Prólogo

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Prologo

–          Tú no te puedes morir papá – Le dijo Ximena a su padre en aquella cama de hospital donde estaba hacía ya dos semanas – No puedes dejarnos en este momento, no tú, cualquiera menos tu papá – Las lágrimas salían incontrolables de sus ojos, la voz estaba quebrada, todo su cuerpo temblaba, había olvidado al mundo que la rodeaba, allí solo estaban ella y su padre agonizante.

–          Eso no lo puedes decidir tu – Cada palabra era como una puñalada que cortaba sus pulmones y su respiración, tenía que hacer un esfuerzo casi sobrehumano para poder hablar, pero tenía que tranquilizar a su hija, la única que parecía preocupada por el – Ni siquiera lo puedo decidir yo, solo Dios sabe cuándo me tengo que ir…

–          ¡Claro que podías decidirlo tú! – La voz de su esposa era como un látigo que golpeaba a todos en aquella habitación – Cuantas veces te dije que dejaras ese maldito vicio del cigarro, que te llevaría a la muerte… Pues mírate ahora – Se acercó a la cama, al otro extremo de donde estaba su hija, sus ojos verdes parecían estar llenos de veneno y de odio por el que era su esposo – Aquí, moribundo en este hospital que tanto odio. Si hubieras hecho caso nada de esto estaría pasando.

–          Mira quien habla de vicios – Otra voz sonó en una de las sillas que estaba al extremo de la habitación, Steven, su hijo, quien no expresaba mucho su dolor, pero que por dentro moría la ver a su padre en aquella situación, Observaba por la ventana al exterior, pero en ese momento se giró para observar a su madre – ¿Y tú porque no dejas tu vicio mamá?

–          Por favor, ¿Me ves muriendo igual que tu padre? Mi vicio no trae consecuencias.

–          Eso es lo que crees mamá –  Se levantó y camino hasta estar junto con su hermana, frente a su madre – Pero estoy seguro de que pronto te veremos pidiendo ayuda para sacarte de tus deudas, como la adicta al juego que eres.

–          ¡Eres un grosero! Acaso se te olvida que soy tu madre y me debes de guardar respeto para toda la vida.

–          Claro, como se me puede olvidar si cada día me lo recuerdas, es más, cada día al verte en la mañana me doy cuenta de lo desgraciado que soy al ser tu hijo… Yo también me lo reprocho.

–          ¡Cómo te atreves tan siquiera a hablarme de esa manera! – El grito fue tanto que Ximena volvió a la realidad que era su familia, un completo desastre – ¿Acaso te eduque para que me odiaras?

–          Ni siquiera me educaste.

–          Cállate – Caminó en dirección a su hijo resuelta a darle un golpe, no permitiría una falta de respeto.

–          ¡Basta ya! – Intervino Ximena aunque sin siquiera mirarlos, su madre se detuvo antes de llegar junto a Juan Carlos – Este no es el momento ni el lugar para que nos quede claro lo que sentimos el uno por el otro. Si no pueden estar en silencio tan siquiera, entonces lárguense de aquí en este mismo momento.

–          Tú no eres quien para echarme de este lugar, soy tu madre y tengo más derecho que tú.

–          Si mi hija quiere que te vayas, entonces así será – Contestó Juan Carlos, su esposo con la voz aún más apagada – Hace mucho que no somos una pareja feliz y lo sabes, mucho menos una familia… No tienes por qué estar aquí, no lo quieres, puedes irte si quieres, es más, vete a jugar, ya da lo mismo… Al igual que tu Juan Carlos, si quieres irte, puedes hacerlo.

–          No te voy a dejar un solo momento papá… – Se acercó y tomó la mano de su padre y de su hermana – Discúlpame papá, sé que no debería actuar de esa manera, menos contigo, lo siento.

–          Que haremos, la familia perfecta… Por favor, deberían…

–          Deberías irte – La interrumpió Juan Carlos– Deberías hacerlo antes de que te mande sacar de este lugar, evita la vergüenza.

–          ¿Me estas echando? ¿Tú a mí?

–          Vete si, hazlo por favor – Rebeca lo miro a los ojos, a sus ojos cansados, al no recibir una respuesta salió de la habitación cerrando la puerta con la mayor fuerza que pudo.

Las horas pasaron en silencio en la habitación, Ximena y Steven  daban vueltas sin poderse estar quietos, algunas ocasiones uno de los dos salía por un café, era lo único que querían comer, no tenían apetito a pesar de llevar dos días sin comer como era debido. Su padre dormía la mayor parte del día, ellos se aseguraban de que aun respirara, no se confiaban de tanta quietud de aquel hombre que en algún momento había sido tan activo. A sus hijos les partía el alma verlo en aquella situación; su padre había sido un hombre muy trabajador, desde muy pequeño dejo la escuela para dedicarse al trabajo cuando su padre murió y tuvo que ser el soporte de la familia al ser el hijo mayor, vendiendo traperas que el mismo aprendió a hacer con ayuda de sus hermanos. Aunque no era fácil y muchas veces lo robaban, con el tiempo empezó un pequeño negocio de panadería junto con su madre, en su propia casa y con los pocos implementos que había logrado comprar, pero al vivir en un pueblo se movía muy bien y pudo hacerse a algo de dinero y emprender un camino aún más fuerte, salir de aquel pequeño lugar y encaminarse en una aventura más grande, tener su propio negocio en la ciudad.

Varias horas de viaje desde el pueblo donde dejaba toda una vida con tan solo 23 años, su madre no podía detenerlo y con su bendición lo envió a la ciudad para que realizara sus sueños, no sin antes tener a sus hermanos trabajando junto con su madre sin dejar acabar el negocio que con tanto sacrificio había conseguido y que ya les había dado un estatus en el pueblo.

Durante el viaje solo pensaba en su madre y en lo que haría al llegar, la ciudad era grande y había de todo, pero él tenía algo que mucha gente no, espíritu, y con esa mentalidad llegó a Medellín. Al llegar a la terminal de buses y bajarse no sabía qué camino tomar, no tenía hogar, familia ni amigos, no tenía nada que lo ayudase, pero tampoco podía parecer un idiota ante el mundo, si pudo tener un negocio, podría comportarse como un ciudadano más. Se sentó en una banca y tomó un periódico que alguien dejó en un basurero y empezó a buscar una habitación donde se pudiera quedar, encontró varias pero no sabía la distancia y no podía gastar mucho dinero, así que opto por una que tenía el precio allí mismo en la publicación, tomó un taxi, pidió que lo llevaran y llegó hasta el lugar que no estaba tan lejos, a tan solo 15 minutos de donde había llegado.

Al bajarse del taxi y tocar la puerta, una mujer de la misma edad de su madre lo atendió, él le explico el motivo de su visita, y ella aunque muy nerviosa, pues era un joven nuevo y el barrio no era el mejor le ofreció lo que tenía, una habitación cómoda, una cama, televisor, lugar para guardar sus cosas a un precio excelente, con comida, servicios y lo demás que necesitara utilizar, Juan Carlos aceptó. Se dio a conocer con aquella mujer esa misma noche, le contó su procedencia y el motivo de estar allí, no dijo ni una sola mentira.

–          Es una ciudad difícil – le dijo ella mientras lo miraba – No cualquiera logra lo que sueña, menos en estos tiempos… No quiero decepcionarte pero… No la tienes fácil, quizá debas volver por donde viniste.

–          ¿Por qué lo dice? – Juan Carlos veía decepción en la mirada de aquella mujer, e incluso una mirada de resignación.

–          Mira muchacho, mis hijos eran estudiados, tenían su bachiller, pero nadie los contrató a pesar de eso, se metieron en bandas y los mataron… Dos hijos… – Los ojos se le llenaron de lágrimas – Espero no termines en una banda y te asesinen como a ellos, pero lo dudo, no has estudiado y eso ya es un problema, serás un estorbo en esta ciudad.

–          Ya vera que no – Le recordaba a su madre – Ya vera que no todos repetimos la historia.

Esa misma noche en su habitación pensó en muchas cosas que podía hacer, estudiar no era una opción, no tenía dinero, además venía a trabajar, no conocía la ciudad, pero no tenía tiempo, debía idearse algo esa misma noche, y a pesar del cansancio supo lo que era más conveniente, lo bueno era que su mente era muy rápida y activa. Sin dormir más de dos horas a la mañana siguiente pidió prestado el teléfono y llamó a su madre en el negocio que era el único lugar donde siempre la encontraría temprano, uno de sus hermanos contestó.

–          Hermanito, que bueno que nos llamas, a pesar de que ha sido solo un día ya te extrañamos en el pueblo.

–          Y yo a ustedes – Contestó feliz Juan Carlos, le hacían falta, y más le harían con el pasar de los días – Pero ahora más que nunca necesito esta distancia para demostrar de todo lo que soy capaz. Ahora hermano, ¿Tienes papel y lápiz?

–          Déjame buscar – Pasaron unos segundos – Claro dime que necesitas.

–          Dile a mamá que necesito me haga unos 50 panes, de todas las variedades que tenemos, quiero mostrarlos en la ciudad, venderlos, necesito mostrar de lo que somos capaces.

–          Claro hermano, por eso no hay problema, pero ¿Quién los llevara hasta allá?

–          Tu por supuesto, eres el que sigue en edad, los traerás en cuanto estén listo y entonces empezaremos con este sueño, créeme hermano, ya lo tengo todo planeado.

La conversación no fue larga, al final Juan Carlos le dejo el número de teléfono al cual podría llamarlo cuando saliera del pueblo y poder ir a su encuentro. Ese día fue el más largo en lo que recordaba de su vida a pesar de que hizo muchas cosas. Doña Ana, la mujer que vivía con él, al verlo tan desesperado le hizo una invitación a conocer el barrio, así sabría por dónde moverse, donde tomar los buses para los diferentes destinos de la ciudad, que lugares visitar si quería conocer gente y cuales debía evitar, e incluso lo llevó un poco más lejos, a conocer el medio de transporte que lo ayudaría a ubicarse, el majestuoso metro de Medellín. A Juan Carlos el barrio le gustaba, eran demasiadas pendientes pero se veía tranquilo, los niños jugando, las mujeres en las esquinas conversando, jóvenes estudiando, hombre trabajando, sonido de música de emisoras locales, un buen lugar al menos por ahora, y en cuanto al metro le parecía una maravilla incomprensible, jamás había llegado a ver algo así en sus años de vida.

–          Que tanto hablaste por teléfono – Le dijo Doña Ana cuando estuvieron de vuelta en la casa – ¿Con quién hablaste?

–          Con mi hermano, necesito que me traiga algunas cosas del pueblo.

–          ¿Qué tipo de cosas? – A Ana no le gustaban los secretos, mucho menos de lo que le había pasado a sus hijos.

–          Bobadas doña Ana, no se preocupe…

–          ¿Qué no me preocupe? Escúchame bien – Se le acercó mirándolo a los ojos, notaba en su mirada la preocupación, quizá porque estaba en su casa, o tal vez porque le recordaba a alguno de sus hijos muertos – No quiero problemas, así que mucho cuidado con lo que haces, o te juro que no tendrás un día más en esta casa.

–          Doña Ana, no se preocupe, no tendrá ningún problema conmigo.

Fue otra noche en la cual no pudo dormir, de hecho fueron dos, su hermano se demoró un días más de lo esperado, un día que doña Ana lo miraba tratando de buscar que era lo que tanto había hablado con su hermano, que era lo que ocultaba. La mañana del segundo día sonó el teléfono, Juan Carlos corrió a contestar tirándose de la cama de un salto, doña Ana se encontraba lavando ropa, así que no había escuchado el sonido. Cuando contestó se dio cuenta que era su hermano y sin decir nada, salió corriendo hacia la terminal, donde su hermano lo esperaba con el encargo.

Un largo abrazo se dieron al verse, se extrañaban a pesar de los días que habían pasado, Juan Carlos notó en su hermano algo que no le gustaba.

–          ¿Qué es lo que pasa David? Porque te noto preocupado.

–          Juan, las cosas se van a poner mal en el pueblo. La noche que te viniste llegaron unos hombres vestidos con uniforme y armados, pensamos que eran soldados, pero pronto nos dimos cuenta que no lo son, son guerrilleros, tenemos miedo hermano, miedo de que algo nos pase. Mis hermanos menores tienen miedo – En total eran seis contando a Juan Carlos, 4 hombres y dos mujeres – y claro, mi madre también de lo que nos puedan hacer al saber que tenemos un ingreso.

–          No te preocupes, les prometo que en poco tiempo se vendrán para este lugar, no dejare que nada malo les pase. Regresa con mamá, dile que prepare las maletas, pequeñas maletas, muy pronto se vendrán conmigo.

Fue una conversación corta pero había recibido lo que había pedido, así que corrió hasta su hogar, donde no lo esperaban de buena gana.

Ana estaba sentada en la sala, tenía una mirada dura, cuando Juan Carlos entró, ella se levantó y cruzó los brazos. Como entró de espaldas, no lo había notado hasta que se puso frente a ella. Ana Observo la bandeja cubierta, pero no le prestó la mayor atención.

–          Pensé que te habían quedado claras las reglas de esta casa, debías informarme a donde ibas.

–          Lo siento doña Ana, pero debí salir de afán, mi hermano…

–          Tu hermano… ¿Y porque no vino contigo?

–          No pudo doña Ana, debía volver a casa.

–          Creo que no puedo creerte – Contestó ella – No creo que sea tu hermano, de hecho, no creo nada de ti, y lo mejor es que te vayas pronto de esta casa.

–          Doña Ana, si me deja explicarle.

–          No quiero explicaciones de un extraño, quiero que te vayas…

–          Mire – Abrió la bandeja, el olor de los panes se expandió por toda la casa – Era esto lo que estábamos negociando.

–          ¿Panes?

–          Así es, panes, mi madre y yo tenemos una panadería y… – Las lágrimas empezaron  a salir de sus ojos.

–          ¿Qué pasa muchacho?

Juan Carlos decidió contarle todo lo que su hermano le había dicho, los miedos que le representara que alguno de sus hermanos cayera en manos de la guerra antes de que pudiese lograr su cometido en la ciudad, el miedo a la muerte, a quedarse solo, a que no pudieran salir de aquel lugar, todo eso y más que en tan solo un momento pudo sentir, Ana lo entendió. No había visto en un muchacho tan joven ese deseo de sobresalir, esas ganas de ser mejor, sin duda se sentía mal de haber dudado de él, y necesitaba más que nunca ayudarlo.

–          ¿Qué es lo que quieres con estos panes?

–          Venderlos, mostrar que son buenos, y crear un  negocio, para traer a mi familia y no sé, crear más negocios en varios puntos.

–          ¿Sucursales?

–          Sí, pero necesito empezar por mostrarlos, y por sobre todo, a usted, que me ha dado su mano, y que la conocen por aquí, si usted me ayuda, haríamos un gran equipo.

Dio de probar el producto y Ana quedo tan satisfecha que no dudo un segundo en ayudarlo, quizá también era su oportunidad de hacer algo más que quejarse por su vida, por la pérdida de sus hijos, y por una vejez donde pensó estaría sola para siempre y sin motivo de vida.

 

Comentarios

  1. Mabel

    20 junio, 2017

    ¡Excelente historia! Un abrazo Leo y mi voto desde Andalucía

  2. eleachege

    21 junio, 2017

    Buen prólogo para lo que debe ser una gran historia. Un saludo LeoCR29 y mi voto

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