El edificio de enfrente me cierra sus ojos todas las noches. Observo, tras las persianas bajadas, cómo se abulta un poco; como esas persianas ceden, para luego relajarse. He visto a una chica cambiándose, una mujer sacando un pastel del horno, un crío acariciando al perro; a dos ancianos salir juntos de la mano, a dos chicas cambiando la cortina o acariciando a sus felinos.
Desde mi ventana veo miles de vidas. A veces, esa ventana está un poco sucia, o el simple vaho me impide ver lo que diferentes cuerpos pueden hacer bajo la esquela del reloj. Como si del Tragaluz de Vallejo se tratara: invento historias sobre ellos, ideas que rebotan en sus habitaciones y que, ya sean ciertas o no, me reconfortan; es tibieza trivial. El anciano necesita tomar una tableta entera de pastillas para poder, al menos, respirar; del tío que se apoya en la barandilla que no tiene otra salida que contarle a su mujer que hay otra, pero que no puede, tiene hijos y que odia su trabajo. De la chica que se cambia todas las mañanas pienso que no quiere ir a clase, que espera a que su madre vaya al trabajo para que ella se vuelva a dormir o purgar su estómago. Del chico que fuma en la terraza mientras habla por teléfono, hablando con su hermana, diciéndole que todo va bien, que en el trabajo todos le idolatran, que es una pieza fundamental y que desea conocer a alguien especial.
Es una actividad sin más. Una invención infantil de cómo son sus vidas, de cómo quiero verlos, cómo quiero que sean. Me encantaría hablar a gritos con alguno de mis vecinos para contarles si he acertado o no. Me encantaría mudarme una infinidad de veces y seguir inventando, inventando. ¿Qué pensarán ellos de mí? ¿Que me va bien? ¿Que si estaré enamorado? ¿Que si sé cómo van a acabar mis días? ¿Que si concilio bien el sueño? ¿Que si es esta la forma de vida que he elegido? ¿Que si la existencia precede a la esencia?
Sobrevolando esta idea, diría que es una guerra constante de invenciones, de recreaciones mentales que en una primera instancia agradan, ya que los estás imaginando como quieres que sean. Te estás sobreponiendo a ellos, pensando por ellos, actuando por ellos. Y he de reconocer esa enfermedad. Mis invenciones no sólo se limitan a dibujar historias sobre las cabezas de mis vecinos, sino sobre mis conversaciones que nunca tendré, sobre las páginas que nunca rellenaré y sobre aquello que sé que nunca podré alcanzar. Me dicen: “desearás todo aquello que no podrás poseer”. ¿Tendrá razón? Me explico: en la expectativa está la decepción. Me he imaginado miles de veces una conversación, un despertar, una noticia, un deseo, una persona… Todas son consignas que sé, conscientemente que no voy a conseguir. Es ahí cuando entra la maquinaria pensante. Horas y horas me las paso imaginado, recreando todas esas vivencias que no experimentaré (por el motivo que acontezca), poniendo banda sonora, risas, juegos de manos… Toda la parafernalia creativa para rozar con los dedos lo que “pudo ser”.
Esta enfermedad consiste en arrojar imágenes sobre mi cabeza. Lanzando palabras precipitadas, a mí gusto, creado y mortificado por mí. Sé que saciar es limitar y por eso nunca acabo esa, por ejemplo, conversación que me gustaría tener en aquél bar que me gusta tanto, o esa vivencia que tanto ansío.
Es por ello que me gusta crear historias como los demás. Sobre los demás. Porque quiero que sean como yo, incapaces de aceptar la ingravidez cada que a veces se nos permite. Abusar de la imaginación y divagar por todo aquello por lo que viviría.





Carmen de María
Me encantó, te felicito, va mi voto.
Mabel
Muy bueno. Un abrazo y mi voto desde Andalucía