El acoso por la felicidad: Capítulo 5

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Capítulo 5

Cuando llego a clase, veo que hoy vuelve a faltar Dahlia, aunque Ágata sí que ha venido. Nada más entrar, me dedica uno de sus característicos guiños y se sienta en su sitio. Cuando acaba la primera hora, se acerca donde mí y dice:

 

– Hola, guapo. ¿Qué tal tu fin de semana? ¿Me echaste de menos ayer? Seguro que no has dejado de pensar en mí.

 

– Tienes razón, pero no por algo bueno, precisamente. Cira, tenemos que hablar.

 

– ¿Qué te pasa, Sergio? No estarás intentando dejarme, ¿no?

 

¿Dejarla? ¡Si ni siquiera hemos empezado! – pienso – No, Cira, pero sí que es sobre el beso del otro día.

 

– Lo sé, te encantó. Suelen decírmelo a menudo – se chulea.

 

– ¿Puedes dejarme terminar, por favor? – pregunto con tono serio. – Alguien nos hizo una foto y me la mandó por correo esa misma noche. No sé quién ha podido ser ni qué quiere de mí, pero el nombre de su cuenta tampoco es que me inspirara mucha confianza, “desconocidos”. – su cara empezó a palidecer – ¿Tienes alguna idea de lo que puede significar?

 

– ¿Por qué coño me lo preguntas tan serio? ¿Acaso dudas de mí? Habrá sido algún subnormal que lo único que quiere es gastarnos una estúpida broma – grita, haciendo que todos nuestros compañeros giraran sus cabezas.

 

– O algún chantaje de algún tipo… Junto con la imagen venía escrita la palabra “Prepárate”. Además, el título del correo era “Hola, mi salvador”.

 

– ¡Son esos cabrones los que se van a tener que preparar! Les arrancaré la cabeza por haberse metido en nuestra relación.

 

– Cira, no sé si yo quiero… O sea, el beso estuvo bien, pero… – debo tener cuidado con las palabras que utilizo – no sé si estoy preparado para tener una novia.

 

Me mira lentamente, me dedica una sonrisa, la más falsa y forzada que yo haya visto, y vuelve a su asiento. Mi cabeza comienza a dar vueltas, sé que la he cagado. No consigo concentrarme en las dos próximas clases. Me sudan las manos, me tiembla todo el cuerpo y tengo dolor de cabeza y mareos. Lo único que quiero es que llegue la hora del descanso para subir a la azotea y relajarme. Y así lo hago. En cuanto oigo el sonar de la campana salgo escopeteado de clase, y cuando llego arriba me apoyo en la barandilla y comienza a respirar y expirar para mantener el control.

 

– ¿Eh? ¿Sergio?

 

Una voz angelical suena detrás de mí y noto cómo mis pulsaciones van disminuyendo y voy recuperándome de mi malestar. Obviamente se trata de la voz de Dahlia, y me giro para encontrármela, de nuevo, tumbada en el suelo con su mantita por encima. Se frota los ojos con sus puños cerrados y bosteza.

 

– Hola Dahlia… Me alegro de verte.

 

– Yo… yo también, Sergio.

 

Esta situación es bastante incómoda, teniendo en cuenta cómo terminó nuestro paseo de ayer. Intento romper el hielo de alguna manera, así que le pregunto:

 

– ¿Por qué no has ido a clase? Estaba…  preocupado.

 

– Oh, yo… he llegado a clase la primera, pero a la hora de coger los libros me he dado cuenta de que habían desaparecido…

 

– Vaya… Vamos, te ayudaré a buscarlos – tiendo mi mano para ayudarla a levantarse.

 

– S-sí…

 

Agarra mi mano y ambos nos dirigimos hacia nuestra clase. Por suerte, la puerta estaba abierta, aunque los profesores deberían cerrarlas por seguridad. Cosas como la que acaba de pasar podrían volver a ocurrir. Al entrar, vemos que los libros se encuentran encima de la mesa de Dahlia, y, confusa, me dice:

 

– No puede ser… He estado buscándolos por todas partes.

 

– Bueno, lo importante es que ya los tienes, olvídate de lo que ha pasado – sonrío – Oye, ya que estamos aquí… ¿Qué te parece si nos quedamos? Así no llegaremos tarde a la próxima clase.

 

– Bien… – responde tímidamente.

 

Me resulta muy complicado hablar con ella, ya que no puedo sacarme de la cabeza mi confesión de ayer. Finalmente, se me ocurre preguntarle el porqué de la importancia de las dalias para ella.

 

– Oye, ayer me dijiste que querías comprar unas dalias, ¿no? También me dijiste que eran muy importantes para ti, ¿por qué?

 

– Yo… Bueno, creo que puedo contártelo. Esto es algo sobre mí que nadie sabe.

 

Es lógico que nadie sepa nada sobre ella, ya que siempre ha sido muy introvertida, pero no quiero cortarle. Prosigue con su explicación:

 

– Mi padre trabajaba de jardinero, era el encargado del jardín botánico de la ciudad antes de… – hace una pausa y decide no terminar la frase. – Para él, las flores representaban toda la belleza de la naturaleza, y siempre se dedicó en cuerpo y alma a ellas. Hasta que… conoció a mi madre. Cuando yo nací, dijo que era la flor más bonita que jamás hubiera visto en toda su vida, así que decidió llamarme Dahlia, en honor a las flores que hicieron que se interesara por la botánica – su rostro pasa de alegre a triste. – Todos mis cumpleaños, me despertaba con una de ellas en mi mesita de noche y con una nota: “Una dalia para mi Dahlia más bonita” – una lágrima vuelve a deslizarse por su mejilla hasta caer al suelo.

 

– Dahlia, yo… Lo siento…

 

La campana suena, indicando que es hora de volver a nuestros asientos y de empezar la próxima clase, lengua castellana. El profesor entra por la puerta, y para empezar con la lectura, le pide a Dahlia que lea ella.

 

– El sustantivo es una clase de palabra que podemos definir – pasa la hoja – sobre una loma, entre ganados y palmas, mirando al vasto mar… – se detiene.

 

Mis compañeros de clase comienzan a reírse de ella, algunos más bajito, otros más alto. Se escuchan los típicos ¿Qué cojones? o Esta tía es tonta. El profesor suspira y dice:

 

– Vamos a ver, Dahlia, ¿el sujeto se define sobre una loma? ¿Qué estás diciendo? Te estás ganando un parte, señorita.

 

– ¡Eh, profe! – grita de repente uno de mi clase – ¡Se ha saltado una página entera! Jajaja

 

Las carcajadas de mis compañeros resuenan por todo el instituto, incluso Eric y Elena se están partiendo el culo. A mí, en cambio, no me hace ninguna gracia.

 

– ¿Qué? ¿Por qué…? – dice Dahlia, sorprendida. – ¿Por qué la página de en medio…?

 

Mira al profesor perpleja. Las amigas de Ágata se siguen riendo entre dientes de ella. Desprenden un desdén tan poco disimulado que hace que me hierva la sangre.

 

– Vamos Dahlia, por última vez, lee la página anterior y sigamos con la clase. No creo que te cueste demasiado retroceder y leer lo que deberías.

 

Nadie parece darse cuenta de lo que realmente ha pasado, nadie excepto yo. Todos se dedican a reírse de manera infantil y desconsiderada por una estupidez como esta. ¿Tan gracioso es que alguien se “salte” una hoja del libro? ¿O es solamente porque se trata de Dahlia? Lo que está pasando aquí es que le han arrancado una (o varias) páginas. No es que se la haya saltado, es que no la tiene.

 

– Esto, profesor… – suelta Dahlia de repente.

 

Pero no parece capaz de ir más lejos y contárselo directamente. Después suelta una risita bobalicona, una risa de alguien que ha sido derrotado. Duele con solo verla. El profesor, harto de tantas risas, golpea la mesa con fuerza y, de un grito atronador, nos manda callar. Dahlia agacha la cabeza y encoge los hombros, pareciendo así más pequeña de lo que ya es. No estoy seguro de si Ágata ha tenido algo que ver (seguramente sí), pero mientras la acosada se ve diminuta, ella, la acosadora, se coloca derecha en su silla, dejando claro que ha sido quien ha ganado este asalto.

 

– Lo siento – comienza Dahlia. – No me encuentro muy bien. Me gustaría ir a la enfermería. Con perdón.

 

Sale corriendo de la clase, no sin antes tropezar con el pie de alguno de mis compañeros que, estratégicamente, lo había colocado por donde ella pasaría.

 

– ¡E-Eh! ¿Adónde te crees…? – grita el profesor.

 

En lugar de salir tras ella, se queda en la clase, con cara enfadada. Mis compañeros siguen mofándose, sin parar, hasta que alguien muy importante y superior para ellos se levanta, Ágata:

 

– ¿De qué os reís tanto? Si lo hace a menudo. No sois más que una panda de criajos.

 

Aunque quiera dárselas de superheroína, a mí no me va a engañar. Sé cómo es, y también sé que no está intentando ayudar a Dahlia. Ardo en deseos de ir a buscarla, tranquilizarla, decir que todo irá bien… pero no puedo faltar a clase. Cuando terminan las clases, salgo disparado hacia la azotea. Abro la puerta y me la encuentro sentada en el mismo banco donde comimos aquel aperitivo compartido, mirando hacia la ciudad mientras se pone el sol.

 

– ¡Dahlia! Las clases han terminado y… quería ver qué tal estabas.

 

– ¿Ya han terminado? Qué rápido se me ha pasado el tiempo, jeje – sonríe inocentemente de nuevo – Me encuentro mejor, tranquilo, estoy acostumbrada a que estas cosas me pasen – gira la cabeza para seguir observando el atardecer.

 

– Yo… ¿quieres que te acompañe a casa?

 

Vuelve de nuevo su cabeza para mirarme. Tiene los ojos abiertos como platos, la boca abierta por mi pregunta sorpresa y los ojos vibrantes, indicando que no tardaría mucho en volver a llorar.

 

– Vale… – su sonrisa ilumina toda la azotea.

 

– Por cierto, ¿te encuentras mal? Antes, en clase, has dicho que tenías que ir a la enfermería.

 

– Mentí… No quería seguir allí, pero tampoco quería irme a casa… No tenía ningún sitio al que ir más que este… – aparta la mirada, empieza a temblar y baja su tono de voz. – Y pensé que si subía aquí, entonces, quizá, tú también vendrías. Porque solo tú…

 

Parece muy desesperada por soltar de una vez lo que quiera que está intentando decir. Suelta una carcajada suave, pero parece que está a punto de romper a llorar. Decido no interrumpirla. Continúa diciendo:

 

– La única persona que me habla y trata así… Eres tú, Sergio – su piel se tensa y sus ojos empiezan a humedecer. – Es por eso que… Por eso yo…

 

Un torrente de lágrimas mana por sus mejillas. Sigue:

 

– ¡Creía que me bastaba con hablar contigo! – hace una pausa para secarse los ojos – Pero ya no es suficiente. Eres tan bueno… ¡No puedo aguantarlo más! – grita. – Sé que es egoísta por mi parte, ¡pero eres tú y tu amabilidad para conmigo lo que me han hecho serlo!

 

Esta es la primera es la primera vez que la veo así, tan expresiva con sus sentimientos. Mis mejillas se encienden. Ella continúa:

 

– Ya basta…

 

De repente, y sin que pudiera reaccionar, se abalanza sobre mí y me besa. Sus labios me producen más placer y calidez que los de la estúpida Ágata. En lo único en lo que puedo pensar ahora mismo es en lo mucho que me hubiera gustado que mi primer beso hubiera sido este, con Dahlia. Está temblando. Hace una pausa, como si se hubiera arrepentido de lo que acaba de hacer, pero acto seguido empieza a besarme de nuevo. El aroma del perfume que la rodea es tan dulce como ella. Pasados un par de segundos, se detiene, y apoya su cabeza sobre mi pecho.

 

– Por favor, Sergio – susurra – no te vayas. Me da igual si me odias por esto que acabo de hacer sin tu permiso, pero por favor, quédate conmigo un rato más. Aleja esta soledad que siento desde hace años durante al menos un instante…

 

– Dahlia… – susurro, sin saber exactamente qué decir.

 

– Lo siento… Estoy siendo tan egoísta…

 

No soporto más ver cómo se insulta en cierta manera a ella misma. No está siendo egoísta, yo fui quien le dije que la quería en primer lugar. Así que, estiro mi mano hacia su cuello y hago que sus labios y los míos se fundan de nuevo en un beso. Noto cómo comienzan a caer más lágrimas de sus ojos, hasta mojarme a mí también. Puedo escuchar sus sollozos, los cuales espero poder hacer cesar para siempre algún día. Poco tiempo después dejo de oírlos, y a cambio empieza a emitir unos gemidos, aunque bastante disimulados, que me activan en cierta manera. Empiezo a besarla con muchas más ganas, y cada vez más y más rápido. Cuando me doy cuenta de que cualquier persona que quedara por el instituto podría vernos u oírnos, me relajo y termino apoyando su cabeza de nuevo en mi pecho.

 

– ¿Ya estás más tranquila? – pregunto.

 

– S-Sí… Gracias, Sergio… – la veo sonreír.

 

Después de mantenernos un rato abrazados, Dahlia, con miedo, termina de expresarme todos sus sentimientos.

 

– Todavía no te lo he dicho, aunque imagino que lo habrás deducido… Te quiero, Sergio. Me encantaría poder seguir a partir de aquí.

 

– ¿Seguir? ¿A qué te refieres?

 

– Quiero decir que me gustaría ser… tu novia. Que tuviéramos una relación más seria… Si me rechazas y te marchas lo entenderé. Al fin y al cabo, si todo el mundo me odia es por algo… Sería comprensible si tú también lo hicieras.

 

Levanto su cabeza hasta quedarnos los dos mirándonos a los ojos mutuamente. Tiene los ojos hinchados de tanto llorar, pero parece que ya se ha calmado, al menos un poco.

 

– Dahlia, deja de decir esas gilipolleces. Los demás no te odian, simplemente necesitan a alguien débil para sentirse mejor con ellos mismos y parecer mejores de lo que realmente son. No tienes que hacer caso a ese montón de mierda a los que llaman “compañeros de clase”.

 

– Pero Sergio… ¿tú no tienes amigos en clase? Te he visto alguna que otra vez hablando con un chico y una chica, y de vez en cuando con… – parece no gustarle la idea de decir este nombre – Cira…

 

– ¿Eric y Elena? Son lo más parecido a unos amigos que tengo. Bueno, rectifico, eran lo más parecido a unos amigos. No puedo mantener una amistad con alguien que, aun no siendo el causante del mismo, apoya el acoso que recibes diariamente. Y en cuanto a Cira… – hago una pausa, y me pregunto si Dahlia se habrá enterado de lo del beso. – Prefiero no decir nada.

 

Dahlia acerca su cara a la mía y vuelve a besarme. Me encantaría poder quedarme aquí, junto a ella, toda la noche. Pero hace tiempo que oscureció, y cerrarán las puertas del instituto enseguida. Nos damos la mano y salimos del centro. Ella tiene las mejillas muy enrojecidas por la vergüenza, pero está más sonriente que ayer cuando le compré el helado.

 

– Adiós, Sergio… Gracias por todo, te… – parece que le cuesta terminar de decirlo.

 

Le beso en la frente y termino la frase por ella.

 

– Te quiero – sonrío. – Bien, ¿por dónde queda tu casa?

 

– Oh, tranquilo, puedo ir yo sola. No tienes de qué preocuparte.

 

– ¿Estás de broma? Te dije que te acompañaría y eso haré.

 

Al final, accedió. Pero no pude acompañarla hasta la puerta de su casa, no sé por qué. ¿Quizá esté ocultando algo? Cuando miro el reloj, me doy cuenta de que es demasiado tarde.

 

¡¿Las 19:00?! ¡El último metro que me deja más cerca pasa a las 19:40!

 

Por suerte, y después de mucho correr, consigo montarme en el metro adecuado y dirigirme a casa. Ceno, hago los deberes y me voy a dormir. A pesar de ser tarde y no haber descansado bien en varios días, no consigo pegar ojo. No soporto ver cómo tratan a Dahlia, aunque me siento un hipócrita por pensar así, ya que no hago absolutamente nada por ayudarla. Al final opto por leer un libro, y así, pasadas un par de horas, caigo rendido por el cansancio.

 

 

Comentarios

  1. GermánLage

    10 julio, 2017

    Bien, Semper. Esto ya va tomando cuerpo de novela seria. El tema del acoso es importante y el tratamiento que le estás dando me gusta. La novela va ganando en interés en cada capítulo. Me sigue gustando.
    Un cordial saludo y mi voto.

    • Semper00

      10 julio, 2017

      ¡Como siempre, agradecerte tu apoyo y tu constancia! Sería increíble poder llegar a más gente y hacerlos conocedores de lo que puede llegar a sufrir una persona que sufre acoso.

  2. Mabel

    10 julio, 2017

    Muy buena historia. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  3. Carlos Arcas

    3 agosto, 2017

    ¡Tanto la quiere!¡Tanto la defiende! ¡Pero solo en la intimidad… ni una palabra para defenderla! ¡Ni un reproche directo a sus compañeros de clase! ¡Ay Sergio, a ver cuando te crecen los huevos!
    ¡Y ella que se deja querer por el primer tio que le da un poco de cariño!
    Jajajaja lo siento, se que me repito pero le odio mucho.
    Será la primera vez qué, cuando la historia se tuerza y los protas sufran, yo me alegre profundamente.
    No seria el curso a seguir en cualquier historia normal, pero mi opinión es que el prota va huir y dejar tirada a la chavala en cuanto le metan un poco de presión del exterior.
    Muy fan de los profesores que deberían retirar de la enseñanza.

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