El acantilado de la Luna

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La llovizna nocturna y mis pesadillas habituales no me dejaban dormir, así que me puse el chubasquero verde encima del camisón y unas botas de goma y salí a la intemperie. Caminé entre los árboles que rodean el sendero, mientras intentaba no pensar en nada, sólo captar el olor de la tierra y los pinos mojados. Cuando veía un charco, lo pisoteaba como si tuviera seis años. La luna iluminaba tanto entre nube y nube que casi parecía un atardecer nublado.

Cuando el sendero se acabó seguí avanzando entre las hierbas y los dientes de león y las margaritas, mojándome las piernas, hasta que empecé a oir el bramido del mar. Fui a paso rápido y me detuve a escasos centímetros del borde del acantilado de la Luna, recto como cortado a cuchillo. Aunque sería mejor llamarlo de los Despeñados, o de los Desesperados, porque tenía fama de que los suicidas solían visitarlo. Entre las rocas del fondo y el mar había una estrecha franja de arena donde de vez en cuando se encontraban huesos humanos.

El océano seguía rugiendo como si estuviera cabreado. Tal vez quería hacerme compañía en mi propia furia. Lo que no esperaba oír ni en un millón de años era el aullido de un lobo. Procedía del fondo del acantilado. Por un instante pensé que me lo imaginaba. Escuché con atención, inclinándome hacia el borde, y lo oí con toda claridad. Era un aullido, y era de un lobo. Intenté recordar algún viejo libro leído en la infancia en el que decían que los lobos vivían en el norte y en las montañas, alejados de la costa, y algún documental donde comentaban que hacía años que la especie se había clasificado como extinguida.

Escuché su aullido desgarrador una y otra vez, y una sensación difusa fue subiendo desde mis entrañas, tripas arriba, hasta la garganta y mis labios se abrieron lanzando un alarido que no parecía humano. Durante varios minutos —¿o fueron horas?— el aullido del invisible lobo y mi grito se unieron en un solo sonido, como un reproche desesperado a la luna llena, distante y fría en lo alto del cielo. Yo con la cabeza levantada, la llovizna mojando mi cara y calándome el camisón, sin pensar en otra cosa que en gritar con toda la fuerza de mis pulmones.

El lobo enmudeció. Yo también. A la vez, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo. Noté mi cabeza libre de recuerdos y pesadillas. Aquella mañana había leído un artículo que explicaba que por la noche se produciría el fenómeno de la maxiluna, la luna más grande y brillante del año, ya que se encontraba en el punto más cercano de su órbita. Los antiguos creían que era una luna mágica.

Me tiré al suelo, para acercarme al borde escarpado del acantilado, sin importarme las manchas de hierba y barro y me asomé al abismo. Bajo la luz de la maxiluna, que asomó tras una nube, observé las rocas donde acababan las vidas de los desesperados, la arena, las olas… Ni rastro de ningún bicho viviente.

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    2 julio, 2017

    ¡Impresionante! Un abrazo Alicia y mi voto desde Andalucía

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