- ¿Quieres que mañana vayamos a la bolera?
Tiene gracia que Pol me haga esa pregunta: hace años que no pisamos una.
- ¿Qué quieres decir?
- Ya sabes. Desayunar en el bar de la facultad y saltarnos clase para jugar a los bolos.
¿Dónde se compra el manual de instrucciones para este tipo de situaciones?
Pol es mi marido. Hace cincuenta y cuatro años que lo es. Se licenció en Derecho hace cincuenta y siete y no pisamos una bolera desde entonces.
Nadie te enseña lo cotidiano. Entendemos la vida como una serie de fases que cumplir, cada uno las suyas, pero olvidamos que después del lunes viene un martes con muchos números para ser idéntico al lunes. Los recuerdos especiales, ésos que contamos en una charla de sobremesa cuando somos el centro de atención o que sólo nos atrevemos a mirar cuando no hay nadie a la vista por miedo a que nuestra expresión nos delate, suelen ser momentos que suponen un cambio, por muy pequeño que sea. ¿Y entre momento especial y momento especial? Rutina, le llaman.
Pongamos algunos ejemplos.
Recuerdo la mañana que aprendí a montar en bici. No recuerdo qué hice aquella tarde.
Recuerdo el sábado que acabé la lectura de El pequeño vampiro. No recuerdo estar leyéndolo.
No recuerdo posar para ninguna de las fotos de nuestro último viaje, el de las bodas de oro, el de Venecia. Pero en todas ellas salgo sonriendo y mirando a cámara. Clic.
Y hay rutinas y rutinas. Es decir, un estudiante de cuarto de Derecho no sufre la misma rutina que un joven pandillero con varias amenazas de muerte a sus espaldas. No es lo mismo vender seguros que practicar deportes de alto riesgo, vivir en un pequeño pueblo costero de ancianos pescadores que en la avenida principal de la capital del reino. No estamos hablando de la misma rutina.
Cuando la tuya consista en cuidar de un marido octogenario con serios síntomas de estar perdiendo la cabeza y te pregunte si quieres volver a una bolera que no pisas desde tus veintipocos; cuando la tuya consista en cambiarle los pañales y darle cucharadas de potito pasado por el microondas; cuando la tuya consista en contemplar atónita cómo se duerme a media frase; cuando en los peores momentos ni siquiera recuerde quién eres, cómo te llamas y qué haces exactamente a su lado, recuerda que toda gloria es pasajera y responde:
- Claro, cielo. Mañana.
Y sírvete una copa.
Se lleva mejor.





Viajero en el Tiempo
Toda gloria es pasajera, me gusta el final, resignación. Mi voto y un saludo.
Luis
Espectacular y con un final desbordante. Mi voto, saludos Sol!
enriccarles
Tu escrito es pura energía y frescura, me ha gustado mucho, un abrazo antes que me olvide… ¿quien eres tú?
Guille Holden
Qué bonito texto, Sol. Triste, pero no deja de ser bonito. Un saludo.
Sol
Muchas gracias Viajero, Luis, Enric, Guille, por pasaros por aquí, leer y comentar.
Un abrazo afectuoso
Mabel
Sufrimos tanto por la vida que se nos hace una montaña, los días son interminables y parece que nunca llegan a su final. Poco a poco vamos intentando cambiar nuestra rutina que cada día se hace más pesada, pero la vida es así y hay que tomarla con filosofía. Un abrazo Marisol y mi voto desde Andalucía
GermánLage
Leí este artículo el mismo día que fue publicado; lo recuerdo perfectamente. ¿Por qué, contra mi costumbre, no lo comenté aquel día? No consigo recordarlo. ¿Será que me está pasando lo que al marido de la protagonista?
En cualquier caso, Sol, tu relato es excelente.
Mi cordial saludo y mi voto.
María Florencia Sassella
Tu estilo me atraviesa.