(…) PRÓLOGO parte 1
Durante todo el trayecto, en el que he de admitir que me puse verdaderamente nerviosa, Danniel se mantuvo callado y ausente. No le di importancia, puesto que entendía las emociones que había tenido que pasar últimamente y la angustia que estaría sufriendo. No me atreví a preguntarle, pero la empatía me obligó a ser una persona jocosa y pesada. A la espera de alguna oportunidad que pudiese ayudarme a empezar un entretenido tema de conversación, fui cambiando de emisora en emisora.
—¡Vaya! Otra vez hablando de las ventajas de las bicicletas —dije poniendo atención en un programa tertuliano, enseguida cambié, pero logré captar la atención de Danniel un segundo—. Me tienen frita. Me compré este coche hace apenas un año, por el amor de Dios, ahora el gobierno me obligará a comprarme una bicicleta…
—Es terrible —respondió Danniel en un tono pasivo.
—Sí, es… es una mierda —respondí sin saber muy bien cómo continuar. Cambié de emisora y entonces reconocí la sintonía que escuchaba—. ¡Oh! Mira, Danniel… Daft Punk… ¡Cuánto tiempo! ¿Te acuerdas en mi casa? —tarareé la melodía de Da Funk lo mejor que pude—. Siempre terminábamos bailando esta canción como dos robots.
Danniel esbozó una amplia sonrisa y cuando la melodía electrónica llegó a la mitad, empezó a moverse rígidamente y de forma muy graciosa, exagerando una expresión indiferente y con los ojos muy abiertos. Yo a pesar de que conducía, moví la cabeza acompasando los golpes de música. Seguimos así un buen rato, recordando nuestros antiguos bailes y riéndonos hasta que la canción terminó. Luego, nos mecimos en un nuevo silencio, más agradable que el anterior.
—Ni más mayores sabemos bailar mejor —murmuró en una carcajada.
Giré la rotonda principal del pueblo y fui unas calles más abajo hasta los bloques de apartamentos de nueva obra. Hacía apenas dos años, me había mudado allí con mi actual pareja, Gerrit, que actualmente se encontraba en Alemania escuchando una conferencia sobre operaciones cardíacas. Desde que había salido de casa aquella noche, me había enviado alrededor de diez mensajes, preocupado por el tono de voz que había escuchado en nuestra llamada habitual a media tarde. Tenía el móvil ardiendo en el bolso, a punto, seguro, de apagarse.
Aparqué en el garaje que correspondía al bloque de apartamentos número doce. Allí, una veintena de vehículos de alta gama, descansaban bajo las amarillas luces del aparcamiento y las deslucidas paredes de hormigón. Danniel bajó del coche aferrando su mochila, pero observando con ferviente interés aquel lugar.
—Siempre pensé que volverías a Purmerend —dijo.
Cerré la puerta del coche y me aupé el bolso al hombro negando con la cabeza.
—No. Nunca podría volver a Purmerend —expliqué evocando mi antigua casa junto a la suya—. Haarlem es perfecto. Mi madre está muy contenta de que me haya comprado un apartamento tan cerca de su casa. Está a un par de calles, en la avenida que hemos cruzado…
Fuimos hacia el ascensor, que tuve que abrir con una pequeña llave especial. Danniel me observó con curiosidad.
—Estos edificios tienen buenas medidas de seguridad —le expliqué mostrando la llavecita en mi mano después de apartarla del ascensor—. Sólo para propietarios.
La puerta metálica se abrió y nos metimos dentro del espacioso habitáculo. Danniel pasó una mano por los números iluminados cuando apreté la séptima planta. Acto seguido se giró sorprendido por los espejos. La luz del ascensor le devolvía un rostro triste y pálido. Pareció impactarse con ello, aunque no dijo nada.
Al llegar a la séptima planta, Danniel salió primero del ascensor y se quedó quieto del ancho corredor, cuyas paredes níveas le incomodaron.
—Parece un hospital —farfulló echando un vistazo a las plantas de plástico que rezaban al lado de las tres puertas. Al final, un gran ventanal rectangular le ofreció las vistas de la ciudad. Yo mientras tanto rebusqué en el bolso las llaves de mi apartamento, el numero 20.
Entramos al piso y las luces se encendieron con el sensor de movimiento, algo que pareció turbar a Danniel que se quedó mirando sorprendido el techo. Lo conduje por el corredor atestado de cuadros vanguardistas hasta el salón, Danniel pegó la nariz a la enorme cristalera tras los sofás. Las luces de la ciudad apenas eran pequeños puntos de colores en una neblina extensa.
—Joder, Eline ¿Desde cuanto eres rica? —exclamó volviéndose hacia mí.
Solté una carcajada dejando el bolso sobre la mesa auxiliar y me senté en uno de los sofás.
—Gerrit es un cirujano increíble.
—¿Él es mayor que tú? —preguntó con curiosidad.
—Tampoco tanto. Nos llevamos unos siete años —dije evocando el redondeado rostro de Gerrit y sus amables ojos azules.
Danniel asintió. De pronto perdió el interés por la vista y se paseó hasta sentarse en el mueble giratorio de color púrpura que teníamos al lado de la alfombra.
—¿Y la televisión?—preguntó mirando donde debería haber una, frente a los sofás y aquel mueble.
Me encogí de hombros y apreté un botón que había justo debajo de la mesa auxiliar. Paulatinamente una gigantesca pantalla negra apareció del techo para posicionarse tal y donde Danniel añoraba un televisor. Le oí reírse y dar palmadas impresionado, cosa que me hizo sentir alegre. Hacía mucho tiempo que no le oía reír así.
Danniel giró el sillón púrpura hacia mí y sus ojos bailaron por los detalles infantiles de la estancia: un cuento sobre la mesa auxiliar, un sonajero justo a mi lado en el sofá y un pequeño retrato de mi hija en la pared, junto a otras tantas fotografías que había reunido en un collage.
—¿Dónde está tu hija? —me preguntó suavemente—. Me hubiese gustado conocerla.
Sonreí evocando las mejillas sonrosadas de mi pequeña Sarah. Me eché el pelo rubio hacia atrás.
—Con su abuela —le expliqué—. Pensaba que te sentirías mejor si estabas un par de días sólo conmigo, quizás los berreos de un bebé no son la mejor forma de adaptarse a… a un nuevo hogar.
Danniel asintió con condescendencia. Junté las manos, suspirando y me esforcé en sonreír.
—¿Por qué no te das una ducha y preparo una buena cena? —dije, confiando en que le apetecería.
Me miró receloso, pero guiado por mi sonrisa, pareció sentirse más cómodo. Se levantó con la mochila en la mano.
—Me parece bien —dijo—. Para serte sincero me muero por saber si tu ducha aparece del techo también.
Me levanté y me aproximé a él riéndome.
—Tiene radio, puedes ponerle emisoras y escuchar lo que quieras sin peligro —me miró asombrado mientras le tendía la mano—. Dame la mochila y te lavaré la ropa que llevas ahí.
Se apartó de golpe, desconfiado.
—No, Eline —dijo—. No… Yo me la llevo. No hay nada que lavar.
Nos miramos un momento con tensión. Suspiré para mis adentros, sabiendo que en este momento me tenía que comportar más adulta que nunca y conseguir que Danniel se sintiese bien allí conmigo. Conseguir que dejase de añorar su antigua vida y todo lo que allí le hacía daño.
Le indiqué donde estaba el servicio más cercano (y el más molón) y me dirigí a la cocina. Normalmente, y si hubiese estado con mi familia, hubiese puesto algún álbum de música para que me acompañara en las tareas, pero al estar Danniel, prefería con toda sinceridad oír lo que hacía, por si en algún momento escuchaba algo sospechoso.
Abrí el frigorífico y pensé en qué podría hacer de cena. Después de servirme un vaso de agua, decidí que haría un andiejstamppot. La última vez que lo hice, me salió bastante bien, e incluso a mi pequeña le entusiasmó el plato. Comencé por cortar las patatas y la escarola cuando oí el agua caer tras la pared. Me apoyé en la encimera con cuidado y pegué la oreja al azulejo. Sonreí al escuchar como Danniel tarareaba una canción. Claramente no había tardado mucho en aprender a manejar la radio incorporada, cosa que a mí me costó varios intentos.
El móvil sonó unos minutos después. Dejándolo todo al fuego, me precipité sobre el bolso.
—¡¿Eline?! —exclamó Gerrit con voz preocupada—. ¡Eline! ¿Estás bien?
Me llevé una mano a la frente.
—Lo siento mucho, cariño. Claro que estoy bien…
—No contestabas a los mensajes… Estaba preocupado de que ese amigo tuyo hubiese… —hizo una pausa—. Bueno, no importa.
Suspiré, entendía su preocupación, apenas le había hablado de Danniel unas horas antes de decidirme ir a por él a la comisaría.
—Hemos ido a por cosas a su piso y me lo he traído a casa.
—Sarah está con tu madre ¿No? —preguntó.
—Sí —había sido idea de Gerrit llevar a Sarah a casa de mi madre—. Todo está bien, Gerrit, enserio. No te preocupes. Te quiero.
Hubo una breve pausa.
—Bueno, ten cuidado. Te quiero —y colgó.
Me quedé un momento plantada en medio del salón cuando empecé a percibir un olor desagradable.
—¡Ah! —chillé—. ¡Maldita sea! —corrí hacia la cocina como una posesa.
Como temía, las patatas machacadas se habían quemado un poco. Con la paleta, fui rescatando las zonas intactas reuniéndolas en un plato hondo mientras echaba vistazos a la escarola, que por el momento no se había rebelado contra mí.
El rostro de Danniel se asomó en la cocina con una mirada escéptica.
—Albergaba esperanza de que con veintidós años hubieses aprendido a cocinar —se burló de mí—. No pasa nada, aún tienes cualidades buenas, como esa ducha con radio tan guay.
—¡Serás gilipollas!
Danniel se carcajeo demostrando estar de buen humor. Su rostro lucía mucho mejor ahora, aunque su pelo seguía siendo un completo desastre. Limpio, pero un completo desastre.
A pesar del pequeño accidente conseguí acabar y servir el plato sin rendirme. Danniel me ayudó a juntar los ingredientes y a ponerle el punto de sal, cosa que interiormente me enrabió un poco. Cenamos tranquilamente en la mesa del comedor, frente al ventanal, recordando algunas anécdotas del instituto, cuidando de no tocar el tema prohibido, e incluso bebimos unas cuantas cervezas. A partir de ese momento empecé a perder la cuenta de los cigarros que me fumé.
—Tengo muchísimo sueño —murmuró Danniel mientras bostezaba—. Esa maldita ducha…
Sonreí tímidamente. Y entonces, comprobé que Danniel no estaba acompañado de su mochila. Muy disimuladamente miré de soslayo el resto de la estancia, por si la había arrimado a algún sofá, pero no la encontré. Aquello significaba que estaba aún en el baño.
Me peleé interiormente con la ferviente necesidad de rebuscar entre sus cosas. He de admitir que me resultó muy complicado evitar pensar en ello. No sabría cómo explicarlo, pero había algo, una especie de hilo que tiraba de mí hacia aquella mugrosa mochila. Por echar una ojeada no iba a pasar nada…
Vencida por la curiosidad, junté las manos.
—Voy al lavabo, vuelvo enseguida. ¿Por qué no te sirves una copa? En la barra de ahí hay algunos licores… —dije poniéndome en pie.
Danniel miró la barra, como tentado y arqueó una ceja.
Mientras lo dejaba con esta decisión, fui hacia el pasillo principal y entré en el baño. Para mi absoluta satisfacción, la mochila estaba justo al lado del cesto de la ropa sucia, como un bulto roñoso esperando a que lo limpiaran y que desentonaba con los azulejos azulinos. Cerré la puerta tras de mí, me lamenté de que no hubiese pestillo, (habíamos quitado los pestillos de la casa al enterarnos de que Danniel vendría) .Abrí la tapa del inodoro con fuerza. Luego accioné el grifo de la pila y me agaché frente a la mochila, con las manos suspendidas, sin creerme que estuviese allí, al vistazo de cualquiera.
Muy despacio, arrastré la oxidada cremallera que se dejó hacer muy fácilmente. Un olor desagradable me hizo taparme la nariz, pero no me echó para atrás. Metí una mano, evaluando con interés los objetos que había allí dentro. Lo primero que me encontré fueron las cartas que Danniel había recogido horas antes en aquel pútrido apartamento de la capital; luego, una cajetilla metálica, una chaqueta de cuero, y un par de libros, uno de ellos, tenía la solapa dura, con una D dorada en una esquina. Lo tomé y repasé la letra mayúscula paulatinamente, reconociendo aquel cuaderno artesanal.
—La libreta de composiciones… —murmuré atónita sin poder apartar los ojos.
Desconcertada por encontrarme aquella vieja libreta que tanto trabajo me había costado de hacer, se me humedecieron los ojos. Había pasado mucho tiempo, y sin embargo, Danniel había conservado mi regalo de cumpleaños en su amasijo de cosas personales.
Abrí las páginas que estaban desgastadas y, ignorando los pentagramas de las hojas originales, descubrí para mi sorpresa que se encontraban repletas de palabras. Pasé las páginas con recelo y sorpresa. Los márgenes, los títulos y las esquinas continuaban con aquel interminable manuscrito. Una masa negra, irregular redactada por Danniel. Era imposible no reconocer aquella letra tan pequeña que no destacaba precisamente por ser limpia y ordenada.
Apenas había leído unas líneas cuando la puerta se abrió de golpe. Danniel, con el rostro compungido en una mueca de decepción me arrebató el cuaderno de las manos de golpe. Pude ver la rabia centellear en su mirada. Me arrepentí de inmediato de lo que había hecho, consciente de que se trataba de algo muy íntimo y que sin embargo, me llamaba, como si tuviese que ser partícipe o consciente de las palabras allí escritas.
—Es un diario —dije serie, poniéndome en pie.
Danniel se había quedado apoyado en el umbral, alicaído y sujetaba sin fuerza la libreta, que parecía a punto de caerse y de volver hacia mí.
—No es… no es de tu incumbencia —masculló entre dientes.
Ladeé la cabeza, sus palabras parecían rezar lo contrario, como una especie de doble sentido, me invitaban a desear más aquel contenido.
—Sí que es de mi incumbencia —supe, fruncí el ceño—. Ahí hay algo que tengo que leer… ¿Verdad?
Danniel me fulminó con la mirada, y se fue hacia el comedor. Yo le seguí, entendiendo que era cierto lo que estaba sospechando. Le agarré del brazo y él se volvió hacía mí, pero quitó de mi alcance el cuaderno y lo sostuvo por encima de su cabeza.
—Por eso no querías que tocase la mochila ¿verdad? —le espeté apartándome de él, a la misma medida que él se acercaba al ventanal con el diario en la mano—. Hay algo ahí que no quieres que lea. Me ocultas algo importante. ¡Eh!
Danniel se mantuvo callado ante mis especulaciones, lo cual me empezó a poner nerviosa. Me empezaron a sudar las manos ante aquella absorbente incertidumbre.
—¡¿Qué es lo que pone?! —chillé furiosa dándole una palmada en el brazo—. ¡¿Eh?! ¡Danniel! ¿Es una confesión? ¿Una carta de perdón para mí o algo así? ¡Dímelo! —desde el momento en el que me había mudado, había fantaseado un centenar de veces con que Danniel vendría a mi nueva casa y que me pediría perdón en una extensa carta por dejarme de lado. Hace poco más de un día recibí su única llamada en cinco años y hoy estaba enfrente a mí, sosteniendo lo que podía ser el perdón que esperaba.
—Es mi vida —confesó con voz sosegada sin apartar la mirada de la solapa—. Es mi vida a partir del justo momento en el que le conocí.
Parpadeé desconcertada, mi respiración agitada empezó a calmarse y mis sentimientos empezaron a convertirse en una mezcla de compasión y molestia. Por supuesto que no era un perdón. Todo trataba de él. Resistí el impulso de empujarlo por aquel enorme ventanal. Era el tema prohibido y sin embargo, no podíamos huir de él, aunque quisiéramos vetar la conversación o aunque quisiésemos dejarla atrás, su nombre volvía una y otra vez a nuestra mente, como una maldición.
Los ojos se me humedecieron de nuevo, esta vez de impotencia.
—Adrian —pronuncié con miedo, rencor y odio—. Adrian…
Danniel vio el dolor en mi rostro. Al principio su cara se contrajo en una mueca de angustia, pero su expresión cambió de pronto, y respiró profundo antes de hablar.
—Esto no lo escribí para ti, pero hay cosas que quizá sí debas conocer… —admitió mirando el diario—. Desde que te mudaste, desapareciste de mi vida, y nunca tuve intención de ir a buscarte… Nunca… Hasta que… —cerró los ojos y suspiró—. Nunca he querido hacerte daño, de verdad.
De nuevo empecé a sudar. Me era imposible apartar los ojos de aquel cuaderno, cuya D destacaba brillante en una esquina, aludiendo al nombre de Danniel.
—Dámela —le ordené.
Compartimos una mirada significativa durante un buen rato. El silencio tenso que reinaba en el ambiente sólo era interrumpido por mi respiración irregular, que amenazaba con salírseme de los pulmones y pelear por aquel contenido.
Danniel observó mi comportamiento y con un largo suspiro interpuso el cuaderno entre nosotros, tendiéndomelo.
—Eline…
Se la arrebaté de las manos con un movimiento sinuoso. Acto seguido le di la espalda, apretando la solapa entre mis manos. Las lágrimas corrieron por mis mejillas como si hubiese recibido un gran regalo, aunque desconocía la información que había allí dentro. Por la reacción de Danniel, sabía que no era del todo grata, no obstante, sí muy importante.
Abrí las primeras tres páginas, donde había una breve canción sin terminar sobre los pentagramas, la función principal de aquel cuaderno.
—Al principio lo usé para componer, tal y como te dije. Pero ocurrió algo que… —las palabras se le atragantaron—. Necesitaba ponerlo por escrito…
—Dices que esto tiene que ver con él —escupí rodeando el sillón giratorio—. Con Adrian. Con el tipo que… —reprimí un insulto—. Que te… te destruyó la vida…
Me giró la cara, pero en sus ojos no había arrepentimiento.
—Sí. Adrian.
—Dime la verdad Danniel —le pedí, con una voz sosegada, mientras apretaba las uñas contra la palma de mi mano. Me giré hacia él—. Hay una razón por la que me has llamado después de tanto tiempo ¿Verdad?
—Me temo que así es.
Hubo un nuevo silencio en el que nos miramos con fijación.
—¿Cuál es?
—Lo sabrás en su momento, después que lo entiendas todo —me respondió sentándose en el mueble frente al ventanal, se encendió un cigarro sin apartar los ojos—. Eres la única que puede ayudarme.
Inspiré muy hondo y le miré. Danniel me contemplaba resuelto. Sus ojos, de un azul oscuro, tenían un brillo determinante, seguro. Le oí suspirar mientras me indicaba con un gesto que empezase a leer.
—Te doy permiso, si es eso lo que quieres —me indicó—. Bienvenido a mi mundo, Eline.
Bajé la vista hacia la primera página escrita en la que rezaba una fecha y empecé a leer mientras ahogaba un suspiro.





Mabel
Muy buena historia. Un abrazo Pablo y mi voto desde Andalucía