la primera vez. Mi corazón latía a mil por hora. Deslicé mis senos por todo tu cuerpo, embadurnándome con tu sangre. Te lamí las heridas, las cubrí con mis lágrimas y te quité la cinta adhesiva de la boca. Respiraste hondo y me miraste con ojos encendidos, pero no dijiste ni una palabra, como si lo entendieras todo. Te besé largo y profundo y tu boca se abrió a mí. Te abracé con más fuerza aún, sin poder dejar de llorar y te susurré al oído: “Te amo, pero no puedo dejarte ir otra vez”, mientras con el cúter te hacía un corte profundo en la yugular.>>

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de eleachege

    eleachege

    24 junio, 2017

    ¡Wow! Fuerte de verdad sobre todo el final. Me gustó. Un saludo alice y mi voto.

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    24 junio, 2017

    ¡Dios mío, parece de película de Terror! Un abrazo Alicia y mi voto desde Andalucía

  3. Esruza

    11 julio, 2017

    ¡Tremendo! Qué imaginación. Nos podrá doler el desamor pero no para hacer eso.

    Saludos y mi voto.

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