c
C A S I M I R O
“!Señora!” -Mamá se dio la vuelta; era Casimiro. Iba cargado de cosas, como un dependiente haciendo el reparto. Botellas de leche, huevera bien llena, panes, un pescado envuelto en papel y un cartucho con frutas; fueron soltados de los asideros más peregrinos –espalda, hombros, manos y axilas- y puestos en la acera. La compra, hecha en tiendas y ambulantes, pasó a ser el escaparate de la gente que pasaba cerca.
La madre, tan abultada como él, pero con prisas, no dejó nada en el pavimento; lo sostuvo esperando que el encuentro fuera breve y pudiera entrar en casa.
Por supuesto: fue como casi siempre. Casimiro, gesticulando y braceando escasamente aunque acercándose y mirándola de soslayo en algunas confidencias, la puso al corriente de las nuevas de su hogar: Mari le tenía preocupado con sus inapetencias y fatigas del embarazo; seguía con sus indagaciones acerca de matronas, emergencias y avíos para el parto; anotaba consejos sobre estos temas sin considerar su procedencia y valía;…en fin, la señora –casa grande, militar y posibles-era la única, en el vecindario, que lo tomaba en serio, lo escuchaba y lo animaba; y él pensaba que, tenerla al tanto de su estado y vicisitudes, mostraba su agradecimiento y consideración.
Mamá, durante la charla, no dio señal alguna de cansancio, incomodidad y prisa; la gente, que los observaba, y que conocían los encuentros con Casimiro, movía la cabeza y sonreía con sorna.
El hombre había aparecido hacía tiempo en el barrio, buscando casa, habitación o similar; inquiriendo igual que un detective a casi todos los vecinos; hasta lograr el alquiler de un cuarto –parte de una vivienda-, con permiso para acondicionarlo con los enseres domésticos imprescindibles. Al parecer lo hizo. Al cabo de un mes llegó con su esposa preñada y se instalaron.
Su trabajo de ditero –cobrador de préstamos a domicilio- le llevó a contactar con lo más del vecindario; hecho que originó el conocimiento mutuo, la evitación y el poco caso. Casimiro tenía un aspecto tanto físico como en sus formas bastante agradable; sin embargo, cuando recibía un saludo –meramente cortés- de alguien, entablaba conversación entrando con todo y desatendiendo ocasión, tiempo, conveniencia y familiaridad. Esas dos peculiaridades suyas – buen ver y pesadez-, le dieron el empleo y se lo quitaron al poco tiempo. Ahora, trabajaba en una panadería; y su carácter lo desarrollaba con la gente del barrio, con el resultado que hemos visto, antes igual que ahora.
Mari, su mujer, era la debilidad vital encarnada. No estaba enferma ni discapacitada, sólo en perenne estado convaleciente. Pero su nimiedad, su ingravidez en el vivir; para él parecía un soplo espiritual, un rasgo casi angelical que emparejaba a la perfección con sus cualidades de afabilidad, abarcabilidad, insistencia y molesta generosidad. Mari, no sobreviviría sin Casimiro.
Cuando cada día regresaba a casa –el retorno para almorzar era sólo “entrar, comer y salir”, él se encontraba con lo mismo: la mayoría de las faenas domésticas necesarias estaban empezadas, pero no terminadas. Ella comenzaba con una, se cansaba, suspiraba, reposaba y volvía, aunque a otra; que, por la hora, ya era imprescindible el realizarla. Él no protestaba; agradecía el haberse puesto a hacerlas, excusaba la no finalización, remarcaba la intención y la dificultad; y, afectuoso y zalamero, las remataba y se sentaban juntos a cenar y acabar la jornada.
A veces, la pareja, si Casimiro había salido antes, paseaba por el barrio. La gente, entonces, los miraba con otros ojos. Ella, tan dulce, doliente y embarazada; y él, solícito, orgulloso y atento. Ahora no había sorna alguna sino comprensión, ternura y cortesía; debían saludarlos, interesarse por su estado; y así hacían. “Da gusto verlos, él parece diferente; si fuera siempre así” – era el comentario habitual-.
“! Doña Luisa”!- Era él. El vecindario, la señora y la pareja se habían mantenido en su peculiar relación durante varios meses. El matrimonio, a pocas semanas del parto, se había trasladado a casa de los suegros de Casimiro; teniendo mamá información detallada de los porqués. Mari parió; vinieron a su casa de la barriada, los vecinos entrevieron a la cría, nuestra madre no se enteró, y al día siguiente de la vuelta desaparecieron; sin más.
“!Señora!”- La charla; otra vez mantenida en la puerta de su vivienda, ella con cosas de la compra, papá esperándola y nuestro amigo apresurado y sin nada de carga; duró un rato interminable por lo innecesaria, lo reiterativa y las posiciones de ambos, una aguardando entrar y otro, expresando prisa, pero no acabando nunca.
Él rebosaba alegría; gesticulaba, no paraba de moverse, suspiraba y se atrancaba hablando a tropel; aunque lo contó todo. Resumiendo: vivían, algo menos estrecho, con los padres de Mari, pues con la niña no podían estar en un sitio tan pequeño; trabajaba de dependiente en un ultramarino y, además, había vuelto a ser ditero; les habían concedido por parte del ayuntamiento, una vivienda protegida, humilde y reducida y –esto era lo que le alborozaba de manera así de expresiva-, dentro de poquitos meses, suya; para su familia.
Esta vez, la señora se alegró en lo más íntimo; aquel muchacho se veía feliz, y ella se congratulaba y se lo decía con un entusiasmo similar. Se olvidaba que el marido, que no los escuchaba, presenciaba lo que parecía ser una juerga; no un asunto medianamente serio, que justificara su tardanza en entrar en casa. ! Ya está bien Luisa; de tener que esperarte, como siempre, por ese pesado!- fue la reprimenda a su esposa, cuando, ya dentro, todavía se escuchaba a Casimiro repetirle:-Le avisaremos así que estemos en casita, para que vengan a merendar con nosotros; no nos falten”-
Bastante tiempo después, con el asunto y la invitación olvidados, por poco plausible la segunda; él se presentó en nuestra vivienda; para, muy formalmente, decirnos que ya se encontraban en la suya y que “tal día, a tal hora, en esta dirección” –explicada previamente-, nos aguardaban para convidarnos como merecíamos.
Llegó el día. Toda la familia, por indicación de la madre, teníamos que ir. Vestidos para la ocasión, de salida pero con sencillez; advertidos de no desairar, exigir o curiosear; y, al padre, que mostrara amigabilidad; arribamos al lugar del convite.
Casimiro nos recibió con traje –más de etiqueta que nosotros-; pasamos a un cuarto de estar, donde Mari con la cría casi de un año, nos esperaba levantada; los mayores, acompañados por la pareja y la niña, entrevieron las otras habitaciones, pocas, de la casa; y nos sentamos a la mesa, mientras él y ella se fueron a la cocina.
Cuando volvieron ambos, la esposa tomó asiento y nuestro amigo nos brindó su repertorio, al completo. Casimiro en mangas de camisa y Mari con un delantalito barato y coqueto.
-“Don José, quítese la chaqueta y póngase como yo; con confianza, como en casa”-.El señor rehusó, él insistió, le despojó –tal ayuda de cámara- de la prenda y la colocó, mal, en el respaldo de una silla. La cara del primero era un rictus de asombro, aunque consintió.
-“Los niños –mirándonos a los dos-no están cómodos; con estos cojines llegarán mejor a la mesa”-.Dicho y hecho: nos cogió, nos bajó, puso los almohadones doblados en los asientos y retornamos a la, ahora, imprevisible posadera balancina. Conforme con la disposición para la merienda, regresó a la cocina para reaparecer poco tiempo después.
Tazones con leche humeante, utensilios, bocadillos cortados de barras de pan y, en su mano, un azucarero con su cucharilla.-“Quien quiera azúcar que lo diga, en casa la tomamos sola-“. Nosotros todos –nos estábamos acostumbrando- levantamos los índices. –“Dos para ti, para ti también, para la señora y una, para el señor José; los hombres, ya se sabe”-.
Los menores cogimos los panes, los abrimos y…manteca; abundante, amarillenta, oliente. La madre tomó un trozo y, sin interiorizar, empezó a comerlo; el padre volvió a rehusar, pero Casimiro lo miró con afabilidad y el castrense imitó a los demás. Nadie observaba a nadie. Mari, sonriendo, se separó un poco del grupo para darle un biberón a la cría. El esposo nos, casi, inspeccionó; sonrió complacido y…nuevamente, a la cocina.
Unos minutos…y él de vuelta. Una bandeja con más bocadillos, cuyo olor despejó la duda de su contenido. Además, una cesta repleta de barras de pan, una tarrina con idéntica manteca y, esta vez, una jarra con agua; fueron dispuestos en la mesa, amén de unos utensilios.
Los niños inquirieron a los padres con un gesto de disgusto, cansancio y súplica. El padre preguntó a la madre mirándola fijamente; ésta asintió con mando y aguante; y las dos familias –la esposa ya sentada y el esposo: “Ahora sí me voy a estar quieto y merendaré también; tenemos toda la tarde- siguieron celebrando la nueva casa, la vieja esposa y el redescubierto Casimiro.





Escribir un comentario