The hat

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La niebla era densa en el cementerio y, junto la noche, constituían el velo perfecto para el acto de Nina.

La mujer bajó del auto, se encerró en el abrigo y con pala en mano, comenzó a trabajarse un pozo. Tenía toda la madrugada y la luna le ofrecía luz suficiente para no clavarse los pies por error. Las tumbas fueron su única compañía mientras cavaba más profundo y más largo, pues alto era a quien debía enterrar.

—Listo.

Se secó el sudor con el dorso de la mano, mugrienta pero orgullosa de su trabajo. La pila que tanto esfuerzo le había costado estaba a un lado, llegándole hasta las rodillas. Ponerla en su lugar era más fácil, eso seguro.

Ahora venía lo importante.

Abrió el maletero de su hermoso auto negro. Allí, hecho una bola como ella había podido, estaba su maestro. Vestía su gabardina negra que le cubría casi todo el cuerpo, como los enterradores de antaño. Su sombrero descansaba a un lado, manchado por la sangre de la sien, cuando ella lo golpeó por sorpresa.

—Te lo buscaste —protestó ella al muerto.

Como él se lo había dicho una vez, en el mundo de ellos o se vivía o se moría. No había punto medio y, para alguien que se volvía viejo y receloso de los jóvenes, veía a estos como hienas hambrientas por la leyenda que lo rodeaba.

«Pero siempre un caballero, eso se lo puedo permitir.»

Caballero o no, solo uno podía sobrevivir así que, ¿quién mejor que ella, la alumna, el futuro?

Arrastró por la tierra, o al menos medio cuerpo,  lo que pudo levantar. Pese al corto recorrido, el peso muerto del maestro la obligaba a descansar pero, como el futuro, halló la forma de seguir adelante.

Cuando llegó al pozo, lo arrojó con menos cuidado del que hubiera querido. La caída, seca e instantánea, dejó al cuerpo maltrecho con la cabeza hundida y las piernas dobladas en direcciones opuestas.

—Podría…

Agachada a un lado, pensó en acomodarlo, al menos con la pala desde lejos, por una mínima gota de respeto que le quedaba. Pero el frío ya había hecho mella en su moral y decidió terminar cuanto antes, por el bien de todos. Así que tomó la pala con el pulso firme y comenzó a enterrar a su maestro hasta que solo hubo tres metros de tierra.

—Se acabó…

Yendo hacia el auto, sus pies se toparon con el sombrero negro. Un ícono en sus botas sucias. Lo tomó, le quitó el polvo y repasó sus prioridades. No podía acomodar el cadáver pero al menos debía mostrar respeto, uno auténtico.

Besó al sombrero y lo posó sobre el montículo y descanso final.

Volvió alejarse, esta vez para siempre.

—¿Ahora quién te crees que eres?

Nina quedó congelada en su posición. Solo su cuello podía moverse y así lo hizo, girando a ver.

Del sombrero brotó un hombre más grande que su auto. De aura espectral, gabardina dorada y expresión altanera, la señaló y habló:

—¿Crees poder matar sin sufrir? –Apareció a su izquierda—. Eso no es nada nuevo. –A su derecha—. Tampoco bueno. —Arriba—. Intuyo, no, concluyo, que un capítulo has cerrado y en tu vida errado.

La tomó de las patas, por debajo de la tierra.

—¿Te crees a la altura, mi niña? —Asomó la cabeza, una enorme—. Las leyendas son leyendas, inmortales sea como sea. No se quedan quietas, ni vivas ni muertas. Este es tu fin, ¿lo sabes no? Cambia de página, destrúyela, quémala. El final está escrito y solo serán gritos.

Escaló por su cuerpo petrificado.

—No te mueves, no susurras. —La tomó del cuello—. Ya no hay ni futuro ni presente, ahora te queda ser una espectadora ausente.

En un vano intento, apartárselo Nina quiso pero el hombre ya estaba detrás como una sombra, sujetándola por los hombros.

—Ya es tarde para cavilaciones, iras o temores.

—Yo…

—Nina –susurró el hombre, extrañamente confortante—. Está todo en tu cabeza.

La niebla era densa en el cementerio y, junto la noche, estaba sola de pie una joven sucia con un sombrero negro en su cabeza.

 

Comentarios

  1. Mabel

    18 junio, 2017

    Muy buen relato. Un abrazo Alven y mi voto desde Andalucía

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